CAPÍTULO 19

Apéndice

El hombre interior

Adelantándonos un poco, agregamos a esta altura un apéndice sobre el tema del título – el hombre interior – que aparece como un factor importante en la siguiente oración de Pablo, que comentamos en el capítulo siguiente.

Para empezar citamos varias Escrituras que aportan sobre el particular.

Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios.” (Romanos 7:22)

¿Qué pues? Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento.” (1ª. Corintios 14:15)

Porque testigo me es Dios a quien sirvo en mi espíritu…” (Romanos 1:9)

“…aunque éste nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.” (2ª. Corintios 4:16)

Como bien hemos de saber, el ser humano es tripartito, es decir que consta de espíritu, alma y cuerpo. (1ª. Tesalonicenses 5:23)

Antes de convertirse y pasar a ser una nueva criatura en Cristo Jesús, uno se encuentra espiritualmente muerto en delitos y pecados, según consta en Efesios 2:1.

A nuestro entender, el espíritu, que es la parte más honda o profunda del ser, tiene en primer lugar, las facultades de comunión y adoración; en segundo, la de la intuición (a diferencia del cálculo por el proceso mental) y en tercero, la conciencia.

La primera de ella la derivamos de Juan 4:24, donde Jesús nos dice:

Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.”

El espíritu humano (con minúscula) es una emanación o desprendimiento vivo – valga la expresión – del Dios que es Espíritu (con mayúscula) y “Dios de los espíritus de toda carne.” (Números 27:16)

Lo normal y natural es, pues, que se sienta y esté unido en comunión con Dios y que le adore a Él, el Ser Supremo que le ha dado la vida.

No obstante, la entrada del pecado en el género humano ha frustrado y distorsionado todas las cosas, y en este aspecto particular de la comunión con Dios y la adoración a Él, el espíritu del hombre inconverso se encuentra, más que adormecido, muerto.

Es al punto de nacer de nuevo que su espíritu es vivificado, y de ahí en más pasa a ejercitarse en la comunión con Dios y la adoración a Su persona, santa y eterna.

La segunda facultad del espíritu que puntualizamos – la intuición – surge con claridad en el pasaje de Marcos 2:1-8. Citamos este último versículo:

Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones?”

Los escribas pensaban que Él decía blasfemia al decirle al paralítico que sus pecados le eran perdonados. Pero no lo expresaban con la boca, de manera que a través de los sentidos naturales del oído y el razonamiento mental, Jesús no tenía ningún indicio de ello.

Sin embargo, Su espíritu, como radar espiritual muy diáfano y agudo a la vez – lo captó con toda claridad.

Aunque nuestros espíritus no estén siempre en condiciones tan óptimas como el de Jesús, Sus siervos y siervas tenemos sobrada evidencia de que muchas veces captamos cosas que no se están viendo ni oyendo. Esto se debe a esa capacidad del espíritu u hombre interior, de saber algo prescindiendo de los sentidos naturales y que llamamos intuición, tal vez por falta de otro vocablo más preciso.

Debemos señalar aquí que hay una intuición que también funciona y se evidencia en personas que no están en el reino de Dios y con nueva vida en Cristo. La misma, en general, se manifiesta o evidencia más en la mujer, mientras que el hombre – también en general – es más propenso al planteo por la vía del razonamiento mental.

Se debe tener en cuenta que esta facultad de la intuición, funcionando a través de personas inconversas, y aun de creyentes carnales, puede muy bien prestarse a usos indebidos, hasta incluyendo la operación de espíritus de adivinación y de clarividencia.

Por ello, todo creyente e hijo de Dios hará bien en cuidarse mucho de darle cabida solamente dentro de los lineamientos del Espíritu Santo, la palabra de Dios, y el amor, que siempre busca el bien y nunca el mal del prójimo.

En tercer lugar tenemos la conciencia, que en una obra anterior – “Las Sendas Antiguas y el Nuevo Pacto” – ya hemos definido como el juez moral interno con que Dios, en Su gran sabiduría, nos ha dotado a cada uno de nosotros.

La misma no es infalible, y mucho depende del trato que le demos. Se puede llegar a un estado de conciencia corrompida (Tito 1:15) por escoger o abrazar lo malo en una o muchas de sus manifestaciones.

También puede llegar a quedar cauterizada (1ª. Timoteo 4:2) por desatender primero las señales de desaprobación que da, para así pasarse deliberadamente a la mentira y el mal.

Para el hijo de Dios el mejor consejo es mantener una conciencia tierna y sensible ante el Señor, y cultivar asiduamente la lectura de la palabra, prestándose a que ella, como lámpara eficaz, ilumine su camino y le advierta de cualquier desliz o desviación, que para eso es ideal. De esa manera, el Espíritu Santo le dará testimonio en su conciencia, ya sea afirmativa o negativamente. (Ver Romanos 9:1)

En cuanto al alma, la palabra en el griego significa vida o ser natural.

Siendo también parte de nuestro ser interior, se compone de nuestros sentidos naturales – mayormente los del raciocinio o de nuestra mente – y los emocionales, es decir nuestros sentimientos, que brotan, digamos, de la parte externa del corazón, quedando lo más profundo de la interna para el asiento de nuestro espíritu.

En Hebreos 4:12 tenemos estas palabras:

“…la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir (literalmente separar) el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.”

En la búsqueda de la voluntad de Dios en cuanto a qué se ha de hacer o decir, siempre debemos tener esto en cuenta. Por lo tanto, hemos de procurar eludir los dictados de nuestra emotividad o de nuestros propios razonamientos, toda vez que, a la luz de la palabra de Dios – como espada esgrimida por su autor, el Espíritu Santo – podamos detectar indicios de que broten de intenciones propias de nuestro número uno, o sea nuestro ego.

Éstas podrían ser que se nos mire y admire; de congraciarnos indebidamente con otros, o bien obrar con una segunda intención, para sacar ventaja personal, etc.

Por el contrario, se ha de buscar siempre aquello que de verdad es para la gloria del Señor y no la propia, y para la edificación y el provecho de nuestros hermanos y el prójimo en general. La madurez nos irá enseñando paulatinamente a filtrar nuestras intenciones por esa criba, y a discernir la aprobación fiel y clara del Espíritu Santo en nuestra conciencia.

El rol de la voluntad.-

Dios nos ha creado de tal manera que tenemos una voluntad propia, por medio de la cual podemos elegir el camino a seguir o la decisión a tomar.

Enseñados por el Espíritu Santo, y a través del trato del Señor con nosotros en el terreno de la experiencia práctica, aprendemos que lo mejor para nuestra vida es “la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”, tal como se la califica en Romanos 12:2.

Una parte importante de nuestra maduración espiritual la constituye el saber buscar y encontrar certeramente esa voluntad divina, y alinearnos debidamente con ella, sobre todo cuando la misma nos impone el esfuerzo, negarnos a nosotros mismos, y aun el sacrificio.

Algunos de los factores que se deben evitar, por prestarse a debilitar la voluntad, son el desgano, la apatía, el desánimo y la depresión.

En cuanto al cuerpo, no hace falta abundar. A grosso modo podríamos decir que también es tripartito, estando compuesto fundamentalmente de carne, sangre y huesos.

Esto con la debida constancia y consideración de que el organismo físico es en realidad tremendamente complejo, estando maravillosamente dotado de un sinnúmero de células, nervios, músculos, tendones, diversos órganos, y muchísimas otras partes, todas ellas cumpliendo funciones distintas y muy importantes, que hacen que el cuerpo humano sea una complejísima y maravillosa pieza de la creación de Dios.

El creyente maduro y consciente, sabrá cuidar su cuerpo como templo del Espíritu Santo, evitando desarreglos contraproducentes, exceso de comida, etc.

Finalmente, y volviendo al terreno del espíritu y el alma, un consejo importante.

Hay aspectos de la psicología y la psiquiatría que buscan inducir a que uno se auto estime, se valore debidamente, o bien tome conciencia de su propia identidad.

Para el hijo de Dios esto debe estar firmemente encuadrado dentro del marco que nos fijan las Escrituras.

Brevemente, podemos resumirlo diciendo:

  1. El reconocimiento de todo el bien que se encuentra en nosotros en Cristo Jesús.” Para que la participación de tu fe sea eficaz en el conocimiento de todo el bien que está en vosotros en Cristo Jesús.” (Filemón 6)

  2. Nuestra valoración y autoestima debe ser en función del privilegio enorme de ser nada menos que hijos de Dios, elegidos, amados y protegidos por Él, como Padre maravilloso que es.

  3. Debemos equilibrar esto con la verdad bíblica de que, librados a nuestros recursos y méritos propios, nada somos, ni tenemos, ni sabemos, ni podemos.

  4. Asimismo, reconocer a nuestro viejo hombre – la carne o el cuerpo de pecado – como crucificado con Cristo, para vivir en la virtud de nuevas criaturas en Él. (Romanos 6:6 y 8:7)

  5. En cuanto a nuestro yo – o sea el ego – debemos negarnos a nosotros mismos, anteponiendo la voluntad de Dios a la nuestra, y permitiendo que no sea ya yo, sino Cristo en mí, según el testimonio y la verdad que Pablo nos da en Gálatas 2:20.

Sin estos lineamientos claros y básicos para el cristiano, la autoestima, el valorarnos a nosotros mismos y buscar hallar nuestra propia identidad, sólo pueden llevarnos a un terreno falso y escabroso, por ser ajeno a la verdad bíblica enseñada por Jesús y Sus apóstoles.

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