Capítulo 26
La gran cumbre del Monte Moriah. (I)
Primera parte
Llegamos ahora a la cumbre más elevada y gloriosa de la carrera de nuestro padre Abraham: la ocasión en que, probado por Dios, sube al Monte Moriah con su hijo Isaac para ofrecerlo al Señor.
Sobre este episodio tan singular y especial, es mucho lo que, a través de los años y siglos, se ha enseñado y proclamado, tanto oralmente o por escrito.  
Como ya lo hicimos anteriormente, al comentar el diálogo entre el Señor Jesús y Simón Pedro en Juan 21:15-19, aquí nos ceñimos a dar algunos comentarios y reflexiones adicionales de nuestra propia cosecha. 
En esto también es posible – al igual que en aquello – que algunas de las cosas que decimos ya hayan sido escritas o bien proclamadas verbalmente por otros, sin que por nuestra parte hayamos tenido conocimiento de ello.
En el primer capítulo hablamos de Abraham como el amigo de Dios, señalando que eso iba mucho más allá de una amistad normal y corriente, siendo en vez algo de mucha mayor altura y nobleza – de una comprensión, intimidad y compenetración muy profundas.
Para hilarlo y explicarlo mejor, empezamos por señalar que, sin lugar a dudas, la ofrenda del Señor Jesucristo a favor nuestro en el Calvario, junto con Su resurrección y ascensión y la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés, constituyen, sin lugar a dudas, lo más maravilloso y glorioso que ha acaecido en este mundo en que vivimos.      
Los tres últimos eventos – Su resurrección, ascensión y Pentecostés –  sólo pudieron ser merced al primero – el sacrificio de Su vida en la cruz. 
Para Dios el Padre, esto significó un sacrificio tal, que resulta                                                      totalmente imposible de comprender y valorar en su inconmensurable magnitud, sobre todo por nuestras mentes tan estrechas y finitas.
Fue solamente Su inmenso y maravilloso amor por un mundo perdido, que lo pudo mover a hacer semejante cosa – a dar a Su Hijo eterno y amado, que era lo mejor que Él y el cielo tenían, para poder rescatarnos y salvarnos eternamente. 
Las palabras del conocidísimo versículo 16 de San Juan 3, lo   expresan hasta cierto punto.
No obstante, tenemos la desventaja de que, por ser tan conocido y repetido, muchas veces al oírlo o repetirlo, como buenos hijos de la rutina que solemos ser, no lo captamos en su inmensa grandeza y profundidad.
Leámoslo lentamente, tras unos momentos de reflexión y oración.
  “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda mas tenga vida eterna.”
Por cierto que no fue darlo de una forma fría e insensible – fue darlo para que pasase por el horno horrible que lo llevó a a través del Getsemaní primero, para luego ser arrestado, escupido, azotado, burlado y blasfemado, y finalmente padecer indescriptiblemente por seis largas horas en la cruz, como un  espectro pálido y agonizante, tanto de dolor como de angustia y congoja, imposibles de describir adecuadamente con palabras humanas.
Debido al amor que se siente por el Señor Jesús, muchas veces, al leer en los evangelios el relato de todo eso, nos ha costado seguir en la lectura, por la fuerte y dolorosa impresión que nos ha causado, seguir los detalles de todo ese cruento suplicio que tuvo que padecer.
Es normal y natural que cuando amamos a alguien profundamente y de verdad, nos duele mucho saber que sufre, y al enterarnos de detalles de lo que ha padecido o está padeciendo, las cuerdas íntimas se estremecen y se sienten entrañablemente afectadas.
Todo esto, claro está en el nivel estrecho y reducido de lo que es nuestro amor de seres humanos, tan diminutamente pequeño en comparación con el insondable y eterno amor de Dios.
Con estos párrafos, estamos procurando llevar al lector u oyente, a una comprensión más clara y más honda de lo que habrá significado al Dios Padre dar a Su Hijo amado, sabiendo muy bien y con todo detalle, todo el tormento que había de padecer.   
En momentos de particular angustia o dolor, alguien siempre tiende a buscar la comprensión, apoyo y simpatía de un ser querido, con el cual se tiene verdadera intimidad y afinidad.  
Y fue en ese aspecto que Dios el Padre, que como sabemos mora en la eternidad y fuera de los límites de tiempo y espacio impuestos a nosotros los seres humanos, previendo lo que iba significar para Él . el dar a Su Hijo amado en ofrenda expiatoria, quiso aproximarlo a Abraham – Su amigo de verdad – para que pudiese experimentar, aunque en una  medida muy pequeña y limitada, algo de Su inmenso dolor, y así entrar con él en esa preciosa relación de identificación e íntima compenetración.       
Interrumpimos aquí para continuar en la segunda parte.        
F I N