NUEVAS COSECHAS DE ANTIGUAS VERDADES – TERCERA PARTE

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NUEVAS COSECHAS DE ANTIGUAS VERDADES.

TERCERA PARTE

ÍNDI CE 

CAPÍTULO 1.- 1a. Tesalonicenses 1. –

CAPÍTULO 2.- 1a. Tesalonicenses 2 (a)

CAPÍTULO 3.- 1a. Tesalonicenses 2 (b)

CAPÍTULO 4.- 1a. Tesalonicenses 3.-

CAPÍTULO 5.- 1a. Tesalonicenses 4.-

CAPÍTULO 6.- 1a. Tesalonicenses 5(a)

CAPÍTULO 7.- 1a. Tesalonicenses 5 (b)

 

 

CAPÍTULO 1.-  1a. Tesalonicenses 1.-

Se considera que es la primera epístola escrita por Pablo, estimándose como la fecha más probable el año 54 de la era cristiana.El relato de cómo nació la iglesia en Tesalónica, consignado en Los Hechos 17: 1-9 nos resulta de mucha importancia para comprender mejor esta epístola. Todo indica que el tiempo que Pablo estuvo allí fue de solamente tres semanas, en las cuales predicó en la sinagoga los días Sábados en que se reunían. El resultado de esa predicación fue que se convirtió un gran número de griegos piadosos, y además mujeres nobles no pocas, según consta en el versículo 4b. 

  Evidentemente, después del primer Sábado,  durante la semana, Pablo, acompañado por Silas debe haber  compartido mucho todo el tiempo que las circunstancias permitieran, exhortándoles, enseñándoles y fortaleciéndoles en la fe que de forma tan reciente habían abrazado.

Como en tantas otras ocasiones, llenos de celos, los judíos que no creían  levantaron una fuerte persecución. Llama la atención sobremanera las primeras palabras que pronunciaron a gritos al acusarlos ante las autoridades de la ciudad:- «Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá.»

Debemos comprender que con anterioridad inmediata Pablo y Silas habían padecido mucho en Filipos, pero aún así fueron muy valientes en predicar igualmente con denuedo en Tesalónica. Decimos esto,, porque para ese resultado tan propicio y poderoso, debe tenerse en cuenta que habían pagado el precio, con tanto padecimiento y persecución. De todos modos, les valió la distinción de ser calificados de ser los que trastornan el mundo entero. Por cierto que esto nos hace sentir diminutamente pequeños.

En cuanto a Pablo, no debemos olvidar lo que el Señor le anticipó a Ananías, cuando le instó a ir  a imponerle las manos y orar que recobrase la vista. Después de  decirle que era un instrumento escogido para llevar Su nombre, agregó: «Porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre.» (Los Hechos 9: 16)

Pasamos ahora a comentar la  epístola en sí, y notamos en primer lugar que además de Silas, que lo acompañó en el encarcelamiento en Filipos, menciona a Timoteo como un segundo acompañante.  Vemos que en Su gran misericordia y comprensión, el Señor dispuso que Timoteo, siendo muy joven para afrontar el sufrimiento que le tocó a los dos apóstoles, no permitió que tuviera que padecer juntamente con ellos.

En la salutación inicial notamos la palabra gracia (no podía faltar!) Ya hemos puntualizado que en todas sus epístolas la encontramos al principio y al final, como así también entrelazada en la trama del texto, como denotando que todo empieza por gracia, continúa de  la misma forma y concluye también por gracia.

Sin querer entrar en controversia, la única excepción la encontramos en el principio de Hebreos, que contra la opinión de algunos, creemos que fue escrita por él.

De todos modos, la sencilla explicación es que el fue un depositario superlativo de la gracia divina, lo cual lo impulsaba a hacer un uso tan frecuente de esa palabra tan preciosa. No nos equivocamos en decir  que él la empleó más que ningún otro escritor del Nuevo Testamento.

En los versículos 2 y 3,  emplea el verbo en el plural, lo que nos da a entender que en lo que sigue participaba también Silas y seguramente asimismo el joven Timoteo. Afirma que los recordaban siempre delante del Señor con mucha gratitud, señalando tres virtudes encomiables de estos queridos nuevos convertidos:- el obrar de su fe, el trabajo de su amor y su constancia.

Nos limitamos a decir que si bien no somos salvos por obras, evidentemente la fe, si es genuina,se ha de concretar en obras, tal cual se nos señala en Santiago 2: 22.

Igualmente, el amor no es algo pasivo, sino una fuerza propulsiva que se exterioriza en labores propias del reino del amor.

Y desde luego la constancia es una virtud excelente, que debiera encontrarse en todo verdadero hijo de Dios. La falta de ella sólo puede conducir, a la larga, a una decadencia espiritual mu peligrosa. Cuidemos bien de que no nos falte el ser constantes en todo lo atinente al reino imperecedero y eterno. Seguidamente Pablo pasa a expresar la seguridad  de la elección de los tesalonicenses. No comentamos sobre este particular porque ya lo hemos hecho más de una vez en obras anteriores – sólo repetimos resumiendo en dos palabras, por así decir- la elección de Dios es según su presciencia o conocimiento anticipado.

La ministración del evangelio entre los tesalonicenses, como vemos en el versículo 5, no fue por cierto en palabras solamente, sino en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre – otra vez un  trío de verdades y virtudes cardinales.

Pablo concluye el versículo diciendo «…como bien sabéis cuáles fuimos entre vosotros por amor de vosotros.» Ostentaban las verdaderas credenciales de todo auténtico siervo de Dios, de las cuales nos ceñimos a señalar tres – una conducta intachable, amor desinteresado y fe acompañada de la plenitud del Espíritu.

Ese ejemplo de Pablo, Silas y Timoteo reprodujo según su género, si cabe la frase. Efectivamente,, en el versículo 6 leemos que los queridos tesalonicenses vinieron a ser imitadores de ellos y del Señor mismo, recibiendo la palabra en medio de gran tribulación, y esto con gozo del Espíritu Santo.

Qué maravillosa manifestación del poder de Dios para transformar vidas por el poder del evangelio! Todo el pasaje que se extiende hasta el versículo 9 está lleno de verdades que lo atestiguan, a la par que demuestran qué tierra fértil habían resultado estos amados tesalonicenses. Tomemos los puntos principales.

1) Habían sido ejemplo a los que habían creído en toda la amplia zona de Macedonia, y también en Acaya, situada al Sur.

2) Partiendo de ellos la palabra del Señor se había proclamado no sólo en Macedonia y Acaya. En todo lugar – no sabemos exactamente el verdadero alcance de esto -la fe de ellos se había extendido.  

3) De este modo, Pablo y sus dos acompañantes no tenían necesidad de decir nada; todos los demás lo tenían delante de sí digamos, como evidencia cierta e incuestionable.

4) Y el resultado habla de por sí  con toda elocuencia.  Habían recibido a los siervos de Dios y su palabra, abrazándola de todo corazón. En su ignorancia anterior tenían  sus ídolos, pero ahora los habían dejado atrás por completo, pasando a servir al Dios vivo y verdadero.

5) Y no sólo esto – ahora tenían una nueva y gloriosa esperanza – aguardar al amado Señor que había muerto y resucitado por ellos – Jesús, Quien los había librado de la ira venidera.

Creemos que es un modelo precioso y perfecto del obrar auténtico de Dios, conjugándose con otros dos factores o requisitos imprescindibles a saber, siervos dignos de verdad y tierra fértil donde la palabra divina puede germinar favorablemente.

Como punto final sobre este breve pero muy sustancioso primer capítulo, debemos señalar que, al igual que los cuatro siguientes, concluye con la segunda venida. Un tema glorioso, que siempre se encontraba en el corazón y la visión de la iglesia primitiva, en los días de su máximo esplendor.

Creemos que es algo que la iglesia en general debe recuperar – ´Maranatha – ven pronto Señor Jesús! 

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CAPÍTULO 2-

La 1a. epístola de Pablo a los Tesalonicenses (b)

 En este segundo capítulo de la epístola , Pablo en cierto modo recapitula la entrada del evangelio a Tesalónica y al hacerlo nos da un riquísimo legado de verdades y principios propios del evangelio.

Después de señalar que su visita – la de él juntamente con Silas y  Timoteo – no había sido en vano, les recuerda que tras haber sido maltratados y ultrajados en Filipos, igualmente, apoyándose con denuedo en el Señor, les anunciaron el evangelio en medio de gran oposición.

Lo que sigue a continuación nos brinda una relación amplia y veraz de lo que es un auténtico siervo o sierva del Señor. Ya en el versículo 2 tuvimos la faceta de valientes de verdad, que en medio de gran persecución no se amilanan, sino que valerosamente cumplen con la misión que les ha sido encomendada de proclamar las gratas nuevas de salvación.

Ya anteriormente en Los Hechos 15: 26 se habla de  Pablo y Bernabé como «hombres que han expuesto su vida por el nombre de nuestro Señor Jesucristo.» Lo mismo puede decirse ahor de Silas.

Aun cuando, por ahora por lo menos, no nos ha tocado el honor de exponer la vida por el  Señor, debemos desde luego ser valientes en muchos otros sentidos, menos heroicos o gloriosos tal vez, pero igualmente importantes. Entre otras cosas, podemos pensar en ser valientes obrando con limpieza, cuando en el trabajo, por ejemplo se nos pide que hagamos algo que no es limpio, o bien que no es honrado o que supone enredarse con una mentira de alguna manera.

Tengo presente el caso de un hermano mío en la carne y en el Señor, cuando hace muchos años se desempeñaba en un cargo de secretariado, con tareas, entre otras, la de redactar cartas en inglés y mecanografiarlas – en aquellos tiempos el ordenador y toda la tecnología actual eran desconocidos !

El gerente, que a menudo le dictaba cartas,  sabía que mi hermano no consentía en ser partícipe de algo que supusiera una mentira. A veces quería decir en sus cartas cosas que no eran estrictamente verdad. No obstante, sabedor de los escrúpulos de conciencia de Ronaldo – que así se llamaba y se llama – vacilaba un poco, y luego, buscando conciliar las dos cosas – lo que él quería decir pero sin contrariar los principios de Ronaldo, vacilaba un poco, diciendo «…a ver, ¿cómo podemos decir esto….? (1)

Otras virtudes propias de los verdaderos siervos y siervas se desprenden del versículo 3. La primera es la de una enseñanza y exhortación exenta de error.

En Juan 16: 13 el Señor Jesús dijo: «Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad…»

Aun cuando puede haber diferencias en algún detalle dentro de la vasta gama de la enseñanza, el verdadero siervo siempre traerá en los aspectos fundamentales la verdad clara y limpiamente trazada.

A renglón seguido se mencionan dos cosas harto evidentes, y que sólo han de aparecer en quienes no son por cierto de los verdaderos y auténticos – la impureza y el engaño.

Y a partir del versículo 4 y continuando hasta el 10, tenemos una buena lista de virtudes excelentes que ostentaba Pablo, y también sus acompañantes, teniendo en cuenta que en todo esto siempre emplea el verbo en el plural.

Tomémoslas, una por una. La primera es la de haber sido aprobados por Dios para que se les  confiase el inmenso privilegio de ser portadores del evangelio. No dejamos de  valorar por  cierto el lugar del instituto bíblico, siempre y cuando sólo inculque la enseñanza dentro de los parámetros bíblicos, sabiendo que tristemente hay aquellos en que el liberalismo, la alta crítica y demás proliferan por doquier.

Muchos años ha, mi fallecida esposa y un servidor, bastante antes de haber contraído el matrimonio, hicimos un curso en un  centro de enseñanza bíblica. No obstante,  a pesar de haber sacado buenas calificaciones en los trabajos por escrito que tuvimos que presentar, en verdad no salimos aprobados por el Señor para que se nos confiase el evangelio. Sí, habíamos predicado al aire libre, enseñado y predicado en algunas congregaciones  y testificado en la obra de evangelismo personal – pero todavía nos faltaba mucho.  Sólo el trato personal del Señor moldeándonos a través de experiencias de las más variadas, y esto a través de unos buenos años, pudo lograr que al final pudiésemos salir como obreros aprobados.

Lo que quiero significar en todo esto es que el hecho de haber cursado estudios bíblicos y aprobado exámenes no necesariamente lo convierte a uno en un obrero aprobado. Es por supuesto una buena aportación el prodigarle al estudiante un buen caudal de enseñanza bíblica. Pero al final de cuentas el que realmente aprueba es el Señor mismo, y esto más que de cursar estudios bíblicos y adquirir buenos conocimientos, se trata de de pasar por la escuela del Maestro de los maestros, digámoslo así. Él y sólo Él sabe como ningún otro la mejor forma de tratar, humillar, enseñar y equipar a fin de formar el carácter y la vida de un verdadero siervo Suyo.

En el mismo versículo 4  Pablo agrega «…así hablamos, no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones.»

Cuando a uno de veras se le ha confiado el evangelio, la responsabilidad ante el Señor es muy grande. No se debe de ninguna manera transigir «para quedar bien» agradando a los hombres.

Las palabras finales del versículo – «…quien prueba nuestros corazones» por cierto que calan muy hondo. En Hebreos 4: 12b leemos que la palabra de Dios discierne los pensamientos y las intenciones  del corazón,» tras lo cual en el versículo siguiente se añade: «y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.»

Son sin duda palabras que deben tomarse muy seriamente, y que nos deben llevar a un sano y saludable temor y temblor delante del Altísimo.

Seguidamente en el versículo 5, Pablo, siempre poniendo el verbo en el plural, asevera que Dios era testigo de dos            cosas elementales pero asimismo muy importantes. La primera de ellas, que no usaron palabras lisonjeras, las cuales evidentemente son propias de los falsos, y no de los genuinos siervos del Señor.

Y la segunda, que no encubrieron avaricia, es decir la intención de que se les diera dinero por los servicios prestados. Es lo que solemos llamar amor desinteresado, que sirve sencillamente por amor y sin la segunda intención de ser recompensado económicamente.

No obstante, en el siguiente versículo Pablo . agrega algo que merece que lo comentemos en detalle. «…ni buscamos gloria de los hombres; ni de vosotros, ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo.» 

Sirviendo al Señor como lo hacían, naturalmente tenían gastos de viaje y para sus necesidades personales. Tenían el derecho de que eso se reconociese y se les diese por lo menos lo suficiente para cubrir esas dos necesidades – la derivada de sus viajes y las personales, como alimento y hospedaje.

  Incluso debemos recordar que el mismo Señor afirmó en Lucas 10: 7 «que el obrero es digno de su salario.» lo cual, para mayor abundamiento, en 1a. Corintios 9: 14 Pablo lo rubrica al escribir «Así también ordenó  el Señor a los que anuncian el evangelio que vivan del evangelio.»

Entendemos que lo correcto es que ese principio establecido por el Señor se tenga en cuenta y sea puesto por obra. No obstante, el verdadero siervo del Señor nunca habrá de reclamarlo ni recordárselo a quienes les esté ministrando. Si se olvidan de hacerlo o bien las circunstancias no lo permiten – como por ejemplo muchas veces pasa en congregaciones de gente muy humilde, que apenas si llegan a cubrir sus gastos de alquiler del local de reuniones – entonces el siervo consciente y correcto no habrá de decir nada, sino confiar en el Señor, a Quien sirve y no a los hombres, sabiendo que Él será fiel para recompensarlo por sus labores cuándo y cómo lo vea indicado.

En los dos versículos siguientes – el 7 y el 8 – Pablo no sólo da a entender que de ninguna manera habían hecho uso de ese derecho que en realidad tenían, sino que pasa a manifestar el amor tan entrañable que sentían por esos nuevos convertidos de Tesalónica. 

«Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura s sus propios hijos. Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos.»

Una expresión de amor singularmente entrañable y profunda.

¿Será que al padecer tanto al engendrar estos hijos espirituales, sería algo así como una madre normal siente tanto cariño por la criatura que ha dado a luz con sus muchos dolores de parto?

¿O será que el bendito amor del Crucificado, que dio Su vida por nosotros Sus amados, se había comunicado por la gracia del Espíritu  a ellos, los dignísimos apóstoles Suyos? Pensamos que las dos cosas caben, tal vez la segunda derivada de la primera.

Pero además ese amor tenía un aspecto muy práctico, a la  vez que sacrificado y noble.

«Porque os acordáis, hermanos, de nuestro trabajo y fatiga; cómo trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el evangelio de Dios.»

El trabajo para costearse todos sus gastos y necesidades, sería el de hacer tiendas. Además de la instrucción intelectual, la costumbre entre el pueblo judío era que cada uno aprendiese también un oficio manual. El de Pablo, que como hemos dicho era de hacer tiendas, lo tenemos consignado en Los Hechos 18: 2-3, donde vemos que lo hacía juntamente con Aquila  Priscila.  Es muy posible que Silas, que también era judío, haya aprendido el mismo oficio con anterioridad, y podemos vislumbrar al joven Timoteo aprendiéndolo allí mismo en Tesalónica, bajo la tutela de Pablo.

De todos modos, lo que se desprende de todo esto es el esfuerzo y sacrificio enorme que todo esto demandaba. Por cierto que no se trataba de una vida fácil ni regalada, sino todo lo contrario. No obstante, como eran emisarios auténticos de un Dios fiel y consecuente, no dudamos que recibirían una gracia sobrenatural para sobrellevarlo airosamente.

  Como todavía falta bastante en este extenso segundo capítulo de la epístola, y para que el presente capítulo nuestro no se alargue en demasía, desglosamos, pasando a tratar la otra mitad en el siguiente.

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CAPÍTULO 3

1a. Tesalonicenses 2 (b)

En los versículos 10 y 11 Pablo, siempre poniendo el verbo en el plural, les vuelve a señalar la forma ejemplar e intachable en que se habían comportado durante las tres semanas en que habían estado con ellos en Tesalónica.

 Esto de ninguna manera debe interpretarse  como una muestra de auto alabanza. Había dos razones importantes. La primera es que sin duda los nuevos convertidos tesalonicenses iban a modelar sus vidas según el ejemplo de ellos – Pablo, Silas y el joven Timoteo.

  De hecho, en el versículo 12 que sigue inmediatamente, vemos que les habían exhortado en ese sentido: «…y os encargábamos que anduvieseis como es digno de Dios, que os llamó a su reino y gloria.» 

Y la segunda razón, también muy poderosa y además de largo alcance, es que el Espíritu Santo, sabedor por anticipado que esta epístola iba a formar parte de las Sagradas Escrituras, se encargó de que Pablo delinease las verdaderas credenciales de los auténticos siervos y siervas del Señor.

Esto ya se había hecho en oportunidades anteriores, tanto por la enseñanza del mismo Señor Jesús en los evangelios, y la oral de Pablo, Pedro y los demás apóstoles en muchas ocasiones anteriores. 

No obstante, sabemos  que la repetición reiterada de verdades capitales y cardinales, es una norma que el Espíritu Santo, muy sabiamente por cierto, se ha encargado de que no falte en todo lo largo de la Santa Biblia.

Pero volvemos atrás a los versículos 10 y 11 en que Pablo habla de la conducta de ellos durante esas tres semanas aproximadamente en que estuvieron en Tesalónica. «Vosotros sois testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros los creyentes, así como también sabéis de qué modo, como el padre a sus hijos, exhortábamos y consolábamos a cada uno de vosotros.»

Acude a mi recuerdo haber leído en un escrito – creo que era del gran siervo de otrora Carlos Finney – sobre la santidad. Rebatiendo las afirmaciones de algunos de ese entonces que vivir en verdadera santidad era algo de la vida en el más allá, y no mientras se vive aquí en la carne, puntualizaba el testimonio de que esos tres siervos habían vivido en total santidad durante esas tres semanas, lo cual presuponía que lo podían seguir haciendo todo el resto de la vida.

Por otra parte, esa santidad iba acompañada de una justicia y de un proceder intachable, o irreprensible, para emplear el vocablo con que Pablo lo expresa.

Pero, además de esos tres aspectos, el comportamiento de ellos había sido muy entrañable. Tratándolos como padres a sus hijos,  exhortaban y consolaban individualmente a cada uno de ellos. Dos puntos finales sobre esto – eran hijos espirituales de verdad pues los habían engendrado en el evangelio, al igual que él a los corintios, según  leemos en 1a. Corintios 4: 15.

El otro punto es la labor ímproba y tesonera de hacerlo con cada uno de ellos, lo que habrá supuesto horas de darse con todo ahínco y nobleza.

«Por lo cual también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres,  sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes:» (Versículo 13)

Un versículo extenso y que nos presenta en primer lugar la profunda gratitud de Pablo – siempre empleando el verbo en el plural – por la recepción de los tesalonicenses al oír la palabra de Dios. No había ningún escepticismo ni duda – sabían bien que no eran palabras de hombres, sin peso ni sustancia, sino según era en verdad, la auténtica palabra divina.

Debe haber sido de mucho estímulo para los apóstoles que hubiera tan buena disposición en los corazones de ellos.

Y en segundo lugar, era una palabra viva, eficaz y transformadora, que actuaba poderosamente en los queridos tesalonicenses. Como ya hemos visto, les hizo dejar los ídolos de su vida anterior, para servir al Dios vivo y verdadero. 

«Porque vosotros, hermanos, vinisteis a ser imitadores de las iglesias de Dios en Cristo Jesús que están en Judea; pues habéis padecido de los de vuestra propia nación las mismas cosas que ellas padecieron de los judíos.» (versículo 14)

Esto nos hace saber algo que no consta en el relato de Los Hechos. Efectivamente, en el mismo se nos dice que la persecución vino de parte de los judíos, celosos de ver la buena y abundante acogida de la palabra traída por Pablo y sus dos acompañantes. (Ver Los Hechos 17: 5-8)

Ahora, por el versículo 14 de la epístola citado más arriba, entendemos que también hubo persecución de parte de los incrédulos del pueblo y la ciudad de Tesalónica misma

En los dos versículos siguientes, Pablo expresa la maldad obstinada y perversa de los judíos que rechazaban la palabra.

«…los cuales mataron al Señor Jesús y a sus propios profetas, y a nosotros nos expulsaron; y no agradan a Dios y se oponen a todos los hombres, impidiéndonos hablar a los gentiles para que éstos se salven; así colman ellos siempre la medida de sus pecados, pues vino sobre ellos la ira hasta el extremo.» 

Entre otras cosas, llaman la atención en este pasaje las palabras «se oponen a todos los hombres» como si les fuera imposible vivir en concordia con alguno.

En realidad, esta rebeldía del pueblo de Israel ha sido algo crónico y que, acompañada de la idolatría, ha representado un quebranto para el corazón d Jehová, el Eterno, Quien los rescató del horno de fuego de Egipto, haciendo señales y milagros portentosos.

Verdad es que hubo épocas en la historia en que hubo en general una cierta fidelidad. Distinguimos entre otras el período del libro de Josué, y los tiempos de reyes fieles que hicieron lo recto ante el Señor, como David, Salomón, con la excepción de su apostasía hacia el final de su reinado, y otros buenos monarcas como Josafat, Ezequías y Josías. Pero, hubo etapas de francamente increíble rebeldía e idolatría, al punto de que el Señor, primero al reino del Norte, y más tarde al del Sur con Jerusalén  como capital, los hizo llevar cautivos a tierra extraña como escarmiento.

No obstante, como muestra de Su infinita misericordia, y también recordando Sus promesas a los tres patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob, hizo volver del cautiverio a una  buena parte de ellos en tiempos de Zorobabel,Esdras y Nehemías, para la reedificación del templo primero y posteriormente para la restauración del muro.

Sin embargo, en la vigilia de oración anoche – a 15 de Septiembre de 2020 -me ha venido una sano y saludable recordatorio de la mucha paciencia que el Señor ha tenido conmigo en épocas de desobediencia y gran declive espiritual, aún después de mi conversión.

En Romanos 2: 1 Pablo escribe:- » Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas, pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo.» Insensiblemente me he puesto en el lugar del inexcusable!

 Avanzando ahora y sin querer entrar en el terreno algo escabroso de la escatología, un último punto sobre todo esto.

Si bien en el tiempo presente sólo hay un pequeño remanente de israelitas fieles al evangelio – ver Romanos 11:4-5 – una vez que se cumpla la plenitud de los gentiles – ver Romanos 11: 25b y Lucas 21: 24 – tenemos la gran promesa de que todo Israel será salvo – Romanos 11: 26-27.

Sólo podemos cerrar con las palabras de Pablo en Romanos 11: 33-36 que lo resumen y rubrican mejor que cualquier comentario nuestro. 

«!Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ! Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O Quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.»

Avanzando ahora hacia la parte final del segundo capítulo de 1a. Tesalonicenses en que estamos, vemos que la tónica del texto cambia. Pablo ahora pasa a expresar su gran deseo de volver a ver a esos queridos nuevos creyentes. 

«Pero nosotros, hermanos, separados de vosotros por un poco de tiempo, de vista pero no de corazón, tanto más procuramos con mucho deseo ver vuestros rostros.» (versículo 17)

El versículo 18 que sigue nos da bastante que pensar. «…por lo cual quisimos ir a vosotros, yo Pablo ciertamente una y otra vez; pero Satanás nos estorbó.» 

¿Sería que no era la voluntad del Señor que fuese otra vez a Tesalónica, por lo menos en ese punto de tiempo?

A veces, nuestro gran deseo, por noble y altruista que sea, no concuerda exactamente con lo que el Señor tiene para nosotros en un tiempo determinado. De ahí que permita que Satanás lo obstaculice e impida.

  Es la reflexión que presentamos, pensando que no resulta admisible que queriendo uno de buen grado hacer la voluntad del Señor, Él, que sin duda está en el Trono y muy por encima de Satanás, le permita no obstante frustrar Sus planes.

Confiamos no estar equivocados en la interpretación de este versículo.  

«Porque, ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro  Señor Jesucristo, en su venida? Vosotros sois nuestra gloria y gozo.» (Versículos 19 y 20)

Aquí Pablo reitera otra vez el cariño entrañable hacia los santos de Tesalónica, con el verbo también en el plural. Para él y para sus compañeros sería una culminación bendita, una corona preciosa, verlos presentados ante el Señor como fruto de sus labores tan valientes, y a la vez sacrificadas 

Y ¿cómo no? La nota final de la segunda venida del Señor, como ya vimos, que figura en la conclusión de cada capítulo, como la gran esperanza, bienaventurada y gloriosa.

 MARANATHA!

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 Capítulo 4 – 1a. Tesalonicenses 3

«Por lo cual, no pudiendo soportarlo más, acordamos quedarnos solos en Atenas.y enviamos a Timoteo nuestro hermano, servidor de Dios y colaborador nuestro en el evangelio de Cristo, para confirmaros y exhortaros  respecto a vuestra fe.» (3:1-2)

Debemos tener en cuenta que entre su marcha de Tesalónica y el tiempo en que escribió la epístola, Pablo con sus compañeros habían estado en Berea. Al surgir en ese punto también una fuerte persecución, Pablo continuó viaje a Atenas, acompañado de hermanos, seguramente de Berea. mientras que Silas y  Timoteo se quedaron en Berea.

  No obstante, a  través de esos mismos hermanos que lo habían acompañado, envió un mensaje a Silas y Timoteo, pidiéndoles que viniesen de Berea a Atenas, donde él se encontraba lo antes posible.

Por el relato del capítulo 17 de Los Hechos, notamos que Pablo, enardecido por la terrible idolatría que imperaba en Atenas, de inmediato se puso a proclamar el evangelio. Pero como una muestra más de su gran corazón y la gran intensidad con que asumía  la tarea que le había sido encomendada, amén de ese enardecimiento por la situación tan idolátrica de Atenas, no podía soportarlo mas en cuanto a los amados nuevos convertidos de Tesalónica. Consecuentemente, y no pudiendo estar en los dos lugares al mismo tiempo, dispuso enviar al joven Timoteo. Lo hizo, recomendándolo como servidor de Dios y colaborador con él y Silas en el evangelio.

La labor que tenía que cumplir en Tesalónica era sin duda de gran envergadura – confirmar y exhortarlos respecto a la fe que habían abrazado recientemente. 

Esta encomienda nos da una idea bien clara de la mucha confianza que tenía en el joven Timoteo. Creemos que todo lo que había acontecido en lo que llevaban de la gira, con todas las vicisitudes, y las fuertes persecuciones, habían servido para ir formando y fogueándolo en una buena medida.

En cuanto a las persecuciones en sí, como ya vimos, en Filipos no fue encarcelado con Pablo y Silas, pero en las de Tesalónica y Berea estuvo muy presente en el fragor de la lucha, si bien es justo consignar que el amado Pablo fue indudablemente el blanco de los ataques de los perseguidores, tanto  judíos como tesalonicenses opuestos al evangelio.

Pero la encomienda tenía otra faceta muy importante. Efectivamente:- «…a fin de que nadie se inquiete por estas tribulaciones; porque vosotros mismos sabéis que para esto estamos puestos. Porque también estando con vosotros, os predecíamos que íbamos a pasar tribulaciones, como ha acontecido y sabéis.» (versículos 3 y 4)

Las palabras para esto estamos puestos llaman mucho la atención. Están en total consonancia con lo que el Señor le dijo a Ananías cuando dispuso que fuese a orar por Pablo para que recobrase la vista:- «porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre.» (Los Hechos 9:16)

Si bien nos toca a cada uno una cierta dosis de pruebas y tribulaciones, uno podría decir que en este mundo occidental, por lo menos en la actualidad, estamos siendo mimados por el Señor, en comparación con lo que padeció este apóstol tan sobresaliente, y también lo que sufren, aun hoy día, muchos siervos muy dignos en tierras de gran hostilidad al evangelio. 

«Por lo cual también, no pudiendo soportar más, envié para informarme de vuestra fe, no sea que os hubiese tentado el tentador, y que nuestro trabajo resultase en vano. Pero cuando Timoteo volvió de vosotros, y nos dio buenas noticias de vuestra fe y amor, y que siempre nos recordáis con cariño, deseando vernos, como también nosotros a vosotros, por ello, hermanos, en medio de toda nuestra necesidad y aflicción fuimos consolados de vosotros por medio de vuestra fe.» (Versículos 5,6 y 7)

Vemos otra vez el entrañable cariño del amado apóstol Pablo – no pudiendo soportar  más ! Como ya vimos, el amor de un padre, que los había engendrado en el evangelio en medio de fuerte oposición, y sufrimientos, compartidos también – no lo debemos olvidar – por Silas, el fiel compañero de milicia.

Aquí tenemos la demostración clara de que el evangelio es un evangelio de amor, noble, sacrificado y desinteresado.

Tristemente, se dan los casos en que no es así. Pablo mismo se encontró con algo muy distinto mientras estaba encarcelado en Roma. En Filipenses 1: 15-16 leemos:- «Algunos, a la verdad, predican a Cristo por envidia y contención…no sinceramente, pensando añadir aflicción a mis prisiones.»

Así ha sido, y seguirá siendo siempre, pero gracias al Señor, por Su parte Él ha levantado y seguirá levantando los Suyos de verdad, con las credenciales de las virtudes que Él mismo ostentó en Su vida terrenal.

«Pero cuando Timoteo volvió de vosotros a nosotros, y nos dio buenas noticias de vuestra fe y amor y que siempre nos recordáis con cariño, deseando vernos, como también nosotros a vosotros, por ello, hermanos, en medio de toda nuestra necesidad y aflicción fuimos consolados de vosotros por medio de vuestra fe; porque ahor vivimos, si vosotros estáis firmes en el Señor.» (versículos 6, 7 y 8)

Bien podemos imaginarnos con qué alegría habrá vuelto Timoteo, trayendo noticias tan gratas.

Y los versículos 7 y 8. como así también el resto del capítulo, nos hablan de por sí de la forma tierna, entrañable y profunda en que Pablo lo expresa – siempre con el verbo en plural. «…porque ahora vivimos, si vosotros estáis firmes en el Señor.» 

«Por lo cual, ¿qué acción de gracia podemos dar a Dios por vosotros, por todo el gozo con que nos gozamos a causa de vosotros delante de nuestro Dios, orando de noche y de día con gran insistencia, para que veamos vuestro gozo, y completemos lo que falte a vuestra fe?» (versículos 9 y 10)

He leído esta epístola muchísimas veces a través de mi dilatada trayectoria, pero debo reconocer que nunca he llegado a ponderar en la amplitud con que ahora lo hago, la forma intensa, sí, increíblemente intensa, en que Pablo vivía el ministerio.

En esto vemos el hondo sentido de las palabras del Señor al discípulo Ananías, cuando le encomendó que fuese a orar por él – Saulo como entonces se lo llamaba – para que recobrase la vista. «Ve, porque instrumento escogido  me es éste, para llevar mi nombre»

No he podido verificarlo, pero me consta que estas palabras – instrumento escogido – es la única vez que aparecen el Nuevo Testamento.

No obstante, que todo esto que decimos no denote en ninguna manera desmerecer a Pedro, Juan, y muchisimos otros siervos muy dignos, tanto de la iglesia primitiva, como de los tiempos posteriores a ella. 

Volviendo al  versículo 10, el deseo de completar lo que faltaba a la fe de los tesalonicenses se debía sin duda al hecho de que Pablo, Sillas y Timoteo sólo habían estado por tres semanas con ellos. El consejo de Dios es tan amplio, y Pablo sobre todo, sabía muy bien que hacía falta lo que bien podemos llamar una fuerte labor confirmatoria. Por el relato del libro de Los Hechos vemos una y otra vez cómo se esmeraba en llevar a cabo esta labor tan importante  en todas las iglesias.

«Mas el mismo Dios y Padre nuestro, y nuestro Señor Jesucristo, dirija nuestro camino a vosotros. Y el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con todos, como también lo hacemos nosotros para con vosotros, para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos.»  (versículos 11, 12 y 13) 

Dentro del vasto espectro del consejo de Dios, si bien es verdad que son muchas las virtudes que han de encontrarse en todo buen hijo y siervo del Señor, creemos que las tres citadas en los versículos 10, 13 y 14 – es decir fe, amor y santidad, son las más importantes de todas. El mismo Pablo lo hace resaltar tanto en 1a. Timoteo 1: 5 como  en 2: 15.

Desde luego que estamos en la dispensación de la fe – no de la ley – y sin la  misma es imposible agradar a Dios, como se nos dice en Hebreos 11: 6.

En realidad dudar de Dios y Su palabra y Sus promesas es hacerlo a Él mentiroso, como bien se puntualiza en 1a. Juan 5: 10. Los escépticos e incrédulos no se dan cuenta del terreno gravísimo en que están ubicados.

En cuanto a las otras dos virtudes – el amor y la santidad – en realidad abarcan todos los aspectos imaginables de la vida,

Además, Dios en Sus tres personas – Padre, Hijo y Espíritu Santo – es esencialmente un Dios de amor, pero al mismo un Dios tres veces santo. Sus verdaderos hijos y siervos por cierto que habrán de ostentar estas dos virtudes cardinales.

Y así llegamos al final de este  tercer capítulo, y ¿cómo no? con la nota distintiva de esta sustanciosa epístola  – la segunda venida.  

MARANATHA – VEN PRONTO SEÑOR JESÚS

– – – – – – ( ) – – – – – –

CAPÍTULO 5 .- 1a. TESALONICENSES 4.-

Este cuarto  capitulo se divide en dos partes. La primera consiste en consejos prácticos en cuanto a la nueva vida en Cristo que habían comenzado a vivir recientemente.

La segunda nos habla de la segunda venida del Señor, dándonos importantes y preciosos aspectos de la misma, algunos de los cuales no  figuran en ninguna otra parte de las Escrituras

Comenzando por la primera parte. vemos que Pablo, siempre con el verbo en plural, les ruega y exhorta en el Señor Jesús que recuerden lo que habían aprendido de ellos – Pablo, Silas y Timoteo – durante el tiempo en que estuvieron en Tesalónica.

Evidentemente, toda esa enseñanza estaba avalada por la conducta de ellos, y antes de pasar a detalles, la resume diciendo que era la forma de conducirse a fin de agradar a Dios, lo cual debe ser la aspiración de todo hijo e hija del Señor.

Y lo hace con el agregado de que en ese sentido abundaran más y más. Esto nos da lo que debe ser una norma para el creyente, a saber, no quedar estancado sino crecer y desarrollarse.   Cuando eso no sucede, a  menudo puede llegarse a lo contrario – un declive espiritual.   

Pero después de dar esa exhortación digamos en términos generales, pasa a entrar en detalles, tocando puntos prácticos.

Es muy importante comprender que de lo general debe pasarse a particularizar. Se puede exhortar a que se ame al Señor y se busque agradarle en todo, pero la experiencia nos enseña que eso no es suficiente. Hay que  tocar, y a veces con insistencia y mucha claridad, puntos prácticos en que ese amor y ese agradarle en todo se manifieste de forma real en la vida diaria.

Así entonces, a partir del versículo 3 pasa a particularizar, y lo hace tocando el tema de la santificación, aplicada – nos podría parecer sorprendentemente – a apartarse de la fornicación.

Aquí nos detenemos en un paréntesis más bien largo, para narrar un par de experiencias muy relacionadas por cierto con el versículo 3 en que estamos.

Desde luego que, por buen gusto, no damos ni nombres ni el lugar de lo acontecido.

  El primero de los dos casos, que sucedió hace unos buenos años, fue el de una pareja de jóvenes que estaban de novios, y de repente cundió la noticia que ella estaba embarazada de varios meses. El novio era un hermano convertido, muy efusivo en la alabanza.

En  un momento determinado, en conversación con mi esposa, la novia alegó que nunca se había enseñado o dicho en las reuniones de predicación y edificación que eso estaba mal, que no se debía tener relación sexual antes del matrimonio.

Para muchos de nosotros se da por sentado que lo correcto, por varias razones obvias, es esperar que se concrete el enlace matrimonial. Mi mujer y yo siempre lo tuvimos clarísimo.  No obstante, esto nos hizo ver que no todos lo habían aprendido ni sabido.

El segundo caso también tuvo lugar hace ya un buen tiempo.

Un siervo del Señor llegó por primera vez a un lugar determinado a ministrar en una iglesia integrada mayormente por jóvenes de ambos sexos. Sin saber nada de antemano, pero evidentemente guiado por el Espíritu Santo, el siervo en la predicación afirmó que tener relación sexual antes del matrimonio equivale a fornicar, un pecado gravísimo, y que en la palabra de Dios se afirma que quienes lo practican,  no han de heredar el reino de Dios. (Ver 1a. Corintios 6: 9-10)

Para ser preciso, no recuerdo si lo que dijo el siervo era exactamente eso, pero por cierto  estaba claramente enfocado  en esa tónica.

El resultado fue que hubo una gran conmoción en la iglesia, porque varios jóvenes estaban viviendo en esas condiciones. 

Afortunadamente hubo una respuesta favorable, con arrepentimiento y pasando a ponerse las cosas en el orden correcto.

Sin embargo, y como conclusión, esto ratifica la necesidad de ser puntuales, y no limitarse a generalizar.

De hecho, la palabra de Dios nos enseña, por ejemplo ,que el primer y más grande mandamiento es el de amar al Señor nuestro Dios por encima de todo, y al prójimo como a uno mismo.

  No obstante, no se detiene ahí, sino que en muchas ocasiones encontramos claras advertencias de pecados puntuales, como la fornicación, el adulterio, el robo, chismes y habladurías, y un largo etcétera.

Y para mayor abundamiento, al dirigirse así a los queridos tesalonicenses Pablo toca eso que es tan elemental – «que os apartéis de fornicación» –  Ya lo había hecho estando entre ellos en Tesalónica, pero ahora lo repite por escrito, muy consciente de que hay que ser muy claro e insistir de tal manera que nadie quede en dudas.

Y agrega en los versículos 4 y 5 que la relación matrimonial  sea en «santidad y honor, y no en pasiones de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios.»

Seguidamente pasa a más cosas elementales, como no agraviar ni engañar , sabiendo que el Señor no lo pasará por alto ni lo dejará sin castigo.  Y todo esto,  como una repetición y ratificación de lo que ya les habían afirmado oralmente cuando estaban con  ellos.

Resume este aspecto escribiendo en los versículos 7 y 8 que no habían sido llamados a inmundicia sino a santificación. Y por si alguno estuviera en desacuerdo o lo rechazase, que supiese que lo estaba haciendo no a hombres – los que juntamente con Pablo se lo testificaban, sino a Dios, con toda la solemnidad que ello conlleva.

Con el agregado importantísimo que ese Dios a ellos -los siervos del Señor – Dios les había dado el Espíritu Santo, lo que le daba a cuanto le testificaban una autoridad real y de lo alto.

Y pasa al tema del amor en los versículos 9 y 10. Por una parte reconoce que habían aprendido bien de Dios que debían amarse los unos a los otros y lo estaban haciendo. Nos obstante, les ruega que lo hagan má y más !

Siendo el reino de Dios un reino de amor, debemos morar en esa esfera bendita del amor, cándido, desinteresado y noble. Como bien se nos dice  en 1a. Juan 4: 16b «Dios es amor, y el que  permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él.» 

De ahí, pues, la acertada insistencia de Pablo en que abunden más y más.

Llegando al final de esa parte del capítulo, tenemos ahora otro par de exhortaciones. «….y que procuréis tener tranquilidad, y ocuparos en vuestros negocios, y trabajar  con vuestras manos de la manera que os hemos mandado, a fin de que os conduzcáis honradamente con los de afuera, y no tengáis necesidad de nada.» (versiculos 11 y 12)

Otra vez cosas elementales, pero al mismo tiempo muy importantes. Sosiego y calma – sin la perturbación y ansiedad propias de la carne; cada cual en la esfera particular que por la providencia divina le ha tocado, trabajando en la actividad manual que le corresponde, y sobre todo conduciéndose con mucha honradez ante los inconversos. Aunque no parezca, estos parecen tener una visión microscópica de cómo viven, que hacen y no hacen los creyentes, cómo hablan y en fin todo su vivir.

Que los incrédulos nunca vean algo fuera de lugar en nuestras vidas; antes bien que las mismas sean una buena recomendación del evangelio para con ellos que observan nuestro diario vivir.

Ahora pasamos al hermoso pasaje sobre la segunda venida del Señor, señalando de paso la continuidad de esa nota distintiva de está epístola.

Enumeramos cada aspecto de la gloriosa esperanza, intercalando breves comentarios de cada uno.

«Tampoco queremos, hermanos,que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza.» (versículo 13)

Como es bien sabido, en el Nuevo Testamento, de  los muertos o fallecidos en el Señor se dice que duermen.

Creemos tener buen fundamento al decir que ese dormir no es inconsciente, sino consciente. Lo avala el pasaje de Lucas 16  en que el Señor nos habla del mendigo Lázaro, el rico y el padre Abraham, sobre todo los versículos 25 y 26.

1) Así como Jesús murió y resucitó, como primicias de la resurrección, los que durmieron en Él precederán a los que estén en vida cuando el Señor venga. (Versículos 14 y 15)

2) La venida en sí vendrá acompañada de tres manifestaciones portentosas, a saber:- a) con voz de mando; b) con voz de arcángel y c) con trompeta de Dios.

Apenas hace falta señalar la solemnidad, que tendrá  eso – la voz de mando, la voz del arcángel y la trompeta de Dios, con la mayor estridencia y potencia que se haya conocido, haciéndose oír con sus formidables vibraciones por todo el planeta, y sin duda por el universo entero también.

La hora tan esperada por los Suyos por fin habrá llegado, y el destino eterno para perdición de muchos también.

Al escribirlo uno lo hace con temor y temblor, pensando en familiares,, amigos o vecinos que todavía no han abrazado la fe, y anhelando que en Su inmensa misericordia Él conteste las oraciones que se han elevado muchas veces a favor de ellos.

En ese punto crucial que marcará un hito sagrado y maravilloso en la historia de este mundo, se cumplirá lo que ya dijimos anteriormente -los muertos en Cristo resucitarán primero. 

3)  Seguidamente los santos que estén todavía en vida serán arrebatados juntamente con ellos en las nubes para así recibir al bendito Señor en el aire. y estar con Él por siempre jamás.

Notemos que Pablo no pone los santos todavía en vida terrenal, sino «nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado.» Esto constituye una muestra de que esa segunda venida se la debe tener como algo inminente, y  no postergada para un futuro indefinido, como muchas veces puede suceder cuando uno está absorbido por los afanes y negocios de este siglo.

Finalmente Pablo concluye diciendo a los tesalonicenses que cobren aliento con «estas palabras.»  Y no se nos debe quedar en el tintero lo afirmado previamente en el versículo 15:- «os decimos esto en palabra del Señor.»

Todo lo que está en las Sagradas Escrituras lleva el sello de la inspiración divina, pero aun así, en cuanto a esta verdad gloriosa, Pablo se encarga de decir que era palabra literalmente recibida del Señor por él.

Como dijimos anteriormente, hay en este pasaje detalles que no figuran en otras partes de las Escrituras, pero que se complementan con muchas otras que encontramos en otros pasajes sobre el tema. En conclusión, otra vez:

 Maranatha – ven pronto Señor Jesús

– – – – – ( ) – – – – – –

Capítulo 6.- 1a. Tesalonicenses 5.-(a)

 Este capítulo, en los tres primeros versículos sigue con el tema de la segunda venida, pero considerándolo desde otro punto de vista.

Empieza con las palabras «acerca de los tiempos y las ocasiones» agregando que no era necesario que les escribiese, pues ellos ya lo sabían – evidentemente enseñados por él, Silas y Timoteo – que«el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche.»

Esto es algo que figura en varios otros pasajes de las Escrituras, aun cuando con muy ligeras variantes. (Ver Mateo 24: 43, Lucas 12: 39 y 2a, Pedro 3: 10)

El agregado de que «cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina» (versículo 3a) es algo sintomático, que se dio antes del diluvio en los días de Noé, como así también en muchas otras ocasiones a través de la historia.

En las mismas se ha puesto la mira y la esperanza en alianzas, expectativas y pronósticos que se han acordado o formulado sin contar para nada  con el Ser Supremo, Creador y Rey del Universo.

Bien se nos dice en Isaías 44:24-25 «Así dice Jehová, tu Redentor… que deshago las señales de los adivinos, y enloquezco a los agoreros; que hago volver atrás a los sabios, y desvanezco su sabiduría.»

A partir del versículo 4 la tónica cambia, pasando ahora Pablo a señalar el contraste, la diferencia, y desde luego la dicha de ellos, extensiva por supuesto a nosotros, los que somos verdaderos hijos de Dios por renacimiento. 

«Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda  como ladrón. Porque vosotros sois hijos de la luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas. Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios.» (Versículos 4, 5 y 6)

Dos cosas hermosas que Pablo dice de lo verdaderamente  convertidos – hijos de luz e hijos del día. Si mal no recuerdo, no figuran en ninguna otra parte de las Escrituras.

Y consecuentemente, claro está, la exhortación a vivir de acuerdo con esa verdad, es decir, no «durmamos como los demás», que están en el letargo y la oscuridad de no tenerlo a Él. la luz del mundo. (Juan 8: 12)

Por el contrario, velemos y seamos sobrios. Y notemos, de paso, que el verbo está en la 1a primera persona del plural, es decir que Pablo se identifica a sí mismo en cuanto a esa exhortación.

Y qué triste la condición de los que no son ni hijos de luz ni hijos del día. 

«Pues los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan.» (Versículo 7)

Nunca podremos dejar de agradecerle al Señor por Su inmensa misericordia, en librarnos de la potestad de las tinieblas, y trasladarnos al reino de Su amado Hijo. (Colosenses 1: 13)

Qué sería de mí, y qué sería de ti, amado hermano lector, si el Señor no hubiera venido a nuestras vidas con Su gracia soberana y maravillosa! 

«Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de la salvación como yelmo. Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros para que ya sea que velemos, o que durmamos, vivamos juntamente con él. Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis.»(Versículos 8 a 11)

Aquí Pablo sólo menciona dos partes de la armadura de Dios – la coraza y el yelmo, En el pasaje de Efesios 6: 10-17, estando preso en Roma, añade ceñidos vuestros lomos, calzados vuestros pies, el escudo de la fe y la espada del Espíritu.

No cabe duda que al hacerlo estaría influenciado al ver a el o los soldados romanos que lo custodiaban.

No obstante,  este pasaje de ninguna forma significa que cada día al levantarse uno tiene que ir poniéndose la coraza, el yelmo, el escudo, la espada, etc.

En Romanos 13:14 se nos dice «vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne.» Además, hay muchos otros pasajes en que se nos exhorta a permanecer en Él, a fortalecernos en él y en el poder de su fortaleza.

En realidad, estando atrincherados en Él, por así decirlo, estamos en una posición invulnerable. Hay otros pasajes que lo confirman, como 1a. Juan 5: 18 en que se nos dice que estando en Él, y no practicando el pecado, somos intocables.

La malicia del enemigo siempre busca seducir a los hijos de Dios a salir de ese terreno, sabiendo que es la única forma en que nos puede  daño.

  De ahí que la primera parte de Romanos 13:14 – Vestíos del Señor Jesucristo» esté complementada por la segunda – no proveáis para los deseos de la carne.» 

Como alguna vez recuerdo haber dicho, de una manera gráfica y algo sencilla y familiar, al predicar en una reunión de los queridos hermanos gitanos de Filadelfia en España – que en cuanto al pecado, todos los estantes de nuestra despensa estén totalmente vacíos!

Continuando ahora, resulta muy reconfortante y de mucho aliciente saber que Dios no sólo no nos ha puesto para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo. Pero además, con el agregado especial de que murió por nosotros, para que ya sea que velemos, o que durmamos, vivamos juntamente con Él. Tanto que sigamos en vida, velando aquí en ese mundo, o bien que durmamos – la típica palabra con que en el Nuevo Testamento se habla de la muerte de los que están en Cristo – vivamos juntamente con Él -la persona más maravillosa, la cual Dios el Padre nos ha dado como regalo supremo.

Con qué razón Pablo concluye exhortando a los queridos tesalonicenses que se animen y edifiquen mutuamente, y esto aun sabiendo que ya lo estaban haciendo.

¿No es una verdad triste y lamentable que muchas veces, no valoramos debidamente, ni nos regocijamos como debiéramos, por la gloriosa e incomparable herencia que nos ha tocado? 

Muy en sazón, unos pocos versículos más adelante, a los cuales llegaremos dentro de poco, se nos exhorta a que lo hagamos.

No obstante, como este capítulo sexto sobre el quinto de la epístola ya sea ha hecho bastante extenso, interrumpimos aquí para proseguir en el siguiente.

– – – – – – ( ) – – – – – – 

Capítulo 7.- 1a. Tesalonicenses 5 (b)nos

La siguiente porción del capítulo, en sus dos primeros versículos nos da una nota de sumo interés. 

«Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra. Tened paz entre vosotros.» (versículos 12 y 1 3)

Por esto entendemos que a pesar del tiempo muy breve en que Pablo, Silas y Timoteo estuvieron con ellos, antes de partir dejaron a hermanos – por lo menos dos ,ya que emplea el plural – como encargados para presidir la congregación que había quedado formada.

Notemos que no los llama ancianos,, lo que daría a entender que no los reconocieron, oficialmente como tales.

En contraste, en Los Hechos 14: 23 se consigna  que Pablo y Bernabé, en la primera gira misionera de Pablo, constituyeron ancianos en Listra, Iconio y Antioquía , incluso después de haber orado con ayunos.

Creemos que la diferencia estriba en que ahí ya llevaban un tiempo en la fe, mientras que en Tesalónica apenas como máximo tres semanas.

  De ahí también la encomienda que Pablo hace a los demás que los reconocieran y tuvieran en mucha estima y amor por causa de su obra. Eran hermanos nuevos en la fe, y seguramente que sus tareas como encargados de la obra les llevaban bastante tiempo, además de la labor de ganarse el pan.

Adicionalmente, como hemos señalado anteriormente, al comentar la epístola de Pablo a Tito en una parte anterior de esta misma obra,  Pablo sabía muy bien la importancia de estar bien seguros antes de proceder al nombramiento en sí, por las serias dificultades que se presentarían si no diesen la talla, y se hiciese necesario destituirlos.  Sobre esto ya dimos bastante detalle en el comentario que hicimos  sobre Tito 1:5-9. 

Seguidamente, en los versículos  14 y 15 se consignan exhortaciones de orden general y bastante elementales, pero que, como se comprueba en la práctica, siempre es necesario  repetir e insistir sobre ellas. 

«También os rogamos, hermanos, que amonesstéis a los ociosos, que alentéis a los de pco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes con todos.Mirad que ninguno pague a otro mal por mal; antes bien seguid siempre lo bueno unos para con otros, y para con todos.»

 El hecho  de que se exhorte a amonestar a los ociosos, relacionado con 4:11 de la misma epístola – «….que procuréis …ocuparos en vuestros negocios y trabajar con vuestras manos de la manera que os hemos mandado.» – es una clara indicación de que había entre los nuevos convertidos los que no estaban bien dispuestos para trabajar y ganarse el propio pan.

  Asimismo vemos que había los débiles que era necesario sostener  y los de poco ánimo que debían ser alentados, lo que nos da un cuadro general de bastante variedad.

A pesar de lo breve de su estancia en Tesalónica, Pablo tenía una idea muy clara de esa gran variedad, pero por lo comentado en un capítulo anterior, vemos que eso no era óbice para que los amase entrañablemente.

De eso se trata el ministerio, tanto  apostólico como pastoral – hay toda variedad de ovejas, y hay que comprender a cada una, y también darle el trato individual indicado, pero sobre todas las cosas, amarlas de verdad.

  Como creo haber puesto en alguna oportunidad, y haciéndome eco de lo dicho acertadamente por un gran siervo ya fallecido – cuando el Señor nos envía a un lugar determinado a servir a otros, uno de los requisitos más importantes es que vayamos con amor hacia ellos. Y agregamos que si uno no satisface ese requisito, mejor que no vaya!

A partir del versículo 16 y hasta el 22 inclusive, tenemos una serie de exhortaciones muy breves, pero todas ellas de hondo contenido.

Tomemos la primera: «Estad siempre gozosos.»

¿Qué decir de ésta ? Creo que si somos sinceros hemos de reconocer que no nos resulta nada fácil cuando estamos atravesando por pruebas y situaciones difíciles.

En Romanos 12: 12 Pablo primero  escribe  «gozosos en la esperanza», Pero en seguida agrega «sufridos en la tribulación.»

Por otra parte, en 1a. Pedro 1: 6 se nos dice: «En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas.»

Creo que ahí tenemos un equilibrio muy acertado. Aunque está en el Antiguo Testamento – Eclesiastés 3:4 -las palabras  «tiempo de llorar y tiempo de reír» indudablemente tienen su razón de ser.

 No obstante, en 2a. Corintios 6: 10 Pablo escribe «como entristecidos, más siempre gozosos.»

Esto nos da un nivel mucho más alto, y a través de la historia, no cabe duda de que a siervos y siervas sobresalientes el Señor les ha dado consuelos y aun gozo inefable en medio de  pruebas muy pesadas y difíciles.

Hemos estado leyendo últimamente las cartas de un gran puritano del siglo XVII – Samuel Rutherford. Casi todas fueron escritas y enviadas estando encarcelado, y han sido de muchísima bendición a innumerables santos desde entonces. A muy poco de fallecer, se publicó la primera edición de un buen número de ellas, tal era el valor que se les atribuía.

En una de ellas recuerdo haber leído palabras más o menos en este sentido: «Mis enemigos que me odian, me han enviado a la cárcel para disfrutar de continuos banquetes con mi Amado Señor, el hermoso de los hermosos!»

En una línea bastante distinta, creemos necesario diferenciar entre el verdadero gozo, que es algo profundo brotado de las entrañas, y que no necesariamente se manifiesta exteriormente, y la alegría y el buen humor.

En por lo menos dos oportunidades recuerdo haber oído decir de distintas personas que eran muy gozosas. Lo fundamentaban en el hecho de que solían reírse y hacer reír a los demás.

Eso es un error – de tales personas lo correcto es decir que son muy risueñas, alegres, o bien dadas al buen humor y a la risa.

 

 

NUEVAS COSECHAS DE ANTIGUAS VERDADES – SEGUNDA PARTE

DERECHOS RESERVADOS

NUEVAS COSECHAS DE ANTIGUAS VERDADES
SEGUNDA PARTE

RICARDO HUSSEY

INTRODUCCIÓN

Después de visualizar las cumbres de revelación que nos prodiga Pablo en Efesios 1, mayormente derivadas de esa actividad divina en el pluscuamperfecto previo a Génesis 1: 1, pasamos ahora a una proyección o nivel distinto.

Creemos que no está fuera de lugar que lo hagamos, alternando lo nuevo del libro eterno de Dios con lo viejo del mismo, aunque siempre teniendo bien presente la superioridad del nuevo, hacia lo cual lo viejo del mismo a menudo apunta con sombras y figuras, como así también a veces con predicciones vívidas y certeras.

Esta obra, al igual que la anterior en su tiempo, irá quedando inconclusa por un tiempo, dado que el autor irá agregando capítulos paulatinamente. De manera que lo informamos al lector que pudiera estar interesado, para que periódicamente visite esta 2a. parte en que encontrará nuevos capítulos que se irán añadiendo.

Í N D I C E

Capítulo 1 – La profecía de Joel.

Capítulo 2 – El.El libro de Eclesiastés (a)

Capítulo 3 – El libro de Eclesiastés (b)

Capítulo 4 – El libro de Eclesiastés (c)

Capítulo 5 . El libro de Eclesiastés (d)

Capítulo 6 – El libro de Eclesiastés (e)

Capítulo 7 – La 2a. epístola de Pedro (a )

Capítulo 8 – La 2a. epístola de Pedro (b)

Capítulo 9 – La 2a. epístola de Pedro (c)

Capítulo 10 – La 1a. epístola de Pedro (a)

Capítulo 11 – La 1a. epístola de Pedro (b)

Capítulo 12 – La 1a.epístola de Pedro (c)

Capítulo 13 – La 1a. epístola de Pedro (d)

Capítulo 14 – La 1a. epístola de Pedro (e)

Capítulo 15 – 1a. epístola de Pedro (f)

Capítulo 16 – La epístola de Pablo a Tito.(a)

Capítulo 17 – La epístola de Pablo a Tito (b)

Capítulo 18 – La epístola de Pablo a Tito (c)

Capítulo 19 – La adoración.

Capítulo 20.- El Sermón del Monte. (a)

Capítulo 21.- El Sermón del Monte (b)

Capítulo 22 – El Sermón del Monte (c)

Capítulo 23 – El Sermón del Monte (d)

Capítulo 24 – El Sermón del Monte (e)

 

 

CAPÍTULO 1 – LA PROFECÍA DE JOEL

El nombre Joel significa Jehová es Dios, y el de su padre Petuel, ensanchamiento de Dios. No se agrega nada en el texto que nos oriente en cuanto al lugar de su residencia, ni se dice que haya profetizado en el reinado de ningún rey de Israel o de Judá. Seguramente que un erudito en la historia del pueblo de Israel podrá ubicar el tiempo de su profecía con precisión. Por nuestra parte nos ceñimos al versículo 6 del capítulo 3, en que se menciona a “los hijos de los griegos” lo cual colocaría al libro y su autor en una época posterior al cautiverio.

Como en todos los auténticos profetas, en Joel encontramos algo característico y que ya hemos señalado, y que los diferencia fundamentalmente de los falsos. Mientras estos vaticinan paz y seguridad en tiempos de rebeldía, infidelidad e idolatría, aquéllos acertadamente profetizan lo contrario, es decir juicios muy severos, para sólo pasar a promesas de restauración, paz y prosperidad una vez que los juicios hayan llevado a un arrepentimiento sincero y profundo.

Consecuentemente con este principio, Joel comienza por preanunciar una devastación desoladora en el campo, que sería tan absoluta que sus efectos los sentirían todos sin excepción, tanto en el campo los labradores y las bestias del campo, como en la ciudad hombres y mujeres, jóvenes y niños, sacerdotes y ministros del altar.

Para colmo de males, la predicción se extiende a la venida de un fuerte ejército invasor del Norte, que sería irresistible y entraría en la ciudad, subiría por las casas, entrando por las ventanas a manera de ladrones, llenando a todos de pánico y pavor.

La descripción de todo este panorama tan sombrío y horroroso se extiende a lo largo del primer capítulo y hasta el versículo 11 del segundo. Pero a continuación nos encontramos con un fuerte llamado al arrepentimiento que viene de parte de Jehová por medio de Su siervo Joel. El mismo tenía que ser absolutamente genuino. Veamos los ingredientes que debía contener, y que de hecho son típicos de todo auténtico arrepentimiento.

“Convertíos a mí de todo vuestro corazón, con ayuno, y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón y no vuestro vestido, y convertíos a Jehová vuestro Dios.” (2:12-13a)

El hecho de que se diga primera convertíos a mí y luego se reitere diciendo “convertíos a Jehová vuestro Dios” nos señala un punto muy importante. Ese arrepentimiento debía ser para con el Señor por encima de todo lo demás. Aun cuando pueda y deba abarcar mucho más, el arrepentimiento verdadero y real siempre está enfocado prioritariamente al Dios Santo, al cual se le debe todo, y al cual se ha ofendido reiteradamente y con contumacia.

Esta exhortación al arrepentimiento y de convertirse de forma real al Señor, se apoya en la gran misericordia del Señor: “…porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia y que se duele del castigo.” (2:13b) Como tantas veces se ha dicho, siempre emplea primero la exhortación y la advertencia, pero si no surten efecto, muy a su pesar, recurre al castigo. El fin del mismo no es solamente punitivo, sino también como el medio de llegar por la vía del dolor y el escarmiento, a una restauración real e integral.

En los versículos 15 al 17 del capítulo 2 continúa la exhortación a ese arrepentimiento tan necesario, expresada en términos muy tiernos y emotivos.

“Tocad trompeta en Sión, proclamad ayuno, convocad asamblea. Reunid al pueblo, santificad la reunión, juntad a los ancianos, congregad a los niños y a los que maman, salga de su cámara el novio, y de su tálamo la novia. Entre la entrada y el altar lloren los sacerdotes ministros de Jehová y digan: Perdona, oh Jehová a tu pueblo, y no entregues al oprobio tu heredad, para que las naciones se enseñoreen de ella. ¿Por qué han de decir entre los pueblos: Dónde está su Dios?

La respuesta del Dios tan misericordioso no se hace esperar: “Y Jehová, solícito por su tierra perdonará a su pueblo.” Contiene en seguida la promesa de enviar pan, mosto y aceite a ese pueblo tan hambriento por la devastación previa, y hacerlo con tal abundancia que quedarían plenamente saciados.

De esa manera quitaría el oprobio que había representado, por ser el pueblo escogido del Señor, de haber pasado hambre y desolación tanto en el campo como en la ciudad. Además, estaba la gran promesa de alejar a ese ejército del norte tan formidable, y llevarlo a tierra seca y desértica y desintegrarlo hasta el grado de pudrición, y esto por haberse envanecido y haber querido desolar y destruir al pueblo de Dios.

Todavía encontramos más promesas. Debían alegrarse y gozarse porque el Señor Jehová iba a ser grandes cosas. Aun a los animales del campo se les insta a que no teman porque los pastos del desierto iban a reverdecer y la higuera iba a dar su fruto, y como si no bastase, la maravillosa promesa que desde los cielos Él haría descender sobre ellos la lluvia temprana y la tardía, como al principio.

Las eras además se iban a llenar de trigo, y los lagares rebosarían de vino y aceite, y luego sigue la preciosísima promesa del versículo 25: “Y os restituiré los años que comió la oruga, el saltón, el revoltón y la langosta, mi gran ejército que envié contra vosotros.”

¡Cuánta verdad hay en esto, aplicable en el reino espiritual a nosotros, que en esta dispensación somos el Israel de .Dios! (Ver Gálatas 5:15-16.)

La oruga, el saltón, el revoltón y la langosta no era ni más ni menos que un gran ejército que el Señor deliberadamente había enviado contra ellos. Todo intento de labrar la tierra provechosa y fructíferamente quedaba totalmente frustrado y desbaratado. Pero eso tenía un fin muy bendito y era el de llevarlos a ese arrepentimiento y a esa conversión al Señor tan necesaria y a la vez tan saludable. Una vez logrado eso, que era totalmente imprescindible, en Su gran misericordia el Señor se compromete a restituirles todo eso que habían perdido, resarciéndolos total y cabalmente.

Quien esto escribe se identifica plenamente con el contenido de este versículo. Según lo consigna en su autobiografía, pasó una época muy oscura que duró en total nueve años. Antes había servido al Señor con esfuerzo y cariño, pero de la manera explicada en la autobiografía, pasó a atravesar esa etapa tan sombría. Al cabo de la misma todavía necesitó un largo período de terapia divina por el enorme daño que le había causado el enemigo durante esos largos nueve años. Pero a la postre comenzó a venir una cosecha en la cual no sólo le fue resarcido todo lo que había perdido, sino que pasó a recibir mucho, muchísimo más.

Por todo esto, bien se puede hacer eco de las palabras de Romanos 12: 33-36. “!Oh profundidad de las riquezas de las sabiduría y la ciencia de Dios! !Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.”

Pero no cabe duda alguna de que el punto álgido del libro de Joel es la predicción del derramamiento del Espíritu, contenida en el capítulo 2, versículos 28-32. El día de Pentecostés, Pedro inmediatamente reconoció que lo que estaba aconteciendo era el cumplimiento preciso de tan importante profecía y la citó en la primera parte de su discurso.

Los puntos principales fueron los siguientes: –

1) En los postreros tiempos el Señor derramaría de su Espíritu. El hecho de que esto fuese seguido por las palabras “sobre toda carne” no debe tomarse al pie de la letra, como si sería sobre todo ser humano del planeta tierra. En cambio, ha de interpretarse que sería de toda clase de personas: hijos, hijas, jóvenes, ancianos, siervos y siervas, y habría profecías, sueños y visiones. Por el versículo 11 de Los Hechos 2 vemos que al hablar en lenguas proclamaban las maravillas de Dios de manera claramente comprensible para cada uno de los que les oían en sus diversas lenguas propias – partos, medos, elamitas, etc. Si bien en el relato no se consigna ningún sueño ni visión, eso no quiere decir que no hayan acontecido, y de hecho, vemos que en Los Hechos 9: 10 Ananías tuvo una visión muy concreta, al igual que Pablo más tarde, según se nos narra en Los Hechos 16: 9. También debemos visualizar que esa proclamación de las maravillas de Dios en tantas lenguas distintas, era como un anticipo de que eso iba a acontecer en todo el orbe con la proclamación de la más grande maravilla de Dios – el evangelio de la gracia suprema y sublime que hoy día se está cumpliendo y va de camino a un cumplimiento completo.

2) Profetizarían hijos e hijas, denotando que sería para ambos sexos.

3) La hermosa promesa de que todo el que invocare el nombre del Señor sería salvo, algo futuro en el libro de Joel, pero feliz y gloriosamente presente para los que estamos en la dispensación de Pentecostés. La misma nos brinda además un fuerte punto de apoyo para la palanca de nuestra fe, valga la expresión, al orar por familiares, amigos, vecinos o compañeros de trabajo que aún no se han convertido.

Pedro no citó la parte final de la predicción de Joel – “porque en el monte de Sión, y en Jerusalén habrá salvación como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado.”

Con todo, eso también estaba sucediendo y cumpliéndose cabalmente. De paso añadimos que las palabras “…entre el remanente al cual él habrá llamado” confirman lo dicho anteriormente de que las palabras “sobre toda carne” no significan al pie de la letra la totalidad de la población del mundo en que vivimos.

El libro de Joel termina en el capítulo 3 prediciendo el juicio a las naciones antagónicas u opuestas a Israel, acerca de lo cual nos abstenemos de comentar. En cambio, reiteramos que ese bendito principio en Jerusalén el día de Pentecostés apuntaba a algo que iba a crecer y propagarse por el mundo entero, alcanzando a multitudes de toda raza, lengua y nación, según Apocalipsis 7: 9-17, donde tenemos la gloriosa visión panorámica.

Por cierto que en esto tenemos una culminación imponente y maravillosa de la gran profecía del libro, la cual resalta como una gran perla de múltiples colores y matices, brotada del Señor a través del que sólo sabemos que se llamaba Joel, hijo de Petuel,

como una muestra deleitosa de humildad y pequeñez,

y de grandeza a la vez.

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Capítulo 2.- El libro de Eclesiastés (a)

El autor es el rey Salomón, y es un libro que a primera vista nos presenta, sobre todo para quienes disfrutamos de la dicha de ser hijos de Dios por renacimiento, lo que bien podemos calificar de una abierta contradicción.

Las palabras vanidad de vanidades, todo es vanidad, o bien esto también es vanidad, que aparecen reiteradamente en el texto, por cierto que no concuerdan con nuestra experiencia como hijos de Dios.

Verdad que a veces se pasa por tiempos difíciles, de pruebas y dificultades, pero eso no es la norma, y la bendición de ser verdaderos hijos de Dios con todo el inmenso bien que conlleva, hace que no podamos asentir o corroborar ni mucho menos que todo es vanidad.

Muy por el contrario, la nueva vida en Cristo es una de ricas y profundas satisfacciones, siempre y cuando, desde luego, andemos en obediencia cumplida y en el marco de la voluntad divina cada día.

Pero hay una clave que nos ayudará a comprender este libro, que de otra forma nos quedaría como un gran enigma. La misma se encuentra en tres palabras que también aparecen reiteradamente en el texto, a saber debajo del sol.

Sabemos que no somos de este mundo, y que nuestra ciudadanía está en los cielos. (Filipenses 3: 20) Estamos de paso, como peregrinos y nuestra vida y comunión con el Señor y nuestros hermanos en la fe se desenvuelven en la esfera de lugares celestiales en Cristo Jesús, según se nos dice en Efesios 2: 6, y no debajo del sol, espiritualmente hablando.

Con todo, se nos dice en 2ª. Timoteo 3: 16 que “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia.”

Dios sabe por qué ha querido que se incluya este libro en la Biblia, y a pesar de la abierta contradicción de que hablamos, mirando atentamente podemos entresacar cosas provechosas y edificantes.

Pasamos, pues, a señalar y comentar algunas de ellas.

“Y he visto que la sabiduría sobrepasa a la necedad, como la luz a las tinieblas.” (2:13)

Sencillamente, podemos visualizar a dos individuos a manera de contraste. Uno es prudente en su conducta, cumplidor y respetuoso, y que sabe cuándo hablar y cuándo callar. El otro, por su parte, habla más de lo necesario, a menudo diciendo cosas que mejor sería omitir, y entre otros desaciertos, malgasta el tiempo que muy bien podría invertir en cosas provechosas.

El primero transita por un camino de luz que le resulta muy favorable, mientras que el segundo, en realidad anda en una oscuridad que, a menos que enmiende sustancialmente su proceder, terminará en un muy mal fin.

“Al hombre que le agrada Dios le da sabiduría, ciencia y gozo; mas al pecador da el trabajo de recoger y amontonar para darlo al que agrada a Dios. (2: 26)

Narramos un caso que conceptuamos inaudito, pero que nos consta que fue absolutamente verídico. Un hermano que se encontraba en estrechez económica, repentinamente se sintió impulsado a ubicarse en un lugar determinado en la carretera – probablemente en las inmediaciones de un cruce.

Al poco pasó un vehículo a cierta velocidad, y, casi increíblemente, por una de las ventanillas salió, impulsado por el viento, un buen número de billetes que representaban una importante suma de dinero.

Curiosamente, el vehículo siguió su marcha y pronto desapareció, de manera que el hermano ubicado en las inmediaciones, lo recogió como algo “llovido del cielo” para él.

No sabemos si el conductor, o bien algún acompañante que pudiera haber tenido, era pecador o no, pero lo cierto es que, bien el uno o el otro, sirvió para suplir la necesidad del hermano en cuestión.

Por lo cual, por cierto que en este caso no concordamos con las palabras “también esto es vanidad y aflicción de espíritu” con que finaliza el versículo citado. Lejos de ello, fue una provisión divina para un hombre necesitado, y que, evidentemente era del agrado de Dios.

En el capítulo 3 se nos puntualiza con mucho acierto que “todo tiene su tiempo, y que todo lo que se quiere debajo del sol tiene su hora.”

Sigue luego en el texto una serie de cosas, todas en pares de contraste, y de la cuales comentamos algunas. La primera “tiempo de nacer y tiempo de morir” (3:2) no necesita explicación ni comentario.

No obstante, aplicamos aquí el concepto espiritual de renacer, citando en relación al mismo Oseas 13: 13b:- “…es un hijo no sabio, porque ya hace tiempo que no debiera detenerse al punto mismo de nacer.”

¡Qué bien describen estas palabras a uno que ha oído el evangelio muchas veces y lo ha entendido, pero vacila una y otra vez antes de dar el paso decisivo de entregar su vida a Cristo!

Redargüido y convencido, antes de ir adelante y hacerlo, piensa en las implicaciones de ese paso – la burla de algunos amigos, la oposición de alguien cercano, la suegra por ejemplo, o tener que asistir asiduamente a las reuniones en lugar de otras cosas que le resultan muy atractivas, y en fin, un sinnúmero de obstáculos, y en vez de ser sabio y valiente, a último momento se echa atrás.

Que no haya ningún lector que se encuentre en esa situación tan desacertada y peligrosa.

“Tiempo de llorar y tiempo de reír…” (3:4) Ése es el orden correcto, y quienes en su trayectoria lo hacen a la inversa, es decir, empiezan por reírse, y más de la cuenta, a menudo terminan tristes y amargados.

Tenemos presente el caso de un joven de unos veinte abriles, a quien conocimos cuando todavía residíamos en la Argentina. Continuamente buscaba formas de bromear y hacer chistes, al punto que se le decía con cierta ironía, «Miguel. que así se llamaba, ¿qué vas a hacer cuando seas grande?»

Tristemente oímos que en su etapa final terminó muy amargado.

Nos parece oportuno recalcar aquí que hay tres formas de llorar y tres de reír. Tanto la una como la otra puede ser la de los demonios, que a veces hacen lo uno y a veces lo otro, con un llorar o reír falso y engañoso. También hay una segunda forma natural de llorar, como válvula de escape de una congoja interior, o de reír por algo realmente cómico. Finalmente, una tercera forma de llorar por estar quebrantado por el Espíritu, o bien reír de un gozo, también del Espíritu, brotados ambos de lo más profundo del ser.

Dos contrastes más que no hace falta explicar, pero que son muy aplicables cuando la ocasión sucede. “…tiempo de callar y tiempo de hablar…” (3:7) otra vez en el orden correcto, “…y tiempo de guerra y tiempo de paz…” (3:8) pensando en cuanto a esto último en el nivel o terreno espiritual.

“Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin.” (3: 11)

Un versículo riquísimo que seguramente en más de una ocasión se ha prestado para una predicación saturada de muchas importantes y preciosas verdades.

No nos dejamos tentar a extendernos, dándole el amplio comentario que se merece, sino que nos conformaremos con sintetizarlo en unos pocos párrafos.

Desde el encanto de la criaturita recién nacida, que a poco empieza a mirar alrededor, acostada en la cuna, viendo cosas que la rodean que nunca ha visto antes, en un mundo nuevo para él al cual acaba de llegar; siguiendo por la infancia, la niñez, la adolescencia, la juventud, el noviazgo con miras al matrimonio, la mediana edad y las canas honradas de una madurez y ancianidad en que se ha aprendido tanto de los más variados matices – todo lo ha hecho hermoso nuestro maravilloso Dios

Pero debemos recalcar la importancia de que todo tiene su tiempo. Si por ejemplo la alegría de oír a la criaturita balbucear un papá o mamá se posterga más de lo normal, o bien continúa un buen tiempo sin más progreso en el hablar, eso ya no es hermoso, sino una señal de dolor para los padres, que ven en ello un triste retraso.

Igualmente, si el noviazgo comienza demasiado pronto, muy bien puede acarrear consecuencias lamentables.

Por algo Dios en la creación ha dispuesto la maduración de las cosas. Nos explicamos: si vamos a un ciruelo y recogemos de su fruto antes de tiempo, habrá que tironear para desgajarlo, y al llevarlo a la boca nos encontraremos con un gusto muy agrio. Por el contrario, si esperamos que el sol, el viento y el tiempo hagan su parte, al recogerlo casi se nos caerá en la mano sin ninguna necesidad de tirar para arrancarlo, y disfrutaremos de un sabor dulce y jugoso.

Pero a todo esto hay que añadir las palabras claves del versículo –“…ha puesto eternidad en el corazón de ellos…” es decir, del ser humano.

¡Qué verdad que la mayoría de las personas, antes de que les amanezca la luz de la verdad divina, que es tan importante, viven como si los años de vida aquí en la tierra fueran lo único, sin un más allá!

E incluso no deja de ser cierto que aun creyentes convertidos a la fe del evangelio, no pocas veces viven para el presente terrenal, casi sin poner para nada la mira en el siglo venidero.

La parte final del versículo – “…sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin”– hace que nos tengamos que extender más de lo que esperábamos.

Sobre todo para los que tenemos la dicha de ser hijos de Dios por renacimiento, al crecer y desarrollarnos en la fe empezamos a entender que el Soberano Creador y Dios Supremo nos conocía muy bien, aun antes de ser un pequeño embrión en la matriz de nuestra madre – que tenía un planificación individual y personal para cada una de nuestras vidas, y algunas o muchas más cosas.

Con todo, nos damos cuenta, por la maduración y las verdades de las Sagradas Escrituras, de que ha habido un sin fin de actividad divina a nuestro favor, tan vasta que está fuera de nuestro alcance entenderla toda en su inmensa magnitud. Tenemos que concluir que eso sólo será posible en la vida venidera, cuando conoceremos como somos conocidos, según 1ª. Corintios 13: 12.

Debo acotar que todo esto que vengo escribiendo, me ha motivado a volcarlo en la prédica oral, junto con muchas otras cosas que, por razones de espacio, no van consignadas aquí.

Como el capítulo se ha extendido más de lo esperado, suspendemos aquí para continuar en el siguiente.

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Capítulo 3 – El libro de Eclesiastés (b)

Continuamos entonces citando 3: 14.- “He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo; sobre aquello no se añadirá, ni de ello se disminuirá; y lo hace Dios para que delante de él teman los hombres.”

Si bien nos queda todavía mucho terreno por delante, creemos que éste es el versículo cumbre del libro, y que constituye una perla pura, brillante y preciosísima.

Las palabras “todo lo que Dios hace” denotan con toda claridad que no hay excepciones – cuanto hace – y por añadidura, cuanto dice – brota de Su personalidad total y absolutamente perfecta, de manera que no hay posibilidad alguna de error ni nada que se asemeje.

Esto, digámoslo de paso, hace que al inclinarnos en adoración y sumisión a Él estemos pisando terreno sólido y seguro, y haciendo lo que en verdad es propio y consecuente que hagamos.

Pero, como consecuencia de esa perfección tan absoluta, pretender ya sea agregar o bien quitar, siquiera en parte, a lo hecho o dicho por Él, es una temeridad y algo totalmente irreverente, brotado sin duda de un corazón entenebrecido y obstinado.

Tomamos dos temas muy importantes en que la aplicación de esta verdad se presenta en vivo relieve.

El primero está muy cerca del final de Apocalipsis, en los versículos 18 y 19 del último capítulo. En los mismos se hace una solemne advertencia que parafraseamos así: “He escrito mi libro sagrado. Nadie se atreva a añadir al mismo, o quitar de él, so pena de que vengan sobre él las plagas del libro, o que se quite su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad, respectivamente.

¡En qué situación horrorosa se ubican quienes cuestionan o niegan la veracidad de la Biblia, ya sea parcial o totalmente!

Desde luego que hay cosas en ella que escapan de nuestra finita y parcial comprensión. Pero si comprendiésemos todo lo que dice y hace el Dios Eterno Omnisciente, Omnipotente y Omnipresente, seríamos de la medida Suya, y en cambio ¡cuán diminuta e insignificantemente pequeños somos, ante el Gran Gigante de la Eternidad!

Y por supuesto la postura más prudente y sabia es dejar a un lado por ahora lo que no entendemos, seguros que en el más allá, cuando conoceremos como somos conocidos, lo habremos de comprender cabalmente.

Todo esto con la importante reflexión de que, loado sea Dios, lo que nos interesa en el terreno práctico de cómo proceder, hablar y conducirnos en general para agradarle a Él, el Juez Supremo, está clarísimo en el más amplio sentido de la palabra.

Pasamos ahora al segundo tema, relacionado con la obra y el sacrificio expiatorio hechos en el Calvario por nuestro amado Señor Jesús.

Las Escrituras nos dan amplio testimonio de que Sus palabras finales muy poco antes de expirar – Consumado es – definen cabalmente lo que fue una obra perfecta y totalmente eficaz y suficiente.

Damos algunas citas al respecto sin consignar el texto: Hebreos 9: 12b, 9:26b 10: 10 y 10: 14.

Hablando del pueblo de Israel, mayoritariamente ajeno a la fe del evangelio hoy día, Pablo escribe: “Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios.” (Romanos 10: 2-3)

En esta actitud hay algo terco y autosuficiente, que al mismo tiempo, de manera insultante, niega validez al glorioso sacrificio del Calvario.

Como Pablo bien lo puntualiza en Gálatas 2: 21:- “No desecho la gracia de Dios; si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.”

Para mayor abundamiento, consignamos algo importante relacionado con el famoso siervo de otrora Carlos Finney. Como es bien sabido, él había sido abogado, y por eso naturalmente comprendía abogacía y todo cuanto concierne a la ley y a los requerimientos de la justicia, de la manera que nosotros, que somos profanos, careciendo de conocimientos y autoridad en la materia, no podemos alcanzar a comprender.

Creo recordar que en su autobiografía, o por lo menos en uno de sus escritos, él narró que a veces convocaba a colegas suyos y les explicaba el sacrificio expiatorio de Cristo, con la minuciosidad propia de su elevada comprensión del mismo.

Los que lo escuchaban quedaban rendidos ante la evidencia de algo perfecto, en que no quedaba sin cubrirse el más mínimo requerimiento de la ley y la justicia más estricta y severa. Así, se convertían al Señor totalmente convencidos, y termino agregando que para él ¡eran la clase de personas más fáciles de llevar al Señor!

No sé cuántos abogados podrá el lector haber llevado a los pies de Cristo. En cuanto a quien esto escribe, que sepa ¡en su dilatada trayectoria aún no ha logrado hacerlo con ninguno!

Retomando el hilo, es evidente que la justicia por la ley resulta inalcanzable para todo ser humano librado a sus propios recursos, por ser Dios un Ser tan Santo, Sublime y Majestuoso. De ninguna manera podría ninguno de nosotros cumplir ni siquiera remotamente los altísimos requerimientos de la misma..

Esto lo subrayó muy clara y acertadamente Pedro en la gran polémica en que los judaizantes insistían en que los gentiles debían guardar la ley, tratada en Jerusalén según se la narra en Los Hechos 15.

Dijo en el versículo 10:- “Ahora pues, ¿Por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Y a esto agregó en el versículo siguiente:- “Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús, seremos salvos de igual modo que ellos.”

¡Cuánto más fácil y bendito recibir gustosamente la oferta gratuita de perdón y vida nueva en Cristo, que con tanto amor y bondad se nos ofrece!

Como este capítulo se hace bastante extenso, pasamos al siguiente.

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Capítulo 4 – El libro de Eclesiastés (c)

Continuamos citando 10:11:- “Si muerde la serpiente antes de ser encantada, de nada sirve el encantador.”

La sencilla pero contundente verdad de este versículo, contiene algo plenamente aplicable a la situación en que vive y se desenvuelve hoy día nuestro mundo occidental.

Efectivamente, la forma en que se construyen polideportivos con piscinas, canchas de fútbol, tennis, fútbol sala, frontennis, etc., la seguridad social para el cuidado de la salud y la promoción de la longevidad, los salones de ocio y recreo para la edad media y avanzada – en fin, todo eso de que se disfruta para el bienestar y la felicidad, y sin embargo, ¡qué desconcertante y triste a la vez ver que poco o nada de esos fines se logra!

Por el contrario, el crimen, la delincuencia, la drogadicción, matrimonios destrozados ya sea por incompatibilidad o infidelidad, la falta de respeto a los mayores, la insumisión o abierta rebeldía, la corrupción moral que lleva a tantos y tantas a conducirse de la forma más inescrupulosa con tal de hacerse de pingües sumas de dinero – y en fin, todo un mundo de maldad que aflora por doquier.

La razón está en que la maldita serpiente, en un principio dio una mordedura venenosa al hombre y a la mujer que le prestaron atención, dándole la espalda al Dios Creador que les había dado todo.

Como sabemos, el encantador, valiéndose de una musiquilla grata y placentera, logra apaciguar a la serpiente, aunque sólo transitoriamente.

Pero loado sea Dios, la solución divina ha venido por un medio totalmente distinto. El amado y eterno Hijo de Dios se encarnó y vino a este mundo, pero por cierto no para tratar de apaciguar a la serpiente con melodía dulce y suave, sino para darle un golpe de gracia certero, final y terminante.

Ya a muy poco de acontecer la mordedura a nuestros primeros padres Adán y Eva, vino la promesa de que la simiente bendita – Cristo – si bien iba a ser herida en el calcañar, le habría de herir a ella – la serpiente – en la cabeza.(Génesis 3: 15b)

Hacemos una importante reflexión sobre estas dos cosas. En la prédica oral, y también por escrito, hemos puntualizado que el dolor espiritual, emocional, anímico y físico que experimentó el bendito Crucificado a favor nuestro, en ese largo túnel del Getsemaní al punto final del Calvario, es algo que en su total magnitud sólo podremos comprender cabalmente en el más allá, cuando conozcamos en plenitud como somos conocidos. (1ª. Corintios 13: 12b)

Y sin embargo, a todo eso en esta predicción de Génesis 3: 15 que hemos citado, se lo compara – sorprendentemente – ¡a una mera herida en el talón, que duele de verdad, pero que a poco tiempo se sana, cicatriza y desaparece!

Por el contrario, la herida en la cabeza es un golpe final y definitivo, y eso es lo que le pasó a la serpiente en el Calvario – ha recibido un golpe de gracia que ha desmoronado su reino por completo y ha quitado el pecado de la tierra y del mundo. (Zacarías 3: 9b y Juan 1: 29)

¡Bendita solución divina! Y además, puesta al alcance de todo aquél que, humillado, y arrepentido de sus muchas faltas y pecados, reciba en su corazón el perdón – total, gratuito y eterno – junto con una nueva vida, totalmente distinta, en Cristo Jesús.

Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal.” (4: 11)

Que hoy día, en nuestra democracia del mundo occidental, en general la ley es demasiado blanda para con la delincuencia, es un hecho evidente y creemos que deben ser muy pocos los que opinan lo contrario.

Algunas cárceles cuentan con calefacción y aire acondicionado, e incluso televisión para el uso y beneficio de los presos, amén de otras facilidades, según el caso.

Nos viene a la mente un caso, muy risueño por cierto, de un hombre de negocios cuya empresa quebró, de manera que quedó en la más absoluta indigencia.

Para solucionar el problema básico de no tener ni para comer ni para pagar el alquiler, hizo algo inaudito. Fingió cometer un atraco – de un banco, creo – logrando así el fin de que se lo pusiera preso, y de esa forma ¡contar con alojamiento y comida gratuitos!

Aunque cueste creerlo, fue un caso verídico, que aconteció en España hace más o menos un par de años, aun cuando no podemos precisar en qué lugar de la península.

Recordamos otro muy distinto, y que ilustra la contundente eficacia de un trato muy severo del criminal o delincuente. Nos lo narró hace unos buenos años una hermana en Cristo que conocimos en la localidad de Lérida y que con anterioridad había residido por un tiempo en Venezuela.

Sucedió que falleció un hijo del primer mandatario del país, y llegaron junto con las consabidas condolencias, muchas ofrendas florales, y además una de oro – seguramente de una persona muy pudiente.

Un pillo la robó, pero bien pronto lo descubrieron y apresaron. La medida adoptada fue cortarle una mano, y dejarlo encerrado en una isla rodeada de yacarés.

La hermana me aseguró que después de eso, uno se podía fiar que no le iban a robar la cartera o billetera, ni el automóvil, aunque se lo dejase sin echarle llave.

Si bien no opinamos como lo más indicado que se le haya cortado la mano, pensamos que por cierto es un caso que puntualiza la eficacia de una mayor severidad con la delincuencia. Por el contrario, cuando la ley y el trato de la misma no son realmente estrictos y severos, inevitablemente tiende a incrementarse.

“Anda, y come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón; porque tus obras ya son agradables a Dios.” (9: 7)

Interpretamos este versículo en el sentido de una maduración espiritual, que conlleva agradar al Señor como norma, dejando atrás los altibajos que se experimentaban anteriormente.

Jesús afirmó en Juan 8: 29: “Porque el que me envió conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.”

Subrayamos siempre porque hace resaltar la perfección del amado Señor Jesucristo – nunca ni siquiera el menor atisbo de obediencia parcial, antes bien total y absoluta, y sobre todo en la vía dolorosa que se extendió desde el Getsemaní hasta Su muerte en el Calvario.

La maduración es una meta muy deseable, a la cual debemos aspirar todos, tanto en el aspecto natural del desarrollo y crecimiento, como en todas las demás facetas de la vida.

Ya hemos puesto el ejemplo de la ciruela verde y la madura. Así como esta última es la vida que espiritualmente ha madurado. Lejos de traer lo desagradable que a menudo resulta de la inmadurez, da plena satisfacción al Señor, Quien así se complace en darle señales de Su presencia aprobatoria.

Más sobre la maduración en el capítulo siguiente.

Por último, una reflexión final sobre este punto. No creemos rebuscado asociar el comer el pan con gozo y beber el vino con alegre corazón del texto del versículo, con la comunión. No nos referimos solamente a la participación de la Santa Cena, como solemos llamarla, sino que la hacemos extensiva a una vida que disfruta de una rica comunión espiritual con el Señor, en un vivir delante de Él bajo un cielo despejado, límpido y radiante, con el Sol de Justicia Increado brillando en todo su esplendor.

El lector advertirá que se trata de un nivel muy elevado, el cual quien esto escribe no pretende haber alcanzado de forma permanente. No obstante, las ocasiones en que lo logra, le sirven de estímulo para perseverar y progresar en una marcha ascendente.

Humilde y amorosamente animamos a cada uno a proponerse escalar posiciones en este sentido en su andar cotidiano.

Interrumpimos en este punto para continuar en el capítulo siguiente.

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Capítulo 5 .- El libro de Eclesiastés (d)

Goza de la vida con la mujer que amas todos los días de la vida…, que te son dados debajo del sol,… ; porque ésta es tu parte en la vida y en tu trabajo con que te afanas debajo del sol.” (9:9)

Creo que esto sencillamente es lo que se nos dice en Efesios 5: 25-29, recalcando las palabras finales del versículo 28:- “…El que ama a su mujer a sí mismo se ama.”

La conclusión lógica es que quien no lo hace, no se ama a sí mismo, y todo el daño que le pudiera hacer a su mujer con su falta de amor, aunque tal vez sin darse cuenta, se lo está haciendo a sí mismo.

Inversa o recíprocamente, todo el daño que la mujer le pueda hacer a su marido por cualquier causa que fuere, en realidad se lo está haciendo a sí misma.

Añadimos la hermosa exhortación de Proverbios 5: 18-19:- “Sea bendito tu manantial y alégrate con la mujer de tu juventud, como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre.”

Que el Señor nos ayude a ser mejores maridos y esposas.

«En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza.” (9: 8)

Desde luego que esto no significa vestir un delantal blanco bien almidonado, sino abstenerse de todo lo que sea sucio, impuro, torcido o carnal.

La lista sería casi interminable, pero si a lo dicho añadimos el dejar de lado toda sonrisita falsa, guiñadita de ojos y la lengua suelta y descontrolada, el chiste verde o de mal gusto, o celebrarlos cuando otros lo cuentan, tendremos una idea bien clara de qué se trata: – santidad, sin la cual nadie verá al Señor, como se puntualiza en Hebreos 12: 14b.

Debemos agregar que no en vano el versículo citado comienza diciendo En todo tiempo. Es decir, no sólo el domingo cuando estamos con los hermanos, sino también durante la semana, a menudo rodeados de compañeros de trabajo incrédulos que no vacilan en soltar malas palabras y aun blasfemias, y muchísimas otras cosas de índole totalmente mundana.

Pasando ahora al ungüento, debemos señalar algo importantísimo:- si bien a menudo se suele decir simplemente la uncíón, al describírsela en Éxodo 30: 22-33 se la llama unción santa.

Aquí es donde añadimos más sobre la madurez. Lo hacemos basándonos en Hebreos 5: 14 donde se describe a los que han alcanzado madurez, diciendo “para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.”

Aun cuando hay un margen de falibilidad en todo ser humano, debemos señalar que, en general, a la madurez no se le pasa gato por liebre.

No son pocas las veces que hemos oído o leído acerca de predicciones de gran bendición pronunciadas en diversas situaciones. Por ejemplo, ministerios del extranjero sobre personas que les han abierto la puerta invitándolos a España, y, tal vez como reconocimiento, les han vaticinado grandísimas cosas, que a veces no cabe otra forma de describirlas que llamarlas delirios de grandeza.

Un hermano y consiervo avezado, fundadamente escéptico en cuanto a una predicción de una hermana que, supuestamente, iba a tener una labor apostólica por todo el país, conociendo bien a la misma, me señaló significativamente que ¡conociendo a la vaca, uno sabe la leche que de ella se puede esperar!

La intención en dar esas predicciones puede ser buena, pero en realidad el efecto que producen a la larga resulta muy perjudicial. Se espera ese gran día en que esas maravillas van a empezar a suceder, y en tanto no llegan, siguen las lagunas y los altibajos y no se vive en la realidad del presente, sirviendo al Señor con humildad, amor y devoción, aun en lo que parece pequeño.

Como dijo Jesús en Lucas 16:10 “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel…”

Mejor es una onza de oro puro, que una tonelada de madera, heno y hojarasca.

En el terreno práctico de la vida en la iglesia primitiva, en el libro de Los Hechos sólo encontramos dos profecías predictivas, ambas dadas por un reconocido profeta de nombre Agabo. Tanto la una como la otra – ver Los Hechos 11: 28-30 y 21:10-11 – predecían dificultades o peligros que sobrevendrían.

Para mayor abundamiento, citamos 1ª. Tesalonicenses 3: 4 donde encontramos lo siguiente, escrito por el apóstol Pablo:– “Porque también, estando con vosotros, os predecíamos que íbamos a pasar tribulaciones, como ha acontecido y sabéis.”

En ningún caso vemos que se hayan predicho grandes bendiciones, como el levantamiento de la iglesia gentil en Antioquía de Siria, ni el levantamiento de la iglesia de Éfeso más tarde bajo el ministerio de Pablo.

Pasando ahora al ungüento sobre tu cabeza – es decir la unción santa – notemos que en los versículos 23 y 24 del capítulo 30 de Éxodo en que se la describe, se especifican los ingredientes precisos que debía contener, y en el 25 se señala que de ellos se haría el superior ungüento “según el arte del perfumador.”

Interpretamos que esa precisión en cuanto a los ingredientes – no se dice aproximadamente, sino la cantidad exacta de cada uno – nos habla de la debida y cumplida concordancia con la palabra de Dios, las Sagradas Escrituras.

Por otra parte, el arte del perfumador nos sugiere una originalidad y frescura totalmente ajenas al molde fijo, o la copia por el papel carbónico, por así decirlo.

No resulta fácil definirla exactamente y en términos prácticos. Tal vez podríamos decir que tiene un no sé qué indefinible, que la hace viva y fresca, con originalidad y gracia, y que al mismo tiempo – con toda seguridad – resulta muy convincente para quien sabe oír y discernir.

Concluimos citando otra vez el mismo versículo, como una amable y cortés exhortación a cada lector, la cual, por nuestra parte, también asumimos.

“En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza.”

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Capítulo 6.- El libro de Eclesiastés (e)

“En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza.” (9: 8)

Volvemos sobre este versículo dado que como dijimos, es clave, y cuya interpretación, aplicada a nuestro andar diario en la dispensación de la gracia en que nos encontramos, nos abre un amplio abanico de verdades, todas ellas de carácter absolutamente fundamental. Agregaremos dos o tres cosas nuevas, reiterando alguna de importancia sobresaliente.

En términos prácticos, nada de mentiras ni trampas, ni de chistes verdes, ni de reírnos festejándolos cuando otros los cuentan; irreprochables en el manejo del dinero, cuidándonos de que nuestros ojos no miren dónde no debe, y cómo no debe un verdadero hijo de Dios, lo que incluye películas obscenas o de crimen y violencia, ya sea en videos o en la televisión. Aunque esto sea una repetición, nunca se puede insistir demasiado – tantos prestan un asentimiento mental toda vez que se lo menciona, pero nos tememos que en la práctica no lo toman con la debida seriedad.

El versículo en que estamos es muy breve, pero en el mismo se menciona una segunda cosa de vital importancia: el ungüento, lo que nos lleva a la hermosa verdad de la unción.

La inferencia es muy clara: si vivimos y andamos a diario de blanco ante Dios y los hombres, disfrutaremos de la preciosa unción; en caso contrario, descartémosla por completo.

Esto no es un mero detalle por cierto. Existe una unción que no es santa – una falsificación de la auténtica.

Nos explicamos con ejemplos ilustrativos. Hace unos buenos años en una iglesia determinada – preferimos no especificar lugar ni nombres – un pastor se encontraba muy perplejo, dado que un joven predicador de la iglesia había estado trayendo mensajes que traían cosas de alto vuelo, por así decir, y que parecían deleitar a la congregación. A poco, lamentablemente, se descubrió que estaba en adulterio con una hermana menor de su mujer.

Tuvimos que explicarle que era una unción falsa, totalmente ajena a la verdadera, propia de quien vive limpiamente y cerca del Señor cada día.La verdadera unción proviene de la gracia de la tercera persona de la Trinidad, que por algo se llama el Espíritu Santo.

Ya que estamos en este tema, tenemos que referirnos también a predicciones proféticas de avivamiento o gran bendición que venimos oyendo desde hace muchos años.

En nuestra dilatada trayectoria sirviendo al Señor, mayormente en España, la primera predicción de avivamiento de que oímos era que vendría desde Menorca, de Este a Oeste; más tarde hubo una que decía que en el Levante se irían encendiendo pequeños fuegos de avivamiento, que gradualmente se extenderían por toda la Península Ibérica.

Con posterioridad otra – ahora el avivamiento comenzaría en Andalucía, y todavía otra que comenzaría en Cataluña, con detalles como el renacimiento de las bellas artes en la región, y el envío de misioneros a muchas otras partes del mundo.

Hasta el día de hoy, que sepamos, ninguna se ha cumplido.

Añadimos que a veces pensamos que el maligno se divierte en todo esto, viendo la forma en que creyentes incautos que se creen las pseudo-profecías, desperdician preciosos días de su vida en que podrían estar sirviendo al Señor útilmente, y en vez, están esperando el gran día que nunca llega.

Debemos aprender a distinguir entre lo aparente y lo real y genuino.

Corresponde ahora que pasemos a hablar algo más sobre la unción santa.

En Éxodo 30: 32 se nos dice que «sobre carne de hombre o sobre extraño no debía derramarse….» Esto habla claramente de por sí.

Debe llevar, como algo que nunca se puede enfatizar demasiado, el respaldo de una vida limpia y de quien vive cerca del Señor cada día.

También debemos puntualizar que muchas veces, quien es así usado por el Señor, no es consciente de la bendición que está impartiendo. Quien esto escribe en no pocos casos, recién después de varios o aun muchos años, ha llegado a enterarse de repercusiones benéficas de lo que ha ministrado.

Tal vez debemos acotar el contraste con informes que en algunas ocasiones se dan de campañas en países del África, por ejemplo, donde a veces, a poco de terminar una gira evangelística, se informa que en la misma se convirtieron decenas o centenas de miles.

No desestimamos el esfuerzo y sacrificio de muchos que con denuedo sirven al Señor responsable y noblemente en esas tierras.

Por otro lado, después de un período de un año, digamos, si se volviera al lugar de esas campañas, uno se pregunta cuántos, de los miles que hicieron profesión de fe, se encontraría que perseveran y dan muestras de ser verdaderos convertidos

Concluimos el capítulo y el estudio del libro citando otra vez el versículo 9: 8, como una reiteración a que aspiremos a que sus dos verdades claves se cristalicen plenamente en nuestras vidas.

“En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza.

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Capítulo 7 – La 2ª. Epístola de Pedro (a)

Algunos se preguntarán por qué no tratamos la 1ª. Epístola de Pedro antes de la segunda. La verdad es que, aunque ambas tienen un riquísimo contenido, la inspiración por ahora se nos inclina por la segunda.

Hace unos buenos años nos disgustó en extremo leer en una Biblia comentada, en la introducción a esta epístola, las palabras el autor de esta epístola es incierto.

Decir que la autoría de la epístola es incierta, equivale a sugerir que probablemente fue escrita por un impostor, lo cual nos resulta totalmente inadmisible.

Somos de los antiguos, de los fieles que creen que la Biblia que Dios nos ha dado es Su verdadera palabra, y afortunadamente nos sabemos acompañados de los muchísimos verdaderos fieles que también lo creen de todo corazón.

También recordamos el sacrificio de nobles siervos del pasado que arriesgaron sus vidas, y algunos hasta sufrieron el martirio luchando para que pudiésemos tener la preciosa palabra divina en nuestra propia lengua. Sepamos valorarla y atesorarla debidamente.

Tras la salutación dirigida a los que habían alcanzado por la justicia divina una fe igualmente preciosa que la suya, y desearles que la gracia y paz les fuesen multiplicadas en el conocimiento de Dios y del Señor Jesús, Pedro se despacha con los versículos 3 y 4, saturados de maravillosas verdades. Los citamos antes de pasar a comentarlos.

“Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia.”

Al hablar de la vida y la piedad, se está refiriendo a nuestro andar cotidiano dentro del marco del temor y amor del Señor, que nos impulsa a buscar el bien en todos los aspectos de la vida, a fin de agradarle en todo.

Para ese fin nos han sido dadas todas las cosas necesarias, para ponerlas no sólo a nuestro alcance, sino también a nuestra entera disposición – es decir que por Su divino poder recibimos una provisión completa y absoluta.

Y de esa provisión se disfruta mediante el conocimiento de Aquél que nos ha llamado por Su gloria y excelencia.

Estos dos atributos – la gloria y excelencia divina – van mucho más allá de lo que pudiera denotar una reflexión breve o superficial.

En la conclusión del Padre Nuestro Jesús dijo: “…porque tuyo es el reino, el poder y la gloria.”

Por su parte, Pablo en Efesios 1: 17 escribe: “el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de Gloria…Es decir, que lo describe como el progenitor de la gloria, en cuya persona enteramente gloriosa tiene su origen toda la gloria más excelsa.

Debemos acotar que, estrictamente hablando, hay glorias relativas. En 1ª. Corintios 15: 40-41 se nos dice que hay la gloria de los cuerpos celestiales, como así también la del sol, de la luna y de las estrellas, y que una estrella es diferente de otra en gloria.

Pero todas éstas, como decimos, son glorias relativas, recibidas del Supremo Creador, y brotadas de Su gloria majestuosa y sublime.

En cuanto a Su excelencia ¿qué más podemos agregar que no sea referirnos a Sus atributos de Omnisciencia, Omnipresencia y Omnipotencia?

Tal vez que Su grandeza es inescrutable, como se nos dice en el Salmo 145: 3, y también remitir al lector al pasaje de Isaías 40 que se extiende del versículo 12 al 18, donde de forma casi diríamos aplastante se describe al incomparable Dios y a Su Espíritu. Citamos parte del mismo: “He aquí que las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas; he aquí que hace desaparecer las islas como polvo” rematando así: ¡“Como nada son todas las naciones delante de él, y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es.”!

En el versículo siguiente se nos habla de las preciosas y grandísimas promesas que nos ha dado, por medio de ésa, Su gloria y excelencia, con el fin de que podamos llegar a ser participantes de la naturaleza divina.

Esto nos lleva a algo maravilloso, que no es de mi propia cosecha, sino que ha sido dicho antes por más de un siervo del Señor, pero que me complazco en consignar:-

EN CRISTO HEMOS GANADO MÁS DE LO QUE PERDIMOS EN ADÁN.

Efectivamente, por la redención en Cristo Jesús hemos recuperado la comunión con el Dios Vivo y Verdadero, el poder entrar libremente en el Lugar Santísimo por la preciosa sangre vertida en el Calvario, ser hechos justicia de Dios en Él, a cambio de la desnudez del pecado que nos legó Adán, y mucho más.

Pero también hemos ganado algo que Adán no tenía. Él fue creado como un ser limpio, dotado de sabiduría, buena salud y mucho más, pero no con la naturaleza divina.

Esto es una gloria exclusiva del Nuevo Pacto: – la maravilla de que por un engendro del Espíritu Santo seamos depositarios de la naturaleza – la forma de ser – o bien, la disposición y el carácter de la mismísima Deidad.

Por cierto que es una verdad dichosa que nos debe llenar de regocijo. Al mismo tiempo, debemos tener muy presente que conlleva una gran responsabilidad: la de vivir y andar en el Espíritu, cuidando que esa bendita naturaleza sea lo que rige nuestra vida.

Todo este bien que antecede Pedro lo convierte en un trampolín para lanzar una rica y sabia exhortación. La citamos antes de pasar a comentarla.

“…vosotros también poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; al afecto fraternal, amor.”

“Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.” (1: 5-8)

Llama la atención la forma en que la gracia del Señor pudo inculcar a este pescador, hombre del vulgo y sin letras, la gran sabiduría y madurez que denota esta exhortación, como así también todo el resto de la epístola – al igual que la primera – desde luego.

También debemos tener en cuenta que a esta altura se acercaba al final de su carrera, y los años de servicio al Señor, con toda la rica gama de experiencias vividas, seguramente habían tenido un papel importante en esa asimilación tanto de sabiduría como de madurez.

En efecto, los años, siempre que estén bien aprovechados, enseñan a dejar atrás lo propio de un bisoño o inmaduro, el cual, al exhortar, podría muy probablemente hacerlo en términos bastante distintos. Más bien se inclinaría por la superficialidad de cosas tales como el poder, resultados prácticos y numéricos, y otras de índole semejante.

Las cualidades de la exhortación de Pedro tienen que ver con el carácter de cada uno, y eso es lo que ha de perdurar – es decir, el ser por encima de hacer.

Un creyente puede desarrollar muchas labores y hacer muchas obras buenas, pero si en su carácter adolece de la falta de cualidades virtuosas, seguramente que no recibirá la mirada aprobatoria del Señor.

Antes de pasar a lo que Pedro exhorta a que se añada a la fe – siete cosas en total – antepone las palabras poniendo toda diligencia por esto mismo.

En efecto, el ser depositarios de todo el bien del versículo 5, supone un privilegio tan grande, que nos coloca a todos en una obligatoriedad moral ineludible.

De ninguna forma debemos responder a tan grande bien con algo que sea menos que toda diligencia. Buscando otros vocablos más o menos parecidos diríamos con esmero, a la par que con ahínco y devoción, agregando por supuesto que todo ello en consideración de Quién y para Quién lo hacemos.

Viéndolo desde el punto de vista del contraste, tanto la tibieza como la mediocridad se da por sentado que deben quedar totalmente descartadas.

Pasando ahora a considerar cada una de las cualidades que se nos exhorta a añadir a nuestra fe, encontramos que la primera es virtud. Debemos pensar primeramente en una inclinación o tendencia a hacer el bien, a veces, aun cuando vaya en contra de nuestro beneficio o comodidad.

Pero la palabra virtuoso, derivada de virtud, nos da otra acepción importante. Se dice que alguien es un virtuoso del violín, por ejemplo, para señalar que lo toca con excelencia.

Así, cuánto hagamos – siempre recordando para Quién lo hacemos – que sea con excelencia, con nuestro mejor esfuerzo. En ello tendremos la feliz conjunción del carácter con el obrar, o bien, el ser con el hacer.

La siguiente cualidad en la lista de siete es conocimiento. No debemos entenderlo, desde luego, como conocimiento adquirido por el estudio académico, ya sea en cultura general, o en una rama determinada, como podría ser medicina, filosofía, psicología, ciencias naturales, etc.

Por supuesto que no desechamos el valor del estudio en general, como parte indispensable en la preparación de cada uno con miras a seguir una carrera determinada, o sencillamente a ganarse la vida.

No obstante, el conocimiento a que Pedro se refiere, se relaciona con el andar delante de Dios y de nuestros semejantes de una manera sabia y prudente, y desde luego, que condiga con el buen ejemplo que siempre debe dar un hijo de Dios.

La siguiente cualidad es el dominio propio. Tiene aplicación con el comer y beber, pero también se hace extensiva a cualquier afición que se tenga, a un deporte determinado por ejemplo, y que en ningún caso debe ser obsesiva.

Sabemos que algunos personas, debido a su metabolismo padecen de obesidad, pero en líneas generales no cuadra que un creyente, y menos un siervo del Señor, sea un panzón ni dado a la bebida. Esto último, digámoslo de paso, lo descalificaría para ocupar un cargo en un presbiterio o diaconado, según lo señalado en las epístolas a Timoteo y Tito.

A continuación Pedro añade paciencia. En Lucas 21: 19 el Señor dijo muy significativamente “Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas.”

Recordamos un caso algo risueño que pensamos que se presta para ilustrar la importancia de esta cualidad, en la cual no es fácil alcanzar un alto grado de perfección.

Un hermano mío en la carne y en el Señor, hace unos años, cuando ya contaba con sesenta años de edad y cincuenta de creyente, padecía de un dolor molesto en una de sus rodillas.

Un hermano más joven le preguntó por qué pensaba que el Señor permitía eso en su vida. Le respondió que tal vez sería para que aprendiese la paciencia.

A esto el joven le replicó: “Cincuenta años de creyente y ¿todavía no aprendió la paciencia?

La conclusión evidente es que aprender la paciencia ¡lleva mucha paciencia!

En cuanto a la piedad, que es la siguiente en el listado de Pedro, nuestro diccionario usual de la lengua española la define diciendo que es la virtud que por amor a Dios inclina a los actos de compasión y amor al prójimo.

Por su parte la versión inglesa del Rey Santiago consigna godliness, que más o menos podríamos decir que significa ser semejantes o parecidos a Dios.

Por último, en 1ª. Timoteo 3: 16 Pablo escribe:- “E Indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, Justificado en el Espíritu, Visto de los ángeles, Predicado a los gentiles, Creído en el mundo, Recibido arriba en gloria.”

Esto nos traza a grandes rasgos la trayectoria maravillosa e irreprochable de nuestro amado Señor Jesús, desde la encarnación hasta la ascensión. Redondeamos diciendo que ahí tenemos la piedad claramente definida, personificada y ejemplificada.

La penúltima cualidad a añadirse es afecto fraternal, que en otras versiones se traduce bondad fraternal.

El concepto que surge con claridad es el de una disposición de bondad, servicio y ayuda mutua, que se destaca muy por encima de la amistad y camaradería o compañerismo que se encuentra en personas no convertidas, por bondadosas o bien intencionadas que sean.

Y la última es lo que podríamos llamar con toda propiedad la perla y la corona del amor. En 1ª. Corintios 13: 4-7 se consignan nada menos que quince facetas del verdadero amor.

A veces hemos señalado que a cada una de ellas se podría anteponer con toda razón el nombre de Jesucristo, diciendo así: Jesucristo es sufrido, Jesucristo es benigno y así sucesivamente abarcando no tiene envidia, no es jactancioso, no se envanece, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor, no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad, todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Se podría agregar que, como un ejercicio de auto examen, sería provechoso que cada uno antepusiese su nombre a cada una de estas quince cualidades, en una lista vertical. A la derecha, según el nivel alcanzado, se debería colocar una primera tilde que denote que es relativamente cierto, una segunda si se considera que es bastante cierto, y una tercera significando que es totalmente cierto.

Podríamos así determinar el verdadero grado de desarrollo de nuestro carácter, ¡confiando en que ninguno resultase reprobado!

Concluida su lista de siete, Pedro añade el altísimo beneficio que resulta cuando estas cualidades están y abundan en cada uno, a saber, el de no estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.

Nos llama la atención la forma en que hace resaltar como la meta más alta el conocimiento de nuestro amado Señor Jesús, algo que – adelantándonos bastante – corrobora fuertemente al final de la epístola, al cerrarla con las palabras “Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.” (3: 18)

A lo que antecede agrega una solemne advertencia a quienes pudieran hacer caso omiso de todo eso, diciendo:- “Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta, es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados.” (1: 9)

Se trata de una advertencia muy seria, la cual, en no pocas situaciones sería muy en sazón que se repitiese, con oración y unción de lo alto, se sobreentiende.

El pasaje sigue con un versículo de exhortación, y otro que sirve de firme aliciente para quienes la asuman plenamente.

“Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección, porque haciendo estas cosas no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.” (1: 9-10)

Es verdad que tenemos la dicha de haber sido objeto de la bendita vocación y elección divina. No obstante, la misma se confirma, corrobora y afianza con una conducta consecuente, dándose cada uno de lleno a responder como corresponde a esa obligatoriedad moral a que ya nos hemos referido.

Dar por sentado que esa vocación y elección ya son suficientes, y no poner toda la diligencia debida, sería entrar en un terreno muy falso y peligroso.

El aliciente es doble y muy precioso y reconfortante.

Por un lado se nos da la seguridad de que poniendo nuestra parte como es debido, es decir ocupándonos del todo y con devoción y esmero, no caeremos jamás.

Por el otro, nos asegurará una amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Será la dicha inmensa de recibir una cálida bienvenida celestial cuando hayamos concluido nuestra peregrinación – oír las benditas palabras de Mateo 25: 21:- “Bien, buen siervo y fiel, sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.”

Además, resulta de mucho aliento saber que la misma bienvenida se repite en el versículo 23 del mismo capítulo, y para uno más pequeño, por así decirlo.

Esto nos hace entender claramente que aunque no seamos de los grandes ni muchos menos, igualmente nos aguardará esa maravillosa bienvenida al finalizar nuestra carrera.

Como a partir de este punto – el fin del versículo 10 – Pedro pasa a algo distinto, y como además el capítulo ya se ha hecho bastante extenso, interrumpimos para continuar en el siguiente.

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Capítulo 8 –  La 2ª. Epístola de Pedro. (b)

“Por esto, yo no dejaré de recordaros siempre estas cosas, aunque las sepáis y estéis confirmados en la verdad presente.”

Pues tengo por justo, en tanto que estoy en este cuerpo, el despertaros con amonestación; sabiendo que en breve debo abandonar el cuerpo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado.”

“También yo procuraré con diligencia que después de mi partida vosotros podáis en todo momento tener memoria de estas cosas.”

A esta altura Pedro se encontraba cerca del fin de su trayectoria terrenal. En Lucas 22: 32b el Señor le dio el mandato de que una vez vuelto y recuperado de su triple negación “confirmase a sus hermanos.”

Como acotación muy importante debemos señalar que, aunque en términos distintos, el Señor le hizo el mismo mandato en una ocasión posterior, según se consigna en Juan 21:15b – “Apacienta a mis corderos;” 21:16b – “Pastorea mis ovejas” y 21:17b – “Apacienta mis ovejas.”

Seguramente que de esa insistencia del Señor en la misma consigna, él aprendió a ser también muy insistente.

Aparte del pasaje en que estamos, tenemos fiel constancia de que Pedro asumió plenamente el mandato recibido del Señor en Los Hechos 9: 32 – “Aconteció que Pedro, visitando a todos…” En otra versión se traduce “visitando todos los lugares.”

En ambos casos la palabra todos habla de por sí – no quedaba nadie ni ningún lugar olvidado ni desatendido. Seguramente que sus visitas no serían breves y de mera cortesía, sino con el expreso fin de confirmarlos, dándoles consejos, exhortaciones, advertencias, palabras de ánimo y consuelo, pero también de reprensión cuando correspondía.

Ahora, unos buenos años más tarde, acercándose al fin de su peregrinación, como ya hemos dicho, lo vemos entregado con el mismo tesón y ahínco al mandato recibido del Señor.

“Por esto” – todo lo que hemos comentado en el capítulo anterior – “yo no dejaré de recordaros siempre estas cosas, aunque vosotros las sepáis y estéis confirmados en la verdad presente.”

Lo anterior – que les fuera otorgada “amplia y generosa entrada en el reino de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” – se convierte en el trampolín del cual se lanza para comenzar su solemne recordatorio. En el mismo resalta la palabra siempre, que agregada a todos ya señalada antes, nos da una idea de lo exhaustiva de su labor confirmatoria.

Estaba dirigida a quienes ya lo sabían y estaban confirmados en la verdad presente. En otras palabras, no eran niños espirituales, sino personas adultas y maduras en la fe.

No obstante, eso no era óbice para que insistiese con el afán y la preocupación de siempre, sabiendo sobre todo de Quién había recibido el solemne mandato, y que en el más allá debía comparecer ante el Tribunal de Cristo para rendir cuentas.

Por tanto, cuanto supusiese menos que una labor a fondo, con todo su esfuerzo y devoción y hasta el final de su carrera, quedaba rotunda y totalmente descartado.

De paso digamos que “confirmados en la verdad presente” debe interpretarse a la luz del hecho de que escribía a la circuncisión – el pueblo de Israel – pues ésa era su parcela ministerial. Debían seguir teniendo bien presente que toda la enseñanza mosaica y del Antiguo Testamento en general, había servido el fin de llevarlos a lo muy superior del Nuevo, en total cumplimiento de aquello a lo cual apuntaba y preanunciaba el Antiguo.

Agrega a lo ya dicho que tenía “por justo, entretanto que estaba en el cuerpo el despertaros con amonestación.” Bien consciente que los creyentes muy bien podrían ser propensos a caer en un letargo espiritual – despertarlos y esto con amonestación.

Es decir, amonestarlos de tal manera que su palabra fuese un medio eficaz para mantenerlos bien despiertos. Y esto lo seguiría haciendo mientras estaba en el cuerpo – mientras conservaba el hálito de vida y su corazón seguía latiendo.

Todo eso lo estaba haciendo en consideración a que muy pronto debía marchar al más allá, tal cual su amado Señor se lo había declarado.

Nos agrada la forma en que describe su muerte. Desde luego que no hay el menor atisbo de temor – todo lo contrario:- “…en breve debo abandonar el cuerpo.” Es como si dijese “esta vestimenta de carne, hueso y sangre que he llevado todo este tiempo la dejo atrás, para trasladarme a la mansión eterna y ponerme la vestidura espiritual que me aguarda.”

Pero su comprensión del cumplimiento pleno del mandato que había recibido no termina en eso. Lejos de ello, iba a procurar con diligencia que después de su partida esos santos amados recordasen en todo momento esas cosas sagradas en que él había insistido vez tras vez.

Con ese fin, creemos que por una parte debemos considerar sus dos epístolas, que están saturadas de verdades prácticas y fundamentales, y al mismo tiempo, muy ricas y preciosas. Las mismas constituyen desde luego, un legado maravilloso para los santos de todos los tiempos.

Pero, seguramente que agregaba a ello sus fervorosas oraciones de que en todo momento tuviesen memoria de esas cosas tan gloriosas, y de importancia capital y cardinal.

Bien podemos imaginar después de su deceso, la forma en que los fieles se acordarían, diciéndose unos a otros – “así como nos decía nuestro amado apóstol” o bien “os acordáis que tantas veces nos advirtió de tal o cual peligro” o “nunca me olvidaré de esa ocasión en que nos habló largo y tendido, sin que se le quedase nada en el tintero” y otras expresiones recordatorias de esa índole.

Sin lugar a dudas, en esto Pedro nos ha dejado un ejemplo admirable de la forma en que debemos asumir todo mandato recibido del Maestro de los maestros.

A continuación, para fortalecer todo lo anterior con el máximo de solidez y fiabilidad, pasa a decir lo siguiente en los versículos 16 al 18:-

“Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad.”

“Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi hijo amado, en el cual tengo complacencia.”

“Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el santo monte.”

Sabedor de que en el mundo hay tanto engaño, y a veces se pretende hacer creer que han acontecido cosas que en verdad no han sucedido, empieza por asegurarles que en anunciarles el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo no han hecho absolutamente nada de eso, que él resume llamándolo fábulas artificiosas, y que en el argot popular calificaríamos de “cuentos chinos”, con disculpas a los ciudadanos de esa nacionalidad.

Muy por el contrario, pasa a aseverar que era algo que habían visto con sus propios ojos, y además, al usar el plural lo hace porque no estaba solo, sino acompañado por otros dos discípulos: Juan y Jacobo, satisfaciendo así plenamente el requerimiento de las Sagradas Escrituras de que todo asunto ha de dirimirse por boca de dos o tres testigos.

Este requerimiento – digámoslo de paso – se consigna en el Pentateuco (ver Deuteronomio 17:6 y 19:15 entre otros) en el evangelio, por boca misma del Señor Jesús (Mateo 18:16) y en las epístolas (2ª. Corintios 13: 1 y 1ª. Timoteo 5: 19)

Se estaba refiriendo, claro está, a la ocasión de la transfiguración, narrada en los tres evangelios sinópticos.

En la misma, como sabemos, junto al Señor Jesús aparecieron rodeados de gloria, dos grandes varones del Antiguo Testamento – Moisés y Elías.

Mas apartándose ellos de Él, Pedro, tras manifestar lo bueno que era para ellos que estuviesen allí, propuso que hicieran tres enramadas, una para Él, una para Moisés y otra para Elías.

En cuanto a esta propuesta, Marcos 9: 6ª consigna: “Porque no sabía lo que hablaba” y Lucas, por su parte “no sabiendo lo que decía.” (Lucas 9:33b)

Por cierto que se trataba de un gran desatino – el de poner al Eterno Hijo de Dios en un mismo nivel que los otros dos, varones dignísimos de verdad, pero humanos y falibles.

Con todo, la nube de luz, con la presencia del invisible Padre de gloria los cubrió, y una voz desde la misma puso las cosas en su debido lugar diciendo: “Éste es mi Hijo Amado, a él oíd” (Marcos 9:7b y Lucas 9: 35)

Hemos hecho este breve comentario sobre la transfiguración, con el fin de poner de relieve que Pedro, ahora mucho más maduro que en aquella ocasión, había comprendido muy bien las cosas y dejado atrás ese desatino.

La forma en que habla de haber visto con sus propios ojos Su majestad, de cómo recibió de Dios Padre honra y gloria, al serle enviada una voz de la magnífica gloria que decía “Éste es mi Hijo Amado en el cual tengo complacencia” nos habla elocuentemente en tal sentido. Pero además la falta de toda mención de Moisés y Elías, lo corrobora totalmente.

Termina ésta, su versión de la transfiguración – corregida y ampliada, agregaríamos – con las significativas palabras finales: “Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el santo monte.” (2ª. Pedro 1: 18)

Así, ha fijado una base absolutamente sólida y fiable sobre la cual descansaba y se apoyaba toda la enseñanza – el darles a conocer – el poder y la venida del Señor Jesucristo. Era ciertísima, indubitable e incuestionable.

A renglón seguido, en los versículos 18 a 21 de este primer capítulo en que estamos, Pedro nos da una nueva muestra de la sabiduría que la gracia del Señor y los años le habían acordado.

Les manifiesta que, además de todo lo precedente, tenían también la palabra profética más segura.

Nos anticipamos en algo, señalando que toda experiencia auténtica, siempre, no sólo se apoya en las Sagradas Escrituras, sino que pone a las mismas por encima de ella – la experiencia en sí – tal cual lo hace Pedro aquí.

Por el contrario, quienes experimentan las dudosas o espurias, tienden a prescindir de las Escrituras, o a veces a poner a sus experiencias por encima de ellas.

Continuando, Pedro les exhorta a estar atentos a esa palabra profética más segura “…como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro.” Debemos tener en cuenta que en ese entonces sólo tenían las Escrituras del Antiguo Testamento y unas pocas del Nuevo – por lo que sabemos, la 1ª. Epístola suya y algunas de Pablo.

Su afirmación de que ninguna profecía es de interpretación privada, ha de comprenderse en el sentido de que nadie puede ni debe hacerlo de forma antojadiza ni arbitraria. Entendemos que la interpretación que debe aceptarse es una que en primer lugar concuerda con el resto de las Escrituras, y que es la dada o expresada por siervos dignos y renombrados y por las corrientes sanas del cristianismo.

Decimos esto último, porque no cabe duda que hay algunas que no lo son, como las de la prosperidad, la súper fe, y el judaísmo del siglo veinte o veintiuno. Añadimos de paso que quienes sustentan cualquiera de las mismas, aunque quizá no a sabiendas, se colocan bajo la clara maldición de Gálatas 1: 9 – “Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema.”

Termina Pedro en el último versículo afirmando que la profecía nunca fue traída por voluntad humana sino que los santos hombres de Dios (¡no impostores, por cierto!) hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo. Creemos que eso se explica de por sí y no hace falta comentarlo.

Pero no se nos debe quedar en el tintero un comentario sobre las palabras finales del versículo 19:- “…hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones.”

La interpretación de que esto se refiere a llegar a la conversión, o el nacer de nuevo, estimamos que no es correcta, dado que ya en el primer versículo del capítulo se dirige a los que habían “alcanzado una fe igualmente preciosa que la nuestra.”

Más bien uno se inclina a verlo relacionándolo con Lucas 11: 36 – “Así que, si tu cuerpo está lleno de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas, será todo luminoso.”

En la conversión sin duda dejamos atrás las tinieblas del mundo para entrar en el reino de Su luz admirable, según el mismo Pedro escribe en su 1ª. Epístola 2: 9b.

Hemos subrayado SU luz, porque la de él es absoluta y no hay en él ninguna tinieblas. (1ª. Juan 1: 5b)

La nuestra es relativa, y creemos que ninguno se atreverá a afirmar que, desde su conversión o renacimiento, no ha dicho o hecho nada que en modo alguno sea propio de las tinieblas. Eso sería llegar a una perfección final de no pecar nunca.

Con todo, a medida que uno se va desarrollando espiritualmente hay un avance paulatino hacia una mayor madurez, hasta llegar a un punto – no de perfección final y absoluta – pero sí un dejar atrás las tinieblas, e idealmente, alcanzar la meta de Lucas 10: 36, de estar lleno de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas.

Es posible que a algunos esta interpretación no les resulte del todo convincente. La presentamos con humildad, reconociendo que es un pasaje no fácil de ubicar en su debido significado con exactitud y certeza.

Así, hemos llegado al fin de este primer capítulo de 2ª. Pedro.

¡Qué capítulo!

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Capítulo 9 – La 2a. epístola de Pedro (c)

A partir del capítulo 2 la tónica de esta 2a. epistola de Pedro cambia sustancialmente. Ahora pasa a comentar sobre falsos profetas y maestros del pasado, advirtiendo que inevitablemente los habría entre ellos, introduciéndose encubiertamente con herejías destructoras, y aun habrían de negar al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí destrucción repentina.

Acotamos aquí que tal vez los críticos de las Escrituras que afirman que el autor de esta epístola es incierto, usen como argumento entre otros, el hecho que hemos consignado del cambio sustancial en la tónica del libro.

De todos modos, no nos parece un argumento sólido ni valedero. En tantas otras partes de la Biblia hay cambios de tema de un pasaje a otro, y aun como predicadores y maestros de la palabra muchas veces pasamos a otra cosa distinta, cambiando no sólo el tema en sí, sino también el tono en que hablamos.

Pedro toma ejemplos del Antiguo Testamento, pero el primero de ellos es anterior: el de los ángeles que pecaron, a los cuales el Señor arrojó al infierno, entregándolos a prisiones de oscuridad, para ser reservados al juicio.

Después pasa al diluvio, señalando que sólo Noé y otras siete personas fueron guardadas; a Sodoma y Gomorra, reducidas a cenizas y poniéndolas así como ejemplo a todos los que habían de vivir impíamente, y preservando a Lot, sus dos hijas y su mujer, aun cuando ésta, al mirar con expectativa hacia atrás quedó convertida en una estatua de sal.( Esto último no lo consigna Pedro.) Resume asegurando que el Señor sabe librar a los piadosos que le temen, a la par que reservar a los injustos para ser castigados,

Los versículos 10 y 11 merecen un comentario especial. «Y mayormente a aquellos que, siguiendo a la carne, andan en concupiscencia e inmundicia, y desprecian el señorío. Atrevidos y contumaces, no temen decir mal de las potestades superiores, mientras que los ángeles, que son mayores en fuerza y en potencia, no pronuncian juicio de maldición contra ellas delante del Señor.»

Se nos habla de personas totalmente corrompidas que andan en concupiscencia e inmundicia y desprecian el señorío.

Esta última parte del versículo, junto con el contraste en el siguiente acerca de los ángeles – «mayores en fuerza y potencia no pronuncian juicio de maldición contra ellas delante del Señor» – queda ampliamente corroborada por Judas 8b y 9«…blasfeman de las potestades superiores. Pero cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo disputando con él sobre el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir contra él juicio de maldición, sino que dijo: El Señor te reprenda.»

Entendemos por esto que el Señor no nos ha facultado para reprender arbitrariamente o a nuestro antojo a Satanás y demás potestades superiores, sino a resistirlos firmemente en el Nombre Todopoderoso de Jesús cuando nos sentimos nosotros mismos, o incluso algún ser querido, atacados por ellos. En este caso, y siempre que nuestra vida esté en plena obediencia, tenemos la fiel promesa de Santiago 4: 7 :- «…resistid al diablo y huirá de vosotros.»

Consignamos esto porque en alguna reunión de jóvenes inmaduros e incautos hemos oído tales cosas como «Echamos al diablo de España» o bien algún siervo decir «Óyeme bien Satanás» para luego «reprenderlo» o «atarlo.»

Creemos que es por la misericordia del Señor que no sean avasallados y dañados como lo fueron los hijos de Esceva, según se nos narra en Los Hechos 19: 13-16, sobre todo por no tratarse de personas malvadas como aquéllas a las cuales se refieren 2a. Pedro 2: 10-11 y Judas 8b y 9.

No obstante, creemos que harían bien en considerar seriamente estos dos pasajes, y ceñirse debidamente a los parámetros bíblicos sobre este terreno escabroso de actuar contras las fuerzas diabólicas.

En el capítulo 3 de esta epístola, nos encontramos con predicciones importantes en cuanto a los postreros tiempos y también advertencias y exhortaciones dignas de tenerse en cuenta. En los versículos 3 y 4 se nos advierte que habrá burladores andando en su concupiscencia y preguntando irónicamente dónde está la promesa del regreso del Señor, ya que todo sigue igual que hace siglos.

Agrega en los versículos siguientes que quienes hagan esto lo harán en ignorancia de cómo el Señor trajo el diluvio como juicio sobre la maldad en tiempos de Noé. Después añade que los cielos y la tierra están guardados para el fuego en el día del juicio y la perdición de los hombres impíos.

A continuación, tras recordarnos que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día, puntualiza que no es que el Señor retarde Su promesa, sino que es paciente, no queriendo que ninguno perezca sino que todos procedan al arrepentimiento.

Qué preciosa y maravillosa promesa! Nos debe llenar de esperanza en cuanto a familiares, vecinos, compañeros de trabajo o amigos que todavía no han abrazado la fe del evangelio.

No es que el Señor retarde la promesa de Su advenimiento, sino que en Su gran paciencia y misericordia, prolonga el tiempo para seguir dándoles oportunidad de que se arrepientan y vuelvan a Él. Y lo más hermoso es que esta breve palabra todos nos dice tanto:- esta paciencia y esta misericordia son para todos sin excepción.

Se podría pensar que esto es una contradicción de la doctrina de la predestinación, pero en realidad no lo es. El mismo Pedro en la introducción de su primera epístola (1:2) escribe «…elegidos según la presciencia de Dios Padre.»

Esa presciencia o conocimiento de Dios sabía muy bien quiénes iban a proceder al arrepentimiento, y quiénes no lo iban a hacer, aun cuando Su deseo era y es que todos lo hagan.

Alguien lo ha ilustrado diciendo que es como si se tratase de una puerta con la inscripción en la parte exterior «Para que todo aquel que en él cree no se pierda mas tenga vida eterna..» Cada vez que uno la abra abrazando la fe, al hacerlo, del lado interior de la misma encuentre la inscripción del sapientísimo Dios «escogidos desde antes de la fundación del mundo.»

En los versículos 10 al 13, tras afirmar que el día del Señor vendrá como ladrón en noche, Pedro escribe que los cielos pasarán con grande estruendo y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Es decir que se trata de una reiteración de lo consignado y ya comentado de versículo 7 – todo quedará hecho cenizas. – los grandes edificios, catedrales, museos, mausoleos, etc. – una verdad muy solemne que nos debe llamar a vivir santa y piadosamente, tal cual se puntualiza en el versículo 11b.

Gracias al Señor nuestra esperanza no está en este mundo y tenemos la promesa de cielos nuevos y tierra nueva, en lo cuales ha de morar la justicia.

Esta verdad (v.13) también la encontramos en Isaías 65: 17 y 66: 22 y además en Apocalipsis 21: 1, y la misma lo motiva a Pedro a exhortarnos a que, estando en espera de cosas tan solemnes y grandiosas, procuremos con diligencia ser hallados por Él sin mancha e irreprensibles, en paz.

Qué necesidad tenemos de tener muy en cuenta y con toda seriedad estas grandes verdades! Es tan fácil, con el quehacer cotidiano y los muchos afanes, vivir como si esta vida terrenal y transitoria fuese lo único, y perder la mira del más allá celestial que perdura por toda la eternidad.

Después de recordarles en la primera parte del versículo 15 que la paciencia del Señor es para salvación de aquéllos que todavía no han abrazado la fe, pasa a una referencia al amado hermano Pablo, lo que nos da varias cosas que comentar.

La primera es que al hacerlo de esa manera entrañable, a pesar de la reprensión pública que le había hecho en Antioquía (ver Gálatas 2: 11-15) no había en él ningún rencor, – reconociendo seguramente que la misma había sido justificada. Agrega también un reconocimiento de la sabiduría que le había sido dada, escribiendo en casi todas sus epístolas sobre estas cosas – las verdades de la nueva vida y el nuevo régimen que nos ha sido legado por el Señor Jesús.

Pero a continuación añade que algunas de ellas eran difíciles de entender. Se ha comentado con cierto humor sano y respetuoso que él mismo – Pedro – también había escrito algunas cosas no fáciles de entender, como I Pedro 3: 18-20 en que afirma que Jesús fue en espíritu a predicar a los espíritus encarcelados que en el tiempo inmediatamente anterior al diluvio habían sido desobedientes. Asimismo I Pedro 4: 5-6 nos dice que el evangelio ha sido predicado a los muertos.

Pablo también podría decir que algunas cosas escritas por Pedro son difíciles de entender!

La parte final del versículo 16 de II Pedro 3 expresa algo muy importante y que no debemos dejar de lado. Después de decir que las cosas difíciles de entender de Pablo eran torcidas por los indoctos e ignorantes para su propia perdición, con las palabras » como también las otras Escrituras» nos da a entender claramente que la autoría de Pablo entraba dentro de los cánones de las Escrituras, al igual que los escritos propios de él – Pedro.

Después pasa a exhortarlos en términos amorosos a que, sabiendo estas cosas, se guardasen mucho de no ser arrastrados por el error de los impíos y cayesen de su firmeza. Por cierto que se trata de una exhortación muy en sazón para hoy día también, habiendo tanto engaño, corrupción y malicia.

El fin de la epístola – versículo 18 – es un digno broche de oro. «Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.»

Ya nos hemos referido anteriormente a ese crecer en la gracia y el conocimiento del Señor Jesús. Su amor que sobrepasa todo entendimiento, Su gracia soberana, Sus virtudes como el Maestro de los maestros, Su vida impecable y maravillosa, y mucho, muchisimo más, nos dan un margen vastísimo y sin fin, para poder crecer, desarrollarnos, madurarnos y perfeccionarnos en el conocimiento de Él, el maravilloso Señor y Salvador.

Que nos sintamos todos fuertemente estimulados a hacerlo!

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NUEVAS COSECHAS DE ANTIGUAS VERDADES – PRIMERA PARTE

DERECHOS RESERVADOS

NUEVAS COSECHAS DE ANTIGUAS VERDADES

Ricardo Hussey

PRIMERA PARTE

Éste es el primer libro del autor que no se imprime, sino que solamente se incluye en su página web. Como el título lo indica, consigna nuevas cosechas de antiguas verdades.
Las verdades de Dios no sólo son antiguas y eternas, sino también invariables. No obstante, su riqueza es tal que siempre se pueden extraer nuevas cosechas de ellas.
El autor confía en que será de edificación y provecho para quienes lo lean.


ÍNDICE

INTRODUCCIÓN.

Capítulo  1.- La fragua divina.

Capítulo  2.- Salmo 16 (a)

Capítulo  3.- Salmo 16 (b)

Capítulo  4.- Salmo 119 – una joya de hermosos y variados matices. (a)

Capítulo  5.- Salmo 119 – una joya de hermosos y variados matices.(b)

Capítulo  6 .- Confirmación, unción, sello y arras. (a)  (2ª. Corintios 1: 21-22)

Capítulo  7 .-  Confirmación, unción, sello y arras. (b)

Capítulo  8  .-Dios nuestro,  otros señores fuera de ti se han enseñoreado de nosotros.

(Isaías 26: 13)

Capítulo  9 .- El partimiento del Pan (La Santa Cena) (a)

Capítulo 10.- El partimiento del Pan (La Santa Cena) (b)

Capítulo 11.- Cómo prepararse para enfrentar el día.

Capítulo 12.- Preguntas bíblicas.´

Capítulo 13.- Respuestas a las preguntas bíblicas.

Capítulo 14.- Lo más importante de todo. (El evangelio de la gracia)

Capítulo 15.- La iglesia en Éfeso. (a)

Capítulo 16.- La Iglesia en Éfeso. (b)

Capítulo 17.- La Iglesia en Éfeso. ©

Capítulo 18.- El profeta Amós

Capítulo 19- Análisis del estupendo primer capítulo de Efesios (a)

Capítulo 20.- Análisis del estupendo primer capítulo de Efesios (b)


CAPÍTULO 1

La Fragua Divina.

Las reflexiones de la primera parte de este capítulo estarán extraídas del libro de Job, viendo, como conclusión principal, que todo verdadero siervo del Señor, sin tener que pasar desde luego por las mismas calamidades que le tocaron a él, de una forma u otra tendrá que pasar por lo que el Señor llamó el camino de la cruz.  Entre muchas otras cosas apuntando en esa línea, Él dijo “si alguno  viene en pos de mí,  tome su cruz y sígame.”

En el Antiguo Testamento no encontramos la palabra cruz, pero el principio es el mismo – perder para a la postre ganar, tristeza y congoja a convertirse en gozo inefable, y sobre todo, morir para vivir.

Antes de entrar concretamente en materia, consideramos necesario señalar algo importante. Sin entrar en polémica o controversia, nos referimos brevemente a una afirmación que se hace en algunos sectores, aunque muy reducidos, en el sentido de que Job no tendría por qué haber atravesado por todo ese sufrimiento que nos narra el texto. Basan dicha afirmación, entre otros, en el versículo 15 del capítulo 3 donde dice que el temor que le espantaba le había venido, y lo que él temía le había acontecido.

Este punto de vista sostiene que ese temor y falta de fe le habían costado todo el dolor que le tocó padecer.

Sin entrar en detalles, creemos que la tónica general del libro y sobre todo el feliz desenlace final, le dan un rotundo mentís a esa postura.

Comenzamos ahora con una cita muy importante del libro. “El cual hace cosas grandes e inescrutables y maravillas sin número.”  (Job 5: 9) Esta sentencia, muy sabia por cierto, partió de los labios de Elifaz temanita, uno de los supuestos consoladores de Job.  Al igual que los otros dos, puede generalizarse que sostenía que semejante infortunio no podía nunca recaer sobre una persona correcta, justa y bondadosa, lo que implicaba, de hecho, que lo suyo sólo podía ser atribuible a que su vida y conducta no respondían a esos calificativos.

La verdad es que delante de sus propias narices – las de Elifaz y sus dos compañeros Bildad y Zophar, y también las del joven Eliú, que más tarde tomó cartas en el gran debate del libro – Dios estaba haciendo algo grande e inescrutable, pero que iba en una línea abiertamente contraria a lo que ellos creían y sostenían.

En efecto, el Señor veía a Job como un hombre sinceramente temeroso de Dios y apartado del mal, y sin embargo se propuso someterlo a mucho dolor y desdicha.

Lo mismo hizo en cuanto a Su Hijo Amado, tal y cual leemos en Isaías 53: 9b-10ª – “…aunque nunca hizo maldad ni hubo engaño en su boca, con todo eso Jehová quiso quebrantarlo, sujetándolo a padecimiento.”

Apenas se hace necesario señalar que en ambos casos, y en los de muchos otros que figuran en los anales bíblicos, y también en las biografías de muy ilustres siervos y siervas de épocas post bíblicas, ese propósito de someterlos a padecimientos respondía al fin de enriquecerlos sobremanera, y convertirlos en canales de suma bendición a muchas otras vidas.

Para mayor abundamiento, citamos otra sabia sentencia, paradójicamente del mismo Elifaz temanita: “Porque él es quien hace la llaga y él la vendará; él hiere y sus manos curan.” (Job 5: 18) la cual muy bien puede relacionarse con las palabras de Ana en 1ª. Samuel 2: 6 – “Jehová mata y él da vida; él hace descender al Seol y hace subir.”

A continuación pasamos a citar expresiones de Job, en medio de su gran dolor, que merecen destacarse y comentarse, aunque no lo haremos de forma extensa.

! Quién diese ahora que mis palabras fuesen escritas! ¡ Quién diese que se escribiesen en un libro; que con cincel de hierro y con plomo fuesen esculpidas en piedra para siempre”

“Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha ésta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí.” (Job 19: 23-27)

La primera parte señala un deseo plenamente cumplido, pues sus palabras fueron escritas en un libro, y no cualquiera, sino en el libro de los libros; y por cierto también esculpidas en las piedras vivas de muchos santos que han tenido que transitar de una forma u otra por la misma senda de la cruz y el dolor.

De paso digamos que el camino de la cruz no es sólo algo del Nuevo Testamento, sino que en el Antiguo también lo vemos en no pocas ocasiones, en las cuales siervos  y siervas dignísimos han atravesado por quebrantos y dolores de la mayor diversidad, para luego entrar en la dicha y la realización de altísimos propósitos que el Señor tenía asignados para ellos.

En cuanto a la segunda parte del pasaje citado, se trata de una afirmación de fe inquebrantable. Una cosa es poder hacerse eco de ella en una situación digamos más o menos normal. Otra muy distinta es hacerlo estando en las condiciones en que el amado Job se encontraba – con un sufrimiento, un quebranto y una angustia resumidos en sus palabras finales en el versículo 27: aun cuando su corazón desfallecía dentro de él.

 La siguiente cita que escogemos está en el capítulo 23 versículos 8 a 10: “He aquí, yo iré al oriente y no lo hallare; y al occidente y no lo percibiré; si muestra su poder al norte, yo no lo veré; al sur se esconderá y no lo veré. Mas él conoce mi camino; me probará y saldré como oro.”

Muchos son los santos varones y mujeres que en una etapa determinada de su trayectoria se han encontrado en una situación parecida. Los supuestos consoladores de Job nada real y concreto le aportaban, si bien algunas de sus sentencias eran acertadas y sabias. Él necesitaba por encima de todo encontrarse con Dios, el Ser Supremo, quien al fin de cuentas era el único que podría interpretar o descifrar el gran enigma que estaba viviendo.

Lo buscaba primero en el oriente, el punto donde el sol aparece anunciando un alba nueva, pero en vano; luego al occidente del ocaso y también sin resultado; pasaba entonces al cenit del norte, con esperanza de que allí sí lo hallaría, pero otra vez sin lograrlo.

 Por último, con las poquísimas fuerzas que aún le quedaban, se vuelve al nadir del sur, pero su esperanza se disipa con lo que parece la ausencia total de ese Dios a quien tanto necesita. Por así decirlo, el Señor estaba totalmente borrado del mapa de la vida de Job.

No obstante todo ello, prorrumpe en una estupenda y bendita expresión de fe suprema – ese Dios invisible, aunque al parecer borrado totalmente del mapa de su vida, conocía muy bien su camino, y lo estaba probando en grado superlativo, y al fin saldría como oro puro,  brillante y exento de toda escoria.

¡Un varón singular de verdad, que lo hace sentirse a uno como diminutamente pequeño!

La siguiente cita tiene un cariz distinto. Veamos:- “Nunca tal acontezca que yo os justifique; hasta que muera no quitaré de mí mi integridad. Mi justicia tengo asida y no la cederé; no me reprochará mi corazón en todos mi días.” (27: 5-6)

Por así decirlo, a Job esos tres consoladores lo habían sacado de quicio. Una y otra vez, en medio de diversas reflexiones y consideraciones, sostenían que él de una forma u otra había cometido maldad, dando a entender que a eso se debía su triste infortunio.

Exasperado por la insistencia de los tres en ese sentido, irrumpe en una declaración de justicia propia, sabiendo que ése no era su caso – no era un hombre malo y perverso, ni nada por el estilo.

Eso era verdad en cuanto a lo que ellos decían.  Pero ante el gran Dios tres veces santo, no hay mortal que pueda formular semejante afirmación de justicia. Y el mismo Dios se encarga, hacia el final del libro de demolerla totalmente.

Pero el relato sigue con varios largos capítulos en los cuales Job se despacha extensamente. Eventualmente, al callar los tres citados consoladores, toma la palabra el joven Eliú y habla del capítulo 32 al 37 inclusive, en los cuales dice algunas cosas sabias y muy acertadas.

  Sin embargo, también dice cosas totalmente inciertas, como:- ¿Qué hombre hay como Job que bebe el escarnio como agua, y va en compañía de los que hacen iniquidad, y anda con los hombres malos? (34: 7-8)

Asimismo en  el versículo 17 del capítulo 36 dice: – “Mas tú has llenado el juicio del impío, en vez de sustentar el juicio y la justicia.

Igualmente, en una línea distinta afirma:- “Que Job no habla con sabiduría, y que sus palabras no son con entendimiento.” (34: 35)

A todo esto, el Señor, con su paciencia tan grande, y siendo Él sólo quien tiene la razón  y la verdad sobre el gran dilema, tras guardar silencio ante las largas disertaciones anteriores, cuando se acaban las palabras de Eliú, toma por fin la palabra.

En el capítulo 38, después de afirmar en cuanto a Eliú: ¿Quién es ése que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría?  a renglón seguido pasa a dirigirse a Job con una serie de preguntas totalmente demoledoras.

Muchas de ellas encierran una riqueza y sabiduría que para desgranarlas debidamente habría que escribir un libro entero y muy extenso por cierto.

Nos ceñimos a una sola: -“¿Has entrado tú en los tesoros de la nieve, o has visto los tesoros del granizo, que tengo reservados para el tiempo de angustia, para el día de la guerra y de la batalla? (38: 22-23) Baste decir que de la primera – los tesoros de la nieve – se ha escrito con profundidad y extensamente, sobre todo con la aplicación espiritual, la cual es tan rica y edificante.

Al terminar el Señor en el capítulo 42, Job se desploma y en total bancarrota sólo puede afirmar: “De oídas te había oído, mas ahora mis ojos  te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza.” (42: 5-6)

Es el punto al que tarde o temprano, y de una forma u otra, todo verdadero siervo o sierva del Señor tiene que llegar. Eso es lo que da al Espíritu Santo una base firme para edificar con solidez, y producir un fruto sano, abundante e imperecedero.

 Pero siguiendo con la narración, en primer lugar el Señor se encarga de justificar a Su siervo, y lo hace de manera categórica: – “…Jehová dijo a  Elifaz temanita: Mi ira se encendió contra ti y tus dos compañeros; porque no habéis hablado de mí lo recto como mi siervo Job. Ahora, pues, tomaos siete becerros y siete carneros, e id a mi siervo Job, y ofreced holocausto por vosotros, y mi siervo Job orará por vosotros; porque de cierto a él atenderé para no trataros afrentosamente, por cuanto no habéis hablado de mí con rectitud como mi siervo Job.” (42: 7-8)

Llaman la atención, entre otras cosas, la forma en que el Señor se refiere a Job como Su siervo, y que a él sí atendería cuando orase por ellos. Tal como consta en el versículo siguiente, fueron los tres supuestos consoladores, e hicieron lo que el Señor les dijo, y  Jehová aceptó la oración de Job.

Seguidamente nos encontramos con una importante verdad contenida en el versículo siguiente: – “Y quitó Jehová la aflicción de Job cuando él hubo orado por sus amigos…” (42: 10ª)

  Antes de orar por ellos, todas las expresiones de Job eran en cuanto a su dilema, su dolor, su sufrimiento, el drama que estaba viviendo, etc. Pero ahora Dios le manda tres personas necesitadas para que él ore por ellas. Al hacerlo, ya no se queja ni habla de su problema, sino que se ocupa en interceder por sus tres amigos. Y es en ese punto que la aflicción que padecía es quitada para su gran alivio.

  Se trata de un principio importante que muchas veces hemos podido experimentar los siervos del Señor – en medio de nuestras propias pruebas, sacando fuerzas de flaqueza, olvidar lo nuestro y ocuparnos de los demás y sus necesidades.

 Y por supuesto, no se nos debe pasar por alto que Job pasa así a integrar el grupo selecto de los cinco intercesores más destacados del Antiguo Testamento, siendo los otros cuatro Moisés, Samuel, Noé y Daniel. (Ver Jeremías 15: 1 y Ezequiel 14: 14)

El relato continúa haciéndonos saber cómo sus hermanos y hermanas y los que antes lo habían conocido vinieron a consolarlo, y cada uno le dio una pieza de dinero y un anillo de oro, y además de ello el Señor mismo lo bendijo de tal manera que terminó con el doble de la riqueza  que había tenido antes de su gran aflicción.

Y nos permitimos un pequeño tributo a su mujer, cuya actitud ante su dolor no fue paciente ni correcta como la de Job. Más tarde dio a luz nada menos que otros siete hijos y tres hijas, ¡y éstas hermosas como ninguna otra en la tierra!

Finalmente se nos dice que después de todo esto vivió la friolera de otros ciento cuarenta años, y vio a sus hijos, y los hijos de sus hijos hasta la cuarta generación. (42: 16)

Debemos detenernos a pensar un poco en esos ciento cuarenta años. ¡Qué caudal de sabiduría había acumulado a través de tan grande aflicción! ¡Cómo debe haber reflexionado y atesorado los caminos insondables del Señor! ¡De qué manera debe haber agradecido al Señor, que, aun a costa de tanto sufrimiento, le haya hecho atravesar por ese túnel tan oscuro y doloroso, para enseñarle tanto que él no sabía y terminar bendiciéndolo sobremanera!

Y desde luego, de ese riquísimo acopio de sabiduría divina,  el querido Job habrá compartido largo y tendido con sus hijos, nietos y bisnietos, para su instrucción y enriquecimiento.

En suma, un desenlace final feliz y maravilloso, digno de un Dios inigualable como el nuestro.

Pero ahora una pregunta importante: ¿Quién escribió el libro de Job?

  Creemos que la respuesta más razonable es que debe haber sido un escriba que vivió más de ciento cuarenta años desde el tiempo de sus calamidades. Además, debemos agregar que debe haber sido un escriba muy fiel, y al mismo tiempo una persona espiritual

Fiel por la forma meticulosa en que consignó el texto de cada uno de los numerosos discursos que figuran. De dónde los obtuvo es un tema que tiene que quedar sujeto a conjeturas, sin que haya indicio alguno de la fuente de que se valió.

   Finalmente decimos que  tiene que haber sido una persona espiritual, por cuanto debe haber recibido por revelación divina lo sucedido en las esferas celestes que aparece en los dos primeros capítulos. Ni Job, ni sus tres supuestos consoladores, ni el joven Eliú lo sabían, y sin embargo, los mismos nos dan la clave del libro, que sin ellos sería  un enigma indescifrable.

  Pero ahora debemos pasar a darle una aplicación práctica y a la vez personal a todo esto. Para ello nos trasladamos a Isaías 9: 6 donde nos encontramos con cinco nombres dados al Mesías y Redentor prometido.

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre sus hombros; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre eterno, Príncipe de Paz.”

Desde luego que el primero de los cinco – Admirable – nos encanta y es  maravilloso sobremanera. Nos agrada y con mucha razón pensar en Él como el Unigénito del Padre, lleno de gracia y verdad, (Juan 1: 14) y que de Su plenitud  tomamos todos, gracia sobre gracia. (Juan 1: 16)

No obstante, del segundo – Consejero – pocas veces hemos oído hablar. Lo encontramos en Apocalipsis 3: 15-18.

En primera instancia se está dirigiendo a miembros de una iglesia – concretamente la de Laodicea – a los cuales ve como tibios, lo que le da náuseas, al punto de que habla de vomitarlos de su boca.

No nos corresponde juzgar ni señalar a nadie. Cada uno debe saber si es un cristiano ferviente, plenamente consagrado y comprometido, o si es uno que cumple con lo estrictamente necesario o poco más.

Los de Laodicea se pensaban ricos, muy enriquecidos y que de ninguna cosa tenían necesidad.  En seguida pasa a sacarles una radiografía desgarrante, mostrando cuán engañados estaban: – “…y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.”

¡Cuánto necesitamos ver las cosas como el Señor en verdad las ve!

Y después de decirles eso, pasa en seguida a actuar como Consejero.

“Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas.”  (Apocalipsis 3: 18)

Otra vez algo sorprendente. Aquí podemos imaginar a más de cuatro diciendo: – “Esto me confunde. He conocido siempre a ese Cristo Admirable, lleno de gracia y de amor, que nos ha salvado y nos da todo de pura gracia, y aquí nos habla de comprar cosas de Él, como si fuera un vendedor.”

Pues así son las cosas en verdad – no puede aducirse que haya ningún error en la traducción del texto original. Eso sí, su deseo en todo esto se enfoca para nuestro bien.

Examinemos los tres artículos que ofrece en venta.

1)        Oro refinado en fuego. La prueba, pasando de una forma u otra por el horno de la aflicción, no probablemente en la medida en que le cupo a Job, pues debemos considerarnos muy pequeños para semejante cosa, pero sí en una escala que demande esfuerzo, sacrificio, y que también en alguna dimensión nos traiga sufrimiento, pena o dolor. ¿Estás dispuesto a ello, caro lector?

2)        Vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez. Esto echa de ver algo que a menudo pasa inadvertido. Somos probablemente propensos a pensar de un creyente tibio, como uno no muy consagrado. Sin embargo, de estas palabras se desprende algo más que también resulta imprevisto y sorprendente – el tibio está en la desnudez del pecado. ¿Cómo se entiende esto? La respuesta es que el corazón humano siempre necesita algo en que satisfacerse y aun deleitarse, y si ese lugar no lo ocupa el Señor, necesariamente lo ocuparán amores extraños e intereses ajenos, que inevitablemente serán ídolos, aunque no de imágenes, lo que lleva a quien se encuentra en ese estado a una condición pecaminosa. De ahí pues la necesidad que expresa el fiel Consejero de comprar de Él vestiduras blancas. ¿Y cuál será el precio a pagar por ellas? Redondamente y sin vuelta de hoja: – el abandono completo de todo eso, para desalojarlos total y categóricamente del lugar que han usurpado, y  que sólo debe ocupar Él, el único digno de estar entronizado en nuestro corazón y nuestra vida.

3) «Y unge tus ojos con colirio para que veas.»  Éste es el tercer artículo, y por supuesto que no es un líquido a adquirirse en una farmacia para que se echen unas gotas dos o tres veces al día en los ojos de uno. En cambio es ese llorar profundo, en sincero arrepentimiento y contrición por la vida tibia y mediocre que tanto ha contristado al Señor. Los que lo hemos tenido que experimentar por una razón u otra, podemos dar fe de que su resultado es que se empieza a ver la vida y los valores eternos con la nitidez y la claridad meridiana con que el Omnisciente Dios nuestro las ve.

Todo esto nos presenta un desafío – el de ser ricos, vivir en la blancura de la santidad, y tener una visión certera y correcta, y no andar a tientas, sin ver las cosas desde la perspectiva divina.

   Seguramente que en más de un lector – esperamos, por los menos – brotará el deseo grande de responder afirmativamente y proponerse alcanzar ese objetivo tan digno, incluso pagando el precio. Pero en esto debemos señalar nuestra propia incapacidad, en el sentido de que no podemos infligirnos sufrimiento o dolor nosotros mismos. Eso sería caer en el error del ascetismo, que Pablo puntualiza con toda claridad en Colosenses 2: 20-23 que resulta totalmente ineficaz e inoperante.

Lo que entendemos ser el camino correcto se desprende de una preciosa canción, dedicada al herrero, que aprendimos en nuestra niñez. La misma nos conecta por fin con el título que hemos dado al capítulo – La Fragua Divina.

¡Pan Pin! Mueven los fuelles un sano trajín;

¡Pin Pan! Rojas de fuego las fraguas están;

Y el hierro suena, y el hierro siente,

Y si a la fragua se entrega luego,

El hierro sale todo de fuego,

Como una fuerza pura y ardiente.

La clave está en entregarse a la fragua – es decir, poner la vida incondicionalmente en las manos del Eterno Herrero, el Sapientísimo de la destreza sin igual – para que con su trato personal con cada uno, pueda forjar ese fin tan elevado y noble de ser toda una fuerza pura y ardiente.

  Sin pretensiones de ser más que un pequeño siervo del Señor, pero por aquello de que no se debe exhortar a lo que uno no ha vivido y experimentado, me permito remitir al lector a la sección de mi autobiografía que abarca desde el último párrafo de la página 51 hasta el segundo párrafo de la número 54.

Para finalizar el capítulo, la gran pregunta a la cual  cada uno de nosotros debe responder: ¿Estarás tú, querido lector, quizá en bancarrota total como le tocó hacerlo a quien esto escribe, dispuesto a entregarte de veras y de lleno a la fragua divina?

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Capítulo  2.- Salmo 16 (a)

Desdoblamos el comentario de este salmo en dos partes en atención a que su contenido es tan denso, que así lo requiere; además queremos ocuparnos en detalle del versículo 7 en que David se refiere a la conciencia, por medio de la cual el Señor le aconsejaba.

Comienza con las palabras    “Guárdame, oh Dios, porque en ti he confiado.”

Es la plegaria y súplica de uno que ha confiado en el Señor, pero que sabe muy bien de cuántos peligros de la más grande variedad  debe ser guardado. En su gran oración sumo – sacerdotal el Señor Jesús oró en primera instancia por los Suyos que fueran guardados.

“No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal.” (Juan 17: 15)

Podríamos pensar en que hubiera orado por sanidades, milagros portentosos y liberaciones, pero Él, que sabe mejor que nadie qué es lo que es más importante para el bien de Sus amados, oró en primer lugar por esto – que seamos guardados.

Sobre todo en estos postreros días en que vendrán tiempos peligrosos, según Pablo se lo advirtió al joven Timoteo (Ver  2ª. Timoteo 3: 1) ¡cuánto necesitamos ser guardados!

Los peligros que nos acechan son tantos y tan variados, que es como si se abrieran en  un abanico muy grande de toda suerte de eventualidades.

El peligro de que se enfríe nuestro amor; el de caer en un conformismo que nos conduzca a una mediocridad deplorable; el de convertirnos en unos escépticos tras vez tantos fracasos aun en las filas de creyentes que anteriormente andaban con paso firme; el de descuidar la oración y no darle a las Sagradas Escrituras el lugar que deben ocupar en nuestras vidas, y en fin, un largo etcétera, y esto sólo en el nivel espiritual.

Está también, por ejemplo, el riesgo de accidentes en la carretera – en una fracción de segundo, por descuido nuestro o de otro conductor, puede sobrevenir una colisión con resultado fatal. Cada vez que regreso sano y salvo de un viaje llevando el volante en carretera o por cualquier otro medio – avión, tren, autobús – trato de acordarme de darle las gracias al Señor por haber terminado el viaje ileso y llegar a mi destino sano y salvo.

También me edifica mucho meditar en las palabras de Deuteronomio 33: 27:- “El Eterno Dios es tu refugio, y acá abajo los brazos eternos.” Muchas veces lo alabo y le agradezco por haber sido mi refugio, seguro y maravilloso, a través de mis noventa y dos años de edad.

Al continuar reflexionando sobre este salmo, uno no puede dejar de expresar su admiración por la sabiduría, profundidad y gracia que se desprende del mismo, y desde luego de tantos otros salmos de David. Cuando pensamos que era un humilde pastor, cuidando a menudo en la soledad las ovejitas de su padre, nos preguntamos de dónde o cómo adquirió semejante capacidad para escribir de la forma en que él lo hizo.

Por cierto que no fue cursando estudios especializados, ni siguiendo una carrera universitaria, ni nada de esa índole. La única razón que nos queda es esa unción del Espíritu Santo que reposó sobre su vida desde aquel momento memorable en que Samuel, habiendo llenado su cuerno de aceite por mandato del Señor, lo derramó sobre su cabeza.

¡Qué diferencia abismal entre algo producido por el intelecto humano, por ingenioso, interesante o virtuoso que fuere, y lo que en verdad viene de lo alto, destilando frescura,  fragancia, sabiduría y tantas otras preciosas virtudes!

Sigamos ahora con el texto: – “Oh alma mía, dijiste a Jehová; Tú eres mi Señor, No hay para mí bien fuera de ti.” Un ¡oh! Como interjección que denota un profundo sentir por algo que era primordial y prioritario en su vida. Ése Señor que había venido a su vida con tanta bondad y claridad, y de forma totalmente inesperada para los que lo conocían – ¿quién iba a pensar en ese jovencito al cuidado de unas ovejas y lejos del mundo de los grandes e importantes? –  ése Señor, decimos, era el más alto bien de su vida, y estar sin Él, aunque tuviese todo lo que la vida le puede dar a uno, ya sea en riquezas terrenales, placeres o fama, seria quedarse sin nada, en un vacío total y tristísimo a la vez.

Que el Señor ocupe ese lugar en nuestras vidas y no haya ningún interés terrenal ajeno, ni amor extraño, de esos que a veces se suelen infiltrar sutilmente, para usurparle a Él el lugar que por todas las razones le debe corresponder – a Él  y solamente a Él.

Continuamos con el versículo 3:- “Para los santos que están en la tierra, y para los íntegros, es toda mi complacencia.”

Esto da lugar a un punto muy importante, y sobre el cual es necesario tener las cosas bien claras. Por una parte, no hemos de ser insociables, evitando todo trato con personas incrédulas. Por el contrario, será bueno tratar de trabar amistad con ellas si las circunstancias lo permiten, e incluso tratar de ganarnos su estima y confianza, pero siempre con el fin de poder hablarles del Señor y de alguna manera, lograr el ideal, si resultase posible, de llevarlos al Señor.

Pero necesitamos un sano equilibrio, cuidando que esa amistad con ellos no sea haga demasiado estrecha, para llevarnos a ir adquiriendo paulatinamente sus costumbres, que casi siempre han de ser distintas de las de un verdadero hijo de Dios.

Tenemos presente el caso de un hermano creyente que por unos buenos años anduvo certeramente en los caminos del Señor. No obstante, a una etapa más avanzada, en parte por las obligaciones que le acarreaban los trabajos que tenía, empezó a acercarse mucho a personas del mundo de los negocios, asistiendo a copetines, procurando también pasar por  ser muy pudiente, y en fin, enredándose en una manera mundana de vivir.

Tristemente esto le trajo resultados ruinosos para su vida. Estaba casado con una hermana muy fiel en todo sentido, que le había alumbrado siete u ocho hijos, y en un punto dado le dijo con muchas lágrimas que lo sentía mucho, pero tenía que dejarla y vivir con una jovencita de la edad de una de sus propias hijas.

Ese tener que dejarla y unirse con otra, tenía una explicación muy evidente:- su forma de vivir con personas del mundo y buscar complacerlas, fue forjando inevitablemente unas cadenas que lo amarraron y llevaron a lo que es tan corriente en el mundo: la infidelidad matrimonial. Oramos que el Señor tenga misericordia de él, y de alguna forma pueda arrepentirse y recobrar el norte que ha perdido.

Incuestionablemente, la afinidad más cercana y estrecha debe ser con nuestros hermanos en la fe, los santos que le aman de verdad, lo cual está tan bien puntualizado por David en este versículo.

Desde luego que dentro de ese círculo habrá aquéllos con quienes tengamos una relación más estrecha, ya sea por tener una identidad espiritual muy semejante, por un fuerte vínculo de compañerismo en el ministerio, u otras causas similares.

Pero todo esto, sobre la base de que nuestros lazos fraternales con verdaderos hermanos en la fe, deben estar por encima de cualquiera relación con personas inconversas.

La primera parte del versículo 4 – “Se multiplicarán los dolores de aquellos que sirven diligentes a otro dios.” corrobora lo dicho anteriormente en el triste caso a que nos hemos requerido.  No se trataba de dioses falsos como Baal, Milcom, Moloc, Quemos y otros del Antiguo Testamento, sino los dioses de la fama, el dinero, el ambiente mundano y de los negocios, que tantas veces exigen que se renuncie a los principios que rigen la vida de un verdadero hijo de Dios.

Los dolores de la aberración y el inmenso error de abandonar a la compañera amada de su juventud, con repercusiones dolorosas en la vida de sus hijos e hijas, son algunos de los dolores que lamentablemente se le han multiplicado.

David con mucha claridad y contundencia termina el versículo con un voto y un compromiso que demuestra su clarísima comprensión de estas verdades: “No ofreceré yo sus libaciones de sangre, ni en mis labios tomaré sus nombres.”

Pero ahora, en los versículos 5 y 6 pasamos a una parte hermosa y muy deleitosa de este precioso salmo.

“Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa; tú sustentas mi suerte.”

“Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocado.”

¡De qué forma espontánea y que nos brota de lo más hondo de las entrañas, damos un rotundo amén a estas palabras de David!

Visto o dicho de otra forma, ¡qué habría sido de nuestras pobres vidas, de no haber mediado Su amor tan grande, que sin merecerlo nos escogió para que fuésemos Suyos por toda la eternidad!

El mismo Señor es la bendita porción de nuestra herencia, y ¡qué porción! El Eterno y Todopoderoso, Omnipotente, Omnipresente y Omnisciente, en Su triple personalidad de Padre, Hijo y Espíritu Santo,  como el don más preciado y maravilloso, y que abarca y engloba todo lo bueno, noble y puro a que uno pueda aspirar – una herencia tan vasta, que en realidad, si bien se sabe dónde empieza, no se sabe dónde termina.

Empieza desde luego en el nuevo nacimiento, en que se nos otorga un perdón absoluto y eterno por nuestras muchas faltas y pecados, a la par que una vida nueva, teniendo ahora un Padre Celestial sumamente amante, que cuida de sus hijos como ningún padre terrenal sabe ni puede hacerlo; un hermano mayor que nos ha amado con un amor que excede a todo conocimiento, al punto de sufrir lo indecible y que jamás comprenderemos sino en el más allá en toda su colosal magnitud, para poder librarnos de la condenación que pesaba sobre nuestras almas por nuestro pasado pecaminoso; y un Espíritu Consolador que nos guía a toda verdad y nos capacita para vivir una vida nueva, en un nivel totalmente distinto de la anterior, al punto que con toda razón se la ha llamado una vida de alta definición.

Desde luego, también están las bendiciones muy prácticas que se derivan de esa nueva vida, y que a veces no apreciamos en su debido valor. El ser liberados de vicios tales como el tabaco, el alcohol, y en algunos las drogas, todos ellos tan perjudiciales tanto para la salud como para la economía.

Se cuenta que en Inglaterra, en tiempos de los hermanos Wesley y George Whitefield, había un descontento muy grande por la gran diferencia en el nivel financiero de la gente de la clase obrera y personas adineradas. La situación amenazaba con desencadenar una revolución que habría sido muy sangrienta.

   No obstante abortó, y por una razón maravillosa que habla con elocuencia de una faceta más – bendita por cierto – del evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo a que el apóstol Pablo se refiere en Efesios 3: 7.

En efecto: a raíz de la conversión de millares y decenas y centenas de millares de gente de la clase trabajadora, esa pobreza en que se encontraban se redujo considerablemente, y ahora veían que el dinero que ganaban les alcanzaba, y por una sencilla razón – ¡ya no consumían alcohol ni tabaco!

  Otra bendición de la misma índole práctica es la de pertenecer a la gran familia de la fe, diseminada por el mundo entero.  Estando de viaje por cualquier parte que fuere, casi seguro que uno se podrá encontrar con hermanos y hermanas en el Señor.

Y por supuesto que en muchas oportunidades, eso mismo le podrá brindar no sólo el beneficio de amor y comunión, de los cuales uno no puede disfrutar con personas inconversas, sino el de recibir ayuda práctica necesaria y provechosa.

Tengo presente el tiempo en que hice el servicio militar en la lejana Argentina, hace ya unos setenta años. Al quedar de franco o licenciamiento los fines de semana, yo no tenía dónde ir, y el sueldo reducidísimo que se percibía no daba para un hostal ni mucho menos.

Además, un buen número de soldados, de la misma compañía y compañeros de milicia, se precipitaban a ir a prostíbulos para saciar su apetito sexual. Por la gracia del Señor, un matrimonio cristiano amablemente me abrió las puertas de su hogar, situado en la ciudad adyacente al cuartel, y así me alojaba con ellos, a salvo de toda esa corrupción y pudiendo disfrutar de comunión y bienestar con ellos.

También leemos que el mismo apóstol Pablo, al acercarse a Roma, después de su accidentado viaje, cobró aliento y nuevas fuerzas por la presencia de hermanos que fueron a recibirlo.

“De allí, costeando alrededor, llegamos a Regio; y otro día después, soplando el viento sur, llegamos al segundo día a Puteoli, donde habiendo hallado hermanos, nos rogaron que nos quedásemos con ellos siete días; y luego fuimos a Roma, de donde, oyendo los hermanos, salieron a recibirnos hasta el Foro de Apio y Las Tres Tabernas; y al verlos Pablo dio gracias a Dios y cobró aliento.”  (Los Hechos 28: 13-15)

Las palabras del versículo 6 del Salmo 16 en que estamos – “…tú sustentas mi suerte” – merecen un breve pero importante comentario.

Esa suerte y gloriosa porción que nos ha tocado, no solamente la ha elegido Él para cada uno de nosotros, sino que también la sustenta, o mantiene, según la versión en inglés del Rey Santiago.

De haber elegido nosotros, ¡quién sabe por qué locura habríamos optado! ¡Y qué consecuencias ruinosas nos habría acarreado! Pero con Su sabiduría amorosa ha escogido lo mejor para cada uno, respondiendo a nuestra idiosincrasia, y a Su propósito personal para con cada uno de nosotros, Sus hijos de verdad.

Ninguna otra elección, propia o de parte de algún otro a favor nuestro, por más bien intencionada que pudiese ser, sería comparable a la que Él ha hecho, a lo cual agregamos con todo énfasis las palabras del mismo David en otro salmo – el 139 – aunque en un contexto distinto – “Y mi alma lo sabe muy bien”

Mi querido padre, que ya está en la presencia del Señor, y que me amaba y deseaba lo mejor para mi vida, pensaba que sería seguir en un colegio comercial para graduarme de perito mercantil y de allí pasar a ser contador público.  De haber seguido ese camino me habría consumido la vista, el tiempo y las energías en confeccionar balances de sumas y de saldos, efectuar arqueos de caja, de los bienes activos y las deudas u obligaciones de cada empresa, y demás aspectos afines, propios de la contaduría.

¡Cuánto mejor lo que el bendito Señor tenía elegido para mí! Y ¡con cuánta gracia y paciencia ha mantenido mi suerte, cuando con torpezas, fallos y errores, muy bien me podría haber desviado de Su camino, con resultados nefastos!

Las palabras “Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos y es hermosa la heredad que me ha tocado” nos abren un abanico muy grande de dichas, tanto de esta vida como del más allá, que nada de este pobre mundo podría jamás igualar.

Por nuestra parte, dejando librado al lector que dé rienda suelta a su mente para visualizar y reflexionar sobre ellas, nos damos por satisfechos con lo expuesto – aunque conscientes de que nos hemos quedado  cortos – y pasamos al capítulo siguiente,

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Capítulo 3 – Salmo 16 (b)

“Bendeciré a Jehová que me aconseja; aun en las noches me enseña mi conciencia. A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra no seré conmovido.”  (Versículos 7 y 8)

Ahora pasamos a reflexionar sobre lo que acabamos de citar, y que nos lleva por una tónica o línea muy distinta, pero que resulta indicado tratar bien en detalle.

Empezamos, pues, por hablar de la conciencia. La definimos como un juez moral interno con que hemos sido creados. En esto vemos otro rasgo más de los innumerables que nos hablan de la sabiduría de Dios y de lo muy justificada que fue la apreciación que Él mismo hizo de Su creación tras acabarla el sexto día: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.”  (Génesis 1: 31)

¿Se imagina el lector qué habría sido del género humano de no haber sido dotado de la conciencia? Casi resulta impensable.

Ahora bien, ese juez moral interno, para que funcione debidamente necesita un trato correcto. El mismo, para un hijo de Dios significa, además de ser tierno y sensible cada vez que nos indique que algo está mal, o no es verdad, o no es bueno, cultivar a diario la lectura de la palabra de Dios, que es una lámpara que nos ilumina para bien.

Cuando no se le da ese trato y se consiente en hacer algo que no está bien, o no del todo bien, siguiendo razonamientos tales como “total, muchos lo hacen y no pasa nada,” uno se pone en el camino que desemboca en lo que Pablo llama una conciencia corrompida al decir en Tito 1: 15 “…mas para los corrompidos e incrédulos nada les es puro, pues hasta su mente y su conciencia están corrompidas.

Y de ese punto de tener una conciencia corrompida, a menos que haya un giro de ciento ochenta grados en sentido inverso, casi inevitablemente se pasa a algo peor, que es la conciencia cauterizada.

El mismo Pablo, del cual no nos cansamos de decir que su pluma tan fecunda nos ha dejado un legado tan maravilloso de verdades y principios de toda índole relacionados con el Reino de Dios, nos da una clara advertencia en 1ª. Timoteo 4: 1-2 :–

Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia…”

El pasaje abarca muchos aspectos más, que, por razones de espacio y para no extendernos en demasía, omitimos. Pero sí creemos oportuno y muy importante puntualizar que la conciencia cauterizada aquí aparece en estrecha relación con los mentirosos.

Cuando se invierten los valores, y a la verdad se la llama mentira y a la mentira verdad, entonces la conciencia pasa a estar endurecida como la piel de un elefante – valga la expresión del argot o la jerga popular – y quien ha llegado a ese estado tan lamentable sólo le aguarda un horrendo fin, junto al malvado padre de mentira, tal como el Señor Jesús nombró y definió a Satanás.

Avanzando ahora, notemos que el número 3 entra repetidas veces en el patrón creativo y en el orden del Señor, brotando todo de Su triple persona – Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Tomemos algunos casos: vivimos en un mundo de tierra, mar y aire; el Padre nuestro consiste de tres tríos, a saber, Santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad como en el cielo aquí en la tierra; – danos hoy el pan de cada día, perdona nuestras faltas como así también nosotros perdonamos a otros, no nos metas en tentación y líbranos del mal; – porque tuyo es el reino, el poder y la gloria.

El cuerpo humano, si bien consiste de numerosas células, músculos, tendones y, demás, podemos decir que básicamente consiste de carne, sangre y huesos. El ser entero, de espíritu, alma y cuerpo – y cada uno de estos, de otros tres tríos.

Así en el espíritu discernimos la conciencia, la intuición y la adoración. De la primera de estas tres ya hemos dicho que es ese juez moral interno con que cuenta cada ser humano.

Recordamos un caso muy interesante que nos narró hace unos buenos años un siervo del Señor ya fallecido. Se encontraba en una zona poblada por indígenas en el Paraguay, y en un momento dado divisó a cierta distancia a uno de ellos  que estaba castigando cruelmente a un caballo.

El siervo del Señor no le dijo nada, solamente se quedó mirándolo. Advertido de esto, el indígena, inclinándose en señal de vergüenza dejó de inmediato de castigarlo.

Creemos que esto es un indicio muy claro de que ese indígena, sin educación intelectual alguna, contaba sin embargo con una conciencia, la cual, iluminada por la mirada de un siervo de Dios, le hizo entender muy bien que estaba haciendo el mal.

También debemos citar Romanos 2: 15b:- “…dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos.” Por esto entendemos que la conciencia está en el fuero interno, es decir el corazón, pero tiene una forma de funcionar que en un sentido se asemeja al piano o al órgano.

Nos explicamos: al tocar una nota cualquiera, de forma simultánea repercute en la equivalente que se encuentra en el interior del instrumento. Así, cuando la conciencia nos da un sí aprobatorio o un no desaprobatorio, el mismo se transmite de forma inmediata a la mente – el razonamiento – y esto, por supuesto que resulta totalmente necesario.

La única diferencia es que la ubicación es inversa, dado que en el piano u órgano la nota que primero se toca está en la parte exterior y la equivalente en el interior, mientras que la nota de la conciencia que se da primero está en el interior – el fuero interno – y la equivalente en el razonamiento, que es a nivel mental, o del alma, como vamos a ver con más detalle dentro de poco.

Según dicho más arriba, como parte del nuestro espíritu también reconocemos la intuición, es decir un sentir en el interior que no brota del razonamiento. Marcos 2: 7-8 nos da una clara muestra de esto.

¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios? Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones?

Los escribas que estaban presentes al pronunciar Jesús las palabras “Hijo, tus pecados te son perdonados”  no dijeron nada, sino que lo pensaron, cavilando en sus corazones. No obstante, la intuición de Jesús en su espíritu, sin razonamiento o indicio externo que se lo indicara, pero digamos con el radar de su espíritu bien diáfano y despejado, lo captó con toda claridad y nitidez.

Y por último el tercer elemento de nuestra espíritu es la adoración, según brota de Juan 4: 23-24.

“Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.”

“Dios es Espíritu, y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.”

Hemos subrayado por una parte Espíritu, con mayúscula, al referirse al Padre, tal cual está – con toda precisión entendemos – en la versión de 1960, y con minúscula al referirse al espíritu del ser humano que le adora.

Antes de la conversión estábamos muertos en delitos y pecados según Efesios 2: 1. Al renacer fuimos engendrados de Dios según Juan 1: 13, de manera que del Dios Padre – Espíritu, con mayúscula – brotó un engendro en nuestro interior de espíritu – con minúscula. Así como la criatura se nutre de la madre que la dio a luz y se cobija en ella, nuestro espíritu lo hace en el Espíritu del cual procedió.

Estamos tratando de temas espirituales, y las analogías terrenales que presentamos nos ayudan a comprenderlas mejor, aunque la analogía en sí no siempre concuerde de manera precisa y exacta con lo que estamos tratando, dado que esto último se encuentra en otro reino – el espiritual.

Ahora debemos pasar al alma y resulta muy importante que comprendamos bien la diferencia – muchos piensan, sin ahondar debidamente, que las dos cosas son lo mismo, pero no es así.

Y el mismo Dios de paz os santifique por completo, y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.” (1ª. Tesalonicenses 5: 24)

Aquí se establece claramente que somos tripartitos, y debemos notar que Pablo coloca las tres partes en su debido orden – primero el espíritu, luego el alma y por último el cuerpo.

Recordamos el caso, bastante triste, de un siervo que en un tiempo tuvo su auge, pero notábamos que siempre decía cuerpo, alma y espíritu, en ese orden, y sin precisar detalles innecesariamente, lamentablemente tuvo un fin muy poco glorioso.

Citamos ahora Hebreos 4: 12: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.”

Seguimos con un ejemplo  ilustrativo que conceptuamos provechoso. No hace mucho, preparándome para una reunión en Madrid, sentí hablar sobre el libro de Job, y su aplicación práctica para todo verdadero hijo de Dios, en cierto modo según el primer capítulo titulado La Fragua Divina.

No obstante, al llegar el tiempo de la alabanza y escuchar las canciones gozosas y vibrantes que se entonaban, con un grupo de jóvenes que evidentemente denotaban mucho entusiasmo y optimismo, razoné en el sentido de que debía cambiar el mensaje y presentar algo más apropiado para esa ocasión.

Sin embargo, al sopesarlo ante el Señor, sentí claramente que debía seguir adelante con lo que tenía pensado al llegar, y a pesar de que parecía inapropiado, resultó de bendición y desafío para ellos y todo el resto de la congregación.

Lo que sucedió fue en realidad que en mi espíritu estaba correctamente establecido el tema que debía tratar, pero mi razonamiento – como parte de mi alma – al ver las apariencias externas, se inclinaba por otro rumbo. Allí, al sopesar las cosas ante el Señor, se produjo la separación entre lo que era del alma, basado en las apariencias, y lo que era del espíritu.

Dos aclaraciones:- la primera es que para que se produzca esa separación no necesariamente se debe estar leyendo la Biblia, dado que la palabra debe morar en nuestra mente y corazón; lo importante es que sopesemos las cosas con toda transparencia ante el Señor.

En Romanos 9: 1 leemos: “Verdad digo en Cristo, y no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo.”  Efectivamente, al reflexionar ante el Señor de esa forma sincera, despojándonos de toda segunda intención,  nos encontramos con que el Espíritu Santo testifica en nuestra conciencia, que es parte de nuestro espíritu como ya señalamos, la voluntad de Dios y la verdad divina para cada situación.

Por otra parte, el razonamiento muy bien puede ser acertado y correcto, pero en tales casos no habrá una desaprobación por parte de la conciencia, sino una clara concordancia.

La segunda aclaración va por una línea distinta. Manifestamos previamente la verdad bíblica de Efesios 2: 1 ya citada de que antes de la conversión estábamos muertos en delitos y pecados. Esa muerte espiritual no alcanzó, misericordiosamente, a nuestra conciencia, si bien muchos por su maldad y perversión muy bien pueden haber llegado al estado de tenerla corrompida, y peor aún, cauterizada. No obstante, una persona normal digamos, aunque inconversa, cuenta con una conciencia, (parte del espíritu) con la medida de sensibilidad que le acuerde ella misma según el trato que le dé.

Recuerdo que hace unos buenos años un buen hermano, tras oírme presentar las cosas de esa forma, un tiempo más tarde me obsequió un tratado en que se sostenía que el ser humano, aun inconverso, también es tripartito.

No quise entrar en polémica de modo que no le dije más nada sobre el asunto. No obstante, al sustentar el punto de vista ya expresado, me baso exclusivamente en lo que Efesios 2: 1 nos dice en el sentido de que antes  estábamos muertos en delitos y pecados, avalado también para mayor abundamiento por Ezequiel 36: 26-27 donde dice, refiriéndose proféticamente a la conversión o renacimiento del Nuevo Pacto: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros…»…y pondré dentro de vosotros mi Espíritu…”

Y resulta harto evidente que lo manifestado por Pablo en Efesios 2: 1 – el estar muertos en delitos y pecados – no se aplica ni al cuerpo ni al alma, y ¿a qué entonces se puede referir, sino al espíritu?

Tratando ahora concretamente sobre el alma, mencionamos que también constituye un trío, a saber, mente o razonamientos, emociones y la voluntad.

No hace falta entrar en muchas explicaciones. Lo correcto es que funcione debidamente, vale decir que acompañe a la voz interior de la conciencia en nuestro espíritu y no se sobreponga a ella. Por otra parte, hay cosas o situaciones tan claras que basta el sentido común de nuestra mente o razonamiento, y no habrá que indagar si son o no la voluntad del Señor, y si en el fuero interno hay o no aprobación, pues la misma estará claramente presente.

En cuanto al cuerpo, lo sencillo es saber cuidarlo tanto en el comer como en el evitar trasnochadas innecesarias. En el mundo occidental, a diferencia de lo que sucede en el llamado tercer mundo, hay muchas personas enfermas por comer en exceso.

Sin querer hacer una doctrina de ello, a veces señalo que a Elías el Señor le mandaba los cuervos con comida dos veces al día, no tres o cuatro. Personalmente me encuentro mejor con dos comidas, y en todo caso algo muy ligero y fácil de digerir como un par de yogures por la noche, aplicando la conocida regla de desayunar como un rey, almorzar como un príncipe y cenar como un mendigo.

En Hebreos 10: 22 se nos exhorta a acercarnos “con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.”

Después de una jornada intensa de trabajo, alguien puede sentir una necesidad grande de derramar su alma ante el Señor sin demora, con todo el mal olor de la traspiración de un día entero.

No obstante, siempre que las circunstancias lo permitan, personalmente siento la necesidad de darme una buena ducha al comenzar el día, para andar delante del Señor limpio no sólo en mi espíritu y alma, sino también en mi cuerpo, ya que se nos dice en 1ª. Corintios 3: 16 que el mismo es templo del Señor.

Con todo, no quiero tampoco hacer una doctrina en cuanto a esto, ni ser contencioso de manera alguna sobre el particular, respetando la opinión de otros que tal vez no estén totalmente de acuerdo.

Las palabras que siguen en el versículo 8 nos presentan un desafío: “A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra no seré conmovido.”

¿Qué es lo que ponemos siempre o mayoritariamente delante de nosotros? ¿El dinero, el éxito, la aprobación de los demás, la fama, una adicción indebida a la televisión, o tal vez al deporte, o a nuestro equipo favorito?

¿O es, en cambio, no hacer nada que desagrade al Señor, y vivir en la esfera de Su voluntad, para que nada empañe nuestra comunión con Él?

Son dos preguntas importantes que el lector hará bien en plantearse en un saludable auto análisis.

El resto del salmo sigue una línea mesiánica, prediciendo la resurrección de nuestro amado Señor Jesús sin ver corrupción.

“Se alegró por tanto mi corazón y se gozó mi alma; mi carne también reposará confiadamente, porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que su santo vea corrupción.”

Vale la pena relacionar esto con lo dicho por Pedro en Los Hechos 2: 24, en la ocasión de su discurso el día de Pentecostés.

“Al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella.”

Jesucristo murió en condiciones distintas de todos los demás seres humanos, en el sentido de que no lo hizo debido a la ley claramente reiterada en las Escrituras:- “…el alma que pecare, ésa morirá.”

Su vida totalmente exenta de todo pecado lo puso totalmente fuera del alcance de esa ley, y Su resurrección bien podemos decir que era inevitable – “…imposible que fuese retenido por ella.” tal y cual lo señaló Pedro bajo la inspiración divina.

El versículo 11 con que termina el salmo nos presenta una riquísima y bendita culminación, de proyecciones eternas, y magníficas en el más amplio sentido de la palabra.

“Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre.”

En primer lugar, haciendo esto extensivo a nosotros Sus santos amados, debemos pensar en un continuo aprender, en la escuela maravillosa del Maestro de los maestros, que nos enseña como ningún otro lo que verdaderamente interesa y vale, tanto para esta vida como para el siglo venidero.

En segundo término las palabras “…en tu presencia hay plenitud de gozo”  claramente dan a entender que el mismo será inmensamente mayor y más puro que cualquier gozo que podamos haber experimentado en la vida presente.

Y en tercer lugar “delicias a tu diestra para siempre”  nos hablan de algo que ha de trascender los límites del tiempo y perdurar por toda la eternidad. No habrá ningún punto en que el Señor nos diga – “Hasta aquí hemos llegado – ya no tengo más para mostraros.”

Las delicias que Él nos irá revelando nunca se agotarán – siempre habrá más para una eternidad deleitosa y maravillosa.

Bien podemos citar aquí las palabras de San Pablo en su epístola a Tito – “La esperanza bienaventurada.”  Por cierto que lo es y que no hay nada que remotamente se le pueda comparar.

Que esto sea un fuerte estímulo para que ordenemos y modelemos nuestras vidas, o mejor dicho lo que nos queda por vivir todavía, en armonía y concordancia con tanta dicha que el Señor nos tiene reservada.

Como una sana advertencia, estimamos oportuno citar lo que el venerable apóstol Juan escribe en su primera epístola:

“Y ahora, hijitos, permaneced en él, para que cuando se manifieste, tengamos confianza, para que en su venida no nos alejemos de él avergonzados.”  (1ª. Juan 2: 28)

Cuando esos ojos de fuego nos contemplen a Su venida,  ¡QUE SEA LO PRIMERO Y NO LO SEGUNDO!

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Capítulo 4 – Salmo 119 – una joya de hermosos y variados matices. (a)

El salmo 119 es muy particular por varias razones. Es el más extenso de todos, y el lector notará que contiene 22 partes de 8 versículos cada una, y que como encabezamiento de cada una de esas partes, figura el nombre de una letra del abecedario hebreo, que en total consta precisamente de igual número de letras, dándose así un total de 176 versículos.

Además, en el original hebreo cada sentencia empieza con la letra del respectivo encabezamiento. Naturalmente esto no se puede reflejar en la traducción al castellano, ni a ningún otro idioma suponemos, por razones obvias.

Lo ejemplificamos como si fuera en nuestro idioma, tomando la primera letra de nuestro alfabeto.

Alabo al Señor por todas Sus mercedes;

Alma mía, no olvides ninguna de sus muchas misericordias,

Agrega a esa alabanza una profunda gratitud,

Añadiendo también dos cosas importantes,

Amarlo por sobre todas las cosas en la vida,

Además de adorarlo en la hermosura de la santidad,

Etc. etc.

Otra particularidad muy importante es que en cada uno de los 176 versículos – exceptuando el 122 y el 132 en la versión 1960 de nuestra Biblia en castellano – se habla de la palabra de Dios, empleando una variedad de vocablos que se refieren a ella de una manera u otra, tales como tu ley, tus preceptos, tus mandamientos, tus juicios, tus estatutos, etc.

Todo esto compagina una verdadera joya literaria, sobre todo en el original hebreo, la cual presenta de muchas formas distintas la gran excelencia y utilidad de la palabra de Dios.

A veces, en nuestra exposición oral de las Escrituras, lo hemos planteado de esta forma: Si es que hay un Dios – como sin duda lo hay – y ese Dios nos ha dado un libro – como tampoco cabe duda de que lo ha hecho – entonces ese libro, la Santa Biblia, debe desde todo punto de vista, ser el libro primordial de nuestra vida, rigiendo nuestra conducta cotidiana con sus maravillosas enseñanzas, advertencias, principios y verdades.

Muchos conocen el caso de la famosa sentencia del “sabio” francés Voltaire.  Afirmó que en cien años la Biblia iba a ser un libro desaparecido y olvidado.

El Señor esperó que se cumpliese el siglo estipulado por Voltaire para dar Su respuesta – contundente e irrebatible. La misma vivienda en París donde había pronunciado dicha sentencia se encontraba como depósito de las Sociedades Bíblicas, con pilas y pilas de ejemplares en cada recinto ¡del libro que iba a desaparecer y quedar olvidado para siempre!

Extrayendo ahora del rico caudal que se encuentra en el salmo en que estamos, nos parece oportuno comenzar con el versículo 18.

“Abre mis ojos,  y miraré las maravillas de tu ley.”

Desde luego que para el incrédulo – cegado su entendimiento por el dios de este siglo –  no hay ninguna maravilla en la ley divina. Por el contrario, casi siempre le resulta una locura incomprensible y carente de todo sentido, por lo menos en mucho de su contenido.

David, que se supone que fue el autor de este salmo, nos revela en el mismo la vasta comprensión que él tenía de tantas verdades y principios sabios y maravillosos de esa ley.

Entre paréntesis, no debemos entenderla en la estrecha comprensión del decálogo, ni tampoco en la extensa parte ceremonial de la ley mosaica que encontramos en el Pentateuco.

Más bien debemos comprenderla en los términos que aparecen en el versículo 96: “A toda perfección he visto fin; amplio sobremanera es tu mandamiento.”

Es decir que tenía un claro concepto de la perfección de la misma, que sobrepasaba toda otra perfección por él conocida. Pero además veía que la magnitud de la misma era totalmente inconmensurable. Y esto lo tenemos que relacionar  con el versículo 18 ya citado, en que pide al Señor que le abra los ojos para poder mirar las maravillas de ese mandamiento amplio sobremanera.

Aquí debe entrar en nuestra consideración la necesidad de la revelación divina. Es imprescindible que se nos abran los ojos de nuestro espíritu, y eso es una gracia especial que se otorga a los pequeñitos y humildes, no a los sabelotodos autosuficientes que se sirven de su propia capacidad y recursos.

Nuestro amado Señor Jesús dio bien en el clavo cuando alabó al Padre en Mateo 11: 25b-26 al decir “…escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó.”

El Señor nos conceda el don y la gracia de vivir como niños delante de Él, necesitándolo en todo y para todo, y confiando en Él implícitamente.

Dentro de la extensa gama que nos brinda este riquísimo salmo, escogemos ahora el versículo 136: – “Ríos de aguas descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu ley.”

Tal vez no plenamente consciente del vasto alcance de estas palabras, David puntualiza aquí por la inspiración divina lo que llamaríamos el profundo arrepentimiento. Sólo aquéllos que lo han podido experimentar – notoriamente los apóstoles Pedro y Pablo, pero sin duda muchísimos otros santos a través de la historia – lo comprenden en buena parte de su gran magnitud.

Esos ríos de aguas – lágrimas a raudales – no son algo propio del emocionalismo, como algunos pudieran suponer. Son aguas que tienen la función de efectuar lavados internos de la maleza y suciedad acumuladas por no haber andado debidamente en el camino del Señor. Una vez seguido su debido curso, dejan al alma en dichosa paz, como quien ha experimentado un alivio bendito  y una saludable limpieza interior.

Se podría agregar mucho más sobre el tema, pero sería prolongar en demasía, y aún nos queda mucho terreno que abarcar en este salmo.

“Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba; mas ahora guardo tu palabra.” (Versículo 62)

Esta verdad tan importante se ratifica, aunque en otros términos, en el versículo 71:- “Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos.”

Ser humillado por los hombres, o por el enemigo de nuestras almas, es algo doloroso y casi siempre totalmente improductivo. Por el contrario, cuando es el Señor Quien lo hace, siempre resulta para nuestro inmenso bien.

Nos vacuna, por así decirlo, contra el envanecimiento, esa aberración horrible, de la cual la primera víctima fue el Lucifer, quien busca desde entonces propagarla a cuantos pueda.

A sus amados y escogidos, Dios se encarga de humillarlos, como un seguro contra algo tan pernicioso y a la vez engañoso. Decimos engañoso, porque el maligno tiene la astucia de propagarlo de tal manera que la víctima no se percata de ello. Y decimos pernicioso porque si no se corrige a tiempo, el mal que acarrea desemboca necesariamente en gran deshonra y, en última instancia, en pérdida irreparable.

Siempre tenemos presente, de manera que resulta innecesario explayarnos sobre el mismo, el aguijón que le tocó soportar al apóstol Pablo, pero que tenía la triple función de impedir que se envaneciese, de aprender a apoyarse en la gracia suficiente para sobrellevarlo, y de experimentar una mayor medida del poder de Cristo, al descubrir el principio dorado de que “cuando soy débil, entonces soy fuerte”.

Este tema de ser humillado se proyecta a una culminación bendita y feliz por lo expresado en los versículos 75 y 76:- “Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justos, y que conforme a tu fidelidad me afligiste. Sea ahora tu misericordia para consolarme, conforme a lo que has dicho a tu siervo.”

El experimentar la humillación y aflicción es algo que David reconoce – como debemos también hacerlo nosotros – que responde a los justos juicios del Señor, que sabe por qué y para qué lo hace, y también a Su gran fidelidad. De no hacerlo, Él sabe que en la primera de cambio, o bien en la hora del éxito, se nos subirían los humitos a la cabeza, como solemos decir.

Pero a quien somete el Señor a este tratamiento de Su gracia, siempre le hace saber que es para su bien, y que a su debido tiempo vendrá la cosecha de su gran misericordia y consuelo, que no sólo nos servirá de bálsamo bendito, sino que nos enriquecerá grandemente.

Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán.” (Salmo 126: 5)

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.”  (Mateo 5: 4)

En un papel con anotaciones me di cuenta de que se trataba de puntos sobre este mismo salmo 119 que traté en una predicación más bien reciente.  Como los puntos son todos distintos de lo que hemos visto hasta ahora en este capítulo, me resulta evidente que nos queda mucho terreno que cubrir, por lo cual, para evitar que éste sea demasiado extenso, seguramente que tendremos que suspender a cierta altura, para continuar en el capitulo siguiente.

Con todo, antes de hacerlo añadimos dos o tres párrafos.

Amplia, vasta y con una perfección que supera a todo lo que David había conocido es la palabra de Dios.

Sólo el Dios infinito puede conferir infinitud a algo, y, ¡por cierto que lo ha hecho con Su palabra bendita!

“Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos.” De generación en generación es tu fidelidad. Tu afirmaste la tierra y  subsiste. Por tu ordenación subsisten todas las cosas hasta hoy, pues todas ellas te sirven.” (Versículos 89-91)

Por el mismo principio, sólo el Dios eterno puede conferir eternidad a algo – y ¡por cierto que también lo ha hecho con Su palabra, la cual permanece firme para siempre en los cielos! Allí estará, absolutamente inmutable, por los siglos de los siglos.

Lo mismo tenemos que decir de Su fidelidad – “sin mudanza ni sombra de variación”, como se expresa con tanto acierto en Santiago 1: 17b.

Y por la ordenación de mismo Dios Altísimo y Omnipotente, la tierra ha sido afirmada y subsiste, al igual que todas las cosas hasta el presente, y todas ellas le sirven para el desarrollo y la concreción de Sus vastos propósitos universales para cada cosa creada.

Ahora sí suspendemos a esta altura para continuar en el capítulo siguiente.

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Capítulo 5 – Salmo 119 – Una joya de hermosos y variados matices. (b)

Pues tus testimonios son mis delicias y mis consejeros.” (Versículo 24)

Para David los testimonios del Señor eran todo un deleite, y así, sin duda, debiera ser con nosotros, los hijos de Dios, renacidos por el Espíritu Santo. En ellos encontramos perlas de sabiduría,  luz, justicia,  verdad, de los caminos eternos, y en fin, un cúmulo de preciosas virtudes más, propias todas de la persona maravillosa de nuestro amado Dios y Señor.

Agrega que esos testimonios, en su carácter ya sea de palabra, dichos, juicios, preceptos, estatutos o mandamientos, eran consejeros que seguramente le valían para todas las vicisitudes y alternativas por las cuales le tocaba atravesar.

En el primer capítulo – La fragua divina – vimos, extrayendo de la maravillosa profecía de Isaías 9: 6, que uno de los nombres del bendito Mesías prometido seria Consejero, y también comentamos sobre Su función en tal carácter en cuanto a la iglesia de los laodicenses.

La  trayectoria de David fue muy distinta de la de la iglesia de Laodicea, pero igualmente esos consejos a que se refería le valían para todas y cada una de las muchas circunstancias diversas y variadas que tuvo que enfrentar.

Tenemos presente, entre otras, las muchas ocasiones en que tenía que escaparse del Rey Saúl, que lo perseguía con tanta saña y maldad. Venía con  muchos soldados, liderados por Abner, el general del ejército, y dónde esconderse, si debía pasar la noche en algún lugar oculto, alejarse a otra zona desértica o arbolada, etc. etc. – para todo eso necesitaba el consejo, junto desde luego con la providencia divina, para mantenerse a salvo, rodeado como estaba de tantos peligros.

Hilamos esto con el salmo 27: 3 donde dice:

“Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado,” a lo que agrega en el conocidísimo versículo 4 su petición de poder contemplar cada día la hermosura del Señor e inquirir en su templo.

Desde luego que David debía valerse de los consejos de la palabra, con todos sus diversos matices, en una gran multiplicidad de otras formas y situaciones.

Pero para darle un fin práctico y subjetivo a estas reflexiones, debemos preguntarnos si en nuestra propia experiencia los testimonios y  estatutos de Dios son de veras nuestros consejeros.

El sagrado libro – la Biblia – lo abarca todo, y como hijos Suyos debemos cultivar su lectura cotidiana con avidez, y así Sus palabras serán también nuestros consejeros.

Sabremos si debemos emprender un rumbo determinado o desecharlo; nos servirá para todas las decisiones que habremos de tomar, en términos materiales, espirituales, económicos, familiares, etc.

Si le damos a la bendita Biblia esa atención y el trato esmerado que se merece, el Espíritu Santo habrá de iluminarnos para que siempre tomemos la decisión o el camino acertado.

Todo esto lo enlazamos con el versículo 105: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.”

Efectivamente, en medio de las tinieblas que nos rodean por doquier, la luz diáfana y preciosa de la palabra divina, como lumbrera nos ilumina, señalando el camino correcto que debemos seguir.

Con todo, cabe señalar algo importante. Se trata del principio que a menudo hemos puntualizado oralmente y  por escrito: el Antiguo Testamento con frecuencia nos habla a través de  de lo externo, y visible, para señalar los valores internos, eternos e invisibles del Nuevo.

Así entonces la palabra del Señor nos habla, no como una lámpara a nuestros pies, sino en el fuero interno y por el Espíritu Santo que mora en nosotros, indicando el camino o la senda de la luz de la voluntad de Dios en que debemos andar.

Continuamos reflexionando sobre la forma tan amplia y sabia en que David se explaya sobre las excelencias de la ley de Dios.

“Guardaré tu ley siempre, para siempre y eternamente.” (Versículo 44)

Aquí David hace un voto que estaba dispuesto a cumplir todo el resto de su vida; pero no se detiene ahí, sino que lo hace extensivo a la eternidad – eternidad ésta que sabe que le ha conferido el Eterno Dios.

En el versículo 19 ya había escrito “Forastero soy en la tierra,” lo que da a entender claramente que no consideraba que su vida en este mundo era su única porción, como tristemente lo hacen los incrédulos. Muy por el contrario, sabía muy bien que había un más allá que se prolongaría por siempre jamás.

Hay además otros indicios en las Escrituras que apuntan en ese sentido, entre ellos lo que  afirmó tras enterarse de la muerte del primer hijo que le dio a luz Betsabé: “Yo voy a él, más él no volverá a mí.” (2ª, Samuel 12: 23)

Quienes hemos nacido de nuevo tenemos esa esperanza bienaventurada de un más allá de dicha sin par, a continuar por los siglos de los siglos.

Es una bienaventuranza que quizá no siempre valoramos ni paladeamos como debiéramos, y que se encuentra en un contraste abismal con la porción de los que no conocen al Señor, cuya expectativa sólo está en su vida terrenal.

“Más que todos mis enseñadores he entendido, porque tus mandamientos son mi meditación.”

“Más que los viejos he entendido, porque he guardado tus mandamientos.” (Versículos 99 y 100)

El meditar en los mandamientos divinos y guardarlos le había reportado a David un caudal de sabiduría tan vasto, que iba mucho más allá de lo que le habían inculcado sus enseñadores.

Suponemos que esto habrá sido en su niñez y juventud; pero creemos que sin ser jactancioso va más allá, diciendo que el guardar esos mandamientos le había hecho entender, saber y comprender más aún que los ancianos, cargados de años y experiencia.

Esto se debe conectar con lo que el mismo David afirma en el Salmo 19: 11 – “Tu siervo es además amonestado con ellos; en guardarlos hay grande galardón.”

Tenemos presente el caso de un siervo del Señor que tenía un riquísimo ministerio de la palabra. Creemos recordar que alguien le preguntó en cierta ocasión cómo había adquirido semejante caudal.

La respuesta fue que mientras otros cursaban estudios de diversa índole para seguir una carrera determinada, él se había pasado las horas por años y años, devorando por así decirlo las Sagradas Escrituras.

En otra línea, y en aras de retener un sano equilibrio, debemos acotar que las palabras del versículo 99 “Más que todos mis enseñadores he entendido” no deben motivar a que uno desprecie lo que los verdaderos maestros de la palabra nos pueden inculcar, pensando que uno se basta a sí mismo con lo que cosecha con sus propios estudios, sin necesitar de los demás.

En Efesios 4:11-12 Pablo señala que el Señor constituyó, y desde luego que sigue haciéndolo, ministerios “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” y entre ellos figuran los de pastores y maestros.

Desconocer esto supone un grave desatino, y una clara muestra de orgullo y envanecimiento.

En mi corazón he guardado tus dichos para no pecar contra ti.” (Versículo 11)

El estudio asiduo y esmerado de la palabra de Dios nos trae grandes beneficios de diversa índole.

Uno de ellos, pensamos a menudo, es el de agradar al Espíritu Santo, el inspirador de la misma, según se nos dice en 2ª. Pedro 1: 20-21.

Lo contrario sucedería si no le diéramos ese trato que se merece, leyéndola mucho menos de lo que debiéramos, y sin mayor apetito espiritual.

Otro beneficio es el de adquirir paulatinamente la perspectiva divina en cuanto a los valores importantes de esta vida, sobre todo en su proyección  hacia lo eterno e imperecedero del más allá-

Otro más es el de recibir advertencias en cuanto a peligros que nos acechan y nos rodean en nuestra peregrinación, por ejemplo el que se puntualiza en la oración del versículo 36: “Inclina mi corazón a tus testimonios, y no a la avaricia.”

Aunque nos salimos  del ámbito de este salmo, debemos señalar aquí como algo muy importante que el libro de Proverbios está virtualmente saturado de advertencias y amonestaciones contra un gran número de males que nos pueden perjudicar y dañar en nuestra carrera.

Pero debemos afirmar que hay un algo muy fundamental e imprescindible que debe acompañar al estudio asiduo y esmerado a que nos hemos referido.

Esto se refleja en no pocos versículos del salmo dorado en que estamos, tales como el 2, «Bienaventurados los que…con todo el corazón te buscan.”  Versículo 10 “Con todo mi corazón te he buscado” el 111:  “Porque son el gozo de mi corazón,” el 145 ”Clamé con todo mi corazón.

Es decir que no se trata de un estudiar con avidez, pero solamente por la vía del intelecto o razonamiento mental.

El corazón debe anhelarlo y ser, por así decirlo, la fuerza motriz que nos impulsa a hacerlo.

Otra vez nos valemos del libro de Proverbios esta vez para citar  el versículo 23 del cuarto capítulo –“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.”

El corazón es la fuente o el manadero del cual brota todo lo que hablamos y hacemos. Y redondeando sobre el versículo 11 del subtítulo, David sabía que era por sobre todo en su corazón que debía guardar y atesorar la palabra de Dios, como un seguro, si cabe, contra el mal gravísimo de pecar contra el Dios al cual le debía todo.

Y finalmente, nos atrevemos a elevarlo a un nivel más alto, expresado en la aspiración de no hacer ni decir nada que suponga desagradarlo en absoluto – una aspiración muy encumbrada por cierto, pero que creemos que es alcanzable por Su gracia, si nos lo proponemos seriamente, aun cuando, como seres finitos y falibles que somos, cada tanto no lo alcancemos.

Antes de continuar, debemos detenernos aquí para introducir una nota solemne, y en un sentido aterradora, pero necesaria, que se desprende del versículo 53: “Horror se apoderó de mí a causa de los inicuos que dejan tu ley.”

Al no valorar sino despreciar las maravillosas riquezas y excelencias de la ley divina, quien lo hace se coloca de hecho en la parcela opuesta del enemigo declarado de las almas.

Allí imperan las fuerzas contrarias del odio, la iniquidad, y toda toda suerte de mentiras y engaños.

Por una parte, tengamos siempre una temblorosa gratitud por saber que estamos situados en la parcela bendita del amor y la gracia de la ley divina; por la otra, oremos y busquemos en lo que nos sea posible ayudar a los que se encuentran atrapados en la otra, en concordancia con el deseo del Señor, Quien no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.

“Sumamente pura es tu palabra y la ama tu siervo.” (Versículo 140)

Este versículo debemos relacionarlo con el Salmo 12, también de David, que en el versículo 6 nos dice: “Las palabras de Jehová son palabras limpias, como plata refinada en horno de tierra, purificada siete veces.”

Por supuesto que no debemos entender por esto que a la palabra de Dios hay que someterla a ese proceso de purificación. El verdadero sentido es que el resultado final de ese proceso tan intenso – siete veces, es decir el número que denota algo perfecto y completo – será que se logre plata absolutamente refinada y exenta de todo vestigio de impureza, lo cual constituye el estado o la condición  permanente de la palabra eterna en sí – siempre ha sido así, y por siempre jamás lo seguirá siendo.

Esa pureza tan impecable – tan inmaculada – motivaba a David a amarla – entrañablemente agregaríamos. Tenemos claras muestras de ello en los siguientes versículos: 14:”Me he gozado en el camino de tus testimonios más que de toda riqueza.” Versículo 24: “Pues tus testimonios son mis delicias.” Versículo 72: “Mejor es la ley de tu boca que millares de oro y plata.” Versículo 103: “! Cuán dulces son a mi paladar tus palabras!  Más que la miel a mi boca.”

Es decir que se gozaba poniéndola por encima de toda riqueza y de millares de oro y plata – se deleitaba en ella y la encontraba dulcísima a su paladar, más que la miel.

¡Qué ejemplo maravilloso, digno de que lo emulemos!

Si bien con lo escrito no le hemos hecho plena justicia a este salmo tan especial, y por cierto que mucho menos hemos alcanzado a agotar sus enormes riquezas, nos damos por satisfechos con estos dos capítulos.

Concluimos con el deseo y la oración de que sirvan para incrementar grandemente nuestro cariño y devoción a ella – la bendita palabra de Dios que vive y permanece para siempre, – y que más allá de eso, a verla personificada en el amado Señor Jesucristo, el Verbo que era en el principio, y que era con Dios y que era Dios. (Juan 1: 1)

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CAPÍTULO 6  – Confirmación, unción, sellos y arras. (2ª. Corintios 1: 21-22)

“Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones.”

En estos dos breves versículos, lo que no nos cansamos de llamar la pluma tan fecunda del apóstol Pablo, nos señala cuatro puntos cardinales, por la gran importancia que revisten, importancia ésta que nos mueve a dedicarles todo este capítulo.

Por empezar, desde luego que lo primordial en la vida es que uno se convierta de las tinieblas a la luz admirable de Cristo, o, en los términos de Jesús dirigiéndose a Nicodemo en la primera parte del capítulo 3 de San Juan,, nacer de nuevo, de agua y del Espíritu, para así ver el reino de Dios y entrar en él.

Los corintios, a quienes Pablo dirige esta segunda epístola, ya habían tenido esa bendita experiencia. Los cuatro puntos del título van dirigidos a ellos, con el fin de que prosigan satisfactoriamente en su vida espiritual, y lleguen a la postre a una culminación feliz.

Pasamos ahora a reflexionar sobre cada uno.

I) Confirmación.
Pablo dice “…el que nos confirma en Cristo…

Debemos partir de esas dos palabras que hemos subrayado: en Cristo.

En toda verdadera conversión eso es precisamente lo que sucede.

Si alguno está en Cristo nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas.”  (2ª. Corintios 5: 17)

El mismo Señor Jesús lo ilustra y amplía sobremanera en Juan 15:-

“Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que no lleva fruto lo quitará; y todo aquél que lleva fruto lo limpiará para que lleve más fruto. Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.” (15: 1, 2 y 4)

Su exhortación a que permanezcamos en Él es clara y terminante; así como una rama cortada y separada de la vid no puede dar fruto, sino que se seca y sólo sirve para quemarse como leña, o bien para hacer tal vez algunos enseres sin vida, así tampoco nosotros aparte de Él.

El hecho de que añada “…y yo en vosotros” no ha de tomarse por cierto como una exhortación a sí mismo, ni un recordatorio de que debe hacerlo.

Debe entenderse, en cambio, en el sentido de que le permitamos a Él permanecer en nosotros, sabiendo muy bien que a veces podemos ser tan propensos  en la primera de cambio a saltarnos por la tangente, pasando al temor, la desobediencia, o a una actitud carnal o egoísta, todo lo cual nos desubica totalmente, con el doble efecto de no permanecer en Él, ni permitir que Él lo haga en nosotros.

Hace unos buenos años, estando en la obra misionera en la provincia de Mendoza, al Oeste de la República Argentina, alguien me prestó un libro que trataba sobre el tema de injertos.

Recuerdo que afirmaba que había una diferencia entre el de un peral o un manzano, por ejemplo, y el de la vid.

En aquéllos bastaba quitar toda la corteza de la vara a injertarse, y haciendo un tajo en el árbol en sí y colocando una venda, normalmente se lograba un injerto satisfactorio.

Por el contrario, con la vid había que cortar  hasta el centro de la vara a injertarse, llamado significativamente el corazón, y recién entonces proceder al vendaje y al injerto.

La lección que se desprende de esto es que la espada de doble filo de la palabra de verdad tiene que penetrar bien dentro del fuero interno, para que el injerto del pámpano resultante sea satisfactorio y, a la postre, fructífero también.

Por otra parte, nos conmueve pensar que el corte en la vid verdadera, que es nuestro Señor Jesús, ya fue hecho, y muy dolorosamente por cierto, en el Calvario, cuando los clavos de los que lo crucificaron horadaron Sus manos y Sus pies – Salmo 22: 16 – y la lanza del soldado le abrió el costado – Juan 19: 34.

Pero ahora pasamos a considerar la forma en que los dos quizá más grandes apóstoles del Nuevo Testamento – Pedro y Pablo –  realizaron en sus trayectorias una labor confirmatoria, tanto en el nivel conjunto de iglesias como individualmente en la vida de los discípulos de aquel entonces.

–          Pedro.

“…y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.” (Lucas 22: 32)

De cómo Pedro asumió plenamente este mandato del Señor tenemos claras evidencias en las Escrituras.

En Los Hechos 9: 32 leemos  “Aconteció que Pedro, visitando a todos, vino también a los santos que habitaban en Lida.”

Esas visitas por cierto que no serían de cortesía, ni con la brevedad con que algunos médicos, apremiados por sus muchas obligaciones, a veces las deben efectuar.

Creemos que sería para exhortarlos, recordándoles tantas cosas de gran importancia para continuar firmes en el camino del Señor.

Acercándose al final de su vida, escribió en 2ª. Pedro 1: 13-15 –“Pues tengo por justo, en tanto que estoy en este cuerpo, el despertaros con amonestación; sabiendo que en breve debo abandonar el cuerpo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado.”

“También yo procuraré con diligencia que después e mi partida vosotros podáis en  todo momento tener memoria de estas cosas.”

Bien podemos imaginar cómo los discípulos que le habían oído se recordarían mutuamente los consejos, advertencias, exhortaciones y amonestaciones que con tanto amor, gracia y fidelidad les había hecho.

Y además de esto tenemos sus dos epístolas, que son un legado precioso para todos los discípulos de todos los tiempos.

En suma, vemos la soberana gracia del Señor en su vida, tomándolo así como era, un humilde pescador, del vulgo y sin letras, para forjar un vaso para honra, dotado de tanta sabiduría, gracia y fidelidad.

b) Pablo.-
Resulta interesante que a un hombre tan versado en la ley mosaica y que aventajaba a muchos de sus contemporáneos, el Señor le encomendó el ministerio a los gentiles, mientras que a Pedro, el humilde pescador a que ya nos hemos referido, lo destinó para la circuncisión, o sea el pueblo de Israel.

La lógica nuestra hubiera sido disponer lo contrario, pero así son los caminos imprevistos e insondables del Señor.

En la vida de Pablo lo prioritario era llevar almas al conocimiento de Cristo. No obstante, enseñado por el Señor, y al mismo tiempo por la experiencia práctica, sobre todo a partir de su primer viaje misionero, vio con toda claridad que eso no bastaba –  era imprescindible confirmarlas.

Y así vemos cómo, paralelamente a la proclamación de la palabra de verdad del evangelio, en su ministerio se destacaba  una labor confirmatoria, que como veremos era tesonera y podríamos decir hasta exhaustiva, tal era la forma en que la desarrollaba.

Aun durante el primer viaje misionero que hizo, acompañado  por Bernabé, en el trayecto de retorno después de llegar a Derbe, el punto más distante, tenemos claros indicios de una labor confirmatoria.

“…volvieron  a Listra, Iconio y Antioquía (los lugares donde habían fundado iglesias) confirmando los ánimos  de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.” (Los Hechos 14: 21b-22)

Vieron también la necesidad de constituir ancianos, orando con ayunos y encomendándolos al Señor en quien habían creído.

Sobre este particular no nos detendremos, pues sería desviarnos en algo del hilo conductor.

En cambio subrayamos el peso y la autoridad con que esos dos esforzados siervos del Señor, Pablo y Bernabé, que como dijimos lo acompañaba, ministraron en esas tres iglesias, trayendo palabras saturadas de fe y de unción santa para fortalecerlos, procurando que quedasen firmemente arraigados en el Señor.

También debe tenerse muy en cuenta que no les prometían un camino de rosas, con dicha y mucha alegría, y exento de dificultades.  Muy por el contrario, les advertían que era menester entrar en el Reino de Dios a través de muchas tribulaciones, un énfasis no muy usual por cierto en estos días.

Siguiendo el orden  cronológico fijado por el libro de Los Hechos, vemos que a continuación surgió el problema de los judaizantes. Algunos de ellos, llegados a Antioquía de Siria, sostenían que a los creyentes gentiles había que circuncidarlos – de otra manera no podían ser salvos.

El problema fue tratado en Jerusalén, decidiéndose que de ninguna manera se impusiese semejante carga a los gentiles. Pablo y Bernabé volvieron a Antioquía acompañados por dos varones principales de entre los hermanos – Judas Barsabás y Silas –  y leyeron la carta confirmando la decisión de absolverlos de esa carga, lo cual trajo un regocijo general.

Leemos también que Judas y Silas, siendo ambos profetas, consolaron y confirmaron a los hermanos, trayendo abundancia de palabras a ese fin.

Aun cuando no se trata específicamente de Pablo, él evidentemente vivía intensamente esas cosas, y habrá sido muy de su agrado oír a estos dos varones hablar con tanto peso y autoridad, confirmando la postura clarísima de que a los preciosos convertidos entre los gentiles no había que turbarlos con esa carga.

Refiriéndose a la misma, Pedro al dirimirse el asunto,  preguntó a los judaizantes

“…¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? (Los Hechos 15:10)

A esto agregó en el versículo siguiente “Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos.”

Resulta reconfortante comprobar la absoluta concordancia entre estos dos apóstoles,  a los cuales debemos agregar desde luego a Juan, en cuanto al evangelio de la gracia de nuestro Señor Jesucristo.

Aquí encaja muy bien lo que leemos en Hebreos  13: 9 – “No os dejéis llevar de doctrinas diversas y extrañas; porque buena cosa es afirmar el corazón con la gracia.»

Una vez dirimido el tema planteado por los judaizantes, Pablo sintió que sería bueno visitar a las iglesias que habían levantado en el primer viaje.

Sobrevino la separación entre él y Bernabé, debido al fuerte desacuerdo entre ambos sobre si  Juan Marcos debía o no acompañarlos.

Como resultado emprendió el segundo viaje acompañado por Silas, mientras que Bernabé lo hizo con Juan Marcos navegando a Chipre.

Sin detenernos a comentar exhaustivamente, creemos que Pablo tenía razón, pero hubiera sido mejor que, ante la discrepancia, decidiesen buscar al Señor al respecto. Nos parece muy probable que la respuesta fuera en el sentido de la postura de Pablo, pues evidentemente Juan Marcos no estaba preparado para las fuertes persecuciones que sobrevendrían.

Así Pablo salió con Silas encomendado por la iglesia, lo cual, significativamente, no lo hizo Bernabé.

Lo primero que leemos sobre este segundo viaje es que “ … pasó por Siria Cilicia, confirmando a las iglesias.” (Los Hechos 15: 41)

Seguidamente llegó a Derbe y a Listra, donde se habían levantado iglesias en el primer viaje, y reconociendo en Timoteo un joven con aptitudes promisorias, decidió que los acompañase.

Pasando por las distintas ciudades, les entregaban la carta de los apóstoles y ancianos que estaban en Jerusalén con la decisión tomada, y a continuación leemos:- “Así que las iglesias eran confirmadas en la fe, y aumentaban en número cada día.” (16:5)

Aquí tenemos el ideal que le habrá resultado muy caro y alentador  a Pablo.  Por una parte, un incremento numérico cada día, y por el otro, las iglesias confirmadas en la fe.

El relato pasa seguidamente a hacernos ver que los apóstoles no tenían su agenda propia, sino que dependían de la expresa guía del Espíritu Santo.

Después de que se les prohibiera predicar la palabra en Asia – la provincia de ese entonces, no el continente, como lo conocemos hoy – intentaron ir a Bitinia, pero tampoco ése era el lugar indicado. Finalmente, a través de una visión de noche de Pablo, entendieron que debían ir a Macedonia.

Así llegaron eventualmente Filipos, la principal ciudad de Macedonia, donde les esperaba una feroz persecución. Entendemos que esto fue el alto precio que tuvieron que pagar por hacer pie con el evangelio en el continente europeo, en el cual en siglos posteriores iban a acontecer grandes derramamientos de la gracia divina, con repercusiones mundiales, ya que de ellos salieron misioneros para muchas naciones propagando la verdad del Evangelio de la Salvación en Cristo Jesús.

Después de levantar la iglesia en Filipos, siguió junto a Silas marchando a Tesalónica, donde también en medio de fuerte persecución se levantó otra iglesia, muy fiel por cierto.

Debido a la obstinada oposición de los judíos tuvieron que marchar muy pronto, pasando a Berea, de allí a Atenas, siguiendo la marcha hacia la región de Acaya, deteniéndose en Corinto por un buen tiempo, pues el Señor le hizo saber que tenía mucho pueblo en esa ciudad.

En un principio Silas estuvo con él, y se añadió a ellos el matrimonio de Aquila y Priscila, pero por el relato del capitulo 18 todo indica que en un momento dado Silas no continuó con él,  y terminó el viaje solamente acompañado por el matrimonio citado.

Después de visitar a la iglesia en Jerusalén descendió a Antioquía de Siria, su iglesia base. Estuvo allí por un tiempo – no muy prolongado al parecer – tras lo cual emprendió su tercer viaje misionero, esta vez sin acompañante, por lo menos en un principio.

Leemos que “ salió, recorriendo por orden la región de Galacia y de Frigia, confirmando a todos los discípulos.” (18: 23)

Sería  muy extenso detallar más sobre su trayectoria posterior, de manera que nos ceñimos a citar algunas partes muy pertinentes de su discurso de despedida a los ancianos de Éfeso, que se trasladaron a la isla de Mileto  a pedido suyo.

“…y como nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas.”  (20: 20)

“Por tanto, velad, acordándoos que por tres años de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno.” (20:31)

Resumiendo y para visualizar lo casi increíble de su labor confirmatoria, señalamos que la hizo en las iglesias a nivel conjunto, a todos los discípulos, públicamente y por las casas, inculcando todo cuanto les fuese útil, de noche y de día, a cada uno con lágrimas.

En esto tenemos un ejemplo supremo de una labor tesonera como tal vez pocas otras, lo cual  nos hace estar muy agradecidos al Señor, por darnos con su vida y ministerio un ejemplo de semejante altura y talante.

Nos detenemos aquí, para proseguir en el capítulo siguiente con los tres restantes temas del título.

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Capítulo 7 – Confirmación, unción, sello y arras. (b)

Unción.-

Comenzamos con el principio ya señalado de que lo externo y visible del Antiguo Testamento nos habla figurativa o simbólicamente de lo interno, eterno e invisible del Nuevo.

Para ello pasamos a Éxodo 30: 22-33.  En este pasaje tenemos expresas instrucciones que el Señor le hizo a Moisés.

Notamos que los ingredientes – mirra excelente, canela aromática, cálamo aromático, casia y aceite de olivas – no quedaban al arbitrio del que lo confeccionaba, sino que debían estar en la proporción exacta que se había prescripto.

Por otra parte, se haría según el arte del perfumador.

Aquí entonces tenemos el equilibrio perfecto: por un lado, la precisión de estar ceñido escrupulosamente a los parámetros de la verdad bíblica; por el otro, la originalidad y frescura que siempre proviene de lo alto.

Quienes ministran con la verdadera unción siempre ostentarán, de una forma u otra, estas dos virtudes imprescindibles y preciosas.

Pero notemos que en Éxodo 30: 25b se la llama unción santa  y para mayor abundamiento, en el versículo 32 del mismo capítulo se advierte: “Sobre carne de hombre no será derramado.”

Como si fuera poco, en el versículo siguiente se añade: “Cualquiera que compusiere ungüento semejante, y que pusiere de él sobre extraño, será cortado de entre su pueblo.”

Esto es una clara advertencia de que de ninguna manera debe haber una falsificación de manera que resulte algo espurio. La unción auténtica proviene de lo alto, del Espíritu del Señor, que por algo se llama  el Espíritu Santo.

En las Sagradas Escrituras con muchísima frecuencia se nos exhorta a vivir en santidad, y quien no lo hace, de ninguna manera puede esperar que la unción santa repose sobre lo que dice o hace.

Este fuerte hincapié  en la santidad lo tenemos también reflejado en el tema siguiente.

SELLO.-

Son varios los versículos que aportan sobre este tema. Antes de entrar a considerarlos acotamos que, como es bien sabido, en el libro de Apocalipsis se habla de los que estarán sellados con el número 666.

A los auténticos hijos de Dios, renacidos del Espíritu Santo,  nos resulta muy reconfortante y alentador saber que el Señor se ha anticipado a todo eso, sellándonos de antemano para sí mismo.

Tomamos seguidamente Efesios 1: 13 – “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa.”

¡Qué hermoso y  precioso sello! La misma morada de Dios en nuestros corazones por Su bendito Espíritu, y esto en cumplimiento de una expresa promesa divina en ese sentido.

En 2ª. Timoteo 2: 19 se nos ensancha la comprensión del precioso tema.

“Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos, y: apártese de iniquidad todo el que invoca el nombre de Cristo.”

El anverso de este sello, o la cara como se suele decir, nos habla de la posesión o pertenencia. Se está hablando de vidas que el Señor sabe que son absolutamente suyas – Él es el amo y dueño absoluto de las mismas – las cuida, guía y bendice, encargándose bien de que anden siempre en Sus caminos y en hacer Su voluntad cada día.

En el reverso, o sea la seca, se puntualiza que todo el que invoca el nombre del Señor necesariamente debe apartarse de iniquidad, pues sin santidad nadie verá al Señor, como se señala y repetimos en Hebreos 12: 14.

Sin referirse precisamente al sello, el apóstol Pedro en su  primera epístola afirma con fuerte énfasis:- “…sino, como aquél que os llamó es santo, sed vosotros también santos en toda vuestra manera de vivir.”  (1: 15)

Es decir que abarca todo: el hablar de la boca, el mirar de los ojos, el trato con los hermanos o hermanas, es decir tanto con los del sexo propio como del opuesto, el andar de los pies,  es decir adónde van, el manejo del dinero, y en suma, absolutamente todo lo relacionado con la vida cotidiana.

Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.” (Efesios 4: 30)

Esto es algo que hace resaltar la verdad de la personalidad del Santo Espíritu. No es una mera influencia, como algunos sostienen, sino una persona bien definida, que a los hijos de Dios nos habla y comunica Su estado de ánimo en cuanto a nuestra conducta, ya sea para dar el sello aprobatorio de paz cuando le agradamos, de gozo especial en algunas ocasiones, y de tristeza cuando hacemos o decimos cosas indebidas.

Por encima de nuestra experiencia, tenemos el testimonio de las Escrituras, que nos hacen entender con toda claridad que es así.

Tomamos algunas de las muchas citas en esa línea a fin e ejemplificarlo  debidamente.

“Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo…? Esto denota claramente Su personalidad – estaba presente en todo lo acaecido, y la mentira de Ananías estaba dirigida hacia Su persona. (Los Hechos 5: 3)

Tenemos también las palabras del profeta Agabo al predecir la persecución que le esperaba a Pablo al subir a Jerusalén –“Esto dice el Espíritu Santo…”  (Los Hechos 21: 11)

Asimismo vemos Su inspiración del hablar de los verdaderos siervos de Dios, como así también en la interpretación de las Escrituras, según se desprende claramente de 2ª. Pedro 1: 21 y Hebreos 9: 8, respectivamente:   “…los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo,”    y “… dando a entender el Espíritu Santo con esto que aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo…”

Redondeando sobre el tema, tomemos muy en cuenta la exhortación de Pablo en Efesios 4: 30 ya citada, y cuidémonos celosamente de no contristarlo, antes bien, de agradarle en todo cuanto hagamos, pensemos y digamos.

ARRAS.-

Nuestro diccionario usual de la lengua española (Larousse) define este vocablo diciendo – Lo que se da en prenda de un contrato.

En otro encontramos lo siguiente: Pago parcial dado como anticipo, especialmente para confirmar un contrato.

En el caso nuestro en vez de contrato corresponde pacto, ya que estamos en la dispensación del Nuevo Pacto.

Encontramos la palabra en tres versículos, a saber, 2ª. Corintios 1: 22, 5: 5 y Efesios 1: 14.

“…el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones.”

“Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu.”

…que es (el Espíritu Santo) las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.”

Esto nos da un abanico amplio de verdades sobre el tema.

En primer lugar, este anticipo para confirmar la verdad y solidez del pacto es nada menos que el Espíritu Santo del Dios viviente – revestido en Su deidad de Omnipotencia, Omnisciencia y Omnipresencia.

En segundo término, según el contexto, el futuro que nos aguarda es ser vestidos de una nueva vivienda, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Como prenda de esto se nos han dado esas benditas arras.

En tercer lugar, estas arras son el anticipo de nuestra herencia celestial y eterna, hasta tanto se consume la redención de la posesión adquirida. Y todo esto para alabanza del Dios del cual proviene este eterno y glorioso bien, del que nos ha tocado ser los dichosos beneficiarios.

Finalmente nos permitimos añadir otra faceta, brotada de una promesa del Antiguo Testamento, en Deuteronomio 11: 21 – “…para que sean vuestros días, y los días de vuestros hijos, tan numerosos sobre la tierra que Jehová juró a vuestros padres que les había de dar, como los días de los cielos sobre la tierra.”

Hay ocasiones muy especiales en que el Señor nos bendice tan maravillosamente, a veces para consolarnos tras fuertes escollos que hemos tenido que superar. Y en las mismas derrama raudales de gracia, dicha y bendición, que suponen un fiel anticipo de lo que nos espera en el más allá.

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Capítulo 8.- Dios nuestro, otros señores fuera de ti se han enseñoreado de nosotros. (Isaías 26: 13)

Estas palabras reflejan el clamor de quienes, por escoger caminos indebidos, entregarse a la idolatría – no  de imágenes o ídolos hechos por mano de hombre, sino mayormente  de cosas tales como una pasión o interés obsesivo de cosas ajenas al Reino de Dios – han quedado atrapados.

En otras palabras, otros señores, tal como dice el texto citado, se han hecho dueños y señores de la vida de ellos.

La misericordia del Señor, al verlos en esa situación de esclavitud, se manifiesta en su trato con ellos, a fin de llamarlos al arrepentimiento y a retomar la buena senda.

“Jehová, en la tribulación te buscaron; derramaron oración cuando los castigaste” (26: 16)

Se trata de un castigo punitivo, pero a la vez correctivo. El resultado de ese castigo – tribulación, falta de paz, angustia interior, tristeza, etc. – se convierte en un medio muy eficaz para que se lo busque a Él, el solo Dios verdadero.

Esto además derramando oración, es decir, no algo superficial y transitorio, sino lo que brota de lo hondo de las entrañas de un corazón acongojado y consciente de su profunda necesidad de volver al Dios, al cual le debe todo, y del cual neciamente se ha apartado sirviendo a otros señores.

Este capítulo  26 de Isaías, como así también el 28 y algún otro en la sección que se extiende hasta el 29, abundan en reprensiones a Su pueblo por su infidelidad, y en diversas advertencias y trato punitivo y correctivo, a fin de restaurarlos y encaminarlos otra vez por la buena senda.

Veamos algunos pasajes en esa línea

De esta manera,  pues, será perdonada la iniquidad de Jacob, y este será todo el fruto, la remoción de su pecado; cuando haga todas las piedras del altar como piedras de cal desmenuzadas, y no se levanten los símbolos de Asera, ni las imágenes del sol.” (27: 9)

Esto echa de ver que más de una vez, al venir el escarmiento por la idolatría, se producía un arrepentimiento, pero superficial. No seguían ofreciendo sacrificios a esos dioses falsos, pero las imágenes y efigies seguían en pie.

El Señor requería que fueran drásticos, de tal manera que las piedras de los altares fueran desmenuzados como piedras de cal, es decir que no quedara ningún vestigio de ellas, como prueba de que el arrepentimiento era sincero, y así entonces podría haber un perdón acorde y el fruto de la remoción de su pecado.

¡Cuántas veces sucede así, o algo por el estilo, cuando tras un escarmiento dispuesto por el Señor sobreviene un arrepentimiento, pero superficial!

Se deja de hacer el mal, pero no se hace el corte final y definitivo, y queda una puerta abierta para que en la primera de cambio se pueda reincidir.

El arrepentimiento debe ser sincero y radical – con renuncia absoluta del mal que se ha estado cometiendo, y a veces hasta quemando cosas relacionadas con el mal turbio o pecaminoso en que se ha estado viviendo.

En otras palabras – QUE EL SEÑOR VEA QUE SE VA BIEN EN SERIO.

Muertos son, no vivirán; han fallecido, no resucitarán; porque los castigaste, y destruiste y deshiciste todo su recuerdo.”  (Isaías 26: 14)

Otro versículo que nos habla en términos muy radicales en cuanto al trato que se debe dar a esos enemigos declarados de nuestra alma – hacerlos morir, sin posibilidad de resucitar, y sepultar en el más profundo olvido todo recuerdo de ellos.

Reforzamos esto con dos citas del Nuevo Testamento.

Haced morir, pues, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría” (Colosenses 3: 5)

Subrayamos haced morir señalando, como a veces lo hemos hecho en la prédica oral, que no dice tened a raya, dominad, domad, venced, sino el camino drástico de hacer morir.

Y otro versículo que encaja perfectamente con todo esto es Romanos 8:13 –

“…porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.”

Una de dos – por así decirlo,  uno lo mata al pecado, o el pecado lo mata a uno. Efectivamente, si mimamos a la carne consintiendo en hacer sus obras, eso irá estrangulando nuestra vid espiritual y acabará con ella.

La otra opción es hacer morir las obras de la carne, pero notemos bien que Pablo antepone las palabras por el Espíritu. Por nuestras propias fuerzas y recursos por cierto que no podremos – tiene que ser por la gracia del Espíritu operando en nosotros.

Ahora bien, aquí tenemos que volver a lo dicho anteriormente – la gracia del Espíritu  está a nuestra disposición, pero Él necesita que también lo deseemos, y en serio, como pusimos algunos párrafos más arriba. De poco o nada vale que uno lo haga de una manera superficial, o  a medias.

Hay que tomar conciencia de que se trata de enemigos declarados de nuestra alma tal como dijimos más arriba, y que nos hacen muchísimo daño, y casi agregaríamos que es necesario odiarlos – detestarlos, por seductores y placenteros que se presenten, sobre todo algunos de ellos.

Si el Espíritu Santo ve en uno esta disposición intransigente y drástica, seguramente que no tardará en extenderle Su gracia y así pasará a disfrutar de la maravillosa promesa hecha por el Señor Jesús en Juan 8: 36 – “…si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.”

¿A quién se enseñará ciencia, o a quién se hará entender