DERECHOS RESERVADOS.- 

NUEVAS COSECHAS DE ANTIGUAS VERDADES.

TERCERA PARTE

ÍNDICE 

CAPÍTULO 1.- 1a. Tesalonicenses 1. -CAPÍTULO 2.- 1a. Tesalonicenses 2 (a) CAPÍTULO 3.- 1a. Tesalonicenses 2 (b)

CAPÍTULO 1.-  1a. Tesalonicenses 1.-

Se considera que es la primera epístola escrita por Pablo, estimándose como la fecha más probable el año 54 de la era cristiana. El relato de cómo nació la iglesia en Tesalónica, consignado en Los Hechos 17: 1-9 nos resulta de mucha importancia para comprender mejor esta epístola. Todo indica que el tiempo que Pablo estuvo allí fue de solamente tres semanas, en las cuales predicó en la sinagoga los días Sábados en que se reunían. El resultado de esa predicación fue que se convirtió un gran número de griegos piadosos, y además mujeres nobles no pocas, según consta en el versículo 4b. 

  Evidentemente, después del primer Sábado,  durante la semana, Pablo, acompañado por Silas debe haber  compartido mucho todo el tiempo que las circunstancias permitieran, exhortándoles, enseñándoles y fortaleciéndoles en la fe que de forma tan reciente habían abrazado.

Como en tantas otras ocasiones, llenos de celos, los judíos que no creían  levantaron una fuerte persecución. Llama la atención sobremanera las primeras palabras que pronunciaron a gritos al acusarlos ante las autoridades de la ciudad:- «Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá.»

Debemos comprender que con anterioridad inmediata Pablo y Silas habían padecido mucho en Filipos, pero aún así fueron muy valientes en predicar igualmente con denuedo en Tesalónica. Decimos esto, porque para ese resultado tan propicio y poderoso, debe tenerse en cuenta que habían pagado el precio, con tanto padecimiento y persecución. De todos modos, les valió la distinción de ser calificados de ser los que trastornan el mundo entero. Por cierto que esto nos hace sentir diminutamente pequeños.

En cuanto a Pablo, no debemos olvidar lo que el Señor le anticipó a Ananías, cuando le instó a ir  a imponerle las manos y orar que recobrase la vista. Después de  decirle que era un instrumento escogido para llevar Su nombre, agregó: «Porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre.» (Los Hechos 9: 16)

Pasamos ahora a comentar la  epístola en sí, y notamos en primer lugar que además de Silas, que lo acompañó en el encarcelamiento en Filipos, menciona a Timoteo como un segundo acompañante. Vemos que en Su gran misericordia y comprensión, el Señor dispuso que Timoteo, siendo muy joven para afrontar el sufrimiento que le tocó a los dos apóstoles, no permitió que tuviera que padecer juntamente con ellos.

En la salutación inicial notamos la palabra gracia (no podía faltar!) Ya hemos puntualizado que en todas sus epístolas la encontramos al principio y al final, como así también entrelazada en la trama del texto, como denotando que todo empieza por gracia, continúa de  la misma forma y concluye también por gracia.

Sin querer entrar en controversia, la única excepción la encontramos en el principio de Hebreos, que contra la opinión de algunos, creemos que fue escrita por él.

De todos modos, la sencilla explicación es que el fue un depositario superlativo de la gracia divina, lo cual lo impulsaba a hacer un uso tan frecuente de esa palabra tan preciosa. No nos equivocamos en decir  que él la empleó más que ningún otro escritor del Nuevo Testamento.

En los versículos 2 y 3, emplea el verbo en el plural, lo que nos da a entender que en lo que sigue participaba también Silas y seguramente asimismo el joven Timoteo. Afirma que los recordaban siempre delante del Señor con mucha gratitud, señalando tres virtudes encomiables de estos queridos nuevos convertidos:- el obrar de su fe, el trabajo de su amor y su constancia.

Nos limitamos a decir que si bien no somos salvos por obras, evidentemente la fe, si es genuina,se ha de concretar en obras, tal cual se nos señala en Santiago 2: 22.

Igualmente, el amor no es algo pasivo, sino una fuerza propulsiva que se exterioriza en labores propias del reino del amor.

Y desde luego la constancia es una virtud excelente, que debiera encontrarse en todo verdadero hijo de Dios. La falta de ella sólo puede conducir, a la larga, a una decadencia espiritual mu peligrosa. Cuidemos bien de que no nos falte el ser constantes en todo lo atinente al reino imperecedero y eterno. Seguidamente Pablo pasa a expresar la seguridad  de la elección de los tesalonicenses. No comentamos sobre este particular porque ya lo hemos hecho más de una vez en obras anteriores – sólo repetimos resumiendo en dos palabras, por así decir- la elección de Dios es según su presciencia o conocimiento anticipado.

La ministración del evangelio entre los tesalonicenses, como vemos en el versículo 5, no fue por cierto en palabras solamente, sino en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre – otra vez un  trío de verdades y virtudes cardinales.

Pablo concluye el versículo diciendo «…como bien sabéis cuáles fuimos entre vosotros por amor de vosotros.» Ostentaban las verdaderas credenciales de todo auténtico siervo de Dios, de las cuales nos ceñimos a señalar tres – una conducta intachable, amor desinteresado y fe acompañada de la plenitud del Espíritu.

Ese ejemplo de Pablo, Silas y Timoteo reprodujo según su género, si cabe la frase. Efectivamente,, en el versículo 6 leemos que los queridos tesalonicenses vinieron a ser imitadores de ellos y del Señor mismo, recibiendo la palabra en medio de gran tribulación, y esto con gozo del Espíritu Santo.

Qué maravillosa manifestación del poder de Dios para transformar vidas por el poder del evangelio! Todo el pasaje que se extiende hasta el versículo 9 está lleno de verdades que lo atestiguan, a la par que demuestran qué tierra fértil habían resultado estos amados tesalonicenses. Tomemos los puntos principales.

1) Habían sido ejemplo a los que habían creído en toda la amplia zona de Macedonia, y también en Acaya, situada al Sur.

2) Partiendo de ellos la palabra del Señor se había proclamado no sólo en Macedonia y Acaya. En todo lugar – no sabemos exactamente el verdadero alcance de esto -la fe de ellos se había extendido.  

3) De este modo, Pablo y sus dos acompañantes no tenían necesidad de decir nada; todos los demás lo tenían delante de sí digamos, como evidencia cierta e incuestionable.

4) Y el resultado habla de por sí  con toda elocuencia.  Habían recibido a los siervos de Dios y su palabra, abrazándola de todo corazón. En su ignorancia anterior tenían  sus ídolos, pero ahora los habían dejado atrás por completo, pasando a servir al Dios vivo y verdadero.

5) Y no sólo esto – ahora tenían una nueva y gloriosa esperanza – aguardar al amado Señor que había muerto y resucitado por ellos – Jesús, Quien los había librado de la ira venidera.

Creemos que es un modelo precioso y perfecto del obrar auténtico de Dios, conjugándose con otros dos factores o requisitos imprescindibles a saber, siervos dignos de verdad y tierra fértil donde la palabra divina puede germinar favorablemente.

Como punto final sobre este breve pero muy sustancioso primer capítulo, debemos señalar que, al igual que los cuatro siguientes, concluye con la segunda venida. Un tema glorioso, que siempre se encontraba en el corazón y la visión de la iglesia primitiva, en los días de su máximo esplendor.

Creemos que es algo que la iglesia en general debe recuperar – ´Maranatha – ven pronto Señor Jesús! 

– – – – – – ( ) – – – – – –

CAPÍTULO 2-

La 1a. epístola de Pablo a los Tesalonicenses (b)

 En este segundo capítulo de la epístola , Pablo en cierto modo recapitula la entrada del evangelio a Tesalónica y al hacerlo nos da un riquísimo legado de verdades y principios propios del evangelio.

Después de señalar que su visita – la de él juntamente con Silas y Timoteo – no había sido en vano, les recuerda que tras haber sido maltratados y ultrajados en Filipos, igualmente, apoyándose con denuedo en el Señor, les anunciaron el evangelio en medio de gran oposición.

Lo que sigue a continuación nos brinda una relación amplia y veraz de lo que es un auténtico siervo o sierva del Señor. Ya en el versículo 2 tuvimos la faceta de valientes de verdad, que en medio de gran persecución no se amilanan, sino que valerosamente cumplen con la misión que les ha sido encomendada de proclamar las gratas nuevas de salvación.

Ya anteriormente en Los Hechos 15: 26 se habla de  Pablo y Bernabé como «hombres que han expuesto su vida por el nombre de nuestro Señor Jesucristo.» Lo mismo puede decirse ahora de Silas.

Aun cuando, por ahora por lo menos, no nos ha tocado el honor de exponer la vida por el  Señor, debemos desde luego ser valientes en muchos otros sentidos, menos heroicos o gloriosos tal vez, pero igualmente importantes. Entre otras cosas, podemos pensar en ser valientes obrando con limpieza, cuando en el trabajo, por ejemplo se nos pide que hagamos algo que no es limpio, o bien que no es honrado o que supone enredarse con una mentira de alguna manera.

Tengo presente el caso de un hermano mío en la carne y en el Señor, cuando hace muchos años se desempeñaba en un cargo de secretariado, con tareas, entre otras, la de redactar cartas en inglés y mecanografiarlas – en aquellos tiempos el ordenador y toda la tecnología actual eran desconocidos!

El gerente, que a menudo le dictaba cartas,  sabía que mi hermano no consentía en ser partícipe de algo que supusiera una mentira. A veces quería decir en sus cartas cosas que no eran estrictamente verdad. No obstante, sabedor de los escrúpulos de conciencia de Ronaldo – que así se llamaba y se llama – vacilaba un poco, y luego, buscando conciliar las dos cosas – lo que él quería decir pero sin contrariar los principios de Ronaldo, vacilaba un poco, diciendo «…a ver, ¿cómo podemos decir esto….? (1)

Otras virtudes propias de los verdaderos siervos y siervas se desprenden del versículo 3. La primera es la de una enseñanza y exhortación exenta de error.

En Juan 16: 13 el Señor Jesús dijo: «Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad…»

Aun cuando puede haber diferencias en algún detalle dentro de la vasta gama de la enseñanza, el verdadero siervo siempre traerá en los aspectos fundamentales la verdad clara y limpiamente trazada.

A renglón seguido se mencionan dos cosas harto evidentes, y que sólo han de aparecer en quienes no son por cierto de los verdaderos y auténticos – la impureza y el engaño.

Y a partir del versículo 4 y continuando hasta el 10, tenemos una buena lista de virtudes excelentes que ostentaba Pablo, y también sus acompañantes, teniendo en cuenta que en todo esto siempre emplea el verbo en el plural.

Tomémoslas, una por una. La primera es la de haber sido aprobados por Dios para que se les  confiase el inmenso privilegio de ser portadores del evangelio. No dejamos de  valorar por  cierto el lugar del instituto bíblico, siempre y cuando sólo inculque la enseñanza dentro de los parámetros bíblicos, sabiendo que tristemente hay aquellos en que el liberalismo, la alta crítica y demás proliferan por doquier.

Muchos años ha, mi fallecida esposa y un servidor, bastante antes de haber contraído el matrimonio, hicimos un curso en un  centro de enseñanza bíblica. No obstante,  a pesar de haber sacado buenas calificaciones en los trabajos por escrito que tuvimos que presentar, en verdad no salimos aprobados por el Señor para que se nos confiase el evangelio. Sí, habíamos predicado al aire libre, enseñado y predicado en algunas congregaciones  y testificado en la obra de evangelismo personal – pero todavía nos faltaba mucho.  Sólo el trato personal del Señor moldeándonos a través de experiencias de las más variadas, y esto a través de unos buenos años, pudo lograr que al final pudiésemos salir como obreros aprobados.

Lo que quiero significar en todo esto es que el hecho de haber cursado estudios bíblicos y aprobado exámenes no necesariamente lo convierte a uno en un obrero aprobado. Es por supuesto una buena aportación el prodigarle al estudiante un buen caudal de enseñanza bíblica. Pero al final de cuentas el que realmente aprueba es el Señor mismo, y esto más que de cursar estudios bíblicos y adquirir buenos conocimientos, se trata de de pasar por la escuela del Maestro de los maestros, digámoslo así. Él y sólo Él sabe como ningún otro la mejor forma de tratar, humillar, enseñar y equipar a fin de formar el carácter y la vida de un verdadero siervo Suyo.

En el mismo versículo 4  Pablo agrega «…así hablamos, no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones.»

Cuando a uno de veras se le ha confiado el evangelio, la responsabilidad ante el Señor es muy grande. No se debe de ninguna manera transigir «para quedar bien» agradando a los hombres.

Las palabras finales del versículo – «…quien prueba nuestros corazones» por cierto que calan muy hondo. En Hebreos 4: 12b leemos que la palabra de Dios discierne los pensamientos y las intenciones  del corazón,» tras lo cual en el versículo siguiente se añade: «y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.»

Son sin duda palabras que deben tomarse muy seriamente, y que nos deben llevar a un sano y saludable temor y temblor delante del Altísimo.

Seguidamente en el versículo 5, Pablo, siempre poniendo el verbo en el plural, asevera que Dios era testigo de dos            cosas elementales pero asimismo muy importantes. La primera de ellas, que no usaron palabras lisonjeras, las cuales evidentemente son propias de los falsos, y no de los genuinos siervos del Señor.

Y la segunda, que no encubrieron avaricia, es decir la intención de que se les diera dinero por los servicios prestados. Es lo que solemos llamar amor desinteresado, que sirve sencillamente por amor y sin la segunda intención de ser recompensado económicamente.

No obstante, en el siguiente versículo Pablo . agrega algo que merece que lo comentemos en detalle. «…ni buscamos gloria de los hombres; ni de vosotros, ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo.» 

Sirviendo al Señor como lo hacían, naturalmente tenían gastos de viaje y para sus necesidades personales. Tenían el derecho de que eso se reconociese y se les diese por lo menos lo suficiente para cubrir esas dos necesidades – la derivada de sus viajes y las personales, como alimento y hospedaje.

  Incluso debemos recordar que el mismo Señor afirmó en Lucas 10: 7 «que el obrero es digno de su salario.» lo cual, para mayor abundamiento, en 1a. Corintios 9: 14 Pablo lo rubrica al escribir «Así también ordenó  el Señor a los que anuncian el evangelio que vivan del evangelio.»

Entendemos que lo correcto es que ese principio establecido por el Señor se tenga en cuenta y sea puesto por obra. No obstante, el verdadero siervo del Señor nunca habrá de reclamarlo ni recordárselo a quienes les esté ministrando. Si se olvidan de hacerlo o bien las circunstancias no lo permiten – como por ejemplo muchas veces pasa en congregaciones de gente muy humilde, que apenas si llegan a cubrir sus gastos de alquiler del local de reuniones – entonces el siervo consciente y correcto no habrá de decir nada, sino confiar en el Señor, a Quien sirve y no a los hombres, sabiendo que Él será fiel para recompensarlo por sus labores cuándo y cómo lo vea indicado.

En los dos versículos siguientes – el 7 y el 8 – Pablo no sólo da a entender que de ninguna manera habían hecho uso de ese derecho que en realidad tenían, sino que pasa a manifestar el amor tan entrañable que sentían por esos nuevos convertidos de Tesalónica. 

«Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura sus propios hijos. Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos.»

Una expresión de amor singularmente entrañable y profunda.

¿Será que al padecer tanto al engendrar estos hijos espirituales, sería algo así como una madre normal siente tanto cariño por la criatura que ha dado a luz con sus muchos dolores de parto?

¿O será que el bendito amor del Crucificado, que dio Su vida por nosotros Sus amados, se había comunicado por la gracia del Espíritu  a ellos, los dignísimos apóstoles Suyos? Pensamos que las dos cosas caben, tal vez la segunda derivada de la primera.

Pero además ese amor tenía un aspecto muy práctico, a la  vez que sacrificado y noble.

«Porque os acordáis, hermanos, de nuestro trabajo y fatiga; cómo trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el evangelio de Dios.»

El trabajo para costearse todos sus gastos y necesidades, sería el de hacer tiendas. Además de la instrucción intelectual, la costumbre entre el pueblo judío era que cada uno aprendiese también un oficio manual. El de Pablo, que como hemos dicho era de hacer tiendas, lo tenemos consignado en Los Hechos 18: 2-3, donde vemos que lo hacía juntamente con Aquila  Priscila.  Es muy posible que Silas, que también era judío, haya aprendido el mismo oficio con anterioridad, y podemos vislumbrar al joven Timoteo aprendiéndolo allí mismo en Tesalónica, bajo la tutela de Pablo.

De todos modos, lo que se desprende de todo esto es el esfuerzo y sacrificio enorme que todo esto demandaba. Por cierto que no se trataba de una vida fácil ni regalada, sino todo lo contrario. No obstante, como eran emisarios auténticos de un Dios fiel y consecuente, no dudamos que recibirían una gracia sobrenatural para sobrellevarlo airosamente.

  Como todavía falta bastante en este extenso segundo capítulo de la epístola, y para que el presente capítulo nuestro no se alargue en demasía, desglosamos, pasando a tratar la otra mitad en el siguiente.

– – – – – – ( ) – – – – – –

CAPÍTULO 3

1a. Tesalonicenses 2 (b)

En los versículos 10 y 11 Pablo, siempre poniendo el verbo en el plural, les vuelve a señalar la forma ejemplar e intachable en que se habían comportado durante las tres semanas en que habían estado con ellos en Tesalónica.

 Esto de ninguna manera debe interpretarse  como una muestra de auto alabanza. Había dos razones importantes. La primera es que sin duda los nuevos convertidos tesalonicenses iban a modelar sus vidas según el ejemplo de ellos – Pablo, Silas y el joven Timoteo.

  De hecho, en el versículo 12 que sigue inmediatamente, vemos que les habían exhortado en ese sentido: «…y os encargábamos que anduvieseis como es digno de Dios, que os llamó a su reino y gloria.» 

Y la segunda razón, también muy poderosa y además de largo alcance, es que el Espíritu Santo, sabedor por anticipado que esta epístola iba a formar parte de las Sagradas Escrituras, se encargó de que Pablo delinease las verdaderas credenciales de los auténticos siervos y siervas del Señor.

Esto ya se había hecho en oportunidades anteriores, tanto por la enseñanza del mismo Señor Jesús en los evangelios, y la oral de Pablo, Pedro y los demás apóstoles en muchas ocasiones anteriores. 

No obstante, sabemos que la repetición reiterada de verdades capitales y cardinales, es una norma que el Espíritu Santo, muy sabiamente por cierto, se ha encargado de que no falte en todo lo largo de la Santa Biblia.

Pero volvemos atrás a los versículos 10 y 11 en que Pablo habla de la conducta de ellos durante esas tres semanas aproximadamente en que estuvieron en Tesalónica. «Vosotros sois testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros los creyentes, así como también sabéis de qué modo, como el padre a sus hijos, exhortábamos y consolábamos a cada uno de vosotros.»

Acude a mi recuerdo haber leído en un escrito – creo que era del gran siervo de otrora Carlos Finney – sobre la santidad. Rebatiendo las afirmaciones de algunos de ese entonces que vivir en verdadera santidad era algo de la vida en el más allá, y no mientras se vive aquí en la carne, puntualizaba el testimonio de que esos tres siervos habían vivido en total santidad durante esas tres semanas, lo cual presuponía que lo podían seguir haciendo todo el resto de la vida.

Por otra parte, esa santidad iba acompañada de una justicia y de un proceder intachable, o irreprensible, para emplear el vocablo con que Pablo lo expresa.

Pero, además de esos tres aspectos, el comportamiento de ellos había sido muy entrañable. Tratándolos como padres a sus hijos,  exhortaban y consolaban individualmente a cada uno de ellos. Dos puntos finales sobre esto – eran hijos espirituales de verdad pues los habían engendrado en el evangelio, al igual que él a los corintios, según  leemos en 1a. Corintios 4: 15.

El otro punto es la labor ímproba y tesonera de hacerlo con cada uno de ellos, lo que habrá supuesto horas de darse con todo ahínco y nobleza.

«Por lo cual también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres,  sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes:» 

Un versículo extenso y que nos presenta en primer lugar la profunda gratitud de Pablo – siempre empleando el verbo en el plural – por la recepción de los tesalonicenses al oír la palabra de Dios. No había ningún escepticismo ni duda – sabían bien que no eran palabras de hombres, sin peso ni sustancia, sino según era en verdad, la auténtica palabra divina.

Debe haber sido de mucho estímulo para los apóstoles que hubiera tan buena disposición en los corazones de ellos.

Y en segundo lugar, era una palabra viva, eficaz y transformadora, que actuaba poderosamente en los queridos tesalonicenses. Como ya hemos visto, les hizo dejar los ídolos de su vida anterior, para servir al Dios vivo y verdadero. 

LA INTERCESIÓN DE CRISTO 

  • Desde su ascensión hace casi dos mil años, por las constancias que tenemos en las Sagradas Escrituras, el Señor Jesús está cumpliendo dos labores en Su lugar a la diestra del Padre. Una de ellas es la de preparar lugar para los Suyos, según Juan 14: 3-4, y la otra la de interceder ante el Padre. Evidentemente, también estará desempeñándose en otras actividades o funciones, de las cuales no se nos da cuenta en la palabra.
  • De todos modos, a los fines relacionados con la peregrinación terrenal en que nos encontramos, la de mayor importancia, sin duda, es la de Su intercesión.
  • Creo que al decir que en general se enseña muy poco – por lo menos en las numerosas iglesias en que me ha tocado ministrar – no me equivoco. Yo mismo me hago un deber reconocer que es un tema al cual no he prestado la gran atención que se merece.
  • Hace ya unos buenos años, concretamente en el verano de 1958, a poco de llegar a Londres con mi esposa Sylvia, asistí con ella a una reunión en Westminster Chapel, donde enseñaba el famoso y ya fallecido Dr. Martyn Lloyd Jones. En esa ocasión tenía de visita a un teólogo norteamericano, quien leyó su mensaje con una voz algo monótona, y por lo que pude saber, por lo menos algunos de los asistentes no lo consideraron de mayor provecho. Sin embargo, personalmente a mí me impactó poderosamente. Trató el tema de de la intercesión de Cristo a favor de los Suyos.
  • Después de la reunión, me puse a recordar los múltiples peligros de todo orden que me rodeaban al cumplir el servicio militar en la lejana República Argentina. Siempre había atribuido a las oraciones de mi querida madre el haber salido ileso e intacto de todo ese mundo de corrupción moral, más los peligros para mi salud física, que en ese entonces era algo precaria,
  • Pero fue una gran revelación saber que por encima de las oraciones de mi querida madre, lo que había prevalecido era la oración a favor mío del querido Señor Jesús. Saber que desde Su lugar a la diestra del Padre, observaba con mucha atención cada situación en que me hallaba, orando eficazmente para que nada me dañase física o moralmente para dejarme descalificado para Su servicio, lo que el maligno seguramente habrá querido lograr. Esto, como digo, me resultó impactante y de mucho aliciente, pero debo admitir que pasado no mucho tiempo, el tema de Su intercesión – en general y particularmente a mi favor – quedó, si no olvidado, por lo menos sepultado yaciendo debajo de la superficie, merced indudablemente a las demandas y preocupaciones de la vida cotidiana.
  • La primera cita de la intercesión de Cristo en la Biblia se encuentra al final del capítulo 53 de Isaías:- «…y orado por los transgresores.» – y en la versión del Rey Santiago «hizo intercesión por los transgresores.»
  • Puede haber otras anteriores o posteriores en el Antiguo Testamento, pero solo simbólicas;  ésta de Isaías es la única referida directamente al Mesías Redentor que había de venir a este mundo.
  • Lo cierto es que habiendo sido pecadores y transgresores todos sin excepción, igualmente todos sin excepción debemos considerarnos beneficiarios de Su oración e intercesión a favor nuestro. Eso de por sí debe significar un gran aliciente para cada uno.
  • En el Nuevo Testamento hallamos un buen caudal de ocasiones en que se habla de la intercesión de nuestro amado Señor Jesús. En la mayoría de los casos está enfocada hacia los Suyos en el plural, pero tenemos la ocasión que figura en Lucas 22:31-32 en que Jesús ora individualmente por la persona de Pedro. La misma está llena de rica sustancia y vale la pena que nos detengamos para considerarla. La citamos primero:- 
  • «Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo ; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.»
  • Debemos notar en primer término que el Señor contaba con el conocimiento de algo sucedido en las esferas celestes, y que Simón Pedro y los demás discípulos ignoraban por completo:- Satanás  se había acercado a la presencia divina, de una manera  reminiscente de la ocasión en que lo hizo y que se narra en el libro de Job. Si bien nuestra versión castellana habla de un pedido para zarandear a los discípulos – plural -«os ha pedido para zarandearos,»  tanto la versión inglesa del Rey Santiago, como la traducción literal de Young lo ponen en el singular.
  • De todos modos, esto recalca que hay cosas que acontecen en las regiones celestiales y que se relacionan con la vida de los hijos de Dios. No es algo que nos debe infundir temor, pero que lo debemos saber para nuestro provecho. Pedro le dijo al Señor en respuesta que él estaba dispuesto a aun a morir por Él. No sabía que él tenía un punto muy flojo en su carácter, que era el temor de los hombres – el qué dirán los demás. El relato siguiente lo puso de manifiesto. En la versión de Mateo vemos que después de la primera negación de conocer al Señor, en la segunda lo hizo con juramento y la tercera con maldición y juramento. Algo inaudito – el hombre a quien Jesús había declarado como bienaventurado, dado que el Dios Padre le había revelado – que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios Viviente. Bien podemos imaginarnos como Pedro, al cantar el gallo como lo había previsto Jesús y salir llorando amargamente, se diría para sí:- pensar que yo me creía un hombre valiente, hecho y derecho, y salgo siendo un mentiroso, un cobarde y un traidor. Tenemos aquí un paralelo importante con lo sucedido con Job. En efecto, en el capítulo 26 versículos 5 y 6 Job había afirmado su integridad con énfasis absoluto, pero en 42: 5 y 6, rendido ante la majestad sublime  e imponente del Eterno Dios, exclamó: «De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco,  y me arrepiento en polvo y ceniza.»
  • Vemos en esto algo muy interesante y a la vez muy importante. Y es que en situaciones como éstas hay un proceso en el cual están obrando la dos partes, a saber, el maligno con el fin de dañar a los siervos, y el Señor con  el de purificarlos y a la postre enaltecerlos, llevándolos a un nivel más alto
  • Y otra observación importante es que muchas veces el enemigo, a veces quizá sin saberlo y otras a sabiendas pero a regañadientes, está sirviendo los propósitos divinos.
  • Volviendo ahora a la oración del Señor Jesús a su favor, vemos que tenía un muy largo alcance. No sólo oró para que su fe no faltase, que sería para su propia recuperación. Además agregó el Señor: «…y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.»  Es decir que no sólo iba a quedar plenamente recuperado, sino capacitado para cumplir la importantísima labor de confirmar a   sus hermanos, que iban a flaquear al igual que él en la hora de ser zarandeados por Satanás.
  • Aquí tenemos un principio tal vez no conocido por muchos pero que la experiencia lo avala plenamente:- un siervo que ha sido un profundo arrepentido, como resultado queda capacitado para confirmar a sus hermanos. 
  • No sólo tenemos el caso de Pedro. Pablo, que como sabemos, en su ministerio tuvo que aprender que no bastaba ganar las almas perdidas – se hacía muy necesario después de ello realizar una ímproba labor confirmatoria.
  • Y aun cuando de manera distinta de la de Pedro, él también fue un profundo arrepentido. Es un principio empírico, es decir que no lo encontramos puntualizado literalmente en las Escrituras, pero que en la práctica se ha visto y comprobado aparte de los dos casos señalados de Pedro y Pablo. Dejamos esto ahora para pasar a la que se suele llamar la gran oración sumo sacerdotal de Cristo, consignada en Juan 17. No la examinaremos a fondo – tal vez eso sea un imposible – sino más bien someramente, tocando solamente algunos de sus puntos sobresalientes . Cualquiera de nosotros pediría tal vez que se conviertan muchísimas almas, que se hicieran milagros imponentes y portentosos para que el mundo crea y lleguemos a la gran cosecha final, como suele decirse y está en boga en algunas partes.
  • Pero el Señor, sabiendo mejor que ninguno lo que es más necesario para Su iglesia, comprada al precio de Su sangre, no pidió nada de eso, sino que los Suyos  guardados del mal.(Juan 17:15) La malicia infernal del enemigo, que siempre está al acecho, el tendal de matrimonios destrozados en el mundo y que busca introducirse en las iglesias, la corrupción moral que hoy día alcanza niveles increíbles, y mucho más que sería demasiado extenso enumerar.
  • Todo esto nos hace ver cuán absolutamente acertada fue esta oración del gran Maestro e Intercesor. La segunda está en el versículo 17 del capítulo en que estamos:- Santifícalos. Es decir que Jesús ha orado por cada uno de nosotros que seamos unas santas personas. No unos beatos, ostentando religiosidad, sino hombres y mujeres que en el andar cotidiano vivimos de blanco, sabiendo  guardarnos de todo lo que sea deshonesto, sucio, torcido y engañoso, en todos los aspectos de la vida cotidiana.
  • La siguiente es que seamos uno (versículo21) Justo es decir que en los albores de la iglesia essta oración de Cristo fue plenamente contestada. En Los  Hechos 4: 32 por ejemplo leemos que «…la multitud de los que habían creído era de un corazón y de un alma.«
  • No obstante, a partir de la separación de Pablo y Bernabé consignada en Los Hechos 15: 39-40, la unidad de la iglesia ha sido quebrada y rota por doquier a través de los siglos.
  • No podemos proponernos remediar las cosas en el nivel nacional, ni de la ciudad en que vivimos, pero sí debemos empezar por la congregación a que pertenecemos. El ideal sería que en una de digamos 80 miembros, cada uno pudiera mirar a los ojos a los otros 79, y sabiendo que estrictamente ni uno mismo ni los otros 79 son perfectos, sin embargo no se alberga el menor rencor, reserva, o suspicacia para con ninguno de ellos. Ahora, existe la probabilidad de que algunos no puedan hacerlo, por algún roce o malentendido en el pasado. Aquí sugerimos algo que puede ser de ayuda para quienes se encuentren en esta situación.
  • Comienzo por narrar una experiencia que me tocó vivir hace unos años. Estando en otra tierra, hacia el final de mi visita un consiervo me hizo un desaire. No fue algo del otro mundo, pero sí algo fuera de lugar, pero como a muy poco tenía que tomar el avión de regreso a España donde residía en aquel entonces, el asunto quedó pendiente. Algo así como un par de años más tarde, el consiervo en cuestión arribó a España, y como debíamos encontrarnos pensé que sería tiempo de aclarar y arreglar las cosas, por así decirlo. Sin embargo, no sentía paz, y era como si el Señor me hacía preguntarme «Y yo, a quien el Señor me ha perdonado y olvidado tanto, y cosas aun muy gruesas, no soy capaz de perdonar este desaire, que en comparación no es más que una pequeñez?
  • Pude así reaccionar favorablemente, todo malestar desapareció e incluso pude orar con amor por el consiervo – fallecido ya – que el Señor lo prosperara  y bendijese en su ministerio.
  • Creo que el mismo procedimiento de hacerse uno esa pregunta que el Señor me hizo hacerme, puede ayudar a limar muchas asperezas y solucionar muchos pequeños malentendidos o roces entre  hermanos.
  • Esto reconociendo que podrá haber casos de mayor gravedad en que será necesario hablar y aclarar las cosas. En tales casos el consejo para ambas partes es que se ore de antemano para ir al encuentro con un genuino espíritu de mansedumbre,
  •  En conclusión sobre este punto, que cada uno pueda mirar a los ojos de todos los demás y decirles con toda verdad que no abriga el menor vestigio de rencor ni reserva para con él o ella, y que le ama  con el amor con que el Señor nos exhortó a amarnos los unos a los otros.
  • Así se contribuirá a que la iglesia en que se congrega sea unida y disfrute de las bendiciones que eso conlleva. Y estará obedeciendo también la exhortación apostólica de ser «solícitos a guardar la unidad del Espiritu en el vínculo de la paz.» (Efesios 4: 3)
  • Ahora pasamos al último punto que vamos a comentar sobre esta gran oración del Señor Jesús – que no nos cansamos de calificar de sagrada y sublime.«Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la f.undación del mundo.» (versículo 24) Esta oración, como vemos, se relaciona con el más allá, la eternidad futura.
  • De la misma se desprenden dos puntos  principales.
  • El primero es el gran deseo del Señor que estemos con Él. Le hemos costado  tan caro, y nos ha amado tanto, que, sin querer exagerar, creemos que para Él el cielo no sería cielo si no estuviésemos nosotros allí, a Su lado.
  • En cuanto al segundo punto, el mismo es una maravillosa culminación de todo este pasaje.
  •  «…para que vean mi gloria» La gloria  que recibió del Padre en el pretérito pluscuamperfecto, previo a Génesis 1. Una gloria  tan deslumbrante que nos dejará más que absortos, totalmente extasiados, Un gloria recibida del Padre de gloria, como bien lo llama Pablo en Efesios 1: 17, y en total consonancia con el final del Padrenuestro – «porque tuyo es el reino, el poder y la gloria.»
  • Esa gloria, el Padre, en el gran amor que reina entre el Trino Dios, la compartió con el Hijo amado, de una forma que nos hace pensar en la manera en que un buen padre se deleita en compartir sus tesoros con un hijo único al cual ama entrañablemente.
  • Pero no nos detenemos aquí, sino que debemos señalar que el Espíritu Santo también es partícipe de esa gloria. La pluma inspirada de Pedro nos lo atestigua en su primera epístola 4: 14 cuando escribe «el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros.»
  • Y tampoco nos debemos detener aqui! En Romanos 8: 30 Pablo escribe que a los que Dios predestinó, llamó y justificó, a éstos también glorificó, y en 1a. Juan  3:2 leemos «…pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él,porque le veremos como él es.»
  • Es decir que de esa gloria excelsa y sublime derivada del Padre de gloria, compartida con el Hijo Amado y el Santo Espíritu, también nosotros seremos hechos dichosos depositarios. De veras que se trata de una esperanza bienaventurada en grado superlativo, como clímax dignísimo de la gracia soberana del Dios de toda gracia. (1a. Pedro 5: 10)