Esdras y Nehemías, dos varones de verdad,

unidos en la misma gran causa común.

 

Quinta parte

 

Después de cincuenta y dos días de lucha sin cuartel, por fin se termina la obra y la batalla culmina con una gran victoria, y con este sello glorioso:

“Fue terminado pues el muro… en cincuenta y dos días.”

 “ Y cuando lo oyeron todos nuestros enemigos temieron todas las naciones que estaban alrededor de nosotros y se sintieron humillados y conocieron que por Dios había sido hecha esta obra.” (6:15-16)

Toda esa esforzada labor coronada con un éxito absoluto y el nombre y testimonio del Señor levantado bien en alto, en medio de todas las naciones vecinas. Bien valieron la pena el arduo trabajo y los muchos sacrificios  realizados para alcanzar este fin tan altamente satisfactorio.

A pesar de esto, a Nehemías  le tocó seguir enfrentando situaciones e intriga y presiones desde adentro y por fuera, como así también la desobediencia y mala conducta de algunos, aun de entre su mismo pueblo y del mismo sacerdocio.

La firmeza y fidelidad con que lo afrontó y sobrellevó todo hasta el final son en realidad ejemplares.

Pero dejamos eso, dándonos por satisfechos con todo lo visto hasta ahora sobre ese aspecto, y pasamos a otras partes del relato, igualmente llenas de muy rico contenido.

 

Esdras reaparece en escena.

 

En una parte anterior vimos la participación de Esdras hasta el final del libro que lleva su nombre, para solucionar el grave problema que había surgido al mezclarse muchos en matrimonio con mujeres paganas.

De ahí en adelante, siguiendo la crónica bíblica, hemos estado considerando la actuación de Nehemías, sobre todo en la reedificación del muro.

Ahora emerge Esdras otra  vez en el relato, estrechamente unido con Nehemías y los demás varones principales, en una etapa nueva después de concluida la muralla.

Seguramente, por una providencial intervención divina, según nos narra el relato, el pueblo entero se reúne en la más estrecha unidad, y formula al escriba Esdras el pedido de que traigan el libro de la ley de Moisés dada por Dios para Su pueblo.

Una petición singular y realmente maravillosa. Indudablemente, se habían dado cuenta de que buena parte de la causa de la desobediencia y el apartamiento anterior de los caminos del Señor,  había sido por el descuido

y abandono de ese libro sagrado y principalísimo, cuyos preceptos y exhortaciones debían haber tenido presente en todo tiempo.

Ahora, congregados como un solo hombre, quieren que se les traiga, lea y explique.  El lugar en que están – la plaza que está enfrente de la puerta de las Aguas – refuerza en nuestra mente la idea de que tenían sed de ea palabra santa  que debía ser luz y guía para sus vidas.

Recordamos como unos buenos años antes Esdras había preparado con diligencia su corazón para inquirir esa ley de Dios, y para cumplirla  y enseñarla. (Esdras 7:10)

Los molinos de Dios suelen moler con lentitud, pero de forma segura e inexorable para el logro de Sus propósitos. Años atrás, según vimos, siendo todavía muy joven, mientras otros hacían mil cosas distintas, Esdras dedicaba cada día horas y horas a considerar, leer, releer y examinar ese libro sin igual. Para muchos puede haber parecido un exceso.

  “Sí, leerlo un poco cada día está bien. Pero de esa forma obsesiva y exclusiva, cuando hay tantas cosas igualmente atractivas e interesantes que también podría hacer y disfrutar en la vida…”

Así piensa la mente carnal, midiendo y juzgando las cosas según los cortos y estrechos parámetros de la comprensión normal y corriente. En cambio, el varón que ha recibido de lo alto el llamado a darse por entero y por encima de todas las cosas al libro que es sobre todo libro, no puede de ninguna forma ver las cosas con ese enfoque. Para él ese libro ha de ser su deleite y su fuente de vida e inspiración diaria, y dejarlo de lado sería apagar una luz que ilumina su alma, y secar una vertiente cristalina que refresca y renueva su ser.

Esos años de la siembra generosa que hizo Esdras al darse de lleno a su vocación, ahora encuentran una cristalización, que les dan sentido y razón de ser: un pueblo necesitado y que desea que se les lea y explique la ley, y para hacerlo nadie más indicado que él.

La forma en que discurrieron las cosas es por demás significativa. Leyó en el libro delante de la plaza frente a la puerta de las Aguas desde el alba hasta el mediodía. Lo hizo ante hombres y mujeres y de todos los que podían entender, y los oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro de la ley. (8:3)

Cuando Dios obra en los Suyos para restaurarlos madrugan para buscarlo, y el libro que había sido abandonado vuelve a ocupar su debido lugar, y se lo lee y escudriña con atención y avidez.

“Abrió , pues , Esdras el libro a ojos de todo el pueblo, porque estaba más alto que todo el pueblo, y cuando lo abrió, todo el pueblo estuvo atento.”

“Bendijo entonces Esdras a Jehová, Dios grande, y todo el pueblo respondió  Amén! Amén! alzando sus manos y se humillaron y adoraron a Jehová inclinados a tierra.“ (8: 5 y 6)

Abrir ante el pueblo el libro que estaba cerrado y presentar sus verdades y sus tesoros. Qué privilegio y qué honor!

Para ello,  el siervo de Dios indudablemente tiene que estar más alto que todo el pueblo, como estaba situado Esdras físicamente. Esto es una representación vívida de lo que debe ser su vida interior: ubicada en un nivel más alto que la de los demás – aunque desde luego sin ninguna altivez –  para así poder inspirarlos a seguir su ejemplo y escalar posiciones.

Sin embargo, no era Esdras el único que hacía esa labor. Un buen número de levitas también lo hacían, seguramente por tratarse de una concurrencia tan numerosa y también por ser algo que duraba desde el alba hasta el mediodía.

“Hacían entender al pueblo la ley; y el pueblo estaba atento en su lugar.”

  “Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura.” (8: 7 y 8)

Esto nos da conceptos muy sencillos y básicos de lo que es la sana y sabia exposición de las Escrituras. Se las debe leer con toda claridad, sin prisa, y con el acento grave y reverente que se merecen, y en voz alta, con pronunciación correcta de cada palabra, para que todos puedan oír sin dificultad. Luego se debe poner el sentido, explicándolo de forma comprensible para todos, de modo que nadie quede en dudas en cuanto a su significado.

La lectura y exposición de la palabra de esta forma hizo que el pueblo llorase al escucharla, contristado seguramente al tomar conciencia de cuán desobedientes habían sido, y cómo la habían desatendido y puesto a sus espaldas por años y años, muchos tal vez por toda su vida.

Fue entonces que los levitas, Esdras y el mismo gobernador Nehemías – muy presente en todo esto – pasaron a alentar al pueblo, exhortándoles con las muy conocidas palabras del final del versículo 10:

“…porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza.”

Así la tristeza se convirtió en regocijo y el pueblo fue a comer y a obsequiar porciones a los que no tenían, “y a gozar de grande alegría, porque habían entendido las palabras que les habían sido enseñadas (8:12)

Cuando la palabra es bien trazada y ministrada, habiendo corazones correctamente dispuestos, es de esperar que se den, entre otros, estos cuatro buenos resultados:

1) Redargüirnos de nuestras faltas y pecados.

2) Esclarecer las cosas y hacernos saber el camino a seguir.

3) Traernos grande alegría.

4) Darnos un saludable apetito por seguir escuchándola.

Esto último lo vemos en el versículo siguiente ( 8:13) en el que se nos dice que al día siguiente los cabezas de familia de todo el pueblo, los sacerdotes y levitas se volvieron a reunir con Esdras para entender las palabras de la ley. Las largas horas del día anterior, escuchando la lectura y la explicación no les habían bastado. Todavía querían más!

Considerando que todo esto sucedió en el contexto del Antiguo Testamento, en una dispensación inferior a la actual en que estamos, creemos que debería hacernos sentir avergonzados. Tenemos un pacto mucho mejor, basado en un mejor ministerio y en mejores promesas (Hebreos 8: 6) y sin embargo, tantas veces, por nuestra propia mediocridad y apatía, distamos mucho, muchísimo, de alcanzar esos niveles que a veces se daban en el pueblo del viejo pacto!

 

La fiesta de los tabernáculos.-

 

En esa loable inquietud de inquirir en la palabra y ponerse a tono con ella, se encontraron ahora con el mandamiento de guardar la fiesta de los tabernáculos, también llamada a veces la fiesta de las cabañas, o de las enramadas. La misma debía celebrarse por siete días contados a partir del quince del mes séptimo, y no se la había guardado por mucho tiempo.

Debían toma ramas con fruto de árboles hermosos para hacer tabernáculos, de sauces de los arroyos, olivos, arrayanes y palmeras y todo árbol frondoso,  para hacer tabernáculos,  lo cual hicieron levantándolos en sus propios patios y terrados, como así también en las plazas y en el mismo patio de lo que entonces era la casa de Dios.

La palabra tabernáculo en el original hebreo significa tienda. El propósito de esta festividad tan particular y especial era rememorar el hecho de que sus antepasados, después de salir de Egipto, habían morado en tiendas en su larga peregrinación por el desierto, que después de cuarenta años los llevó a la tierra de Canaán. (Levítico 23: 42-43)

Esa peregrinación había sido todo un milagro de la protección y provisión  divina. Sus vestidos no se habían envejecido, ni sus pies se habían hinchado; la columna de nube de día y de fuego de noche, en representación visible de la presencia de Dios, nunca se había apartado de ellos; el maná caía del cielo y de la roca manaban copiosamente aguas frescas y cristalinas para ellos y su ganado; cada noche dormían en tiendas en lugares por demás variados de lo que en gran parte era un horrible desierto, llenos de serpientes, escorpiones y otros peligros que los acechaban, incluso el de contraer enfermedades propias de semejantes condiciones. En medio de todo y en todo, esa mano diestra, poderosa y amante del maravilloso Jehová los había guardado, para llevarlos finalmente a cruzar el Jordán y entrar en la tierra prometida.

Vaya si tenían razón para recordar y celebrar con gratitud tierna y temblorosa toda esa maravilla!

Y esta fiesta también tenía el propósito de hacerles regocijar delante de su Dios por siete días. (Levítico 23:40) Al celebrarla otra vez después de tantos años …hubo alegría muy grande.”

¿Por qué?

Por las dos simples razones de que recordar los infinitos cuidados y  mercedes del Señor de forma tan vívida y expresiva y hacerlo con la bendita sencillez de la obediencia – “nuestro Dios nos ha dicho que lo hagamos” – nada más ni nada menos – sólo podía traerles un resultado: gozarse con la más íntima satisfacción.

¿Cuál era esa íntima satisfacción? La de saber que tenían un Dios incomparable  y que con candor y amor estaban haciendo lo que a Él le agradaba. Eso también era y es restauración, en un plano básico, pero igualmente precioso y entrañable.

Pensar que por años y años se habían privado, por su propia desobediencia, de esa fiesta tan espléndida – siete días de inmensa alegría, gozándose a más no poder. Lo que se habían perdido y lo que también muchas veces nos perdemos nosotros!

De manera que, a meternos en espíritu debajo de ramas frondosas, en tabernáculos de festiva recordación de las inmensas bondades del Señor! Y así, desterrados y dejados atrás los malos recuerdos, dudas, temores o rencores, a amar y gozarnos!

Como sus hijos restaurados y altamente agraciados, a pesar de nuestras luchas y problemas, no podemos sino saber con legítimo orgullo que somos la gente más feliz y dichosa de toda la tierra. Amén.

Durante cada uno de esos siete días, uno de los eventos más importantes fue la lectura de la palabra a oídos de todos, y que estaba a cargo del sacerdote Esdras, que sin duda merecía cumplidamente el elocuente calificativo de escriba docto usado siglos después por el Señor Jesús. (Mateo 13:52)

La lectura previa a que ya nos referimos anteriormente, les había prendado el corazón, llegando a gozar de grande alegría porque habían entendido las palabras que les habían enseñado. (8:12) Comprobaron así cuán cierta era la afirmación de David en el Salmo19:8:-

“Los mandamientos de Jehová son rectos que alegran el corazón.”

Podemos pues fundadamente afirmar que, asistir a la lectura de la palabra por esos siete días no les resultaba aburrido ni pesado, antes bien lo hacían con mucho gusto, de muy buen grado, y con toda reverencia y suma atención.

Si ellos podían, naturalmente con la gracia y ayuda de lo alto, vivir y experimentar esto en cuanto al libro de la ley del régimen del Antiguo Testamento, seguramente cabe que nos hagamos esta sana reflexión:

Cuánto mayor debería ser nuestro alborozo y deleite, atención y tierna reverencia, al ser nosotros los beneficiarios de las glorias mucho mayores, heredadas en el Nuevo Pacto en que estamos, sellado con la sangre del Santo Cordero de Dios!

Como quien toma la lupa para ver con toda claridad y que no se les escape el más mínimo detalle, así deberíamos escudriñar con toda avidez este tesoro de libro que es la Santa Biblia. Y así se nos llenaría el corazón de gran alegría al redescubrir con frescura y fragancia cosas viejas que hemos conocido, tal vez por muchos años, pero que ahora vendrán a nuestro espíritu más grandes y hermosas que nunca.

No sólo eso, sino que también descubriremos cosas nuevas que nunca habíamos visto antes – vivas y deleitosas. Y el cofre de nuestro corazón sería el bendito depositario de riquezas celestiales y eternas, ésas que sí que vale la pena buscar, guardar y atesorar para, a su tiempo, transmitir a otros.

Querido hermano o hermana que estás leyendo estas páginas, que esto sea un desafío para tomar la Biblia como nunca antes. Ruégale al Señor que por Su Espíritu Él te dirija en su lectura. Con hambre y sencillez de niño, léela, estúdiala, cómela, bébela y llénate de ella. Te colmará de alegría, transformando y enriqueciendo tu vida. Así serás de veras un hombre – una mujer – de la santa palabra de Dios.

Esto también es restauración. Pero como dijimos anteriormente, no de la normal y corriente, sino SEGÚN DIOS – es decir no solamente devolviéndonos lo perdido, sino también dándonos mucho, muchísimo más.

 

Oración de arrepentimiento y firma del pacto.-

 

La fiesta de los tabernáculos, de duración de siete días, como ya dijimos, finalizó como debía el veintidós del mes séptimo y fue seguida al día siguiente por la solemne asamblea prescripta en Número 29: 35.

En ese día no debía efectuarse ningún trabajo servil, que en términos prácticos significaba que no debía hacerse nada que no fuese estrictamente imprescindible.

Al día siguiente – el vigésimo cuarto – sin demora ni la menor pérdida de tiempo, se volvió a reunir todo el pueblo con ayuno, habiéndose echado cilicio y tierra sobre sí mismos en señal de cumplida contrición y arrepentimiento. Una cuarta parte del día fue dedicado a oír de pie la lectura del libro de la ley divina, y otra parte a confesar sus pecados y adorar a Jehová su Dios. (9:3)

Debemos detenernos aquí para sopesar bien lo que estamos leyendo, pues de otro modo se nos pasarían por alto la magnitud y envergadura de ese retorno al Señor que estaba viviendo el remanente de Su pueblo.

No se trataba meramente de un grupo de los más destacados y consagrados. Por cierto que incluía a los hombres de vanguardia, como así también a los sacerdotes, levitas, porteros, cantores y sirvientes del templo. También estaban los que se habían apartado de la mezcla con los paganos, acompañados por sus mujeres, hijos e hijas – en fin todos los que tenían uso de razón.

Tampoco era algo de una o dos horas, o tal vez de un par de días por semana. Llevaban días y más días congregándose en estrecha unidad por horas y horas, reduciéndose la actividad cotidiana normal al mínimo estrictamente indispensable . Había que arreglar las cuentas pendientes con Dios y retomar la senda de la plena obediencia y fidelidad, y a esto se estaban dando de lleno y como un solo hombre, y dejando de lado todo lo demás.

Cuánto necesita la iglesia en general, y cada uno de nosotros en particular, experimentar de forma real y profunda algo de ese calibre! Gracias a Dios por las manifestaciones de Su gracia, salvación y bendición que se están dando en muchas partes del mundo en estos tiempos. Sin embargo, creemos que en el terreno de un buscarlo con integridad y anhelo santo, y hambre y sed insaciables, dejando atrás todo lo demás, todavía tenemos mucho, muchísimo que andar y aprender.  

Antes de proseguir, hacemos un paréntesis para elevar una oración que nos brota al escribir estas palabras.

Señor, ayúdanos a sentir vergüenza y verdadera tristeza por el desgano y el materialismo que tantas veces hemos permitido que se infiltre en nuestras vidas. Nos han hecho malgastar el tiempo y las fuerzas en lo que no ha sido de provecho y nos ha impedido ser el ejemplo y el testimonio que debiéramos haber sido para otros.”

  “Danos sabiduría de lo alto, y haciéndonos de tal propósito de corazón, que nuestra meta constante sea en cada día que nos resta de vida, el vivir en Tu plena voluntad y a la luz de los valores eternos. Amén.”

 

Y continuamos ahora con el progreso y la culminación de  lo que venimos viendo. Ese día vigésimocuarto, después de todo lo ya señalado, un grupo de levitas principales se levantó sobre la grada, y en voz alta clamaron exteriorizando bendición y honor al Señor y a Su glorioso nombre.

A partir de ahí, en representación de toda la asamblea, elevaron una larga y sentida plegaria que encontramos consignada del versículo 5 al 38 del capítulo 9 en que nos encontramos. Se recomienda su lectura y estudio cuidadoso.

Resumidamente, consiste en una recapitulación breve y condensada de la historia del pueblo de Israel desde el llamamiento del Señor a Abraham. En la misma se contrastan la grandeza, sabiduría, poder y misericordia de Jehová, el Dios de ellos, con la desobediencia, infidelidad y rebeldía crónicas de sus padres, a pesar de las muchas amonestaciones y llamados al arrepentimiento que Él les había hecho a través de sus siervos y profetas.

Finalmente desemboca en los muchos sufrimientos que esto les había traído como nación, al punto que en ese entonces, debiendo ser libres y disfrutar del fruto de la tierra espaciosa y fértil que se les había dado por herencia, eran en realidad siervos y estaban subyugados por reyes que se habían puesto sobre ellos por sus pecados. Por todo eso se encontraban en grave angustia y culminaron su oración con una fiel promesa, a ratificarse por escrito y firmarse por los príncipes, sacerdotes y levitas, de que desde ese día andarían en la más cumplida obediencia y fidelidad al Señor.

En total se nos dan los nombres de ochenta y cuatro varones que firmaron, a lo cual se agregó el asentimiento de todo el resto el pueblo, que como ya vimos estaba reunido en absoluta identificación todo ese día, tal vez el más solemne de todos.

Todo esto nos da mucho que pensar.

 

El valor del escarmiento.-

La primera reflexión que hacemos – y nos limitaremos  a solamente tres – es el lugar que casi siempre parecen ocupar como preludio de retornos al Señor reales y en profundidad, el sufrimiento y la angustia. Bajo la influencia del Espíritu Santo, producen el escarmiento tan saludable que arranca de lo más hondo del fuero interno anhelos intensos y de la máxima sinceridad, por encontrar otra vez a Dios y Su camino de la forma más absoluta.

La solicitud, oración y búsqueda a las cuales nos mueven se hacen tales, que en la mayoría de los casos diríamos que nunca las alcanzaríamos en semejante nivel estando en condiciones normales, libres de agobios y dolores.

Así el castigo correctivo que recibimos por nuestras faltas y desviaciones sobre todo las más gruesas, se vuelven en una llave maestra para quebrantarnos y lograr el alto fin de que la obediencia y la buena senda de la fidelidad se nos queden grabadas a fuego e indeleblemente en nuestras entrañas. Queda entendido, como ya hemos puntualizado en alguna ocasión anterior, que el Señor siempre prefiere el  trato por la persuasión, y “ a las buenas” como se suele decir, y sólo recurre al castigo severo para escarmiento cuando no queda otro remedio.

 

De todo corazón y con tenaz persistencia.-

 

Otra consideración que surge con toda claridad y fuerza, es la intensidad y persistencia con que este remanente se dio a la labor de poner las cosas en orden en cuanto a Dios, y hacerlo de forma cabal e irrevocable.

No sólo cuando se trata de restaurarse, sino en la búsqueda de Dios para tener más de Él y Su gracia en la vida, muchas veces no se lo logra por una de las dos siguientes razones: o se lo hace a medias y no de todo corazón, o bien no se persevera debidamente. En cuanto a lo primero, a menudo con un cierto deseo, pero atraídos también por otras cosas y no estando dispuestos a pagar el precio.

Lo segundo se refleja en desanimarse al no alcanzar con prontitud lo que se desea, concluyéndose equivocadamente que no es la voluntad de Dios, o bien que no ha llegado Su tiempo para lo que se busca, y así se lo posterga y a la postre se lo abandona.

Lo que acabamos de examinar en cuanto al remanente del pueblo de Dios, nos da aun ejemplo vivo de lo que es buscar a Dios de todo corazón, con sacrificio y tenaz perseverancia. Claro está que ni esa búsqueda solícita ni el sacrificio ni la perseverancia podrán de por sí solas procurar la bendición y el éxito que se busca.  Será sólo por la gracia y la virtud del Espíritu Santo; pero para poder fluir adecuadamente, esa gracia y esa virtud necesitan la total confluencia de nuestra voluntad y nuestra más esmerada colaboración. Sin ella, muy poco se conseguirá.

 

Las dos columnas fuertes.-

 

Y la tercera observación es la del rol primordial de la palabra de Dios, en este caso acompañada de la oración, con los matices principales de reconocer y confesar sus pecados e infidelidad, y dar gloria a Dios por Su grandeza, poder e inmensa clemencia. Debemos cuidanos siempre de que estas dos columnas insustituibles, no queden relegadas a segundo plano por ninguna otra faceta de toda la gama del ministerio, por más importante o atractiva que pudiera parecer.

 

La dedicación del muro.-

Esto fue un digno y feliz broche de oro, toda una fiesta de música y canción, en gratitud y alabanza y con gran regocijo por parte de todos.

Para la misma los sacerdotes y levitas se purificaron a sí mismos por medio de los sacrificios establecidos por la ley, e hicieron lo propio con el pueblo, el muro y las puertas.

Nehemías dispuso que se dividiesen en dos grandes coros, integrados por los príncipes, sacerdotes, levitas y todo el resto del pueblo, que marcharon en procesión sobre el muro.  Uno de ellos marchaba hacia la derecha, con Esdras yendo delante de ellos. En cuanto al otro, iban del lado opuesto “Y yo en pos de él.” (12:38) como consigna Nehemías, en una hermosa muestra de caballerosidad y humildad.

Hemos puesto en cursiva y subrayado sobre el muro como algo que merece destacarse. Como vimos, a poco de iniciarse la obra, los enemigos se burlaron con toda malicia y desprecio, diciendo entre otras muchas cosas “que con solo subir una zorra, destruiría lo que estaban haciendo.” (4:3) Fue entonces que Nehemías elevó esta oración:

“Oye, Dios nuestro, que somos objeto de su menosprecio,  y vuelve el baldón de ellos sobre su cabeza.” (4: 4)

Como a veces sucede, la respuesta divina tarda en llegar, pero a su tiempo llegó, y qué respuesta!

Sobre ese muro del cual se habían burlado con tanto descaro, ahora marchaban no una triste zorra, sino veintenas y centenares de personas: oficiales, príncipes, sacerdotes, levitas, y todo el resto del pueblo, y el muro seguía sólido y firmemente en pie.

 

La magnífica culminación.-

“…se regocijaron porque Dios los había recreado con grande contentamiento; se alegraron también las mujeres y los niños, y el alborozo de Jerusalén fue oído desde lejos.” (12:43)

Qué magnífica culminación! Las trompetas, címbalos, salterios y cítaras haciendo oír sus melodiosas notas por doquier; los cantores llenando el lugar con sus alabanzas y cánticos en alta voz, los dos coros convergiendo sobre el muro de sentidos opuestos, para llegar a la casa de Dios.

Toda una fiesta inolvidable: la ciudad y los lugares que habían estado desolados y en ruinas, plenamente reedificados y restaurados, con música,  canción y dichosa algarabía que surcan el espacio  por muchos kilómetros a la redonda.

Así termina y culmina las cosas nuestro bendito Dios!

 

De todo y para todos.

 

Recapitulando, una parte, que según el subtítulo que lleva, casi podríamos decir que nos ha dado a todos nosotros de todo y para todos. Veamos:

 

Trabajo intenso que ha exigido el máximo de cada uno.

 

Lucha continua y sin cuartel contra enemigos declarados, hasta desbaratarlos, frustrarlos y dejarlos completamente vencidos.

 

Dos varones ejemplares en Esdras y Nehemías – cada uno en lo suyo – se complementan maravillosamente, comportándose con integridad y valentía propias de los verdaderamente grandes.

 

Un pueblo escarmentado, sediento y profundamente arrepentido, dispuesto a dejar de lado todo lo demás, para buscar en la más estrecha unidad ponerse totalmente a cuentas con Dios.

 

La fiesta de los tabernáculos o de las cabañas, como un peldaño más de obediencia en su marcha ascendente.

 

Perseverante y persistente búsqueda por días y días, y en ayuno y cilicio el día décimocuarto.

 

La palabra de Dios y la oración y adoración colocadas otra vez en el lugar que les corresponde de columnas fuertes y centrales para el pueblo de Dios.

 

Solemne pacto de fidelidad total confirmado por escrito y firmado, y además ratificado con juramento.

 

Celebración histórica y gloriosa con música, alabanza, cánticos y alborozo general en toda Jerusalén, y que se hacen oír por muchos aun desde lejos.

 

Ánimo, querido hermano, si en tu marcha hacia la restauración de tu vida, o bien en tu lucha por subir más alto y tener más de Dios, todavía te encuentras en cualquiera de las etapas intermedias. Tal vez te sientas débil y exhausto mientras el combate arrecia.

Arriba ese corazón! Persevera y en tu flaqueza apóyate en el Omnipotente, que Él está de tu parte y a tu lado. Su mano diestra y sabia te sacará a flote, y más que eso, te traerá a una culminación digna de todo el esfuerzo, sudor, sacrificio y lágrimas que han ido jalonando tu camino.

Y tú también terminarás con gozo inefable y la más profunda gratitud y alabanza al Señor! Amén!

F I N