Gedeón el derribador de árboles
Capítulo 4. Segunda parte

Continuamos desde donde dejamos en la primer parte.
En todo este gran encuentro de Gedeón vemos otras cosas de suma importancia que se deben considerar.
Ubicamos el encuentro en sí, dentro del marco formado por la encina, la peña y el fuego, como los tres puntos sobresalientes.
La encina nos habla del lugar donde le vino a Gedeón la palabra de Dios, al igual que a Abraham muchos años antes. Fue en la encina de Moré, el primer lugar en la tierra de Canaán, donde le habló el Señor a poco de llegar. (Génesis 12:5-7)
La peña es la piedra céntrica sobre la cual Gedeón debía poner la ofrenda del cabrito y los panes sin levadura. Pensamos en la peña o roca que seguía a Israel en su peregrinación por el desierto, recordando que Pablo nos dice en 1a. Corintios 10:4 que esa peña o roca era Cristo.
El fuego fue lo que procedió de la misma peña para consumir la ofrenda presentada en sacrificio, en estrecha relación con el fuego que descendió sobre la ofrenda de Elías sobre el Carmelo, y sobre los ciento veinte discípulos el día de Pentecostés.
Bendita y sagrada llama, que desciende como sello aprobatorio de lo alto, y todo lo purifica, lo transforma y dignifica.
Al leer el relato que estamos considerando, no debemos dejar que nos intrigue el hecho de que a veces el que habla es el ángel de Jehová, y a veces es Jehová mismo. En vez de tratar de hacer conjeturas, procurando explicar por qué en una ocasión es el uno, y en otra el otro, nos parece mejor dejar el relato tal cual está, y aceptarlo sin cuestionamientos o razonamientos que podrían ser de poco o ningún provecho.
Lo que sí debemos sacar en limpio es que, tal como el ángel se lo indicó a Gedeón, la ofrenda debía ponerse sobre la peña, y no sobre ninguna otra cosa.
Decimos esto porque, aun obrando con mucho celo, uno puede caer en el error de ponerla sobre una misión o visión determinada, sobre aquello que nos apasiona, etc. y así perder el verdadero rumbo y terminar mal parado.
El Cristo que se dio como la ofrenda total y final de nuestra redención – Él y sólo Él – ha de ser el depositario de la ofrenda de nuestra vida y de nuestro todo.
Notemos que, además de que pusiese el cabrito, y los panes sin levadura sobre la peña, a Gedeón se le indicó que debía derramar el caldo sobre ella.
En esto visualizamos, por gravitación de la experiencia propia y la de muchos otros, el caldo tibiecito y saladillo de nuestras lágrimas del más tierno y profundo arrepentimiento, por nuestros muchos yerros y faltas del pasado, pero también de temblorosa gratitud por tanta gracia, misericordia y bondad que, inmerecidamente, hemos recibido a través de los años. Y desde luego, lágrimas también de amor, tierno y entrañable, a Él la Roca Eterna, a la cual le debemos todo cuanto somos y tenemos.
Que sepamos de veras poner la ofrenda en su totalidad, y derramar el caldo sobre la bendita Peña, y no sobre ninguna otra cosa o causa.
Al colocar debidamente sobre la Peña tanto el cabrito como los panes sin levadura, es decir la ofrenda total de la vida, despojada de la levadura del pecado, y vertido el caldo, Gedeón estaba obedeciendo cumplidamente y al pie de la letra lo que se le había mandado.
Consecuentemente, el Ángel del Señor tocó el cabrito y los panes con la punta de la vara que tenía en su mano y en seguida se hizo el precioso y portentoso milagro. En efecto, brotó fuego de la Peña que los consumió totalmente.
Simbólicamente, aquí tenemos la representación del Cristo que vino a echar fuego sobre la tierra. (Ver Lucas 12:49)
Desde Pentecostés en adelante, lo ha estado haciendo sobre cuanto siervo y sierva que Él ha escogido, y que se ha sabido colocar incondicional y totalmente sobre el altar, con la ofrenda total de una vida limpia y separada para Él.
Se requiere, desde luego, que cada uno y cada una trace bien la palabra de verdad, con una doctrina limpia y sana, en total acuerdo con las Sagradas Escrituras.
Se requiere también que los dones y talentos recibidos, se administren sabia y responsablemente; que haya fiel devoción y perseverancia, y sin duda un cúmulo de virtudes más.
Pero, por encima de todo, se requiere que no falte la bendita llama del fuego celestial, sin la cual es tan fácil desembocar en algo tibio o frío, tal vez correcto y de la más acabada ortodoxia doctrinal, pero carente de lo que sólo el auténtico fuego divino puede brindar.
No olvidemos que en el sacerdocio levítico, como preanunciando esto alegóricamente, estaba prescrito que el fuego del altar nunca se debía apagar. (Ver Levítico 6:12-13)
Gloriosa llama! Inquieta, con su chisporroteo tan vivaz y vibrante, y siempre siguiendo el rumbo vertical ascendente, nos emancipa de lo que nos quiere hacer retroceder o descender, para elevarnos a lo más noble y sublime, y a la postre a nuestro Dios, a nuestro Cristo, y a compartir Su trono eterno.
Tras el milagro del fuego brotado de la peña, el ángel desapareció de su vista. Gedeón, que estaba maravillado, tal vez como uno que piensa que está soñando o en un trance, se da cuenta de que, sin lugar a dudas, ese personaje era nada menos que un ángel del Señor.
Temía que habría de morir, al igual que Manoa, al reconocer al ángel que se le había aparecido a él y a su mujer, anunciando el nacimiento de otro juez posterior, Sansón.
Mas el Señor le habló prestamente palabras de paz y buen ánimo, asegurándole que no moriría.
Por cierto que Gedeón no iba a morir entonces, sino a vivir, y de qué manera! Del anonimato humilde en que se encontraba, bien pronto iba a cobrar notoriedad, primero en Ofra de Abiezer, la localidad en que vivía, y muy poco después en todo Israel, y sobre todo en las huestes innumerables que venían contra el pueblo de Dios, y a las cuales, como coloso formidable en el campo de batalla, les iba a infundir pánico y pavor.
Pero, otra vez, no nos adelantemos! Antes de eso tenemos varios puntos importantes.
Animado por las palabras de paz y aliento que había recibido, de inmediato levantó un altar al Señor, llamándolo Jehová-salom, que significa Jehová es paz.
Esa misma noche el Señor le comisionó a que tomase el segundo toro de su padre, de siete años, y que derribase el altar que su padre tenía, y la imagen de Asera que estaba a su lado. Luego debía construir un altar al Señor en la cumbre del peñasco de la forma prescripta, y ofrecer ese segundo toro como holocausto u ofrenda encendida, usando para ello la madera de la imagen de Asera que iba a derribar.
Llama la atención que su propio padre tuviese un altar a Baal, y que, sin embargo, la misericordia divina lo eligiese a él, su hijo menor, para la grandiosa liberación de Israel que iba a acaecer.
El hecho de que tenía que tomar un toro, no un cabrito ni un cordero, denota que, a menudo – como en este caso particular – las fortalezas que el enemigo ha levantado en las vidas del pueblo de Dios, tanto a nivel individual como colectivo, son tan poderosas y están tan fuertemente atrincheradas, que hace falta nada menos que la fuerza de un potente toro para derribarlas.
La reacción que esto causó resulta casi increíble. Los hombres de la ciudad, al ver a la mañana siguiente lo que había sucedido, indignados inquirieron quién lo había hecho.
Al enterarse que había sido Gedeón, se presentaron ante su padre, exigiendo que fuese traído para darle muerte.
Como lo consigna el relato, el padre no quiso saber nada y afirmó, con toda razón, que si Baal era en realidad dios, él mismo luchase por su cuenta contra el que había derribado su altar.
Pero, lo que resalta sobremanera, es que la gente estuviera tan indignada por haber sido derribados el altar de Baal y la imagen de Asera situada a su lado.
Era esa idolatría, persistente y crónica, que le estaba acarreando a Israel toda la miseria y opresión, y la devastación de su tierra.
Al actuar Gedeón de la manera en que lo hizo por mandato de Dios, debían haber aclamado y celebrado, y en cambio, lo veían como algo malo y el que lo había hecho era digno de muerte!
Con toda razón y claridad las Escrituras nos hablan de los nefastos resultados del pecado en la vida, sobre todo cunado se persevera obstinadamente en el mismo.
Endurece el corazón – Hebreos 3:13; ensordece y enceguece – Ezequiel 12:2; y si se insiste y persiste en él, hasta enloquece – Números 12:11.
Esa obediencia de Gedeón al derribar el altar y la imagen, y levantar en su lugar uno al Señor, fue seguida bien pronto por una invasión de los madianitas, amalecitas y orientales, que cruzaron el Jordán y acamparon en el valle de Jezreel.
Evidentemente, la mano del Señor estaba presente en eso, atrayéndolos al lugar donde les iba a infligir una derrota aplastante, y en el cual Su promesa de liberar a Israel por intermedio de Gedeón habría de alcanzar un pleno cumplimiento.
Al acercarse los invasores, el Espíritu de Jehová vino sobre Gedeón, quien hizo sonar la trompeta, y de inmediato los hombres de Abiezer, su ciudad, se juntaron con él.
También envió mensajeros a cuatro tribus vecinas – Manasés, Aser, Zabulón y Neftalí – de las cuales también vinieron muchos a él, formándose así un ejército de treinta y dos mil hombres.
Sin embargo, los enemigos eran muchísimos más, y si bien a estas alturas había perdido su timidez y ya estaba cobrando confianza, ante una inferioridad numérica tan grande le pidió al Señor una doble señal.
Extendió sobre el suelo un vellón de lana, pidiendo al Señor que durante la noche cayese el roció solamente sobre el vellón, y todo alrededor quedase seco.
Al amanecer vio que había sucedido exactamente lo que pidió, y al exprimir un vellón sacó de él un tazón lleno de agua.
No conforme con ello, se atrevió a pedirle al Señor una segunda señal – que la noche siguiente sucediese precisamente lo contrario, es decir que el vellón quedase seco y la tierra alrededor quedase humedecida por el roció.
Dios le concedió esto, lo cual lo fortaleció en su ánimo, y sin más se dispuso a seguir adelante con la gran empresa a que había sido llamado.
Antes de seguir con la narración, aquí hay dos cosas dignas de consignarse.
La primera es que este precedente no nos da pie para que en cualquier cosa que emprendamos para el Señor le pidamos una señal confirmatoria.
Lo normal, generalizando, será seguir adelante en fe, confiando en la palabra o guía que hayamos recibido de Él. Esto no descarta que en alguna ocasión muy especial o particular, pueda corresponder hacer lo que hizo Gedeón, pero uno debe estar seguro de que no está obrando con presunción.
Aunque en alguna vez nos podamos encontrar en una encrucijada muy grande, en que, por así decirlo, nos juguemos o arriesguemos mucho, no será probable que lo nuestro, por cierto, tenga algo que se aproxime a la envergadura formidable de lo que Gedeón fue llamado a hacer – a ir a jugarse la vida él y su pequeño ejército, contra un enemigo numéricamente sumamente superior.
La segunda cosa que surge de las dos señales, es el sencillo pero edificante simbolismo extraído de las mismas hace más de un siglo, por el distinguido siervo escocés de antaño Robert Murray McCheyne.
En una de sus célebres predicaciones, dijo que la primera responde a un hijo de Dios viviendo en plena obediencia, de cuya vida puede llenarse ese tazón de agua para saciar la sed de quienes le rodean, en medio de una tierra seca y estéril.
La segunda, afirmó, nos habla de lo contrario – de un creyente que, por no guardar su relación con el Señor, se ha secado espiritualmente, y por haber perdido el rumbo y la sensibilidad espiritual, sólo siente y ve que hay satisfacción en el mundo que le rodea.
Que nuestra experiencia concuerde con la primera y no con la segunda!

Continuando con el relato, Gedeón acampó con todos los que se le habían unido en una posición al Sur del valle donde estaba el ejército de los madianitas y los orientales, con el collado de More situado entre ambos.
Esto nos lleva a la parte más emotiva e inspiradora, saturada de hermosas alegorías y figuras, como así también de verdades y principio que nos hablan con mucha elocuencia y de forma muy llamativa.
Pero, para ir desgranándolas, pasamos al capítulo siguiente.

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