La torre de Babel y el día de Pentecostés
Similitudes y Contrastes

Al leer el relato de Génesis 11, que nos narra la intención de los hombres de ese entonces de construir una gran torre, surge en nuestra mente, como no podía ser de otra forma, la relación, tanto de similitudes como de contrastes, entre la misma y lo acaecido en Jerusalén el día de Pentecostés.
El proyecto de construir la torre fue, en realidad, una abierta desobediencia al mandato divino de Génesis 9:1 :-“Bendijo Jehová a Noé y a sus hijos, y les dijo: Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra.”
Notemos, por otra parte, lo que dijo el Señor en cuanto al proyecto de la construcción de la torre: “…y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer.”
Muchos años más tarde, en nuestros días, por primera vez el ser humano, merced a un laborioso y muy costoso proyecto, logró que unos astronautas hiciesen pie por primera vez en la luna.
En esa ocasión, un siervo veterano bien conocido, ya fallecido, citó con mucho acierto, precisamente lo que hemos subrayado arriba: -“…nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer.”
Y en verdad, estos dos hechos – el proyecto de construir la torre, y el de que unos seres humanos – los astronautas – hiciesen pie en la luna, nos muestran de la manera más clara y evidente lo empecinadamente desobediente y rebelde que es el corazón humano.
Jeremías 17:9 lo describe de la forma más categórica y terminante: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”
Por una parte, tenemos la flagrante desobediencia de construir una torre y no esparcirse sobre la tierra, la cual el Creador Supremo les había dado, con todos los vastos caudales para su sustento, enriquecimiento y mucho más.
Por la otra, tenemos al proyecto de que el ser humano, es decir los astronautas, hiciesen pie en la luna, lo cual por supuesto, el Señor nunca les había mandado.
Un proyecto, digámoslo de paso, que no trajo ningún beneficio práctico al ser humano, y que sólo buscaba engrandecer y glorificar al hombre, en lugar del Creador Omnisciente.
Y para colmo de males, un proyecto que costó una suma billonaria, que muy bien se podría haber empleado en cubrir necesidades urgentes y apremiantes, como construcción de hospitales, ayuda a los necesitados y muchas más carencias.
Éste estado de cosas, reflejado en un mundo sumido en el pecado, y que de ninguna forma quiere reconocer, y mucho menos obedecer al Altísimo, nos provoca la siguiente gratísima reflexión.
Cuán bienaventurados somos los renacidos por el Espíritu y que pertenecemos al Señor Jesucristo, cuyo reino no es de este mundo, sino de un mundo celestial!
Pero pasamos ahora, según lo adelantado en el título, a la comparación de similitudes y contrastes entre la torre de Babel, y lo sucedido muchos años más tarde en Jerusalén el día de Pentecostés.
Para agilizar, a los de la torre los llamaremos los primeros (contrastes) y las primeras (similitudes), mientras que a los de Pentecostés los otros (contrastes) y las otras (similitudes).
La primera similitud en cuanto a la torre, fue que cumplió el propósito de esparcirlos por toda la tierra, en la cual, como ya queda dicho, el Señor había hecho una vasta provisión para su sustento, adelanto y enriquecimiento.
En las otras, encontramos que ese día de Pentecostés todas
los presentes comenzaron a hablar en lenguas desconocidas,

pero que según Los Hechos 2: 11 contaban las maravillas de Dios.
Al mismo tiempo, era una señal clara e inequívoca de que ese pequeño grupo de solamente 120, iba a crecer, multiplicarse y esparcirse por todas las razas, lenguas y naciones, proclamando el evangelio de la gracia, el perdón, y la vida eterna, con un nuevo corazón limpio y obediente a los mandatos divinos.
Esa señal la vemos hasta el día de hoy, en que por todo el orbe, los siervos del Señor continúan predicando y anunciando el bendito evangelio, haciendo uso de todos los medios disponibles actualmente, tales como vocalmente en reuniones de evangelización al aire libre, por escritos, difusión de tratados con el mensaje de salvación claramente presentado, y en algunos casos, hasta por radio, y aun más, por televisión también.
Pero volviendo al día de Pentecostés, ese hablar de tantos en nuevas lenguas – unos 120, y todos a la vez, según el Espíritu les daba que hablasen – tenía un propósito muy importante. Era que el estruendo y lo desconocido de las lenguas en que hablaban, tuviese la virtud de atraer a una gran multitud.
Y así, de esta manera, permitir a Pedro, el primer apóstol, ponerse en pie junto con sus once compañeros, y alzando la voz, dirigirse a todos los presentes. En seguida pasó a explicarles que esto no era nada menos que el cumplimiento de lo predicho en el libro de Joel 2:28-32:­
“ Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne”, “Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños;” “ Y de cierto sobre mis siervos y siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu y profetizarán,.” “Y daré prodigios arriba en el cielo y abajo en la tierra, Sangre y fuego y vapor de humo; “El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre,
Antes que venga el día del Señor, grande y manifiesto;”

“Y todo el que invocare el nombre del Señor será salvo.”

A continuación pasó a explicarles claramente la muerte expiatoria de Jesucristo y Su gloriosa resurrección. Lo hizo con todo aplomo y absoluta seguridad, usando vocablos tales como ciertísimamente, todo lo cual el Espíritu utilizó para llegar con total convicción y fuerza a los corazones de cuantos le oían.
Profundamente compungidos, preguntaron a Pedro: Varones hermanos, ¿qué haremos?
Y Pedro, resueltamente les contestó:
“Arrepentíos y bauticese cada uno en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo.”
Prosiguió con tal denuedo y unción de lo alto, que los que recibieron su palabra fueron bautizados, y se añadieron aquel día nada menos que como tres mil personas.
Recordamos como en un principio, dirigiéndose a Pedro que tenía la pesca como profesión, le dijo a él y a su hermano Andrés que lo acompañaba: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (Mateo 4: 19)
Qué pesca superlativa la de ese día!
Al llegar a su fin – bendito y glorioso día de Pentecostés -Pedro seguramente que se habrá acordado de la promesa recibida en un principio del Señor, y tal vez saltaría de regocijo indescriptible, diciéndose con gozo inefable:

“Hoy sí que he hecho una buena pesca de hombres!”
Pero pasamos ahora a una relación fundamental de contraste entre los primeros – los de la torre – y los otros, los de Pentecostés.
Aunque los primeros fueron esparcidos, lo hicieron por obligación, de mala gana y, casi diríamos, a regañadientes, y siguieron siendo los pecadores empedernidos de siempre.
En cambio los otros – los de Pentecostés – fueron transformados maravillosamente, y no sólo fueron absolutamente obedientes, sino que salieron impregnados del Espíritu Santo, proclamando por doquier el mensaje de gracia, perdón y vida nueva y eterna.
Esto fue en cumplimiento del mandato del Señor Jesucristo, recibido por ellos en los últimos minutos de Su vida en este mundo.

“…y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.” (Los Hechos 1: 8)
Pero después de esta última relación de contraste, la Escritura nos da inmediatamente el estupendo broche de oro final.

“Y habiendo dicho estas cosas, y viéndolo ellos, fue alzado y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos.”(Los Hechos 1:9)
Como sabemos, existe una fuerza de gravitación que atrae y
mantiene a todo lo terrenal aquí en la tierra, de donde somos.

Pero Él fue alzado por otra fuerza de gravitación, la celestial, a la cual pertenecía, y de la cual había descendido por mandato de Su Padre, para cumplir una obra tal, que no ha habido, ni hay, ni habrá nada que se le pueda ni remotamente comparar.
Fue la de redimir al género humano, empantanado en el fango del pecado y la iniquidad. Y no sólo eso, sino conferirles e impartirles una vida nueva, totalmente distinta – limpiados, purificados y – el Monte Everest de la gracia! – por Su sangre bendita y preciosa – hacerlos nada menos que reyes y sacerdotes para el Altísimo. (Apocalipsis 1: 5b-6 y 5: 10)
Ésta obra sin par, incomparable y de repercusiones eternas, y el súmmum de la gracia y el amor divinos, la cumplió a la perfección más total y absoluta.
Y eso nos explica el por qué de una nube, que al ser alzado le ocultó de los ojos de los discípulos.
El Padre de gloria, profundamente orgulloso del Hijo amado, al cual había enviado a la tierra para cumplir esa obra tan formidable y sin igual – y verla cumplida por Él a carta cabal
– no podía menos que darle el abrazo sublime y celestial, tan sacrosanto y glorioso, que evidentemente debía estar vedado a los ojos de seres terrenales como nosotros.
A los ángeles, arcángeles, querubines y serafines, sin duda esos treinta y tres años más o menos en que Él estuvo en la tierra, el cielo les habrá parecido casi vacío, sin Su presencia bendita.
Es posible, aun cuando no lo podemos asegurar, que a los mismos, se les haya permitido, vestidos de gran gala, contemplar, aunque a cierta distancia, aquello tan sublime que estaba aconteciendo.
Y así quedó sellado el abrazo histórico, colmado del más
entrañable amor -del Padre Eterno y el Hijo amado -un
episodio como muy pocos, de los muchos consignados en todos
los anales del universo.

FIN