CRUZANDO EL JORDÁN – Capítulo 8 – Una vida de batalla y de victoria
CRUZANDO EL JORDÁN – Capítulo 8
Una vida de batalla y de victoria
Si bien el Canaán prometido era una tierra de riqueza y abundancia, el Señor les advirtió que en ella encontrarían los antiguos habitantes, contra los cuales iban a tener que luchar y expulsarlos por completo.
En reiteradas ocasiones les exhortó a que no contemporizasen ni hiciesen alanza con ellos, pues eso derivaría en corromperse con sus costumbres idolátricas, los apartaría de Dios, y del camino que tenía señalado para ellos.
Al mismo tiempo, les animó a que no temiesen a esos enemigos. Por más que algunos eran gigantes y que muchos estaban en poblaciones fuertemente amuralladas, el Señor iría delante de ellos y con tal que le obedeciesen cumplidamente, ninguno de esos enemigos se podría mantener en pie ante ellos.
En todo esto hay una clara y rica analogía, que hemos de pasar a desgranar seguidamente, pero no sin antes señalar que también el estudio del curso ulterior de los acontecimientos, nos traerá una serie de puntos muy importantes e instructivos.
En esos antiguos habitantes hemos de ver, no necesariamente a demonios y espíritus malos – sobre los cuales en algunos lugares se hace un hincapié excesivo y que va más allá de los parámetros bíblicos – sino al pecado y las obras de la carne, que son los que, en todo caso y al final de cuentas, los que le dan cabida a aquéllos.
El mandato era muy claro: una vez que entrasen en la buena tierra, y con el poder del Señor echasen a las naciones que la habitaban – los heveos, heteos, amorreos, cananeos, etc.- debían destruirlos del todo, y no hacer alianza ni
emparentar con ellos.
Como una aclaración importante, acotamos que el “destruirlos por completo,” se debía a que eran naciones paganas, con costumbres absolutamente abominables, al punto que, de no hacerlo – destruirlos – la misma tierra los vomitaría.
Retomando el hilo, el paralelo alegórico con el Nuevo Testamento es muy claro y sencillo. Como resulta evidente, los antiguos habitantes de la tierra de nuestra vida son las obras de la carne en toda su vasta gama, y lo que nos dice la Escritura es terminante y categórico.
“Haced morir pues lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia que es idolatría.”
“ Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca.”
“No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus obras.” (Colosense 3: 5, 8 y 9)
Notemos el lenguaje radical del apóstol. No dice “tened a raya,” “sujetad,” “corregid, y ni siquiera “superad.”
En cambio, nos insta a “ hacerlas morir” – es decir, tratarlas de la manera más terminante y categórica – como hemos puesto más arriba – es decir, dejarlas por completo, y sin contemplaciones de ninguna índole.
Igualmente, en Romanos 8:13 tenemos estas palabras, que denotan un hincapié todavía más fuerte:
“Porque si vivís conforme a la carne moriréis, mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne viviréis.”
Con absoluta claridad esto nos está diciendo que una de dos: o matamos al pecado – por el Espíritu, tal cual consta en el texto – o el pecado terminará por estrangular y hacer morir a nuestra vida espiritual.
Conviene que tengamos el perfecto equilibrio que establecen las Escrituras en cuanto a esto: lo hemos de hacer nosotros, pero por el Espíritu.
En no pocas ocasiones, hemos oído oraciones tales como:
“Señor, quita este pecado de mi vida, que me está haciendo mucho mal,” o bien “Señor, aparta de mí el tabaco y todo vicio, que no los quiero más.”
No siempre, pero un buen número de veces, ha sonado como si todo dependiese de Dios, y poco o nada de uno mismo.
Evidentemente, el pecado es una fuerza que no podemos vencer solamente con nuestros propios esfuerzos y recursos – necesitamos el poder de Dios, y por eso Pablo dice en primer lugar “por el Espíritu,” pero inmediatamente después van las palabras “hacéis morir,” las cuales indican claramente la participación nuestra, y ésta por supuesto ha de ser muy consciente y enérgica.
Lo que queremos decir es que, si bien es la gracia de lo alto lo que nos permite hacer morir las obras de la carne, Dios necesita una alineación e identificación correcta y completa de nuestra parte en tal sentido, a fin de que se pueda concretar.
Esa alineación o identificación supone lo siguiente:
Primeramente, comprender muy bien que esas obras de la carne sólo nos traen el mal, conspirando contra todo lo que sea de Dios en nuestras vidas.
En segundo lugar, nuestra voluntad debe estar volcada firme y resueltamente a no tener absolutamente nada que ver con ellas, incluso llegar a detestarlas con un odio santo.
Sobre la base de una auténtica disposición en estos dos sentidos, se debe pasar a orar y ejercer fe para destruir estas obras ruines y pecaminosas.
Al ver esto, el Espíritu Santo, que por algo el Señor Jesús lo llama el Espíritu de Verdad – ve que realmente vamos en serio, con toda sinceridad y fe, y Él no tardará en venir en nuestra ayuda.
Así nos encontraremos con que, tal vez de forma imperceptible, pero muy real, fluirá esa gracia divina, la cual posibilitará que podamos hacer morir todas esas tendencias torcidas y pecaminosas que antes nos dominaban y esclavizaban.
De esta manera, podremos hacer nuestro el testimonio de Pablo en Romanos 8: 2: “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús, me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.”
Esto es algo de importancia fundamental. Sin embargo, nos tememos que con frecuencia, al oírlo se le da un asentimiento mental aprobatorio, pero en la práctica no se le da atención solícita y prioritaria que se le debe.
Como ya hemos visto con anterioridad, lo acontecido con el pueblo de Israel en buena parte de su historia, está escrito para nuestra amonestación y provecho. (1a. Corintios 10: 11)
Debemos por lo tanto examinarlo y sacar conclusiones prácticas, y no tratarlo como historia y una mera enseñanza, que no se traduzca en nada más.
Ya hemos señalado que antes que Israel entrase en Canaán, el Señor les reiteró clara y repetidamente, que debían expulsar totalmente de la tierra prometida a los antiguos habitantes de la misma.
Si leemos el curso que siguieron los acontecimientos, veremos que después de la conquista de la tierra que se nos narra en el libro de Josué, en Jueces a partir del primer capítulo, se nos pasa a describir la situación tal como se encontraba poco después.
Con muy pocas excepciones, la mayoría de la tribu de Judá, el panorama resultaba verdaderamente desolador,
Veamos cómo al principio de varios versículo aparecen las palabras que lo dicen todo:
“Tampoco Manasés arrojó…” (versículo 27)
“Tampoco Efraín arrojó…” (29)
“Tampoco Zabulón arrojó…” (30)
“Tampoco Aser arrojó…” (31)
“Tampoco Neftalí arrojó …” (33)
Después de ocupar Canaán, en vez de desalojar por completo a esos pueblos paganos que habitaban antes,
como se les había encomendado reiteradamente por el Señor, fueron blandos con ellos, y los dejaron seguir habitando en la tierra, si bien algunos fueron subyugados y les servían.
Esto les costó muy caro. Si bien al sentirse fuertes lograron que algunos de ellos fueren sus tributarios, muchos de esos pueblos persistieron en no marcharse de la tierra.
Y más tarde, al caer Israel en la trampa de entrar en sus costumbres idolátricas – acerca precisamente de lo cual el Señor les había advertido reiteradamente – se debilitaron grandemente. El resultado fue que esos enemigos muy pronto los tuvieron a mal traer, pasando muchas veces a oprimirlos fuertemente.
En algunos casos, fue tan grave que tuvieron que hacerse cuevas en las montañas y cavernas y en lugares fortificados, para poder refugiarse y defenderse. (Jueces 6:2)
Así pues se llegó a ese triste estado de cosas: ellos, que debían poseer todo lo ancho y lo largo de la tierra, y disfrutar de toda esa riqueza y plenitud de la misma, se encontraron reducidos a esa situación tan miserable.
En el Nuevo Testamento tenemos a menudo, como vimos con anterioridad, la exhortación de despojarnos de las obras de la carne, es decir del viejo hombre con sus hechos. (Colosenses 3:9 y Efesios 4:22)
Esto constituye un clarísimo paralelo con lo que estamos viendo en cuanto a Israel.
Podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que así como muchas tribus de Israel se quedaron muy cortas en el cumplimiento de ese mandato que habían recibido, así también muchos creyentes fallan de la misma manera.
En efecto: en vez de ser implacables con los antiguos habitantes de su vida – las obras de la carne en toda su vasta amplitud – muchos de ellos los consienten, o por lo menos no llegan a terminar del todo con ellos, haciéndolas morir de esa forma radical en que se nos insta a hacerlo.
Como consecuencia directa, en etapas o momentos de debilidad, cansancio o de descuidarse y bajar la guardia, esos enemigos se levantan contra ellos, ocasionándoles depresiones, a veces caídas muy feas, y aun un estado de esclavitud deplorable y lastimoso.
Esto nos debe servir de ejemplo y motivar a tomar decisiones prácticas y urgentes.
La primera es identificar y reconocer esos “cananeos” de nuestra pasada manera de vivir,. La segunda es proceder – por el Espíritu, se entiende – a hacerlos morir, es decir eliminarlos de nuestra vida, por completo. Sobre cómo hacer esto, ya hemos tratado antes en este mismo capítulo.
Antes de seguir avanzando, una aclaración para responder a una pregunta que se podrá estar haciendo el lector.
“Estamos hablando de haber cruzado el Jordán para entrar en la vida en abundancia. ¿cómo entonces seguimos hablando de despojarnos de las obras de la carne y hacerlas morir. ¿No es esto una contradicción, pues al dejar atrás el desierto y entrar en la buena tierra, todo esto ya se ha hecho y superado?
La respuesta nos la da la misma historia y experiencia de Israel.
En primer lugar, después del cruce del Mar Rojo y la muerte de Faraón y lo egipcios, anegados por las aguas, Israel había sido liberado, pero todavía tenía mucho qu andar!
Y en segundo lugar, después del cruce del Jordán, vinieron varios años de batalla, en los que de forma global se completó la conquista.
“Tomó pues Josué toda la tierra y la entregó Josué a los israelitas por herencia conforme a su distribución según sus tribus…y la tierra descansó de la guerra.” (Josué 11:23)
Sin embargo, esa conquista que hemos denominado global, tuvo que completarla más tarde, pues en muchos lugares quedaron focos de cananeos que aún no habían sido desalojados.
Del mismo modo, ya sea por una conversión muy drástica, o por entrar en una experiencia posterior más profunda – llámesela bautismo o plenitud del Espíritu, consagración absoluta, liberación de ataduras, o lo que fuere – se entra en un nivel de vida superior, y muy por encima de lo conocido con anterioridad.
Sin embargo, después de no mucho tiempo, y sin desestimar ni mucho menos el valor de esa experiencia vivida, se descubre que todavía quedan focos o áreas donde la luz plena del amor y la verdad, no han penetrado total y permanentemente. Y ahí es donde se debe perseverar, con una actitud inflexible con todo lo que se sepa que no es estricto amor, verdad y humildad.
“…limpiándonos de toda contaminación de carne y espíritu, a fin de perfeccionar la santidad en el temor de Dios.” (2a. Corintios 7:1)
Como ya hemos visto, fue en ese terreno donde fallaron la mayoría de las tribus de Israel: el de no conformarse con haber entrado en la tierra prometida y llevar su conquista a un cumplimiento pleno. Y como hemos visto, es en esto que también fallan muchos creyentes – el de conformarse con una conquista global o general, y no seguir en batalla contra los focos o baluartes que todavía no han sido reducidos y eliminados.
Hecha esta aclaración, ahora pasamos a ver el consejo del Señor sobre esto.
“No los echaré de delante de ti en un año, para que no quede desierta la tierra y se aumenten contra ti las fieras del campo.”
“Poco a poco los echaré de delante de ti, hasta que te multipliques y tomes posesión de la tierra.” (Éxodo 23: 29-30)
“Y Jehová tu Dios echará a estas naciones de delante de ti poco a poco; no podrás acabar con ellas en seguida para que las fieras del campo no se aumenten contra ti.” (Deuteronomio 7:22)
Con anterioridad, hemos visto que la obra del Señor en nuestras vidas discurre de maneras distintas: por la vía instantánea a veces, otras, de forma gradual y progresiva.
Esto también lo tenemos ejemplificado en la conquista de Canaán. Primeramente tuvo lugar el cruce del Jordán y la pronta toma de Jericó. Pero posteriormente se nos dice que “…por mucho tiempo tuvo guerra Josué con estos reyes.” (Josué11:18)
“Siendo Josué ya viejo, entrado en años. Jehová le dijo: …“tú ya eres viejo, de edad avanzada y queda aún mucha tierra por poseer.” (Josué 13:9)
Esto nos hace ver aun con más claridad lo de la conquista global a que no hemos referido, y llevar la misma a su cumplimiento pleno. Habían cruzado el Jordán, ya no estaban en el desierto y se habían posesionado de Canaán. Pero todavía había mucha tierra por poseer y enemigos que arrojar de ella.
Y en la sabia economía de Dios, esto no lo iban a hacer en seguida y sin demora, sino que iba a ser un progreso gradual – “poco a poco,” es decir de forma lenta y laboriosa, pero con tal de que fuesen fieles y fuertes y se apoyasen en Él, la vict-oria total estaría asegurada.
La razón por este proceso gradual que nos da la palabra es “…para que no quede la tiera desierta y se aumenten contra ti las fieras del campo,”
La interpretación espiritual que debemos dar a esto es la siguiente: un crecimiento muy rápido, rara vez resulta sólido y plenamente satisfactorio.
Tomando un ejemplo del reino vegetal, tenemos que árboles de pocos años generalmente producen una madera blanda en comparación con la de otros árboles de mayor longevidad.
Un caso muy particular en ese sentido es el del cedro, usado para la construcción del templo en la época de Salomón. Los entendidos nos dicen que hay cedros de más de 2,000 años de vida!
Asi podemos visualizar un creyente que hace progresos muy rápidos en cuanto a vencer y hacer morir a los antguos pecados de su vida, dejando atrás malas costumbres que tenía, etc.
Todo esto es necesario y digno de elogio.
Pero paralelamente a ello, debe ir absorbiendo las virtudes fundamentales y tan variadas de la vid en la plena voluntad de Dios, lo cual normalmente requiere tiempo y la experiencia de los años.
De no ser así, quedarían huecos que no han sido llenados – tierra que ha quedado desierta, y por ese lado bien podrían venir problemas serios, simbolizados por “las fieras del campo que se aumenten contra ti.”
De forma pragmática, debemos pensar en algunas de ellas: el envanecimiento debido al éxito logrado, quizá más pronto que los demás; en cambio “poco a poco” habría valido para ir asimilando una buena dosis de paciencia, y al mismo tiempo una saludable humildad, propia de quien se ha tenido que apoyar totalmente en el Señor para cada palmo de terreno que ha podido ganar.
Otra “fiera” que ha de tenerse en cuenta es la autosuficiencia, brotada de un triunfalismo por haber avanzado o logrado más que los demás.
En casos como esos, se llega a pensar lo listo, fiel, decidido o sabio que uno ha sido, con el consiguiente riesgo, muy grande por cierto, de caer en un triste desengaño.
Una tercera se refleja en el hecho de que un éxito rápido y fácil, puede llevar, muchas veces por lo menos, aunque no siempre, a dos peligros.
Uno es el de pensar que como ha sido muy fácil, uno puede tomarse libertades indebidas y bajar la guardia, total si volviese a caer en algún pecado pasado, siempre sería muy sencillo levantarse y dominarlo.
Esto demostraría palpablemente que uno no ha comprendido la seriedad y gravedad de las cosas – la necesidad de cortar de lleno y no reincidir nunca más.
En fin, que no se ha llegado a odiar al pecado y el mal, y renunciar a ellos por completo,
Y en esas situaciones, para reponerse totalmente hará falta una nueva recuperación, la cual, necesariamente, tendría que ser paulatina y muy laboriosa, a fin de que la verdad penetre en el fuero interno de forma cabal, categórica y absoluta,
El otro peligro es que si algo se logra con facilidad no lo valoramos debidamente. Lo contrario sucede cuando se ha tenido que bregar por ello, con mucha perseverancia y aun sacrificio.
Aunque no sea una comparación exacta con lo que estamos tratando, debemos tener como ejemplo el amor de una madre, que normalmente, ama a sus hijos propios muy por encima de lo que otros los puedan amar.
Aunque no es la única razón, la principal por cierto es la de que por haber tenido que alumbrar o sea dar a luz a cada uno de ellos, ha tenido que sobrellevar no sólo el embarazo, normalmente de nueve meses, sino también los dolores de parto del alumbramiento.
Vemos entonces que ese “poco a poco” dispuesto por el Señor, tenía y tiene su razón de ser, y sirve al mismo tiempo para darnos la analogía de un avance paulatino y progresivo, en nuestra marcha hacia la conquista de toda la tierra que aun queda por poseer.
Esta vida de batalla para un cristiano, amedrenta a algunos que, o se sienten débiles para acometerla, o bien por su disposición y carácter, prefieren pensar en una vida descansada y exenta del fragor del combate.
Tengamos presente que en Su trato sabio con cada uno, el Señor nunca permitirá que seamos probados o tentados por encima de nuestras fuerzas. (1a. Corintios 10:13)
Además, tenemos las preciosas promesas hechas a Israel, extensivas a nosotros.
“Nadie se sostendrá delante de vosotros; miedo y temor de vosotros pondrá Jehová vuestro Dios sobre toda la tierra que pisares, como él os ha dicho.” (Deuteronomio 11:25)
“Y Jehová va delante de ti; él estará contigo; no te dejaré ni te desampararé; no temas ni te intimides.” (Deuteronomio 31:8)
Y en el Nuevo Testamento tenemos, entre otras, las siguientes:
“He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará.” (Lucas 10:19)
“Mas gracias a Dios que nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús.” (2a. Corintios 2:14)
Todo esto nos debe animar a ser valientes y decididos. También debemos recordar que la batalla, en su debida medida, es algo necesario para nuestro desarrollo y maduración.
Y de hecho, el eludirla y quedarnos atrincherados en “cuarteles de invierno” equivaldría a concederle la victoria al enemigo.
En esta comprensión de la lucha contra los cananeos que estaban en la tierra prometida, debemos cuidarnos de no caer en el hincapié excesivo de identificarlos continuamente como malos espíritus o demonios.
Verdad es que en algunas ocasiones tendremos que enfrentarlos, habiendo discernido claramente su procedencia antagónica, tal como lo hizo Pablo en Pafos (Los Hechos 13: 8-12) y en Filipos (Los Hechos 16:16-18)
Sin embargo, la interpretación correcta de lo que representan los cananeos (y amorreos, heteos, heveos, ferezeos, etc.,) no es la de malos espíritus, sino, como ya se ha señalado con anterioridad, la de las obras de la carne, los antiguos habitantes de la tierra de nuestras vidas. Que el consentir esas obras y seguir practicándolas permite en muchos casos la actividad de malos espíritus, es por cierto algo que no negamos, sino por lo contrario sabemos muy bien que es verdad.
Empero, la solución integral y correcta, no es reprenderlos e increparlos de continuo como hacen algunos, sino poner la casa en orden, haciendo morir esas obras de la carne, para así quitarles todo terreno y libertad de acción en nuestras vidas.
Para apoyar la postura de identificar, reprender y echarlos continuamente, con frecuencia se citan las palabras de Efesios 6:12:
“Porque no tenemos lucha contra carne y sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.”
Mayormente, esto lo aplican a operaciones de avance, tales como la supuesta toma de ciudades o distritos, campañas evangelísticas, o bien esfuerzos de otra índole, ya sea para ganar almas para el Señor, o eliminar problemas económicos, políticos o sociales.
Lamentablemente, lo que pasa desapercibido es que la casi totalidad del pasaje que forma el contexto – versículos 10 al 20 – nos está hablando de guerra espiritual defensiva y no ofensiva. Esto está clarísimo por los siguientes puntos que pasamos a puntualizar.
“… para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo…” (6:11)
“...para que podáis resistir en el día malo” (6:13)
“…”tomad el escudo de la fe, conque podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno.” (6:16)
En esto se ve sin la menor duda que el enemigo es el que está a la ofensiva, y la exhortación a los efesios es claramente la de vestir toda la armadura de Dios, para resistir con toda firmeza los embates del maligno.
No se habla para nada de atacarlos, y desalojarlos de posiciones geográficas estratégicas en que se encuentran apostados.
Lo único en este pasaje que puede y debe conceptuarse como lucha ofensiva, es el uso de la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. (versículo 17) y esto para la proclamación efectiva del evangelio a fin de ganar almas para Cristo. (versículos 19 y 20)
La oración, tratada en el versículo 18, está encauzada a todos los santos, y también de forma específica al apoyo del ministerio de Pablo en ese sentido. En tal aspecto también
podemos verla como guerra ofensiva.
Pero en absolutamente ninguno de estos versículos, vemos algo que pueda relacionarse en lo más mínimo con las tácticas hoy en boga, en algunos círculos, de copar lugares determinados donde se encuentran “hombres fuertes” apostados por Satanás, o cosas de esa índole, las cuales, por su ridiculez y falta total de asidero bíblico, resultan risibles y totalmente inadmisibles para quienes, con madurez y experiencia, conocen bien la verdad bíblica.
En conclusión, sencillamente nada de esas tácticas puede derivarse con uso de razón de este pasaje, ni en todo el resto de la actividad de la iglesia primitiva, consignada para nuestra instrucción y guía en el libro de Los Hechos.
Ahora bien, volvemos a lo manifestado en el sentido de que los antiguos habitantes de la tierra, representan las obras de la carne y la pasada manera de vivir en la tierra de nuestro hombre interior, valga la expresión.
En este sentido nuestra lucha es ofensiva y de avance, pues se trata de que aspectos de nuestro carácter, personalidad, modo de pensar, sentir y actuar, propios del pasado y que no condicen con la nueva vida en Cristo, sean desalojados y eliminados.
Paralelamente a esto, también se trata de que los mismos sean reemplazados por las virtudes contrarias de la gracia, el amor, la humildad y mansedumbre, la fe, la santidad, etc.
Y para esto, la analogía de la conquista de Canaán se presta con toda lógica y exactitud.
En efecto, los cananeos, gergeseos, heteos, ferezeos, etc. eran gente pagana, dada a toda clase de abominación e inmundicia. Además, su maldad había llegado al colmo, y el justo juicio de Dios demandaba que fuesen expulsados y exterminados.
Por lo contrario, Israel entraba a desplazarlos y reemplazarlos como un pueblo temeroso del único Dios verdadero, exento de idolatría, y que tenía los preceptos de la ley mosaica, sabios, sanos, justos y buenos desde todo punto de vista.
La forma en que se desarrolló la conquista se nos narra en el libro de Josué, lo cual nos aporta un complemento vital de las enseñanzas que hemos estado tomando, mayormente del libro de Deuteronomio en nuestro tema particular del cruce del Jordán, y la conquista de la tierra prometida.
No es nuestra intención abarcar el libro de Josué en todo lo que contiene, sino la de examinar en los dos capítulos siguientes la vida de dos grandes guerreros: Josué y Caleb, que fueron los protagonistas principales de la conquista.
De ello podremos sacar muchísimo provecho para el tema en que estamos. F I N