Capítulo 8
Eliseo, el digno sucesor
Primera parte

El nombre Eliseo significa Salvación de Dios.
Al cruzarse Elías en su camino, por cierto que no estaba ocioso, sino dado a la tarea de arar con una yunta de bueyes junto a otras once, llevadas seguramente por trabajadores que estaban al servicio de su padre, quien entendemos que probablemente sería el propietario de una importante hacienda en Abel-Mehola.
Para arar debidamente es de suma importancia mantener la mirada fija hacia adelante, a fin de que el surco que se va abriendo salga bien recto, pues de lo contrario habrá desperdicio de terreno y otros inconvenientes.
En esto ya vemos una indicación profética de lo que iba a ser la trayectoria de Eliseo: de principio a fin una línea recta hacia adelante, sin la menor desviación ni a derecha ni a izquierda, y sin claudicaciones ni titubeos en ningún momento.
La duración exacta de su ministerio no se puede precisar, aunque sí se puede afirmar que fue de unas buenas décadas, considerando unos cincuenta años durante la dinastía de Jehú ( veintiocho años del reinado de éste, diecisiete del de su hijo Joacaz, y unos cinco de su nieto Joás, a lo cual hay que agregar los años transcurridos desde el ascenso de Elías al cielo en un torbellino, hasta el ungimiento de Jehú.
Si consideramos que cuando Elías dejó caer su manto sobre él tendría unos treinta años de edad, y desde entonces hasta que Elías fue alzado también deben haber corrido unos buenos años, tendríamos un total de unos cien años de vida, poco más o poco menos.
No se nos dice mucho de él en esos primeros años en que seguía a Elías sirviéndole. La versión del Rey Santiago en inglés nos dice en 2a. Reyes 3:11 que “…echaba agua en las manos de Elías,” seguramente para que éste pudiera lavarse las manos y beber.
Esto nos da un indicio de un aprendiz humilde, que prácticamente no hablaba, pero se fijaba en cada detalle de cómo vivía Elías, de la forma en que hablaba, y de las cosas que como auténtico siervo del Señor, hacía y decía, y por otra parte, de las que nunca hacía ni decía.
Llegado el día de la ascensión de Elías, Eliseo rompió ese silencio anterior, dando muestras de lo mucho bueno que había en su pecho y corazón.
“Aconteció que cuando quiso Jehová alzar a Elías en un torbellino al cielo, Elías venía con Eliseo de Gilgal2
“Y dijo Elías a Eliseo, quédate aquí, porque Jehová me ha enviado a Betel. Y Eliseo dijo: vive Jehová y vive tu alma que no te dejaré. Descendieron pues a Betel” (2a. Reyes 2:1-2)
Lo mismo sucedió cuando Elías se disponía a seguir de Betel a Jericó, y por tercera vez, cuando iba a continuar de Jericó al Jordán.
Sabía muy bien que no era el día en que debía detenerse ni quedarse atrás; tenía que seguir a su maestro hasta el último momento. El no hacerlo, significaría quedarse en un vacío y sin la bendición de Dios.
Su férrea determinación era una de esas cualidades de quien lo tiene bien claro que para él hay un solo camino, y una sola meta: la de abrazar de lleno el llamamiento celestial, santo y sagrado.
Tanto en Betel como en Jericó, los hijos de los profetas que estaban allí le dijeron:
“¿Sabes que Jehová te quitará hoy a ti tu Señor de sobre ti?” (2a. Reyes 2:3 y 5)
Era como si se compadecieran de él, pensando qué sería de él sin su señor y su maestro.
Con su respuesta sabia y lacónica – “Sí, yo lo sé; callad” daba a entender que no era hora de comentarios ni de conjeturas, sino de callar. Pero a poco, llegado el momento supremo de la partida de Elías, entonces sí que iba a hablar, y de qué forma!
Pero no nos adelantemos.
Con cincuenta de los varones hijos de los profetas situados a lo lejos contemplándolos, Elías y Eliseo se pararon junto al Jordán.
Algo trascendental y sumamente excepcional está a punto de suceder, con reminiscencias de dos grandes ocasiones anteriores: Moisés en el cruce del Mar Rojo, y Josué en el cruce del Jordán.
Ahora era como si Elías vislumbrase la necesidad de un cruce del Jordán, que tenía que ser doble – de Oeste a Este primero, con él llevando la iniciativa, como el simbolismo de una muerte que no iba a ocurrir, y de Este a Oeste luego, en el que Eliseo retornaría con la aureola de una gloriosa unción.
Posiblemente, no todo esto entraba dentro de sus cálculos, pero con toda resolución dobló su manto y golpeó las aguas, “…las cuales se apartaron a uno y otro lado, y pasaron ambos por lo seco.” (2a. Reyes 2: 6-8)
Estando ya del otro lado y con una disposición condescendiente y bondadosa para con el aprendiz humilde que lo había seguido fielmente por unos buenos años, Elías le dijo:
“Pide lo que quieras que yo haga por ti, antes que yo sea quitado de ti.”
Tal vez pensaba que podía dispensarle una pequeña gracia o favor en ese momento final de la despedida.
Fue entonces, en ese punto álgido y determinante, que el calvito tan humilde y parco en el hablar, abrió su boca bien grande par despacharse con un insólito pedido.
“Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí.”
No gran prosperidad económica, ni una vivienda de lujo con cuanto quisiera a su alcance, ni tampoco una mujer guapa y servicial que fuese la esposa ideal para él.
Evidentemente, Eliseo no sabía ni quería saber nada de esas cosas, y en cambio había algo que para él era pioritario y superlativo: la preciosa y sagrada unción del Espíritu Santo.
La anhelaba tanto, que tener la medida amplia en que se había desplegado en la vida de Elías no le bastaba, y quería otro tanto por añadidura!
Ante semejante pedido, tomado por sorpresa y algo perplejo, Elías le respondió:
·”Cosa difícil has pedido. Si me vieres cuando fuere quitado de ti, te será hecho; mas si no, no.”(2:10)
Como buen profeta, Elías entendía bien el principio que Pablo nos da en Romanos 12 3 y 6, basado en la medida de la fe, según la gracia que nos es dada a cada uno.
En su respuesta era como si le dijese: “Yo mido un metro y tú me estás pidiendo dos – no está en mí dártelo; habrá que ver si Dios, que es el único que puede hacerlo, dispone que así sea.”
Muy poco después, un carro de fuego con caballos de fuego apartó al uno del otro, y Elías subió a las alturas en un torbellino.
La señal que había estipulado Elías quedó plenamente confirmada, pues Eliseo lo vio en esos momentos postreros. Y al saber que ya no lo vería más clamaba con dolor, y tal vez también con angustia:
“Padre mío, Padre mío, carro de Israel y su gente de a caballo!” después de lo cual no lo vio más.
Debemos detenernos un poco para reflexionar sobre lo que habría sido para Eliseo esa separación, ese sentir que Elías no no estaría más para seguir aprendiendo de él, ni para apoyarse en él y la presencia divina que tanto irradiaba.
Era como si la manifestación del Señor, viva y poderosa, se había marchado y había quedado un vacío enorme.
¿Qué sería de él, y qué sería de Israel, sin que estuviera Elías?
Sin duda, se trataba de unos momentos supremos y cruciales – un sentirse desamparado y sólo le quedaba una cosa: clamar y echar mano del Dios de Elías, que, bendita bienaventuranza! – Él no se había marchado!
Los vestidos de Elías quedaron atrás, como quien deja unas vestimentas que le ha sido necesario llevar por unos años de peregrinación terrenal, pero que ahora ya no las necesitaba, pues había pasado a estar revestido de gloria.
Tomando esos vestidos Eliseo los partió en dos, pero de lo que se preocupó fue del manto que se había caído. Seguramente que era el mismo que Elías había echado sobre él años atrás, en esa ocasión memorable de su llamamiento.
Tomándolo firmemente en sus manos se situó a la orilla del Jordán, y con la determinación de quien se juega la carta única y suprema que le queda, golpea las aguas y exclama:
“¿Dónde está Jehová, el Dios de Elías?
La respuesta a su pregunta fue instantánea y categórica. Ahí mismo, en ese lugar en que se encontraba – allí estaba, para abrirle paso, apartando las aguas a uno y otro lado, para que él pasase en seco de Este a Oeste, en un retorno feliz y triunfante.
Elías ya no estaba, pero el Dios de Elías por cierto que estaba – en Él “ no hay mudanza ni sombra de variación” tal como se nos dice en Santiago 1:17.
Los hijos de los profetas, que habían estado en Jericó, sobre la orilla y con la mirada fija en todo lo que estaba aconteciendo, al verlo regresar de esa forma, cayeron en la cuenta de que el espíritu de Elías reposaba sobre él.
La actitud de ellos cambió desde entonces y vinieron a recibirle y se postraron delante de él.
No obstante, tuvieron la tonta y descabellada idea de que había que enviar cincuenta hombres para buscar a Elías, pensando que quizá el Espíritu de Jehová lo había levantado y echado en algún monte o valle!
Hasta qué punto se puede llegar a ser ridículo y necio en la comprensión y apreciación de la persona del Espíritu de Dios – como si fuera capaz de hacer semejante cosa.
La primera reacción de Eliseo fue “NO ENVIÉIS” pero lo importunaron de tal forma que terminó por consentir. Así fueron y estuvieron tres días buscándolo sin hallarlo.
Cuánta pérdida de tiempo, inútil e innecesaria, puede resultar por no seguir el buen consejo de un siervo de Dios, y en este caso, aun de la lógica y el sentido común.
A partir de esta coyuntura comienza el ministerio de Eliseo propiamente dicho, pero antes de pasar a comentarlo, hemos de reiterar la importancia de todo el largo proceso preparatorio anterior.
Esto es algo que no siempre se comprende bien, y con falta de discernimiento, a veces se puede pensar equivocadamente que sirviendo a Dios, se ha de pasar pronto al éxito y a la fama.

El simbolismo de algunos de sus milagros.

Algo que resalta en la carrera ulterior de Eliseo es el gran número de milagros que el Señor hizo a través de Él, y con la particularidad de que no pocos de ellos se prestan como símbolos de importantes verdades de la vida cristiana.
También debe señalarse que surgieron con motivo de necesidades urgentes de quienes acudieron a él en busca de ayuda. Aunque muy variados y distintos unos de otros, todos tenían el común denominador de necesidades apremiantes.
Un índice muy claro de la autoridad y gracia que el Señor le había acordado, lo da el hecho de que ninguno de los muchos que acudieron a él quedó defraudado – un reflejo pequeño, pero muy digno, de lo que fue el Señor Jesucristo en Su vida terrenal.
A continuación tomamos algunos de sus milagros.

Las aguas malsanas de Jericó.-
Comenzamos por el primero que se debió a las aguas malsanas de Jericó y las tierras estériles a que ellas daban lugar.
Esto se debería seguramente a la maldición que pesaba sobre esa ciudad desde los días de Josué. (Ver Josué 6:2 6 y 1a. Reyes 16:34)
La forma en que Eliseo enfrentó esta situación fue por demás significativa.
“Traedme una vasija nueva y poned en ella sal” les dijo.
De inmediato se encaminó a los manantiales de las aguas, echó en ellas la sal, y con toda la autoridad de que ahora estaba revestido dijo:
“Así ha dicho Jehová; Yo sané estas aguas y no habrá en ellas muerte ni enfermedad.” (2a. Reyes 2:21)
Qué preciosa descripción simbólica!
El vaso nuevo nos habla del nuevo corazón, o la nueva criatura en Cristo; la sal, de la gracia del Espíritu, que purifica y nos transforma en hombres y mujeres distintos.
Esa sal no la echó en la tierra estéril, sino que subió al punto preciso de donde manaban las aguas y allí echó sal, proclamando su acción benéfica que puso fin a la muerte y la enfermedad, y también la maldición que había pasado sobre el lugar por unos buenos siglos.
“Sobre toda cosa guardada guarda tu corazón, porque de él mana la vida.” (Proverbios 4:23)
El corazón es el manadero o manantial de donde brotan nuestros pensamientos, motivaciones y acciones.
En esa situación en que se encontraba Jericó, por más que se echase buena semilla en la tierra, no podía haber fruto ni cosecha debido a las aguas malsanas.
Igualmente, una vida con un corazón contaminado no puede dar buen fruto, real y duradero, para Dios. Se hace necesario que Jesucristo, el mediador del nuevo pacto, eche en el mismo un puñado bien grande de la sal de Su gracia redentora, vivificadora y purificadora, respaldada por Su firme promesa:
“Quitaré el corazón de piedra”…” y os daré corazón nuevo, y haré que andéis en mis estatutos,y guardéis mis preceptos.” (Ezequiel 36.26-27)
A buen entendedor pocas palabras bastan, dice el adagio. Que el lector u oyente sea uno de ellos.

Vasijas vacías no pocas.-

El siguiente milagro que comentamos es el de una viuda y sus dos hijos. Había quedado endeudada y los acreedores la apremiaban, queriendo tomar a sus dos hijos por siervos, ya que no contaba con medios para saldar la deuda.
Al acudir a Eliseo en busca de socorro, el profeta le preguntó qué tenía en su casa. La respuesta fue:
“Tu sierva ninguna cosas tiene en su casa, sino una vasija de aceite.”
Él le dijo:
“Vé y pide para ti vasijas vacías, no pocas. Entra luego y enciérrate tú y tus hijos, y echa en todas las vasijas, y cuando una esté llena ponla aparte.” (2a. Reyes 4:2-4)
Vasijas vacías! Si deseamos una plenitud, debemos presentar un vacío, es decir el mismo principio que ya vimos en el caso de Elías y la viuda de Sarepta, aunque aquí aparece de forma distinta.
No pocas! En el momento de la necesidad y de la fe no debemos quedarnos cortos.
Imaginemos con qué avidez habrán ido los hijos a buscar vasijas vacías, y cómo las habrán amontonado en la casa; con qué deleite le traerían a la madre una tras otra, viendo cómo el aceite que ella iba echando no se agotaba, hasta que le trajeron la última que quedaba.
Otro caso deleitoso y conmovedor en que se manifiesta la misericordia de Dios para con los oprimidos y necesitados, y Sus recursos ilimitados para solventar sus carencias.
Completada la operación, la viuda vino a Eliseo, quien le dijo
“Vé y vende el aceite, y paga a tus acreedores, y tú y tus hijos vivid de lo que queda.” (2a. Reyes 4:7)
Hermosa alegoría de nuestra redención. La deuda que jamás podríamos pagar, totalmente cubierta y cancelada por lo que Dios ha provisto para nosotros. Quedamos así exentos de deudas y dignificados, y todavía nos resta un rico caudal de gracia para que podamos vivir – nosotros y nuestros seres queridos – vivir de veras, y vivir la vida en abundancia.
No hay otro dios que pueda hacer semejante cosa para con los pobres en espíritu y necesitados de Su auxilio.
Que sepamos acercarnos a Él con esa actitud, para así recibir abundantemente de Sus inagotables riquezas en gloria en Cristo Jesús.

Haciendo uso del televisor interno.-

Como bien sabemos, nuestro cuerpo humano, con toda su vasta complejidad, es una pieza maravillosa de la creación, lo cual de por sí nos habla de muchas formas de la grandeza y omnisciencia del Ser Supremo y Creador.
Una de sus muchas maravillas es que nuestro organismo está dotado de un mecanismo de televisión interna, el cual nos permite la visualización con nuestra mente de escenas o acontecimientos, a medida que se nos narran o las vamos leyendo.
Lamentablemente, el pasarse demasiado tiempo viendo programas de televisión, o bien bajando imágenes de Internet, tiende a crear una atrofia perjudicial, que a menudo redunda contra el cultivo de la lectura.
No recordamos bien qué personaje célebre es el que afirmó con mucha razón y acierto:
“Si oigo decir de alguien, que tiene el hábito de la buena lectura, estoy predispuesto a pensar bien de él.”
Para muchos este hábito de la lectura ha quedado atrás, reemplazado casi siempre por los diversos medios y ayudas visuales tan en boga hoy día.
Por nuestra parte, si bien estando de visita en hogares de hermanos, de tanto en tanto nos sentamos para acompañarlos con el fin de ver un telediario y así enterarnos de los que está sucediendo, siempre hemos optado por prescindir del televisor en nuestro propio hogar.
No lo hacemos por fanatismo, sino porque generalmente estamos tan ocupados que no tendríamos tiempo para sentarnos y mirar películas, o programas, muchos de los cuales, por otra parte, no son verdaderamente edificantes ni provechosos.
Quizá sea por eso que, leyendo con frecuencia las hermosas y aleccionadoras narraciones bíblicas, solemos dar rienda suelta a nuestra imaginación, visualizando las escenas en sí, o bien la probable secuela posterior.
En el caso de Eliseo y la viuda y sus dos hijos que acabamos de comentar, se nos ocurre pensar lo que habrá acontecido al proceder ella a hacer lo que le había indicado Eliseo al final del relato.
Para atraer compradores, muy probablemente se lo ofrecería a un precio inferior al cobrado en las tiendas. La calidad del aceite – lo llamarían marca MILAGRO – sería óptima desde luego, y casi seguramente que los primeros compradores habrán empezado a decir a sus vecinos, que esta querida viuda y sus hijos estaban ofreciendo aceite de primerísima calidad y a precio rebajado.
A poco, se formaría una cola para adquirirlo, lo que traería pingües ganancias.
Bien pronto habrá ido a sus acreedores que la habían apremiado anteriormente, para saldar todas sus cuentas al contado rabioso, ante el asombro de ellos.
Posteriormente, el vecindario notaría como algo curios y llamativo la forma en que ella y sus hijos vestirían.
No nos aventuramos a decir que sería con ropa y calzado de lujo, puesto que eso podría ser una exageración, pero seguramente lo harían con dignidad y buen gusto.
Así, de ahí en más, las deudas y la pobreza pasaron a la historia, y pudieron vivir desahogada y decorosamente.
Esta consecuencia final no es por cierto un mero giro de nuestra imaginación. De hecho, son muchísimas las personas que al venir al Señor cargadas y abrumadas por el quebranto y la necesidad, no sólo han encontrado en Él perdón, paz y libertad para sus almas, sino, como un producto derivado de una salvación tan grande, el dejar atrás la indigencia para pasar a vivir sin estrechez y con dignidad
Interrumpimos aquí para continuar en la 2a. Parte.

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