CRUZANDO EL JORDÁN – CAPÍTULO 7 – Las piedras vivas revocadas con cal.
CRUZANDO EL JORDÁN
CAPÍTULO 7
Las piedras vivas revocadas con cal.
“Y el día que pases a la tierra que Jehová tu Dios te da, levantarás piedras grandes y las revocarás con cal.” (Deuteronomio 27:2)
Renovando el aspecto alegórico que nos da el Pentateuco, ahora pasamos a considerar parte del capítulo 27 de Deuteronomio, que es de muy rico contenido en lo que estamos tratando : la vida en el buen lado del Jordán.
Como lo dice el texto que hemos consignado, debían tomar y levantar piedras grandes, y como primera medida había que revocarlas con cal.
En 1a. Pedro 2:4 y 5, tenemos algo que debemos relacionar con esto:
“Acercándoos a Él, piedra viva…vosotros también como piedras vivas…”
Él es la Roca Eterna, la gran piedra viva, como es bien sabido. Pero lo que resulta significativo y sumamente alentador, es que al referirse a nosotros, los verdaderamente renacidos por el Espíritu Santo, Pedro usa en el plural las dos mismas palabras – piedras vivas – lo cual además está fielmente traducido del original griego, en el cual aparece la misma coincidencia.
Esto refleja la preciosa verdad de que, a pesar de ser vasos de barro y a menudo frágiles, y además no faltos de grandes limitaciones bien dentro, por la operación de la gracia divina, tenemos algo que está hecho del mismo material que Él.
Somos participantes de la naturaleza divina – un tesoro de incalculable valor, que constituye un depósito sagrado recibido de lo alto, contenido en los vasos de barro de nuestra humanidad, bien que ésta sea, como hemos señalado, bien finita y a menudo tenga tantas limitaciones.
Verdaderamente, es algo en que podemos gloriarnos sobremanera, y que nos impone al mismo tiempo el deber de atesorarlo y guardarlo celosamente.
REVOCADAS CON CAL
Desde luego, con cal viva y no apagada, por diluirla con mucha agua, como a veces se hace en algunos trabajos que forman parte de la construcción,
Este revoque no podemos concebirlo como superficial, hecho a la ligera y escatimando la cal.
Con Dios nunca debemos pensar en hacer las cosas a medias o mal hechas – todo cuanto requiera de nosotros habrá de hacerse siempre con el mayor esmero, a fin de presentárselo como algo realmente bien hecho, dado que Él se lo merece sobremanera.
Así entonces, para lo que nos ocupa, debemos comprenderlo como algo hecho a fondo, sumergiendo la brocha en la cal, y dando aplicaciones en cada piedra de forma repetida y abundante.
De esta manera, tenemos hermosamente reflejadas dos cosas de singular importancia: algo que quema, y al mismo tiempo emblanquece.
Como bien sabemos, la cal viva no puede tomarse con la mano, porque quema.
Nuestro cristianismo, para ser realmente vivo y eficaz, necesariamente debe tener este ingrediente sagrado, terrible y glorioso, del fuego de lo alto – la bendita llama celestial que consume la escoria y nos enciende de esperanza, fe y amor.
De otra manera, sin descartar, por supuesto, otras muchas virtudes y cualidades, y aun grandes talentos y habilidades, resultan en algo incompleto, y a veces, hasta árido y anodino.
Como tantas veces hemos señalado, el verdadero fuego divino, sólo conoce un rumbo – una dirección – hacia arriba.
También en nuestro corazón, por más que tensiones y presiones de la más diversa índole tiendan a tirarnos hacia abajo y hacia atás, esa llama, al responder nosotros a su bendita gravitación ascendente, nos elevará vez tras vez, como diciéndonos:
“Tú no eres ni para abajo ni para atrás. Tu rumbo y tu norte están arriba, en las alturas, con tu Padre Celestial y con tu Cristo, ascendido a Su diestra.”
Dichoso quien conozca en su vida y experiencia, la verdad del genuino fuego santo, proveniente del Dios que es fuego consumidor.
También tenemos en esto algo que emblanquece. Así como la cal imprimía su blancura a esas piedras, el obrar del Espíritu de Dios en nuestras vidas, tanto por el poder de la palabra, como el de la sangre preciosa del Cordero inmolado, y la virtud de la oración, nos purifican y emblanquecen progresivamente.
Las vestiduras de blanco del Anciano de Días de Daniel 7:9, de Jesús en Marcos 9:3 y de los ángeles en Los Hechos 1:10, también pasan a ser la distinción y la honra de los verdaderos santos y fieles del Señor. (Apocalipsis 3:4 y 5:18.)
“…y escribirás en ellas todas las palabras de esta ley.”
Sobre estas piedras debían escribirse las palabras de la ley
muy claramente, como agrega el versículo 8.
Como sabemos, en la dispensación actual, los mandamientos de la ley, que en el Antiguo Testamento estaban escritos sobre tablas de piedra, pasan a estar escritos en nuestros corazones.
“Pondré mis leyes en la mente de ellos y sobre su corazón las escribiré.” (Hebreos 8:10)
Sobre esto, que resulta sumamente claro, no hace falta ampliar con mayores detalles, peo solamente matizamos con un par de observaciones.
La primera es la aclaración, por si alguno no lo comprende bien, que se trata de la ley moral, no la ceremonial ni social de la misma. Esa ley moral, con su verdad justicia y amor, sintetiza el carácter de Dios mismo, y el vivir en ella nos une con Él.
La segunda observación proviene de tomar un ejemplo ilustrativo. Tomemos, pues, el primer mandamiento.
“No tendrás dioses ajenos delante de mí.” (Éxodo 20:3)
Aun cuando, con una visión estrecha e incompleta, algunos suelen interpretar esto como sólo refiriéndose a ídolos e imágenes, la comprensión correcta va mucho más lejos.
En pocas palabras, podemos decir que toda actividad, interés o afán que vaya en contra del señorío de Cristo en nuestras vidas, constituye un dios ajeno.
Muchos, enfrentando esto de modo superficial, o bien de rutina, podrán pensar que esto no los afecta en absoluto, considerándose totalmente exentos de dioses ajenos en sus vidas.
No obstante, si se pusiesen a buscar al Señor en profundidad, deseando genuinamente arraigarse y afianzarse en Cristo, seguramente que el Espíritu Santo bien pronto comenzaría a redargúirles de compromisos indebidos, aficiones desmedidas, o actividades y afanes impropios de un verdadero hijo de Dios.
En ese sentido, la labor del Espíritu, desde luego con el consentimiento y pleno apoyo de cada uno, consiste en ir destruyendo una tras otra, todas esas coas, hasta no quedar en pie ninguna.
Es muy interesante notar que en Daniel 7:9, las palabras “estuve mirando hasta que fueron puestos tronos y el Anciano de Días…,” en la versión literal de Young se traduce “…hasta que los tronos fueron derribados, y sentó un Anciano de días,”
Sea cual fuere el vocablo vocablo exacto que corresponde, no cabe duda alguna de que aquí tenemos un principio cardinal y clarísimo e incuestionable: muchos tronos que uno ha ido erigiendo en la vida, deben ser derribados totalmente.
Recién entonces, el Eterno y Venerable Anciano de Días podrá en verdad sentarse sobre el trono de nuestro corazón, y regir nuestra vida en la paz, armonía, verdad y amor del Reino de Dios.
El engreimiento, la frialdad, la pereza, el desorden, la falta de puntualidad como norma, una pasión obsesiva por algún deporte, el afán de ganar mucho dinero, el temor y los complejos, el guardarse del ¿Qué dirán? etc. no son sino algunos de los dioses ajenos que podemos tener.
Cuando por ese trato a fondo del Señor todos ellos desaparecen, llegamos a saber que ese mandamiento dado por Dios a través de Moisés, no sólo está escrito en la Biblia, sino también bien hondo en nuestras entrañas.
Así podremos presentarnos con confianza delante de Él, sabiendo que no tenemos ningún dios ajeno que sea rival alguno – cuanto somos y tenemos ahora es Suyo y solamente Suyo, y Él es el amo y dueño absoluto de nuestras vidas.
Resumiendo, se trata de presentar nuestra vida de forma sincera y real ante el Señor cada día, lo que le dará al Espíritu Santo libertad de acción para escribir en las tablas de carne de nuestro corazón esa ley divina – esa epístola viviente de Cristo – 2a. Corintios 3:3.
Como consecuencia de ello, habrá una concordancia cada vez mayor entre nuestro hombre interior y la palabra escrita, lo cual redundará en un andar diario en la plena voluntad de Dios, con paz, armonía y realización creciente y progresiva.
EL ALTAR DE PIEDRAS ENTERAS
“De piedras enteras edificarás el altar de Jehová tu Dios.” (Deuteronomio 27: 6)
“No alzarás sobre ellas instrumentos de hierro.” (Versículo 5b)
Levantar el altar significa en la analogía espiritual, acordarle al Señor el lugar principal y máximo, y presentarle ofrendas y sacrificios espirituales de consagración, acción de gracia, alabanza y adoración. (1a. Pedro 2:5)
Las piedras enteras, claro está, nos indican que en esto y en todo lo demás, nada se puede ni se debe hacer a medias, ni de forma parcial
Esto se vincula no solamente con nuestra relación personal con el Señor, sino también con nuestra ubicación dentro del Cuerpo de Cristo, Su iglesia.
A menudo tenemos el caso de un miembro que no se integra, sino en parte, teniendo al mismo tiempo compromisos o vínculos externos y ajenos que demandan de su tiempo, esfuerzo y afecto.
Esto inevitablemente siempre le impedirá darse de lleno a la iglesia en que el Espíritu lo ha ubicado, y difícilmente podrá establecerse firmemente, y mucho menos aun realizar una labor fructífera.
Cada uno debe saber cuál es su verdadero lugar e integrarse debidamente en él.
En 1a. Corintios 12:18 tenemos un principio de importancia fundamental: “Mas ahora, Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo como él quiso.”
Si uno se allega firmemente al mismo, evitará muchos problemas, tanto para sí mismo, como para aquellos con quienes alterne o se relacione.
En cuanto a la prohibición de usar instrumentos de hierro, tales como el martillo y el cincel, denota que las piedras no se debían partir, ni se debía oír el ruido de sus golpes, pues sería muy impropio, tratándose del altar sagrado de Dios.
“Y ofrecerás sobre él holocausto a tu Dios, y sacrificarás ofrenda de paz, y comerás allí, y te alegrarás delante de Jehová tu Dios. (27:6-7)
A continuación tenemos, escalonado armónicamente, el orden en que, como resultado, se irían desenvolviendo las cosas.
En primer lugar el holocausto, con el sacrificio total sobre el altar, lo cual representa la consagración al Señor total e íntegra de nuestra vida.
A renglón seguido, el sacrificio de paz. Es decir, lo que decimos de venir cada cosa escalonada armónicamente – siendo esa preciosa paz interior que no se experimentaba antes, la consecuencia natural y lógica de estar la vida ahora colocada en el lugar preciso que le corresponde, con una entrega sin reservas al Dador de la Vida, al cual le debemos todo cuanto somos y tenemos.
Después de esto tenemos las palabras ya citadas “”…y comerás allí.”
A esta altura no hay escasez ni hambre – se pasa a estar bien nutridos con el alimento para nuestro ser interior – el Pan de Vida, en toda su rica gama y dimensión; la vianda firme y el manjar sólido, que nos hacen sanos y robustos en la fe, y nos ayudan a avanzar hacia una debida y cumplida maduración.
Y por último – y ¿cómo podría ser de otra forma? – “Y te alegrarás delante de Jehová tu Dios.”
Con el Señor, el verdadero regocijo viene sobre la base de haberse puesto y encajado todas las cosas en su debido lugar, tanto en nuestra relación con Él, como con nuestros hermanos.
Hay quienes quieren entrar pronto en la alegría y el alborozo, pero sin pasar antes por la prueba y el sacrificio primero, es decir a la inversa del camino correcto.
Huelga decir que casi siempre terminan mal parados, o bien se encuentran conque el gozo que buscaban los elude, y en vez les tocan dolores, quebrantos y tristeza.
No obstante, los que enfrenten esto con humildad y sumisión, eventualmente quedarán purificados y pulidos, para pasar así al regocijo y la alegría que tanto anhelaban.
No olvidemos las Escrituras, que entre muchas otras, tienen una clara aplicación en lo que acabamos de comentar.
“Mejor es el pesar que la risa, porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón.” (Eclesiastés 7:3)
“Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán.” (Salmo 126:5)
En suma, después de todo lo anterior que hemos visto – las piedras vivas, la cal que quema y emblanquece, la ley escrita en las tablas de carne del corazón, la vida totalmente ofrendada a Dios, y la profunda paz que le sigue, llegamos a la feliz culminación de estar bien alimentados y disfrutar de una auténtica alegría en el Señor.
Pero todavía nos falta un buen trecho que andar…
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