N seguras.

Cruzando el Jordán

Capítulo 4

La hermosura de la santidad

“Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios.” Deuteronomio 7: 6.

Pasamos ahora a otra faceta inconfundible de la vida en abundancia: la verdadera santidad.

En realidad, no puede haber de ninguna forma una auténtica vida en abundancia, sin una santidad real y práctica como un ingrediente de capital importancia.

Cuando se habla de la misma desde el púlpito, o bien por escrito, casi siempre notamos que se le da un asentimiento general y sin reserva alguna.

Pero resulta muy triste comprobar que, en muchos casos, esa aprobación posteriormente ha quedado totalmente contradicha por fallos y faltas muy groseros, que de ninguna forma pueden ni deben tolerarse, ni siquiera con el espíritu más tierno y generoso.

La enseñanza de la santidad debe traducirse en una vivencia y conducta acorde con ella en todos los aspectos.

En libros anteriores nos hemos extendido bastante sobre el tema del amor, por lo cual en el capítulo previo, que trata del mismo, nos ha parecido ser más bien breve.

En cambio, como en ninguna obra anterior hemos dedicado un capítulo entero exclusivamente a la santidad, en éste sí que hemos de hacerlo, y con cierta extensión, aun cuando sin excedernos.

En primer lugar, debemos tenerlo muy claro que el mal y el pecado en sus muchas expresiones, tales como la mentira, la inmundicia, la mundanalidad, el ocultismo en cualquiera de sus ramas, la mirada o el gesto burlón, el odio, la trampa, la envidia, el temor y la amargura, la arrogancia, etc. etc. pertenecen a un terreno que le pertenece a Satanás y sus malos espíritus.

Dios le reconoce ese terreno, y cada uno que entra y permanece en él, lo hace con las debidas consecuencias.

Éstas últimas varían en gravedad, según el caso, pero aun en el caso en que la misma no sea en extremo, aun el hecho de saber con claridad que se trata de haberle dado cabida al diablo, el enemigo declarado de nuestras almas, debería impulsar a quien lo ha hecho, a ponerse bien y pronto a cuentas con el Señor, y a disponerse a no reincidir más por ninguna razón.

Muchos no saben ni entienden lo que acabamos de puntualizar. Otros sí lo saben, pero a menudo acallan sus conciencias con razonamientos tales como : “Si al final de cuentas muchos lo hacen y no pasa nada,” “Nadie es perfecto, y el que más o el que menos, todos siempre pecan de una manera u otra.”

“No creo que el Señor, que es tan misericordioso me vaya a condenar por eso.”

La misma naturaleza de estos razonamientos y de muchos otros semejantes, muestra una actitud totalmente incorrecta ante el Señor de la vida.

Sabiendo que Él tuvo qu pagar un precio infinitamente alto y doloroso, para poder otorgarnos el perdón por todas nuestras culpas pasadas, y que cada manifestación de pecado va totalmente en contra de Su carácter y Su misma persona, y que le desagrada profundamente – eso solo de por sí, debería predisponernos en todo sentido a procurar con el mayor empeño a no pecar ni desobedecerle en lo más mínimo.

Medios de gracia para santificarnos

Muchos son los medios de gracia que el Señor ha puesto a nuestra disposición para purificar y santificar nuestras vidas.

Veamos algunos de ellos.

1) La oración en profundidad y en el Espíritu.

“ Subió al monte a orar. Y entretanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido blanco y resplandeciente.” Lucas 9: 28-29.

No hemos de pensar que por tratarse de Jesús en la ocasión especial de la transfiguración, este pasaje no es igualmente aplicable también a nosotros.

Desde luego que no estamos hablando de la oración normal y corriente, que casi llamaríamos de rutina, que muchas veces se hace, por ejemplo, en el devocional diario.

Tal como lo indica el subtítulo, estamos apuntando a esa oración ferviente, en la cual nos acercamos al Trono de la Gracia para buscar de lleno el rostro del Señor, y derramar nuestra alma ante Él.

Al hacerlo, por la operación del Espíritu que mora en nosotros, tocamos al Señor de una manera muy real, e igualmente Él nos toca a nosotros.

Esto de por sí, inevitablemente trae sus consecuencias, y dos de ellas las podemos derivar de las mismas palabras del pasaje ya citado, a saber :

“La apariencia de su rostro se hizo otra.” Aunque ése no es el caso del Señor Jesús, a veces uno puede venir a orar sintiéndose cargado o angustiado por alguna prueba o por diversas tensiones. Al derramar esa carga a Sus pies, por el obrar del Espíritu, se siente un alivio o liberación, y el rostro que reflejaba el estado en que uno se encontraba, pasa a reflejar la nueva paz y el reposo interior que ahora se experimentan.

2) “…y su vestido se hizo blanco y resplandeciente.”

A tocar a ese Dios tres veces santo, y sentir el toque de Su santidad inmaculada, el efecto no puede ser otro que enblanquecernos en nuestro fuer interno, y comunicarnos algo de Su resplandeciente gloria, aunque de eso último, para nuestro bien, Él se encargará de no seamos muy conscientes. No obstante, otros sí lo advertirán.

Adicionalmente, aunque esto no lo extraemos del pasaje ya citado, tenemos otro factor importante.

Al perseverar en la oración que llamamos en profundidad, tocamos puntos en unión y comunión con el Señor, que nos acercan a Él, de tal manera vamos absorbiendo ingredientes de Su carácter. Eso no puede sino transmitirnos, entre muchas otras cosas, algo y aun mucho de Su odio santo al pecado en todas sus múltiples formas.

Y esto, indudablemente, habrá de redundar en la práctica en un desecharlo con un rechazo rotundo, con todos los consiguientes beneficios que bien podemos imaginar.

La palabra de verdad

“Santifícalos en la verdad, tu palabra es verdad.”Juan 17:17.

No cabe duda alguna, de que la palabra de Dios es otro de los medios de gracia para santificarnos, y estas mismas palabras de Jesús en Su oración Sumo Sacerdotal de Juan 17, no hacen sino confirmarlo expresamente.

Sin embargo, al igual que lo hemos hecho con la oración, se hace preciso señalar que no es meramente la lectura cotidiana de unos capítulos, por más virtudes que esto tenga, que habrá de calar hondo en la esfera de santificarnos.

Se hace necesario, y más que eso imprescindible, que tomemos las Escrituras con toda determinación y avidez, entremezclándolas con la oración, expresa y ferviente de que su luz santa y pura ilumine las profundidades de nuestro ser, y disipe cuanto haya en ellas de tinieblas o pecado.

Más adelante, en este mismo capítulo, tomaremos algunos de los muchísimos pasajes de la palabra, que penetran a fondo en nuestro tema de la santidad.

Pero ahora pasamos al tercer medio de gracia: El trato personal del Señor en nuestras vidas, a menudo a través de la disciplina y a veces también del sufrimiento.

Del pasaje de Hebreos 12: 5-11 extraemos lo siguiente: “…Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por Él; porque el Señor al que ama disciplina y azota a todo el que recibe por hijo.”

“Por otra parte, tuvimos a nuestros padres que nos disciplinaban y los venerábamos. ¿Por que no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus y viviremos? “Y aquellos ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que es provechoso, para que participemos de su santidad.”

Notemos en primer lugar que la disciplina del Señor, y Su castigo para con Sus hijos, es una muestra de Su amor hacia ellos.

Hay quienes no piensan así, y les cuesta creer y aceptar que un Dios de amor, como suelen decir, quiera pegar y castigar a Sus hijos.

Asimismo, tenemos la fuerte influencia del humanismo en muchas esferas de la sociedad, que en algunos países prohibe como un delito penable el castigo corporal de los niños, tanto en los hogares como en las escuelas.

Desde luego que no aprobamos el castigo indiscriminado, ni mucho menos cruel, de algunos padres irresponsables e iracundos.

Pero por el otro lado, debemos afirmar que la disciplina, y a veces el castigo de los hijos, para corregirlos y evitar que se perviertan, buscando al mismo tiempo formarlos para el bien al alcanzar mayoría de edad, es algo muy necesario y deseable.

Cuando no se practican, sólo puede redundar en perjuicio, como vemos en el caso de Adonías, uno de los hijos del rey David, del cual leemos en 1a. Reyes 1:6:

“Y su padre nunca le había entristecido en todos sus días con decirle ¿Por qué haces así?“

Siguiendo el relato en el mismo capítulo, vemos que al acercarse la muerte de su padre David , se levantó contra su claro mandato, buscando erigirse como rey para usurpar el trono.

Además, posteriormente su necedad y engreimiento le costaron una muerte prematura.

Dios nos disciplina con amor, siempre con miras a encauzarnos por la senda del bien, y formarnos como hijos de la pureza y la verdad.

En realidad, si no lo hiciese, una vez que la persuasión y el buen consejo no surtiesen el efecto deseable, seríamos personas egoístas y carnales, y además, Su amor para con nosotros no sería sabio ni correcto.

Tengamos siempre bien presente que al tratarnos de esa forma, es porque nos ama de verdad, quiere lo mejor para nuestras vidas, y a través de ello, desea lo que es realmente provechoso, es decir que participemos de Su santidad, según consta en la Escritura ya citada.

“Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento, pues quien ha sufrido en la carne, terminó con el pecado.” 1 Pedro 4: 1.

Esto va un paso más lejos, haciéndonos ver que el dolor y el sufrimiento, desde luego permitidos por Dios en Su trato personal con cada uno de nosotros, al ser enfrentados con entereza, nos conducen a cortar totalmente con el pecado.

El dolor y el sufrimiento, correctamente enfrentados, nos llevan a necesitar de Dios y buscarlo más que nunca.

Además, confrontados con la tentación al vicio o al pecado en cualquier otra forma, en esas condiciones uno no puede sino exclamar:

“Déjame de esas cosas, que no quiero tener más nada que ver con ellas. Sólo quiero a mi Dios y a mi Cristo; necesito de la gracia de lo alto más que nunca, y de ninguna manera quiero rebajarme a esas vilezas y ruindades.”

Naturalmente, esa debe ser la reacción normal de un verdadero hijo de Dios, que viva en auténtica santidad, aun cuando no esté atravesando por sufrimientos y dolores.

No obstante, resulta evidente que estos últimos muchas veces deben ser usados por el Señor en Su sabia economía y trato con Sus hijos, para llevarnos a ese nivel en que ya hemos cortado con el pecado, y para siempre, terminando así con las palabras de Pedro citadas más arriba.

Pasamos ahora a un pasaje, que, entre muchos otros, puntualizan la importancia capital de la santidad.

“¿Quién de nosotros morará con el fuego consumidor?¿Quién de nosotros habitará con la llamas eternas? Isaías 33:14b.

Como se ve claramente por el contexto, estas dos preguntas nada tienen que ver con las llamas y el fuego del infierno, sino en cambio, con el fuego sagrado y santo, eterno y consumidor de toda escoria, y que procede del mismo trono de Dios.

Como tal, es celestial y bendito, desde todo punto de vista, y quien lo tenga de veras en su vida, y more y habite en él cada día, ha de ser considerado como alguien altamente agraciado en el más amplio sentido de la palabra.

Quizá alguno podrá pensar que para esto, uno tendrá que ser una personalidad eminente, que ostente el más alto grado de formación teológica, o algo así por el estilo.

Sin embargo, la respuesta que nos da a eso el versículo siguiente, va por un rumbo totalmente distinto.

“El que camina en justicia y habla lo recto, el que aborrece la ganancia de violencias; el que sacude sus manos para no recibir cohecho; el que tapa sus oídos para no oír propuestas sanguinarias, el que cierra sus ojos para no ver cosa mala, …” Isaías 33:15.

Así vemos que las cosas discurren por una vía muy práctica, y que está perfectamente al alcance de todos.

Se trata de los pies – caminar – la boca – (hablar ) – el corazón – (aborrecer) – las manos, los oídos y los ojos – los cuales los tenemos todos como parte de nuestro ser – tu querido hermano, lector o lectora, quien esto escribe, y todo ser humano normal.

Desmenucemos uno por uno en su contenido espiritual para el creyente.

a) Los pies.- Con ellos vamos de un lugar a otro, pero quien vive cerca de Dios sabe bien que hay lugares adónde su Señor nunca iría, y por lo tanto, él tampoco debe hacerlo.

Por lo contrario, sólo ha de ir adónde su Señor va, y eso para estar siempre bien en la esfera de Su plena voluntad.

Hace unos buenos, años un siervo de Dios estaba en un período de formación, en el cual su vida estaba siendo tratada y purificada intensamente.

Una noche, mientras comía, en más de una oportunidad sentía como en una visión, que sobre su pie derecho se perfilaba un instrumento muy afilado, como para amputarlo.

Poco más tarde, al inquirir del Señor sobre el significado de eso, el Espíritu le hizo ver la forma en que se había dado al fútbol en el pasado de forma sumamente obsesiva, lo cual le había acarreado un verdadero tropiezo e impedimento en su relación con el Señor.

Entonces recordó las palabras de Jesús: “…Y si tu pie te fuera ocasión de caer, córtalo, mejor te es entrar en la vida cojo que teniendo dos pies ser echado en el infierno, al fuego que no puede ser apagado.” Marcos 9:45.

Así entendió que debía cortar radicalmente – no su pie literalmente, sino su afición desmedida a ese deporte.

En su caso particular, su carácter era tan apasionado, que no podía llevarlo con discreción, y sin que se volviese en una verdadera idolatría.

Otros tal vez lo puedan hacer con moderación, pero él no. Y así, al dejarlo totalmente, y con profundo arrepentimiento por ese pasado, en que le había dado tanto de su tiempo y afecto, que debían haber sido dados al Señor, experimentó un sensible alivio y una gran mejoría en su vida espiritual.

b) La boca.-

Cuánto nos habla la Biblia sobre la boca y el hablar!

“Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo.” Santiago 3:2.

Hace muchos años, el autor tuvo entre sus profesores del Centro Neotestamentario de enseñanza bíblica en Temperley, suburbio al Sur de Buenos Aires, a un siervo absolutamente ejemplar en ese sentido.

Viajando, conviviendo y compartiendo muchas horas con él – esto fue de los años 1949 a 1952 – nunca le oyó pronunciar una sola palabra fuera de lugar.

Esto le dejó una preciosa semilla en su corazón, que hasta el día de hoy, le sirve de muy buen ejemplo que desea emular.

    1. Jesús dijo: “…de la abundancia del corazón habla la boca.” (Lucas 6:45)

    2. A veces una persona puede fingir, pronunciando palabras bonitas, incluso de las cosas de Dios, para aparentar espiritualidad, humildad u otras virtudes.

Quien tenga suficiente percepción podrá detectar algo irreal o falso en ello.

Por otra parte, en un plano normal de quienes hablan con naturalidad, y sin querer impresionar a nadie, quien cuente con discernimiento, con sólo oírlo por unos minutos, casi siempre podrá tener en base a ello, una idea bastante aproximada sobre el estado del corazón de cada uno, si bien en esto puede haber un cierto margen de error.

No cabe duda de que, una de las armas más terribles que ha empleado el enemigo a través de los años y de los siglos, para dañar y aun destruir iglesias, ha sido la lengua descontrolada y chismosa.

En tiempos de tensión entre miembros de una iglesia local, ya sea por discrepancia de criterios, enfrentamientos u otras causas, es necesario exhortar a los miembros a tener el máximo recato en el hablar.

La razón estriba en que, en tales situaciones, la interferencia del enemigo resulta ser tal, que a veces lo dicho con toda verdad e inocencia, puede ser tergiversado ponzoñosamente, causando mucho daño.

Por el lado positivo, recordamos un ejemplo muy precioso y poco usual. Hace ya varias décadas, en la ciudad de Liverpool había dos posturas en cuanto a la forma en que se debía llevar adelante la obra del Señor.

Creemos que era la mano de Dios, que estaba buscando una bifurcación en el camino, para crear un testimonio nuevo en otra parte de la ciudad, con un ministerio distinto, encaminado hacia otro tipo de necesidad y de personas.

Lo cierto es que si bien la tensión se podía palpar, uno de los ancianos involucrados en la situación, nos manifestó que durante todo ese tiempo no se oyó ni una sola palabra desmedida o impropia.

Por fin ,una noche los 4 ó 5 ancianos se reunieron con el fin de tomar una determinación. Al expresar cada uno su punto de vista con suma corrección y franqueza, resultó evidente que debía haber una separación.

Se acordó que dos o tres de los ancianos saldrían para congregarse en otra parte de la ciudad, informándose posteriormente a la congregación, y dejando absoluta libertad para, o bien congregarse con los ancianos salientes, o permanecer donde estaban.

Lo maravilloso fue que esa reunión de los ancianos siguió hasta las dos o tres de la mañana, y ninguno quería irse!

A pesar de las posiciones tan opuestas que tenían, se amaban de tal manera que no podían enfrentar el dolor de la despedida. Finalmente lo hicieron, no sin antes darse prolongados abrazos en el amor más tierno y fraternal.

Ojalá sucediera así siempre!

Jesús también dijo: “..el hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno” como contexto de las palabras “…de la abundancia del corazón habla la boca…” que ya hemos citado. Lucas 6: 45.

Condensando lo dicho hasta ahora sobre todo esto, podemos afirmar que una auténtica santidad siempre hará eso: sacar del buen tesoro interior, un hablar sabio, discreto y limpio, que comunique gracia y edificación, y esté totalmente exento de vanidad, auto alabanza, habladurías, chismes o cosas semejantes.

c) El corazón.-

Derivamos este punto de la palabras “…el que aborrece la ganancia de violencias,” pues es con el corazón que se aborrece, al igual que se ama.

Aquí se trata de aborrecer el mal en todas sus muchas ramificaciones, no con un aborrecimiento carnal y descontrolado, sino con el mismo odio santo con que nuestro Dios lo odia y detesta.

Lo hace porque sabe que es una emanación diabólica, cargada de veneno infernal, que, si se lo consiente y alberga de forma permanente en el pecho, sólo puede traer una separación de Dios y muerte espiritual.

Uno de los resultado de la verdadera santidad, es que al vivir uno muy cerca de Dios, y beber de la fuente de Su ser por la palabra, la oración y la comunión con Él, se van absorbiendo Su disposición y carácter, entre los cuales se encuentra este odio santo al pecado, en todas y cada una de sus manifestaciones.

Pero también está el otro lado de las cosas. Con el corazón se ama lo limpio y puro, lo noble y bondadoso, lo sabio y prudente, lo que es manso y humilde, lo que edifica y nos eleva a Dios; en fin, toda esa rica gama de virtudes que adornan la verdadera vida en el Espíritu y en el amor.

Pablo nos señala en 1a. Timoteo 1: 5 que “…el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia y de fe no fingida.”

Esto pone de relieve la verdad cardinal del corazón limpio y puro, del cual comentamos en detalle en el capítulo 5 de nuestra obra “Las Sendas Antiguas y el Nuevo Pacto.”

Del corazón mana la vida, como se nos dice en Proverbios 4: 23. Si no habido en él una obra de genuina purificación, del mismo seguirán brotando cosas turbias, torcidas, carnales y mundanas.

La diferencia entre el corazón meramente limpiado, pero no purificado o limpio como un estado permanente, ya la establecimos claramente en el capítulo ya citado.

De ninguna forma podemos aceptar que la vida en abundancia prometida por el Señor Jesús, pueda ser una cosa en la cual hay el mal genio, la soberbia, la lengua criticona y chismosa, el amor al mundo, la lascivia, la amargura, el rencor, la insumisión a las autoridades puestas por Dios y toda otra obra propia de la pasada manera de vivir, que no hayan sido tratadas y cortadas por completo.

Por más carisma, dones y cualidades que haya en otros aspectos, esas cosas siempre traerán manchas a la conciencia, que harán saber a quien las encuentra como una constante en su andar cotidiano, que su vida no es en absoluto del agrado el Señor.

Por todo esto, en nuestra escala de valores, debemos dar un lugar prioritario al estado de nuestros corazones.

Una meta muy de desear, y digna de buscarse con todo empeño y devoción, es la de cultivar por medio de la oración y la lectura ávida de la palabra de Dios, una comunión tal que nos lleve paulatinamente a tener un corazón que lata al unísono con el del Señor, a Su imagen y semejanza.

Así, aborreceremos todo lo que Él aborrece, y amaremos a cuanto Él ame, y en grados progresivos, paulatinamente seremos transformados a Su imagen y semejanza.

d) Las manos.-

Como con todos los demás miembros del cuerpo, como así también con nuestras facultades mentales, físicas y emocionales, puede haber ya sea un buen, o un mal uso de ellas.

En una forma muy práctica e importante en la exposición oral de la palabra, muchas veces hemos exhortado a las hermanas jóvenes a no dejarse manosear por otros, siendo sus cuerpos como son, nada menos que templos del Espíritu Santo. Ese solo hecho les confiere un carácter sagrado, que de ninguna manera debe consentir semejante cosa.

Asimismo, a los jóvenes varones les hemos exhortado a no manosear indebidamente a nada ni nadie. Si en el pasado, antes de estar unidos a Cristo por el renacimiento, sus manos se prestaban a usos viles, ahora, en su nueva vida en Él, debe ser todo lo contrario.

Redondeando, recalcamos que en la oración a menudo levantamos nuestras manos al cielo, en señal de que nos dirigimos a Dios. Si queremos que nuestros ruegos sean atendidos, la lógica más elemental nos indica que deben ser manos limpias y santas, como se nos dice en 1a. Timoteo 2:8, que sólo se utilizan para lo bueno, noble y limpio en la vida.

e) Los oídos.-

El versículo en Isaías 33 bajo referencia, habla del “que tapa sus oídos…” Debemos, en forma práctica, desconectar nuestra sintonía de todo lo contaminante y contraproducente.

Quien se preste a escuchar audiciones o programas dudosos, o conversaciones impuras o mundanas, se expone a taponar sus oídos con “cera espiritual,” que luego le impedirá oír con claridad, la voz y la palabra que más interesan en la vida.

Así como en lo natural, a veces es necesario que nuestros oídos sean destaponados, en lo espiritual sucede lo mismo.

El tratamiento, figurativamente hablando, consistirá en primer lugar en ablandar el tapón primero, y luego, haciendo uso de la jeringa, proceder a hacer lavajes sucesivos.

En otro orden de cosas, con cierta frecuencia se da que en una iglesia, habrá algunos que sean propensos a las habladurías y chismes.

Aunque tal vez inadvertidamente, así se convierten en un medio de propagar malestar y verdadero veneno espiritual.

Por nuestra actitud y conducta, debemos dar a tales personas muestras inequívocas de que no somos materia dispuesta para esas cosas, y que muy por el contrario, sólo queremos prestarnos en nuestro hablar a lo que edifica, alienta, consuela y hace bien a nuestros hermanos.

Esto, al mismo tiempo, les supondrá a ellos un freno muy saludable y beneficioso.

f) Los ojos.-

Aquí Isaías nos dice “…el que cierra sus ojos para no ver cosa mala.” Otra vez, una forma muy práctica y clara de demostrar nuestra abierta desaprobación y desagrado, por todo lo que sabemos que nuestro Dios ni lo aprueba ni le agrada.

Jesús nos dice que el ojo es la lámpara del cuerpo. Si el ojo es bueno, todo el cuerpo estará lleno de luz, pero si el ojo es maligno, todo el cuerpo estará en tinieblas, y que si la luz que hay en uno está en uno es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas? Mateo 6:22-23.

Esto nos habla de mirar las cosas y las personas con bondad, pensando el bien y lo bueno, y no el mal, y amando y apreciando los valores y las virtudes que hay en los demás, y no centrarnos egoístamente en lo nuestro.

Entre las viejas costumbres de la vida anterior sin Cristo, debe contarse el guiñar los ojos. Proverbios lo consigna como una marca de las malas personas, (6: 12-14) y como algo que a la larga acarrea tristeza. (10:10)

Desde luego, debe ser desterrado por completo de nuestra conducta.

Pero la declaración más tajante en cuanto a los ojos, que muchos la temen y eluden, es la que pronunció Cristo en Mateo 5:27-29: “Oíste que fue dicho: No cometerás adulterio, pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.”

“Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti; que mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado en el infierno.”

En primer lugar, corresponde una aclaración importante en beneficio de personas propensas a auto condenarse, quizá por una sensibilidad excesiva e indebida.

Dios ha creado al género humano con los dos sexos, y tanto el varón como la mujer normal, tienen una atracción natural hacia el sexo opuesto.

Así un hombre, al ver una mujer esbelta y elegante, es natural que lo advierta y la diferencie de otra que no lo sea.

Lo mismo podemos decir de la mujer en cuanto a un varón de buen semblante y apariencia, y otro que no sea así. Eso, como decimos, es normal y natural, y por supuesto que no es un pecado. Aunque alguno, quizá por su trasfondo anterior muy mundano, y por ser ahora muy sensible por sus recuerdos del pasado, pudiera sentirse condenado.

Lo que Jesús está diciendo no es eso, sino que se refiere a la mirada que va más allá, acompañada de una codicia en el corazón, entendiéndose claro está, que va dirigida a un hombre o una mujer, según el caso, que no sea su esposa o marido.

En ese caso, aunque ni siquiera se le haya hablado ni dado una muestra externa de interés particular, así ha mirado, ante Dios ya ha cometido adulterio en su corazón. Y en esa condición de hecho está descalificada, como persona adúltera para heredar el reino de Dios. 1a. Corintios 6: 9-10 y Gálatas 5: 19-21.

El Señor nunca señala fallos y faltas, si dar al mismo tiempo el consejo para sanarlos y superarlos.

Aquí lo que Él presenta como la solución es algo sobre manera drástico: quitarse el ojo derecho, siendo preferible perder uno de los miembros del cuerpo, y no conservarlo, pero al precio de ser echado en el infierno. Digamos de paso que la palabra usada en el original griego no es sheol , el lugar de los muertos, sino gehenna, el lugar del tormento del fuego eterno.

Con todo, su consejo no debemos tomarlo al pie de la letra,

como sacarse el ojo en forma literal y quedarse tuerto. De ser así – de haberse quitado el ojo – creemos que debería haber por lo menos algunos casos de quienes lo hayan hecho a través de la historia. No hemos oído ni leído de ningún caso semejante, ni creemos que lo haya habido.

Con todo, si alguien sabe de un caso en que haya sido de esa manera tan radical, nos gustaría saberlo.

Pero además hay una segunda razón, y es que quien hiciera tal cosa – quitarse el ojo derecho – todavía se quedaría con el problema del ojo izquierdo!

Según el mismo Jesús lo dice en Mateo 15:19, el adulterio y la raíz de la mirada adúltera brotan del corazón, del cual mana la vida, como a menudo hemos señalado más de una vez, citando Proverbios 4: 23.

La solución, pues, es quitar esa raíz adúltera del corazón, naturalmente con la ayuda del Espíritu Santo, y haciendo uso de los medios de gracia puestos a nuestro alcance.

Quien tenga ese problema, deberá tomar plena conciencia de lo urgente y prioritario conque debe ser enfrentado frontalmente, y con toda sinceridad.

En nuestro primer libro “La Sendas Antiguas y el Nuevo Pacto,”en el capítulo 6, titulado “La circuncisión”, presentamos una consejería detallada y específica del tema, y remitimos al lector o lectora necesitado en ese aspecto. El libro esta´al alcance de todo interesado, estando publicado, al igual que todos los demás, en mi página web.

En conclusión, en cuanto a los ojos, la verdadera santidad abarca y abraza una mirada limpia, cargada de amor puro, y exenta de toda malicia o tendencia corrompida.

Los beneficios de la verdadera santidad.

Habiendo desgranado este versículo 15, pasamos ahora a los dos siguientes, para ver de forma bastante concisa algunos de los beneficios de vivir en esa santidad práctica y real.

“Éste habitará en las alturas…” (Isaías 33:16a)

Una vida en un nivel muy elevado, muy por encima de las bajezas de la carne y el pecado, respirando el oxígeno puro de un andar diáfano en alturas de comunión real con el Señor, con profunda paz y la íntima satisfacción de estar

agradando a Dios y llevando fruto para Él.

“…fortaleza de rocas será su lugar de refugio…”

Este guardarse en el amor, y en total rectitud y transparencia, le priva al enemigo de toda posibilidad de actuar en contra nuestro. Así nos encontramos en medio del refugio seguro de una fortaleza de rocas, y el enemigo no nos puede tocar. (1a. Juan 5:18

…se le dará su pan y sus aguas serán seguras.”

Una forma hermosa de decir que, una vida así dispuesta, siempre estará bien nutrida y abrevada.. El Pan de Vida en toda Su riqueza y abundancia, y las aguas cristalinas de los manantiales divinos, estarán diariamente a su disposición para satisfacerla plenamente.

Tus ojos verán al Rey en su hermosura; verán la tierra que está lejos.(Versículo 17)

Esa mirada interior, libre de todo lo que la pudiera empañar, estará límpida y despejada, para ver y contemplar la hermosura del Señor, tal como David se lo había propuesto hacer cada día, según lo expresa en el cuarto versículo del precioso salmo 27.

Y la visión se irá ampliando más y más, y mirando en lontananza, se irán divisando nuevos horizontes nunca vistos antes.

En conclusión: vivir manchados y consintiendo el pecado en la vida, sólo nos rebaja y denigra, teniendo como fin, si no se altera radicalmente el rumbo, la ruina eterna del alma.

Por el contrario, vivir en el amor y en verdadera luz y limpieza, dignifica y embellece la vida, de manera que desprende la fragancia d Cristo, y a la vez, la hace útil y fructífera.

Todo así se vuelve distinto y mejor, y pasamos a entender por qué, la Biblia en más de una ocasión nos da la feliz frase que da su título a este capítulo:

“La hermosura de la santidad”

F I N