Cosas Nuevas y Cosas Viejas

Capítulo 3

Más sobre Moisés

En este capítulo, que será más breve que los anteriores,
después de un importante agregado, tocaremos otros cuatro
puntos importantes de la vida y el carácter de Moisés.

Lo que los egipcios pensaban de Moisés.

“..También Moisés era tenido por gran varón en la tierra de
Egipto, a los ojos de los siervos de Faraón, y a los ojos del
pueblo”(Éxodo 11:3)

Después de los portentosos milagros que el Señor hizo a
través de él, por cierto que no podían pensar de otra forma!

El varón altamente agraciado.“
Vé y diles:Volveos a vuestras tiendas. Y tú quédate aquí
conmigo.” (Deuteronomio 5:30-31)

La manifestación poderosísima de la presencia de Dios en el
Monte Sinaí, infundió tal temor al pueblo, que le pidieron a
Moisés que él sólo se las entendiese con el Señor, y les
transmitiese a ellos cuanto les decía. Querían que a ellos se les
permitiese estar a un lado, sin que tuviesen que estar en la
presencia temible y terrible de semejante Dios.

Sin querer ahondar en esta parte, agregamos que al Señor le
agradó que tuvieran semejante temor, y expresó el gran deseo
de que le temiesen de verdad, obedeciéndole y guardando Sus
preceptos cumplidamente.

No obstante, Él sabía que ese temor era como un reflejo del
estado de sus corazones; en realidad, no anhelaban estar
delante del Señor, y se inclinaban más bien por estar en lo
normal y corriente de la vida del campamento en que se
encontraban.


Así, en los versículos que hemos puesto más arriba, el Señor
trazó una divisoria muy clara entre ellos y Moisés. Ellos
debían ir a sus tiendas según el deseo de sus corazones,
mientras que él debía quedarse junto a Dios.

“Y tú, quédate aquí conmigo”

Qué palabras! Qué invitación!

Qué llamamiento, tan impregnado del más hondo y
entrañable contenido!

Era como las palabras tiernas y entrañables, de un padre a
un hijo muy especial – muy querido.

Al mismo tiempo, era como una invitación a ocupar el lugar
más privilegiado al cual pudiese aspirar un ser humano. Y era
también el llamamiento sagrado y santo, a darle la espalda a
todo lo terrenal y transitorio, para estar junto a Él, la fuente
de todo bien, y abrazar de lleno, a Su lado, lo celestial e
imperecedero.

Por cierto que Moisés estuvo mucho allí, junto a su Dios. Los
primeros cuarenta días de ayuno, seguidos de otros cuarenta, y
las muchas ocasiones en que respondió al llamamiento “Sube a
mí al monte” lo atestiguan plenamente.

De ese estar tanto a Su lado, sin duda que hubo muchas
derivaciones importantes y muy preciosas. De algunas de ellas
se nos da cuenta en el relato, mientras que otras brotan de
deducciones y conclusiones razonables y bien fundadas.

Entre las primeras, podemos citar el minucioso patrón del
tabernáculo y todo su mobiliario, que nos brinda un
simbolismo amplio y enriquecedor de muchos aspectos de la
vida espiritual.

También es digno de mención que la piel de su rostro
resplandecía después que hubo hablado con Dios. (Éxodo
34:28-35)

Esa gloria era la del antiguo pacto, inferior a la gloria más
eminente del nuevo, según Pablo lo afirma en 2a. Corintios 3:
9-10.


No obstante, era una gloria bendita y santa, y no podía ser
nada menos, al emanar del Padre de gloria, a Quien con tanto
acierto, Santiago llama “el Padre de las luces, en el cual no hay
mudanza ni sombra de variación.” (Santiago 1:17)

En cuanto a las derivaciones no consignadas expresamente,
sino de deducciones y conclusiones, no nos cabe duda que todo
ese tiempo el carácter de Moisés tiene que haber evolucionado
singularmente, puesto que seguramente debe haber absorbido
bastante del carácter del Altísimo.

De las virtudes que ostentaba, tales como su extrema
mansedumbre, su absoluta fidelidad y su santidad
incuestionable, no hace falta decir cuál era su procedencia.

Lo mismo cabe señalar de la autoridad de su persona, de la
gran sabiduría, y del honor y reverente respeto que su
presencia imponía. Toda ellas, y sin duda muchas más, eran
transmisiones doradas de la multiforme grandeza y excelencia
del Altísimo Dios, con Quien pasó tantas horas en profunda
unión y comunión.

Otra derivación más está en el terreno de las conjeturas, si
bien nos parece que es muy razonable y bien fundada.

La narración de la creación, que en muchas partes abarca
cosas anteriores a la existencia de Adán y Eva, consignadas
con mucho detalle y precisión, ¿cómo llegó a conocerse? O
bien ¿a quién se las reveló el Señor?

Se ha afirmado que en esos largos períodos de intimidad con
el Señor, la debe haber recibido Moisés directamente, y
creemos que no es una tesis que pueda ser descartada así como
así.

¿De no ser así, a qué otro le pudo haber sido revelado? ¿A
Adán? Nos parece muy improbable.

De la línea fiel de sus descendientes, el único que nos
atreveríamos a señalar es Enoc, aunque meramente como una
posibilidad.


Por otra parte, el hecho de que el Génesis se nos presente en
el título como el Libro Primero de Moisés, apunta fuerte y
claramente en el sentido de que haya sido él.

Y este honor, que en este caso le debe haber correspondido,
de haber recibido directamente la revelación de la creación y
los orígenes de todo, y de consignarlas para nuestro
conocimiento y base de nuestra fe en el Creador Supremo, es
uno de los muchos que engalanan su personalidad tan digna y
señera.

Fidelidad y nobleza a carta cabal.

Como bien se sabe, a Moisés no se le permitió entrar en la
tierra prometida, debido a que desobedeció golpeando la peña
dos veces, cuando el Señor le había dicho que le tenía que
hablar, no golpear.

No está demás que puntualicemos brevemente aquí el preciso
y precioso simbolismo encerrado en esto.

Como Pablo nos dice en 1a. Corintios 10:4, esa roca espiritual
que seguía al pueblo de Israel era Cristo. Tengamos también
en cuenta, de paso, que en el original hebreo el texto de Isaías

26:4 reza “en Jehová el Señor está la roca de los siglos.”
En la primera ocasión que se nos narra en Éxodo 17:1-6, a
Moisés se le había dicho que debía golpear la peña con la
vara, lo cual representa la vara justiciera de la ley cayendo con
todo su rigor sobre el Crucificado en el Calvario, a fin de que
el perdón divino y las aguas de vida pudieran llegar a nuestra
alma necesitada y sedienta.

Significativamente, la segunda vez, relatada en Números 20:
2-12, el mandato divino era que había que hablar a la peña, no
golpearla.

Exasperado y sacado de quicio por la persistente rebeldía,
murmuración y queja del pueblo, Moisés en un momento de
descontrol y desatino exclamó: “Oíd ahora, rebeldes, ¿os
hemos de hacer salir aguas de esta peña? “y alzando su mano la
golpeó dos veces.


Pero le costó muy caro. Él deseaba muchísimo entrar en esa
tierra prometida, pero al desobedecer en esa sola instancia
quedó excluido. Y no sólo él, sino también su hermano Aarón,
lo cual nos presenta un principio que es a la vez una
advertencia muy importante.

En efecto, por un lado los logros y aciertos conseguidos, se
reflejan para bendición sobre los que estamos tutelando. Sin
embargo, por el otro, los fallos y desaciertos que uno pudiera
cometer, lamentablemente también suelen repercutir en ellos
para su perjuicio y pérdida espiritual.

Volviendo atrás ahora, la primera ocasión en que la peña
debía ser golpeada, como señalamos más arriba, apunta
simbólicamente a lo cumplido en el Calvario por nuestro
amado Señor Jesús.

La segunda debe ser interpretada como aquélla en que cada
uno, en su gran necesidad y sed, se encuentra ante Él, la Roca
Eterna.

En la misma no se le debe golpear, ya sea con la vara del
rechazo, la indiferencia o aun de la burla o la incredulidad.

El hacerlo excluye a quien lo hace de la bendición eterna, y lo
deja en tinieblas y serio peligro de la perdición eterna.

Lo que se debe hacer en cambio es hablarle – contarle la
necesidad y la sed del alma, arrepentidos por las muchas faltas
y pecados cometidos, a la vez que recibir de Él con fe sencilla y
humilde, Su oferta de perdón y vida nueva y eterna,

Querido lector u oyente,¿Ya has hecho esto de una manera
bien definida y concreta, y te sabes poseedor de la vida nueva
y eterna, por Su gracia, y sólo por ella?

De no ser así, éste es el momento en que, dejando a un lado
todo lo demás, debes hablarle en ese sentido, y con toda
sinceridad. Así, no quedarás excluido, sino que podrás ir a un
más allá de bienaventuranza sin par.

Avanzando ahora en el terreno de la gran fidelidad y nobleza
de Moisés, situémonos en el lugar en que se encontraba, al
quedar privado de entrar en la tierra prometida.


Después de tanto luchar y soportar la carga tan pesada de
llevar a un pueblo tan rebelde, ahora la gloria y la honra de
entrar en esa tierra y conquistarla, le iba tocar a Josué, su
sucesor y no a él.

Lo normal en un caso semejante sería reaccionar de esta
forma:

“Pues bien, ya que Josué los va a introducir en la tierra del
Canaán prometido, que venga él y se haga cargo de esto. Yo ya
he lidiado bastante con toda esta gente. Prefiero tomarme un
buen descanso y no tener que llevar más esta carga que me ha
agobiado tanto,”

Empero, Moisés era incapaz de hacer semejante cosa. Por el
contrario, continúa hasta el fin de su carrera, aconsejando,
exhortando, advirtiendo y animando al pueblo de la manera
más minuciosa y solícita, como si él fuera el interesado
máximo y el protagonista principal, cuando ya iba a dejar de
serlo, y ceder paso a otro para que se llevase toda la honra y el
honor.

Esto nos hace acordar de otro grande – Samuel – que estuvo
en una situación análoga unos siglos más tarde. Al pedir Israel
un rey y dárselo el Señor, él, que había juzgado y gobernado
por años, quedó relegado y dejó así de ser la figura principal.

Sin embargo, al igual que Moisés, siguió preocupadísimo por
el pueblo de Dios, al punto que que llegó a afirmar
solemnemente :

“Así que, lejos esté de mí que peque yo contra Jehová cesando
de rogar por vosotros; ante os instruiré en el camino bueno y
recto.”(1a. Samuel 12:23)

En tantos casos de la actualidad se advierte que en realidad
se busca construir la parcela o el reino propio, levantar la
imagen de uno mismo, o bien que se actúa con segunda
intención, ya sea de lograr ventaja personal, que se le
retribuya a uno con favores por el servicio prestado, etc.

Al hablar de los méritos de Timoteo, Pablo expresaba la
misma inquietud en Filipenses 2:20-21:


“…pues a ningún otro tengo del mismo ánimo, y que tan
sinceramente se interese por vosotros. Porque todos buscan lo
suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús. “

Cuando comparezcamos ante el Tribunal de Cristo, lo que Él
alabará y premiará será la labor efectuada dentro de Su
voluntad, con abnegación, desinterés y nobleza, no los
números ni las falsas apariencias del éxito y la fama.

En la parábola de los talentos, consignada en Mateo 25:14-30,
las palabras dirigidas por el Maestro a los buenos siervos
fueron:

“Bien, buen siervo y fiel…” tanto al que había ganado cinco,
como al que había ganado dos.

Calificativos tales como siervo famoso, exitoso o grandioso no
existen en su vocabulario.

Aprendamos pues, amados, de esos nobles de otrora, como
Moisés, Samuel, Pablo, Timoteo y otros, y andemos de veras
en sus pisadas, y no en las de los triunfalistas, arrogantes,
interesados y envanecidos, acerca de los cuales Pablo llegó a
decir y escribir llorando, que son enemigos de la cruz de
Cristo. (Filipenses 3:17-18)

Intercesor como ha habido muy pocos.

Al ir llegando la decadencia de Israel a su punto más bajo,
tanto al profeta Jeremías como a Ezequiel, el Señor les expresó
Su profundo desagrado por la rebeldía e idolatría crónica de
que padecía.

A Jeremías llegó a decirle en más de una oportunidad que no
orase por ellos, porque su condición era incurable. También les
manifestó a ambos que aunque viviesen entre ellos los
intercesores más insignes de la historia, sus ruegos sólo
servirían para ellos mismos, pero no para el resto del pueblo,
para escapar del severísimo juicio que se avecinaba.

Los nombres de los cinco ilustres varones que Él señaló
fueron Moisés y Samuel, (Jeremías 15:1) y Noé, Daniel y Job.


(Ezequiel 14: 19-20)

Aun cuando no deseamos establecer comparaciones en
cuanto a los méritos de cada uno con respecto a los demás,
resulta significativo que el primero que se nombra es Moisés,
bien que Noé, y tal vez Job, le precedieron cronológicamente.
Las dos ocasiones en que estuvo en el monte ayunando por
cuarenta días, y sobre todo la segunda, nos hablan otra vez de
él como un varón sobresaliente de verdad.

Ya hemos comentado que, merced a su intercesión, tan noble
y fervorosa, Aarón no fue eliminado del sacerdocio y
destruido. Igualmente, el pueblo de Israel, al cual el Señor se
proponía desechar y levantar otro en su lugar, fue absuelto y
siguió siendo el pueblo privilegiado, objeto de la misericordia
divina.

Pero quizá el punto más elevado lo alcanzó al pedir que su
propio nombre fuese raído del libro celestial en el que estaba
escrito, y que en cambio, ese pueblo tan rebelde y desobediente
fuese perdonado.

“”Te ruego,,,que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme
ahora de tu libro que has escrito.” (Éxodo 32:32)

En los anales de las Escrituras, sólo encontramos dos cimas
que se puedan considerar junto a ésta de Moisés en que
estamos.

Una de ellas está en un plano de igualdad. Se trata del
profundo y continuo pesar que el apóstol Pablo sentía por
Israel, orando intensamente y deseando ser él anatema en su
lugar, para que ellos fueren salvados. (Romanos 8:3)

Esto ubica a Moisés en el Antiguo Testamento, y a Pablo en el
Nuevo, en un nivel muy encumbrado. Con todo, sabemos que
hay muchos que no figuran en las Escrituras, posteriores a
ellos, pero de los cuales tenemos pleno conocimiento, a través
de las biografías de ellos que hemos leído.

Pero por encima de todos estos está en un plano de
superioridad, y sabemos que es la única que sobrepasa a todas
las demás.. Es la de nuestro amado Señor Jesús, que no sólo


intercedió e intercede por nosotros, sino que consumó la
entrega total de Su ser para soportar el peso aplastante de la
vara justiciera de la ley, que en el Calvario, como hemos dcho,
cayó sobre Él con todo su peso y rigor.

Sólo podemos decir que quedamos pasmados, sintiéndonos
diminutamente pequeños y tan humillados, ante tanta
grandeza, abnegación y sacrificio.

Moisés en la transfiguración.

No debemos omitir algo muy importante sobre Moisés que no
figura en el Pentateuco, y acaecido unos buenos siglos después.

El bendito Mesías prometido estaba llevando a cabo su
ministerio terrenal, acompañado por Sus discípulos. Eligiendo
a tres de ellos – Pedro, Juan y Jacobo – asciende con ellos a un
monte muy alto, donde, tras orar y estar en profunda
comunión con Su Padre celestial, la apariencia de Su rostro se
transforma y sus vestidos se vuelven muy blancos y
resplandecientes, reflejando Su blancura interior, tan
inmaculada y la gloria sublime de Su persona.

Pero se avecina la etapa decisiva de Su misión terrenal, en la
cual había de entablar la cruenta batalla, que iba a ser
la mayor de toda la historia y de todo el universo.

Se trata de la larga trayectoria que debía cumplir desde el
Getsemaní, hasta Su partida de Jerusalén al Monte Calvario
para consumar y sellar la redención del género humano.

El Padre Celestial y Dios Altísimo, plenamente consciente de
lo que supondría para Su hijo amado esa batalla, en la que
enfrentaría todo el odio y la ponzoña malvada del diablo y
todos sus secuaces, y experimentando el padecimiento moral,
emocional, espiritual y físico indescriptible, toma una medida
muy importante.

La misma consiste en enviar dos varones para que en alguna
manera pudieran identificarse con Él, y hablar y compartir en


un alto nivel lo que, en su relato, Lucas llama su partida que
iba a cumplir en Jerusalén.

Los tres discípulos que lo acompañaban, por su grado de
inmadurez a esa altura, por cierto que no estaban capacitados
para semejante cometido.

Hacía falta varones fogueados y experimentados, de esos que,
habiendo tenido que enfrentar ellos mismos tremendas
batallas por la causa de Dios, podían, aunque en una medida
solamente relativa, aportar algo sustancioso al acercarse la
víspera de tan trascendente ocasión.

Así las cosas, en la galería de los próceres de otrora irrumpe
un ángel, comisionado por el Altísimo, para nombrar y
destacar a dos altamente honrados y privilegiados, sobre los
cuales había recaído la elección para tan magna ocasión.

En medio de un silencio expectante, pronuncia en tono claro
y solemne los dos nombres de los agraciados escogidos: Moisés
y Elías.

Y así, rodeado de gloria célica, Moisés desciende, junto con
Elías, al santo monte, para cumplir el mandato sagrado que a
ambos les había sido encomendado.

Es la culminación gloriosa, con todo el honor que supone, que
el Señor tenía reservada para sus dos siervos insignes.

Tanto para el uno como para el otro, como así también por
extensión para todo siervo auténtico del Señor, seguramente
que habrá más galardones y cosas gloriosas reservadas para el
siglo venidero.

Mientras tanto, basándonos en los anales de las Escrituras,
tenemos en lo que antecede el punto álgido, y a la vez la
distinción más elevada que le cupo ostentar a Moisés.

Esto, y todo lo demás que hemos señalado anteriormente, lo
colocan en ese lugar tan digno y encumbrado que hemos
puntualizado al comienzo – el de ser un auténtico grande ente
los grandes.

FIN