CAPÍTULO 20 – Efesios 3:14:21

El Everest del gran alpinista

En el último capítulo de nuestro primer libro, “Las Sendas Antiguas y el Nuevo Pacto” comentamos en parte esta segunda gran oración de Pablo, que se encuentra en la parte final del tercer capítulo de Efesios.

Al hacerlo, dijimos o dimos a entender que sentíamos que nos quedaba grande sondearla en toda su vasta profundidad. Pasados unos buenos años desde entonces, seguimos en esa misma postura, si bien hemos avanzado en algo, y creemos poder avizorarla y comentarla con mayor amplitud.

Antes de seguir adelante, debemos notar que ni en esta oración, ni en la del primer capítulo que ya hemos tratado, Pablo termina con las palabras “en el nombre de Cristo”.

No es que esté mal usarlas, pero tampoco debemos dejar que se conviertan en una rutina. El hacerlo no necesariamente garantiza la respuesta que deseamos a nuestra oración. En el nombre de Cristo en realidad no sólo significa invocar Sus méritos, sino orar estando en Su persona, lo que presupone hacerlo en la voluntad de Dios y con plena fe. Bajo esta comprensión y definición, no nos cabe duda de que Pablo estaba de verdad orando en el nombre de Cristo.

Por el título de este último capítulo con que cerramos el libro, buscamos reflejar nuestra comprensión de que Pablo, espiritualmente hablando, era un gran alpinista. Su pasión por escalar en su carrera alturas cada vez mayores, no era algo vanidoso ni egoísta, sino que lo hacía movido por su gran amor a Cristo – a Quien le debía tanto – a las iglesias, y a las almas perdidas y necesitadas del evangelio de perdón y vida eterna.

Todo alpinista, o atleta, hablando en forma más general, para alcanzar los mejores logros debe necesariamente someterse a una estricta disciplina. En la misma, por una parte se priva de cuanto sea perjudicial o aun innecesario, y por la otra, se prodiga con lo mejor de sus recursos y cualidades, derrochando la máxima energía para llegar airoso a la meta codiciada.

Pablo hacía todo esto, llevado por la mano firme y sabia del Espíritu Santo, que estaba sobre su vida de manera tan evidente y poderosa.

Como parte de esa disciplina, impuesta por el mismo Señor, obviamente estaba el sacrificio y aun el dolor que muchas veces tuvo que padecer. Esto era parte del precio que, en Sus sabios designios, le plugo a Dios que él tuviera que pagar, para poder ver plenamente cristalizado el cumplimiento del inmenso propósito divino para su vida y su servicio a los santos de todos los tiempos.

Pero había mucho más. De 2ª. Corintios 11:22-33 extraemos un listado impresionante:

Trabajos – azotes – cárceles – peligros de muerte muchas veces – apedreado – tres naufragios y una noche y un día como náufrago en alta mar – peligros de ríos, de ladrones, de mala gente de su nación y de los gentiles – peligros en la ciudad – en el desierto – en el mar – entre falsos hermanos – trabajo y fatiga – en muchos desvelos – hambre y sed – en muchos ayunos – en frío y desnudez, y, además de todo ello, la preocupación y la carga por las iglesias, que se agolpaba sobre él.

Muchas de estas cosas no se nos narran en Los Hechos, puesto que en buena parte de su carrera Lucas no lo acompañaba, y, o bien Pablo no se las relató a él, o Lucas no se sintió movido a consignarlas.

Lo cierto es que uno se maravilla de que su pequeñito cuerpo mortal, haya podido sobrellevar tanto. Seguramente que sólo pudo ser merced a la gracia sobrenatural del Señor.

En 2ª. Corintios 6:4-11 nos encontramos con otra lista, que abarca sus padecimientos, y también las virtudes que él y sus compañeros debían ostentar para acordarles total credibilidad ante aquéllos que los veían y escuchaban.

Extraemos estas últimas.

En mucha paciencia – en pureza – ciencia – longanimidad – bondad – por honra – buena fama – en el Espíritu Santo – en amor sincero – en palabra de verdad – en poder de Dios – armas de justicia a diestra y a siniestra – veraces – bien conocidos – entristecidos, pero siempre gozosos – como pobres, mas enriqueciendo a muchos – como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo – con el corazón ensanchado.

Todo esto iba marcando hitos y jalones en la marcha ascendente hacia las cimas más altas, y finalmente hacia la cumbre máxima.

Algún lector podrá preguntarse a cuenta de qué viene esto, que parece desviarse del tema del capítulo, que es la oración de Efesios 3:14-21.

Nos explicamos: esa oración, con toda su inmensa magnitud, él no la podría haber hecho con la sustancia y el peso necesarios en una etapa anterior de su vida.

Todo lo que pide en ella a favor de sus amados efesios, y, por añadidura, a favor de todos los santos, (3:18), debía primero plasmarse cumplidamente en su propia experiencia.

Una vez alcanzada esa meta, y sólo entonces, él podía elevarla con fe y convicción, y con el respaldo de ser algo que él ya había alcanzado y abrazado plenamente en su vivencia personal.

Esto es muy importante que se comprenda. Sin entrar en detalles, lo condensamos diciendo que no podemos llevar a otros a alturas que nosotros mismos todavía no hayamos alcanzado.

La introducción.-

Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra.” (3:14-15)

Aquí tenemos otro indicio de su siempre creciente visión de Dios – ahora en Su paternidad universal y eterna. La misma abarca toda cosa y todo ser creado, incluso el Lucero de Isaías 14:12 y querubín grande y protector de Ezequiel 28:14, lleno de sabiduría, hermosura y perfección, hasta el día en que se corrompió y se enalteció su corazón.

Todo, absolutamente todo, tanto en los cielos como en la tierra, le debe su existencia y su vida a Él, el gran Padre Eterno.

Ante Él, aun sobre el suelo frío y duro de la cárcel, Pablo dobla sus rodillas con la máxima reverencia, y pasa a elevar su tremenda plegaria.

Fortalecidos con poder en el hombre interior.-

“…para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu.” (3:16)

En el versículo 13 Pablo pedía que los efesios no desmayasen a causa de las tribulaciones de él por ellos, las cuales él veía como una gloria para los efesios.

Lo normal sería preocuparse porque no fuese él mismo quien no desmayase, estando encarcelado como estaba, sin ver el sol por un buen tiempo, y con la agobiante tentación de deprimirse o entristecerse por lo que podría considerarse tanto infortunio y tanta adversidad.

Sin embargo, la gracia del Señor que fluía tan abundantemente en su ser entero, sobrepujaba todo eso, y ni siquiera menciona la posibilidad de que él pudiese desmayar o compadecerse de sí mismo.

En cambio, movido por su gran amor por ellos, teme que, amándole a él como sabía que le amaban, ellos se pudieran entristecer y desmayar por causa de las tribulaciones, por las cuales, como padre de todos ellos, él estaba atravesando.

Por lo tanto, comienza por pedir a ese Padre grandioso ante el cual está postrado, que, según sus riquezas en gloria, les fortalezca con poder en el hombre interior por su Espíritu. (#)

Es el hombre avezado y maduro, que entiende con claridad meridiana cómo se desenvuelven las cosas en el mundo espiritual, y ora y pide consecuentemente.

Comprende perfectamente que en el fuero interno, u hombre interior, adonde no se ha asentado aun la gracia divina, siempre hay anemia o raquitismo, con la consabida propensión a desanimarse, marchitarse, deprimirse o desmayar.

El remedio no son palabras bondadosas de buen ánimo y aliento, sino la operación eficaz del Espíritu Santo, que nos comunica en medidas consecutivas y sucesivas, nuevas dosis del carácter y la esencia del Cristo invencible – es decir, el que nunca claudicó, ni se amilanó ni acobardó, sino que siempre pudo capear todos los temporales, incluso el indescriptible que se extendió del Getsemaní al Gólgota, levantándose airoso y triunfante en cada ocasión – ésa y todas las demás – hasta el final de Su carrera terrenal.

Así, pues, ora pidiendo que ese hombre interior de cada uno de ellos sea fortalecido con poder, es decir, que se le imparta algo, digamos, del acero inoxidable, o de la roca invulnerable, que es Cristo mismo.

(#) Como supondría un paréntesis demasiado largo desarrollarlo aquí, hemos agregado al final del capítulo anterior, como un apéndice importante, una definición, con comentarios, sobre el hombre interior.

Esto no haría desaparecer los problemas, ni habría de llevarlos a un estado en el cual todo saldría a pedir de boca, y ya no habría más pruebas y dificultades. Éstas seguirían, de seguro, pero habría en ellos algo que aguantaría y no se doblegaría ni desmayaría.

De cómo esta oración fue cabalmente contestada, tenemos elocuente evidencia en Apocalipsis 2:2-3, donde encontramos que unos buenos años más tarde, el Señor le escribe al ángel de la iglesia en Éfeso en los siguientes términos:

Yo conozco tus obras…y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado.”

Como ya acotamos anteriormente, ¿cómo encontraríamos nosotros a la congregación o a los creyentes formados bajo nuestra tutela, después de haberlos dejado que se desenvuelvan por sí mismos, no digamos por 35 ó 40 años, sino meramente por unos 15 ó 20?

Repetimos lo que también dijimos anteriormente:- algo que nos tiene que dar bastante que pensar!

La morada de Cristo en los corazones.-

“…para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor…” (3:17)

La morada de Cristo en los Suyos fue algo que el Señor mismo enseñó a Sus discípulos.

En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros. (Juan 14:20)

Permaneced en mí, y yo en vosotros.”(Juan 15:4a)

Quienes, con una conciencia tierna, buscan con un anhelo real y sincero asemejarse a Cristo en Su gracia, amor y perfección, pronto caen en la cuenta de cuánto les falta y qué lejos están de haberlo alcanzado.

No obstante, tras ese desengaño – que por otra parte, es muy necesario – por el Espíritu comienzan a entender que, en realidad, sólo hay una persona capaz de vivir cumplida y cabalmente la verdadera vida cristiana, y esa única persona es Jesucristo mismo.

Motivados por el Espíritu Santo con un noble y profundo deseo de ser como Él, y eliminados, claro está, los móviles indebidos a que en un principio somos proclives, se ha de llegar, llevados paso a paso por el Espíritu, a un punto de rendirse – de capitular, en la convicción absoluta de que para nosotros mismos es algo inalcanzable, que está mucho más allá de nuestros pobres recursos y posibilidades.

Y el paso siguiente a ese rendirse y capitular, ha de ser, de la forma más real en que uno pueda, quitarse de en medio, dejando que Cristo lo desplace, o, más enfáticamente aun, rogándole que Él por favor se siente sobre el pequeño e indigno trono del corazón, y así gobierne y reine de verdad en la vida de uno.

Casi huelga decir que, quien ande carnalmente, jugueteando con cosas mundanas y sin un acercarse a diario de veras al trono de la gracia, muy poco o nada sabrá de la morada real de Cristo en su corazón.

Por otra parte, tenemos la firme convicción de que, cuando en realidad uno “toca fondo” y le pide esa morada Suya al Señor de todo corazón, Él no tarda en acceder.

Por el contrario, bien pronto hace llegar o sentir, algún indicio cierto de que esa oración y anhelo profundo están siendo atendidos, comprendidos y en vías de recibir la respuesta tan deseada. .

No obstante, lo hecho en un principio, debe seguir ratificándose y confirmándose en cada paso, cada situación y cada disyuntiva que se presente. Al decir “Permaneced en mí y yo en vosotros”, en esta segunda parte equivale a decir “Dejadme permanecer en vosotros” – o seguir permaneciendo, con el verbo en presente continuo.

En esto, como en todo, siempre retenemos el libre ejercicio de nuestra voluntad. La misma debe continuar y perseverar en una disposición de elegir siempre el camino más alto – el del amor, la limpieza y transparencia, y lo que es útil, edificante y para el bien del prójimo.

Si en situaciones o disyuntivas determinadas, se opta por la comodidad por encima del bien de los demás, o por el disfrutar de un placer egoísta, o hablar a destiempo o con imprudencia, eso de por sí bastará para volver a colocar sobre el trono del corazón, al número uno, al yo.

Consecuentemente, y siempre que se retenga la sensibilidad espiritual, se advertirá que el Espíritu retirará Su sello aprobatorio, y hará llegar señales de estar contristado. Esto será para llamar la atención de que se ha perdido el rumbo, y que se hace necesario, contrito y arrepentido, retomarlo cuanto antes.

También debemos puntualizar que ese morar de Cristo en el corazón es por la fe, según se indica en el versículo en que estamos, no por sentimientos ni emociones.

La experiencia práctica demuestra que siervos y siervas que han andado y vivido en esta dimensión del morar de Cristo en sus corazones, no siempre han sido muy conscientes de ello, como para sentirse “muy ungidos y llenos a tope de Cristo.” Más bien han sido los demás a su alrededor que lo han advertido, y han sido beneficiados y bendecidos por ello.

En esto vemos algo de la gran sabiduría del Señor, para protegerlos de ese enemigo mortal que es el engreimiento, y que ha ocasionado la ruina de tantos que han caído en su trampa sutil y siniestra.

Hacia el gran pináculo.-

a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cual sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.”

Aquí la oración se remonta a su pináculo tan estupendo. La base sobre la cual descansa y se apoya es el estar arraigados y cimentados en amor, lo cual Pablo bien sabe que es el fundamento indispensable e insustituible, para todo cuanto ha de perdurar con solidez y para vida eterna.

Desde esa base se proyecta y extiende en la vertical hacia arriba, pero también en la horizontal, abarcando y abrazando no sólo a los efesios, sino también a “todos los santos.”

Notemos que no dice “con todos los creyentes, discípulos, ovejas o hermanos”, sino “con todos los santos,” pues son sólo los que viven de veras de blanco delante de Dios y de los hombres, los que han de poder verse sumergidos en la gran panorámica cuadridimensional que aquí pasa a describir.

Empieza por la anchura. Sólo podemos concebirla en la señalización que nos dan los brazos eternos de Quien creó la humanidad y todo el universo, abiertos de par en par y extendidos hacia el oriente y el occidente en Su bendita crucifixión. Allí estuvo y está, como el guardián celestial, cerrando el paso a la perdición eterna, hacia la cual todos estábamos encaminados antes de que Su gracia redentora se cruzase en nuestro camino, y detuviese nuestra marcha hacia tan horrendo destino.

El largo, o la longitud, tienen sin duda una gran variedad de matices. Los que peinamos canas y llevamos unos buenos años de edad, no podemos menos que visualizarlo como el amor que nos ha seguido a todo lo largo de un buen número de décadas, protegiendo, proveyendo, animando y consolando, haciéndonos conocer y sentir la gran sabiduría, fidelidad y bondad de Su amor para con nosotros.

La profundidad también adquiere una gran diversidad de tonos. El que primero se nos ocurre, es el de Su descenso al lugar más bajo de ser hecho maldición por nosotros, (Gálatas 3:13) introduciéndose en el horrible pozo de miseria en que nos encontrábamos, para así poder levantarnos y salvarnos.

Como no podría ser de otra forma, este cuadrilátero termina con la altura, porque el amor siempre ha de culminar elevándonos a la cima máxima y final – la de sentarnos con Él en Su trono en las gloriosas alturas celestiales que nos aguardan.

Al llegar a este punto, es como si se diese cuenta de que todavía se ha quedado corto – que no ha llegado a donde quería. Es por eso que añade

“…el amor de Cristo que excede a todo conocimiento”, reconociendo que va mucho más allá del alcance de sus palabras, y de todo lo que él y todo otro ser finito pueda concebir y comprender.

Y después de haber ido subiendo paso a paso, peldaño a peldaño, por fin se encuentra en ese lugar donde puede enarbolar la meta más estupenda que uno se pueda imaginar:

“…para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.”

¿Será posible que esos santos efesios pudieran, y que también todos los demás santos podamos, alcanzar algo tan inverosímil en nuestra diminuta y muy indigna humanidad: “ser llenos de toda la plenitud de Dios?

¿Utopía de un Pablo que, en el aislamiento de la cárcel de Roma, se ha sumido en un misticismo idealista, pero totalmente inalcanzable?

Una mente fría y calculadora, regida por los dictados de la reflexión propia, y exenta de la inspiración y la fe del Espíritu, muy bien puede opinar y afirmar que Pablo se remontaba a algo inalcanzable.

Por nuestra parte, afirmamos que nuestra fe y apreciación de todo esto van en una línea totalmente distinta.

Pablo está pidiendo para los efesios, y para todos los santos, algo que sin duda él ha alcanzado y experimentado, no sólo en plenitud, sino también en más de una o dos oportunidades aisladas.

¿En qué consiste “comprender el amor de Cristo? ¿Tener una noción mental clara que entiende bien su inmensa grandeza?

Por cierto que sí, pero mucho, mucho más. La palabra comprender en el original griego, en una de sus muchas acepciones, nos habla de un conocimiento experimental – es decir, algo que se lo conoce por haberlo vivido y experimentado.

No nos cabe duda de que en esos largos días en que estuvo en la cárcel en Roma, como así también en otras ocasiones, Pablo tuvo dichosas experiencias del amor de Cristo, sintiéndose rodeado, envuelto y saturado por el mismo.

El carácter y la gracia del Señor, nos aseguran que, para un siervo fiel que padecía tanto con heroísmo y buen ánimo por amor de Su nombre, Él no podría menos que prodigar Sus más dulces consuelos, derramando sobre su ser entero raudales y raudales de Su amor inmenso.

Así, como uno que sabe bien de lo que está hablando y escribiendo, puesto que lo ha vivido y experimentado una y muchas veces – así, decimos – él podía describir ese amor en esa estupenda proyección cuadridimensional, y agregar del mismo “que excede a todo conocimiento.”

Y habiéndolo disfrutado y paladeado tanto, estaba latente en su espíritu que esos queridos efesios – como así también todos los santos – pudieran también tener la dicha de verse sumergidos en esa bendita gracia, e impregnados totalmente de ella.

En los anales de la historia posteriores al primer siglo, tenemos muchos casos de santos siervos y siervas del Señor, que de una forma u otra han tenido también experiencias gloriosas del amor infinito de Cristo, que los ha inundado, abrazado y acariciado como sólo Él sabe hacerlo.

Hemos leído testimonios fehacientes de algunos de ellos, y nos consta que ha habido muchos más. ¿No será cierto que, en cierta o buena medida, esto se pueda atribuir a esta grandiosa oración de Pablo, que, como ya hemos visto, se hizo extensiva a todos los santos?

Creemos que sí, pero no dejemos de reparar en el alto precio que tuvo que pagar para poder escalar una cumbre tan elevada, y desde allí, con plena fe y todo el peso y autoridad que le daba su ilustre y sacrificada trayectoria previa, elevar una oración tan trascendente, y casi diríamos, tan increíble,.

¡Que tú, y quien esto escribe, y muchos más, podamos llegar también a sentirnos y sabernos anegados y colmados por ese océano vasto e infinito del amor de Cristo, y así ser llenos de toda la plenitud de Dios!

Con el riesgo de sonar repetitivos, volvemos a puntualizar que es muy importante que se comprenda bien, que esta gran oración de Pablo a favor de los fieles efesios, también se hace extensiva a todos nosotros.

Lo reiteramos y enfatizamos, porque sus palabras “seáis capaces de comprender con todos los santos”, con ser tan significativas y maravillosas, para muchos parecen pasar desapercibidas. O bien, se las oye y se les da un asentimiento mental, pero de ahí no pasa ni llega a traducirse en algo concreto.

Según lo señalamos en el último capítulo de nuestro primer libro – “Las Sendas Antiguas y el Nuevo Pacto,” – en más de una ocasión, con el correr de los años, nos hemos podido sumergir en el torrente tan preciado de esta oración maravillosa.

Con hambre y sed del Dios vivo y de Su Cristo glorioso, nos hemos podido aislar de todo lo demás, y a solas con Él derramar a Sus pies nuestra alma sedienta y necesitada, con esas súplicas y esos ruegos tan profundos, que brotan de nuestras entrañas por el toque bendito del Espíritu Santo.

A continuación, hemos podido experimentar esos raudales de amor y de gracia fluyendo en nuestro interior con una abundancia e intensidad que nos han hecho estremecer y temblar de santa emoción.

Sabernos indeciblemente amados, abrazados, envueltos y aun arrollados e inundados por ese amor sin igual, ha sido, en cada ocasión, algo bendito y sagrado, que, para comprenderlo y apreciarlo debidamente uno tiene que experimentarlo personalmente.

Quizá distemos bastante de esa cumbre que Pablo nos propone de llegar a ser llenos de toda la plenitud de Dios; empero, mientras duren nuestras fuerzas y buena salud, proseguimos avanzando hacia ella, llevados por la mano sabia y diestra del Santo Espíritu.

Aclaramos que en ese ser llenos de toda la plenitud de Dios, no visualizamos grandes sanidades y milagros ni señales maravillosas. Sabemos que en cuanto a todo eso el Señor es soberano, y nos ha de dar a cada uno lo que en Su sabia economía estime más indicado.

Lo que sí visualizamos es lo que Pablo nos da como contexto – el amor cuadridimensional de Cristo que excede a todo conocimiento. Estar envueltos, saturados y aun arrollados por ese amor eterno e incomparable – para él, eso equivale a estar llenos de toda la plenitud de Dios. Personalmente, añadimos nuestro modesto, pero también firme asentimiento aprobatorio.

Aquí ponemos un paréntesis, enfocado especialmente hacia quienes, a esta altura o antes, pueden razonar o haber razonado más o menos de esta forma:

Todo esto está muy bien, pero… ¡qué ajeno me suena a la realidad práctica de mi iglesia!”

No hay ninguna referencia a cómo mejorar las finanzas – ningún consejo para alcanzar más éxito en el evangelismo – y para que se ponga fin al chisme, la crítica y el malestar imperante.”

Es decir, que se puede considerar como un misticismo irreal, que no enfrenta los problemas prácticos con que los pastores y siervos se encuentran en la vida eclesial normal y corriente.

Verdad es que en el capítulo siguiente, a partir del versículo catorce, Pablo pasa a la exhortación y amonestación puntual, sobre los temas básicos y más corrientes en cuanto a la conducta y el testimonio.

No obstante, al incluir con anterioridad inmediata esa grandiosa oración sobre el amor que excede a todo conocimiento, lo hace con la sabia convicción de que es sólo por el fluir de esa virtud y fuerza tan poderosa y maravillosa del amor, que todo lo demás resulta verdaderamente viable y alcanzable.

Amonestar, exhortar o reprender sin el respaldo de la bendita gracia del amor, nunca puede responder a los fines duraderos y eternos del reino de Dios, por ser éste un reino que en su esencia está fundado sobre el amor y sustentado por él.

De manera que no vacilamos en afirmar que la concreción y cristalización gradual de esta oración de Pablo, habrá de repercutir muy favorablemente en el terreno práctico, solucionando, si no todos, por lo menos muchos de los problemas prácticos más corrientes que hemos mencionado.

En otras palabras, que al ser fortalecidos en el hombre interior por el Espíritu, con la morada de Cristo por la fe en los corazones, y al estar arraigados y cimentados en el amor, y perseverar en él con la mira de llegar a estar saturados y desbordados por el mismo, nos encontraremos con el remedio de la mayoría de los males que nos condicionan y limitan tan lamentablemente.

La mezquindad en las finanzas ha de ceder paso a un generoso poner las manos bien dentro de los bolsillos, las billeteras y carteras, o las cuentas bancarias, para dar con alegría al Señor.

El amor a las almas perdidas habrá de resurgir; la oración y la palabra de Dios cobrarán un sentido nuevo y vivo, mientras que la vivencia práctica se verá adornada por la hermosura de la santidad en el pensar, decir y hacer.

En fin – ¡que esa fuerza superlativa y sublime del amor todo lo revoluciona, todo lo sana, todo lo dignifica y todo lo hermosea!

Después de este importante paréntesis, continuamos puntualizando cómo Pablo, desbordando con una fe, y una amplitud de visión ilimitada, concluye con su colosal doxología:

Y a Aquél que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén.” (3:20-21)

Lejos de albergar dudas en cuanto a la oración que ha elevado, nos hace ver la absoluta confianza que tiene en el poder y la capacidad sin límites del Dios Padre, para hacer aun mucho más de lo que pedimos o pensamos.

Al hacerlo, añade algo muy importante:

“…según el poder que actúa en nosotros…”

Él era muy consciente de que había un poder sobrenatural que operaba en su propia vida, y también en la de los demás santos.

Ese poder sobrenatural no es ni más ni menos que el del Eterno Dios, omnipotente y todopoderoso, para el cual no hay ningún imposible.

Es un poder limpio y totalmente fiable; un poder que nunca obra en contra de nuestra voluntad, por el profundo respeto que nos tiene como seres que Él mismo ha creado, con la capacidad y responsabilidad de ejercer el libre albedrío.

Decimos todo esto porque al hablarse de “un poder que actúa en nosotros”, para algunos puede infundir recelos o el temor de pensar que uno se puede extraviar en esto, y ser llevado por una fuerza extraña a cosas excéntricas o extravagantes.

Quienes han vivido y experimentado de forma real este “poder que actúa en nosotros”, estarán en un todo de acuerdo con nosotros en que es un poder del cual no hay nada que temer.

No hay ningún peligro de que nos arrastre a cosas peligrosas, ni de que nos lleve a perder los estribos, haciéndonos caer en euforias, histerismos o cosas semejantes.

Siempre se retiene plenamente el uso de las facultades con que hemos sido creados, y por sobre todas las cosas – como ya se ha dicho – el libre ejercicio de nuestra voluntad, pues sólo actúa cuando la misma está clara y limpiamente alineada con él, esto es, con este obrar de Dios en nosotros.

Al comentar con cierta extensión toda esta grandiosa oración de Pablo, más que examinarla desde un punto de vista teológico o doctrinal, nos anima el deseo de que el contenido de la misma se pueda cristalizar en la vida del lector.

Debemos señalar con toda sinceridad que la meta propuesta, por ser tan alta – tal vez lo más elevado a que se pueda aspirar en esta vida – no ha de ser alcanzable con prontitud, sin esfuerzo, y sin pasar, en cierta medida por lo menos, por la fragua de la prueba y el dolor.

Incuestionablemente, se trata de oro afinado, probado en fuego, el cual Jesús aconsejó a los laodicenses – y por extensión a todos nosotros – a que lo compremos de Él.

Esto presupone que hay que pagar un precio, y – nos permitimos agregar – también debe mediar una trayectoria.

Mas el corazón que está enteramente volcado en el amado Señor, y en los valores sublimes de la eternidad, no verá en el precio que haya que pagar un serio obstáculo que lo disuada. Antes bien, habrá de verlo como un desafío, al cual habrá de responder afirmativamente y de buen grado.

Confiamos en que éste sea el sentir de cada lector. Así, sin descuidar en absoluto las labores del reino de Dios a las cuales se encuentra abocado actualmente, podrá, no obstante, elevar con toda sinceridad esta oración final:

Amado Señor y Padre celestial, ayúdame a sumergirme por el Espíritu en el precioso torrente de esta oración de Pablo. Como uno de los muchos santos de Tu iglesia universal, quiero comprender y experimentar el amor infinito de Tu Hijo Jesucristo, y llegar a sentirme y saberme lleno de toda la plenitud de Dios.”

Sé que no es una meta fácil ni superficial; que en el camino, tal vez necesitaré atravesar por pruebas y ratificar mi lealtad a Ti de manera muy real en las buenas y en las malas.”

Si bien me siento impotente e incapaz para ello en mis propias fuerzas, llevado por Tu gracia y la mano sabia del Espíritu Santo, sé que será algo gradualmente alcanzable para mí, pues entiendo que es Tu voluntad que así sea.”

Por lo tanto, desde hoy tómame en Tus benditas manos como nunca antes, y llévame día a día, paso a paso, hasta que me encuentre envuelto, abrazado y saturado en el precioso océano de tan insondable amor.”

En él te podré amar, honrar y servir mejor cada vez, hasta que me lleves a Ti en el más allá, y allí lo haga para siempre, y en total y final perfección. Amén.”

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FIN