Cuatro Cosas Inescrutables

Introducción

Iniciamos aquí un tema muy distinto, basado en las cuatro
veces en que aparece el vocablo inescrutable en las Escrituras.

Para ubicarnos bien desde un principio, en esta introducción comenzamos a citar las cuatro veces en que el vocablo aparece en las Escrituras.
Lo encontramos en el Salmo 145:3 en que se declara del Señor Jehová que Su grandeza es inescrutable. Lo mismo se afirma en cuanto a Sus obras en Job 5:9, a Sus caminos en Romanos 11:33, y a las riquezas del evangelio de Cristo en Efesios 3:8.
Nos tememos que muchas veces se tiene una idea aproximada de una palabra determinada, pero no se la comprende en todo su sentido y alcance. En un tomo que contiene antónimos y sinónimos, hemos hallado los siguientes vocablos, presentados como del mismo significado: incognoscible, impenetrable, indescifrable e insondable.
Con todo, al tratar de definir y explicar lo que resulta inescrutable, nos tomamos un atrevimiento muy grande: el de prescindir de toda definición y explicación dada por los diccionarios.
Antes de dar el por qué, nos apresuramos a aclarar que, a lo largo de nuestra vida, hemos hecho un buen uso de varios diccionarios, entre ellos el ilustrado de Sopena en su cuarta versión de 1930, el Usual de la lengua española de Larousse, y en alguna menor medida el de María Moliner y el de la Real Academia Española.
En inglés nos hemos valido del Chambers Twentieth Century y el combinado de Collins y Thesaurus entre otros, todos los cuales nos han servido de forma inestimable en nuestra modesta formación, tanto para la prédica oral, como por las obras que llevamos escritas.
Pero en el terreno particular que nos ocupa – lo inescrutable de un Dios, un Cristo y un Espíritu Santo de infinitud absoluta y eterna – se hace necesario echar mano de lo que nos dice y enseña la Biblia – el sagrado libro que se nos ha legado – y examinar en ella sus obras portentosas y maravillosas, Sus caminos insondables, Sus riquezas inescrutables.
Asimismo la fuente de la cual brotan todos ellos, es decir Su grandeza, también inescrutable e increíble, esto último como a su debido tiempo veremos, ampliamente ejemplificado.
Desde luego que no pretendemos hacerle plena justicia a toda esa grandeza. El mero hecho de que somos seres finitos y de recursos limitados, hace que nos resulte imposible describir cabalmente lo que es infinito e ilimitado.
Con todo, buscando humildemente la guía e inspiración de lo alto, procuraremos ir plasmando lo que hemos ido aprendiendo en el correr de no pocas décadas, para presentar nuestro pequeño cuadro – digámoslo así – de la grandeza y gloria sublime de nuestro incomparable Trino Dios y de Sus obras, caminos y riquezas.
El mismo se asemejará a una pequeña piedra o roca, en comparación y contraste con una gran montaña, cuyo pico elevadísimo allá en lontananza, apenas se logra divisar.
No obstante, confiamos en que el Señor en Su condescendiente gracia y caridad, se digne valer del mismo para nutrir, edificar y enriquecer la vida de aquéllos a cuyas manos haya de llegar el libro del cual hemos comenzado con esta introducción.
Finalmente, antes de adentrarnos en el vasto e inagotable tema que nos hemos propuesto, queremos dar un pequeño testimonio de lo bien que personalmente nos ha hecho y nos sigue haciendo, el saber que tenemos un Dios de semejante grandeza y perfección.
Además de sentirnos altamente agraciados y llenarnos de
gozo, nos comunica una seguridad y confianza absoluta, de
manera que podemos hacernos pleno eco de las palabras de

Pablo en Filipenses 1: 6 “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.”
De un Dios como el nuestro, no podemos ni debemos esperar nada menos que eso: un final precioso y perfecto.
——()—–­

Capítulo 1
Cosas grandes e inescrutables

La primera aparición de la palabra la encontramos en Job 5: 9, y con la misma se nos abre un abanico muy grande, para comenzar a considerar las obras inescrutables de nuestro gran Dios.
Se podría pensar en reflexionar y exponer primero sobre Su grandeza, para luego pasar a explorar Sus obras, caminos y las riquezas del evangelio de Cristo.
Sin embargo, preferimos seguir el orden inverso, pensando que esto nos capacitará más para tratar finalmente de describir, hasta donde nos sea posible, algo de Su grandeza y gloria inconmensurables.
La palabras citadas en la primera aparición del vocablo, brotaron de los labios de Elifaz temanita, uno de los tres supuestos consoladores de Job, que acudieron a apoyarlo al enterarse de su tremenda desdicha.
Al igual que los otro dos – Bildad suhita y Zophar naamatita, y también el joven Eliú, quien disertó largamente más tarde en el libro -pensaba que Job necesariamente debía haber cometido muchas fechorías y maldades, para que le sobrecogiera semejante calamidad y sufrimientos como los que estaba padeciendo.
Extraña y casi irónicamente, ellos tenían delante de sus ojos y de sus propias narices, un hecho que respondía con mucha precisión a lo dicho por Elifaz – cosas grandes e inescrutables – y no sólo no lo sabían ni entendían, sino que lo veían desde un punto de vista totalmente erróneo.
A mayor abundamiento, hemos oído de algunos que demuestran entender muy poco o nada de las cosas grandes e inescrutables del Altísimo, que afirman que el dolor y el sufrimiento que padeció se debieron a sus temores y falta de fe.
Citan entre otros el temor de que sus hijos podrían haber pecado (ver Job 1:5) y sobre todo sus palabras “porque el temor que me espantaba me ha venido, y me ha acontecido lo que yo temía.” (3:25)
Esta postura queda rotundamente desmentida por el hecho, en primer lugar, de que el mismo Señor se hacía responsable de haberlo arruinado sin causa. ( Ver 2:3)
Y por supuesto que la terminación del libro, confirma palpablemente que todo ese dolor no era la cosecha de una mala siembra de temor y falta de fe, sino de algo de un alcance mucho mayor y maravilloso.
Se trataba de un trato muy particular y especial, para con un hombre muy digno y de tal integridad, que el Señor podía decirle al mismo Satanás “¿No has considerado a mi siervo Job que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?”(Job 1:8)
Ese trato particular y especial suponía hacerlo pasar primero por la fragua del dolor, para luego sacarlo como a oro, puro y resplandeciente, y bendecido y enriquecido sobremanera.
Además de todo ello, toda la trama del libro y el desenlace final, nos aportan un caudal inestimable sobre muchísimas verdades, figurando prioritariamente la del camino de la cruz, que aparece tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, como un principio clave firmemente establecido por el Señor.
Resulta significativo que en todas las corrientes dudosas y
nuevos vientos de doctrinas que van surgiendo, este principio

fundamental, vivido, ejemplificado y proclamado por nuestro amado Señor Jesús, se encuentra totalmente ausente.
A algunos, bien les cabría el calificativo de “enemigos de la cruz de Cristo” que Pablo hace en Filipenses 3:18.
Estas cosas grandes e inescrutables, a menudo se relacionan y entrelazan en cierto modo, con una serie de versículos y pasajes paralelos que pasamos a citar a continuación.
“Ved ahora que yo, yo soy, y no hay dioses conmigo; yo hiero y yo sano, y no hay quien pueda librar de mi mano.” (Deuteronomio 32:39)
“Jehová mata y él da vida; él hace descender al Seol y hace subir.” (1a. Samuel 2:6)
“Porque él es quien hace la llaga y él la vendará; él hiere y sus manos curan.” (Job 5:18)
“El día que vendare Jehová la herida de su pueblo, y la llaga que él causó.” (Isaías 30:26)
“…porque como quien hiere un enemigo te herí, con azote de adversario cruel, a causa de la magnitud de tus maldades y de la multitud de tus pecados.””Mas yo haré venir sanidad para ti y sanaré tus heridas.” (Jeremías 30:14 y 17)
No pretendemos desmenuzar cada una de estas citas en atención a su contexto, y las circunstancias en que se pronunciaron, pues aparte de resultar muy extenso, supondría hasta cierto punto desviarnos del tema hilo conductor en que estamos.
En cambio, generalizando, vemos la verdad extraña, totalmente paradójica y casi contradictoria, de un Dios de amor que causa profunda herida a Su pueblo en general, en el caso de Isaías 30:26, y asimismo a hombres y mujeres a quienes ama entrañablemente.
De hecho, por cierto que lo es para aquéllos que están en el
proceso de padecer la dolorosa herida que se les ha causado.

No obstante, al madurar en la vida espiritual, y sobre todo al pasar a la etapa de la sanidad y restauración, se ven y se comprenden las cosas desde una óptica muy distinta.
Se pasa a entender que, espiritualmente hablando, antes que la vida tiene que venir la muerte; que antes que la exaltación tiene que venir la humillación o el abatimiento; y antes de la dicha de una verdadera sanidad, tiene que experimentarse el dolor de la herida.
Al mismo tiempo, no queremos caer en la estrechez de pensar que todos, absolutamente todos, deben seguir este camino.
El espectro de todo el consejo de Dios de que habla Pablo en Los Hechos 20:27 es muy amplio y variado.
Pablo por cierto que vivió y anduvo por esta senda, pero creemos que él, de ninguna forma insistiría en que todos necesariamente debían o deben hace lo propio.
Por ejemplo, tomemos el caso de Apolos, un digno siervo del Señor que tuvo la importante labor de regar la iglesia en Corinto. Aun cuando no se nos dan datos exhaustivos de su trayectoria, por lo que sabemos no tuvo que atravesar por el doloroso proceso que estamos comentando.
Creemos que la mejor forma de proseguir, será la de presentar ejemplos concretos tomados no sólo de las Escrituras, sino también de la experiencia práctica y aun contemporánea. Esto nos ayudará reflexionar sobre el tema y comprenderlo mejor.
FIN