AGRICULTURA ESPIRITUAL

 

“…vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios.”

(1ª. Corintios 3:9)

 

En este versículo Pablo, refiriéndose a la iglesia de los corintios en particular, pero por extensión a toda verdadera iglesia del Señor, usa el doble simbolismo de labranza de Dios y edificio de Dios.

 

Los hijos de Dios contamos con muchas pruebas muy fehacientes de que la Biblia es verdaderamente la palabra de Dios, divinamente inspirada. A nuestro juicio, este pasaje también apunta en ese sentido.

En efecto:  aquí  tenemos un capítulo en que el Señor reprende a Su pueblo rebelde y le reprocha su gran infidelidad, intercalando en el versículo 16 una preciosa promesa de poner en Sión la piedra fundamental, probada, angular y estable, para pasar otra vez a advertir a los impíos del grave juicio que les aguarda.

A renglón seguido, a partir del versículo 23, sin dar explicaciones a nadie, salta súbitamente a un terreno distinto, y que no guarda ninguna relación con lo que antecede.

El autor mismo, nunca haría semejante cosa, que supondría el riesgo de que más de un lector, perplejo, se preguntase “¿Quién está hablando de generales? !

Sin embargo, la Biblia nos presenta en muchas partes esa anomalía de saltar repentinamente de un tema a otro, que no parece guardar ninguna relación con lo que le precede –  algo que está a todas luces reñido con las normas corrientes de la exposición, ya sea oral o escrita.

Pero al Señor le ha placido hacerlo así, y como Pablo afirma en 2a. Timoteo 3: 16 “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia.”

Esta Escritura de la parte final de Isaías 28, por cierto que tiene una rica utilidad en los cuatro sentidos que señala Pablo. La misma se deriva del simbolismo, recordando que en muchísimas partes de la Biblia nos encontramos con ejemplos y figuras de cosas externas, pero que nos hablan de las internas y eternas – las que hacen a nuestra vida espiritual.

Comenzamos, pues a considerar  el pasaje en cuestión.

 

La preparación de la tierra.-

“Estad atentos y oíd mi voz; atended y oíd mi dicho. El que ara para sembrar, ¿arará todo el día?” (28: 23-24)

Hilvanamos con Jeremías 4: 3: “Porque así dice Jehová a todo varón de Judá y de Jerusalén: Arad campo para vosotros , y no sembréis entre espinos.”

Si viésemos a un agricultor con una alforja de semillas de primerísima calidad, echándola a mano llena en un campo duro y seco, cubierto de espinos, cardos y ortigas, por cierto pensaríamos que el hombre no está en su juicio cabal.

Evidentemente, es absolutamente imprescindible que antes de sembrar se are y se labre la tierra.

El arado de un campo es en un sentido un terremoto en miniatura, que cumple primordialmente tres funciones.

La primera es la de romper y abrir la tierra seca y dura, penetrando profundamente en ella con la cuchilla del arado.

La segunda es la de desarraigar todos los espinos, cardos, ortigas y abrojos, y la tercera la de hacer que aflore a la superficie la tierra tierna y húmeda que yace por debajo, y que generalmente es rica en sustancias minerales que han de nutrir toda planta que se cultive en ella.

Desde luego que esto responde simbólicamente a lo que solemos llamar el quebrantamiento del Espíritu, que efectivamente elimina la sequedad y dureza, desarraiga la maleza que uno ha permitido crecer en el alma, y llega a la profundidad del ser, donde hay algo tierno que se abre a lo celestial y eterno.

Después de arar todavía quedan arduas labores. Las principales son: quitar las ortigas, espinos y abrojos desarraigados, que de otra manera volverían a brotar por doquier; romper los terrones que ha ido dejando el arado para que no se endurezcan con el calor del sol y el viento  y resulte imposible trabajar con ellos; nivelar la superficie eliminando esos altibajos que inevitablemente se han ido formando.

A todo esto, todavía hay que agregar el abonar y fertilizar la tierra, y disponer que esté en condiciones realmente favorables para la siembra. Como vemos, una tarea sumamente laboriosa y ardua, pero absolutamente necesaria.

De ahí- la pregunta: ¿El que ara para sembrar, arará todo el día? – que interpretamos como si dijese: ¿se pasará toda la vida arando? ¿Se agotarán todas sus fuerzas quebrando terrón tras terrón?

Y todo esto sin ver todavía ningún fruto como premio a tanto esfuerzo.

Pablo bien dice en 1a. Corintios 9: 10  “…porque con esperanza debe arar el que ara.” Además, la palabra de Dios nos da otra promesa que sirve de mucho estímulo en Amós 9: 13. “He aquí, vienen días, dice Jehová, en que el que ara alcanzará al segador.”

Quien esto escribe recuerda la época, hace ya unos buenos decenios, en que se encontraba en esa ardua tarea de ser quebrantado por el Señor, aunque, desde luego, reconocía que lo estaba haciendo con amor y para su  bien. Además, nunca le faltaban los consuelos divinos, que le daban renovadas fuerzas para perseverar.

No obstante, fue un trayecto largo que a veces le parecía que no tendría fin. Al mismo tiempo oía a hermanos más jóvenes hablar de “viajar el mundo entero para Cristo” o bien referirse en términos altisonantes a sus giras ministeriales.

Lamentablemente, a algunos de ellos que no habían pasado por ese proceso de ser humillados bajo la poderosa mano del Señor, más tarde no les fue bien y tuvieron serias dificultades. El Señor tenga misericordia de ellos y que sean restaurados.

Cuando se alcanza el éxito muy pronto, o por una vía fácil, siempre hay el riesgo de caer en un triunfalismo y un engreimiento, que a la postre acarrean resultados sumamente perjudiciales. Animamos a quienes se encuentren en esta laboriosa etapa de arar y labrar la tierra, a que perseveren con tesón y fidelidad. De hacerlo, verán que a su debido tiempo se ha de cristalizar en su vida la hermosa promesa de Amós 13: 9 que hemos consignado más arriba.

 

LA SIEMBRA.-

 

 Una vez que la tierra ha sido debidamente labrada se procede a sembrar.

Se nos da el ejemplo de cinco variedades: el eneldo,y el comino, por una parte, que son para dar sabor, y el trigo, la cebada y la avena por la otra, y a las cuales se califica genéricamente de grano, y que son para alimentar y nutrir.

Se describe cómo para los dos primeros se derrama la semilla, mientras que al trigo se lo dispone en hileras, y a la cebada y la avena se las ubica en el lugar más indicado para una buena germinación y crecimiento.

Al mismo tiempo, el profeta Isaías se cuida bien de señalar que, detrás de todo esto está el Creador sapientísimo, que le hace saber al hombre de campo cómo aprovechar mejor las bondades y propiedades de lo que Él ha creado.

De las cinco variedades tomamos ahora las dos primeras:  el comino y el eneldo, siendo ese último una especie de eneldo, de color negro, según otra traducción. De ellos se nos dice que “…con un palo se sacude el eneldo, y el comino con una vara.” (28:27b)

Como ya dijimos, ambos sirven para sazonar y dar sabor. Usando un poco la imaginación, y sin pretender que esté implícito en el texto, vemos en esto a creyentes superficiales o inmaduros, que gustan de lo sabroso, de lo llamativo, de lo que llama fuertemente la atención.

Por su grado de inmadurez, a menudo incurren en errores, haciendo cosas fuera de lugar, hablando precipitadamente o mas de la cuenta y con imprudencia, y cosas de esa índole.

Para ellos, el trato divino en sus vidas ha de ser la disciplina del palo o de la vara. Por cierto que el Señor no los emplea con agrado, sino por necesidad, como el medio más eficaz para corregirlos y hacer que entren en razón y comiencen a madurar.

Se encuentran en un grado incipiente, de escaso desarrollo espiritual, y del trato con el palo y la vara – que equivale al castigo correctivo para escarmiento – y que reflejan al mismo tiempo algo malo y algo bueno.

Malo por ese estado de subdesarrollo que ya hemos puntualizado; bueno porque es muestra y prenda de que son hijos de verdad y no bastardos.,

El Señor los disciplina por  ser Sus hijos, mientras que a otros que no lo son, en muchos casos les pasa por alto sus pecados y maldades, aun cuando – que no nos quepa la menor duda – en el siglo venidero tendrán que rendir cuentas, a menos que medie un arrepentimiento previo, real y sincero.

 Ver sobre el tema Hebreos 12: 5-11 y 1a. Corintios 11: 30-32, que aportan sobre el tema y confirman todo lo que hemos estado diciendo.

Ahora pasamos a las otras tres variedades,  englobadas bajo el común denominador de grano.

El trato de Dios con ellas es el de la trilla, que es muy distinto de la del palo y de la vara. Con todo, resulta a veces hasta doloroso y, en general, requiere que se lo enfrente con fe y entereza.

¿Por qué es a menudo doloroso?

Porque se trata de separar y quitar la paja, la cual es perjudicial y con frecuencia estorba el obrar del Espíritu en nuestra vida.

En el orden natural la paja surge primero, y a su tiempo, el grano  empieza a aparecer en medio de la paja, y se encuentra rodeado por ella.

Esa labor de separarla y quitar de en medio esta última, necesariamente se hace ardua y, como decimos, a veces resulta dolorosa.

Pero, felizmente, en el versículo 28 del pasaje en que estamos, hay una triple promesa realmente alentadora.

1) “…ni lo comprime con la rueda d su carreta.”

El Labrador Celestial (ver Juan 15:1b) conduce Su carreta con toda pericia, evitando cuidadosamente que sus ruedas gigantescas aplasten y desmenucen el precioso grano.

A veces las presiones y tensiones de la trilla son muy fuertes, de modo que uno puede llegar a temer que algo se quiebre y se rompa, y, con cierta exageración, “que no quede nada de uno.”

En relación con esto, otra vez le debemos al libro de Amós una reconfortante promesa. Aun cuando el símil que emplea es distinto – el del zarandeo – termina con la maravillosa afirmación de que no caerá en la tierra ni un solo granito. (Amós 13:9b)

2) “…ni la quebranta con los dientes de su trillo.”

Los dientes del trillo están dispuestos de tal manera, que se prestan eficazmente para separar la paja, pero sin quebrantar ni dañar el grano.

Como decimos, esto es algo que nos debe servir de mucho estimulo.

 

3) “,,,no lo trillará para siempre.”

Esto da pie a que se abrigue la esperanza de que ha de llegar un día en que ya no seguirá siendo necesaria la trilla. Tal vez quede un residuo ínfimo de paja, la cual se podrá aventar, y para lo cual nos agrada aplicar el simbolismo del soplo del Espíritu, suave y placentero, sobre todo en comparación con la trilla.

En este aspecto el autor ha tenido unos diez años atrás – Enero de 2011 – una experiencia personal sencilla pero instructiva. Llevando, como ya de hecho llevaba, varias décadas atravesando por la trilla con cierta regularidad, en más de una ocasión había anhelado que ahora – ya – ésta sea la última.

Así las cosas, se encontró con la pregunta que en Jeremías 45: 5 el Señor le hace a Baruc, el escribiente del profeta.

“¿Y tú buscas para ti grandezas?”

Esta pregunta la había desmenuzado y comentado en oportunidades anteriores, tanto por escrito como oralmente. Pero ahora se le presentaba de manera diferente, como algo aplicable a sí mismo, aun cuando no en términos de la grandeza tales como grandes milagros, el ser un gigante de la fe, y cosas de esa índole – los delirios de grandeza propios de la inmadurez de los 15 ó 20 Abriles.

Ya los años lo habían templado y todo eso había quedado atrás. En cambio, la grandeza a que aspiraba era la de llegar a estar exento de las pruebas, los problemas apremiantes y demás que caracterizan a la trilla, considerando que a su edad le correspondía una etapa menos ardua, libre de dolores y quebrantos – “no más para mí, llevo años en la trilla.”

La respuesta que el Señor le hizo interpretar a través del versículo citado fue que tantos otros están pasando por cosas mucho peores, como los afectados por tsunamis, fuertes terremotos o inundaciones, y que además de ello mucho creyentes estaban siendo perseguidos, encarcelados y aun torturados, y él pretendía estar lo más orondo, libre de toda ansiedad y turbación!

 Con resignación ha sabido aceptar y  acatar el dictamen del sapientísimo Labrador Celestial, en la confianza de que en cada nueva trilla que se presente, habrá de recibir toda la gracia necesaria para sobrellevarla bien, como hasta ahora.

Al mismo tiempo, secretamente, no perdía la esperanza de que algún día – tal vez no muy lejano – pudiera ver fielmente concretada la promesa «No lo trillará para siempre.»

Hoy día, unos buenos años más tarde, felizmente eso se ha aproximado a suceder, aunque por cierto no en la totaldad de un cien por ciento, dado que, como sabemos, eso es algo para el más allá-

Este pasaje que hemos comentado, que es tan fecundo en simbolismos de verdades relevantes y de índole muy práctica, culmina con una afirmación que constituye un digno broche de oro.

«También esto salió de Jehová de los ejércitos, para hacer maravilloso el consejo y engrandecer la sabiduría.»

Por cierto que el consejo y la sabiduría que vienen de lo alto son de preciosa inspiración, y satisfacen profundamente los más caros anhelos del alma que de veras ama a Dios.

Resumiendo sobre todo lo que precede, quienes están todavía en la etapa del palo y de la vara, que se empeñen en progresar hasta alcanzar la de la trilla; y quienes están en ésta, que perseveren fielmente, como lo ha hecho, y en cierta medida lo sigue haciendo, quien esto escribe.

 

El grano de trigo por excelencia.-

 

«De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” (Juan 12: 24)

 

Como todas las demás verdades importantes de la Biblia, ésta del grano de trigo nos lleva a Cristo, a Quien, con toda propiedad, se lo puede llamar el grano de trigo por excelencia, tal como hemos puesto arriba en el subtítulo.

No obstante,  fue con una gran diferencia: de Él no hubo necesidad de quitar paja alguna – era grano puro y a carta cabal.

Con todo, a pesar de no haber en él ninguna necesidad de ser trillado, tuvo que atravesar en cambio por el horno horroroso que se extendió por largas horas desde el Getsemaní hasta Su muerte en el Calvario, horno éste, de cuya inconmensurable magnitud, nunca podremos tener plena comprensión, mientras nos encontremos en nuestra condición actual de seres finitos, avanzando hacia el más allá de la eternidad.

De no haberlo atravesado, Él habría quedado como un ejemplo  maravilloso e impecable – como el varón más santo, valiente y noble que ha habitado en este mundo. Peo como Él mismo lo dijo – solo.

Y desde luego para nosotros, los demás mortales, no habría cielo ni nada de la vastísima herencia que nos ha legado con Su sacrificio de caer en la tierra y morir.

Esto nos motiva a estarle tierna y profundamente agradecidos, y de brindarle lo mejor de nuestro amor y devoción. Y si algún lector u oyente aun no lo ha hecho, sea éste el momento en que lo recibe de corazón como el Salvador y Señor de su vida.

En conclusión, el pasaje de Isaías 28 que hemos comentado culmina con el precioso versículo final que ya hemos señalado. No obstante, en el rico tema de la labranza y la agricultura espiritual, la cima más alta  se encuentra en esa profunda y gloriosa afirmación de Jesucristo en Juan 12: 24 – afirmación que se encarnó en Su persona de la forma más total y absoluta.

Pero notemos que a continuación de esa afirmación Él agregó:

“El que ama su vida la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.”

“Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, el Padre le honrará.” (Juan 12:25-26)

Esto da a entender muy claramente  que un verdadero siervo del Señor, de alguna forma u otra, habrá de experimentar el morir como el grano de trigo, a fin de poder llevar mucho fruto.

En vez de atemorizarnos, esto es algo que debe conceptuarse como la gran honra de seguir de verdad en las pisadas del Maestro, sabedores, por otra parte, de que Su gracia nos sostendrá y sustentará en todo momento y ocasión. 

Una vez más, muchas bendiciones. OK.

 

F  I N