DEL ANTIGUO AL NUEVO – Capítulo 13
Fe que flaqueó y fe que nunca vaciló
Segunda parte

Continuando donde dejamos al finalizar la primera parte, a pesar de la grandeza y maravilla de tantos milagros que hizo, estimamos que Su fe alcanzó la máxima dimensión en la muy difícil etapa final de Su vida y ministerio. desde el Getsemaní hasta el Gólgota.
Pero antes de pasar a escudriñarla, no debemos omitir el hecho muy importante de que Jesús, a la par que fustigó severamente la incredulidad, valoró la fe con mucho beneplácito las pocas veces en que se encontró con los que la tenían en buena medida.
Tal el caso de la mujer cananea que se nos narra en Mateo 15:21-28.
A pesar de que el Maestro, en un principio, no le respondió palabra ante su clamor por su hija, severamente atormentada por un demonio; a pesar asimismo de que los discípulos le instaban a despedirla por las voces que daba tras ellos, y no obstante también, dos respuestas negativas que recibió seguidamente del Señor, ella siguió insistiendo, hasta prorrumpir en las conmovedoras palabras:
“Sí. Señor, peo aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.” (15:27)
Esto arrancó el mayor tributo que Él haya dado a una mujer por su fe..
“Oh, mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.(15:28)
Jesús le dio la migaja que ella insistió en pedirle. Y qué migaja!
La otra ocasión que acude a nuestra mente es la del centurión, cuyo siervo estaba enfermo y a punto de morir, relatada en Lucas 7:1-10.
Aparte de amar a la nación de Israel y edificarles una sinagoga, amaba a su siervo enfermo, y era muy humilde, considerándose indigno de que el Señor Jesús entrase bajo su techo.
Todo esto es algo muy digno de tenerse en cuenta, considerando la rigidez y disciplina de la vida militar, que no se presta idealmente por cierto para que un hombre conserve esas hermosas virtudes.
Con todo, éste era una excepción, como lo fue también posteriormente el centurión de la compañía llamada la Italiana, cuya conversión y la de toda su casa se nos cuenta tan minuciosamente en Los Hechos capítulo 10.
Al oír Jesús las palabras que le hizo llegar el primero de estos dos, en el sentido de que no ea necesario que Él fuera adónde estaba el siervo enfermo – sólo bastaba que Él dijese la palabra – el Maestro se maravilló, y, dirigiéndose a los que lo seguían, les dijo:-
“Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe.” (Lucas 7:9)
Notemos de paso, y sin comentarios, la anomalía tan inesperada de que estos casos tan destacados eran eran personas gentiles, no israelitas.

Ahora si pasamos a esa etapa final y tan difícil de la vida de Jesús, del Getsemaní hasta el Calvario.
Es una verdad comprobada a la enésima potencia, que cuando experimentamos el dolor, la enfermedad o bien el agotamiento físico, en un plano normal se nos hace muy dificultoso mantener nuestra entera espiritual, ya sea en términos de la paz interior, o bien de la comunión íntima con el Señor.
En situaciones como ésa, cuando lo logramos, es solamente merced a la gracia divina operando en nosotros.
Dicho esto, pasamos a recordar algunos de los sufrimientos y las penurias que nuestro amado Señor tuvo que soportar en ese tramo final que a veces se suele llamar la Vía Dolorosa.
En el jardín del Getsemaní Su alma se entristeció y angustió en gran manera, al punto que les dijo a los tres discípulos que estaban con Él – Pedro, Juan y Santiago – que estaba entristecido hasta la misma muerte.
Algunas veces, cuando alguien padece, por ejemplo de un fuerte dolor de cabeza, se le oye decir:- “tengo un dolor de cabeza que me muero,” lo cual no dejar de ser una gran exageración.
Huelga decir que Jesús no estaba exagerando, sino que era precisamente lo que Él decía: la angustia de la carga inmensa que se había despeñado sobre Su alma era tal, que se encontraba al borde de la muerte.
Lucas 22: 43-44 nos hace saber que en esa hora suprema “…se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.”
Al igual que otros estudiosos de la Biblia, creemos que Hebreos 5:7 se refiere a esta misma coyuntura. Veamos lo que dice:
“Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverencial.”
Desde luego que estando en la cruz, Jesús no oró pidiendo ser librado de la muerte, pues Él sabía muy bien que el morir sacrificado para salvar a la humanidad perdida, era el fin expreso y principal por el cual había venido al mundo.
Dudamos que haya habido otra ocasión relacionada con el versículo citado. Si la hubo, no está consignada en ninguno de los evangelios.
Inmediatamente después de esa agonía en el Getsemaní, vinieron los principales sacerdotes, los jefes de la guardia y los ancianos, junto con una turba para apresarlo. Y de ahí en más fue calumniado, acusado de blasfemia (nada menos que Él, el Hijo de Dios encarnado!) golpeado a puñetazos, azotado, escupido en el rostro, y abofeteado e injuriado, con todo el odio infernal más horrible que se pueda concebir.
En este punto nos detenemos, antes de continuar hasta Su crucifixión, para acotar como todo eso – y seguramente mucho más que no está en los relatos de los cuatro evangelios – habría sido más que suficiente para que cualquier otro mortal, por estoico que fuese, claudicase y perdiese todo vestigio de fe, y desde luego, reaccionase propinando unos fuertes golpes a los que lo trataban de esa forma tan horrenda.
Nada de eso en nuestro maravilloso Jesús. Su fe y Su seguridad absoluta en el triunfo final se mantenían intactas.
En la prosecución del relato, los evangelios nos detallan como la multitud, instigada por los principales sacerdotes y los ancianos, pidió a gritos que se le crucificase a Él, y se soltase al homicida Barrabás.
Ese rechazo público, después después de no haber hecho más que el bien en todo momento; ese pedir que se le diese libertad a un homicida en preferencia a Él; y desde luego, salir de la ciudad a la vista de todos, con el dolor de los azotes, puñetazos y bofetadas que había recibido, condenado como un delincuente, eran incuestionablemente quebrantos desgarrantes, tanto física, como moral, emocional y espiritualmente.
Pero todavía faltaba el ser atravesado por los clavos en Sus manos y en Sus pies, y ser levantado en alto sobre la cruz.
La agonía física, y la moral sobre todo, escapan de nuestra muy limitada comprensión. Pálido, como un espectro de dolor y angustia – Él, que surcaba el espacio de todo el universo con Su divina omnipresencia, reducido a una inmovilidad total sobre el madero – Él, que con Su poder y omnipotencia había creado y sustentaba todas las cosas juntamente con el Padre y el Espíritu Eterno, reducido a la más absoluta impotencia.
Y en medio de ese escenario, las crueles voces de los sacerdotes y escribas que llegaban a Sus oídos, cargadas de la ponzoña infernal de sus burlas e injurias.
Todo esto, y seguramente mucho más, no sólo de lo narrado en los evangelios, sino de lo que no se nos narra en ellos, desplomándose con su peso tremendo y aplastante sobre Sus hombros y Su santa persona.
Como para pegar un grito desgarrador de angustia y dolor indescriptible, y claudicar y “tirar la toalla” por fin!
Pero nada de eso en nuestro admirable Jesús. Sin una sola amenaza, recriminación o queja, a lo largo de toda esa horrorosa trayectoria final, como titán incomparable e invencible, mantuvo Su fe incólume hasta el momento final y supremo, en que pudo exclamar “CONSUMADO ES” e inclinar Su frente, mientras encomendaba al Padre Su espíritu.
Bien podemos concluir diciendo:
Bendito Jesús, gigante sin igual del amor, de la fe y de la gracia – inúndanos de ese amor Tuyo, y haz que crezca y aumente nuestra fe, de manera que podamos ser hombres y mujeres de amor, y de verdadera fe, como la Tuya.

Pero aquí debemos agregar una nota de contraste, singular y maravillosa.
Consumada esa obra redentora, nuestro amado Salvador y Señor está ahora sentado a la diestra de la majestad del Padre en las alturas.
¿Os podéis imaginar la comunión entre ambos?
Debe ser algo sublime, celestial e inefable. El Padre mirando al Hijo Amado con sacrosanto amor, admiración y también con un orgullo santo.
Se le había encomendado humanizarse, para acometer la obra más dolorosa y de mayor envergadura que jamás haya habido, en todo lo largo de la historia del universo entero.
Una obra que al mismo tiempo, en los siglos y siglos que irán del presente hasta la sin fin eternidad futura, no se verá, ni habrá la menor necesidad de que se realice nada, ni siquiera remotamente semejante.
Y el glorioso Padre, contemplando al Hijo amado y bendito con ojos de amor y aprobación divina.
Esa obra sin igual y sin par, la había cumplido a la máxima perfección, logrando además múltiples derivaciones gloriosas de proyección eterna, que sería demasiado extenso consignar, y mucho más detallar.
Y el Hijo amado, con un amor filial tan exquisito, contemplando al Padre, totalmente satisfecho de que ese mandato tan supremo y glorioso, lo había logrado consumar a la más absoluta y maravillosa perfección.
Al terminar esa labor, y llegado el fin de Su vida terrenal, Lucas nos dice en Los Hechos 1:9, al narrar la ascensión: “viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos.”
Y muy buena razón había para que la nube así lo hiciese. El Hijo incomparable, cumplido Su grandioso y supremo mandato, regresa a las alturas, después de unos 33 o 34 años de ausencia.
Y el abrazo aprobatorio del Padre, indescriptiblemente tierno, entrañable y amoroso, es algo demasiado sublime y excelso para que a ojos humanos se les permita contemplarlo.
Nos queda, no obstante y desde luego. la esperanza bienaventurada de que en el más allá, estaremos revestidos de nuestro cuerpo celestial, totalmente exento del menor vestigio de pecado o corrupción. Entonces sí podremos contemplar glorias tan sublimes como ésa, y muchas más también.

F I N