Capítulo 5
Primera parte
Dos muertes muy distintas

Efectivamente, Juan Bautista y Jesucristo tuvieron dos muertes muy distintas.
Mientras el uno – Juan – murió en una cárcel oscura, tal vez con un solo testigo, el verdugo que le dio muerte, el otro – Jesús – murió en público, levantado en alto y a la vista de muchos que presenciaron Su crucifixión.
La muerte de Juan fue casi instantánea, al ser decapitado por orden de Herodes, para satisfacer el malvado pedido de Herodías, la mujer de Felipe su hermano, con la cual él estaba viviendo en adulterio.
La muerte de Jesús fue la que es propia de la crucifixión, es decir un proceso largo y lento, en el que el organismo físico se va desgastando mientras se agoniza de dolor.
Imaginemos a alguien colgado de una barra en un gimnasio. Tomado de ella con sus dos manos, siente, por la ley de la gravedad, el peso de su cuerpo, sea de 65, 70, 75 o más kilogramos.
Después de unos minutos, sus manos empiezan a sentir ese peso cada vez más, y tal vez, como máximo, después de una media hora, no aguantará más, y habrá de soltar la barra y dejarse caer en tierra.
Empero, en la crucifixión es muy diferente. Uno no se está tomando de una barra y aguantando el peso con las manos intactas. En cambio, cada una de ellas y cada uno de los dos pies, atravesados en carne viva por un clavo, tienen que soportar – con muchísimo dolor, desde luego – el peso del cuerpo, y no por el espacio de unos pocos minutos, o media hora, sino por varias largas horas.
Y todo esto, con el agregado y agravante de no poder cambiar de posición.
Sabemos que cuando uno está guardando cama por enfermedad, una de las formas de obtener alivio, aun cuando el mismo sea muy breve, es el poder darse vuelta, ponerse de espaldas, y luego apoyarse sobre la derecha, luego sobre la izquierda y así sucesivamente.
No obstante, nada de esto puede hacer el crucificado, pues se encuentra reducido a una total inmovilidad.
Todo esto en cuanto al aspecto físico de la muerte de ambos, y de lo cual, por cierto que se podría dar muchos más detalles, sobre todo si apelásemos a lo que nos tiene que decir la ciencia médica sobre el particular, especialmente en lo que se relaciona con las muchas repercusiones agonizantes en diversos órganos internos del crucificado.
Pero ahora pasamos al aspecto moral de la muerte de ambos.
Empezando por Juan Bautista, digamos que fue la muerte muy digna de un verdadero mártir. En toda su trayectoria anterior había hecho gala de una nobleza y un negarse así mismo realmente dignos del mayor encomio, como ya hemos visto anteriormente, por lo menos en parte.
Cuando las multitudes acudían a él para bautizarse en el Jordán, se mantuvo firme en su posición de ser solamente una voz que señalaba y proclamaba a uno mayor que él que había de venir a muy breve plazo.
No cayó de ninguna forma en la tentación en que otros muy bien podrían haber caído, de engolosinarse al ver a tanta gente que venía a él, y envanecerse y proclamarse como “el hombre de la hora” o algo así por el estilo.
Adicionalmente, las palabras que encontramos en Juan 1:40:- “Andrés…era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús” nos hablan con clara elocuencia de su verdadero altruismo.
A cuántos hoy día se les oye hablar de sí mismos, de tal forma que quienes los oyen, en vez de seguir a Jesús los siguen a ellos!
Pero su valentía y verdadera grandeza, nunca quedaron mejor desplegadas que en la ocasión en que se plantó ante el rey Herodes, y sabiendo que le podría costar el ser encarcelado, le denunció su pecado con las tajantes palabras “no te es lícito tener la mujer de tu hermano.” (Marcos 6:18)
Esto, de hecho, no sólo le costó la cárcel, sino que también sabemos por el relato posterior, le ocasionó el odio de Herodías, la mujer de Felipe, que estaba viviendo en adulterio con Herodes.
Así las cosas, el día del cumpleaños de Herodes, se produjo el cruel y triste desenlace de que fuese decapitado en la oscura cárcel, y su cabeza fuese traída en un plato a la hija de Herodías, y ésta a su vez se la diera a su madre.
Cruel y muy triste, pero el fin de una vida del que Jesús había dicho que, de los nacidos de mujer, no se había levantado uno mayor que él, y que tuvo el altísimo honor de sellar su ministerio y su fugaz carrera, con la muerte de un mártir auténtico y fiel de verdad.
En esto tenemos la genuina grandeza, evaluada no por las apariencias engañosas, sino por el dictamen certero de Jesús: ninguna señal, falta total de cartelera publicitaria del “personaje grandioso y famoso de la actualidad,” ni nada de esa índole, que tanto se levanta en alto hoy día.
En cambio: auténtica humildad, fidelidad a carta cabal, y saber ceñirse a la voluntad divina, ni más, ni menos, aun cuando le costase la vida.
La muerte del Señor Jesús fue algo tan único y sublime, que va mucho más allá de lo que nuestras mentes finitas pueden comprender, y nuestras pobres palabras expresar.
Pasamos a continuación a comentar algunos de los múltiples aspectos que contiene, todos ellos llenos de ejemplo, enseñanza y la más alta inspiración.
Desde luego que el Señor era plenamente consciente de antemano de la muerte que iba a experimentar. Es más. sabía que era el fin primordial para el cual había nacido de la virgen María y venido al mundo, y además, Él la anunció por anticipado a Sus discípulos en reiteradas ocasiones.
Lucas, al consignar la transfiguración, nos da la importante aportación de que Moisés y Elías, que se presentaron junto a él rodeados de gloria, “hablaban de su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén” (Lucas 9:30-31)
Esto nos da un sólido asidero para pensar que, siendo Su crucifixión algo tan superlativamente trascendente y que iba a demandar de Él máximo sacrificio concebible, estos dos insignes y probados varones venían para, de alguna manera, identificarse con Él hasta donde les era posible. Al mismo tiempo, en ese hablar con Él cabrían los acentos de su mayor apoyo y aliciente en cuanto al magno e inigualable sacrificio que iba a efectuar.
El jalón muy importante, e inmediatamente previo en Su trayectoria hacia el Calvario, lo constituyó incuestionablemente el Getsemaní.
El nombre Getsemaní significa el lugar de las aceitunas, es decir el lugar donde son machacadas.
Las lámparas del candelabro ardían en el tabernáculo levantado por Moisés en base a aceite puro de olivas machacadas. (Levítico 24:2)
Con toda reverencia y gratitud, a Jesucristo – el Cristo, el Mesías, el Ungido de Dios – lo llamamos la oliva, la aceituna por excelencia, que aquí fue machacada al máximo, para procurar así el aceite puro que habría de hacer arder las lámparas el candelabro de Su iglesia de todos los tiempos y hasta el fin de la historia.
Allí, en el Getsemaní, tuvo consigo a tres de Sus discípulos – Pedro, Jacobo y Juan – que al igual que los otros nueve en la ocasión de la tormenta que azotaba la barca, estaban despiertos y ansiosos, mientras Jesús dormía plácidamente en un cabezal en la popa. (Marcos 4:38)
Ahora se invierten los papeles, y mientras Jesús velaba y agonizaba en oración, ellos en vez de orar y estar velando, cayeron sumidos en un profundo sueño.
Así es nuestra naturaleza carnal – siempre haciendo al revés de lo que se debiera hacer!
Las palabras de Lucas 22: 43-44 – “…y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más intensamente, y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían sobre la tierra…” nos brindan una perspectiva muy valiosa e importante.
Si añadimos a ellas las que figuran en Mateo 26:38 y Marcos 14:34 – “Mi alma está muy triste, hasta la muerte,” no podemos menos que relacionarlas con Hebreos 5:7 –
“Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente.”
La conclusión que nos resulta muy razonable y bien fundamentada, es que la carga y angustia que recayó en esa hora sobre Su alma era tan tremenda, que estaba a punto de sobrepasar el límite de lo que podía soportar Su organismo físico y psíquico, con un serio peligro de la muerte. Una muerte que, por otra parte, no era la muerte a la que Él había venido.
En ese trance tan crucial, Él hizo oír Sus ruegos y súplicas, acompañados de un gran clamor y lágrimas, y lo hizo con tal intensidad que llegó a agonizar, derramando, como hemos visto, grandes gotas de sudor.
Posiblemente sólo pudo llegar a ese punto supremo de prevalecer sin perder la vida, merced al fortalecimiento del ángel celestial que vino en su ayuda en momento tan crucial y trascendente. Y decimos esto, plenamente conscientes de que Su muerte prematura en ese punto, hubiera malogrado el propósito principalísimo por el cual había venido al mundo.
Después de esto, como consta en el relato tan conocido de los evangelios, vino la turba, guiada por Judas Iscariote, para apresarlo. A esto siguió el largo y cruel proceso en que fue acusado y condenado, abofeteado, escupido, azotado y escarnecido.
Cada vez que en la lectura de las Escrituras llegamos a esta parte en cualquiera de los cuatro evangelios, nos conmueve y nos duele pensar en todo lo que tuvo que padecer por nosotros, al punto que a veces se nos hace difícil continuar con la lectura.
Pero ése fue otro hito ineludible en Su marcha por la vía dolorosa hacia el Calvario, donde había de consumar Su obra redentora.
En cuanto a Su crucifixión en sí, si bien no se puede precisar el tiempo exacto que transcurrió hasta Su muerte al encomendar al Padre Su Espíritu, podemos estimarlo del orden de unas seis horas.
Valiéndonos de las constancias de los cuatro evangelios, listamos las ocho veces en que habló en ese espacio de tiempo, en el orden probable en que lo fue haciendo.
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:43)
“De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.” (Lucas 23: 43)
“Mujer, he ahí tu hijo.” (Juan 19: 26)
“He ahí tu madre.” (Juan 19: 27)
“Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? (Marcos 15:34)
“Tengo sed” (Juan 9:28)
“Consumado es” (Juan 19:30)
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” (Lucas 23: 46)
En mas´de una oportunidad hemos leído de forma lenta y pausada estas ocho sentencias, observando en el reloj cuánto tiempo nos llevaba hacerlo.
Siempre ha sido del orden de unos 45 segundos aproximadamente. No creemos que en el idioma arameo en que Jesús hablaba le haya llevado más tiempo, lo que nos lleva a una conclusión muy sencilla, pero de mucho peso: durante esas seis horas de agonía y dolor, tanto físico como moral, nuestro amado Señor sólo habló por el espacio de un minuto como máximo, y durante cinco horas y cincuenta y nueve minutos guardó un silencio total – algo que no podemos sino llamar el silencio insondable del Calvario.

Interrumpimos aquí para continuar en la segunda parte.
FIN