Capítulo 23
Las dos íes
Nos sorprende ir comprobando como, en la prosecución del relato, se van desenvolviendo una tras otra de forma gradual – y casi diríamos natural – las grandes verdades de la vida cristiana, y todas ellas, como ya hemos puntualizado, contenidas en la simiente genética de nuestro padre Abraham.
Ahora nos encontramos con los dos principios cardinales de la carne y el espíritu. Para amenizarlos, el genio del Espíritu Santo, inspirador de todo esto, nos lo presenta a través del prisma de las dos íes, tal cual consta en el título, es decir la de Ismael y la de Isaac.
Con posterioridad inmediata al pasaje que nos cuenta del gran banquete celebrado por Abraham al ser destetado Isaac, se nos dice que Sara advirtió, evidentemente con mucho desagrado, que Ismael se burlaba de Isaac.
Le llevaba catorce años de edad y lo normal hubiera sido que le diera un trato cariñoso y bondadoso, como un hermanastro mayor, que debía sentir un afecto tierno para con el menor.
Posiblemente se haya debido a sentirse celoso, al ver que Isaac había pasado a ser el foco de la atención de todos.
Pero sin lugar a dudas, esa burla de él le resultó muy hiriente a Sara, pues veía en ello una proyección del desprecio con que anteriormente la había mirado Agar, la madre de Ismael.
Como es bien sabido, en el pasaje de Gálatas 4:21-31 Pablo establece una rica y aleccionadora alegoría, basada en esta parte de la narración de las Escrituras. 
Citaremos más del pasaje en cuestión más adelante, pero por ahora sólo señalamos que en el versículo 29, el apóstol emplea un término más fuerte que el del Génesis, al decirnos que Ismael perseguía a Isaac.
Esto nos induce a pensar que Sara veía la burla de Ismael como algo malvado, y además, muy dañino para Isaac. Lo que explica por qué tomó la determinación de pedirle a su marido Abraham que tomase esa medida tan extrema de echar tanto a Agar como a Ismael.
Lo que sigue a continuación es toda una enseñanza práctica, la cual nos sirve de advertencia contra el tomar principios generales de forma rígida, a rajatabla, y sin dar cabida a ningún tipo de excepción.
A Abraham le resultaba muy grave y doloroso lo que Sara le había pedido, naturalmente por tratarse de un hijo suyo – Ismael.
Aquí una mente estrecha y que toma las cosas al pie de la letra – en el sentido de que la mujer debe someterse al marido y no el marido a la mujer – indicaría que Abraham de ninguna manera debía acceder a lo que Sara le pedía, sino por lo contrario, que debía plantarse en una negativa categórica.
La intervención directa del Señor en este caso, no sólo echa de ver que Sara tenía razón en lo que pedía a Abraham. 
En efecto, nos presenta un valioso precedente, a fin de que entendamos que hay ocasiones en que el marido puede estar equivocado, y la mujer le es dada como ayuda idónea para ayudarle a comprender su error.
Desde luego que esto no ha ser la norma, sino más bien una excepción. No obstante , resulta imperativo que lo tengamos muy en cuenta, para evitar caer en un machismo prepotente, el cual busca imponer el criterio del varón siempre, tenga o no razón.
De haber dejado las cosas tal cual estaban, para no contrariar su sentimiento afectivo, Abraham habría perpetuado el problema que, a la postre, le habría hecho la vida imposible, tanto a él, como a Sara y al mismo Isaac.
No obstante, la interpretación alegórica de este episodio, que culminó con la expulsión de Agar e Ismael, constituye el punto principal del presente capítulo, y ahora pasamos a desgranarla.
Ismael representa sin duda la naturaleza carnal, nuestro viejo hombre.
Del mismo se nos dicen siete cosas, todas ellas muy definidas y significativas.
1) Nacido de la esclava. Gálatas 4:22-23.
2) Nacido según la carne. Gálatas 4:29.
3) Se burlaba. Génesis 21:9.
4) Perseguía al nacido según el Espíritu. Gálatas 4:29.
5) Hombre fiero. Génesis 18:12.
6) Su mano contra todos, y las manos de todos contra él. Génesis 16:12.
7)  el desierto era el lugar en que habitaba. Génesis  21:21.
Como catálogo descriptivo de las características de la carne, no se puede pedir mucho más.
A diferencia de él, Isaac, el de la otra i, era nacido de la libre, por la promesa y según el Espíritu. Gálatas 4:22,23 y 29.
Su nacimiento fue posterior al de Ismael, así como el nacimiento de nuestro nuevo hombre es posterior al del viejo, entendiéndose por esto que todo lector u oyente, como verdadero hijo de Dios, ha tenido un nuevo nacimiento,                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    un renacimiento, por el Espíritu de Dios.
La incompatibilidad de las dos íes era muy evidente. Como dijimos, de haber continuado así las cosas – es decir sin la expulsión de Ismael y su madre Agar – habría llevado a una situación inevitablemente imposible.
De la misma forma, la carne y el espíritu no pueden convivir felizmente, ni nada que se le asemeje, pues “el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne. Gálatas 5:17. 
De ahí que la determinación de Sara, acatada por Abraham, se convierte en una sentencia definitiva y categórica, clara y fielmente consignada en las Sagradas Escrituras.
“Mas, ¿qué dice la Escritura? Echa fuera a la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre.” Gálatas 4 :30.
Bien podemos imaginar a Isaac a la mañana siguiente, después de notar que Ismael no estaba por allí como otras veces, ir a preguntar a su madre dónde estaba.
  “Se ha marchado,” sería la respuesta de Sara.
 “¿Y cuándo vuelve?”
  “Ése ya no vuele nunca más”
  “¿De veras?”
    “Sí, de veras, hijo mío – nunca más.”
Tras lo cual Isaac daría enormes saltos de alegría, y pasaría a encontrarse desde entonces con todo el entorno a su exclusiva disposición.
Podría así jugar, correr, ir y venir, y desarrollarse libremente, sin nada del tormento que anteriormente ese malvado y sinverguenza le había ocasionado, al burlarse y perseguirlo maliciosamente.
Querido lector u oyente, esto es todo parte de un glorioso evangelio – una grata nueva maravillosa. 
El Ismael de nuestro viejo hombre, ha sido quitado de en medio por la bendita cruz de Cristo, para que nuestro Isaac de la promesa y del Espíritu, crezca y se desarrolle libremente y en plenitud de vida.
“Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo de pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.” Romanos 6:6.
Ahora estamos regidos por la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús, la cual nos ha librado de la ley del pecado y de la muerte, (Romanos 8:2) y tenemos la maravillosa promesa:
“Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros, porque no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.” Romanos   6 :14.
La genética de Abraham nuestro padre nos nos predispone para que, en alguna ocasión en que en desacuerdo con nuestras esposas y ellas tengan razón, nos dejemos corregir por el Señor, y no sigamos obstinadamente queriendo imponer nuestro criterio a toda costa. 
Asimismo, a través de Cristo, la simiente genética por excelencia, entramos a disfrutar de la gloriosa liberación de ver a nuestro viejo Ismael del viejo hombre, echado y quitado de en medio por el poder de la cruz del Calvario, a fin de que el Isaac de nuestra nueva criatura en Cristo Jesús, nacido del Espíritu, crezca y alcance vida libre y en plenitud.
F I N