COSECHAS DEL EVANGELIO DE MARCOS

COSECHAS DEL EVANGELIO DE MARCOS

PRIMERA PARTE

El evangelio de Marcos es el más breve de los cuatro. Pero aun así encontramos que contiene un buen número de puntos, detalles y pormenores de interés que no figuran en los otros tres.

Marcos va directamente al grano diciendo en el primer versículo: “Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.”

 Es decir que no se detiene a probarlo o documentarlo – eso ya está hecho en Mateo y Lucas – así que lo afirma como algo que se da por sentado y como innegable – que Jesucristo es el Hijo de Dios, revestido tanto de deidad como de eternidad.

 Cuatro pescadores y Zebedeo, el padre de dos de ellos.(Marcos 1: 16: 20)

Andando a la orilla del mar Jesús fija la mirada primeramente en Simón y su hermano Andrés.

Sus palabras dirigidas a ellos – “Venid en pos de mí y haré que seáis pescadores de hombres” – llevaban el peso de Su gran autoridad y al mismo tiempo de su fuerte poder de atracción.

Dejar atrás, de forma casi instantánea, lo que era su oficio y el medio de ganarse la vida, para lanzarse a una aventura nueva en que todo iba a ser distinto, y en una dimensión mucho más elevada y totalmente imprevista .

A cuántos de nosotros nos ha ocurrido algo similar, por el solo hecho de que un día Jesús se nos cruzó en el camino con Su amor incomparable!

Nos maravillamos de eso, y a veces nos preguntamos qué habría sido de nuestras pequeñitas y pobres vidas, de no haber mediado ese encuentro, íntimo y vital, que cambió nuestro rumbo y destino de una manera tan radical e inesperada.

Avanzando Jesús ahora no mucha distancia, divisa a otros dos hermanos – Jacobo y Juan. Estos no estaban echando las redes, sino remendándolas en la barca.

A ellos también los llama y el resultado es el mismo. No se detienen a calcular si les conviene o no, sino que, sin vacilar dejan todo atrás para seguirle a Él.

Bendita sencillez de una respuesta de obediencia incondicional, y carente de todo cuestionamiento.

Pero nos podemos preguntar: ¿No supondría esto arruinarle el negocio a la familia, dejándolo al padre plantado y privado de sus dos hijos que le eran tan útiles y necesarios?

Aquí es donde Marcos nos da un detalle importante que no figura en Mateo ni en Lucas. “…dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros…”

Zebedeo no se quedó solo para llevar adelante la empresa, sino que contaba con jornaleros que le habrían hecho posible continuar sin mayores problemas.

Nos detenemos aquí para rendir un merecido tributo a Zebedeo. Cualquier otro en su lugar muy bien podía haber levantado la voz  y en tono acalorado preguntarle al Maestro:  “Un momento – ¿Qué haces? Te llevas a mis dos hijos sin contar conmigo para nada, ni te das cuenta de la falta que me hacen.”

No hay ningún indicio de que Zebedeo dijese ni siquiera pensase semejante cosa. Por el contrario, todo indica que lo aceptó de buen grado, a pesar del dolor natural de la separación.

Nos atrevemos a decir que algo en su fuero interno le haria saber que era un honor  para sus dos hijos – y por consiguiente para él también – que fuesen llamados a seguir a semejante Maestro y Señor.

Al mismo tiempo, podría sentir que sería una grave falta estorbar o contrariar los designios del Maestro.

Que el Señor nos dé a nosotros la gracia y la sabiduría de no querer retener para nosotros mismos a nuestros hijos, u otros seres queridos, cuando el Señor los llama a otros horizontes.

Aunque no se la menciona aquí, no queremos que se nos quede en el tintero una reflexión sobre la esposa de Zebedeo, cuyo nombre se desconoce.

Hay mujeres que por cierto son maravillosas, y mi querida difunta Sylvia por cierto que lo fue,  tanto para mí como para muchos más.-Pero hay también las que podríamos calificar de “de las otras”

Se nos ocurre que la mujer de Zebedeo era de esta otra categoría. Podemos ver en ella, la forma en que, con esa intensidad del amor a sus dos hijos, Jacobo y Juan, se  presenta ante el Maestro con la petición de que a Su lado se sienten ambos,  uno a la derecha y el otro a la izquierda.

Desde luego resultó una muestra de desconsideración para los otros apóstoles, Pedro, Andrés, Bartolomé, etc. 

  Pero además no sabía que a uno de los dos – el de la izquierda  – lo habría ubicado en el lugar de los cabritos! 

 Al venir el Señor en Su gloria y sentarse en Su trono de gracia, serán reunidos delante de él de todas las naciones y habrá de apartar los unos de los otros,  como el pastor aparta las ovejas de los cabritos. Esto se nos dice claramente en Mateo 25: 31-46, y ya sea Jacobo o Juan, quedaría como un cabrito destinado al fin horrible de los cabritos!

Bien lo dice el refrán – hay cariños que matan.

Nuestro cariño hacia los seres queridos, debe llevar el aplomo que procede de un sano discernimiento espiritual, para no caer en desatinos y desvaríos propios de la carne y el ego.

Vieron lo que nunca les fue contado.

En el pasaje que va del versículo 21 al 28, Marcos nos narra la expulsión de un espíritu inmundo del cual estaba poseído un hombre que se encontraba en la sinagoga.

Jesús lo echó fuera con sólo pronunciar – con su irresistible autoridad, desde luego – las palabras “Cállate y sal de él” (1:25)

En el subtítulo hemos puesto las palabras de Isaías 52:15, dado que son un cumplimiento de la misma.

En el Antiguo Testamento en realidad son muy escasas las alusiones a malos espíritus, y nunca se consigna siquiera una sola limpia y clara expulsión de uno de ellos.

Por cierto que operaban, pero lo hacían de tal forma que pasaba casi desapercibido, con esa malicia tan astuta de hacer cuanto daño les fuese posible, pero sin que se supiese de dónde venía.

Hoy día operan con la misma astucia infernal, aunque donde hay creyentes espirituales y llenos del Espíritu Santo, se los detecta y discierne y a menudo se los echa fuera también.

Este terreno es lo que comúnmente se conoce por liberación o exorcismo, y cabe señalar que al aparecer Jesús en escena, Su persona llena de luz impedía que se pudiesen esconder.

Las expulsiones de los mismos que hacía Jesús siempre eran muy notorias para los que se encontraban presentes, y sin que los mismos fueran personas de discernimiento espiritual muy agudo.

Por el contrario, todo indica que eran hombres y mujeres normales y corrientes, y en nada avezados en la materia. Sin embargo, ellos quedaban sin ninguna duda de que un demonio o mal espíritu había salido de alguno.

Acotamos esto porque en algunas ocasiones hemos estado presentes cuando alguien oró por alguno, y tras haberlo hecho, manifestó que había salido de él o ella uno o más malos espíritus.

Por nuestra parte diremos cándidamente que no pudimos detectar nada en ese sentido, por lo cual nos quedamos con un interrogante. ¿Se había tratado en realidad de una auténtica expulsión, o podía ser algo supuesto o imaginado?

Desde luego que sabemos bien que el obrar de demonios sigue en pleno auge en estos días, pero el punto que queremos recalcar es que cuando Jesús lo hacía era algo que resultaba notorio a todos los presentes.

El terreno del exorcismo es en realidad muy escabroso, y quien entre en él deberá hacerlo sabiendo bien  lo que hace y con la plena armadura de Dios.

Resulta de suma importancia que notemos que después de Su bautismo, Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para enfrentarse con el diablo, al cual, loado sea Dios, venció en forma total.

Es decir que la batalla tuvo que ganarse primero en Su propia vida.

Esto señala un principio importante. Tristemente, algunos que son bisoños en la materia lo desconocen, y se atreven sin embargo a practicar la liberación, son serio peligro de correr la misma desdichada suerte que los siete hijos de Esceva, la cual se consigna como advertencia y para nuestro bien en Los Hechos 19: 13-16.

Hace un buen tiempo supimos de una campaña que unos jóvenes estaban realizando. Se encontraron con una joven que evidentemente estaba poseída por un  espíritu inmundo. Pidieron a un adulto que parecía experimentado  que orase por ella, pero al hacerlo la joven reaccionó violentamente derribándolo en tierra.

 Esto es algo que subraya la gran importancia de que nadie se introduzca en este terreno sin tener plena conciencia de que el Señor lo llama a hacerlo,  que sabe lo que hace, y que la batalla se ha ganado primero en su propia vida.

Finalmente, y para establecer la verdad bíblica, volvemos a señalar que el ministerio de la liberación sigue en pie hoy día, y que Jesús afirmó en el último capítulo del mismo libro de Marcos en que estamos ”Estas señales seguirán a los que creen. En mi nombre echarán fuera demonios.” (Marcos 16: 17 )

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SEGUNDA PARTE

El ciego sanado en las afueras de Betsaida

Marcos es el único evangelio que narra este milagro, y no hay ninguna otra ocasión que se consigne en las Escrituras en que para sanar a alguien Jesús recurrió a do toques.

El relato contiene varios cosas de sumo interés. En primer lugar, desde luego que la necesidad de dos toques no refleja de ninguna manera una deficiencia por parte de Jesús – eso descartado de forma terminante.

Tampoco nos parece acertado pensar que debió ser por falta de fe o por haber pecado en la vida del ciego. Nos parece algo en lo cual no resulta provechoso hacer conjeturas, y es más sabio en cambio dejarlo para el más allá, cuando comprenderemos todo en plenitud.

Notemos, no obstante, el tierno amor de Jesús, demostrado al tomarlo de la mano, y salir de la aldea, caminando a su lado, con la lentitud propia del andar de un ciego.

En tercer término, merece varios comentarios la forma en que el Señor procedió.

“…escupiendo en sus ojos, le puso las manos encima y le peguntó si veía algo.” (8;23)

A la respuesta del ciego – “Veo los hombres como árboles, pero los veo que andan” bien podemos imaginar a uno de esos que tras orar por uno lo declaran sanado. “Mal dicho- tendrías que haberte declarado totalmente sanado.”

Como es sabido, en muchas partes se ha puesto de moda esto de declarar a un enfermo sanado inmediatamente después de haber orado por él.

No dudamos que en algún caso particular el Señor pueda mover a un siervo Suyo a hacerlo. Pero lo malo es que se repite casi indiscriminadamente, y en la mayoría de los casos la supuesta sanidad no se comprueba ni confirma a posteriori.

Esto es grave porque lo convierte a quien lo hace en un testigo falso de Dios, atestiguando que Él ha hecho algo que en realidad no ha hecho. (Ver 1a. Corintios 15: 15)

Pero además puede hacer mucho daño y poner en descrédito al genuino ministerio de sanidad.

En ese sentido tenemos presente el caso de una joven universitaria que estaba afectada de cáncer terminal en una zona al Norte de España. Un evangelista que estaba de visita oró por ella, y le exhortó a que declarase que había sido sanada por el Señor.

Por lo tanto ella pasó a decirles a sus condiscípulos    que Dios la había sanado, pero tristemente, al poco tiempo falleció, dejando el episodio una estela de descrédito e irresponsabilidad.

Volviendo atrás ahora a la forma en que procedió Jesús, si bien escupir  a alguien señala un fuerte agravio, por cierto que en este caso no fue así. 

La saliva pura, brotada de los labios de Jesús, era, por así decirlo, la palabra líquida de Él, el Verbo eterno de Dios, que llevaba en sí una virtud curativa.

¿En cuántas ocasiones usó este procedimiento?

En ninguna que sepamos, lo cual nos muestra que nunca repetía mecánicamente las cosas, porque en una oportunidad anterior había dado buen resultado. sino que se desenvolvía en la frescura diaria de la inspiración del Espíritu para cada cosa.

Aprendamos de Él!

El jovenzuelo que huyó desnudo.

Damos un salto grande hasta el capítulo catorce, que nos sitúa en la víspera de la crucifixión.

 “Entonces los discípulos, dejándole, huyeron. Pero cierto joven le seguía cubierto el cuerpo con una sábana; y le prendieron; más él, dejando la sábana, huyó desnudo.”(14: 50-52)

Tenemos aquí otro hecho que no aparece en ninguno de los otros evangelios. Dando otra vez rienda suelta a nuestra imaginación, podemos ver representado en esto a un joven bastante engreído, que se creía superior a los demás. Su razonamiento podría haber sido algo así.

“Yo sabía que el Maestro se había equivocado al elegir a Simón y los otros once. Mira cómo han huido como gallinas cobardes, dejándolo solo.”

“No sé cómo no llegó a fijarse en mí.”

Y queriendo probar la razón que pensaba tener, se pone a seguir al Señor en ese momento crucial, cubriéndose con una sábana – probablemente blanca – como muestra de que era más santo y mejor que los demás.

Mas ay! Qué crudo desengaño le sobrevino muy pronto! La gente que había venido para apresar a Jesús con palos y espadas intenta prenderle, y su reacción muestra a las claras que él no era por cierto el valiente que se pensaba. Soltando la sábana se echa a correr, y lo hace con la vergüenza de la desnudez.

No faltan casos de esa índole que sin tener un verdadero llamamiento del Señor, se creen tenerlo, y desprecian a los siervos que en realidad lo tienen, sobre todo cuando éstos están pasando por pruebas o situaciones difíciles.

No obstante, tarde o temprano Dios se encarga de poner las cosas en su debido lugar, honrando a los que Él ha  llamado, pero también permitiendo que los hechos den un rotundo mentís a quienes presuntuosamente se creen y afirman ser lo que en verdad no son.

El canto del gallo.-

A estas alturas el panorama era muy sombrío. En Lucas 22: 53b Jesús afirmó: “Mas ésta es nuestra hora, y la potestad de las tinieblas.”

Desde la caída de Adán y Eva en un principio, el género humano comenzó a lanzarse en una cuesta abajo muy pronunciada, internándose a ultranza en el mundo del pecado y el mal, y Satanás se erigió en el príncipe de este mundo, con todas sus horribles consecuencias.

Nuestro amado Señor Jesús tuvo que enfrentarse en carne viva con toda esa densa oscuridad, y como dijimos más arriba, la situación a esta altura era francamente sombría y desoladora.

El maligno debe haber pensado que las cosas se estaban desenvolviendo de manera muy favorable para él, y sus huestes infernales. Otra vez damos rienda suelta a nuestra imaginación. Tal vez pensaría y hablaría con sus secuaces  de esta forma.

“A este invasor que nos ha venido de arriba ya lo tenemos en total derrota. “De los doce compinches que se eligió, uno lo ha traicionado y vendido por unas miserables piezas de plata. Los otros once han huido como cobardes. Al número uno de ellos ya lo vamos a zarandear, y lo dejaremos fuera de combate.”

“Sólo falta que al cabecilla, enemigo No. 1, lo hagamos quitar de en medio y matar, y aquí no ha pasado nada!  La invasión habrá fracasado y seguiremos gobernando como siempre!”

Pero ahora pasamos a la triple negación de Pedro, que figura en los cuatro evangelios.

Para los que tenemos la dicha de dominar la lengua castellana, hay algo muy significativo en el canto del gallo que le siguió de inmediato. Ignoramos si en algún otro idioma el canto del gallo es un modismo con el mismo significado.

Lo cierto es que el Señor muy bien podría haber dispuesto otra cosa ante la negación de Pedro. Por ejemplo, que se desencadenase una tremenda ola de truenos por semejante negación y traición de Pedro, o dar alguna otra señal de su desaprobación e ira santa.

Pero no, optó por eso – el sencillo canto del gallo.

Con nuestro estilo particular, a veces reñido con lo serio y formal de las teologías clásicas, esbozamos lo que vemos en ese canto del gallo, como una respuesta a los razonamientos satánicos ya planteados.

“Tú te crees que has ganado la batalla, y que esta invasión celestial termina en derrota.”

“Pero que sepas que bien pronto aquí va a cantar otro gallo.  El enviado celestial que piensas hacer matar, enterrar y quitar de en medio para siempre, se va a levantar de la tumba triunfante y con todo poder y gloria.”

“Esos Suyos que huyeron, pasarán a ser unos valientes formidables, que con fuego santo habrán de ser una fuerza incendiaria arrolladora e incontenible.”

“Y tu reino, que tú te crees que seguirá en pie como siempre, se ha de desmoronar por completo, por la muerte y resurrección del glorioso Crucificado y Su preciosa sangre derramada.”

Cuánta gracia y cuán insondable sabiduría hay en nuestro Dios! Nadie cómo Él para trocar la noche más oscura en un amanecer de maravilloso esplendor; el trago más amargo en una copa dulce de bendición sin par; lo que parece una derrota irreversible, en un triunfo rotundo y glorioso; lo negro en blanco, lo negativo en positivo, y en fin, todo color de Dios y de Cristo, de amor, de luz y de verdad!

No importa el atolladero en que te puedas encontrar, amado lector. Inclínate importuno, fervoroso y persistente ante el incomparable Dios nuestro, y verás que para ti, y en tu vida, también empezará a cantar otro gallo!

Antes de finalizar amenizamos narrando algo que se nos contó hace unos años.

Había dos gallineros contiguos. En uno de ellos un gallo bastante tímido y apocado, y en el otro uno prepotente y agresivo.

Este último a diario saltaba el alambrado para atacar el otro, y lo dejaba bastante maltrecho.

El dueño, al percatarse de lo que estaba sucediendo, esperó que oscureciese, y sacó del gallinero al gallo débil, y en su lugar puso un feroz gallo de riña.

A la mañana siguiente el prepotente saltó el alambrado como de costumbre, pensando en volver a hacer de las suyas.  Pero para su gran sorpresa y asombro, se encontró con el gallo de riña, el cual salió prestamente a enfrentarlo, y le propinó una paliza tal que nunca más se atrevió a invadir el gallinero vecino.

Para la batalla en que estamos empeñados, Dios no ha puesto en nosotros un gallo de riña, sino al formidable León de la tribu de Judá.

 Permitiendo que Él gobierne en nuestra vida, con toda seguridad que seremos más que vencedores.

Pero aquí debemos poner una nota final de absoluta seriedad y sobriedad.

Ese gobierno de Él en nuestra vida no tiene nada que ver, ni remotamente, con lo que pueda oler a machismo o autosuficiencia.

Muy por el contrario, se trata de un espíritu tierno y sumiso para con el Maestro, esmerándonos en obedecerle en lo grande y lo pequeño, en lo que los demás ven y lo que no ven, y tanto en nuestro decir, como en el hacer y el pensar.

En suma, una vida humilde delante de Él, siguiendo tiernamente los dictados de nuestra conciencia en el camino de la santidad, el amor genuino y desinteresado, la luz y la verdad.

Y sobre todo, no buscando las loas de los demás sino la gloria de Dios y del Cordero, a Quienes debemos cuanto somos y tenemos.

F I N

EL ESPÍRITU DETECTIVESCO

EL ESPÍRITU DETECTIVESCO

Extraído (con alteraciones) de mi libro Cosas Nuevas y Cosas Viejas

Segunda parte

Hace unos buenos años el autor oyó decir a un buen siervo del Señor, con todo acierto, que debemos indagar en las cosas de Dios y Su palabra con un espíritu ávido y anhelante, relacionándolo con la forma en que lo hace un detective.

¿Qué hace un detective?

Tomando una lupa y cuanto otro medio razonable esté a su alcance, se pone a examinar y seguir cuidadosamente cada pista que encuentre, a fin de alcanzar conclusiones y tomar las decisiones que correspondan.

En este capítulo y en los siguientes nos proponemos hacer algo que en cierta forma ve en ese sentido. No será por cierto par descubrir a un delincuente, ni para esclarecer un  crimen o un delito.

El propósito perseguido en este ejercicio, será para descubrir facetas y aspectos variados de la persona de Jesucristo, que es el gran personaje que es el centro de nuestra vida, y la piedra fundamental que Dios ha puesto como cabeza del ángulo en la edificación del templo eterno que está efectuando.

Al mismo tiempo nos ayudará a visualizar y comprender algo más de Su grandeza infinita. Esto hará que lo admiremos y amemos cada vez más, y también nos ayudará a asemejarnos más a Él poco a poco cada día, y a servirle  mejor.

Por supuesto que todas y cada una de las pistas que tomemos y examinemos,  brotarán de la palabra de Dios, fuente inagotable de inspiración y revelación de las grandes claves y verdades espirituales y eternas. Nos proponemos en total tomar doce pistas.

1) “Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan, y los llevó aparte solos a un monte alto.” (Marcos 9:2)

De esta pista descubrimos que, durante Su ministerio terrenal, además de ser el admirable Maestro de Galilea, el médico divino que sanaba a los enfermos y liberaba a los endemoniados, Jesús fue un buen alpinista.

No sólo vemos esto en la oportunidad de la transfiguración, a la que corresponde la cita que hemos consignado. Cuando llamó a los doce discípulos que estableció como apóstoles, no lo hizo desde el llano, sino habiendo subido al monte. (Ver Marcos 3:13)

El llamado sermón del monte, en consonancia con el hecho de que se trataba de una enseñanza mayor y mejor que todo lo que se había oído y conocido hasta entonces, lo pronunció no en el llano de lo normal y corriente, sino subiendo al monte.

 En Lucas 22: 39 se nos dice que “…saliendo se fue, como solía, al monte de los Olivos.” Y en el capítulo anterior, versículo 37, leemos “…y de noche, saliendo, se estaba en el monte que se llama de los Olivos.”

Sus ascensos tan asiduos a este monte particular – el de los Olivos –  no podemos menos que  relacionarlo, figurativamente, con Su firme propósito de mantener y renovar la santa unción que reposaba sobre Él, de manera que estuviese siempre fresca y fuese siempre eficaz.

Como ya hemos dicho en varias ocasiones, la palabra de Dios abunda en símbolos de lo espiritual, trazados de lo natural. La analogía del alpinista que siempre se desplaza hacia las alturas es digna de tenerse en cuenta.

Por cierto que no lo hemos de interpretar en el sentido de ponernos a escalar montañas, tales como la Sierra Nevada, Guadarrama o Navacerrada, por citar  tres de las más conocidas en nuestra querida España.

Verdad es que hace unos buenos años, quien esto escribe en varias oportunidades subió a una montaña, situada detrás de la vivienda en que residía con su esposa e hijos en el Norte de Gales.

Además del beneficio de un ejercicio físico muy apropiado, le permitía ver y contemplar el panorama de una forma distinta y además respirar el aire puro de las alturas, en contraste con la contaminación que a menudo encontramos en el llano.

Aprovechaba asimismo la oportunidad de proclamar, a veces a viva voz, las verdades de la fe y la victoria total del Crucificado, todo lo cual hacía que descendiese bendecido, renovado y fortalecido.

No siempre las circunstancias nos permiten hacer tal cosa, pero sí podemos hacerlo en el reino espiritual. Se trata de renunciar a las bajezas de la mediocridad, y remontarnos a las alturas del amor, la bondad, la nobleza, el negarnos a nosotros mismos para ayudar, consolar o bendecir a otros, y muchas otras formas que, alegóricamente, representan subir al monte.

Todo esto, fundamentado, claro está, sobre una buena y limpia relación personal con el Señor, sustentada por la oración perseverante y en el Espíritu.

2) y 3) ” Y en gran manera se maravillaban, diciendo: Bien lo ha hecho todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar.” (Mateo 7: 37)

Esta es una pista doble, la cual, confirmada por muchas otras de los evangelios, tanto sinópticos como el de Juan, nos hace verlo como un especialista, a la vez que un perfeccionista.

No tenemos ningún caso, por ejemplo, de una persona sanada por Jesús, y que a la media hora se haya vuelto a enfermar; ni de una tarea que Él haya emprendido para luego dejarla a medio hacer.

Todo cuanto hizo, lo hizo a la perfección, como un verdadero especialista, y esto lo resumen bien las palabras Bien lo ha hecho todo, del versículo que hemos citado.

Ahora bien, en la medicina tenemos, por tomar un ejemplo práctico, el médico de cabecera, quien para casos que van más allá de sus capacidades, refiere a un paciente ya sea a un cardiólogo, un urólogo, o un otorrinolaringólogo, según corresponda.

Jesucristo se diferencia de ellos en que fue un especialista en absolutamente todo. Discerniendo malos espíritus y expulsándolos, sanando a los enfermos, enseñando a la gente que se agolpaba para escucharlo, y a Sus discípulos de forma más particular e íntima; consolando a los tristes y enlutados, alimentando a las multitudes, aquietando el mar embravecido, hablando siempre con toda autoridad y propiedad, sin tener que disculparse nunca por haber dicho algo fuera de lugar, y un largo etcétera – en todo y por todo, se desempeñó a la perfección, como un especialista auténtico y maravilloso.

Ahora bien, a ninguno de nosotros, como hijos de Dios y miembros vivos del cuerpo de Cristo, Su iglesia, se nos han otorgado todos los dones y talentos necesarios para operar en todas las áreas de la vasta gama del ministerio.

A todos se les ha dado por lo menos un don, a algunos puede ser que más de uno, varios o aun muchos, pero a ninguno la totalidad.

De paso digamos que por esa razón hemos sido bautizados en un cuerpo, y nos necesitamos mutuamente, como miembros unos de los otros. Aquello que no tengan unos lo tendrán otros y viceversa, y así se ha de suplir cualquier carencia  por medio de una labor conjunta, en la cual cada uno aporta según la habilidad, el don o los dones con que cuenta.

Pero eso no disminuye nuestra responsabilidad de ser verdaderos especialistas en lo que se nos ha sido asignado. Haciéndolo con nuestra mayor devoción y con todo amor, procurando que sea con excelencia, sabiendo por sobre todas las cosas que lo hacemos para Él, que bien se merece que así sea.

La parte que nos ha tocado puede ser bien de notoriedad pública, o bien pequeña o humilde, pero el hecho de que lo hacemos prioritariamente para Él, nos impone el deber y el desafío de hacerlo con lo mejor de nuestras fuerzas y cariño.

Ayudados por Su gracia, podremos ser así verdaderos especialistas, que buscan superarse y ser excelentes en todo lo que hacen.

4) “Y cuando se hubieron saciado, dijo a sus discípulos: Recoged los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada.” (Juan 6: 12)

 La siguiente pista que descubrimos, a la luz de este versículo, es que Jesús fue – y desde luego sigue siendo – un gran economista.

Nunca buscó el lujo innecesario. Muy por el contrario, siempre fue muy austero en Su andar cotidiano. Como el economista que hemos descubierto, siempre evitó el desperdicio.

No sólo en lo de los panes que sobraron, sino en las oportunidades para hacer el bien, hablar la palabra en sazón, ayudar a quienes acudían a Él, etc., nunca malgastó ni desaprovechó nada.

Notemos también que en Su trato personal con cada uno de nosotros, nunca deja de aprovechar cada alternativa, sea de prueba, sacrificio o sufrimiento, como de éxito, progreso y victoria. A cada uno se encarga de darle un destino útil y provechoso, ya sea para humillarnos, enseñarnos, adiestrarnos y equiparnos, consolarnos, fortalecernos o bien alertarnos.

En fin, si somos consecuentes con Él, no habrá nada de lo que venga jalonando nuestra trayectoria que no tenga un aprovechamiento sano y de edificación.

    Aprendamos pues a ser buenos economistas.

¿Cómo?

En el área de las finanzas y lo material, invirtamos en el banco celestial, que como ya hemos dicho en una obra anterior, paga la formidable tasa, no del 100%como equivocadamente piensan algunos, sino del 10.000%!

Pero aprendamos también a serlo no malgastando el tiempo mirando películas que no edifican, o enredándonos en tareas innecesarias o contraindicadas; desperdiciando ocasiones que se nos presentan para ayudar y alentar a otros, para alimentar nuestro espíritu con buena lectura, para buscar a solas y congregacionalmente el rostro del Señor en oración, buscando la voluntad de Dios en todo, y, en fin, sacando el mayor provecho posible de cada situación o coyuntura en que se nos encontremos.

5) “…como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.” (Juan 13: 1b)

Este versículo nos sorprende con la siguiente pista de Jesús que descubrimos: la de ser un extremista.

Aquí lo vemos como un extremista del amor, que amó a los Suyos hasta el fin. Hasta el fin de Su tiempo aquí en la tierra, pero un fin que sigue y seguirá por toda la eternidad – es decir, un fin sin fin!

  Pero fue también extremista en otros aspectos. En el de la santidad, por ejemplo, al abstenerse y guardarse de todo vestigio de pecado de la forma más absoluta y terminante.

Satanás puede haber intentado tentarlo, susurrando algo así. En realidad, ¿Cómo puedes saber si el pecado es malo, si nunca lo has probado? Prueba una vez y si ves que es malo déjalo. Pero el Maestro de ninguna forma se dejó engañar por semejante astucia, y tontería a la vez.      

  También habrá tratado de hacerlo recapacitar      sobre los sufrimientos horrorosos e indescriptibles del Calvario que le aguardaban, y para eso el Padre lo había enviado al mundo       – ¿Qué clase de Padre era ese con semejante propósito para Su supuestamente Hijo amado?

Y en suma, una gran cantidad más de argumentos infernales, llenos de la ponzoña y malicia propia del enemigo.   Pero el bendito Maestro de Galilea, con Su amor incomparable para con nuestras  mirando es tas cosas. almas perdidas, de ninguna forma se dejó disuadir, y siguió todo el dolorosísimo trayecto del Getsemaní al momento final del Calvario haciendo por nosotros lo que ningún otro podía, ni hubiera querido hacer.

6) “Pero todos sus conocidos y las mujeres que le habían seguido desde Galilea estaban lejos, mirando estas cosas. (Lucas 23:49)

  Estamos en la arena del Calvario. Se acaba de consumar el hecho  más importante de la historia del universo. Los fariseos y los demás que se habían burlado de Él se han retirado pensando que habían salido con la suya y todo se había terminado.

  Pero los poquitos – sus conocidos, que incluiría desde luego a

 sus discípulos, más las mujeres que le habían seguido desde Galilea, se quedaron mirando y mirando. Y ahí estaba el protagonista principal y máximo – el que había completado una obra mucha más grande que la creación del ser humano – Su redención absoluta y eterna.

   Empero,  debemos tener muy presente lo que le costó lograrla. Mientras sufría en esas 5 horas y 59 minutos, guardó un silencio absoluto, con la excepción de 8 sentencias  breves que le deben haber tomado como máximo un minuto. Eso lo podemos calificar del silencio insondable del Calvario.

  Y hay mucho más. Mientras sufría indeciblemente, lejos de quejarse o protestar, se preocupaba por el bien de los que lo rodeaban – los soldados que lo estaban crucificando, orando por ellos pues no sabían lo que estaban haciendo; por dar una gloriosa promesa al malhechor arrepentido, y porque su madre tuviese el cuidado de Juan, el discípulo amado, al darle la encomienda de que la tratase como si fuera su propia madre.

   Y todo esto, como si lo Suyo no tuviese ninguna importancia!

  Semejante abnegación, en medio del dolor inimaginable que estaba padeciendo, nos resulta asombroso y casi increíble, sabiendo lo difícil que nos es a los seres humanos pensar en otros y preocuparnos por ellos, cuando estamos con un  fuerte dolor de muelas, por ejemplo, o sufriendo intensamente de alguna otra dolencia.

  En suma, la grandeza del bendito Crucificado va mucho más allá de lo que podemos comprender o describir.

  Por todo esto, Él ocupa el lugar del protagonista máximo en nuestra vida, y es el foco principal de atención, siendo nuestro deseo sincero el de corresponderle con nuestro mejor amor, y nuestra devoción y servicio más esmerado.   Por cierto que se merece eso y mucho más. Que tú también  correspondas así, querido lector, al igual que quien esto escribe.

7) “…oí detrás de mi una gran voz como de trompeta.(Apocalipsis 1:10b)

  Esto en seguida, aunque de forma inesperada, nos hace verlo en el rol de trompetista. No un trompetista que sincroniza con los demás músicos de una orquesta, sino uno muy distinto.

  La voz divina se hace oír de muchas maneras, según la ocasión y las circunstancias lo requieran. A veces, con el silbo apacible y delicado; otras con acentos que son un dulce bálsamo y consuelo para el alma dolida; en otras, poniendo la llama celestial que enciende los corazones de santidad y amor; todavía en otras la voz de Dios viene con potentes truenos para expresar la ira santa. Y en otras, como con voz de trompeta, cual reza en el versículo que hemos citado del Apocalipsis.

  El servicio militar, cumplido por el autor hace muchos años en la lejana Argentina, le ha dejado muchos recuerdos.

  Entre ellos el de la trompeta, que con su toque de diana, generalmente a las cinco de la mañana, seguido de un fuerte y enérgico ARRIBA TODOS de parte del suboficial de turno, le hacía despertar súbitamente a él y todos sus compañeros, para iniciar una jornada de intensa actividad dentro del cuartel.

  Con todo, el toque de las 7 de la tarde es el que más recuerda y el que más se presta para ilustrar el tema en que estamos.

  Poco después de las seis y media de la tarde, al terminar la cena, después de una jornada de intensas labores, se nos daba un rato de descanso y esparcimiento.

  En el mismo, algunos fumaban, otros cantaban, otros  narraban anécdotas y bromas, algunos leían la carta de la novia o de los padres, cuando de repente, sonaba la trompeta con un tono tan estridente que parecía atravesar todo el espacio.

  La consigna era que, un soldado apercibido, debía pronunciar solamente una palabra, pero a toda voz y en tono marcial y vibrante: B A N D E R A!

  Instantáneamente, todos tomábamos la posición militar, haciendo sonar fuertemente los tacos de los botines que se daban uno con el otro. Al mismo tiempo se tiraba el cigarrillo, la carta de la novia o los padres iba al bolsillo,y toda conversación o chiste cesaba bruscamente, mientras la mirada de todos y cada uno se centraba en la bandera, la enseña patria.

 Qué analogía apropiada para la situación en que muchos creyentes viven hoy en día !

  Inmersos en tantas cosas terrenales, muchas de ellas ajenas al reino de Dios, necesitan ser despertados a la gran realidad de los valores celestiales y eternos. Y despertados de tal forma, ue echen por la borda todo cuanto sea inútil o de poco o ningún provecho, y hasta indigno de que un hijo de Dios se ocupe en ellas.

  Y despertados también a la realidad ineludible de que tenemos una sola vida, o mejor dicho, lo que resta de ella, para servir al que tanto nos amó, y no presentarnos con las manos vacías, y teniendo que avergonzarnos al comparecer ante Su tribunal para rendir cuentas.

  Que el Espíritu Santo  haga sonar en el corazón y en la conciencia de cada uno de nosotros la voz como de trompeta del General en Jefe. Y que suene con vibraciones de la mayor urgencia, impulsándonos a dejar de lado todo lo estéril y desaconsejable, para enfocarnos de lleno hacia la bandera y el estandarte del evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo.

8) “ Pero al ver el fuerte miedo, tuvo miedo, y comenzando a hundirse, dio voces diciendo: Señor, sálvame.”

  “Al momento, Jesús, extendiendo la mano asió de él.” (Mateo 14:30-31)

  Al pasar a esta nueva pista, lo hacemos valiéndonos del conocidísimo relato de Jesús andando sobre las aguas, y absteniéndonos de criticar a Pedro, pues me imagino que en su lugar tal vez todos hubiéramos actuado de igual o peor forma.

  En cambio lo que aquí deseamos destacar es la admirable 

figura del Maestro de Galilea, en esta octava ocasión en calidad de Socorrista.   Y maravilloso por cierto.

  A cuántos hombres y mujeres necesitados y maltrechos de las más diversas maneras, o bien a punto de hundirse en la vida, se nos ha manifestado como eso que es – el Gran Socorrista.

  Es el que siempre está de turno para extendernos Su mano fiel y amorosa. (Sabemos que a veces se nos advierte en las playas que no hay socorrista de turno.)

 Debemos también tener presente el hecho de que a veces se está dispuesto a socorrer a alguien, siempre y cuando se logren ventajas o beneficios por hacerlo, o bien que el hacerlo no incomode o sea inoportuno.

  Pero en el caso de Él. el gran Socorrista, el único interés que tiene, impulsado por Su gran amor, es el bien nuestro y de cada uno de los necesitados que acuden a Él, en busca de la ayuda que se precisa.

  Aprendamos de Él. Y en la medida que las circunstancias se presenten y lo permitan, seamos nosotros también buenos socorristas, ayudando con estímulo, consuelo o lo que fuere necesario, y sin segunda intención, sino con amor al prójimo y buscando la gloria de Dios.

9)”Jesús vino a Galilea predicando el evangelio…” (Marcos 1: 14)

  En esta octava ocasión lo encontramos como el Evangelista.

Con posterioridad, muchos otros han sido levantados y usados por el Señor como evangelistas,  pero Él fue el primero de todos.

  Estamos tan acostumbrados al vocablo que con frecuencia podemos perder el sentido y la apreciación de su verdadera riqueza. Significa portador de gratas nuevas, o sea buenas noticias.

  En esto va contracorriente de la tónica imperante en los medios de comunicación e información, en los cuales predominan las malas noticias – crímenes, masacres, terremotos, inundaciones, crisis económicas, etc.

  Cuán  bendecidos hemos sido los Suyos de verdad, por venir Él a nuestras vidas, irrumpiendo en el mundo de malos augurios que nos rodeaba!

Y qué alentador y reconfortante nos ha sido y sigue siendo el glorioso mensaje del evangelio pleno que él nos ha traído! Un verdadero bálsamo para nuestras almas que se encontraban tristes y maltrechas.

 Y  no nos cansamos de repetirlo – gracias a Él, Jesús, el gran anunciador de la mejor noticia que jamás ha habido para el ser humano.

  Pero nunca debemos olvidar el indescriptible dolor y padecimiento de Su sacrificio a favor nuestro en el Calvario, sin el cual nada hubiera sido posible de toda la dicha de que disfrutamos, y seguiremos disfrutando eternamente con Él – confiando en que le seguiremos siendo cabalmente fieles hasta el final.

  Hoy mismo Él tiene buenas nuevas para cada uno de nosotros, para cada contingencia y ocasión que se presente y vayan jalonando nuestra carrera. Citamos alguna de ellas, sin comentarios, pues todas hablan claramente de por sí.

  “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (Mateo 11: 27)

  “…echando toda vuestra ansiedad sobre él,  porque él tiene cuidado de vosotros.” (1a, Pedro 5: 7)

  “Porque el pecado no se  enseñoreará de vosotros, porque no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.” (Romanos 6: 14)

  “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falte, conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.” (Filipenses 4: 19)

  En fin, que Jesucristo, el primer y más maravilloso evangelista, tiene uu  cúmulo inagotable de buenas nuevas para todos y cada uno de los Suyos.

  Así que, a recibirlas, apropiarlas y disfrutarlas!

10 y 11) “Fuego vine a echar en la tierra…” (Lucas 12: 49)

  Pasamos a la pista siguiente. Para guardar uniformidad con nuestra  nomenclatura, nos valemos de un recuerdo de nuestra niñez en la Argentina, cuando las máquinas de ferrocarril todavía funcionaban a vapor.

  En las mismas iba el maquinista, encargado de conducirla, y el que se llamaba el foguista, que tenía la función de echar carbón en la caldera de la máquina para mantener el fuego al rojo vivo.

  Somos conscientes de que el diccionario de la lengua castellana no incluye la palabra foguista, y que en su lugar se debe decir fogonero.

  Nos obstante, la utilizamos aquí dado que en la Argentina foguista se admitía y usaba, y además, como dijimos, para mantener la uniformidad en la nomenclatura con todas las pistas y su terminación en las mismas cuatro letras,

  Así entonces – con toda reverencia lo decimos -nuestro bendito Señor – como comodín sin igual! – se desempeña en esto en el doble rol ya dicho de maquinista y foguista.[1] 

  Para algunos esto sonará como algo infantil, reñido con la ortodoxia sobria a que estamos acostumbrados.

  Sin embargo, las verdades que se desprenden de esta analogía son incuestionables y plenamente bíblicas. En efecto, el día de Pentecostés, habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, Jesucristo la derramó sobre los 120 discípulos reunidos en el aposento alto, echando sobre ellos la llama celestial que los había de convertir en una poderosa fuerza incendiaria.

  A partir de esa ocasión, lo ha seguido haciendo a través de la historia, encendiendo el corazón de los Suyos con ese fuego bendito, sagrado y santo.

  Quien esto escribe es uno de los miles y millones de agraciados que han sido depositarios de semejante bendición. La primera vez que oyó el evangelio, hace unos 78 años, y todavía en la lejana Argentina, le llegó a través de varias ráfagas que le atravesaron el pecho y corazón. Las denomino de fuego porque es la mejor  manera que se le  ocurre a uno. No obstante, siendo algo venido del cielo, la verdad es  que no encuentro una manera exacta de describirlo, siendo la llama  celestial lo que por lo menos da una idea aproximada. Esto me selló para Dios y Su voluntad todo el resto de mi vida.

  Desde entonces ha conocido al Señor Jesús tanto como el maquinista   que ha ido conduciendo su vida por los derroteros divinos, como el foguista, que ha mantenido el fuego en su corazón hasta el día de hoy.

12) “El Señor pasa revista a las tropas para la batalla…”  (Isaías 13: 4)

En esta última ocasión descubrimos la pista del General en Jefe que pasa revista a Sus tropas para la batalla.

  Esto no es algo exagerado ni rebuscado, sino algo muy real. En 1a. Timoteo 6: 12 Pablo exhorta a Timoteo diciéndole: “Pelea la buena batalla de la fe.”

  Los verdaderos hijos de Dios estamos en una verdadera batalla. Pero es la más noble y la mejor batalla que se pueda librar. Pablo la llama la batalla de la fe.

  En ella, con la fe que nos ha dado nuestro General en Jefe, luchamos contra el mal que nos acecha en este mundo que yace bajo el maligno. Y lo hacemos para mantenernos incólumes, limpios y transparentes delante de Él, en la parcela de la humildad y el amor, luchando contra todo lo que pueda buscar que nos volvamos atrás o traer desánimo, depresión o cualquier cosa de esa índole.

 El Maestro y General en Jefe pasa revista a nuestro calzado, vestido y también a nuestra mirada.

  No vamos a citar una por una las piezas de la armadura de Dios, de la que Pablo nos escribe hacia el final del último capítulo de la epístola a los Efesios. Nos ceñimos en cambio a esas tres cosa que hemos citado – el calzado, el vestido y la mirada.

  El calzado es muy importante, y de ninguna manera puede un buen soldado presentarse para la revista con zapatillas, ni calzado rotoso. El suboficial de turno que prepara la tropa para cuando llegue el General en Jefe a pasar revista, se cuida mucho de que todo esté como corresponde.

  En cuanto al vestido, debe haber absoluta uniformidad – todos iguales. Y esto se debe a que hay una sola forma de que uno no sea desaprobado en la revista, y es estar revestido de la justicia de Dios que se nos otorga en Cristo Jesús.

  Por último la mirada, que no debe enfocarse hacia abajo, ni atrás, ni a derecha ni a izquierda – solamente al frente. Por eso el suboficial de turno, inmediatamente antes de llegar el General, con tono marcial ordena con voz enérgica VISTA AL ´FRÉNTÉ así como suena, con el acento tanto en la primera como en la segunda sílaba.

  Que estemos bien apercibidos para la revista, y nuestro General no tenga en ninguno de nosotros ninguna otra observación que la de una aprobación plena!

  Así llegamos a la última pista de los doce que nos propusimos.

  En el libro del cual he extraído estas pistas de nuestro amado Señor, Salvador y General en Jefe, concluí citando el genial soneto Violante de Lope de Vega.

  Pero ahora no lo voy a hacer de esa forma – no porque la considere desacertada.   Con la madurez de los años uno aprende y sabe mejor que antes que se debe dar a nuestra única vida una sana e imprescindible solemnidad.

  Me explico. Estamos de paso, en una peregrinación terrenal de unos pocos años, tras la cual hemos de pasar a toda una eternidad.

  Una vez que atravesemos los dinteles para entrar en la misma, ya no habrá tiempo ni ocasión para arrepentirnos ni hacer enmiendas por cosas tales como mediocridad, tibieza, desatinos, carnalidades, egoísmos y un largo etcétera. Nuestra suerte ya estará echada, sin ninguna posibilidad de retorno – irreversiblemente.

  Esto nos impone de manera urgente e imperiosa el hacer una reflexión muy sincera. Estamos marchando a pasos agigantados hacia esa eternidad sin fin.

¿De qué forma lo estamos haciendo?

F I N

 [1]Ista y foguista.

EL LIBRO DE HAGEO

EL LIBRO DE HAGEO

  Comenzamos ahora el estudio de este breve, pero sumamente interesante y muy aleccionador libro del profeta Hageo. Para comprenderlo bien es necesario relacionarlo con los primeros seis capítulos del libro de Esdras. En el comienzo del mismo tenemos un pasaje que es prácticamente una repetición del fin del libro precedente, el de 2ª. Crónicas.

  En el mismo se nos consigna un decreto del gran emperador Ciro, en que manifiesta que Dios le había mandado que le edificase casa en Jerusalén, para lo cual exhortó a los del pueblo de Dios que estaban en cautiverio que subiesen a Jerusalén con ese fin.

  Esto fue en cumplimiento de la profecía de Jeremías de que el cautiverio iba a durar setenta años, después de los cuales habría un remanente que volvería. Además, el profeta Isaías unos buenos años antes había predicho hasta el nombre de Ciro, afirmando

“…que dice de Ciro: Es mi pastor y cumplirá todo lo que yo quiero, al decir a Jerusalén: Serás edificada; y al templo: Serás fundado” (Isaías 44:28)

  Bien podemos imaginar el regocijo con que los israelitas que se encontraban en el cautiverio habrán visto la proclamación  de Ciro como emperador, y que, ya en el primer año de su reinado, había decretado el regreso de ellos. Además, que en cualquier lugar donde morasen, los de ese lugar de su propio pueblo le diesen toda clase de ayuda con plata, oro, bienes y ganados, amén de ofrendas voluntarias para la casa de Dios en Jerusalén. (Esdras 1: 4)

  Así las cosas, y en medio de este panorama tan favorable, los jefes de las casas de Judá y Benjamín, y los sacerdotes y levitas, se sintieron despertados en su espíritu para subir a Jerusalén y acometer la obrase de edificar el templo.

  En el capítulo 2 de Esdras se da una larga lista de los que emprendieron el viaje, en número de cuarenta y dos mil trescientos sesenta, si contar sus siervos y siervas, los cuales eran siete mil trescientos treinta y siete, y además doscientos cantores y cantoras.

  La lista detalla bastantes cosas, como el número de los sirvientes del templo, y hasta el número también de sus caballos, mulas, camellos y asnos. Sin embargo, se podría pensar, y algunos de los israelitas posiblemente se lo hayan pensado – ¡Caramba, qué extraño – aquí nos hace falta un profeta!

  Pero la providencia divina no había omitido ese punto tan importante. Inadvertido por el resto del numeroso contingente que emprendió el viaje, había dos varones que iban a desempeñar un rol principal y fundamental en realidad.

  Uno de ellos se llamaba Hageo, el breve libro de cuyo nombre iba a quedar incorporado al canon de las Sagradas Escrituras, dejando además lecciones de orden sumamente práctico e importante para los santos de todos los tiempos.

  Ni siquiera se da el nombre de su padre o madre, ni se dice si tuvo hijos o no. El primer versículo nos dice que le vino la palabra del Señor en el primer día del mes sexto en el año segundo del rey Darío. Iba dirigida a Zorobabel, hijo de Salatiel, y a Josué hijo de Josadac.

  Esto nos ayuda a ubicarnos dentro de la situación imperante. Zorobabel era el gobernador de Judá, mientras que Josué – en nada relacionado  con el homónimo suyo sucesor de Moisés – era el sumo sacerdote, es decir el primero estaba a cargo de la parte práctica propia de un gobernador,  y el segundo de la del culto a Dios.

  La palabra que traía Hageo era una de reprensión al pueblo, que manifestaba que aún no había venido el tiempo de que la casa del Señor fuese  reedificada.

  Debemos comprender, por una parte, que era un pueblo que había regresado del cautiverio, y por lo tanto tenía la necesidad práctica, comprensible por cierto, de establecerse cada uno, o cada familia, en su vivienda propia.

  No obstante, había un celo desmedido por tener esa vivienda propia en óptimas condiciones, mientras que para justificarlo decían que aún no había llegado el tiempo de reedificar la casa de Jehová. Era una excusa “espiritual” digamos – todo tiene su tiempo, y ya ha de venir el de la reedificación.

  El Señor les había estado dando muchas muestras de su desaprobación, pero en increíble insensibilidad no se daban cuenta. Sembraban mucho y recogían poco; comían y no se saciaban; bebían y no quedaban satisfechos; se vestían y no se calentaban; y el que trabajaba a jornal recibía su jornal en saco roto.

  Por lo tanto, a través del profeta les insta a que mediten sobre sus caminos, y les hace una importante exhortación. “Subid al monte y traed madera, y  reedificad la casa; y pondré en ella mi voluntad, y seré glorificado, ha dicho Jehová.” (1:8)

  Una exhortación que en si, además de su aplicación práctica para aquel entonces, nos enseña mucho de sumo valor. En realidad, por el mandato de Ciro, habían subido a Jerusalén con ese fin – el de reedificar el templo. Tenían que poner su parte, poniendo manos a la obra – subiendo al monte, trayendo madera y edificando. (Ya ampliaremos sobre esto, que figurativa o simbólicamente tiene mucho que decirnos)

  Pero así, viendo el Señor que ellos en realidad se estaban esmerando  y dándose a la obra, Él por Su parte pondría Su voluntad en la misma y sería glorificado. Él necesita que en toda empresa para Él demos muestras acabadas de estar empeñados en la misma con ahínco y tesón; no podemos esperar de ninguna manera que Él la bendiga y prospere, si no la acometemos debidamente y como Él se merece.

  Ampliamos ahora sobre subir al monte y traer madera, etc. En efecto, subir al monte nos habla de ascender a las alturas para la comunión, alabanza, y oración. ¿Por qué subir al monte? porque implica esfuerzo, una cuesta arriba. Bien sabemos que tal cual las cosas hoy día, hay una multiplicidad de demandas sobre nuestro tiempo y energías que conspiran contra el cultivo de la oración y comunión con el Señor. Uno tiene que disciplinarse muy seria y severamente para no caer en el error y la trampa de descuidarlo, so pena de desembocar pronto en un serio declive espiritual.

   De ese lugar de verdadera oración y comunión con el Trono de gracia, es de donde se trae la madera de la fe, el verdor y la frescura espiritual, el amor renovado y tantas otras virtudes, las cuales nos permiten acometer nuestras labores para el Señor de manera limpia y eficaz.

  Hecho este breve, pero creemos importante paréntesis, continuamos ahora con el texto del libro de Hageo en que estamos. En los versículos 9 a 11 del primer capítulo el Señor continúa señalándoles por la palabra de Hageo las muchas pruebas de su desaprobación.

Buscaban mucho pero hallaban poco; lo encerraban en sus casas, pero Él lo disipaba en un soplo, y la razón era que Su casa estaba desierta, y cada uno corría a lo suyo en su propia vivienda.     Además detenía la lluvia y, consecuentemente, la sequía resultante malograba las cosechas del vino, el aceite, y sobre lo que la tierra produce, y además afectaba a los hombres, las bestias y sobre todo trabajo que se hacía.

 La insensibilidad del pueblo era increíble e hizo falta que viniera un auténtico varón de Dios con la palabra de lo alto para despertarlos del profundo letargo en que se encontraban.

  Pero ahora viene algo fundamental – precioso, rico y enriquecedor a la vez,

“Y oyó Zorobabel hijo de Salatiel, y Josué hijo de Josadac, sumo sacerdote, y todo el esto del pueblo la voz de Jehová su Dios,  y las palabras del profeta Hageo, como le había enviado Jehová su Dios;  y temió el pueblo delante de Jehová.”(1:12)

  Hemos subrayado la voz de Dios porque es muy posible, y a menudo sucede, que se da la palabra de Dios, exactamente tal cual como está en la Biblia, pero sin la voz del Señor. Y así es como muy bien puede sonar, ya sea hueca, o como la vara que fustiga, o el dedo acusador.

  Un cantante de primera línea, por ejemplo, antes de dar su concierto se encarga bien de que sus cuerdas vocales y garganta estén en  óptimas condiciones. Aunque de otra manera, el verdadero siervo de Dios tiene necesariamente que llenar ciertos requisitos;   saber lo que el Señor quiere que diga, y ceñirse a ello, sin agregados innecesarios; vivir cerca del Señor y muy pendiente de Su omnipresencia y omnisciencia; prepararse bien antes de cada ocasión, y en su diario vivir conducirse con un sano y santo temor reverencial.

  Es una máxima muy cierta que, lo que somos y cómo nos conducimos en la vida, se transmite a quienes nos oyen por medio de lo que decimos. Aquí tenemos un caso puntual en este último sentido.  No cabe duda que el profeta Hageo que dio esa palabra, vivía muy cerca del Señor y con un sano y saludable temor reverencial.

  Cuánta falta hace que hoy día se dé y se oiga la palabra de Dios de esa manera!

  Como resultado de esa buena acogida de la palabra, vino una promesa del Señor de que Él estaba con ellos – ahora que ellos estaban bien dispuestos, el Señor se complacía en poner Su parte. Y lo hizo de una manera que resulta de inspiración y de enseñanza muy importante.

 “Y despertó Jehová el espíritu de Zorobabel hijo de Salatiel, gobernador de Judá, y el espíritu de Josué hijo de Josadac, sumo sacerdote, y el espíritu de todo el resto del pueblo, y vinieron y trabajaron en la casa de Jehová de los ejércitos, su Dios.” (1:14)

  En primer lugar, recordemos que ya anteriormente vimos en Esdras 1: 5 que el Señor había despertado el espíritu de ellos. Pero al llegar de regreso del cautiverio y tener que establecerse en sus viviendas, la preocupación excesiva de que las mismas estuvieran en óptimas condiciones, los llevó al terreno material.

  La consecuencia inevitable fue que volvieron a un adormecimiento espiritual, y hubo la necesidad de que se los despertara otra vez. Esto nos habla con elocuencia, y a montones, de la necesidad de que no nos dejemos arrastrar a lo material, en detrimento de lo espiritual, que al final de cuentas es lo imperecedero y eterno.  Es tan fácil caer, casi insensiblemente, en un letargo espiritual, pero a la vez, estar bien despiertos en lo material!

   El resultado, muy bueno por cierto, de ese nuevo despertar de su espíritu, fue que vinieron y trabajaron en la casa de Jehová de los ejércitos, su Dios. Antes, cada cual en lo suyo, y la casa del Señor desierta; ahora, todos juntos y trabajando en la obra de la reconstrucción del templo, que, no debemos olvidar, fue el verdadero motivo por el cual el rey Ciro los había enviado a Jerusalén.

  Finalmente, vemos que esas palabras del profeta Hageo, traídas con la voz de Jehová, tuvo la virtud de unificar al pueblo en la empresa tan importante que tenían que llevar a cabo.

  De esto sacamos la conclusión,  por contraste, de que cuando una palabra que se trae al pueblo no viene en realidad de parte del Señor, surte el efecto contrario. Así, algunos, tal vez novatos e incautos, la reciben muy bien como algo nuevo y distinto, mientras que los más maduros captan que no es de edificación, ni trae el auténtico sabor y sello de lo que viene de lo alto. El consiguiente resultado: no unifica sino que separa.

  En el capítulo 2, al mes y 21 días más tarde, viene una nueva palabra del Señor por intermedio de su siervo. Va dirigida a Zorobabel el gobernador, a José el sumo sacerdote, y al resto del pueblo.

 ¿Quién ha quedado  entre vosotros que haya visto esta casa en su gloria primera, y cómo la veis ahora? ¿No es ella como nada delante de vuestros ojos? (2:3)

  Para comprender bien el sentido de esta pregunta, tenemos que recordar que en el contingente de los que regresaron había algunos muy ancianos que habían visto el templo construido por Salomón, con toda su gloria. Al ver el que estaban ahora reedificando, seguramente que les parecería muy pequeño y modesto en comparación.

  Y a continuación viene una palabra sumamente alentadora, que transcribimos a continuación.

“Pues ahora, Zorobabel, esfuérzate, dice Jehová; esfuérzate también, Josué hijo de Josadac, sumo sacerdote; y cobrad ánimo, pueblo todo de la tierra, dice Jehová, y trabajad, porque yo estoy con vosotros, dice Jehová de los ejércitos.”

“Según el pacto que hice con vosotros cuando salisteis de Egipto, así mi Espíritu estará en medio de vosotros, no temáis.” (2:4-5)

    Jehová les insta a esforzarse y cobrar ánimo, porque Él estaba con ellos con todo lo que ello implica. Y lo hace sobre todo por ser un Dios fiel, que cumple con el pacto hecho con Su pueblo. Notemos, no obstante, que en ese pacto el Espíritu estaba en medio de ellos ,mientras que en la dispensación el nuevo pacto el Espíritu Santo mora en nosotros.

  A renglón seguido, en los versículos 6 a 9 del mismo capítulo viene una profecía mesiánica de largo alcance. La citamos textualmente antes de pasar a comentarla.

“Porque así dice Jehová de los ejércitos: De aquí a poco yo haré temblar los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca, y haré temblar a todas las naciones, y vendrá el Deseado de todas las naciones; y llenaré de gloria esta casa, ha dicho Jehová de los ejércitos.”

  “La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos; y daré paz en este lugar, dice Jehová de los ejércitos.”

 Al lector seguramente le podrá llamar la atención el hecho de que en estos tres versículos que hemos citado, el nombre Jehová de los ejércitos aparece varias veces. Pero había una razón muy importante.

  En efecto: dijimos en un principio que el contingente que viajó por mandato de Ciro para reconstruir el templo en Jerusalén, lo hizo de una forma muy auspiciosa y favorable, Como ya vimos, hasta gente del imperio persa de los lugares en que se encontraban los que viajaron, les dieron oro, plata y demás ofrendas útiles para la reconstrucción.

  Sin embargo, al ponerse a emprender la obra en Jerusalén les esperaba una lucha muy encarnizada por cierto, con una oposición sumamente maliciosa de parte de la gente pagana que estaba en Jerusalén y alrededores.

  De ahí entonces nos parece muy indicada la forma en que el profeta Hageo se sintió inspirado a emplear este nombre del Señor tan particular. El Dios Omnipotente con Sus poderosas huestes celestiales – Jehová de los ejércitos -sería más que suficiente para salvaguardarlos en la lucha y llevarlos a una rotunda victoria final.

  Continuando ahora con el pasaje, no cabe ninguna duda de que el Señor ha hecho temblar a las naciones. Sin entrar en detalles para puntualizarlo, baste recordar el sueño de Nabucodonosor, interpretado por Daniel, en el que uno  tras otro de los grandes imperios se fueron derrumbando.

  “…y vendrá el Deseado de todas las naciones, y llenaré de gloria esta casa, ha dicho Jehová de los ejércitos.”

  Lo que sigue – “Mía es la plata, y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos. La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos, y daré paz en este lugar, dice Jehová de los ejércitos.” no cabe duda que constituía una palabra de aliento para los dos líderes, Zorobabel y Josué, y todo el resto del pueblo.

  La forma en que esa gloria iba a superar la del templo anterior, construido en el reinado de Salomón, no nos resulta fácil de comprender. Tal vez como algo que se nos sugiere ahora, podría ser que la triste apostasía de Salomón hacia el final de su carrera, deslució y manchó todo el bien anterior que había hecho. 

  Pero lo que es innegable y resulta clarísimo, es que este pasaje, dado que menciona la venida del Deseado de las naciones, ha de verse a la luz del nuevo templo, no de ladrillos, hormigón armado, madera y piedras costosas y oro finísimo, sino espiritual y con alcances imperecederos. Es decir, el templo de la iglesia universal de los miles y millones de redimidos por la sangre del Cordero inmolado, en el régimen del Nuevo Pacto, cuya gloria es inmensamente superior a la de todos los templos construidos por el hombre.

  Hablamos unos buenos párrafos atrás de la encarnizada lucha que les tocaba enfrentar contra la gente pagana que vivía en Jerusalén y alrededores. Ahora pasamos a comentarlo, y veremos que nos enseña cosas muy prácticas, y además, latentes y vigentes en la obra del Señor en la actualidad.

   Para ello recurrimos otra vez al libro de Esdras, que en sus primeros seis capítulos, como ya dijimos, nos da un relato amplio de la situación en ese entonces, y nos ensancha la visión que nos da el libro de Hageo.

  En realidad, las cosas empezaron bien. En el capítulo 3 leemos que, llegado el mes séptimo y estando los hijos de Israel ya establecidos en las ciudades, se juntó el pueblo como un solo hombre en Jerusalén.

  Como vemos, un comienzo muy auspicioso. Lo primero que hicieron fue edificar el altar y ponerlo sobre su base, para ofrecer de inmediato holocaustos, pues tenían miedo de los pueblos de los alrededores, intuyendo ya que veían con muy malos ojos lo que ellos estaban haciendo.

  La obra prosiguió bien, cumpliéndose el mandato de Ciro, rey de Persia, de que se les diera todo lo necesario para la reconstrucción del templo. El punto álgido fue cuando echaban los cimientos y los sacerdotes vestidos de sus ropas, y los levitas alababan con címbalos, mientras el pueblo aclamaba con gran júbilo por ese hecho tan importante de que se echasen los cimientos de la nueva casa.

  Resulta muy conmovedor leer que había entre el pueblo muchos ancianos que habían visto el primer templo, edificado por Salomón, y ahora veían echarse los cimientos de este nuevo templo, y lloraban de emoción. Al mismo tiempo, había los más jóvenes que daban grandes gritos de alegría, de manera que se mezclaron los dos – los de la alegría y del lloro de emoción – y no se podía distinguir el uno del otro, y el ruido se oía desde lejos.,

  Algo muy hermoso por cierto, pero ahí fue donde empezó a manifestarse la fuerte oposición de los pueblos de la tierra. Concluido el capítulo 3 con ese clímax tan estupendo, en el siguiente empieza la encarnizada lucha que ya anticipamos tendrían que enfrentar.

     “Oyendo los enemigos de Judá y de Benjamín que los venidos de la cautividad edificaban el templo de Jehová dios de Israel, vinieron a Zorobabel y a los jefes de casas paternas y les dijeron: Edificaremos con vosotros, porque como vosotros buscamos a vuestro Dios, y a él ofrecemos sacrificios, desde los días de Esar-hadón, rey de Asiria, que nos hizo venir aquí.” (Esdras 4: 1-2)

   Un incauto ingenuamente se gozaría pensando: Qué bien – toda esta gente viene a ayudarnos – eso va a facilitar la tarea y se la podrá terminar con mayor prontitud.

  Pero había una trampa muy sutil. Uno de los muchos ardides del enemigo es infiltrarse en las filas de los fieles, ya sea con semi-convertidos, o bien con pseudo6-convertidos.

  Tenemos otros casos en que algo semejante había sucedido.  En Éxodo 12:38 leemos que al salir de Egipto los hijos de Israel, una grande multitud de toda clase de gentes los acompañaba.

  Más tarde en Números 11: 4 vemos que “…la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo, y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: Quién nos diera a comer carne!”

  Como si la murmuración y la desobediencia de Israel fueran poca cosa, se añadieron a las mismas las de la gente extranjera que subió con ellos desde Egipto!

  Felizmente, en el caso en que estamos los dirigentes Zorobabel, Jesúa y los demás jefes de casas paternas reaccionaron sabiamente, diciendo “…no nos conviene edificar con vosotros casa a nuestro Dios, sino que nosotros solos la edificaremos a Jehová Dios de Israel, como nos mandó el rey Ciro, rey de Persia.”(Esdras 4: 3)

  Esto produjo una fuerte y maliciosa reacción del pueblo de la tierra, y empezaron a intimidar y atemorizar a los hijos de  Judá y Benjamín, para que no edificaran. Además sobornaron contra ellos a los consejeros de la zona para frustrar sus propósitos, y escribieron cartas con acusaciones falsas en el principio del reinado de Asuero. Asimismo en días de Artajerjes, rey de Persia enviaron una escritura en arameo acusando a los que edificaban, redactada de manera maliciosa, diciendo que Jerusalén era una ciudad rebelde y perjudicial a los reyes y a las provincias, y que de tiempo antiguo formaban en ella rebeliones, por cuyo motivo la ciudad había sido destruida.

Como vemos, una tergiversación muy sutil de lo que en realidad había acontecido.

  Desafortunadamente, el rey, después de hacer indagaciones, llegó a la conclusión de que había habido en el pasado reyes fuertes en Jerusalén que dominaban toda esa zona allende el río, y que se les pagaba tributo, impuesto   y renta. Por lo tanto ordenaba que la obra cesase y no continuase hasta que por él – el rey Artajerjes – fuese dada nueva orden. Los dirigentes de los adversarios, fueron entonces apresuradamente a Jerusalén llevando la carta e hicieron cesar la edificación con poder y violencia.    Como se ve, lo anticipado anteriormente, en el sentido de que les esperaba una oposición muy encarnizada, se confirma cabalmente.

  Pero, gracias al Señor, ésta no era la última palabra. En el capítulo siguiente, en el primer versículo se nos dice significativamente: “Profetizaron Hageo, y Zacarías, hijo de Iddo, ambos profetas, a los judíos que estaban en Judá y en Jerusalén, en el nombre del Dios de Israel que estaba sobre ellos.”

  A esta altura notamos que el otro profeta, de nombre Zacarías, se une a Hageo en la labor muy importante que estaba desarrollando, como un refuerzo muy oportuno.

  Como resultado, Zorobabel y Jesúa (o sea Josué)  pusieron manos a la obra, ayudados incluso por los dos profetas. Entonces un tal Tatnai, gobernador allende el río, y otro de nombre Setar-boznai y sus compañeros, vinieron y les preguntaron  quién le había dado orden de edificar, y cuáles eran los nombres de los que dirigían la obra.

  Empero la mano del Señor estaba sobre los dirigentes de la obra, y les explicaron las cosas, puntualizando que fue por orden del rey Ciro en el primer año de su reinado y dándoles además todos los antecedentes del caso.

  La carta de los adversarios fue al rey Darío, pidiéndole que hiciera buscar si  lo que decían los judíos era verdad. Hechas las averiguaciones pertinentes, se verificó que en los registros del palacio situado en Acmeta, en la provincia de Media, efectivamente había una fiel constancia de la orden dada por Ciro en el primer año de su reinado.

  Como feliz resultado, el rey Darío contestó dando orden a los enemigos de los judíos de que se alejaran del lugar y permitiesen que se continuase la obra sin impedimento alguno, so pena de que, de lo contrario, cualquiera que dejase de cumplir la orden suya, se arrancase un madero de su casa y fuese colgado en él, y su casa fuera hecha un muladar. (Esto, digamos de paso, era típico en aquellos tiempos, como castigo a los que desobedecían las órdenes reales.)

  Además de esto, se daba orden de que del tributo del rey se les diese a los judíos puntualmente todo lo necesario para que la obra continuase, como así también becerros, carneros y corderos para holocaustos al Dios del cielo, y trigo, sal, vino y aceite, según lo necesitaran los sacerdotes del pueblo judío, y que estos orasen por la vida del rey (Darío) y sus hijos.

 Así fue que la obra de reconstrucción pudo llegar a feliz término, el tercer día del mes de Adar (ignoramos su equivalencia en castellano) en el sexto año del reinado de Darío. Consecuentemente, se celebró la dedicación del templo con las debidas ofrendas por expiación según el ritual prescrito en la ley mosaica, como así también la pascua, a los catorce días del mes primero.

  Y así, la encarnizada lucha por la maliciosa oposición de los pueblos antagónicos de la zona, concluyó con una rotunda victoria del pueblo de Dios, celebrada con gran júbilo por la forma en que el corazón del rey de Asiria había sido influenciado por el Señor para fortalecer las manos de los judíos y llevar a buen fin – por fin! – el mandato de Ciro de que se reedificase el templo, dado el primer año de su reinado.

   Después de este largo paréntesis, impuesto por el hecho de que hemos estado trabajando con los dos libros – el de Esdras, y el de Hageo – volvemos a este último.

  Vemos que en el capítulo 2:15-17, se les recuerda los castigos con que el Señor les llamaba la atención, después de lo cual sobreviene una preciosa promesa, a saber: “Meditad, pues, en vuestro corazón, desde este día en adelante, desde el día veinticuatro del noveno mes, desde el día en que se echó el cimiento del templo de Jehová; meditad, pues, en vuestro corazón…desde este día os bendeciré.” (Versículos 18 y 19b)

  La fecha precisa del día veinticuatro del mes noveno no era algo sin la muy debida razón. En efecto, el Señor había advertido el ahínco y la intensa labor de cavar y echar los cimientos del templo, y por lo tanto les hace saber que ahora que han dejado lo suyo para darse de lleno a la reedificación, Él sí que está satisfecho, y a partir de ese día los ha de bendecir.

  Pero otra vez, con mi fuerte inclinación de ver algo simbólico o figurativo que señala los valores mejores y mayores del nuevo pacto, paso a dar otro caso.

  De paso, añado para justificarlo, que puede darse como un principio correcto que, bajo la inspiración del Espíritu Santo, muchos acontecimientos y aun personajes del Antiguo Testamento simbolizan lo del Nuevo Testamento – baste mencionar como ejemplos la historia de José, el hijo amado de Jacob, y Melquisedec, clarísima figura de Cristo.

  En esa inclinación a que me he referido, cito ahora Lucas 6: 47-48: “Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante. Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca.”

  Hace unos días, leyendo un libro del famoso santo francés de otrora Francois de Salignac de La Motte Fénelon, noté con interés que uno de los capítulos del mismo se titulaba semi conversiones.

  Cuánta verdad hay en esto! Y por cierto que lo vemos en la practica hasta la enésima potencia. Cavar un poquito por encima, se hizo profesión de fe y ya se pasó por las aguas del bautismo ‘ soy salvo por toda la eternidad… etc. pero se sigue viviendo en la carne, con muy poca mira en lo celestial e imperecedero y menos aun en cuanto a la oración y el cultivo de la palabra.

  De ahí las palabras del Señor Jesús apuntando a que es necesario cavar y ahondar,  lo cual supone quitar toda la tierra, arena y aun basuras y residuos que han quedado sepultados por años, hasta llegar a tocar roca firme. Y desde ese punto edificar – es decir nada superficial, por encima nomás, sino ahondando de verdad. Y claro está que esto concuerda con lo visto en el pasaje de Hageo ya citado – desde el día en que echaron el fundamento – desde ese preciso día y no antes – el Señor los iba a bendecir.

  Que seamos todos de los que han cavado y ahondado, para tener confianza cuando Él se manifieste, y no tengamos que alejarnos de Él avergonzados. (Ver la primera Epístola de Juan 2: 28),

  El libro concluye con una preciosa promesa del Señor para Zorobabel. Se cumpliría en un tiempo en que Jehová haría temblar los cielos y la tierra,  trastornaría el trono de los reinos y destruiría la fuerza de los reinos de las naciones.

  No nos resulta posible identificar con certeza ese tiempo, y nos ceñimos a acotar que a través de los siglos, vez tras vez, se ha levantado un reino o nación, para caer eventualmente ante el poder de otro, y así sucesivamente, llenando páginas y más páginas de la historia con guerras y derramamiento de sangre por doquier.  Creo que no me equivoco al afirmar que un muy alto porcentaje de la historia es la que trata sobre las numerosas guerras que ha habido – o en otras palabras, que al estudiar historia la mayor parte abarca guerras y más guerras.

  Pero ahora citamos la promesa en sí, para luego pasar a comentarla. ”En  aquel día, dice Jehová de los ejércitos, te tomaré, oh Zorobabel, hijo de Salatiel, siervo mío, dice Jehová, y te pondré como anillo de sellar, porque yo te escogí, dice Jehová de los ejércitos.”

  La conjunción exclamativa oh que precede al nombre de Zorobabel al dirigirse a él, denota evidentemente dos cosas: el gran amor del Señor para con él, pero también un deseo profundo de tomar su vida en Sus manos como nunca antes, para así poder cristalizar plenamente el precioso propósito que tenía para él.

  Ese propósito era nada menos que ponerlo como anillo de sellar. El anillo es circular, es decir que no tiene ninguna arista puntiaguda, de esas que lastiman. Además, su rol y su destino es estar en un dedo de la mano de Su dueño.  Donde va él, va también el anillo; fuera del dedo y la mano a que pertenece no tiene función ni sentido.

  Y para explicar en qué consiste el sello – en términos neotestamentarios, por supuesto – citamos 2a. Timoteo 2:19:- “Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos, y Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo.”

  Es decir, pertenencia absoluta al Señor, y santidad, sin la cual nadie ha de verlo.  

  Imprimirlo sobre otras vidas, para que lleven bien grabado en el corazón y la vida ese sello inconfundible, que es la credencial real y verdadera de los auténticos! Qué privilegio indecible!

  Hace unos buenos años, al realizar un estudio a fondo de este libro de Hageo, recuerdo haberme enterado que el nombre Zorobabel significaba uno  esparcido en Babilonia. Y en el caso suyo, trasladado de ese lugar para construir el templo del Señor.

  ¿Podrá ser presunción u osadía de parte nuestra, que hemos sido rescatados de la Babilonia de este mundo, tener la aspiración de ser también anillos de sellar en las manos del Señor?

  Creemos que si se tiene la misma con la debida humildad y mansedumbre, seguramente ha de contar con la plena aprobación del Señor. Pero, debemos recordar que implica todo lo que dijimos en cuanto al anillo, su rol, destino, pertenencia, pureza y santidad.

FIN

Primero el malo o lo malo, y después el bueno o lo bueno

Primero el malo o lo malo, y después el bueno o lo bueno

Primera Parte

Seguramente que a no pocos que lean este estudio, el título les resultará algo estrafalario o por lo menos extraño.

No obstante, a medida que avancemos, se verá la razón del mismo, que marca una constante desde los primeros capítulos de la Biblia y que continúa, y ha de continuar, hasta el final de los tiempos terrenales.

En los últimos tiempos se ha hablado y se habla bastante de la genética en general y sus derivaciones. Por lo tanto, nos resulta significativo que al inspirar las Sagradas Escrituras, el Espíritu Santo dispuso que el primer libro de las mismas se denominase el del Génesis. Con toda razón, pues vemos que en él se encuentran los orígenes de no todas las cosas , pero sí de muchas y de gran importancia, y que se aplican en la práctica en la vida cotidiana del mundo en que estamos.

Comenzamos por hablar sobre los que solemos llamar nuestros primeros padres, i.e. Adán y Eva. Fueron únicos en que a diferencia de todos los demás seres que han habitado nuestro planeta tierra, incluso nuestro amado Señor Jesús, no tuvieron infancia – fueron creados adultos.

En cuanto a su caída en el pecado, pasamos a puntualizar el fallo garrafal de cada uno, el cual ha acarreado ruinosas y funestas consecuencias para todo el género humano-

Empezamos por Eva, ya que el relato del Génesis la pone en primer término. Hay un dicho inglés – la curiosidad mató al gato – que evidentemente cabe aquí. Seguramente se habrá preguntado ¿Por qué de todos los demás árboles podemos comer y de ése no? Debe tener algo muy especial para que nos esté prohibido. Me gustaría saber.

Esto no es una conjetura nuestra, sino algo que tiene un claro asidero en la narración. En efecto, en Génesis 3: 3, en respuesta a la maliciosa pregunta de la serpiente, Eva respondió “…pero del árbol que está en el medio dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis  para que no muráis.”

El árbol situado en el medio era el de la vida según leemos en Génesis 2: 9, pero su curiosidad y gran interés en el mismo le hacía verlo en el medio, con el agregado ni le tocaréis, que no figuraba por cierto en ese versículo ni en ningún otro.

De inmediato vino la horrible blasfemia de la serpiente – que Dios estaba mintiendo y la estaba engañando, privándole de algo muy maravilloso – ser como Dios, sabiendo el bien y el mal.

Lo aderezó como algo bueno para comer, agradable a los ojos y codiciable para alcanzar la sabiduría, y olvidando el claro mandato de Dios Eva picó el anzuelo, con todas las horrorosas consecuencias.

Seguramente que Adán estaría a su lado mientras todo esto ocurría, y en primer lugar creemos que debiera haberse interpuesto en seguida para poner en claro a la serpiente y afirmar con todo énfasis que había un mandato divino de parte del Creador a quien le debían todo cuanto eran y tenían, y cortar así todo atisbo de desobediencia. Nada de esto hizo, y en cambio se quedó pasivamente, mirando lo que estaba sucediendo.

Al ofrecerle Eva del mismo fruto le quedaba una segunda y última oportunidad – la de decirle a Eva:- Tú le has dado la espalda a nuestro Dios y te has unido a la serpiente; allá tú – yo me quedo con mi Dios, que sé que es mucho mejor.”

Aunque entra en el en terreno de las suposiciones, no nos cabe duda de que en tal caso el Señor le hubiera dado otra ayuda idónea y mucho mejor.

Pero como vemos, él también obró deplorable y lamentablemente, y en seguida sobrevinieron las muchas trágicas consecuencias.

La primera fue la de encontrarse en la vergüenza de la desnudez del pecado.

Quisieron remediarla cosiéndose delantales con hojas de higuera, pero bien podemos imaginar las mismas marchitándose, encogiendo bien pronto, para seguir en ese estado tan vergonzoso.

Lo que nos lleva a la verdad tan importante de que cuando nos embarramos con el pecado, no podemos superarlo por nuestros propios medios – necesitamos imprescindiblemente que la bendita mano divina venga en nuestro socorro y  ayuda.

Al preguntarles el Señor si habían comido del árbol del cual les había mandado que no comiesen, tenemos las muy significativas respuestas que dieron.

En primer lugar en 3:12 leemos que Adán dijo: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí

Por su parte Eva dijo (3:13) “La serpiente me engañó y comí.”

Y en esto vemos algo típico, que se ha reproducido desde entonces en el género- humano- o se culpa al diablo, al prójimo, o a Dios mismo.

Desde luego que el Señor, siendo un Dios de absoluta verdad, no puede tratar al ser humano sobre esta base, que huelga decirlo,  es absolutamente falsa. Adán, como ya hemos visto, bien pudo reaccionar de forma totalmente distinta; y Eva no tenía por qué dejarse seducir por la serpiente.

Y por lo tanto, desde este punto inicial se presenta para todo ser humano la necesidad de algo totalmente imprescindible – la del arrepentimiento -y esto hasta tanto no lleguemos al más allá.

El verdadero arrepentimiento no busca excusas ni atenuantes, sino que reconoce sincera y cabalmente la culpabilidad propia.

En Lucas 13:3 y 5 nuestro Señor Jesús dijo:-“…si no os arrepintiereis, todos pereceréis…” y en Los Hechos 17: 30 tenemos otra contundente advertencia al respecto: “…Pero Dios… ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan…”

Es decir que no hay ser humano que esté exento de esto, y debemos agregar que el verdadero arrepentimiento es una gracia maravillosa, que nos pone en marcha, y como primer paso ineludible, hacia la bendición y la dicha de ser liberados de la horrible esclavitud del pecado.

  Pero debemos notar algo importantísimo del arrepentimiento. El verdadero, como dijimos, sin excusas ni atenuantes reconoce abiertamente su culpabilidad, y se arrepiente por el pecado cometido y por haber desobedecido al Ser Supremo a Quien le debe la vida, el aliento de sus narices y el latir de su corazón.

  Empero hay un arrepentimiento falso, que consiste en estar arrepentido y contrito por las consecuencias – como haber quedado descalificado para el ministerio, el quedar avergonzado ante los demás, etc. Se debe tener muy en cuenta esto, que es mucho más que un detalle. El verdadero arrepentimiento se enfoca en la causa – haber desobedecido y pecado – no en las consecuencias.

  En su gran misericordia, el Señor no dejó a nuestros primeros padres en la vergüenza de la desnudez.

“Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió.” (Génesis 3:21)

Para esto debe haber mediado necesariamente el sacrificio de un animal inocente, lo cual a todas luces representa un dedo profético, que señala a nuestro amado Señor Jesús,  Quien sin pecado ni mancha, se ofreció a favor nuestro en el Calvario por el Espíritu Eterno.

El hecho de que el mismo Señor hizo las túnicas, nos hace vislumbrar, desde este punto tan trágico – el nadir digamos – una porción del estupendo cenit que por la redención gratuita, perfecta y maravillosa se ha procurado a nuestro favor en la arena del Calvario.

Efectivamente, entre  muchas otras dichas,  se nos brinda ahora la de vestir ropaje real, confeccionado nada menos que por la mano divina.

Avanzando ahora, nos encontramos con algo nuevo, que nunca antes había acontecido – Eva embarazada, y al dar a luz, he aquí una criaturita – la primera nacida en este mundo y de padres que no conocieron la infancia, ni la niñez , como hemos visto – empezaron desde adultos.

Bien podemos imaginar cómo contemplarían a ese bebé recién nacido – los ojitos, las cejas, las pestañas, los deditos de la mano, en fin todo un milagro y un encanto, y posiblemente Eva esperaba que fuese el cumplimiento de la gran promesa de Génesis 3:15 en el sentido de que la simiente de ella le asestaría una herida en la cabeza a la serpiente que la había engañado.

Pero nada de eso – tenía que pasar muchísimo tiempo antes de que se cumpliese esa promesa. Y en cambio un horrible desengaño: esa criaturita, al cual le pusieron el nombre de Caín, iba a resultar el primer asesino del mundo.

¿Cómo se explica semejante cosa? Pues sencillamente que al darle la espalda al Ser Supremo que los había creado y obedecer a la serpiente diabólica, habían entrado ella y su marido en un terreno totalmente distinto, en el cual iban a producir engendros diabólicos. Y por cierto, como veremos dentro de poco, Caín resultó el primero de ellos, y en una medida horrorosa.

Pero antes de hablar más de él, notamos que tuvieron un segundo hijo, al que llamaron Abel, y éste iba a resultar bueno.

¿No es esto una contradicción de lo dicho anteriormente? Creemos que no, que fue la misericordia del Señor, pues otro hijo como el primero sería como para destrozarlos de tristeza y quebrantos.

Pero además de ello, este hecho marca un principio que se ha de reproducir hasta el fin de los siglos terrenales, y que se esboza con el título que le hemos dado a este escrito – primero el malo o lo malo, después el bueno o lo bueno

En efecto, veamos: primero Caín, el malo, después Abel, el bueno; Ismael, el primer hijo de Abraham, el malo, Isaac el bueno; de Isaac, Esaú, primer hijo  de Isaac,el malo, Jacob el bueno (más adelante nos detendremos para consignar algo de  importancia acerca de él ) de Jacob, Rubén el malo que violó el lecho de su padre, después José el hijo amado.

Saúl el primer rey de Israel, desechado por su desobediencia, David el segundo, un varón según el corazón de Dios.

 En el Nuevo Testamento ahora, primero la carne, después el espíritu; primero el viejo hombre, después la nueva criatura en Cristo; primero el sufrimiento indecible del bendito Crucificado, después las glorias sublimes y eternas; primero Jerusalén la terrenal, que está en esclavitud, después la Celestial, que es libre, y así sucesivamente. A medida que avancemos iremos viendo más ocasiones en que sigue este principio.

Nos detenemos aquí para consignar algo importante en cuanto a Jacob, según  más arriba. Al nacer, inmediatamente después de su gemelo Esaú, se nos puntualiza un  detalle importante – la pequeñita mano suya estaba trabada o prendida al calcañar de Esaú. ( 25: 26) Era una marca de nacimiento profética que señalaba algo importante que iba a suceder en lo que bien podemos llamar la gran noche de su vida.

La misma se nos relata en Génesis 32:24-31. Un varón celestial (a quien Jacob reconoció al final como el mismo Señor a quien había visto cara a cara) estuvo luchando con él esa noche, y en un momento dado,  le dijo que lo dejase, que ya rayaba el alba. En ese momento, a unos buenos años de su vida, la misma pequeñita mano del bebé recién nacido, pero ahora tosca y rugosa, se prendió del Varón celestial con lágrimas, pero con tenacidad de acero, exclamando: “NO TE DEJARÉ, SI NO ME BENDICES.”

Esa noche el Varón celestial le cambió el nombre – no se llamaría más Jacob (el que suplanta) sino Israel, porque había luchado con Dios y con los hombres, y  había vencido.

Nos hemos sentido motivados a consignar esto, porque lo que señalamos anteriormente en el sentido de que Jacob era el bueno, se podría cuestionar por dos razones. La primera fue que se aprovechó del hambre de Esaú para quitarle la primogenitura, y la segunda, más tarde, cuando de forma engañosa le privó también de la bendición de su padre Isaac.

Eso no deja por cierto de ser verdad, pero lo que más resalta es que por una parte Esaú despreció su primogenitura (Génesis 25:34) mientras que por la otra Jacob tenía una muy alta valoración, tanto de la primogenitura como de la bendición de lo alto, y eso indudablemente contaba y cuenta siempre delante de Dios.

Ahora volvemos atrás a Génesis 4: 2 donde leemos que Abel fue pastor de ovejas y Caín labrador de la tierra. “Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda, pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya.” (4:3-5)

Podríamos preguntarnos ¿Cómo es esto? Caín que labraba la tierra le trae al Señor del fruto de la tierra, y Abel que es pastor, del primogénito de sus ovejas, de lo más gordo de ellas – y el Señor se complace con lo de Abel pero no con lo de Caín.

La respuesta está dada por el versículo 7, en que el Señor le dice a Caín que si bien hiciere, sería enaltecido. Por esto se ve que Caín sabía muy bien que la ofrenda que satisfacía a Jehová era el sacrificio de un animal, víctima inocente, con el cual sus padres Adán y Eva habían sido vestidos de túnicas por el Señor. Además, hasta le dio una segunda oportunidad. Él podía volver y traer la ofrenda que era aceptable y entonces sería enaltecido.

Pero Caín, ensañado en gran manera, no quiso saber nada. Y así, invitó a su hermano Abel a salir al campo, y allí pasó a perpetrar  el primer asesinato del planeta tierra a que ya nos hemos referido, y que triste y dolorosamente, iba a ser seguido por millares y millones de asesinatos a lo largo de los siglos.

Al preguntarle Jehová a Caín  ¿Dónde está Abel tu hermano? (no que no lo supiera) recibió una respuesta increíble:- “No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano? Mentira a ultranza, propia de un verdadero hijo del padre de mentira, seguido de una osadía blasfema. ¡Qué manera horrible de dirigirse al Dios Creador, que le había dado la vida, y en cuyas manos estaba el hálito de sus narices y el latir de su corazón!

A renglón seguido  tenemos las siguientes palabras del Señor: “Y él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra. Ahora, pues, maldito seas tú de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano.” ((Génesis 4:10-11)

Esta sentencia nos hace ver cosas básicas y a la vez profundas y de suma  importancia.  Los libros de hematología nos consignan verdades preciosas del flujo sanguíneo. En el mismo se reflejan muchísimas cosas, tales como el estado de ánimo de una persona, traumas que puede haber experimentado, el tamaño de la próstata en los varones y muchísimo más. Incluso con la ayuda del microscopio se ven partículas minúsculas que van y vienen, entran y salen, suben y bajan; de algunas se ve con claridad los fines que persiguen, pero de otras hay que admitir que no se comprenden.

Pero hay algo que, por lo menos que yo sepa, no figura en ningún libro de hematología, y es el hecho, asombroso de verdad, de que la sangre no es muda, sino que clama. Así lo puntualiza este versículo, y además en Hebreos 12: 24 se nos dice que la sangre asimismo habla.

¿Qué clamaría la sangre de Abel?

Creemos que sería algo así: Soy la sangre de un varón que en la plenitud de su salud y vigor ha sido cruelmente asesinado. Demando y clamo que este horrible crimen reciba la justa penalidad que le corresponde.

Y esto nos lleva a la importantísima diferencia: – pusimos en el título Primero lo malo, después lo bueno, y aquí vemos este principio verificado plenamente, y además con uno de esos contrastes maravillosos de las Escrituras, que solemos llamar del nadir al cenit, y un cenit glorioso por cierto.

En efecto:- citamos Hebreos 12: 24:-“…a Jesús, el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel.”

Con todo respeto a la versión en castellano de la Biblia de la cual citamos, debemos decir sin embargo que aquí se ha abreviado, y cotejando tanto en la traducción literal de Young como en la versión autorizada del rey Santiago en ingles, nos encontramos con que figura claramente en el plural – “que habla mejores cosas que la de Abel.”

Desde luego, lo primero que habla esa bendita sangre es el perdón, latente aun en las palabras del Crucificado en Lucas 23:34 “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” Como sabemos, se trata de un perdón muy superior al que daban las ofrendas del Antiguo Testamento; éste es gratuito, absoluto y eterno.

Pero hay mucho más. Ese plural de mejores cosas lo debemos entender a la luz de la verdad que encierran las palabras la sangre rociada.

En primer, aquí tenemos un contraste maravilloso. Al hablar del derramamiento del Espíritu Santo leemos en Juan 7: 38-39 “…ríos de agua viva…” lo que denota una gran abundancia. Por el contrario, al hablar de la sangre, como hemos dicho, rociada, entendemos que se trata de gotas minúsculas, lo cual nos subraya la gran verdad del valor infinito de la misma.

Así debemos ver esa sangre como una semilla, la cual es depositada en las entrañas de los “…elegidos según la presciencia de Dios Padre, en santificación del Espíritu,  para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo.” según consta en 1ª. Pedro 1: 2.

Esa semilla – entendiéndose bien claro que debe caer en la tierra fértil de vidas santificadas por el Espíritu – está destinada a germinar, crecer y desarrollarse, para así alcanzar las preciosas virtudes y cualidades contenidas en la misma.

Relacionando esto con las palabras “que nos habla mejores cosas”, entendemos ahora claramente que por ese proceso de germinación, crecimiento y desarrollo, esa sangre nos constituye en seres a imagen y semejanza de Aquél al cual pertenece esa sangre con que hemos sido rociados.

Así pasamos a ser hombres y mujeres de verdad, así como Él es la verdad personificada; de amor, como Él es el reflejo perfecto del amor divino; mansos y humildes, tal cual Él lo fue y sigue siendo; reyes, derivados de  Él, el Rey de Reyes; sacerdotes, derivados de Él, el Sacerdote Supremo para siempre según el orden de Melquisedec. (Hebreos 6: 20)

A algunos que podrían considerar estas reflexiones como más bien rebuscadas o forzadas, nos permitimos remitirlos a dos citas del Apocalipsis en las cuales estas verdades y el principio de la semilla de la sangre se confirman clara y cabalmente.

“Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre; y nos hizo reyes y sacerdotes Dios su Padre…” (Apocalipsis 1: 5-6)

“…y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios de todo linaje, y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes.(Apocalipsis 5:9-10)

Aquí interrumpimos para continuar en la segunda parte.

– – – –  – – ( ) – – – – – –

PRIMERO EL MALO O LO MALO DESPUÉS EL BUENO O LO BUENO

SEGUNDA PARTE

Continuando, volvemos hacia atrás ahora,  citando Génesis 4: 11:- “Ahora, pues, maldito seas tú de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano.”

Aquí tenemos otro contraste que, figurativa o simbólicamente, nos señala otro nadir y el glorioso cenit.

El nadir ya lo tenemos expresado en el texto del versículo. En cuanto al cenit, nos vemos como hombres y mujeres formados del polvo de la tierra, pero sumamente bendecidos, al abrir nuestra boca para beber la sangre de nuestro Hermano Mayor, que es verdadera bebida (Juan 6: 55b) en la copa de la comunión del Nuevo Pacto, como así también en la relación diaria con Él.

Otro punto, desde luego muy elemental, pero que igualmente nos parece oportuno consignar, es el de la  pregunta que hacen algunos,  que evidentemente no conocen bien las Escrituras. ¿De dónde sacó Caín su mujer?

Y claro está, la respuesta se encuentra bien clara en Génesis 5:4 “Y fueron los días de Adán después que engendró a Set, ochocientos años,  y engendró hijos e hijas.”

Pasamos ahora a considerar Génesis 3: 22-24.

“Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no se alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Y lo sacó Jehová del huerto de Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida.”

En primer lugar, sería una monstruosidad que Adán siguiera viviendo para siempre. ¿Lo imagináis si estuviera vivo hasta el día de hoy? Para él  habría significado el suplicio de ver a lo que ha llegado el mundo y saber que él y su mujer eran responsables de que así haya sido, y pensar incluso que muchos quisieran matarlo por llevar a la humanidad al estado deplorable en que ha seguido desde sus primeros días, y en una cuesta abajo irreversible.

Bastante con los 930 años que vivió, y tener que ver el desenvolvimiento inicial del horrible drama del planeta tierra, con toda la culpabilidad que le acarrearía.

De paso señalamos que, la forma en que la genealogía se consigna en Génesis 5, si no se la considera debidamente, podría dar la impresión de que al hablarse de Set, por ejemplo, que sucedió a Adán, éste último ya no estaba. No obstante, los 930 años de Adán se extendieron por varias generaciones y vivió, si mal no recuerdo, hasta los días de Lamec, padre de Noé.

Por otra parte, y siempre en cuanto al pasaje citado anteriormente, hay otro punto que deseo presentar. Reconozco mi tendencia – quizá excesiva – de ver simbolismos en las Escrituras, sobre todo de los que reflejan en lo malo y negativo del Antiguo Testamento, el contraste con lo bueno y positivo del Nuevo.

Así veo a Adán, el mano larga, echado del huerto de nuestra nueva vida en Cristo. Pero por ser un mano larga, se hace necesario tomar precauciones para que no haga de las suyas. Las dos que tomó el Señor las considero así – la primera, la de poner querubines – como la parte divina de arbitrar medios contra el mal. La segunda, la que se nos confiere a nosotros, los verdaderamente redimidos. Se nos ha dado la espada de la palabra de Dios, encendida con el fuego del Espíritu, y haciendo buen uso de la misma, le debemos cerrar el paso en todos los sentidos al mano larga del viejo Adán. Así salvaguardaremos al nuevo hombre, nacido de las entrañas y con la eternidad de Cristo, a fin de que crezca, y se desarrolle plenamente en el huerto de nuestras vidas.

Ya que estamos hablando de Adán, considero importante señalar un error que a menudo se comete, e incluso lo encontramos en himnos, escritos o biografías de grandes siervos del Señor de otrora. Lo hago, desde luego, reconociendo la grandeza de esos siervos, en contraste con mi evidente pequeñez.

El error consiste en llamar al Señor el segundo Adán. En primer lugar, eso no figura en ninguna parte de las Escrituras. Se lo llama el segundo hombre en 1ª. Corintios 15:47 y eso concuerda con el hecho de que a través de la redención del Calvario, dejó de ser el Hijo Unigénito para pasar a ser el primogénito entre muchos hermanos, según consta claramente en Romanos 8: 29b. Es decir que Él es el segundo – Adán el primero, terrenal, Él el segundo, el celestial, seguido de muchos que han de llevar la imagen celestial.

Continuando ahora, notemos bien que en 1ª. Corintios 15: 45 se lo llama el postrer Adán.

La distinción es muy importante y la razón es que el nombre de Adán aquí se emplea en función de cabeza de una raza, como Adán lo fue en un principio.  Y aquí lo tenemos a Cristo, nuestro amado Redentor, como cabeza de otra raza – la de los redimidos por Su sangre derramada en el Calvario.

Llamarlo el segundo Adán denotaría la posibilidad de que hubiera, por lo que fuere, la posibilidad o necesidad de que se levantase otro tercer o cuarto Adán. Pero la Escritura, con el peso contundente de la verdad, lo llama el postrer o último Adán.

¿Por qué? Por ser Él la mejor y la última palabra de lo alto para la humanidad, y por haber logrado con Su muerte expiatoria en el Calvario una redención tan absoluta y todo suficiente, que no cabe la más mínima ni remota posibilidad de que haya necesidad alguna de otra tercera o cuarta cabeza de raza.

Loado sea Dios, que en esto estamos apoyados en una roca sumamente sólida, firme e invulnerable, y esto por los siglos de los siglos.

Queda bastante más en cuanto a Caín. En Génesis 4: 17 leemos que tuvo un hijo al cual nombró Noé, y edificó una ciudad a la cual le dio ese nombre.

Aquí me encuentro con otro caso de primero el malo, después el bueno, que no había advertido anteriormente. En efecto, este primer Noé, por ser hijo de Caín necesariamente tiene que haber sido malo. Unos buenos años más tarde se nos consigna acerca de otro también llamado Noé, pero en términos muy buenos.

“Noé, varón justo, era perfecto en sus generaciones; con Dos caminó Noe.”  (Génesis 6: 9)

En cuanto a que Caín edificó la primera ciudad, se ha señalado por muchos que eso nos habla a las claras de lo malo que son las ciudades, en comparación con el campo donde la vida es más sana y tranquila.

Eso no deja de ser verdad, pero tal como se presenta la vida y la sociedad hoy día, en la ciudad es donde hay las mejores oportunidades de conseguir empleo, y además donde en general están ubicadas las autoridades, y a menudo los directorios de las empresas. Es decir que es una situación irreversible.

Siguiendo con más acerca de Caín, en Génesis 4:14-15 vemos que al lamentarse Caín del castigo que ahora le correspondía soportar, con el temor de que cualquiera que lo viere lo podría matar, el Señor le puso una marca y determinó que cualquiera que lo matase sería castigado siete veces. Unos años más tarde, Lamec (no el padre de Noé, el del diluvio) al parecer, habiendo sido herido herido por un joven, afirmó en Génesis 4:24 “Si siete veces será vengado Caín, Lamec en verdad setenta veces siete lo será.”

Unos buenos siglos más tarde, leemos en Mateo 18: 21-22 – “Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿Cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí?¿Hasta siete?   Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.”

Aquí tenemos todavía un caso más, y muy maravilloso por cierto, de primero lo malo, después lo bueno. En el Antiguo Testamento, venganza a ultranza (reflejada en las setenta veces siete, o sea 490, de Lamec) En el Nuevo, en la dispensación de la gracia en que ahora nos encontramos, perdón también a ultranza – hasta 490 veces! – y además el perdón, si bien inmerecido, es gratuito, absoluto y eterno, merced al todo suficiente sacrificio expiatorio de nuestro amado Señor Jesús.

A PARTIR DE ESTE PUNTO, MISCELÁNEAS NO RELACIONADAS CON

EL GÉNESIS

Cambiando de tema entonces, citamos primeramente parte de lo manifestado por David en cuanto a la omnisciencia divina. “Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda. Detrás  y delante me rodeaste y sobre mí pusiste tu mano. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender.” (Salmo 139: 3-5)

Aun cuando lo dicho por David es en verdad precioso y maravilloso, nos atrevemos a detallar más todavía sobre la estupenda omnisciencia del Altísimo.

Cuando estamos en conversación con otros y nos hablan dos o tres al mismo tiempo, en seguida reaccionamos diciendo por favor uno a la vez, puesto que el Creador Supremo ha impuesto sobre nosotros esa limitación en Su sabia disposición.

Eso hace que podamos reflexionar con mayor asombro sobre la omnisciencia divina. En efecto, todo lo que David dice acerca de la misma corresponde solamente a su pequeña – aunque sabia y bendita persona.

Pero eso, precioso y maravilloso en sí como hemos dicho, tenemos que multiplicarlo por los miles, millones, billones y trillones de los verdaderos redimidos en toda la faz d la tierra.

Con cada uno el Señor tiene un trato distinto, y según sus circunstancias y comportamiento, corresponde que a unos los corrija y les llame la atención por algo fuera de lugar. A otros que los aliente pues están algo cabizbajos; o bien otros que le están agradando por su conducta ejemplar, darles Su sello aprobatorio de profunda paz e íntima satisfacción en su fuero interno. En fin, una serie de muchísimas contingencias de la mayor variedad que uno pueda concebir, y esto en los distintos idiomas de cada uno en toda la redondez de la tierra.

¡Y todo simultáneamente, al mismo tiempo, y sin inmutarse ni equivocarse, con toda calma y domino de la situación!

Pero no termina en eso.  También está muy pendiente de los millones, billones, trillones y (lamentablemente) cuatrillones también de inconversos. Algunos de ellos tienen familiares, amigos, vecinos o compañeros de trabajo que están orando por ellos, y en atención a ello les está dando oportunidades de arrepentirse; en otros casos ve que hay un arrepentimiento que no es sincero, sino que está motivado por una segunda intención – como por ejemplo, quien pretende a una joven creyente, pero ella vacila en corresponderle por no ser convertido.

Recordamos un caso semejante acaecido en la Argentina hace unos buenos años, cuando en nuestra juventud todavía residíamos allí. Uno que hasta llegó a  bautizarse con ese fin, pero después de contraer matrimonio creo que no volvió ni siquiera a asistir a una sola reunión.

Y todavía nos falta hablar de incrédulos, ateos, agnósticos, blasfemos, ladrones, criminales, mentirosos y engañadores. En algunos ve la posibilidad de un arrepentimiento cabal y les da oportunidades de que respondan favorablemente al mensaje del evangelio; de otros sabe bien que están tan atrincherados en su maldad y escepticismo, como verdaderos descendientes de Caín, que de nada vale que se intente persuadirlos de que cambien sus caminos.

Y en suma, todavía un cúmulo inagotable de posibilidades de todo orden que sería interminable consignar y detallar. Pero con lo dicho nos damos por satisfechos, y no agregamos más, excepto que todo esto nos sirve para darnos cuenta cabal por una parte, de nuestra diminuta pequeñez, y por la otra, en parte por lo menos, de la grandeza inconmensurable, majestuosa y gloriosa de nuestro gran Dios Trino – Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y esa grandeza alcanza su pico máximo con la corona de gloria de que es además un Dios de supremo y sublime amor.

¡Por sobre todas las cosas, qué dicha inefable la de saber con toda certeza que Él es el Dueño y Señor de nuestras vidas, ahora y por toda la eternidad!

F I N

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