EL LIBRO DE HAGEO

EL LIBRO DE HAGEO

Comenzamos ahora el estudio de este breve, pero sumamente interesante y muy aleccionador libro del profeta Hageo. Para comprenderlo bien es necesario relacionarlo con los primeros seis capítulos del libro de Esdras. En el comienzo del mismo tenemos un pasaje que es prácticamente una repetición del fin del libro precedente, el de 2ª. Crónicas.
En el mismo se nos consigna un decreto del gran emperador Ciro, en que manifiesta que Dios le había mandado que le edificase casa en Jerusalén, para lo cual exhortó a los del pueblo de Dios que estaban en cautiverio que subiesen a Jerusalén con ese fin.
Esto fue en cumplimiento de la profecía de Jeremías de que el cautiverio iba a durar setenta años, después de los cuales habría un remanente que volvería. Además, el profeta Isaías unos buenos años antes había predicho hasta el nombre de Ciro, afirmando
“…que dice de Ciro: Es mi pastor y cumplirá todo lo que yo quiero, al decir a Jerusalén: Serás edificada; y al templo: Serás fundado” (Isaías 44:28)
Bien podemos imaginar el regocijo con que los israelitas que se encontraban en el cautiverio habrán visto la proclamación de Ciro como emperador, y que, ya en el primer año de su reinado, había decretado el regreso de ellos. Además, que en cualquier lugar donde morasen, los de ese lugar de su propio pueblo le diesen toda clase de ayuda con plata, oro, bienes y ganados, amén de ofrendas voluntarias para la casa de Dios en Jerusalén. (Esdras 1: 4)
Así las cosas, y en medio de este panorama tan favorable, los jefes de las casas de Judá y Benjamín, y los sacerdotes y levitas, se sintieron despertados en su espíritu para subir a Jerusalén y acometer la obrase de edificar el templo.
En el capítulo 2 de Esdras se da una larga lista de los que emprendieron el viaje, en número de cuarenta y dos mil trescientos sesenta, si contar sus siervos y siervas, los cuales eran siete mil trescientos treinta y siete, y además doscientos cantores y cantoras.
La lista detalla bastantes cosas, como el número de los sirvientes del templo, y hasta el número también de sus caballos, mulas, camellos y asnos. Sin embargo, se podría pensar, y algunos de los israelitas posiblemente se lo hayan pensado – ¡Caramba, qué extraño – aquí nos hace falta un profeta!
Pero la providencia divina no había omitido ese punto tan importante. Inadvertido por el resto del numeroso contingente que emprendió el viaje, había dos varones que iban a desempeñar un rol principal y fundamental en realidad.
Uno de ellos se llamaba Hageo, el breve libro de cuyo nombre iba a quedar incorporado al canon de las Sagradas Escrituras, dejando además lecciones de orden sumamente práctico e importante para los santos de todos los tiempos.
Ni siquiera se da el nombre de su padre o madre, ni se dice si tuvo hijos o no. El primer versículo nos dice que le vino la palabra del Señor en el primer día del mes sexto en el año segundo del rey Darío. Iba dirigida a Zorobabel, hijo de Salatiel, y a Josué hijo de Josadac.
Esto nos ayuda a ubicarnos dentro de la situación imperante. Zorobabel era el gobernador de Judá, mientras que Josué – en nada relacionado con el homónimo suyo sucesor de Moisés – era el sumo sacerdote, es decir el primero estaba a cargo de la parte práctica propia de un gobernador, y el segundo de la del culto a Dios.
La palabra que traía Hageo era una de reprensión al pueblo, que manifestaba que aún no había venido el tiempo de que la casa del Señor fuese reedificada.
Debemos comprender, por una parte, que era un pueblo que había regresado del cautiverio, y por lo tanto tenía la necesidad práctica, comprensible por cierto, de establecerse cada uno, o cada familia, en su vivienda propia.
No obstante, había un celo desmedido por tener esa vivienda propia en óptimas condiciones, mientras que para justificarlo decían que aún no había llegado el tiempo de reedificar la casa de Jehová. Era una excusa “espiritual” digamos – todo tiene su tiempo, y ya ha de venir el de la reedificación.
El Señor les había estado dando muchas muestras de su desaprobación, pero en increíble insensibilidad no se daban cuenta. Sembraban mucho y recogían poco; comían y no se saciaban; bebían y no quedaban satisfechos; se vestían y no se calentaban; y el que trabajaba a jornal recibía su jornal en saco roto.
Por lo tanto, a través del profeta les insta a que mediten sobre sus caminos, y les hace una importante exhortación. “Subid al monte y traed madera, y reedificad la casa; y pondré en ella mi voluntad, y seré glorificado, ha dicho Jehová.” (1:8)
Una exhortación que en si, además de su aplicación práctica para aquel entonces, nos enseña mucho de sumo valor. En realidad, por el mandato de Ciro, habían subido a Jerusalén con ese fin – el de reedificar el templo. Tenían que poner su parte, poniendo manos a la obra – subiendo al monte, trayendo madera y edificando. (Ya ampliaremos sobre esto, que figurativa o simbólicamente tiene mucho que decirnos)
Pero así, viendo el Señor que ellos en realidad se estaban esmerando y dándose a la obra, Él por Su parte pondría Su voluntad en la misma y sería glorificado. Él necesita que en toda empresa para Él demos muestras acabadas de estar empeñados en la misma con ahínco y tesón; no podemos esperar de ninguna manera que Él la bendiga y prospere, si no la acometemos debidamente y como Él se merece.
Ampliamos ahora sobre subir al monte y traer madera, etc. En efecto, subir al monte nos habla de ascender a las alturas para la comunión, alabanza, y oración. ¿Por qué subir al monte? porque implica esfuerzo, una cuesta arriba. Bien sabemos que tal cual las cosas hoy día, hay una multiplicidad de demandas sobre nuestro tiempo y energías que conspiran contra el cultivo de la oración y comunión con el Señor. Uno tiene que disciplinarse muy seria y severamente para no caer en el error y la trampa de descuidarlo, so pena de desembocar pronto en un serio declive espiritual.
De ese lugar de verdadera oración y comunión con el Trono de gracia, es de donde se trae la madera de la fe, el verdor y la frescura espiritual, el amor renovado y tantas otras virtudes, las cuales nos permiten acometer nuestras labores para el Señor de manera limpia y eficaz.
Hecho este breve, pero creemos importante paréntesis, continuamos ahora con el texto del libro de Hageo en que estamos. En los versículos 9 a 11 del primer capítulo el Señor continúa señalándoles por la palabra de Hageo las muchas pruebas de su desaprobación. Buscaban mucho pero hallaban poco; lo encerraban en sus casas, pero Él lo disipaba en un soplo, y la razón era que Su casa estaba desierta, y cada uno corría a lo suyo en su propia vivienda. Además detenía la lluvia y, consecuentemente, la sequía resultante malograba las cosechas del vino, el aceite, y sobre lo que la tierra produce, y además afectaba a los hombres, las bestias y sobre todo trabajo que se hacía.
La insensibilidad de pueblo era increíble e hizo falta que viniera un auténtico varón de Dios con la palabra de lo alto para despertarlos del profundo letargo en que se encontraban.
Pero ahora viene algo fundamental, precioso, rico y enriquecedor a la vez,
“Y oyó Zorobabel hijo de Salatiel, y Josué hijo de Josadac, sumo sacerdote, y todo el esto del pueblo la voz de Jehová su Dios, y las palabras del profeta Hageo, como le había enviado Jehová su Dios; y temió el pueblo delante de Jehová.”(1:12)
Hemos subrayado la voz de Dios porque es muy posible, y a menudo sucede, que se da la palabra de Dios, exactamente tal cual como está en la Biblia, pero sin la voz del Señor. Y así es como muy bien puede sonar, ya sea hueca, o como la vara que fustiga, o el dedo acusador.
Un cantante de primera línea, por ejemplo, antes de dar su concierto se encarga bien de que sus cuerdas vocales y garganta estén en óptimas condiciones. Aunque de otra manera, el verdadero siervo de Dios tiene necesariamente que llenar ciertos requisitos; saber lo que el Señor quiere que diga, y ceñirse a ello, sin agregados innecesarios; vivir cerca del Señor y muy pendiente de Su omnipresencia y omnisciencia; prepararse bien antes de cada ocasión, y en su diario vivir conducirse con un sano y santo temor reverencial.
Es una máxima muy cierta que, lo que somos y cómo nos conducimos en la vida, se transmite a quienes nos oyen por medio de lo que decimos. Aquí tenemos un caso puntual en este último sentido. No cabe duda que el profeta Hageo que dio esa palabra, vivía muy cerca del Señor y con un sano y saludable temor reverencial.
Cuánta falta hace que hoy día se dé y se oiga la palabra de Dios de esa manera!
Como resultado de esa buena acogida de la palabra, vino una promesa del Señor de que Él estaba con ellos – ahora que ellos estaban bien dispuestos, el Señor se complacía en poner Su parte. Y lo hizo de una manera que resulta de inspiración y de enseñanza muy importante.
“Y despertó Jehová el espíritu de Zorobabel hijo de Salatiel, gobernador de Judá, y el espíritu de Josué hijo de Josadac, sumo sacerdote, y el espíritu de todo el resto del pueblo, y vinieron y trabajaron en la casa de Jehová de los ejércitos, su Dios.” (1:14)
En primer lugar, recordemos que ya anteriormente vimos en Esdras 1: 5 que el Señor había despertado el espíritu de ellos. Pero al llegar de regreso del cautiverio y tener que establecerse en sus viviendas, la preocupación excesiva de que las mismas estuvieran en óptimas condiciones, los llevó al terreno material.
La consecuencia inevitable fue que volvieron a un adormecimiento espiritual, y hubo la necesidad de que se los despertara otra vez. Esto nos habla con elocuencia, y a montones, de la necesidad de que no nos dejemos arrastrar a lo material, en detrimento de lo espiritual, que al final de cuentas es lo imperecedero y eterno. Es tan fácil caer, casi insensiblemente, en un letargo espiritual, pero a la vez, estar bien despiertos en lo material!
El resultado, muy bueno por cierto, de ese nuevo despertar de su espíritu, fue que vinieron y trabajaron en la casa de Jehová de los ejércitos, su Dios. Antes, cada cual en lo suyo, y la casa del Señor desierta; ahora, todos juntos y trabajando en la obra de la reconstrucción del templo, que, no debemos olvidar, fue el verdadero motivo por el cual el rey Ciro los había enviado a Jerusalén.
Finalmente, vemos que esas palabras del profeta Hageo, traídas con la voz de Jehová, tuvo la virtud de unificar al pueblo en la empresa tan importante que tenían que llevar a cabo.
De esto sacamos la conclusión, por contraste, de que cuando una palabra que se trae al pueblo no viene en realidad de parte del Señor, surte el efecto contrario. Así, algunos, tal vez novatos e incautos, la reciben muy bien como algo nuevo y distinto, mientras que los más maduros captan que no es de edificación, ni trae el auténtico sabor y sello de lo que viene de lo alto. El consiguiente resultado: no unifica sino que separa.
En el capítulo 2, al mes y 21 días más tarde, viene una nueva palabra del Señor por intermedio de su siervo. Va dirigida a Zorobabel el gobernador, a José el sumo sacerdote, y al resto del pueblo.
¿Quién ha quedado entre vosotros que haya visto esta casa en su gloria primera, y cómo la veis ahora? ¿No es ella como nada delante de vuestros ojos? (2:3)
Para comprender bien el sentido de esta pregunta, tenemos que recordar que en el contingente de los que regresaron había algunos muy ancianos que habían visto el templo construido por Salomón, con toda su gloria. Al ver el que estaban ahora reedificando, seguramente que les parecería muy pequeño y modesto en comparación.
Y a continuación viene una palabra sumamente alentadora, que transcribimos a continuación.
“Pues ahora, Zorobabel, esfuérzate, dice Jehová; esfuérzate también, Josué hijo de Josadac, sumo sacerdote; y cobrad ánimo, pueblo todo de la tierra, dice Jehová, y trabajad, porque yo estoy con vosotros, dice Jehová de los ejércitos.”
“Según el pacto que hice con vosotros cuando salisteis de Egipto, así mi Espíritu estará en medio de vosotros, no temáis.” (2:4-5)
Jehová les insta a esforzarse y cobrar ánimo, porque Él estaba con ellos con todo lo que ello implica. Y lo hace sobre todo por ser un Dios fiel, que cumple con el pacto hecho con Su pueblo. Notemos, no obstante, que en ese pacto el Espíritu estaba en medio de ellos ,mientras que en la dispensación el nuevo pacto el Espíritu Santo mora en nosotros.
A renglón seguido, en los versículos 6 a 9 del mismo capítulo viene una profecía mesiánica de largo alcance. La citamos textualmente antes de pasar a comentarla.
“Porque así dice Jehová de los ejércitos: De aquí a poco yo haré temblar los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca, y haré temblar a todas las naciones, y vendrá el Deseado de todas las naciones; y llenaré de gloria esta casa, ha dicho Jehová de los ejércitos.”
“La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos; y daré paz en este lugar, dice Jehová de los ejércitos.”
Al lector seguramente le podrá llamar la atención el hecho de que en estos tres versículos que hemos citado, el nombre Jehová de los ejércitos aparece varias veces. Pero había una razón muy importante.
En efecto, dijimos en un principio que el contingente que viajó por mandato de Ciro para reconstruir el templo en Jerusalén, lo hizo de una forma muy auspiciosa y favorable, Como ya vimos, hasta gente del imperio persa de los lugares en que se encontraban los que viajaron, les dieron oro, plata y demás ofrendas útiles para la reconstrucción.
Sin embargo, al ponerse a emprender la obra en Jerusalén les esperaba una lucha muy encarnizada por cierto, con una oposición sumamente maliciosa de parte de la gente pagana que estaba en Jerusalén y alrededores.
De ahí entonces nos parece muy indicada la forma en que el profeta Hageo se sintió inspirado a emplear este nombre del Señor tan particular. El Dios Omnipotente con Sus poderosas huestes celestiales, sería más que suficiente para salvaguardarlos en la lucha y llevarlos a una rotunda victoria final.
Continuando ahora con el pasaje, no cabe ninguna duda de que el Señor ha hecho temblar a las naciones. Sin entrar en detalles para puntualizarlo, baste recordar el sueño de Nabucodonosor, interpretado por Daniel, en el que uno tras otro de los grandes imperios se fueron derrumbando.
“…y vendrá el Deseado de todas las naciones, y llenaré de gloria esta casa, ha dicho Jehová de los ejércitos.”
Lo que sigue – “Mía es la plata, y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos. La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos, y daré paz en este lugar, dice Jehová de los ejércitos.” no cabe duda que constituía una palabra de aliento para los dos líderes, Zorobabel y Josué, y todo el resto del pueblo.
La forma en que esa gloria iba a superar la del templo anterior, construido en el reinado de Salomón, no nos resulta fácil de comprender. Tal vez como algo que se nos sugiere ahora, podría ser que la de triste apostasía de Salomón hacia el final de su carrera, deslució y manchó todo el bien anterior que había hecho.
Pero lo que es innegable y resulta clarísimo, es que este pasaje, dado que menciona la venida del Deseado de las naciones, ha de verse a la luz del nuevo templo, no de ladrillos, hormigón armado, madera y piedras costosas y oro finísimo, sino espiritual y con alcances imperecederos. Es decir, el templo de la iglesia universal de los miles y millones de redimidos por la sangre del Cordero inmolado, en el régimen del Nuevo Pacto, cuya gloria es inmensamente superior a la de todos los templos construidos por el hombre.
Hablamos unos buenos párrafos atrás de la encarnizada lucha que les tocaba enfrentar contra la gente pagana que vivía en Jerusalén y alrededores. Ahora pasamos a comentarlo, y veremos que nos enseña cosas muy prácticas, y además, latentes y vigentes en la obra del Señor en la actualidad.
Para ello recurrimos al libro de Esdras, que en sus primeros seis capítulos, como ya dijimos, nos da un relato amplio de la situación en ese entonces, y nos ensancha la visión que nos da el libro de Hageo.
En realidad, las cosas empezaron bien. En el capítulo 3 leemos que, llegado el mes séptimo y estando los hijos de Israel ya establecidos en las ciudades, se juntó el pueblo como un solo hombre en Jerusalén.
Como vemos, un comienzo muy auspicioso. Lo primero que hicieron fue edificar el altar y ponerlo sobre su base, para ofrecer de inmediato holocaustos, pues tenían miedo de los pueblos de los alrededores, intuyendo ya que veían con muy malos ojos lo que ellos estaban haciendo.
La obra prosiguió bien, cumpliéndose el mandato de Ciro, rey de Persia, de que se les diera todo lo necesario para la reconstrucción del templo. El punto álgido fue cuando echaban los cimientos y los sacerdotes vestidos de sus ropas, y los levitas alababan con címbalos, mientras el pueblo aclamaba con gran júbilo por ese hecho tan importante de que se echasen los cimientos de la nueva casa.
Resulta muy conmovedor leer que había entre el pueblo muchos ancianos que habían visto el primer templo, edificado por Salomón, y ahora veían echarse los cimientos de este nuevo templo, y lloraban de emoción. Al mismo tiempo, había los más jóvenes que daban grandes gritos de alegría, de manera que se mezclaron los dos – los de la alegría y del lloro de emoción – y no se podía distinguir el uno del otro, y el ruido se oía desde lejos.,
Algo muy hermoso por cierto, pero ahí fue donde empezó a manifestarse la fuerte oposición de los pueblos de la tierra. Concluido el capítulo 3 con ese clímax tan estupendo, en el siguiente empieza la encarnizada lucha que ya anticipamos tendrían que enfrentar.
“Oyendo los enemigos de Judá y de Benjamín que los venidos de la cautividad edificaban el templo de Jehová dios de Israel, vinieron a Zorobabel y a los jefes de casas paternas y les dijeron: Edificaremos con vosotros, porque como vosotros buscamos a vuestro Dios, y a él ofrecemos sacrificios, desde los días de Esar-hadón, rey de Asiria, que nos hizo venir aquí.” (Esdras 4: 1-2)
Un incauto ingenuamente se gozaría pensando: Qué bien – toda esta gente viene a ayudarnos – eso va a facilitar la tarea y se la podrá terminar con mayor prontitud.
Pero había una trampa muy sutil. Uno de los muchos ardides del enemigo es infiltrarse en las filas de los fieles, ya sea con pseudo-convertidos o bien con semi-convertidos.
Tenemos otros casos en que algo semejante había sucedido. En Éxodo 12:38 leemos que al salir de Egipto los hijos de Israel, una grande multitud de toda clase de gentes los acompañaba.
Más tarde en Números 11: 4 vemos que “…la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo, y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: Quién nos diera a comer carne!”
Como si la murmuración y la desobediencia de Israel fueran poca cosa, se añadieron a la misma las de la gente extranjera que subió con ellos desde Egipto!
Felizmente, en el caso en que estamos los dirigentes Zorobabel, Jesúa y los demás jefes de casas paternas reaccionaron sabiamente, diciendo “…no nos conviene edificar con vosotros casa a nuestro Dios, sino que nosotros solos la edificaremos a Jehová Dios de Israel, como nos mandó el rey Ciro, rey de Persia.”(Esdras 4: 3)
Esto produjo una fuerte y maliciosa reacción del pueblo de la tierra, y empezaron a intimidar y atemorizar a los hijos de Judá y Benjamín, para que no edificaran. Además sobornaron contra ellos a los consejeros de la zona para frustrar sus propósitos, y escribieron cartas con acusaciones falsas en el principio del reinado de Asuero. Asimismo en días de Artajerjes, rey de Persia enviaron una escritura en arameo acusando a los que edificaban, redactada de manera maliciosa, diciendo que Jerusalén era una ciudad rebelde y perjudicial a los reyes y a las provincias, y que de tiempo antiguo formaban en ella rebeliones, por cuyo motivo la ciudad había sido destruida.
Como vemos, una tergiversación muy sutil de lo que en realidad había acontecido.
Desafortunadamente, el rey, después de hacer indagaciones, llegó a la conclusión de que había habido en el pasado reyes fuertes en Jerusalén que dominaban toda esa zona allende el río, y que se les pagaba tributo, impuesto y renta. Por lo tanto ordenaba que la obra cesase y no continuase hasta que por él – el rey Artajerjes – fuese dada nueva orden. Los dirigentes de los adversarios, fueron entonces apresuradamente a Jerusalén llevando la carta e hicieron cesar la edificación con poder y violencia. Como se ve, lo anticipado anteriormente, en el sentido de que les esperaba una oposición muy encarnizada, se confirma cabalmente.
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Pero, gracias al Señor, esta no era la última palabra. En el capítulo siguiente, en el primer versículo se nos dice significativamente: “Profetizaron Hageo, y Zacarías, hijo de Iddo, ambos profetas, a los judíos que estaban en Judá y en Jerusalén, en el nombre del Dios de Israel que estaba sobre ellos.”
A esta altura notamos que el otro profeta, de nombre Zacarías, se une a Hageo en la labor muy importante que estaba desarrollando, como un refuerzo muy oportuno.
Como resultado, Zorobabel y Jesúa (o sea Josué) pusieron manos a la obra, ayudados incluso por los dos profetas. Entonces un tal Tatnai, gobernador allende el río, y otro de nombre Setar-boznai y sus compañeros, vinieron y les preguntaron quién le había dado orden de edificar, y cuáles eran los nombres de los que dirigían la obra.
Empero la mano del Señor estaba sobre los dirigentes de la obra, y les explicaron las cosas, puntualizando que fue por orden del rey Ciro en el primer año de su reinado y dándoles además todos los antecedentes del caso.
La carta de los adversarios fue al rey Darío, pidiéndole que hiciera buscar si lo que decían los judíos era verdad. Hechas las averiguaciones pertinentes, se verificó que en los registros del palacio situado en Acmeta, en la provincia de Media, efectivamente había una fiel constancia de la orden dada por Ciro en el primer año de su reinado.
Como feliz resultado, el rey Darío contestó dando orden a los enemigos de los judíos de que se alejaran del lugar y permitiesen que se continuase la obra sin impedimento alguno, so pena de que, de lo contrario, cualquiera que dejase de cumplir la orden suya, se arrancase un madero de su casa y fuese colgado en él, y su casa fuera hecha un muladar. (Esto, digamos de paso, era típico en aquellos tiempos, como castigo a los que desobedecieran las órdenes reales.)
Además de esto, se daba orden de que del tributo del rey se les diese a los judíos puntualmente todo lo necesario para que la obra continuase, como así también becerros, carneros y corderos para holocaustos al Dios del cielo, y trigo, sal, vino y aceite, según lo necesitaran los sacerdotes del pueblo judío, y que estos orasen por la vida del rey (Darío) y sus hijos.
Así fue que la obra de reconstrucción pudo llegar a feliz término, el tercer día del mes de Adar (ignoramos su equivalencia en castellano) en el sexto año del reinado de Darío. Consecuentemente, se celebró la dedicación del templo con las debidas ofrendas por expiación según el ritual prescrito en la ley mosaica, como así también la pascua, a los catorce días del mes primero.
Y así, la encarnizada lucha por la maliciosa oposición de los pueblos antagónicos de la zona, concluyó con una rotunda victoria del pueblo de Dios, celebrada con gran júbilo por la forma en que el corazón del rey de Asiria había sido influenciado por el Señor para fortalecer las manos de los judíos y llevar a buen fin – por fin! – el mandato de Ciro que se reedificase el templo, dado el primer año de su reinado.
Después de este largo paréntesis, impuesto por el hecho de que hemos estado trabajando con los dos libros – el de Esdras, y el de Hageo – volvemos a este último.
Vemos que en el capítulo 2:15-17, se les recuerda los castigos con que el Señor les llamaba la atención, después de lo cual sobreviene una preciosa promesa, a saber: “Meditad, pues, en vuestro corazón, desde este día en adelante, desde el día veinticuatro del noveno mes, desde el día en que se echó el cimiento del templo de Jehová; meditad, pues, en vuestro corazón…desde este día os bendeciré.” (Versículos 18 y 19b)
La fecha precisa del día veinticuatro del mes noveno no era algo sin la muy debida razón. En efecto, el Señor había advertido el ahínco y la intensa labor de cavar y echar los cimientos del templo, y por lo tanto les hace saber que ahora que han dejado lo suyo para darse de lleno a la reedificación, Él sí que está satisfecho, y a partir de ese día los ha de bendecir.
Pero otra vez, con mi fuerte inclinación de ver algo simbólico o figurativo que señala los valores mejores y mayores del nuevo pacto, paso a dar otro caso.
De paso, añado para justificarlo, que puede darse como un principio correcto que, bajo la inspiración del Espíritu Santo, muchos acontecimientos y aun personajes del Antiguo Testamento simbolizan lo del Nuevo Testamento – baste mencionar como ejemplos la historia de José, el hijo amado de Jacob, y Melquisedec, clarísima figura de Cristo.
En esa inclinación a que me he referido, cito ahora Lucas 6: 47-48: “Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante. Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca.”
Hace unos días, leyendo un libro del famoso santo francés de otrora Francois de Salignac de La Motte Fénelon, noté con interés que uno de los capítulos del mismo se titulaba semi conversiones.
Cuánta verdad hay en esto! Y por cierto que lo vemos en la practica hasta la enésima potencia. Cavar un poquito por encima, se hizo profesión de fe y ya se pasó por las aguas del bautismo ‘ soy salvo por toda la eternidad… etc. pero se sigue viviendo en la carne, con muy poca mira en lo celestial e imperecedero y menos aun en cuanto a la oración y el cultivo de la palabra.
De ahí las palabras del Señor Jesús apuntando a que es necesario cavar y ahondar, lo cual supone quitar toda la tierra, arena y aun basuras y residuos que han quedado sepultados por años, hasta llegar a tocar roca firme. Y desde ese punto edificar – es decir nada superficial, por encima nomás, sino ahondando de verdad. Y claro está que esto concuerda con lo visto en el pasaje de Hageo ya citado – desde el día en que echaron el fundamento – desde ese preciso día y no antes – el Señor los iba a bendecir.
Que seamos todos de los que han cavado y ahondado, para tener confianza cuando Él se manifieste, y no tengamos que alejarnos de Él avergonzados. (Ver la primera Epístola de Juan 2: 28),
El libro concluye con una preciosa promesa del Señor para Zorobabel. Se cumpliría en un tiempo en que Jehová haría temblar los cielos y la tierra, trastornaría el trono de los reinos y destruiría la fuerza de los reinos de las naciones.
No nos resulta posible identificar con certeza ese tiempo, y nos ceñimos a acotar que a través de los siglos, vez tras vez, se ha levantado un reino o nación, para caer eventualmente ante el poder de otro, y así sucesivamente, llenando páginas y más páginas de la historia con guerras y derramamiento de sangre por doquier. Creo que no me equivoco al afirmar que un muy alto porcentaje de la historia es la que trata sobre las numerosas guerras que ha habido – o en otras palabras, que al estudiar historia la mayor parte abarca guerras y más guerras.
Pero ahora citamos la promesa en sí, para luego pasar a comentarla.”En aquel día, dice Jehová de los ejércitos, te tomaré, oh Zorobabel, hijo de Salatiel, siervo mío, dice Jehová, y te pondré como anillo de sellar, porque yo te escogí, dice Jehová de los ejércitos.”
La conjunción exclamativa oh que precede al nombre de Zorobabel al dirigirse a él, denota evidentemente dos cosas: el gran amor del Señor para con él, pero también un deseo profundo de tomar su vida en Sus manos como nunca antes, para así poder cristalizar plenamente el precioso propósito que tenía para él.
Ese propósito era nada menos que ponerlo como anillo de sellar. El anillo es circular, es decir que no tiene ninguna arista puntiaguda, de esas que lastiman. Además, su rol y su destino es estar en un dedo de la mano de Su dueño. Donde va él, va también el anillo; fuera del dedo y la mano a que pertenece no tiene función ni sentido.
Y para explicar en qué consiste el sello – en términos neotestamentarios, por supuesto – citamos 2a. Timoteo 2:19:- “Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos, y Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo.”
Es decir, pertenencia absoluta al Señor, y santidad, sin la cual nadie ha de verlo.
Imprimirlo sobre otras vidas, para que lleven bien grabado en el corazón y la vida ese sello inconfundible, que es la credencial real y verdadera de los auténticos! Qué privilegio indecible!
Hace unos buenos años, al realizar un estudio a fondo de este libro de Hageo, recuerdo haberme enterado que el nombre Zorobabel significaba uno esparcido en Babilonia. Y en el caso suyo, trasladado de ese lugar para construir el templo del Señor.
¿Podrá ser presunción u osadía de parte nuestra, que hemos sido rescatados de la Babilonia de este mundo, tener la aspiración de ser también anillos de sellar en las manos del Señor?
Creemos que si se tiene la misma con la debida humildad y mansedumbre, seguramente ha de contar con la plena aprobación del Señor. Pero, debemos recordar que implica todo lo que dijimos en cuanto al anillo, su rol, destino, pertenencia, pureza y santidad.
FIN

LA INTERCESIÓN DE CRISTO – PRIMERA PARTE

Muy queridos hermanos en Cristo Jesús,
Con el permiso y la aprobación de vuestro querido pastor, me permito haceros llegar esta carta, que él hará leer cuando lo considere oportuno.
La situación imperante con motivo de la pandemia del Covid-19, me ha impedido seguir viajando por la querida España, en la labor de llevar la palabra del Señor que he desarrollado por muchos años.
No obstante, estando en oración, Él me ha hecho entender que si bien no lo puedo hacer oralmente, tengo otra buena opción, que es la de hacerlo por escrito.
De manera que ya me pongo en marcha, y empiezo tomando como tema uno que me ha resultado de mucha inspiración y bendición últimamente. –

LA INTERCESIÓN DE CRISTO (I)

Como introducción os narro que hace muchos años – concretamente en 1958 – oí en Londres una exposición sobre el tema en la llamada Capilla de Westminster, en los tiempos de Martyn Lloyd Jones, conocido por muchos por sus escritos y predicaciones, que han sido traducidos a muchos idiomas, incluso el español.
Pero no era él el predicador en esa ocasión, sino un teólogo norteamericano que lo visitaba, y que leyó su exposición con voz algo monótona. El tema era la intercesión de Cristo a favor de los Suyos, basándose mayormente en el capítulo 17 de San Juan. Por lo que pude saber, para otros quizá no habrá significado gran cosa, pero a mí me impresionó profundamente.
Efectivamente, en el servicio militar que había cumplido en la Argentina unos 10 años antes, el Señor me había guardado de una manera especial de peligros, tanto para mi salud física como moral o espiritual.
Por ejemplo, en una ocasión, cuando casi toda la compañía a que pertenecía estaba lista para salir de campaña, equipados con todos los enseres necesarios, a último momento un sargento me ordenó que fuese a apostarme de centinela en un punto determinado dentro del cuartel. Así que no salí con los demás. Al regresar, los compañeros me dijeron: De la que te has salvado!
Resulta que había llovido torrencialmente, y aun dentro de las pequeñas carpas en que pasaron una noche habían tenido que dormir con la ropa totalmente empapada. A partir de los 11 años de edad yo padecía de bronquitis asmática – de la que maravillosamente el Señor me sanó a muy poco de contraer matrimonio. Pero de haber tenido que pasar una noche así como ellos, seguramente que habría cogido una pulmonía doble que me podría incluso haber costado la vida, dado que las facilidades sanitarias del cuartel no daban para el tratamiento pronto y eficaz que las circunstancias hubieran requerido.
En el aspecto moral, me encontraba rodeado de una gran corrupción. El fin de semana se nos daba franco, y la mayoría de los demás soldados aprovechaban para ir al prostíbulo y saciar sus apetitos sexuales. Felizmente el Señor dispuso que un querido matrimonio cristiano me abriese su hogar, de manera que yo pasaba ese tiempo descansando, en comunión con ellos – si bien no había una iglesia evangélica en la localidad en que residían – estando a buen resguardo y ajeno a todo ese mundo tan inmoral.
Yo siempre recordaba que mi querida madre oraba por mí especialmente en esos días. No obstante, y no dejando de valorar sus oraciones, me resultó una revelación maravillosa saber que el mismo Señor Jesús había estado muy pendiente, con la mirada puesta en mi vida, e intercediendo – gracias a Dios con toda eficacia – de manera que salí del servicio militar totalmente ileso, tanto física como espiritualmente. Y mi querido padre, al regresar de su trabajo y ver que estaba de vuelta sano y salvo, corrió hacia mí y me dio un fuerte abrazo.

Dejando atrás ese testimonio, y pasando ahora al terreno bíblico del tema del título en que estamos, la primera cita que consignamos es Isaías 53: 12, que en sus últimas palabras nos dice:”…habiendo él llevado el pecado de mucho y orado por los transgresores.” Como en el pasado todos lo hemos sido, podemos desde ya cobrar aliento sabiendo que Él ha orado por nosotros.

Pasando ahora al Nuevo Testamento, tenemos para empezar un pasaje muy importante. “Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.” (Lucas 22:31-32)

Este caso que se nos presenta aquí, aunque muy alejado del de Job, tanto en función de tiempo como en los pormenores del mismo, sin embargo nos hace ver dos cosas importantes que tenían en común.
La primera es que algo estaba aconteciendo en los lugares celestiales, de lo cual no estaban enterados ni Job, sus tres amigos, ni el joven Eliú por una parte, ni por la otra, Simón Pedro ni los demás discípulos. Es algo de lo que debemos estar conscientes, pero que no debe inducirnos a ningún temor; con tal de que nos mantengamos celosamente bien atrincherados, por así decirlo, en la parcela del Señor, estaremos siempre a buen resguardo. Y si el Señor permitiese algo que se relacione con alguno de nosotros, podemos tener la seguridad de que será para que a la postre redunde en bendición y ensanchamiento en nuestras vidas.
La segunda es que en ambos casos estaban operando tanto el reino de las tinieblas, como el de la luz. Por una parte, Satanás para tentar y dañar a los siervos de Dios, y por la otra, el Señor para purificar y madurar a Sus siervos, y a su debido tiempo, bendecirlos de una manera especial que los levantase a un nivel más elevado.
Tal fue el caso de Job, que como sabemos, terminó disfrutando de una prosperidad mucho mayor y una dichosa y bendita longevidad.
Veamos ahora el de Simón Pedro. La oración de Jesús fue que después del zarandeo, no sólo quedase restaurado, sino que cumpliese una importante y dignísima comisión – la de confirmar a sus hermanos.
En efecto, él, que lo había negado al Señor tres veces, y que tras el canto del gallo había salido llorando amargamente, pensando que se había creído un hombre hecho y derecho, y que en realidad resultaba un mentiroso, cobarde y traidor – ese mismo, restaurado de tal manera que, como ya vimos, estaría capacitado para que el Señor le encomendase la importante comisión que ya hemos mencionado.
De cómo Pedro se encargó de cumplir rigurosamente y a carta cabal esa comisión que el Señor le encomendó, tenemos amplia evidencia en los anales posteriores de las Escrituras.
Pero antes de pasar a considerarla, debemos puntualizar que, aunque en términos muy distintos, hubo otra ocasión en que el Señor le hizo a Pedro esa misma encomienda. Efectivamente, en el conocidísimo pasaje de Juan 21:15-19, nos encontramos con estas tres exhortaciones dirigidas a él por el Maestro: “Apacienta mis corderos” (versículo 15), “Pastorea mis ovejas” (versículo 16) y “Apacienta mis ovejas” (versículo 17)
Ahora sí pasamos a ver la fiel obediencia de Pedro.
“Aconteció que Pedro, visitando a todos, vino también a los santos que habitaban en Lida.” (Los Hechos 9:32)
La versión autorizada del Rey Santiago en inglés pone “visitando todos los lugares.” Sea cual fuere la traducción más exacta, podemos estar seguros de que no serían visitas breves, más bien de cortesía. Antes bien, estarían colmadas de palabras de ánimo, de consuelo, consejo, amonestación y advertencia, que a los fieles por cierto no les resultaría nada fácil desatenderlas, ni mucho menos olvidarlas.
En 2ª. Pedro 1: 12-15, cuando se avecinaba el fin de su carrera, hallamos estas muy significativas palabras:- “Por esto, yo no dejaré de recordaros siempre estas cosas, aunque vosotros las sepáis, y estéis confirmados en la verdad presente. Pues tengo por justo, en tanto que estoy en este cuerpo, el despertaros con amonestación, sabiendo que en breve debo abandonar el cuerpo, como el Señor Jesucristo me ha declarado. También yo procuraré con diligencia que después de mi partida vosotros podáis en todo momento tener memoria de estas cosas.”
Se trata de un pasaje que, para hacerle justicia, habría que comentar largo y tendido. Nos ceñiremos a tocar dos o tres puntos. En primer lugar, las palabras en la verdad presente del versículo 12, se deben evidentemente al hecho de que aquéllos a quienes iba dirigida la epístola eran judíos o israelitas, los cuales habían sido criados y nutridos en la ley de Moisés, el Pentateuco y todo el régimen del Antiguo Testamento. Pero ahora habían pasado a la era mejor del Nuevo Pacto, y por eso dice en la verdad presente.
En segundo término, resulta sumamente emotiva su alusión a su partida – por el martirio! – y su determinación de que, aun después de la misma, pudieran tener memoria en todo momento de esas verdades tan importantes que les había impartido y reiterado.
Como culminación de todo esto, en los versículos 16 a 18 tenemos lo siguiente: “Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad. Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia. Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el santo monte.”

Concluyendo sobre el tema, vemos como el Señor permitió el zarandeo por parte de Satanás de este humilde pescador de Galilea. Pero Su intercesión a favor de él – tan eficaz como maravillosa – elevó su vida a un clímax sobresaliente desde todo punto de vista, con una encomienda importantísima, cumplida por él en total plenitud, para ser recibido en lo alto luciendo la gloriosa corona del mártir.

Ahora pasamos a un pasaje que aporta cosas de sumo interés e importancia sobre nuestro tema. “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis, y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo,” (1ª. de Juan 2: 1-2)

El apóstol Juan, a esta altura un venerable anciano, se dirige a sus amados hijitos espirituales con el consejo entrañable de que no pequen. En esto no cabe el pensar en una condición de perfección final de uno que ya no peca nunca, pero sí en un andar limpio delante del Señor, en el cual el pecado ya no es una constante en la vida de uno – es decir de haber sido hecho libre de esa esclavitud, según el mismo Señor Jesús lo puntualizó y prometió en Juan 8: 36.
No obstante, Juan agrega que en caso de que alguno hubiere pecado, si bien se debe tratar de evitar a toda costa, no es el fin del mundo, por así decirlo, pues tenemos un abogado para con el Padre, a Su Hijo Jesucristo, a quien califica de el justo. Es decir que pasa a presentarnos al amado Señor Jesús en el rol o carácter de abogado para con el Padre.
Debemos de inmediato señalar que, si bien esto podría dar la impresión de un Padre severo cuya ira es necesario aplacar, la verdad es muy distinta. Él es por supuesto y como bien lo sabemos, un Dios lleno de misericordia y benevolencia, No obstante, uno de Sus atributos – el de Su justicia – requiere que toda infracción, delito o pecado reciba su debida penalidad, y si Él lo pasase por alto, como si no hubiera sucedido, dejaría de ser lo que es – un Dios de absoluta justicia.
El siguiente punto es lo que el texto nos señala – que Jesucristo el justo es la propiciación por todas nuestras faltas y pecados, como así también por los del resto del mundo. Hizo un sacrificio tan grande y tan perfecto, que no sólo basta para propiciar a Dios a favor de nosotros los redimidos, sino que bastaría también para los pecados de todo el resto del mundo, si se arrepintiese y se volviese a Dios con fe en Su muerte expiatoria. Esto es algo que va mucho más allá de lo que nuestras mentes finitas y falibles pueden comprender.
El calificativo que aquí se hace a nuestro abogado de justo, nos motiva a hacer una reflexión que confiamos no sepa a algo rebuscado y fuera de lugar.
Siendo Él, nuestro hermano mayor, el justo, a nosotros, por ser menores y más pequeños, nos cabe el diminutivo, es decir justito. Y ese debe ser nuestro ideal en todos los aspectos de la vida cotidiana – es decir hacer justito lo que Él quiere que hagamos, decir justito lo que Él quiere que digamos, callar justito cuando quiere que callemos, ir justito adonde quiere que vayamos, y en suma, ser justito lo que Él quiere que seamos.
Ahora un comentario muy elemental. A lo largo de mi dilatada trayectoria nunca he tenido que valerme de los servicios de un abogado, pero me consta que en muchos casos los honorarios que cobran pueden ser muy elevados. Felizmente Éste es muy distinto, pues Sus servicios son enteramente gratuitos.
Como el tema es muy extenso y aún queda mucho que agregar, lo desdoblamos, dejando la segunda mitad para más adelante.
Pero cerramos con una advertencia importante. Hay ocasiones en que el cliente del abogado, por el carácter o la magnitud de su transgresión, se ubica en una situación indefendible. Es decir, que por más argumentos que esgrima el abogado, lleva una causa perdida, y el resultado será que el cliente tendrá que recibir la penalidad y el escarmiento correspondientes.
A buen entendedor…
Me despido ahora con un cálido saludo fraternal y será hasta la próxima, si el Señor así lo permite.
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LA INTERCESIÓN DE CRISTO – SEGUNDA PARTE – HEBREOS 7

LA INTERCESIÓN DE CRISTO

SEGUNDA PARTE – HEBREOS 7

 

Antes de dar este tema ante la congregación se recomienda leer detenidamente este capítulo 7 de Hebreos.

Continuando con este tema, tan amplio e importante a la vez, ahora pasamos al capítulo 7 de la epístola a los hebreos. El mismo está saturado de ricas verdades, las cuales están basadas, en su mayoría, en la semejanza del sacerdocio de Cristo al de Melquisedec.

Por empezar, toma el significado del nombre de Melquisedec – Rey de Justicia – y el de la ciudad sobre la cual reinaba – Salem, Rey de Paz.

En el Salmo 85: 10 tenemos una preciosa perla, relacionada con esto, y que a veces pienso que es un versículo que todo amante de la Biblia tendría que tener subrayado y aprendido:- “La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron.”

Toda la intercesión de Cristo, como bien sabemos, está basada en Su obra expiatoria consumada en la cruz del Calvario. En la misma, la verdad de la pecaminosidad del género humano se encontró con la misericordia divina, y el bendito y maravilloso resultado fue que la justicia y la paz se besaron, en feliz concordancia con los nombres de Melquisedec ya citados – Rey de Justicia y Rey de Paz.

En el versículo 3 del capítulo en que estamos, tenemos trazada con mucho acierto la preexistencia y eternidad de Cristo, cosa que, desde luego, está claramente afirmada en muchas otras partes de las Escrituras.

Ahora bien, casi siempre en las Escrituras, y sobre todo en el orden hebreo del Antiguo Testamento, al tratarse la vida de algún personaje importante, se consigna su genealogía, con indicación de sus antepasados y su descendencia.

El autor de la epístola, como decimos, con sumo acierto, nos puntualiza el punto importante de que nada de esto se encuentra consignado en cuanto a Melquisedec. Es como si se dijese que apareció, valga la expresión, como llovido del cielo – sin que se supiese quién fue su padre, ni quienes sus hijos, quedando magistralmente subrayado con las palabras “…que ni tiene principio de días, ni fin de vida, sino hecho semejante al Hijo de Dios”.

En este mismo capítulo en que estamos, también se puntualiza con claridad la debilidad e ineficacia de la ley mosaica, y el sacerdocio aarónico, en contraste con el régimen del nuevo pacto, trazado éste, como venimos viendo, por la semejanza del orden de Melquisedec. El autor se vale de dos versículos del Salmo 110 para enfatizar este contraste claramente.

En efecto, el primer versículo del salmo – “Jehová dijo a mi Señor: siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.” – está incuestionablemente referido al Señor Jesús. Y en el 4 leemos “Juró Jehová y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec.”

Como vemos, este orden del nuevo está ratificado por juramento divino. Nada de eso hubo en cuanto al régimen anterior; mal podría jurarse por Aarón, recordando la increíble aberración en que incurrió en lo del becerro de oro. (Ver Éxodo 32:1-6)

Muy por el contrario, la confianza de Jehová en cuanto al Hijo amado era tal, que podía pronunciar un solemne e inquebrantable juramento. Desde luego, esto debe constituir un fortísimo estímulo para cada uno de nosotros – saber que nuestra fe y esperanza están basadas en algo de fiabilidad tan superlativa y absoluta.

Otro contraste que se señala es que en el régimen aarónico los sacerdotes no continuaban indefinidamente, sino que sus hijos les sucedían en el cargo, según vemos en los versículos 15 a 17 del capítulo 7 de Hebreos en que estamos: “Y esto es aun más manifiesto, si a semejanza de Melquisedec, se levanta un sacerdote distinto, no constituido conforme a la ley del mandamiento acerca de la descendencia, sino según el poder de una vida indestructible. Pues se da testimonio de él: tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec.”

En el versículo 22 se puntualiza la importante verdad de que Jesús es hecho fiador de un mejo pacto. Esta verdad queda sólida y eternamente avalada por dos razones que ya hemos consignado, a saber, Su vida indestructible y el juramento divino.

Pero además, paralelamente a esto, tenemos un pasaje en el capítulo anterior que da todavía mayor asidero a nuestra seguridad y confianza, a saber, la motivación que tuvo nuestro Dios al pronunciar Su juramento:- “Por lo cual Dios, queriendo mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo…” (Hebreos 6:17-18)

Dios mismo quiere que a los que somos en verdad herederos de la promesa, no nos quepa el menor atisbo de duda, antes bien, que tengamos la más absoluta confianza, dado que su consejo de bendición eterna con para nosotros es totalmente inmutable e inquebrantable.

¡Qué dicha y qué esperanza bienaventurada la nuestra!

Y ahora, el autor de la epístola pasa a hacer desembocar su enseñanza en la importantísima clave del versículo 25, tras citar los dos precedentes. “Y los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar; mas éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable. POR LO CUAL PUEDE TAMBIÉN SALVAR PERPETUAMENTE A LOS QUE POR ÉL SE ACERCAN A DIOS, VIVIENDO SIEMPRE PARA INTERC EDER POR ELLOS.”

Cotejando en varias versiones llegamos a la conclusión de que perpetuamente se puede interpretar tanto en función de tiempo – para siempre jamás – como en el sentido de algo absolutamente completo. Si a esto agregamos la parte final del versículo – viviendo siempre para interceder por ellos – podemos visualizar algo completo y perfecto, nos atrevemos a acotar, a la enésima potencia.
No obstante, no se nos debe quedar en el tintero el hecho de que los dichosos y benditos beneficiarios de esta intercesión tan maravillosa, son los que por Él se allegan a Dios. Al allegarnos a Dios, Él siempre está dispuesto a recibirnos, pero siempre y cuando lo hagamos por medio de Él, de Sus méritos y Su obra expiatoria en el Calvario. Cuando nuestro acercarnos se deba a alguna falta o pecado, Él intercede en Su carácter de propiciación.

Con todo, hay ocasiones en que nuestro allegarnos no se relaciona con faltas y pecados, sino en provisión material, sanidad, guía espiritual, etc.

Se podría pensar que para tales casos no necesitamos de Su intercesión a favor nuestro. Sin embargo no es así, pues ¿quién de nosotros es digno de que un Dios tan lleno de majestad, honor y gloria le responda a sus peticiones? Seguramente que ninguno; pero en esos casos nuestra petición se debe basar como su firme apoyo en el hecho de que Él, y sólo Él, es digno, absolutamente digno.

Como conclusión, que esto sea un fuerte aliciente: siendo hijos de Dios por renacimiento y redimidos por Su sangre preciosa, Él siempre está allí, a la diestra de la Majestad en las alturas, para interceder a favor nuestro.
Con todo, si bien en el carácter del Digno necesitaremos siempre que lo haga según lo requieran nuestras circunstancias, se recomienda que tratemos a toda costa de darle el mínimo posible de labor en su carácter de propiciación!

Por último, sin comentar más sobre este riquísimo capítulo, citamos el versículo final que con tanto acierto lo cierra: “Porque la ley constituye sumos sacerdotes a débiles hombres; pero la palabra del juramento, posterior a la ley, al Hijo, hecho perfecto para
siempre.”

LA INTERCESIÓN DE CRISTO – Tercera PARTE –

LA INTERCESIÓN DE CRISTO

TERCERA PARTE

Esta serie de cuatro escritos trata mayormente sobre la intercesión de Él a favor de los Suyos. En cuanto a la intercesión nuestra, una de las cosas importantes es saber qué es lo que Él pide, para poder acompasarnos con Él en la labor intercesora. La consideración de Juan 17 que va en este tercer escrito nos da una buena referencia sobre el particular.

A continuación pasamos entonces al capítulo 17 de San Juan, una de las páginas más sublimes de la Biblia, en que se nos presenta la que solemos llamar la gran oración sumo sacerdotal de nuestro Señor Jesús.
En la misma, Él se desliza – valga el vocablo – de la eternidad pasada a la futura, pero abarcando también, y de una manera muy práctica y real, el presente que están viviendo Sus verdaderos redimidos, y que seguirán viviendo hasta el tiempo de Su segunda venida.
Nuestra mente y razonamiento, sin la iluminación divina, pensaría quizá en cosas portentosas y grandiosas, como podría ser, por ejemplo, la gran cosecha final, de la cual en muchas partes se habla tanto, o bien en el surgir de ministerios poderosísimos, con expulsión de demonios en gran número, grandes sanidades y milagros, y cosas de esa índole.
Pero nuestro amado Señor, quien sabe más que ninguno lo que es más necesario y apropiado para Su verdadera y querida iglesia, integrada por Sus hijos e hijas renacidos de verdad, va por un rumbo muy distinto.
Tomamos como primera petición “…que los guardes del mal.” (Versículo 15) Algo tan elemental, tan sencillo y sobrio! – nada de alto vuelo – pero de trascendencia capital y contundente.
En efecto, de cuánto tenemos que ser guardados! Sobre todo en estos tiempos en que el mal cunde por doquier – quizá como nunca antes – y busca, al conjuro del maligno, y por todos los medios posibles, infiltrarse en las filas de los hijos de Dios.
Por ejemplo, los menos fervorosos y consagrados, muy bien pueden valerse de las circunstancias actuales, tan favorables para ellos (¡) para aparecer de tanto en tanto en las reuniones por el método zoom, que se emplea hoy día. Y el resto de las ocasiones, dedicar el tiempo a la televisión, la política, los deportes en el día del Señor, y un largo etcétera.
Esto sólo puede desembocar en un declive espiritual muy pronunciado, y si uno no se da cuenta y se arrepiente, terminar en un naufragio en cuanto a la fe. (Ver 1ª. Timoteo 1:16)
Otro peligro del cual tenemos que ser guardados es el de la inercia. En efecto, por gravitación de la misma situación imperante que obliga al confinamiento, si se baja la guardia, como solemos decir, y no se es firme en perseverar en la disciplina del Espíritu, se puede caer insensiblemente en una pasividad en cuanto a los valores espirituales, que inevitablemente acarreará malos resultados.
Otros peligros de los cuales tenemos que ser guardados son: el engreimiento, el pensar que Dios ya no tiene más para nosotros, y por consiguiente viene la pérdida del apetito espiritual; el de navegar en la web (Internet) en demasía y terminar absorbiendo cosas que no son trigo limpio, y en fin, un sinnúmero de cosas ajenas a una vida espiritual limpia y transparente, y que busca andar siempre en la plena voluntad del Señor.
Procediendo en sentido inverso, hemos encontrado que el confinamiento nos da una excelente oportunidad de cultivar la vida espiritual. Al final de cuentas, la misma es lo que más importa, puesto que ha de afectar nuestro futuro por toda una eternidad, tras el breve tiempo de nuestra peregrinación terrenal. La lectura de escritos y biografías de grandes próceres espirituales de antaño, nos ha resultado de suma inspiración y edificación. Hay libros muy buenos, que si no se los posee, se los puede adquirir por Internet a precios razonables.

La siguiente petición que pasamos a considerar se encuentra en el versículo 17 del capítulo en que estamos:-“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.”
Aquí el Señor ha rogado – y por supuesto que lo sigue haciendo – que cada uno de nosotros sea una santa persona. No un beato, ni un cara larga que ostenta una religiosidad externa, sino una persona, en un sentido, normal y corriente, pero que tiene las cosas muy claras en cuanto a su andar cotidiano en todos sus aspectos.
Entre estos mencionamos el mirar de los ojos, sobre todo en el trato con el sexo opuesto, el hablar de nuestras bocas, la forma en que reaccionamos cuando alguien cuenta un chiste verde, o algo de muy mal gusto, y muchas cosas más.
Con respecto al hablar de nuestra boca, ya que en Santiago 1: 19 se nos exhorta a que seamos prontos para oír y tardos para hablar, propongo que en esa tardanza nos hagamos una rápida composición de lugar, basándonos en preguntarnos seis cosas, cada una de ellas correspondiendo en su letra inicial a la palabra P I E N S A.
Nos preguntamos entonces primeramente si es Provechoso? seguidamente si es Importante? Edificante? Necesario? en Sazón? y por último Apropiado y Amable?
Si podemos contestar afirmativamente en todos los casos – adelante – pero de lo contrario, callar.
Desde luego que la santidad implica también ser irreprochables en cuanto al dinero, y ser personas muy formales y responsables, que cumplimos con lo prometido y nuestros hermanos y amigos saben que somos fiables y de absoluta confianza.
La oración de Jesús fue que seamos santificados en la verdad de Dios, y agregó que Su palabra es verdad. Esa verdad divina a la que se refirió está contenida en primer lugar en las Sagradas Escrituras, las cuales están colmadas de exhortaciones a la santidad.
El mismo Señor Jesús nos dijo en Mateo 5:8 “Bienaventurados los de limpio corazón porque ellos verán a Dios” y en Apocalipsis 3: 4-5 al dirigirse a la iglesia en Sardis, señaló la importancia de que no se manchen las vestiduras blancas.
Por su parte el apóstol Pablo en 2ª. Corintios 7: 1 escribió “…limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.”
Asimismo en 1ª. Pedro 1: 15 leemos:- “…sed vosotros santos en toda vuestra manera de vivir.” Y en Hebreos 12: 14 se nos dice:- “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.”
Reconociendo la importancia de todo el consejo de Dios – la oración, la palabra de Dios, la fe, el evangelismo, el discipulado, el fruto y los dones del Espíritu, etc., debemos puntualizar algo muy particular de la santidad.
Consiste en que se puede trabajar o haber trabajado muy bien en la viña de Señor, ganando almas, levantando iglesias y demás. Pero un descuido en cuanto a la santidad, y un zarpazo del enemigo que siempre está al acecho, y toda esa buena y loable labor de quizá años y años, queda hecha añicos por una mancha grande que lo echa todo por tierra.
Seamos muy firmes en esto – con humildad, pero con resolución terminante y absoluta, viviendo muy cerca del Señor y apoyándonos siempre en la gracia del Espíritu, a fin de que nada de esto – que tristemente les ha pasado a no pocos – nos acontezca a ninguno de nosotros por nada del mundo.
La siguiente petición del Señor está en el versículo 21 del capítulo en que estamos:”…que todos sean uno.”
En Los Hechos 4:32 se nos dice “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma” y esto lo debemos atribuir seguramente a la oración del Señor en ese sentido.
Con todo, a partir de la separación de Pablo y Bernabé que se nos narra en Los Hechos 15: 36-39, la iglesia de todos los tiempos ha sido objeto de numerosas y muy dolorosas divisiones. No pretendemos ni podemos ofrecer ninguna solución a este mal tan lamentable, pero solamente nos ceñimos a una humilde exhortación a que, dentro de la parcela particular de la iglesia universal en que el Señor nos ha ubicado, seamos muy cautos y sensibles, para así mantenernos en un vínculo de armonía, paz y unidad con todos nuestros hermanos y hermanas.
Redondeando sobre todo lo dicho en este tercer escrito, al saber lo que el Señor está pidiendo a favor nuestro, debemos alinearnos totalmente con Él, poniendo nuestra parte tanto en lo que se relaciona con nuestra conducta diaria, como en nuestra intercesión. El no guardarnos. santificarnos, y ser solícitos en guardar la unidad en cuanto esté a nuestro alcance, desvirtuaría por completo nuestra intercesión, si es así que se la pudiera llamar.
Interrumpimos aquí, para continuar y concluir en la cuarta parte de este tema. Lo anterior sobre las numerosas y muy dolorosas divisiones, no ha sido ni puede ser nunca algo agradable, pero felizmente, la cuarta y última nos presenta una culminación maravillosa.

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