CRUZANDO EL JORDÁN – Capítulo 6 – El libro sin igual
CRUZANDO EL JORDÁN
Capítulo 6
El libro sin igual
Como no podría ser de otra forma, la vida del buen lado del Jordán – la vida en abundancia que estamos tratando – es una vida que se nutre y se sustenta con la palabra de verdad – el gran libro que Dios nos ha dado.
Comenzando en una escala bastante elemental, veamos el importante lugar que estaba dispuesto que los reyes de Israel debían darle al asumir el reinado.
“y leerá en él todos los días de su vida.”
Estas palabras son parte de un pasaje en Deuteronomio 17 que va del versículo 18 al 20.
En el mismo, el Señor disponía que cada rey de Israel, al sentarse sobre el trono, debía escribir para sí en un libro una copia del original de la ley mosaica, la cual se encontraba bajo el cuidado de los levitas.
Este libro – o más bien la copia que él había hecho del mismo – debía leerla todos los días de su vida.
Los beneficios resultantes serían de incalculable valor para él, para su reino y para su posteridad.
Veamos la forma en que se nos presentan esos beneficios.
a)” …para que aprenda a temer a Jehová su Dios…” (versículo 19)
El principio de la sabiduría es el temor del Señor, lo cual, según hemos visto, se nos dice dos veces en Proverbios y también en Salmos y Job.
Tener un temor respetuoso y reverencial del Todopoderoso, da una base sabia y sana a nuestra vida, mientras que por el contrario, carecer de ese temor, hace que uno esté privado de un buen fundamento, y quede expuesto a una trayectoria desafortunada y, más aún, a un fin catastrófico.
Con tantas pruebas y muestras de la existencia de un Creador Supremo que tenemos a nuestro alrededor, tanto el negarlo, como el no tener en cuenta que somos responsables ante Él por cuanto hagamos, digamos y pensemos en la vida, constituye una necedad ruinosa que sólo puede acarrear, a la postre, las consecuencias más funestas que se puedan concebir.
En cambio, reconocerlo y temerlo de la manera respetuosa y reverencial que ya hemos señalado, nos hace personas sabias y sensatas, dándonos un punto de apoyo muy sólido y seguro en la vida.
Y esa virtud de temer al Altísimo se obtiene y estimula con la lectura diaria y consecuente de la Biblia. Al practicarla con avidez y apertura de corazón, se va absorbiendo una muy saludable inclinación de apartarse de cuanto le ofenda a Él, o represente deshonrarle en cualquier forma.
Y eso no puede sino aportar beneficios de todo orden.
b) …”…para guardar todas las palabras de esta ley y estos estatutos para ponerlos por obra.” (Versículo 19b)
Como ya hemos esbozado más arriba, el resultado de que el rey aprendiese y absorbiese el temor del Señor, sería que pondría Sus mandamientos por obra, con las consiguientes bendiciones para él y su reino, prometidas en esa misma ley.
Monarcas ilustres como David, Ezequías y Josías, entre otros, así lo hicieron. Como resultado, en sus reinados hubo paz, prosperidad y bendición.
En cambio, muchos otros, tanto en Israel como en Judá, se despreocuparon totalmente del libro que debían haber leído atentamente cada día.
Esto hizo que no llegaron a temer al Señor en absoluto, y en todos los casos acarreó muchísimo daño y perjuicios, irreparables tanto para ellos como para el pueblo sobre el cual reinaban.
c) “…para que no se eleve su corazón sobre sus hermanos.(Versículo 20a)
“La soberbia y altivez de espíritu conducen al quebrantamiento y la caída.” (Proverbios 16:18)
Esto no es una mera teoría, sino algo muy práctico y real, comprobado una y otra vez a lo largo de los tiempos.
El engreírse y envanecerse tiene la particularidad de ser tan engañoso, que quienes lo padecen, con frecuencia no son conscientes de ello.
Muchos son los que como el rey Uzías, en la hora del éxito se han enaltecido para su ruina.
Asimilando los consejos que las Sagradas Escrituras nos dan muchas veces, habrá de hacernos propensos a mantenernos mansos y humildes. Y a recordarnos que necesitamos siempre la gracia y protección divina, y eso. en todos los órdenes de la vida.
d)”… ni se aparte del mandamiento a diestra ni a siniestra…” (versículo 20)
Entre muchas otras virtudes, la palabra de Dios tiene la de convertirse en un semáforo que nos da señales con toda claridad, ya sea el verde para avanzar en la seguridad de que vamos bien, o el ámbar o rojo para advertirnos que corremos peligro.
d) “…a fin de que prolongue sus días en su reino, él y sus hijos en medio de Israel.”
Una bendita promesa: prolongación de vida sobre el trono – extensiva también a los hijos. La palabra que nos trae el consejo de lo alto, debemos guardarla en medio de nuestro corazón, pues “…es vida a quienes la hallan y medicina a todo su cuerpo.”(Proverbios 4:22)
Efectivamente, al abrazarla celosamente y procurar vivir siempre según los sabios dictados de la misma, no sólo nos beneficiará espiritual, moral y anímicamente, sino también en el orden físico.
Esto no supone, desde luego, la postura extrema que sostienen algunos, de garantizarnos la sanidad siempre, o de no enfermarnos nunca; en cambio, sí significa que gozaremos, como norma general, de buena salud para poder así vivir en la voluntad de Dios cada día.
Pasamos ahora a algo muy hermoso que se encuentra en los salmos.
LA JOYA DE ALITERACIÓN DEL SALMO 119
Aun cuando no hay expresa constancia de ello, en general se acepta que David fue el autor del Salmo 119.
En lo que constituye una joya desde todo punto de vista,
el original hebreo está dividido en 22 partes, cada una de ellas correspondiente a una letra del abecedario hebreo. En nuestras traducciones al castellano, cada una de estas 22 letras se encuentra al principio de cada sección.
Como muchos sabrán, en el hebreo la primera palabra de cada oración comienza con esa misma letra a todo lo largo de esa sección, con un efecto muy agradable, el cual, naturalmente no es posible reflejar en las traducciones a otros idiomas.
Sin embargo, no es eso lo más importante de este salmo, sino algo muy significativo, y de mayor valor.
Efectivamente, en cada uno de sus 176 versículos, encontramos una alusión a la palabra de Dios, expresada con una gran variedad de vocablos.
Aquí van algunos de ellos: tus palabras, tus estatutos, mandamientos, testimonios, caminos, preceptos, tus justos juicios, tus dichos, los juicios de tu boca, la palabra de verdad, tu fidelidad, tu ordenación, tus mandatos, etc.
Con la única excepción de los versículos 122 y 132 – por lo menos en nuestra versión en castellano del año 1960 – todos los demás hacen mención de la palabra de Dios, valiéndose de uno o más de esos diversos vocablos.
Damos un ejemplo de cómo sería en el original griego, usando imaginariamente varias sentencias o dichos en castellano.
Alabo tu nombre cada día;
Alimento para mi alma son tus palabras;
Agradables en gran manera a mi paladar,
Alma mía, regocíjate en el Señor;
Altísimo es nuestro gran Dios;
Abrevas mi alma con las ricas fuentes de tus sabios consejos.
Esto – el comenzar cada oración con la misma letra de la sección a que corresponde – se encuentra en el original hebreo, en el cual, claro está, le confiere una mayor hermosura.
Este comienzo de cada oración de una sección con la misma letra, se llama aliteración, el cual mi diccionario Larousse define así: Figura estilística que consiste en la repetición del mismo o los mismos sonidos en una misma frase.
El ejemplo que da es: bajo el ala aleve del leve abanico.
No obstante, la aliteración también tiene otras formas y una de ellas es la que ejemplificamos más arriba, que es la que aparece a todo lo largo del salmo 119, al cual nos estamos refiriendo.
El mismo resulta así una forma muy elocuente de presentarnos nada menos que 174 veces, y a través del prisma de la rica experiencia y aspiración del salmista, el lugar y el rol insustituible de la palabra de Dios.
Ninguna como ella para guardarnos. nutrirnos y guiarnos, y al mismo tiempo mostrarnos el camino al buen lado del Jordán, y advertirnos de los falsos atractivos que nos pueden desviar o estorbar para que sigamos en el mal lado.
LA ESPADA FORMIDABLE E INVENCIBLE
“Eleazar, hijo de Dodo, ahohita, uno de los tres valientes que estaban con David cuando desafiaron a los filisteos que se habían reunido allí para la batalla, y se habían alejado los hombres de Israel…”
“Éste se levantó e hirió los filisteos, hasta que su mano se cansó, y quedó su mano pegada a la espada.”
“ Aquel día Jehová dio una gran victoria, y se volvió el pueblo en pos de él, tan sólo para recoger el botín.”
Un hermoso pasaje en el cual vemos en acción a este valiente de David, Eleazar, hijo de Dodo. Notemos en primer lugar que los hombres de Israel se habían alejado, y que sólo volvieron después de haber sido ganada la batalla, y eso sólo para recoger el botín.
Así es mucha veces en la práctica. En la hora oscura y difícil de la batalla, muchos se retiran o repliegan; en cambio, cuando la misma ha pasado, y viene la bendición derivada del triunfo, regresan para participar y disfrutar de la misma.
En esta encrucijada que nos da el primero de los dos versículos citados, Eleazar miró adelante y no vio más que enemigos; miró hacia atrás y vio que los de Israel, su pueblo se habían alejado dejándolo solo.
Pero tuvo una tercera opción, que fue la de mirar hacia arriba. Allí, con los ojos de la fe, vio que el Dios Invencible estaba firme en Su lugar habitual, y no se había marchado en absoluto!
Entonces, con el gran corazón de luchador valiente que tenía, tomó en su mano la espada, y empezó a repartir por derecha e izquierda, por arriba y por abajo, y por los cuatro costados.
Su espada así volaba, dando trocha y mocha a los filisteos, los cuales iban cayendo como muñecos uno tras otro.
Una vez completada la victoria, seguramente jadeante por el gran esfuerzo realizado, quiso dar descanso a su diestra agotada, deponiendo la espada y pensando colocarla en su debido lugar – en la vaina.
Pero resulta que pasó que no podía, pues la espada, de tanto emplearla con toda la energía del varón valiente que era, se le había pegado a la mano!
Su mano y su brazo estaban unido a la espada en una sola pieza!
Así es un hijo d Dios que hace uso prolífero, diario y continuado de la palabra de verdad, tanto en sus luchas como en todas las demás vicisitudes de su carrera, leyéndola con avidez y perseverancia, aferrándose a ella y sus muchas promesas, en sus crisis, y estudiándolo siempre con ahínco.
Así esta palabra se encarna en su vida, comiendo y bebiéndola con hambre y sed, y dejándose regir por ella en cada situación en que se encuentre.
De este modo, él y ella pasan a estar unidos en su vida y su persona, como hemos dicho, en una sola pieza, y al igual que Eleazar el hijo de Dodo, la encuentra ser lo que verdaderamente es en verdad: la espada formidable e invencible.
Bien podemos afirmar en cuanto a ella, las palabras de David cuando el sacerdote Ahimelec le ofreció la espada de Goliat, al cual había vencido en una memorable ocasión anterior.
NINGUNA COMO ELLA! – DÁMELA. 1a. Samuel 21: 8-9.
Que cada uno de nosotros sea de la estirpe de David y de Eleazar, valorando debidamente la espada de la palabra de Dios y haciendo pleno uso de ella siempre. Recordando, desde luego, que la espada en nuestro tiempo no se lleva en la mano, sino en la boca, como EL Señor Jesús en Apocalipsis 1:16.
Sus siete virtudes – altísimo valor – exquisita dulzura y gran galardón.
En el precioso Salmo 19 tenemos del versículo 7 al 11, un riquísimo pasaje que nos habla con claridad y mucha sencillez de las muchas bondades de la ley y los mandamientos de Dios.
Los listamos prácticamente sin comentarios, pues todas hablan de por sí.
1) La ley perfecta que convierte el alma.
2) El testimonio fiel que hace sabio al sencillo.
3) Los mandamientos rectos que alegran el corazón.
4) El precepto puro que alumbra los ojos.
5) El temor del Señor que es limpio y permanece para siempre.
6) Sus juicios, que son verdad – todos justos.
7) Además sirven para amonestar a Sus siervos.
David establece su valor como algo tan elevado, que lo hace más deseable que el oro y que mucho oro afinado.
Asimismo, la dulzura que encuentra en la palabra de Dios sobrepasa la de la miel – aun de la más pura que destila del panal. Y termina diciendo que en guardarla hay grande galardón.
Es solamente quien vive en el Espíritu y muy cerca de Dios, que puede valorar la palabra divina de esta forma tan tierna y exquisita, expresada tan bien en este Salmo por la pluma galana de David.
EL EJEMPLO DE PABLO Y LOS DEMÁS APÓSTOLES.
En el Nuevo Testamento vemos que los apóstoles eran hombres de la palabra.
Si leemos con cuidado en Los Hechos, hemos de notar vez tras vez, sobre todo en los primeros 20 capítulos, la importancia capital que tenía la palabra del Señor en toda la actividad de la iglesia primitiva.
Asimismo, los autores de las epístolas, a menudo citan pasajes del Antiguo Testamento para edificar sobre ellos, y ampliar la enseñanza y exhortación dirigida a las iglesias.
Como muestra elocuente de ello podemos tomar la epístola a los Romanos. En la misma, Pablo utiliza, entrelazadas con su rica enseñanza y exposición teológica, citas de Habacuc, Salmos, Isaías, Oseas, Génesis, Éxodo, Deuteronomio, Malaquías, Levítico, Joel, 1a. de Reyes, Jeremías, Job, Proverbios y 2a. Samuel – nada menos que de 15 libros en total.
Además, debemos agregar que mientras de algunos libros cita sólo una vez, de los Salmos, Isaías y los libros del Pentateuco, lo hace en un buen número de ocasiones diferentes.
El SEÑOR JESÚS Y SU EJEMPLO
Aun con ser el Hijo Eterno, el Logos encarnado, que vivía en perfecta comunión con el Padre, Jesús nunca prescindió de las Escrituras, ni las desestimó ni les restó importancia.
Muy por el contrario, siempre las enalteció, y tal era Su confianza en su absoluta fiabilidad, que en una oportunidad llegó a declarar que “…la Escritura no puede ser quebrantada.” (Juan 10:35b.)
Además, al referirse a pasajes cuestionados por los escépticos, evolucionistas y la llamada alta crítica, tales como el relato de la creación, los tres días y noches en que Jonás estuvo en el vientre del gran pez, y otros, Jesús siempre los convalidó, danda por sentado su absoluta veracidad,
¿Por qué tantos encuentran la Biblia árida y carente de vida y frescura?
Si muchos creyentes se sincerasen en esto, sin duda que tendríamos un porcentaje muy elevado, el cual admitiría que la verdad en su experiencia coincide con el subtítulo de esta sección.
Un buen número tal vez diría que les gusta disfrutar de cintas grabadas, videos o leer libros amenos – todos ellos cristianos, se sobreentiende.
En cambio, con la Biblia les resulta distinto… por lo menos algunos la han leído tantas veces, y algunos pasajes les son tan conocidos, que los encuentran faltos de interés, y a veces hasta aburridos.
Sin pretender dar con la respuesta completa para todos los casos, creemos que en gran parte, se debe a la falta de comprensión de un principio muy importante.
El mismo estriba en comprender con toda claridad que la lectura de la Biblia debe ir acompañada, e idealmente precedida, por la oración.
Esta última, además de sus muchas virtudes, tiene la de sensibilizar nuestras facultades espirituales y mentales
y del corazón, para predisponernos mejor para la lectura.
Si acometemos esto con poca o ninguna oración previa – como a menudo suele hacerse – casi seguro que en la mayoría de los casos nos ha de resultar seca y falta de sustancia o peso, o bien, en un nivel mental, estaremos conscientes del valor y la importancia de lo que estamos leyendo, pero en nuestro fuero interior habrá una incapacidad de apropiarlo y absorberlo.
La oración viva y eficaz, no sólo nos ayuda a librarnos de la ansiedad y las preocupaciones y afanes de la vida cotidiana, sino que también despeja y enternece la mente y el corazón, de manera que al leer la palabra sagrada, ésta penetra y nos alimenta e impacta y surte así el efecto deseado.
De este modo la lectura se hace sumamente atractiva y provechosa, y nuestro corazón y mente, en sintonía y armonía con el Señor, pasan a deleitarse en ella, incluso hallando en ella tesoros y encantos que nunca habíamos visto antes.
En realidad lo que ha pasado en esto que estamos diciendo, es que por la búsqueda del rostro del Señor, en oración, hemos dado lugar y libertad de acción al Espíritu Santo, el cual no es solamente el Autor, sino también el intérprete fiel y sapientísimo de la Biblia.
Y consecuente con ello, le ha pasado a dar ese soplo vivificante, ese hálito bendito que marca toda la diferencia.
Lo que nos lleva a la reflexión final que lo resume todo: la clave que nos permite paladear la palabra de Dios, y enriquecernos con ella, está en andar en estrecha y perseverante compenetración con su Autor, el Espíritu Santo.
Añadimos a esto nuestro testimonio personal. Cuando unos buenos años atrás, después de un tiempo de búsqueda del Señor, por sentirme muy seco y necesitado, le plugo derramar a raudales, en nuestra vida – mía y de mi esposa – entre otras cosas, sucedieron dos de la mayor importancia.
La primera fue que empezamos a orar como nunca antes. La segunda, comenzar a disfrutar de la Biblia, en una proyección nueva y mucho mayor que todo lo que habíamos conocido antes.
Estas dos cosas, claro está, se encuentran delineadas en la coyuntura en que los apóstoles tuvieron que enfrentar demandas indebidas, que se perfilaban sobre su actividad y mayordomía del tiempo.
Viendo con toda claridad el punto ineludible en que debían perseverar, convocaron a la multitud, para instarles a que buscasen siete varones para atender a la parte práctica en que había surgido el problema, con todo peso y fuerte hincapié afirmaron:
“Y nosotros persistiremos en la oración y el ministerio de la palabra.” Los Hechos 6:4.
Hoy día nos encontramos con otra invasión de modas y estrategias nuevas, que están proliferando en muchas partes de la iglesia.
En no pocos casos, el resultado que producen es distraer y aun apartar a los hijos de Dios de estas dos prioridades – la oración y la palabra – que en realidad son columnas insustituibles que el Señor ha establecido, firme y claramente para los Suyos.
Orar y darse generosamente a la palabra, puede ser a veces una labor ardua y laboriosa. Pero reemplazarla por sustitutos fáciles y atractivos, sólo puede acarrear perjuicio espiritual para nuestra vida.
Para nuestro ben, el Señor demanda esfuerzo y a veces hasta sacrificio, pero quien los enfrente con ánimo resuelto, con toda seguridad habrá de cosechar mucho más y mejor que los que optan por otros caminos más fáciles y novedosos.
En conclusión, el Señor ha puesto en nuestras manos Su gran libro, inspirado y escrito especialmente para nosotros. El trato que le damos es un índice fiel del trato que le estamos dando a Él en nuestro andar cotidiano.
Y en lo que en particular atañe al tema de esta obra, nada mejor que darnos asiduamente con toda diligencia a la bendita palabra de verdad. Ninguna como ella para señalarte, querido lector u oyente, el rumbo para salir del desierto y entrar en el Canaán de la vida en abundancia prometida por el Señor Jesucristo.
Y por supuesto, para quienes ya hayan entrado, para mantenerse en él sin volverse atrás, e incluso avanzar más y más, para alcanzar en plenitud la preciosa herencia que se nos ha legado.
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