Volviendo a las Fuentes Primitivas. CAPITULO 18– El apóstol Pablo (3) El pionero estoico y heroico
CAPÍTULO 18 – El apóstol Pablo (3)
El pionero estoico y heroico
“…Cristo en vosotros, la esperanza de gloria, a quien anunciamos a todo hombre, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre; para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí.” (Colosenses 1:27b-29)
“Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo.”
“Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo y lo tengo por basura, para ganar a Cristo.” (Filipenses 3:7-8)
Estas citas nos permiten visualizar bastante en lo concerniente a la vida interior de Pablo, y la forma en que él iba escalando posiciones, o si se quiere, profundizando más cada vez, pero siempre con la mira de poder llevar a otros a un lugar de mayor altura y profundidad en Cristo Jesús.
Para comprender mejor las cosas, debemos partir de la base de la amplia y muy vasta visión que tenía de Cristo, que estaba muy, pero muy por encima, de lo que es normal y corriente entre la mayoría de los creyentes y siervos de estos tiempos.
Para sopesar en algo la sumamente vasta amplitud de su visión, recurrimos a otras dos Escrituras:
“…me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo.” (Efesios 3:8)
“Así que, en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio a vosotros que estáis en Roma.” (Romanos 1:15)
Para él, el evangelio era mucho más que el mensaje de perdón, salvación y vida eterna, en base a la crucifixión, muerte y resurrección de Jesucristo.
Desde luego que eso era – y sigue y seguirá siendo siempre – la piedra fundamental sobre la cual todo lo demás se apoya y descansa. Pero, a ese “todo lo demás” él lo define como riquezas inescrutables.
Es decir, que por su profundidad y altura, y su inconmensurable magnitud, van mucho más allá de lo que los seres humanos, aun con la ayuda y revelación del Espíritu, podemos abarcar y sondear.
El versículo de Romanos que hemos puesto en la segunda cita resulta casi sorprendente. Está escribiendo a los creyentes en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos, y, por cuya fe, que se divulgaba en todo el mundo, él daba gracias. (1:28)
De ellos sabemos que habían pasado por las aguas del bautismo, y tenían un buen caudal de enseñanza y experiencia cristiana.
Sin embargo, ¡afirma estar dispuesto a anunciarles el evangelio a ellos, los que estaban en Roma! Y como no sabe a ciencia cierta cuándo podrá ir a Roma para hacerlo, se despacha con la estupenda epístola dirigida a ellos, y sobre la cual muchos grandes teólogos han escrito un gran número de tomos, muy voluminosos algunos, intentando explorar e interpretar debidamente la formidable gama de enseñanza, principios y grandes verdades que contiene.
Eso basta de por sí para hacernos sentir como hormiguitas casi insignificantes, ante semejante gigante de la fe y de visión.
Ahora bien, a la gran mayoría de esas riquezas inescrutables, como él las llamaba, no las consideraba de forma objetiva, como si las contemplase y admirase, pero como si estuviesen separadas de su persona.
En cambio, las veía como algo muy subjetivo, destinado a encarnarse en su persona y vivencia práctica, y a su debido tiempo, a comunicarse a sus semejantes a través de su ministerio.
Asimismo, esas riquezas inescrutables él las valoraba apasionadamente, al punto que para poder alcanzarlas y absorberlas, estaba dispuesto, y de muy buen grado, a vaciarse y desprenderse de todo lo terrenal que pudiera dificultar o entorpecer ese logro que tanto ansiaba.
En el pasaje citado de Filipenses, ese logro él lo define como “ganar a Cristo” – a ese Cristo que se le había revelado tan maravillosamente en el camino a Damasco – al cual amaba y servía con su mejor amor y con todas sus fuerzas – pero que anhelaba tenerlo en una medida cada vez mayor.
Esto no era un fin en sí, sino el medio ideal y único para poder comunicarlo debida y eficazmente a los demás. Por los demás debemos entender mayormente a sus hijos espirituales, tales como los efesios, corintios, tesalonicenses, filipenses, gálatas, etc.
Su amor hacia ellos desbordaba de tal forma, que ansiaba verlos crecer y desarrollarse, para así alcanzar mayoría de edad y plenitud de vida en Cristo Jesús.
Sabía muy bien que para que ello fuese posible, él como padre de todos ellos, no podía quedarse estancado, pues ello inevitablemente los condenaría a quedar en el mismo estado.
Por ende, buscaba metas y logros más altos cada vez, comprendiendo bien que ello le permitiría en su ministerio llevar a sus hijos más hacia delante, y más hacia arriba.
Al mismo tiempo, debemos señalar que este anhelo suyo no se limitaba a los que él había engendrado en el evangelio. También se extendía hacia otros, como los colosenses y laodicenses, engendrados por Epafras, a los romanos, que ya estaban en la fe, aunque no sabemos por mediación de quién o quiénes. Y aparte de abarcar a congregaciones o iglesias enteras como las que hemos mencionado, también estaba encaminado de manera personal y en forma particular, hacia consiervos más jóvenes y en formación, como Timoteo, Tito y muchos otros.
La Escuela Móvil de Formación Ministerial.-
En este último sentido, leyendo con cuidado Los Hechos y sus epístolas, vemos que a menudo se encontraba acompañado de hermanos y consiervos, en la mayoría de los casos de esa categoría de más jóvenes, y en formación.
Citamos a algunos de ellos, aparte de Timoteo y Tito, ya consignados más arriba: Sóstenes (1ª. Corintios 1:1), Estéfanas, Fortunato y Acaico (1ª. Corintios 16:17), Aquila y Priscila (Los Hechos 18:18), Tíquico (Efesios 6:21 y Colosenses 4:7-8), Epafras (Colosenses 1:7 y 4:12), Lucas, el médico amado (Colosenses 4:14, etc.), Juan Marcos (2ª Timoteo 4:11 y Colosenses 4:10), Aristarco (Colosenses 4:10), Jesús, llamado Justo (Colosenses 4:11), Sópater, Segundo, Gayo y Trófimo (Los Hechos 20:4) y seguramente muchos más, incluso Clemente y varias mujeres como Febe y otras (Filipenses 4:3 y Romanos 16:21).
No tenemos duda de que, redimiendo el tiempo y aprovechando las oportunidades, Pablo compartiría con todos ellos del rico caudal de sus conocimientos y experiencia, en lo que nos place denominar, según el subtítulo, La Escuela Móvil de Formación Ministerial, a su cargo y bajo su dirección.
¡Cuánto habrán aprendido y asimilado todos estos fieles siervos, bajo la tutela de semejante maestro!
Siempre en busca de lo más alto.-
Volvamos ahora al primer pasaje citado en este capítulo – el de Colosenses 1:27-29.
En el mismo vemos que en ese afán, y esa labor de buscar presentar a todo hombre perfecto en Cristo Jesús, él trabajaba, luchando según la potencia de Él (Cristo), la cual actuaba poderosamente en él (Pablo).
Era una labor en que debía darse de lleno, prodigándose intensamente, y luchando – luchando en oración y con fe, y la palabra de Dios que fluía tan abundantemente en su interior – como quien lucha para abrirse paso y superar cuanto escollo se le presente.
Y esto lo hacía, no en sus propias fuerzas, sino merced a la potencia de Cristo que operaba poderosamente en él.
Así tenemos un cuadro sencillo y claro:- el obrar de Cristo cada vez en mayor profundidad en su vida, y como resultado, una mayor medida de desarrollo, crecimiento y maduración en aquéllos a quienes ministraba esas riquezas por la virtud del Espíritu Santo.
En definitiva, tal y cual reza el título, un estoico y heroico pionero, que iba en la delantera, abriendo brecha y despejando el camino, para que otros pudieran avanzar y seguir en sus pisadas de fe, realización y fruto para vida eterna.
El hombre ubicuo.-
“Porque aunque estoy ausente en cuerpo, no obstante en espíritu estoy con vosotros…” (Colosenses 2:5)
“Ciertamente yo, como ausente en cuerpo, pero presente en espíritu, ya como presente he juzgado al que tal cosa ha hecho.”
“En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesucristo…” (1ª. Corintios 5:3-4)
Estos dos pasajes echan de ver cómo Pablo, en algunas oportunidades trascendía los límites normales de espacio, y con su espíritu se ubicaba en situaciones de urgencia, gravedad o importancia, para actuar con la sabiduría y autoridad que el Señor le había dado.
No obstante, debemos puntualizar que lo hacía por el conducto visible y tangible de su pluma, por medio de sus epístolas, y no por el desplazamiento incorpóreo de su espíritu hacia otros lugares.
Esta aclaración es muy importante, pues en esta esfera hay quienes han caído en el error y en un lazo del enemigo, al buscar por vía psíquica o “espiritual” comunicación con otros ausentes y a distancia, y en algunos casos hasta difuntos. Esto desemboca inevitablemente en el espiritismo, con todas sus nefastas consecuencias.
Pablo el escritor.-
Sus escritos son un legado inestimable que ha quedado para la iglesia de todos los tiempos. Constan de trece epístolas – catorce si es que él escribió Hebreos – del total de veintiuna que contiene el Nuevo Testamento.
Sabemos que además, escribió por lo menos una más, dirigida a los laodicenses (ver Colosenses 4:16), la cual no ha sido incluida en el canon de las Escrituras.
El orden en que se nos presentan en el Nuevo Testamento no guarda una relación cronológica. La primera y segunda a los Tesalonicenses, por ejemplo, fue escrita durante su segundo viaje misionero, con anterioridad a Romanos, escrita cuando se encontraba de regreso de su tercer viaje.
El contenido de las mismas se complementa con los evangelios, Los Hechos y las demás epístolas no escritas por él, y el Apocalipsis – es decir con todo el resto del Nuevo Testamento – para darnos el cuadro completo de la revelación divina para la época actual de la gracia, más la predicción profética del final de los tiempos y la culminación del programa eterno de Dios.
Quizá una de las cosas que más resalta es lo Cristo céntricas que son todas sus epístolas. Aun en el tratamiento de los temas más prácticos de la iglesia – el orden en las reuniones, la disciplina, el funcionamiento de los dones, etc. – siempre encontramos entrelazado en todo ello el lugar absolutamente céntrico y preeminente de Jesucristo, el Eterno Hijo de Dios.
La forma repentina, radical y maravillosa en que se convirtió, se debió a la revelación directa de Jesucristo a través del fogonazo deslumbrante de Su luz admirable, y de oír Su voz que le hablaba de forna audible en su lengua materna.
Este comienzo tan singular y sobresaliente, sin duda sentó la base de su comprensión tan particular y especial de la plenitud infinita del Cristo de Dios, y del hecho de que en todo Él debía tener la preeminencia. (…para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud.) (Colosenses 1:18-19)
Esto está reflejado fielmente de una forma u otra en todas sus cartas, y guarda estrecha armonía con lo que David escribió proféticamente en el Salmo 40:7, y que resulta normativo en el orden de Dios en cuanto a las Escrituras:
“Entonces dije: He aquí, vengo;
En el rollo del libro está escrito de mí.”
Desde luego que, siendo un hombre que vivía en la plenitud del Espíritu Santo, él lo conocía personalmente como el Consolador que lo guiaba y capacitaba para cuanta empresa acometiese en la voluntad de Dios. Además de eso, él nos ha dejado en sus escritos más verdades y principios acerca de los dones del Espíritu Santo que ningún otro escritor de la Biblia entera.
Con todo, esto no le hacía desviarse en lo más mínimo, y siempre, bajo la inspiración del mismo Espíritu Santo, se ceñía a esa tónica clara e inequívoca del lugar céntrico de Cristo en la revelación de Dios.
La misma está fuertemente reforzada por los tres primeros versículos de Hebreos, que por su gran relevancia sobre el particular en que estamos, citamos íntegramente:
“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.”
Sea Pablo, sea Apolos, o quien fuere que haya escrito Hebreos, esto es determinante y confirmatorio de lo que venimos diciendo: el lugar preeminente que en la economía divina, Dios el Padre le ha querido acordar a Su Hijo amado.
En no pocos círculos de la iglesia universal, seguramente con el deseo de experimentar una mayor medida del poder del Espíritu Santo, se advierte que se le da una primacía que, a veces, hasta nos ha llevado a sentir que el Padre y el Hijo han quedado relegados en algo a un plano de menor importancia, aunque tal vez involuntaria o inconscientemente.
Sabemos muy bien que en el Trino Dios no hay ni habrá nunca ninguna rivalidad ni cosa semejante. Sin embargo, nos agradaría que muchos que, de una forma u otra se han deslizado hacia ese desequilibrio, pudieran aceptar el sano correctivo que, sobre el tema, nos dan las Escrituras. Y estamos convencidos de que esto no supondría de ninguna forma una merma o disminución del poder del Espíritu Santo en su servicio al Señor.
Pablo, el sacrificio vivo.-
“Os aseguro hermanos, por la gloria que de vosotros tengo en nuestro Señor Jesucristo, que cada día muero.” (1ª. Corintios 15:31)
Y ¿cómo no? – pasamos ahora a referirnos al enorme precio que Pablo debió pagar para constituirse, por la gracia del Espíritu Santo, en depositario y ministro de tamaño y variadísimo caudal de luz, verdad y revelación, como el que recayó sobre su pequeña y gran persona.
No debemos especular ni entrar en conjeturas en cuanto a qué o cuál haya sido lo que él llamó el aguijón de su carne. Baste decir que lo describió como un mensajero de Satanás para que lo abofetease, para comprender lo doloroso y cruel que debe haber sido.
No obstante, ese mismo mensajero de Satanás estaba sirviendo a los planes y propósitos de Dios para su vida.
Uno de ellos era el de protegerlo, o vacunarlo eficazmente, contra el envanecimiento, que ha sido la trampa en que tantos, a través de la historia, han caído para su ruina.
Otro también, y de la mayor importancia, era el de liberar una mayor medida del poder de Cristo, al establecer el circuito latente en la electricidad, por ejemplo, de brindarse él, como el polo negativo, carente de toda fuerza propia, al positivo de la omnipotencia del Cristo de Dios, al cual toda potestad le ha sido dada en el cielo y en la tierra. (Mateo 28:18)
No debemos dejar de apreciar también el inestimable valor y consuelo de la promesa del Señor: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.”(2ª. Corintios 12:9)
A pesar de lo duro y doloroso de todo lo que tenía que sufrir, había una gracia que le permitía sobrellevarlo con entereza y sin claudicar.
Pero, quizá por encima de todo, resalta la forma en que, al comprender estas tres cosas, él enfrentaba cada nueva prueba o debilidad que se le presentase.
“Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.”
“Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.” (2ª. Corintios 12: 9 y 10)
Cuando le llovían todas esas cosas, ¡en lugar de amilanarse y afligirse, las recibía de buena gana y se gozaba en ellas!
Quien esto escribe, ha conocido con el correr de los años, en alguna medida – por cierto que muy pequeña en comparación – el valor y la virtud del dolor y el sacrificio, en aras de una mayor unción, autoridad y gracia en el ministerio.
Sabiéndose como se sabe, sólo una pequeña hormiguita ante semejante gigante como Pablo, lo más que ha podido lograr es el mantenerse en firme resignación y fe en los momentos de prueba y dolor. Abrazarlo de buena gana y gozarse, como norma en cada adversidad, penuria o dolor, es algo que, francamente, por cierto que no lo ha podido alcanzar.
La única excepción es lo que ocurrió el día del entierro de un hijo querido, que falleció prematuramente y de forma trágica.
En esa ocasión, en que los deudos generalmente se sienten sumergidos en la mayor angustia, sin ninguna jactancia, y atribuyéndolo todo a la maravillosa gracia de Dios, pudo experimentar no sólo una profunda paz, sino también un gozo sobrenatural, como tal vez nunca antes había conocido.
Pero esta pequeña digresión, no debe de ninguna forma desviar nuestra atención del ejemplo tan noble, tan elevado y abnegado del amado apóstol Pablo.
Su trayectoria, tan clara y precisa en todo, y en especial en este terreno del sacrificio y de pagar el precio como parte esencial de la verdadera vida cristiana y del ministerio, da el más rotundo mentís a aquéllos que proclaman, en lo que es otro evangelio, un camino fácil y regalado, exento de sacrificio, pruebas y dolores.”
Aun cuando nuestra revisión de 1960 da espíritu con minúscula, creemos que sin duda Pablo se está refiriendo al Espíritu Santo, pues sólo Él puede dar sabiduría y revelación en el conocimiento de Jesucristo.
En consecuencia, nos encontramos otra vez con un nombre nuevo que no aparece antes, y en esta ocasión referido al Espíritu Santo.
La visión que se agranda y agiganta se extiende también así al Espíritu Santo. Evidentemente, Pablo había recibido un rico y abundante caudal de ese Espíritu, que le llenaba de fresca sabiduría y revelación en el conocimiento de Él – Jesucristo.
Movido por un gran deseo de comunicar a otros lo recibido de lo alto, ora en ese sentido y lo define con las palabras sencillas ya citadas, y que expresan con claridad lo que él indudablemente había recibido, y que ahora anhelaba que los amados efesios también lo recibiesen.
Desgranándolo un poco, se trataba y se trata, en primer lugar, de esa sabiduría límpida, clara y lógica que viene de lo alto, y está exenta de los vericuetos, las conjeturas, especulaciones y complejidades de la sabiduría terrenal.
¡Bendita sencillez de una total y candorosa dependencia de Dios y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento! (Colosenses 2:2-3)
Él es la sabiduría personificada, de la cual tanto se habla en los primeros nueve capítulos de Proverbios, y es, en síntesis, la sabiduría de Dios, según la concisa definición del mismo Pablo en 1ª. Corintios 1:24.
Cuando la misma se asienta en nuestra alma y llena nuestro pensar y rige nuestro vivir, se despejan las brumas de la incertidumbre y los temores, y una profunda paz, de la mano de una íntima satisfacción, invaden e inundan todo nuestro ser.
¡Cuánta sabiduría, viva y práctica a la vez, podemos y debemos absorber de Él, que es la fuente eterna! Y esto, a través del Santo Espíritu, comisionado para tomar de todo lo que es de Cristo y hacérnoslo saber, como Jesús mismo lo dijo en Juan 16:14.
Notemos, de paso, la clara y estrecha armonía de lo que Pablo ha vivido y está pidiendo para los efesios, con lo que Cristo mismo anticipó que sería una de las muchas benditas funciones de Espíritu Santo.
Segunda petición.- (a)
“…para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado.” (1:18)
Esta petición que sigue va precedida de algo muy importante:
“…alumbrando los ojos de vuestro entendimiento.”
Aunque con respeto a la revisión de 1960 y otras que, al igual que ella, traducen “vuestro entendimiento”, debemos señalar que lo que Pablo escribió no fue eso, sino “los ojos de vuestro corazón.”
Esto es fácilmente verificable hoy día, en los cuales tenemos a nuestra disposición versiones del original griego, el Nuevo Testamento interlineal griego-castellano, y otras fuentes afines.
En todas ellas figura “los ojos del corazón” (kardías). Los traductores, evidentemente considerando que anatómica o fisiológicamente hablando, el corazón no tiene ojos, han optado por poner “vuestro entendimiento.”
No obstante, es una verdad absolutamente comprobada que las cosas de Dios, si bien tienen que ser claramente entendidas por la mente – es decir, el entendimiento – primero deben penetrar por el conducto del corazón.
El mismo necesita imprescindiblemente ser iluminado por esa luz celestial del Espíritu Santo, que disipa las tinieblas que impiden que las cosas invisibles y eternas se vean con claridad y se reciban y absorban.
Cuando esto no sucede, aunque se las capte por el proceso del razonamiento mental, resultará algo estéril, puesto que no ha llegado ni se ha arraigado en el corazón, del cual mana la vida, como tantas veces hemos dicho y escrito, citando Proverbios 4:23.
Ahora bien, tras esta aclaración, que consideramos muy necesaria, pasamos a considerar la segunda petición, en su primera parte.
“…para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado.”
Antes de entrar en una vida nueva en Cristo, todos estábamos sin esperanza y sin Dios en este mundo. (Efesios 2:12)
De veras que ésta era una condición lamentable y muy peligrosa, con el grave riesgo de desembocar en la perdición eterna de nuestra alma.
Para nuestra inmensa bienaventuranza, al amanecer la luz de la verdad divina en nuestro ser, todo eso cambió, y nació una esperanza nueva y bendita.
La misma, como alguien ha dicho con mucho acierto, al igual que todas las cosas de Dios, es algo así como una de las muchas estrellas que brillan por la noche en el firmamento.
En un principio – quizá a los cuatro o cinco años de edad – la vemos por primera vez como un hermoso punto muy lejano, el cual con su titilar tan llamativo nos atrae y fascina.
Más tarde, tal vez como adolescentes, con el ánimo de saber más de ella y las muchas otras que la rodean, nos procuramos o pedimos prestado un pequeño telescopio portátil.
El mismo amplía considerablemente nuestra visión, y ahora la vemos mucho más grande, y comenzamos a percibir que dentro de ella hay mucho que antes no veíamos, pero que ahora comenzamos a distinguir, aunque sólo en forma parcial.
En una etapa más avanzada, digamos a los veinte o veinticinco años de edad, llevados por esa misma inquietud de ver y saber más de ella, nos trasladamos a un observatorio, desde el cual, con la ayuda de un telescopio moderno, podemos contemplar esa misma estrella, tan pequeña, pero ahora la vemos con una visión inmensamente más amplia.
Así descubrimos que ese pequeño punto que en nuestra niñez veíamos titilar en el cielo nocturno, es en realidad una esfera enorme, tal vez mayor que el planeta tierra en que vivimos. Asimismo, nos percatamos de que está llena de fuego y de luz, que en una actividad interior constante irradian calor y luz a una vasta región del espacio. Por estar tan alejada de nosotros, su calor no nos llega ni afecta, pero en cambio su luz se percibe en la forma de esa estrellita que titila en la noche despejada, como si quisiera llamarnos la atención, e impulsarnos a interesarnos y a inquirir más sobre ella.
Así es la esperanza a la cual Él nos ha llamado. En un principio, con lo grandiosa y hermosa que es, sólo la vemos con la estrechez de no comprender mucho más que el hecho de que somos salvos, hemos sido perdonados, y tenemos vida eterna.
No obstante – dado, claro está, un crecimiento adecuado y la debida avidez de corazón – comenzamos más tarde a visualizar horizontes mucho mayores, en términos de nuestra rica herencia en Cristo Jesús en la vida presente y también en el más allá.
Posteriormente, forjados y madurados al pasar por la fragua del sacrificio y del dolor, como así también por luchas y triunfos, esfuerzos y desvelos, bendiciones y fruto que han ido jalonando el derrotero, la visión se agranda cada vez más.
Así, sobre la base de lo que se ha concretado en lo ya recorrido, se aprecian con más claridad las profundidades de las riquezas con que ya contamos ahora, en el presente. Y desde ese trampolín, y valiéndose de lo mucho que las Escrituras nos anticipan, nuestra imaginación se proyecta al más allá, avizorando bienes sin par y dichas indecibles y eternas que nos aguardan.
Todo esto seguramente que estaba en la comprensión y el anhelo de Pablo al orar en esos términos, sabedor del enorme beneficio que les reportaría a sus amados hijos espirituales en Éfeso.
El mismo beneficio, por extensión, también nos puede y nos debe alcanzar a todos nosotros, al igual que todos los demás que se desprenden, tanto de esta oración en que estamos, como en la siguiente, que se encuentra en el tercer capítulo de Efesios.
Como algo importantísimo, subrayamos a esta temprana altura, que al volcar estas oraciones en el texto de la epístola, el Espíritu Santo, a través de la pluma de Pablo, ha querido hacerlas extensivas a todos los santos, según consta expresamente en 3:18.
Por lo tanto, la postura y disposición de quienes quieran disfrutar de las bendiciones y riquezas de esta oración y la siguiente, ha de ser en primer lugar el vivir de blanco, en pureza y santidad, y también la de incluirse, y sumergirse en el torrente de las mismas, a fin de apropiarlas por la fe, y permitir que se vayan gestando y reflejando, tanto en la visión y el carácter, como en la vivencia práctica.
Segunda petición (b)
“…para que sepáis…cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos.”
La impresión que hemos recogido, en general, es que la mayoría de los creyentes no llegan a comprender bien el verdadero alcance de esto, quizá por no prestar la debida atención, o por no leer el versículo detenidamente.
En realidad, la primera parte que ya hemos visto – que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado” – se refiere a lo que nosotros, los redimidos, tenemos en Cristo.
En cambio, la segunda en que estamos, a lo que Cristo ha logrado y tiene en nosotros. Es muy importante que esto se comprenda bien.
Llama la atención la forma en que Pablo, al describir esto último, se desborda en calificativos – “las riquezas de la gloria de su herencia” – casi dando a entender que Él – Cristo – ha alcanzado y logrado más en nosotros, que nosotros en Él! – si es que semejante cosa puede ser de alguna manera concebible y posible.
Vayamos por partes para visualizarlo mejor. En el pasaje de Proverbios 8:22-31 se nos presenta a Cristo, como la sabiduría total y cabalmente personificada. De inmediato se desprende del pasaje la eternidad de Cristo, y Su rol preponderante junto al Padre en toda la estupenda y asombrosa creación del universo.
No obstante, el versículo 31 afirma:
“Me regocijo en la parte habitable de su tierra; y mis delicias son con los hijos de los hombres.”
Es decir, que por encima de las maravillas de los abismos y los collados, la grandeza de las aguas de los mares y los océanos, y todo el resto de la creación, Su deleite estaba y está con el género humano, que es en realidad la pieza favorita de toda Su creación. Y actualmente, como resultado de la caída, Su infinita misericordia se inclina todavía más hacia el hombre y la mujer perdidos, muertos en delitos y pecados, y tremendamente necesitados del favor divino.
Hebreos 10:5 nos brinda el siguiente eslabón:
“Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo.”
A ese Cristo eterno, lleno de compasión y misericordia para con la humanidad perdida, Dios le preparó y dio un cuerpo de carne, hueso y sangre. Esto le permitió venir a “la parte habitable de su tierra” para identificarse con dicha humanidad perdida, y derramar sobre ella todo ese caudal de amor, gracia y favor divino durante Su ministerio terrenal, y sobre todo, en la consumación de la redención en el escenario del Calvario.
Pero una vez resucitado y ascendido, para que pudiese dar un cauce aun mayor a ese caudal infinito e inagotable, el Padre le preparó un segundo cuerpo.
El primero, como ya hemos visto, fue el cuerpo humano en el cual se encarnó como Jesús de Nazaret, según se le solía llamar. El mismo, totalmente exento de enfermedad y contaminación, se prestó idealmente tanto para Su ministerio terrenal durante unos tres años, como para constituirse en la ofrenda todo suficiente para nuestra redención. (Hebreos 10:10)
No obstante, la humanidad que asumió le impuso las limitaciones de la misma, tanto en función de tiempo como de espacio. En efecto: sólo podía estar en un lugar a la vez, y durante el breve tiempo de Su vida terrenal.
Mas una vez ascendido, y para que ese torrente infinito pudiese seguir fluyendo en raudales más copiosos aun, Dios el Padre le preparó un segundo cuerpo.
Para designarlo con propiedad lo debemos llamar, no el cuerpo de Jesús, como algunos inadvertidamente tal vez lo puedan llamar, sino el cuerpo de Cristo, tal y cual se lo llama en 1ª. Corintios 12:27.
Este segundo cuerpo es una concepción asombrosa y maravillosa del genio divino, que le permite a nuestro amado Señor trascender las barreras de espacio y de tiempo, y seguir derramando Su amor y Su gracia multiforme en una gran variedad de lugares al mismo tiempo, y continuar haciéndolo de esa forma hasta que el tiempo ya no sea más, y hayamos llegado a la eternidad futura.
Así, tenemos millares y millares de hombres y mujeres redimidos, otorgados por el Padre al Hijo amado, como un precioso regalo, para llevar adelante esta causa tan gloriosa. Y el Cristo de gloria se reencarna (ver nota aclaratoria mas adelante) en todos ellos, y lo seguirá haciendo, y, a través de ellos, continúa y continuará derramando de ese caudal infinito e inagotable de Su amor, gracia y misericordia.
Para comprenderlo mejor, pensemos en los muchos siervos y siervas excelentes de los cuales tenemos conocimiento, bien por haberlos conocido, por haber oído acerca de ellos, o leído sus biografías. Agreguemos a ellos los muchísimos más que a través de los siglos le han servido con sacrificio, tesón y abnegación, y los millares y millares que se encuentran haciéndolo en el mundo entero en la actualidad, a los cuales nunca hemos conocido. Y todavía sumemos a ellos los muchos héroes y mártires del pasado, y los muchos que hoy día están siendo perseguidos, encarcelados y aun torturados y muertos en países hostiles por causa del evangelio.
(*) No se nos pasa por alto que este verbo reencarnar podrá ser cuestionado u objetado por algunos. Por lo tanto, aclaramos que no le estamos dando de ningún modo la acepción corriente en la falsa enseñanza de la reencarnación. En cambio, lo hacemos en el sentido de que por Su Espíritu Él vive en nosotros – es decir que se vale de nuestros cuerpos, tal como Pablo mismo lo expresa en Gálatas 2:20 “…ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.”
Nos encontramos así con un cuadro de sumamente vastas proporciones, que se extiende desde los albores del cristianismo hasta el presente, y que ha de seguir hasta el final de los tiempos.
Así entendemos por qué Pablo se desborda, al definirlo como “las riquezas de la gloria de su herencia en los santos.”
Jesús también expresó lo mismo de forma ligeramente distinta en Su gran oración de Juan 17, al decir en el versículo 6 “He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran y me los diste.”
Debemos, pues, tomar plena conciencia de este hecho maravilloso que volvemos a subrayar: somos un regalo, y muy precioso por cierto, que el Padre le ha dado al Hijo de Su amor. Y al hacerlo, tener muy presente tanto la definición de Pablo “… su herencia en los santos”, como las palabras de Jesús en cuanto a que “…han guardado tu palabra.”
Estar plenamente conscientes de este hecho glorioso y bendito – que somos parte de la gran herencia que el Padre le ha legado al Hijo, presupone desde luego el vivir en absoluta transparencia como verdaderos santos, y guardar cumplida y cabalmente la palabra de Dios.
Segunda petición (c)
“…y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquél que todo lo llena en todo.”(1:19.23)
Aquí Pablo sondea profundidades y se remonta a alturas que casi trascienden los confines de nuestra imaginación.
En realidad, nuestra subdivisión en 1ª. y 2ª. petición, y ésta a su vez en varias partes, no tiene por qué necesariamente ser así. Responde en algo al orden gramatical, (excepto la parte final del versículo 17) por tratarse de una larga oración formada por varias cláusulas consecutivas.
También se lo podría ver todo, como una sola gran oración escalonada y progresiva, que nos lleva a la cima de la culminación del versículo 23 en que finaliza.
Pero sigamos, tomando los versículos 19 y 20, en los cuales salta a la vista la forma en que Pablo otra vez se desborda en calificativos, ahora en cuanto al poder de Dios en la resurrección de Cristo.
“…y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza.”
Esto llama poderosamente la atención, porque en realidad la resurrección de Cristo era inevitable, según Pedro lo afirmó el día de Pentecostés, al decir:
“…al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella.” (Los Hechos 2:24)
Todos los demás que habían muerto, lo habían hecho como víctimas del pecado, por la sentencia claramente establecida por Dios: “el alma que pecare morirá.”
No así Cristo, Quien nunca conoció pecado. Esto de hecho le quitó a la muerte todo poder, derecho o autoridad sobre Él, y una vez cumplidos los fines de Su muerte, Su resurrección vino a ser un hecho inevitable. Por así decirlo, levantarlo a Él de entre los muertos era como levantar un peso pluma.
¿De dónde, pues, esta aparente contradicción, al referirse Pablo con tanto énfasis al poder desplegado por el Padre de gloria en esa ocasión?
Creemos que la clave está en sus palabras “…la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos.”
Esto lo debemos hilar con Efesios 2:5-6
“…nos dio vida juntamente con Cristo…y juntamente con él nos resucitó.”
Ésta es la verdad gloriosa de que se trataba no solamente de la resurrección de Cristo, sino también de la de todos nosotros en Él.
En el Antiguo Testamento, de alguna forma esto se nos anticipaba ya en Oseas 6:2
“Nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él.”
Y esto explica la razón por la cual se nos hable de “la supereminente grandeza de su poder”, seguido inmediatamente por las palabras “para con nosotros los que creemos.”
Levantar a toda esa multitud incontable, que incluye los muertos en la fe desde Abel, el primer mártir, hasta todos los santos de todos los tiempos desde entonces, significó levantar un peso fenomenal. Al hacerlo, el Padre de gloria sacó a relucir toda la omnipotencia de Su ser todopoderoso, al erguirse como una grúa gigantesca y colosal, alzándolo todo desde el lugar de los muertos, para elevarlo a las mismas alturas de Su trono celestial.
Los santos de esta dispensación de la gracia, al igual que todos los anteriores del régimen antiguo, en nuestra condición natural estábamos muertos en nuestros delitos y pecados. (Efesios 2:1)
El Dios que mora en la eternidad, y que de ninguna forma está condicionado por limitaciones de tiempo o espacio, en esa resurrección de Cristo nos levantó a todos de un solo golpe, categórico, formidable y definitivo.
En nuestra estrecha comprensión vemos a éste convertido y salvado ayer, aquel otro el mes pasado y aquel tercero hace ya años, etc.
Verdad es que el desenvolvimiento práctico de las cosas se nos presenta así. No obstante, Dios funciona de otra forma, no “a puchitos,” si se nos permite expresarlo así, sino todo de una sola vez, de forma terminante y absoluta.
¡Qué gloria maravillosa! Ese primer Domingo de Pascua ya resucitamos juntamente con Él, y, además, ahora estamos de camino a entrar en otra gloria que el Padre ya ha preparado y operado a favor nuestro, y que Pablo nos anticipa en Efesios 2:6 – a estar sentados en los lugares celestiales con Cristo Jesús.
El gran clímax final.-
“sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquél que todo lo llena en todo.”(1:20b-23)
En esta culminación tan superlativa, Pablo, que, como ya hemos visto, ya ha estado viendo ampliada y engrandecida su visión del Padre y del Espíritu Santo, nos hace ver que lo propio ha estado sucediendo con su visión del Cristo de Dios.
En efecto: lo ve ensalzado muy por encima de todo otro ser, aunque en esto debemos recordar la excepción que él mismo nos da de Dios el Padre, que es Quien lo ha resucitado, elevado y glorificado. (Ver 1ª. Corintios 15:27-28)
Al definir todo otro ser, otra vez se desborda en calificativos: “sobre todo principado, autoridad, y poder y señorío y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo sino en el venidero.”
Es decir, que están incluidos todos, absolutamente todos, tanto los habidos como los por haber.
Como algo – quizá de paso, pero muy significativo – ésta es la única mención que hace en esta oración de principados y potestades. (En la del capítulo 3, ni los nombra) Y no lo hace para reprenderlos, luchar contra ellos o destronarlos, sino para declarar que ya están debajo de Él, sometidos bajo Sus pies.
Como Pablo mismo nos dice en Colosenses 2:15, en la victoria total del Calvario, Jesús ya los despojó, y exhibiéndolos públicamente, triunfó sobre ellos en la cruz.
Por lo tanto, el único poder, lugar o derecho que pueden tener sobre un verdadero hijo de Dios, es el que se les dé por desobediencia, pecado, o salirse de la voluntad de Dios. (Ver 1ª. de Juan 5:18)
Pero hecha esta salvedad, y retomando el hilo de la exaltación de Cristo, y la visión de Él que se agiganta en Pablo, vemos al Señor como cabeza de Su iglesia.
Pablo era consciente de los fallos y las deficiencias que eran notorias, sobre todo en algunas de las iglesias locales. No obstante, en esta visión global que la abarca toda, tanto en la función de espacio o lugar, como en la de tiempo, la ve como el cuerpo total y pleno de Cristo.
Como tal, es nada menos que esa plenitud infinita e inconmensurable “de Aquél que todo lo llena en todo” – una plenitud tan indescriptible que desborda por todos lados, llenándolo todo, sin dejar huecos ni vacíos en ninguna parte.
Y esa llenura total y absoluta es la que, en la consumación del programa de Dios, habrá de vernos a todos cuantos formamos parte de ese cuerpo de Cristo tan glorioso, impregnados en forma total de Él, en el más amplio sentido que se pueda concebir.
Ya no ha de verse nada de lo viejo, lo malo o lo sucio. Todo, absolutamente todo, se hallará saturado del Cristo amado del Padre, en toda Su gracia, gloria y esplendor.
En ese punto sí podremos decir los que somos verdaderamente Suyos: “Por fin hemos llegados – somos totalmente a Su imagen y semejanza.”
¡Y qué gloria, estupenda y sublime, será ésa!
– – – – – – ( ) – – – – – –