Capítulo 24 – Las i griegas (y) de la Biblia
Los tesoros que contiene y encierra la Biblia son maravillosos e inagotables. Se la puede leer de principio a fin, de fin a principio, por la mitad, entre líneas y de muchas más formas.  
El lector asiduo, ávido de encontrar joyas y perlas, advertencias necesarias, inspiración, guía, aliento y consuelo, siempre ha de encontrarlos, dado que su autor y mejor intérprete – el Espíritu Santo – es fiel y sumamente justo para premiar a quienes, con una disposición humilde y correcta, se empeñan en buscar/los/las.   
Como sabemos, en los manuscritos originales de los cuales las Escrituras han sido copiadas y traducidas, no se encuentran signos de puntuación, ni la división en capítulos y versículos, tal como los tenemos en nuestras Biblias.  
Tanto los unos como los otros han sido puestos por los traductores, con la mira de facilitar la lectura y la comprensión del texto.  
En algunos casos, se podrá cuestionar la corrección o exactitud de la puntuación, y también de la división que se ha hecho en capítulos y versículos.
Incluso algunas opciones o alternativas de traducción que se han sugerido, podrían ser más correctas o acertadas. 
No obstante, de lo que no cabe ninguna duda, es que el verdadero sentido y alcance de las doctrinas y verdades fundamentales de las Sagradas Escrituras, no han sido desvirtuadas ni tampoco afectadas en lo más mínimo por esto, quedando las mismas en pie, firmes e inalterables. 
Ahora bien, aceptando que ni a la puntuación ni la división en capítulos y versículos, hemos de atribuir el mimo grado de inspiración que le reconocemos al texto en sí, creemos, sin embargo, que en muchas partes, aunque no en todas, ha estado la mano del Señor con toques que, por lo menos a quien esto escribe, son evidentes, y además resultan deleitosos y sumamente enriquecedores.
Y hecha esta introducción, pasamos ahora al tema, algo inusual, que le hemos dado como título al presente capítulo . 
Hace muchos, muchos años, cuando el autor recién cursaba estudios primarios en la lejana Argentina, se le enseñó que la conjunción y nunca debía al principio de la oración. 
Eso era algo que en aquel entonces estaba firmemente  establecido, pero que con el correr del tiempo se ha ido dejando de lado. 
Personalmente, por ese cambio en el uso, yo también he pasado a ser más flexible, ubicando la y al principio, siempre que me ha parecido que cuadre o suene mejor.
El ojo avizor de quien haya leído mis libros o escritos, no habrá tardado en percatarse, tal vez desde un principio, que no es lo que podría encajar con el gusto y la aprobación de un auténtico lingüista.
Desde luego, no pretendo ser uno de ellos. Me limito a procurar que lo que escribo tenga un nivel razonable y aceptable de corrección, y sea al mismo tiempo fácil de entender, aun para el lector u oyente que tenga poca formación cultural o intelectual.
Empero, sea cual fuere la posición que uno adopte, en cuanto a colocar o no colocar al principio de la oración esta penúltima letra del abecedario, la Biblia se sitúa clara y terminantemente en el terreno de hacerla – en verdad, lo hace con toda libertad, y en gran profusión. 
Por cierto que no hace falta una búsqueda, ni muy esmerada ni a fondo, a fin de comprobarlo.  
Y a esta altura del relato de la vida de Abraham, precisamente en el capítulo 21 de Génesis en que nos encontramos, tenemos un caso muy concreto, y además clarísimo.
En efecto, un recuento rápido nos hace ver que de los 34 versículos del capitulo, nada menos que 21, es decir casi el 62% empiezan con la susodicha letra y.
Apenas hace falta acotar que cada vez que la empleamos, claramente damos a entender que las cosas no han terminado – que viene algo o mucho más.
Y éste es el sencillo pero hermoso e inspirador mensaje de este capítulo: así como en la Biblia aparece tantas y tantas veces esa palabrita de una sola letra – y – así de abundantes y variadas son las cosas que Dios ha preparado para los Suyos – los que le aman de verdad.
Empezamos por descubrir, cuando nos amanece la luz del evangelio, que en Cristo y por Su obra expiatoria, todos nuestros pecados son perdonados.  Y luego pasamos a entender que no sólo eso, sino que también quedan borrados y olvidados para siempre por Dios mismo, Quien nos asegura que nunca más se acordará de ellos.
Y de ahí pasamos a encontrarnos, como nuevas criaturas en Cristo Jesús, sin ninguna historia pasada. Y además, comenzamos a disfrutar de la dicha, seguridad y confianza de sabernos hijos de Dios, en virtud de un nuevo nacimiento que hemos experimentado.
Y pronto también tomamos conciencia de que somos templo del Señor, Quien mora en nosotros por el Espíritu Santo.
Y así las cosas, vamos comprendiendo paulatinamente, una tras otra, las grandezas y hermosas verdades de la vida cristiana – la del fruto del Espíritu, y también la de los dones del mismo Espíritu,  la de la fe que obra por el amor, y la de la voluntad de Dios para cada día de nuestra vida, comprobando que siempre es buena, aceptable y perfecta.
Y a su debido tiempo, caemos en la cuenta de que Dios tiene un propósito y un programa específico para nuestra pequeña vida, y empezamos a dar pasos concretos para entrar en ese plan y propósito, y experimentar con placer y gratitud  como se van desenvolviendo gradualmente las cosas, en una senda que es como la luz de la aurora, la cual va en aumento hasta que el día es perfecto.
Y podríamos seguir largo rato sobre lecciones aprendidas, experiencias vividas, ya sea en los momentos de prueba y tentación, como en los de bendición y victoria, y ver también que los horizontes se nos van ampliando más y más, y nos conducen a un panorama eterno en el más allá, con dichas,  bienaventuranzas y glorias sin par e inagotables.
Todo lo cual no habla de un Dios infinito que tiene precisamente eso – un infinito de tesoros imperecederos, preparados para los que son Sus hijos de verdad.
Y con el correr del tiempo, poco a poco nos va abriendo esos preciosos cofres que los contienen, para sacar, escalonadamente y en progresión sabia, mesurada y creciente, uno, y otro, y otro, y muchos más.
¿Es ésa tu visión y comprensión del Señor, querido lector u oyente?
Desecha y destierra para siempre el criterio de un Dios estrecho, que ya te ha dado todo lo que tiene para ti, y no hay más para el futuro.
Sin anhelar grandezas que te enaltezcan y hagan caer en a trampa de la vanidad y el engreimiento, ábrete a Él para buscar de esas i griegas del amor, del carácter de Cristo en tu vida, de la hermosura de la santidad, del gozo de servirle a Él, con lo mejor de tus fuerzas, y tanto más que ha de enriquecerte sobremanera
Tal vez te preguntes: ¿Y qué tiene que ver todo esto con la paternidad de Abraham, que es el tema de los escritos que estamos presentando?
Sencillamente, tiene mucho que ver. Ese capítulo 21, con la gran profusión de i griegas al principio de los versículos, es una gran señal de lo que fue su maravillosa trayectoria, de la cual agregamos de paso – todavía nos queda mucho por añadir.
Él dio un primer paso de obediencia, dejando su tierra y su parentela, sin siquiera saber adónde iba. Pero de ahí en adelante, esas i griegas continuas de cosas nuevas, gloriosas y eternas que Dios tenía preparadas para él, fueron apareciendo y se fueron forjando y plasmando una a una, por la pericia y  sabiduría insondables del Dios que lo había elegido y llamado.
Hasta ahora hemos visto por lo menos una en cada uno de los veinticuatro capítulos que llevamos comentados, y en más de una ocasión fueron varias dentro de un mismo capítulo.
Y todavía nos aguadan más, de esas i griegas benditas y maravillosas de todo lo tan precioso que nuestro Dios aún tiene para nosotros, que no se acaban ni se acabarán jamás.
Levanta la vista, y con la cabeza erguida, mirando arriba y hacia adelante, descúbrelas y aprópialas, que  también son para ti, amado lector u oyente que amas a Dios.
“Antes bien, como está escrito, cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.” 1a. Corintios 2: 9.
Nuestro padre Abraham, al dejar su viejo mundo y emprender el camino de la fe y la obediencia, se encontró que el mismo estaba jalonado con gloriosas experiencias y múltiples lecciones aprendidas, y además riquezas y tesoros que nunca se había imaginado ni soñado.
Aun en el más allá, como hemos esbozado con anterioridad, ha seguido descubriendo las i griegas que Dios le tenía preparadas.
Entre ellas las dos puntualizadas de consolar en su seno a los que como el mendigo Lázaro, en esta vida han pasado por muchos sinsabores y aflicciones. Asimismo, la de denegar por autorización divina, pedidos de clemencia de quienes, durante su vida terrenal, dieron sus espaldas al bien y a la justicia, y despreciaron y rechazaron el camino del Señor.
Estando en sus entrañas o lomos espirituales, tal como venimos diciendo, todo eso ha quedado impreso y grabado en la simiente espiritual de la cual procedemos.
Sin embargo, no sería justo dejar de señalar que, así como Abraham tuvo que pagar un precio muy alto, en términos de obediencia absoluta y sacrificio, nosotros también debemos estar dispuestos a hacer lo propio siempre que el Señor nos lo pida.
A descubrir pues, y potenciar todo ese rico caudal, y estar dispuestos a pagar el precio, para poder seguir como él en la senda maravillosa de las incontables y griegas de Dios.
FIN