¿ME AMAS?

Primera parte

Bajo este título vamos a tratar ahora el tema de la restauración de Pedro, tras su negación del Señor, la cual, significativamente, se encuentra narrada en los cuatro evangelios.

En realidad, este tema ya lo hemos tratado en un escrito anterior, pero esta vez será desde una perspectiva bastante distinta, que confiamos resulte de inspiración y provecho.

Al oír el canto del gallo y recordar las palabras del Señor en el sentido de que antes de que sucediese lo iba a negar a Él tres veces, leemos que Pedro salió llorando amargamente,

Bien podemos imaginar sus pensamientos y tristeza en el fuero interno. “Pensar que yo me creía un hombre hecho y derecho, y resulta que salgo siendo un mentiroso, un cobarde y un traidor.”

De esto puede decirse de todos nosotros – aun cuando las circunstancias o pormenores sean diferentes – que el Espíritu Santo nos tiene que sacar de la arena movediza de nuestros propios recursos y capacidades, para trasladarnos a la roca firme de Cristo en vosotros, la esperanza de gloria.

 Y aun después de haberlo experimentado en alguna medida, cuando nos hacíamos ilusiones de “haber llegado,” tenemos que volver a foja 1 y comenzar de nuevo – otra vez! – aunque parezca redundancia – porque en realidad no habíamos llegado!

Confío en que el oyente o lector de estas palabras haya avanzado lo suficiente en el camino de la fe, para comprender todo esto, y estar plenamente de acuerdo.

Avanzamos ahora para pasar a tratar el muy conocido diálogo  entre Jesús y Pedro, que aparece en Juan 21: 15-19- Es uno de los pasajes más ricos en verdades profundas y, a la vez,  realmente preciosas.

Son de nuestra propia cosecha, pero no descartamos que algunas de ellas ya pueden haber sido dichas por otros, oralmente o por escrito, aunque sin que, por nuestra parte, tengamos conocimiento de ello.

Uno de los primeros puntos es que Pedro estaba sumamente herido por esas tres ocasiones en que, llevado por su temor del hombre, negó al  Señor a Quien tanto amaba, incluso con juramento y maldición según la versión de Mateo.

Fueron heridas cargadas del odio del enemigo, quien – por lo que recordaremos que consta en Lucas 22: 31 – había pedido que se le permitiese zarandearlo a él y a los demás, pensando que así los arruinaría y dejaría totalmente fuera de combate, por así decir.

Resulta de la lógica más elemental que el único contraveneno eficaz contra el odio diabólico es el insondable amor divino. De ahí, pues, que en cada una de las tres preguntas que Jesús le hace a Pedro, aparece como clave el verbo amar, como reflejo fiel del verdadero y maravilloso amor que Jesucristo seguía teniendo por él.

Dando algo de rienda suelta a la imaginación, visualizamos que cada pregunta de Jesús llevaba un fuerte contenido de ese amor, el cual iba dirigido a cada una de esas tres heridas – como si con una jeringa invisible, inyectase una dosis super concentrada de ese amor, asegurando así una terapia integral y total.

Pero ahora pasamos a la parte más sustanciosa del pasaje – la consideración del diálogo en sí.

Para comprenderlo mejor es necesario explicar que, si bien  nuestra versión castellana en todos los casos usa las mismas palabras – me amas –  o bien – te amo – en el original griego no es así.

En efecto, por una parte, en sus tres respuestas Pedro usa la palabra filos, mientras que Jesús en Sus dos primeras preguntas emplea agapos/agapon, mientras que en la tercera cambia diciendo filos, al igual que Pedro.

Es importante que se comprenda bien el significado de ambas palabras en el griego. Filos nos habla de un amor basado en las emociones, por un sentir de admiración y cariño hacia una persona.

Agapos/agapon, por su parte, denota un amor que brota de los dictados de la conciencia, y que busca siempre el más alto bien de aquél a quien se ama. Desde luego, en el mismo también habrá un contenido emocional, pues no se puede concebir un amor sin emociones, aun cuando no sean la raíz del cual brota.

Esto le da al diálogo una proyección mucho más enriquecedora y profunda de lo que generalmente se piensa.

Antes de seguir adelante, se hace necesario un paréntesis para hacer una aclaración importante. Hace unos buenos años, después de haber expuesto oralmente en una reunión cuanto aquí consta, un hermano me presentó la objeción de que como Jesús hablaba el arameo y no el griego, todo lo que había dicho en realidad carecía de validez y sentido.

No recuerdo de qué manera le conteste a ese hermano, pero desde luego, lo que cabe afirmar es que en la inspiración del Espíritu Santo todo el relato está en el griego, y eso no puede ser sino para nuestra inspiración y provecho.

Pasando entonces a la consideración del diálogo, imaginemos un sencillo diagrama con tres escalas o niveles, teniendo en cuenta las tres preguntas del Maestro.

1) “Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro, Simón hijo de Jonás, ¿me amas más que estos?”

Ésta la situamos en el nivel más alto – el 3. Podríamos colegir que Jesús, habiéndose sentido muy decepcionado en Su alma por la triple negación, esperaba de él una reacción favorable. Lo cierto es que con esta pregunta – con el verbo agapon, lo recodamos – le presenta ese primer nivel, el más alto, de amarlo a Él más que cualquiera de los demás discípulos.

Pedro, tal vez en parte por sentirse incapaz de semejante cosa a la luz  de su lamentable fracaso anterior, le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te amo.” (filos)

2) De ahí pasó Jesús a la segunda pregunta:

“Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” empleando otra vez el verbo agapon.

Vemos que aquí el Señor desciende un nivel, al 2. Es decir que, como ya empezamos a ver, las tres preguntas, que parecen a primera vista ser la misma, en realidad son distintas una de otra.

Pedro respondió: “Sí, Señor; tú sabes que te amo.” otra vez con el verbo filos. Tras lo cual Jesús pasó a la tercera.

3) “Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” pero con la muy importante diferencia que esta vez usa filos en vez de agapon.

Es decir que desciende ahora al nivel 1, el más bajo de nuestro diagrama imaginario, que es donde Pedro se encontraba.

“Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? Y le respondió: Señor, tú sabes todo; tú sabes que te amo.” todavía usando el mismo verbo filos.

Evidentemente, a Pedro le dolió que se lo preguntase por tercera vez, como si el Señor dudase que él lo amaba.

Fue aquí donde Jesús irrumpió con algo sorprendente.

“De cierto, de cierto te digo: cuando eras más joven te ceñías e ibas a donde querías; más cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras.”

“Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: Sígueme.”

No dijimos sorprendente más arriba en el sentido de la profecía en sí, que es muy conocida, sino por otra razón que resulta realmente maravillosa.

Ahora vemos como Jesús paso a paso desciende del nivel 3 al 2, y del 2 al 1, para situarse en ese lugar tan elemental en que se encontraba Pedro. Y de ahí pasa en seguida a hablarle de un nivel mucho más alto que el 3 – lo llamamos el 4 – que lo iba a llevar  a él a ese lugar de culminar su vida como un héroe de verdad, para lucir la dignísima corona de mártir por toda la eternidad.

Notemos que no iba a llegar a ese lugar tan alto por sus propios medios, fortaleza o fuerza de voluntad: “te ceñirá otro y te llevará.”

Ése que lo iba a ceñir y llevar, no era otro que el Espíritu Santo, que aun en su vejez, faltándole el vigor y la energía de su juventud, iba a hacer que ese imposible se plasmase como una hermosa y gloriosa realidad.

Confiamos que el lector u oyente haya podido seguirnos en todo esto, valorando ese inmenso amor de Cristo, que desciende al lugar tan rudimentario en que nos encontramos, para de ahí espolearnos a algo mucho mejor y más digno que Él tiene como meta para nosotros.

 

Segunda Parte

 

Avanzando ahora, hemos de saber que esta pregunta que le hizo el Señor a Pedro, ¿Me amas? también nos la ha de hacer a nosotros, y por cierto que en más de una ocasión. No de manera audible, pero sí en nuestra conciencia o fuero interno.

Recordamos una ocasión en la cual, después de compartir lo antedicho en una de las muchas iglesias que solíamos visitar, una mujer se puso en pie en respuesta al llamado general que hicimos a escalar a posiciones más altas, diciendo:

“Yo me siento en el nivel 0,00 pero igual quiero responder.”

Lo cual nos llevó a ejemplificar cómo pueden desenvolverse las cosas. Tomamos inicialmente a un hermano a nivel 0,1 que,  un buen día, siendo el de la oración de la iglesia, se dispone a no asistir, pues se siente desganado, y piensa en cambio distraerse un poco mirando un programa de televisión.

Imprevistamente, parece que oye como si Jesús le hablase:

“Remigio, hijo de Pereza, ¿Me amas?”

Esas palabras llegan con increíble suavidad, pero cómo penetran hasta lo más hondo!

Remigio, profundamente conmovido, cambia de plan, desiste de ver ese programa, y se dispone en cambio a acompañar a sus hermanos en la labor vital de la oración e intercesión.

 

Ahora pasamos a un nivel más alto, el nivel 0,2 por así decir.

Esta vez se trata de una hermana que ha sido muy suelta de lengua, y los ancianos de la iglesia han tenido que llamarle la atención,  y hacerle prometer que no ha de reincidir, visto el daño que ha causado en el pasado.

Por un buen tiempo cumple su promesa, pero ahora acaba de ver algo muy incoherente en algunos hermanos, y está a punto de estallar e ir a cantárselas bien claras.

En ese momento se oye otra vez la voz del Maestro que todo lo sabe y todo lo ve.

“Filomena, hija de San Locuaz, ¿Me amas?”

A pesar de la suavidad de esas palabras, cómo llegan a tocarla en su corazón! Prorrumpe en lágrimas incontenibles y luego responde:

“Sí Señor, Tú sabes que te amo, y por amor de Ti callaré, y sólo te hablaré a Ti y al Padre, pidiendo que bendigáis a esos hermanos y les deis gracia para que puedan enmendar sus conductas.”

 

Esperamos que las verdades que nos presenta todo esto queden bien comprendidas.

Pero como se verá, los dos niveles que acabamos de ejemplificar son muy bajos por cierto, propios de creyentes carnales. Y por supuesto que resulta a todas luces necesario ascender a niveles más altos, aun cuando – de esto, que no nos quepa la menor duda – siempre habrá ocasiones en que el Señor nos volverá a hacer la misma bendita y dichosa pregunta – ¿Me amas?

Desde luego, no será de manera audible, sino que, como ya hemos dicho, se hará sentir en la conciencia.

En Mateo 11:29-30 el Señor Jesús nos hizo la siguiente exhortación: “Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es fácil y ligera mi carga.”

Nuestra propensión natural, si por ejemplo, se nos habla de forma áspera o incorrecta, es responder de esa misma manera. Y si en nuestro andar cotidiano estamos tratando de agradar al Señor, en seguida nos viene un remordimiento, sintiendo que no hemos reaccionado como debiéramos haberlo hecho.

Esto nos lleva a un estado contrario al que nos propone el Señor – el de hallar descanso para nuestras almas.

Todos necesitamos la gracia del Espíritu Santo para que esa exhortación del Señor se puede concretar de una manera positiva en nuestras vidas – ser mansos y humildes de corazón, así como lo es Él.

 Por naturaleza, ninguno de nosotros lo es, y sin embargo el Maestro nos insta a que lo seamos.

Que cada uno de nosotros, merced a esa gracia del Espíritu a que ya aludimos, podamos alcanzarlo de verdad! Sería un hito muy importante en nuestra marcha ascendente.

Continuando ahora, me valgo de un recuerdo de hace muchos años, cuando contaba con sólo tal vez uno o dos años de convertido. Tras leer libros sobre la santidad, me preguntaba si sería posible vivir totalmente sin pecar. Le transmití ese interrogante al anciano al frente de la obra, y me contestó en sentido negativo, citando como ejemplo el último versículo del Salmo 19.

”Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón, Oh Jehová, roca mía y redentor mío.”

  Esto nos presenta un nivel altísimo. Cuán fácil es, ya sea hablar más  de la cuenta, o bien decir cosas fuera de lugar, para después tener que arrepentirnos!

  Y luego la meditación del corazón, aquello de lo cual ninguno otro se entera, sino el Ser Supremo, que es absolutamente omnisciente! Como ya dijimos, se trata de un nivel muy elevado, pero al mismo tiempo, no deja de ser cierto que el Señor nos ha dado en Su palabra exhortaciones y consejos que, si los ponemos en práctica con celo y perseverancia, nos han de ayudar a lograr sensibles progresos.

  En primer término tomamos algunos en cuanto al hablar – los dichos de nuestra boca.  El libro de Proverbios abunda en ese sentido. Citamos unos pocos.

  “El que ahorra sus palabras tiene sabiduría; de espíritu prudente es el hombre entendido. Aun el necio, cuando calla, es contado por sabio; el que cierra sus labios es entendido.” (17:27-28)

“En las muchas palabras no falta el pecado; más el que refrena sus labios es prudente.” (10: 19)

“El hombre cuerdo encubre su saber, mas el corazón de los necios publica la necedad.” (12: 23)

Y asimismo en el Nuevo Testamento tenemos abundante material en este respecto.

“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse.” (Santiago 1: 19)

Y sobre todo, ésta muy solemne de la boca del mismo Señor Jesús: “Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.” (Mateo 12: 36-37)

 Que esto nos sirva, en primer lugar, para arrepentirnos de las muchas veces que hemos dicho cosas torpes o fuera de lugar, y en  segundo, para disponernos con firme resolución a que por nuestras palabras seamos justificados y no condenados.

En Filipenses 4: 8 Pablo nos exhorta en este sentido tan alto del pensar – de lo cual, como venimos diciendo, sólo se entera el Omnisciente.

“Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.”

Se nos presenta una gama muy amplia de cosas buenas en qué pensar, y resulta a todas luces importante que nos ejercitemos para no dejar que nuestra mente divague , y albergue pensamientos no edificantes ni provechosos.

Al mismo tiempo, se nos ocurre que, tal vez inconscientemente, al hacer esa exhortación Pablo nos está animando a pensar en Cristo.

En efecto: todo lo verdadero? Cristo la verdad personificada; todo lo honesto? Ninguno tanto como Él; todo lo justo? Él es justo más que ningún otro y todo lo que necesitamos para ser justos como Él; puro? Es más blanco que la nieve; amable? Quién como Él?; de buen nombre? El Nombre sobre todo nombre; Virtud alguna? Sí, señor -muchísimas; ”Digno de alabanza? Por supuesto, y eterna.

Retomando el hilo, Pablo rubrica toda esta exhortación con el ejemplo de su vida tan sobresaliente y de tanta bendición.

“Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced; y el Dios de paz estará con vosotros? (Filipenses 4:9)

Es algo que los que estamos en el ministerio debiéramos poder hacer, no con nuestras palabras, sino con nuestras vidas y conductas.

Como se advertirá, hemos ido escalando posiciones para llegar a un nivel bastante aceptable y digno de encomio.

Nos permitimos agregar un toque final, como una meta – no la última y la más alta – pues eso sólo será cuando en el más allá seamos como Él es.

Que nos propongamos amar al Señor, a Quien tanto le debemos, de una manera tal, que busquemos firmemente no hacer nada que le desagrade en lo más mínimo.

Seguramente que se presentará alguna ocasión en que, por nuestra falibilidad fallemos, siendo, con todo, algo que para los bisoños e inmaduros sería una insignificancia, a la cual no prestarían la menor atención.

Pero debido a ese tierno sentir de amor hacia Él, al haber fallado nos hemos de sentir muy compungidos, por el fallo en sí, por tratarse de haber sido contra Él, el amado y todo codiciable.

Pero además, por el tormento que supondrá que esa comunión tan diáfana y preciosa con Su persona santa se haya empañado. Y entonces  buscaremos con todo ahínco que se restaure y renueve, y nuestro cielo vuelva a estar plenamente despejado – sin la menor nube, y con Él Sol de Justicia brillando en todo su esplendor.

F I N