COSAS NUEVAS Y COSAS VIEJAS (Primera parte)

Capítulo 1 – Primera parte
Moisés, un grande entre los grandes

La figura de Moisés aparece en las Escrituras a poco de iniciarse el libro de Éxodo, y su trayectoria se extiende hasta el cierre del Pentateuco, al llegar a su fin el libro de Deuteronomio, unos ciento veinte años después.
Aun cuando fue el mediador de un pacto inferior al actual de la gracia en que nos encontramos, sus cualidades y virtudes como varón ejemplar lo colocan dentro de la galería de los próceres de antaño como un grande entre los grandes.
Criado en las cortes de Faraón, rodeado de todas las tentaciones y los placeres del pecado, y con todas las perspectivas de brillar y descollar en ese mundo tan lleno de seducciones y falsos atractivos – con todo eso, decimos – no deja de ser un milagro asombroso, que su ser entero se haya preservado intacto en medio de todo ello, para quedar así sin mancha, y en disponibilidad para su Dios, para un llamamiento sagrado y santo – un destino más alto, para el cual el Señor lo tenía señalado desde un principio.
Dos incidentes, acaecidos cuando contaba cuarenta años de edad, lo muestran en su carácter como alguien totalmente indicado e idóneo para la magna tarea que la providencia divina le tenía asignada.
El primero de ellos fue cuando defendió a uno de sus hermanos hebreos golpeado por un egipcio, y al día siguiente a otro hebreo, maltratado por uno de sus propios hermanos.
El segundo fue algo más tarde, estando ya en tierra de Madián, tras haber huido de Egipto. Las siete hijas del sacerdote de Madián intentaban abrevar las ovejas de su padre, y al ser echadas por los pastores de la zona, Moisés las defendió y él mismo les dio de beber.
Ambas ocasiones lo señalan como un defensor de los débiles y oprimidos, como un indicativo pequeño pero veraz, de la gran misión que había de cumplir más tarde – la de liberar a una nación entera del cruel yugo faraónico.
De los siguientes cuarenta años de su vida, no es mucho lo que se nos dice en el relato bíblico. El sacerdote de Madián, llamado Reuel y también Jetro, le dio por esposa a unas de sus hijas, Séfora, de la cual le nació un hijo al que llamó Gersón, sintiéndose como verdadero forastero en esa tierra.
De esa larga etapa, lo único más que sabemos es que estuvo al cuidado de las ovejas de su suegro, una humilde ocupación, en la cual sin duda se desempeñó fielmente.
Al cabo de muchos años, cuando ya contaba ochenta, atravesando el desierto en busca de pasto para el rebaño, llegó a Horeb, el monte de Dios.
Allí, inesperadamente, tuvo una experiencia crucial y gloriosa, como resultado de la cual muy pronto iba a dejar esas tierras, y regresar a Egipto y acometer la formidable tarea a la cual el Señor lo llamaba.
La asombrosa visión del Ángel de Jehová, que se le apareció en una llama de fuego, la cual ardía en una zarza sin que se consumiese, era en realidad otro indicativo, y más preciso que los dos anteriores, de lo que iba a acontecer todo el resto de su vida.
En efecto: la llama de la santidad y la causa de Dios iba a arder y arder en lo que, figurativamente, podría llamarse la zarza de su vida. Ese arder de la llama iba a ser tan intenso, que la zarza tendría que haber quedado totalmente consumida, pero no obstante, iba a permanecer fresca e intacta.
Tal lo que le sucedió en los siguientes cuarenta años de su vida. Esa llama empezó a arder en los primeros cuarenta días, y otra vez en otros cuarenta días de ayuno, revelación y comunión, como así también intercesión en la cumbre del monte; igualmente en las muchas luchas, desobediencias y rebeliones del pueblo que una y otra vez le tocó enfrentar, y en otras múltiples vicisitudes y crisis. No obstante, al final de su carrera, se iba a decir de él que sus ojos nunca se oscurecieron, y que no había perdido su vigor.
Todo un milagro de la gracia divina, que como en tantos otros casos, y de las maneras más diversas, toma en Sus manos la vida frágil de un hombre o una mujer, haciéndole pasar por la fragua de la prueba y el dolor, y lo saca intacto, y como un vaso escogido para una obra de valor y alcance eterno.
Esto nos hace pensar en Dios, como el herrero sabio y hábil de una canción alusiva que aprendimos en la niñez. La citamos porque se presta tan bien a lo que estamos diciendo.
Pan! Pin! Mueven los fuelles un sano trajín,
Pin! Pan! Rojas de fuego las fraguas están;
Y el hierro suena, y el hierro siente,
Y si a la fragua se entrega luego,
El hierro sale todo de fuego,
Como una fuerza pura y ardiente.
Sin duda, el hierro suena y el hierro siente; sin embargo no puede sino entregarse igualmente a la fragua, sabiendo que ése es su único y verdadero destino, y que, a la postre, ha de salir forjado de la forma particular e ideal que el Herrero Eterno se había propuesto. Y lejos de salir en el estado en que estaba, frío e inerte, lo iba a sacar como una fuerzo pura, viva y ardiente.

Su llamamiento.-
Moisés no fue, por cierto, uno de los que toman la iniciativa para ofrecerse como voluntario. Fue el Señor Quien tomó la iniciativa, y la verdad es que le costó bastante persuadir y convencerlo que aceptase el llamamiento.
Evidentemente, lo que tiene que haber pesado para que Moisés se mostrase tan reacio, debe haber sido la magnitud formidable de lo que el Señor le proponía: liberar a una nación entera de la esclavitud en que se encontraba, con todas sus vastas implicaciones, siendo la principal, el tener que enfrentar al cruel y poderoso rey Faraón.
Llama la atención que una de las objeciones que presentó fue que era tardo en el hablar y torpe de lengua. Su hermano Aarón era el polo opuesto: hablaba bien.
Nótese sin embargo que, a la hora de la verdad, Moisés resultó fiel en todo, mientras que Aarón tuvo aberraciones lamentables, si bien más tarde, gracias a la intervención, intercesión y tutela de Moisés, a su tiempo dio la talla y tuvo un final digno, como veremos más adelante.
En cuanto al problema de Moisés con el hablar, fue algo que muy pronto quedó superado. Al leer el relato de las plagas que se nos da en el libro del Éxodo, más de una vez hemos celebrado, con singular deleite, la forma en que el tardo en el hablar y torpe de lengua se dirige a Faraón.
Al proponerle éste que se fueran los israelitas con sus mujeres y niños, pero que dejasen a sus ovejas y vacas, le respondió:
“Nuestros ganados también irán con nosotros. No quedará uña ni pezuña; porque de ellos hemos de tomar para servir a Jehová.” (Éxodo 10: 24 y 26)
y en el siguiente encuentro con Faraón, en Éxodo 11:6-8 leemos:
“Y habrá gran clamor sobre la tierra de Egipto, cual nunca hubo ni habrá jamás.”
“Pero contra todos los hijos de Israel, desde el hombre hasta la bestia, ni un perro moverá la lengua, para que sepas que Jehová hace diferencia entre los egipcios y los israelitas”.
“Y descenderán a mí todos éstos tus siervos, e inclinados delante de mí dirán: Vete, tú y todo el pueblo que está debajo de ti, y después de esto yo saldré. Y salió muy enojada de la presencia de Faraón.”!!
Nos recreamos sobre manera, viendo semejante transformación – la forma en que se despacha ante Faraón sin la menor vacilación, y sin ambages ni rodeos, lleno de confianza y dominando totalmente la situación!
Más tarde, ese hablar suyo se iba a elevar a alturas maravillosas de sabiduría y entendimiento, reflejadas especialmente en el libro de Deuteronomio, cuando se acercaba al final de su trayectoria, en plena veteranía y madurez.
Todo esto constituye una demostración más de las maravillas que nuestro Dios puede forjar, valiéndose de vasos débiles – de los que no tienen, y no son, y nada pueden de por sí.
Finalmente, no se nos debe quedar en el tintero acotar que, generalmente, no es el que por naturaleza es más locuaz y de mucho hablar, el más indicado para el reino de Dios.

El largo relato en que, bajo la inspiración del Señor, Moisés es el principal protagonista, se extiende, como ya dijimos, desde el principio del libro del Éxodo hasta el final de Deuteronomio.
Muchas de sus páginas se encuentran salpicadas con incidencias y vicisitudes de las más variadas, en las cuales resaltan la gran fidelidad, humildad, altruismo, firmeza, abnegación y demás virtudes de este varón tan sobresaliente.
El resto del capítulo lo destinamos a desgranar una de sus muchas incidencias, que se nos narra en Números 12, acaecida, por lo que podemos deducir, en el segundo año de la salida de Egipto.
Tal vez el lector u oyente esté bien familiarizado con el contenido del capítulo; de lo contrario, hará bien en leerlo – es muy breve – para poder ubicarse debidamente, y poder seguirnos en el comentario que a continuación hacemos.
De forma esquematizada, lo presentamos a través del prisma de cuatro personajes, a saber, Aarón, María, Moisés y el Eterno Jehová.
Aarón.- A esta altura contaba con unos 85 años de edad, y lo podemos ver, figurativamente hablando, como un cristiano sin mayores raíces propias.
En efecto, mientras se hallaba en la presencia de Moisés, bajo la guía e influencia de él, hacía las cosas como correspondía.
No obstante, cuando Moisés no estaba presente, era arrastrado por otros para el mal.
Tal el caso lamentable y casi increíble de que se nos da cuenta en Éxodo 32.
Él, llamado a ser el primer sumo sacerdote del Dios altísimo, se denigra horrorosamente, con la bajeza de dar forma con un buril a un becerro de oro, y proclamar con el resto del pueblo:
“Israel, éstos son tus dioses que te sacaron de la tierra de Egipto.” (Éxodo 32: 4-5)
En el caso de Números 12 en que estamos, quien lo influenció para mal fue su hermana María, que era mayor que él. Los dos se pusieron a hablar en contra de Moisés a raíz de que el había tomado para sí una mujer cusita, es decir etíope.
Antes de seguir con el relato, nos detenemos para dedicar unos párrafos a la necesidad de que cada creyente busque arraigarse sólida y profundamente en su vida espiritual.
Pablo pedía esto a favor de los efesios y lo anhelaba también para los colosenses:
“…a fin de que,arraigados y cimentados en amor…” (Efesios 3:17)
“Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él: arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe.” (Colosense 2:6-7)
Se trata de que, por la búsqueda asidua y sincera del Señor en la oración, por alimentarse a diario y con avidez de Su palabra, y por la obediencia práctica en la vida cotidiana, y también por Su trato personal con cada uno, las raíces de la vida interior penetren profundamente.
Así, por así decirlo, se podrán extraer de las mismas entrañas de Cristo, y de la palabra de verdad, sales minerales y ricas sustancias, que habrán de nutrir y fortalecer en todo orden y sentido.
Uno se nutrirá también, desde luego, de la comunión con los verdaderos hermanos en la fe y de los ministerios que Él ponga a su disposición.
Sin embargo, no se habrá de depender primordialmente de ellos, sino de una relación personal con el Señor mismo, que será así correcta, sana y robusta.
Como ya anticipamos, más adelante hemos de ver cómo a la postre, Aarón dio la talla y llegó a un final muy digno.
Queden los párrafos precedentes como una importante exhortación a cada lector u oyente, a no quedarse en una carencia de raíces propias en su vida espiritual.
Interrumpimos aquí para continuar en la segunda parte.
F I N