CRUZANDO EL JORDÁN

Caleb, el octogenario, con el reloj divino detenido por 45 años.

Habiendo hablado de Josué en el capítulo anterior, sería injusto que omitiésemos dedicarle un capítulo a su fiel camarada Caleb, varón ejemplar en el más amplio sentido de la palabra.

Cuando los otros 10 espías dieron el mal informe que hizo desfallecer al pueblo, Caleb reaccionó de forma inmediata e hizo oír su voz con toda firmeza y claridad,

“Entonces Caleb hizo callar al pueblo delante de Moisés: Subamos luego y tomemos posesión de ella porque más podemos que ellos.” (Números 13: 30)

No obstante, toda la congregación prestó más atención al informe de los 10 malos espías, y alzaron su voz llorando, lamentando y murmurando contra Moisés y Aarón, y llegando incluso a decir: “Designemos un capitán y volvámonos a Egipto.” (14:4) Como tantas veces se ha dicho “Ellos salieron de Egipto, pero Egipto no había salido de ellos!

Entonces en una segunda ocasión Caleb tomó la palabra juntamente con Josué afirmando: “La tierra en que pasamos para reconocerla es buena en gran manera.”

“Por tanto, no seáis rebeldes contra Jehová,ni temáis al pueblo de esta tierra porque nosotros los comeremos como pan: su amparo se ha apartado de ellos y con nosotros está Jehová ; no los temáis.” (14:7 y 9)

Sin embargo la reacción del pueblo fue de hablar de apedrearlos a los dos. Fe en ese punto de tiempo que la gloria del Señor apareció sobre el tabernáculo, y el Señor dio la grave sentencia que comentamos que ya comentamos al principio.

En efecto: con la sola excepción de Josué y Caleb, todos lo demás iban a estar excluidos de la buena tierra y morir en el desierto.

En cambio, la nueva o segunda generación, iba a entrar a disfrutarla, cuyo significado simbólico ya hemos explicado con amplitud.

Al hacer la excepción de Caleb de todo esto, el Señor dio un maravilloso testimonio de él:

“Pero a mi siervo Caleb, por cuanto hubo en él oto espíritu y decidió ir en pos de mí, yo lo meteré en la tierra donde y su descendencia la tendrá en posesión.” (Números 14:24)

Refiriéndose a los demás, los califico de “depravada multitud que lo había provocado a ira una y otra vez y se habían negado a escuchar Su voz” (14: 22 y 27)

En cambio de Caleb dijo que era Su siervo, con toda la honra que ello supone. Pero además, agregó que tenía otro espíritu , que le hacía ver y valorar las cosas en sentido diametralmente opuesto. Y esa visión y esa valoración que él tenía le movía a seguir y servir a Él, su Dios y Señor de forma absoluta y con toda confianza .

Bien cabe aquí que elevemos la oración de que, por la gracia divina podamos cada uno ser de la estirpe de Caleb y no de la de los espías malvados, rebeldes e incrédulos.

Años más tarde, al referirse a esa coyuntura, Caleb dijo en Josué 14:7: “ ..”Y yo le traje noticias como lo sentía en mi corazón.”

Mientras los otros diez albergaban en su corazón la duda, desconfianza y el deseo de volver a Egipto, Caleb guardaba en el suyo la palabra de Dios y Su fiel promesa.

“En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” se nos dice en el Salmo 119:11.

Así, en la hora crucial, a diferencia de los demás que despreciaron la buena tierra y murieron en el desierto, él pudo agradar al Señor, honrándolo con su fe y valentía, y no volviéndose atrás en lo más mínimo.

Dios lo premió de una manera particular, la cual pone de relieve Su sabiduría, justicia y amor.

Efectivamente, el mal informe de los diez espías incrédulos y la rebelión del pueblo en Cades Barnea, demoró el cruce del Jordán por casi 40 años, que fue el tiempo que debió transcurrir hasta que esa primera generación, rebelde e incrédula, quedase extinta.

A eso había que agregar un período adicional de poco más de 5 años transcurridos durante la conquista de la tierra.

Recién entonces, y por causas totalmente ajenas a él, le iba tocar a él entrar en su herencia. A esa altura, en un plano normal, y su edad avanzada de 85 años, no iba a tener las fuerzas suficientes para derrotar a los gigantes, antiguos habitantes de la tierra.

Además, no podría disfrutarla como lo habría hecho 45 años cuando era joven y estaba en la plenitud de sus fuerzas.

Previendo eso, y no queriendo consentir de ninguna manera que padeciese esa injusticia, Dios hizo nada menos que detener el reloj de su vida!

Mientras los demás iban envejeciendo y quedando atrás en el camino, él seguía joven y lozano, rebosando de buena salud y pletórico de energía.

Así podía decir con enorme satisfacción:

“Hoy soy de edad de ochenta y cinco años. Todavía soy tan fuerte como el día en que Moisés me envió; cual era mi fuerza entonces, tal es mi fuerza para la guerra, y para salir y entrar.” (Josué 14:10 y 11)

Así, con la ayuda del Señor, no sólo pudo desalojar a esos tres gigantes, sino también disfrutar de ahí en más de su herencia, como si estuviera en su plena juventud.

Esto constituye una preciosa muestra de cómo el Señor cuida y bendice a los que le son fieles de verdad.

Los gigantes de Hebrón

La porción que le tocaba a él, Dios se la había otorgado con juramento a través de Moisés. Era en la ciudad de Hebrón, con sus entornos, ubicada en una zona muy montañosa, a unos 40 kilómetros al Sur de Jerusalén, dentro del territorio de Judá que era su tribu.

Él sabía muy bien que en ella moraban tres gigantes, y que estaba fuertemente fortalecida y amurallada.

Sin embargo, lejos de atemorizarse, tenía plena confianza que con el Señor de su parte, los iba a poder vencer y desalojar.

“Dame, pues este monte…”(Josué 14.12) fue el justo reclamo que le formuló a Josué, quien lideraba a Israel.

Al bendecirle éste y otorgarle su aprobación y bendición, Caleb marchó a Hebrón, y lleno de fe y valor, efectivamente derrotó y desalojó a los tres gigantes que se le interponían – Sesai, Ahimán y Talmai.

Y así pudo, como ya se ha dicho, pasar a disfrutar de su herencia, con 85 años d edad, pero con la plenitud de su capacidad física, y como si aun estuviese en la frescura e ilusión de sus 40 Abriles.

Pero, por más hermoso e inspirador que sea todo esto, no debemos perder de vista el claro simbolismo que todo esto nos brinda, para nuestra ilustración, exhortación y estímulo.

Los gigantes que se nos oponen en nuestra marcha hacia nuestra plena herencia.

En este subtítulo estamos designando algo que, por cierto, no es ninguna fantasía ni invención de nuestra imaginación, sino por lo contrario, algo absolutamente real y práctico.

Es cierto que Jesucristo vino a darnos vida en abundancia, pero también lo es que en nuestra marcha y avance hacia la misma, a menudo tenemos que enfrentar fuertes obstáculos que superar y vencer.

Para muchos, los mismos se han de identificar como demonios o malos espíritus. No obstante, enseñados por la experiencia de unas buenas décadas, y deseando dar a lo que escribimos unas claras y sanas bases y verdades bíblicas, nos inclinamos por otra vía – la de gigantes muy reales que no son demonios ni malos espíritus en sí, sino lo que éstos intentan producir en su lucha espiritual contra los santos, con el malvado y pérfido intento de lograr terreno para operar en nuestras vidas.

Indudablemente, en todo esto prolifera una gran variedad, pero, por razones de espacio y tiempo, nos ceñimos a unos pocos casos típicos

1) El gigante de la incredulidad y el temor.-

Hemos puesto a estos en el singular, como si fueran uno solo, porque operan en estrecha colaboración, acompañándose a menudo uno cerca del otro.

Como ya hemos señalado y comentado con anterioridad, la incredulidad – específicamente no creer la palabra de Dios – es la madre de todos los pecados.

Aparte de la horrible blasfemia que supone de hecho hacer a Dios mentiroso (ver 1a. Juan 5:10.) deja en un profundo y oscuro abismo, pues ¿Qué porvenir nos espera sin Dios y Sus promesas?

Al igual que lo que les acaeció a Adán y Eva, inevitablemente lleva a tener miedo y escondernos y querer escapar de Dios.

Quien tenga una mínima experiencia práctica, en cuanto al tema que estamos tratando de entrar en la vida en abundancia, y permanecer en ella, estará sin duda totalmente de acuerdo en que ese gigante de la incredulidad es algo muy concreto, que intenta con frecuencia enfrentarnos y cerrarnos el paso.

Nuestros fallos y torpezas, cometidos en el pasado, el pensar que se trata de algo nuevo que nunca hemos conocido ni experimentado, quizá las veces que hemos intentado entrar en ella sin conseguirlo, y a menudo nuestro franco fracaso en el terreno de llevar una vida de oración, desengaños que hemos tenido por una y otra causa, etc. etc., no son sino factores que han contribuido, y hasta el día de hoy contribuyen a darle asidero, y hasta formidable fortaleza, a este gigante de la incredulidad, de manera que a algunos les resulta imponente y hasta invencible.

Y para colmo, muchas veces se hace acompañar por el otro – el del temor.

“¿Y si fallo y termino mal parado y derrotado?”

¿Y si al entrar en esa nueva esfera, el enemigo me convierte en un blanco especial y me asedia día y noche?”

¿Y si mi rutina y estilo de vida nos va a revolucionar, y ni yo ni mi mujer sabremos dónde iremos a parar con tantos cambios y reajustes?

¿Y si me pasa como a otros que se lanzaron de cabeza y después de caer en el fanatismo se fueron a pique?

Éstas son algunas nomás de las maliciosas preguntas, con las cuales se nutre y agranda su musculatura este horrible gigante.

Cuántos y cuántas han claudicado, y presos de la duda y el miedo, se ha vuelto atrás, resignados a una vida mediocre, de segunda o tercera categoría, en el desierto seco y estéril!

EL GIGANTE DE LA APATÍA Y EL DESGANO

Éste es uno que no parece tan fuerte, y a primera vista no asusta ni aparenta ser muy peligroso. Pero detrás de su aspecto más bien débil e inofensivo, se oculta con una malicia muy sutil que ha invadido e invade las almas de muchos creyentes, quitándoles el apetito y la sed de las cosas de Dios.

Se vale de un sinnúmero de subterfugios o argumentos, siempre con el fin de desanimar y apagar el entusiasmo y la ilusión. Aquí van algunos de ellos.
“Los resultados no han sido lo que se esperaba y no vale la pena seguir derrochando tanta energía y esfuerzos.”

“Como ya se ha logrado bastante, será más oportuno y prudente tomarse un merecido descanso de tanto trabajo y desvelo.”

“El cansancio y las muchas otras obligaciones, hacen necesario que pasemos ahora a un ritmo más lento y reposado.”

“La oración no me apetece como antes, de manera que ahora me limito bastante, a menos que haya una necesidad muy especial, o bien que me surja en un momento determinado un deseo espontáneo de volver a orar con intensidad.”

“La verdad es que me siento bastante desilusionado. Sin abandonar la fe, ni dejar de asistir a la reunión principal de la semana, ahora estoy dedicándome a otras actividades: ¿paracaidismo? ¿golf? ¿ajedrez? ¿motociclismo? No son mundanas ni pecaminosas, y creo que serán una buena terapia para relajarme y olvidar muchas cosas. Además, así me evito las tensiones y problemas cuando uno se da de lleno.”

“Esto de orar y estudiar la palabra cada día se ha vuelto en un legalismo aburrido y estéril. El péndulo se ha inclinado demasiado hacia ese lado, y ahora se hace necesario corregirlo, llevándolo en sentido opuesto.”

“Tantas horas dedicadas a visitar a otros, tratando de ayudar y consolarlos, ha terminado por agotarme y la verdad es que no he visto muchos resultados, y para colmo, parece que nadie se da cuenta ni valora todo lo que uno ha hecho.”

A todos éstos, y muchos más que se podrían consignar, debemos añadir el efecto tremendamente perjudicial que en tanto casos ocasiona la televisión. A menos que se sea muy selectivo y se ejerza una firme disciplina, acompañada de un sano dominio propio, el daño que hace a la vida espiritual es evidente.

Entre otros males, quita el deseo de orar de veras y buscar a Dios de todo corazón, y también va invadiendo imperceptiblemente el organismo espiritual y anímico, llenándolo de células de mundanalidad, crimen, terror y obscenidades.
Quien tenga dudas sobre esto, muy bien puede someterlo a prueba: Después de quedarse hasta tarde viendo una de esas películas típicas, a poco que termine, que pase a su alcoba para darse por un buen rato a la oración, y que a la mañana siguiente, me diga cómo le ha ido.

No seamos ciegos o incautos. Buena parte de la corrupción, inmoralidad, crímenes y otros males que en las últimas décadas han ido en aumento considerable, se debe al lugar preponderante que en muchos hogares se da a la “cajita mágica” con sus películas y programas, a menudo saturados de toda clase de corrupción e inmoralidad.

Resumiendo, la apatía y el desgano constituyen otro gigante formidable, ante el cual muchos han caído vencidos. Guárdate mucho, para que no seas tú uno de ellos, querido hermano o hermana,

3) EL GIGANTE DEL MATERIALISMO

Sobre todo en los países que cuentan con un un índice elevado de prosperidad, éste es un gigante que ha hecho y sigue haciendo muchos estragos en las vidas de no pocos creyentes.

A primera vista podría parecer que por lo contrario, en países pobres y subdesarrollados, con un nivel bajo de vida, muy poco es el daño que puede hacer.

Sin embargo esto no es así, debiendo entenderse que en este segundo caso, las cosas discurren por un cauce particular y muy distinto.

Efectivamente, muchas veces debido a la gran necesidad económica, para atraer la atención se presenta un evangelio que ofrece bienestar material y prosperidad. O bien se trata de llegar a la gente con obras de alcance social y benéfico, ofreciendo ropa, comida, albergue, atención médica, medicamentos, etc.

Por una parte, no debemos cerrarnos a las necesidades materiales del prójimo, sino ser sensibles a ellas con sabiduría, y cuando cuadre, con generosidad y bondad.

No obstante, al hacer de esto la punta de lanza para alcanzar a los pobres con el evangelio, se comete un error de criterio muy importante, el cual, a la larga, ha de traer muchos desengaños.

El verdadero y único mensaje del evangelio, es el de arrepentimiento del pecado y fe en Jesucristo y la obra expiatoria que hizo a favor nuestro en el Calvario, a fin de recibir perdón y la vida eterna.

Ése debe ser, en síntesis, el mensaje que la iglesia debe tener para todo ser humano, pobre o rico.

Cuando eso se deja de lado para para presentar en primer lugar, ya sea a través de la prédica oral, o por la vía de la obra social, el aspecto material de la bendición de Dios, a la larga se desemboca con toda seguridad en algo falso e ilusorio.

Los adeptos así logrados, en la mayoría de los casos serán pseudo convertidos, que a la postre demostrarán con sus hechos, que poco o nada han comprendido de lo que es la verdadera vida cristiana.

Además, al tratarse más tarde de inculcarles la verdad del evangelio, después de haber puesto ese fundamento falso, con toda seguridad en la gran mayoría de los casos se recogerán dolorosos problemas y desilusiones.

Y de esta forma tan astuta y malvada, el gran gigante del materialismo seguirá causando perjuicios incalculables, en zonas como ésas de pobreza y miseria.

No obstante, debemos puntualizar una excepción que alguna vez se daba un buen tiempo atrás. En la China – y muy posiblemente en otros países también – al aparecer misioneros y siervos del Señor, los habitantes chinos, de tez más bien amarilla, consideraban a estos “blancos” como enemigos peligrosos y malvados.

Sin embargo, algunos de ellos prestaban buenos servicios, médicos sobre todo, que fueron muy beneficiosos para muchos necesitados. Como resultado, se dieron cuenta de que no eran peligrosos ni malvados, sino todo lo contrario, lo cual cambió totalmente las cosas, y poco a poco se abrió la puerta para la predicación del evangelio.

Retomando el hilo que llevábamos, en entornos de bienestar material, las cosas funcionan de otra manera, igualmente perjudicial. En primer lugar, con raras excepciones aquí y allá, las personas inconversas muestran muy poco interés en los valores morales y espirituales del Reino de Dios.

Absorbidos por la prosperidad de que disfrutan, no les ven sentido ni razón de ser.

En segundo lugar, muchos creyentes, sumergidos en una sociedad consumista, con frecuencia caen atrapados en compromisos económicos que acarrean fuertes demandas en su tiempo y sus fuerzas.

“Un modelo de televisor con video más moderno y avanzado; un coche más moderno, con mayor potencia que el del vecino (!) o un lavavajillas más grande y eficaz. Y como un familiar y un amigo dilecto lo ha comprado, qué bien me vendría a mí también!

El inconveniente es que que no se cuenta con los ingresos suficiente para solventarlos – pero las ofertas de venta a plazos, con crédito a sola firma, lo ponen al alcance de uno de forma tan tentadora, que sería una picardía y una lástima no aprovecharlas!

Y así muchos firman al pie, y casi siempre sin preocuparse por las cláusulas en letra chica.

Tener el nuevo artefacto será tan bueno y nos traerá tantas satisfacciones!

Como resultado, muchas veces se cae en una trampa doble. Por una parte, el atractivo de esa nueva adquisición, que paralelamente opaca la visión espiritual sensiblemente.

Por la otra, y para colmo de males, al poco tiempo se advierte que resulta muy difícil cumplir con los vencimientos de pago con sus consabidos intereses. Y así aparece el círculo vicioso de tener que trabajar horas adicionales para ganar más, y así poder solventar esos pagos, o la necesidad del pluriempleo o que la mujer salga a trabajar, porque los ingresos del marido no son suficientes.

Como consecuencia de todo esto, surgen el cansancio o agotamiento, o bien la pérdida de sueño o de tensión en el matrimonio, por los problemas de la economía.

Las reuniones de mitad de semana quedan descartadas; para buscar al Señor, darse a la palabra y servirle a Él ya no quedan tiempo ni fuerzas. En fin, que se queda tristemente hipotecado en cuanto a las cosas de Dios. Es como si la vida espiritual de uno estuviese con una soga al cuello, con la amenaza de estrangularla por completo.

Esto y mucho más es el daño inmenso, horrendo e infernal que, de forma tan insidiosa, ha causado en la vida de muchos creyentes este horrible gigante del materialismo.

Seamos muy listos y precavidos para no caer prisioneros en sus terribles tentáculos.

Mucho mejor es vivir sobriamente, y según nuestros ingresos y medios disponibles.

Si le somos fieles al Señor, Él se encargará sin duda de que no nos falte nada necesario de verdad, y por sobre todas las cosas, podremos conservarlo a Él como el tesoro más grande de nuestras vidas.

Desde luego que se podrían agregar muchos más a estos tres gigantes que hemos estado tratando. No obstante, a nuestros fines no creemos necesario añadir más, sino dejarlo en tres, en consonancia con los tres que a Caleb le tocó enfrentar.

Así nos damos por satisfechos en cuanto a este aspecto, y ahora pasamos a algo todavía más importante.

CÓMO CALEB DESALOJÓ A LOS TRES GIGANTES

El relato no nos da detalles de la batalla en sí contra los tres gigantes, sino que se nos dice de forma muy escueta: “Y Caleb echó de allí a los tres hijos de Anac, a Sesai, Ahimán y Talmai.” (Josué 15:14)

Sin embargo, de otros pasajes de las Escrituras podemos sacar conclusiones provechosas que nos servirán de inspiración y guía.

En primer lugar, están las palabras de Números 14:24 que ya hemos comentado en parte:

“…mi siervo Caleb, por cuanto hubo en él otro espíritu…”

No debemos interpretar eso como si hablase del Espíritu Santo en él, y en contraste con él los otros tenían malos espíritus o demonios.

Más bien se trata de que en su propio espíritu – indudablemente influenciado por el Espíritu de Dios – él tenía una óptica y una apreciación de las cosas que eran totalmente distintas de las de los diez espías infieles.

Ellos veían gigantes, fortalezas y murallas, ante lo cuales se sentían absolutamente impotentes, y no contaban para nada con la expresa promesa de la palabra de Dios.

Caleb veía las mismas cosas, pero dentro de su corazón estaba esa palabra divina, que en su valoración estaba muy por encima de lo que tenía delante de sus ojos.

Debemos pues reducirlo al terreno de la fe.

“…porque por fe andamos, no por vista.” (2a. Corintios 5:7)

Él andaba por fe. “La fe es por el oír, y el oír por la palabra de Dios.” (Romanos 10:17)

Habiendo oído la palabra de Dios, la creyó y la dejó anidarse bien hondo en su corazón.

Por lo contrario, los espías infieles andaban por vista. Para ellos, lo que estaba delante de sus ojos pesaba más que la clara promesa que el Señor había formulado – en suma, creían en lo que veían y no en la palabra de Dios.

Hebreos 3: 19 lo resume sintéticamente:

“Y vemos que no pudieron entrar por causa de incredulidad.”

Debemos poner de relieve que la fe de Caleb, al igual que la de Josué y de la segunda generación que entraron en la tierra de Canaán, estaba basada en las claras promesas que el Señor había dado.

Lamentablemente, no pocas veces se dan casos de que algunos se lanzan a empresas o proyectos sin tener una expresa palabra divina de dirección y guía – incluso pueden pensar qu la tienen, y más tarde se descubre que no era así – que era algo fraguado en sus mentes de una forma u otra, posiblemente apoyados en versículos de la Biblia, pero provenientes de un deseo personal y que no tenía un verdadero origen en el Espíritu de Dios.

Sobre esto habría mucho que agregar, pero para no extendernos en demasía, sólo agregamos que es necesario buscar la voluntad de Dios como algo totalmente prioritario, despojándonos de todo deseo o motivación personal.

La incredulidad de los que no entraron, se demostró también como la madre de todos sus otros pecados, que fueron, entre otros, el despreciar la buena tierra, murmurar contra Moisés y Aarón, rebelarse contra el Señor, y disponerse a nombrar un capitán para regresar a Egipto.

Inversamente, la fe de Caleb, brotada en su espíritu, en el cual había albergado la palabra de la promesa, se tradujo en seguir al Señor por completo. (Números 14:24)

En el transcurso de los largos años que tuvieron que pasar, antes de que la primera generación quedase extinta, esa fe le movió a esperar con paciencia, y seguir confiando.

Y llegado el momento de posesionarse de su herencia, la misma fe le impulsó a ser valiente y encarar a esos tres gigantes que se le oponían.

Finalmente, al hacer esto último, las promesas en las cuales había depositado su total confianza, alcanzaron un pleno cumplimiento.

Así, al entrar en batalla contra los tres gigantes, el Señor, honrando Su palabra, y fiel a todas sus promesas, peleó a su favor, y ninguno de los tres pudo mantenerse en pie delante de él.

En esto también entraba en juego el espíritu guerrero, que en determinadas ocasiones es algo típico que brota de la fe genuina.

El Señor Jesús dijo en Mateo 11:12: “…el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan.”

Sin querer entrar en disquisiciones sobre el significado puntual de este versículo, en relación con el tiempo establecido por el Señor – desde los días de Juan el Bautista hasta pronunciar Él estas palabras – hemos de decir que aquí aparece algo importante y que no debe pasarse por alto.

Consiste en que, en determinadas coyunturas, por ese espíritu guerrero al cual nos hemos referido, debemos ponernos violentos, y tomar por la fuerza aquello que en realidad nos pertenece por derecho de herencia.

Este ponernos violentos no se trata de dar gritos desaforados o histéricos, o bien expresiones de rabia contra el enemigo y todo lo que sea carnal, ni cosas por el estilo.

Reteniendo nuestra mansedumbre antes Dios y el prójimo, sin embargo somos a veces, movidos por el Espíritu Santo, a adoptar una postura guerrera contra las tinieblas, y la maldad de los gigantes que se oponen en nuestra marcha.

Esto se puede traducir en un grito de batalla y victoria, claro, limpio y potente; o bien con una proclamación en alta voz de nuestra fe en la palabra de Dios, y de nuestro derecho, como hijos Suyos, a entrar en la herencia que como tales nos pertenece.

Entre otras cosas, hecho esto de veras en el Espíritu, tiene el muy saludable efecto de despojarnos de toda pesadez o duda, y afirmarnos con toda firmeza en nuestra posición, y ponerlo bien en claro al enemigo que no tiene arte ni parte alguna en nuestra vida, y que de ninguna forma él ha de robarnos de lo que Dios nos ha prometido y nos pertenece del modo más absoluto.

Reiteramos que es algo que debe hacerse en el Espíritu, y no como una reacción carnal, que provenga de frustración interior y de enojo colérico. Tampoco se lo debe practicar en forma de rutina, o como la receta reiterada y permanente, sino cuando uno se siente y se sabe inclinado a hacerlo.

El autor recuerdo como, hace muchos años atrás, lideraba una comunidad de vida y de fe en el Norte de Gales. Subía en algunas ocasiones a una montaña, al pie de la cual estaba la residencia que albergaba a la comunidad.

Al llegar a la cima, no bien recuperada la respiración normal, con la mirada en lontananza, pasaba a proclamar a toda garganta, pulmón y corazón, la victoria absoluta de Cristo, su fe inquebrantable en la palabra de Dios, y muchas de las promesas del Señor para con sus hijos, y para siervos amados.

Así volvía, después de contemplar por un buen rato los encantos de la creación desde esa perspectiva eminente, plenamente “oxigenado” y saturado de fe y esperanza.

En la segunda parte de su libro “Hora de Volver a Dios,”

se han comentado extensamente las cartas de Jesucristo a las siete iglesias del Asia, situadas en los capítulos 2 y 3 del Apocalipsis.

En las mismas, entre otras muchas cosas, resalta el hecho de que estaban en batalla, y el Señor las exhorta a ser valientes, a luchar y vencer, para así recibir los galardones prometidos.

Para ello, contaban con Su Espíritu, el del Vencedor Supremo, Quien ya había triunfado en la batalla más formidable del universo y de todos los tiempos.

Caleb en su tiempo, y a través de la historia muchos más valientes y aguerridos como él, han logrado salir airosos en la lid.

Para ello han usado las mismas armas de la fe, el seguir de lleno al Señor y el espíritu guerrero y valeroso que se abre paso, y desaloja a los enemigos que pretenden privarnos de lo que Dios nos ha prometido.

Cobra ánimo, querido lector u oyente! Siguiendo el ejemplo de tantos valientes, lucha con denuedo apoyándote totalmente en el Señor. Él está de tu parte y con tal que vea en ti el espíritu de Josué y Caleb – y por cierto NO el de los diez espías infieles – con toda seguridad te dará la victoria.

F I N