CRUZANDO EL JORDÁN – Capítulo 5 – Más sobre la santidad
CRUZANDO EL JORDÁN
Capítulo 5
Más sobre la santidad
Al hacer tanto hincapié sobre la santidad, podemos a veces ser incomprendidos, como si no diésemos su debido lugar y valor a otras facetas importantes, del vasto, y casi diríamos inagotable consejo de Dios.
Por supuesto que el evangelismo, la oración, el discipulado, la palabra, los dones y el fruto de Espíritu, la alabanza, la adoración, lo ministerios básicos delineados en Efesios 4, una visión correcta de la iglesia local y la universal, forman una parte importante, por no decir insustituible, de un todo de las más vastas proyecciones.
Prescindir de una o más de esas facetas, siempre habrá de dar un cuadro incompleto, y a veces en grado sumo.
No obstante, por algo, la Biblia, de principio a fin, nos presenta un fuerte hincapié en la limpieza y absoluta rectitud en la vida, y esto, a través de una gran variedad de prismas.
En efecto, si se desatiende ese aspecto – el de la santidad, para darle un nombre global – se corre el riesgo muy concreto, de caer en el pecado en una o más de sus múltiples y variadas formas.
Y en este caso, todo el esfuerzo y aun sacrificio de años, y tal vez décadas, queda frustrado y hecho añicos, con la consabida secuela dolorosa del fracaso y la tragedia.
Es por eso que insistimos tanto sobe el tema.
Lo hacemos ahora valiéndonos de dos palabritas que nos da la Biblia, en reiteradas ocasiones y a través de distintos siervos de Dios.
Las veremos de formas escalonada y progresiva, hasta llegar a la cima de la perspectiva más elevada, que, como no podría ser de otro modo, les confiere Jesús, el mediador del nuevo y mejor pacto, basado en mejores promesas. (Hebreos 8: 6)
NO PEQUÉIS
Éstas son las dos muy pequeñas palabras que vamos a ir tomando. Empecemos por Éxodo 20:20.
“…porque para probaros vino Dios, y para que su temor esté delante de vosotros, y para que no pequéis.”
a) Moisés – el temor del Señor.
Aquí el conducto por el cual nos vienen es Moisés, el gran legislador, levantado por Dios como uno de los varones más insignes de todos los tiempos.
El contexto en el cual se nos presentan es el del temor de Dios. Tanto en Job 28:28, como en el Salmo 111: 10 y en Proverbios 1:7 y 9:10, se nos dice con toda y terminante claridad que “el temor del Señor es el principio de la sabiduría.”
Qué diferencia abismal entre esto y la filosofía de este mundo!
Tantos y tanto seres humanos, faltos de la iluminación divina, andan a tientas o a ciegas, pensando encontrar la sabiduría, en las fuentes más diversas y variadas, pero prescindiendo totalmente de esta máxima bíblica.
Y así sus vidas discurren por la vía del error, y tristemente, como no podía ser de otra forma, llegan a un mal fin.
El tener una conciencia tierna y sensible, al hecho de que hay un Creador Supremo, lleno de majestad y gloria, omnisciente y omnipresente, que ve, oye y comprende toda palabra que pronunciamos, cada acción que llevamos a cabo, cada motivación que albergamos, que a Él le debemos la vida, y que en Sus manos está nuestro destino, tanto terrenal como en el más allá, y en base a todo ello tenerle un temor sumamente respetuoso y reverencial, eso es – según la Biblia – el principio de la sabiduría.
Notemos, no es su fin ni su meta más alta, pero digamos, un buen peldaño inicial, que nos permitirá subir más alto, apoyados sobre una base sana y sólida.
Debemos albergar ese saludable y bendito temor en nuestros corazones, tener bien presente que desobedecerle, desagradarle o deshonrarle, aparte de ser una gruesa incongruencia, no sólo ha de redundar en nuestro propio perjuicio, sino también, a menudo, en el de nuestros seres más allegados y queridos.
Y por ende, movidos por ese temor que es el principio de la sabiduría, hemos de cuidarnos bien de no pecar.
b) David – temblad y no pequéis. Salmo 4:4.
Como el ungido del Dios de Jacob y el dulce cantor de Israel, David tenía un conocimiento real y profundo del Señor.
De ello dan amplio testimonio los muchos salmos que compuso, en los que encontramos su gran riqueza y amplitud de visión, en cuanto a la gran majestad, grandeza, santidad y misericordia de Dios.
La exhortación a temblar y no pecar que hemos puesto al principio, es por demás significativa. Nos hace entender que él mismo era un hombre que sabía muy bien lo que es temblar delante de Dios.
Desde luego que no es un temor de quien está asustado y preso de pánico, como sucede, por ejemplo, con uno que se despierta tras una horrible pesadilla, después de estar viendo una película de terror.
El temor al cual aquí se refiere, es el de una persona profundamente impactada por la presencia sacrosanta y todopoderosa del Eterno Dios – ese temor qu sabemos que experimentaban grandes siervos de Dios, como Moisés (Hebreos 12:21) Jeremías (Jeremías 23:9), Daniel (Daniel 10:11b, y muchos otros.
Muchas veces, como resultado de esas experiencias personales de la presencia de Dios, uno es tocado de una forma u otra por el Ser Divino. Y ese toque, a menudo comunica unas vibraciones, que le hacen estremecerse con mayor o menor fuerza y duración, según el caso.
Quien desconozca esto, podrá pensar que es algo extraño, desaconsejable y hasta peligroso. Sin embargo, los que lo han vivido y experimentado de verdad, saben muy bien que es algo bendito y precioso, en lo cual no se pierden los estribos, ni hay ningún descontrol o histerismo.
Muy por el contrario, uno retiene la plenitud de sus facultades, mientras que el ser entero se sabe y se siente envuelto en la presencia divina.
Junto con otros beneficios, vendrá seguramente el de sentir un rechazo profundo del pecado, tal cual lo presentan las dos palabritas del subtítulo – “temblad y no pequéis.
Digamos de paso que este corolario o resultado natural, es lo que con toda lógica ha de esperarse de ésta, o de cualquier otra auténtica clase de encuentro genuino con el Dios tres veces santo. El estar cerca de Él y ser tocados por Su mano todopoderosa, no puede sino repercutir en una mayor santidad en nuestras vidas.
Por otra parte, uno a veces se plantea serios interrogantes en cuanto a experiencias o supuestos encuentros con el Señor, y de los cuales no se traduce ningún efecto en ese sentido, antes bien, la conducta inconsecuente, el desorden en la vida, etc., siguen en pie y no dan muestras de haber sido afectados en lo más mínimo.
Sepamos buscar al Señor de todo corazón, temblar ante Su gloria y santísima presencia. Y así empezaremos a sentir un muy saludable aborrecimiento del pecado – un hondo deseo de no pecar.
c) El apóstol Juan – el acento tierno y entrañable de un venerable anciano.
“Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis.”
En este tercer caso, la exhortación viene a través de un venerable anciano, el apóstol Juan, quien se estima que al escribir esta epístola, contaba entre 90 y 96 años de edad.
La forma en la que la presenta, según lo decimos en el subtítulo, es tierna y entrañable.
Después de abrir la epístola con esas verdades de un Dios que es todo luz, y no hay en Él ningunas tinieblas, y de la dichosa comunión con el Padre y Su Hijo Jesucristo, pasa a escribir esas palabras que hemos citado.
Las dos primeras – “hijitos míos”- nos hablan de una ternura paternal que es tan amorosa como sabia y bondadosa – porque ama de verdad y con mucho cariño a los destinatarios de su epístola, les exhorta a que no pequen.
Lo hace porque quiere el bien de ellos, porque sabe que pecar hace mucho daño a quien lo hace, y entre muchas otras cosas, les interrumpiría y privaría de esa comunión tan bendita, y además proyectaría tinieblas sobre su vida y conciencias.
Así, solícitamente preocupados por el bien de esos hijitos espirituales, les insta paternal y amorosamente a no pecar. A ello agrega una aclaración importante: “…y si alguno hubiere pecado. abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.”
Esto nos da un equilibrio muy sano, del cual haremos un breve comentario.
Las palabras “…y si alguno hubiere pecado” con el verbo en subjuntivo, nos hablan de algo accidental, y con carácter de una excepción, no como una regla fija que debe regir nuestras vidas como una constante diaria.
Se admite la posibilidad de que alguien haya pecado o peque, señalándose en seguida que en tal caso, no todo está perdido. Hay un Abogado que defiende nuestra causa, ante el Padre y Juez Supremo. Y lo hace con toda eficacia en base a Su perfecta ofrenda expiatoria a favor nuestro.
Se sobreentiende que esto será siempre en base a una confesión, acompañada de un sincero y real arrepentimiento,
según los versículos finales del capítulo primero, en particular el 9: “…si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.”
No obstante, lo mejor desde todo punto de vista es hacerse eco con firme propósito de la exhortación a no pecar. La misma viene con tanta bondad y gracia, que no es nada difícil asumirla plenamente.
Y así mantendremos intacta nuestra preciosa comunión con el Padre, y Su Hijo Jesucristo, y no veremos nuestro camino oscurecido por tinieblas de ninguna especie.
d) El apóstol Pedro. La virtud santificadora del sufrimiento.,
Aunque sin usar precisamente las dos palabras “no pequéis,” Pedro escribe en más de una ocasión en el mismo sentido.
Veamos una de ellas, contenida en 1a. Pedro 4:1.
“Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento, pues quien ha sufrido en la carne terminó con el pecado.
Aquí tenemos otro aspecto: el de la virtud que tiene el sufrimiento – desde luego, correctamente enfrentado – como poder santificador para nuestras vidas.
A veces hemos tomado como ejemplo en nuestra prédica oral, a dos grandes personajes bíblicos, a quienes les tocó padecer mucho por la causa de Dios: Jeremías y Pablo.
Tanto el uno como el otro, serían absolutamente incapaces de, por ejemplo, darse vuelta para mirar de arriba abajo una mujer coqueta y de minifaldas, o de enredarse con fines de lucro en un negocio turbio.
Si bien esto, seguramente, debería poder decirse de todo auténtico siervo o sierva de Dios, en el caso particular de estos dos, la naturaleza dolorosa y sufrida de sus trayectorias, nos hace descartar de plano, y de la forma más absoluta, semejante posibilidad.
En efecto, los fuertes padecimientos que tenían que afrontar, sin duda les movían a apoyarse en la gracia divina para sobrellevarlos, y no les dejaban fuerzas, tiempo ni ánimo para darse al pecado, ya sea en esas dos formas, o en ninguna otra de las muchas en que se puede presentar.
Refiriéndose a la disciplina a la que Dios, como nuestro Padre celestial nos somete, el autor de Hebreos escribe:
“Y aquellos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. 12.10.
El sufrimiento – reiteramos, correctamente enfrentado – también nos humilla de una forma muy saludable. Y esto, además de despojarnos de la arrogancia y el engreimiento, nos lleva a guardar más cumplidamente la palabra d Dios.
“Antes que fuera humillado, descarriado andaba, más ahora guardo tu palabra.” Salmo 119: 67.
A menudo solemos citar las palabras de Romanos 8:28: “ A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien.”
Debemos tenerlo muy claro, por el contexto, que ese bien no es nuestra comodidad, alegría, prosperidad material, bienestar, etc., sino que seamos conforme a la imagen de Cristo. (8: 29) Y además, téngase bien en cuenta, que esas cosas que nos ayudan a bien, muchas veces son pruebas, adversidades, padecimientos y otros semejantes.
Pero con ellos, nos vendrá una gracia que nos permitirá sobrellevarlos, y el resultado será que esa imagen de Cristo, el varón santo, manso y humilde, lleno de amor, rectitud y verdad, se vaya forjando progresivamente en nosotros.
A nadie le gusta el sufrimiento, el dolor, ni la prueba.
Pero si hemos puesto nuestra vida incondicional y totalmente en Sus manos, Él no permitirá ninguna tribulación innecesaria, o que sea más fuerte de lo que podemos soportar. Y además, como ya hemos dicho, fluirá de Su parte hacia nosotros, una gracia para asumirlo debidamente y salir airosos.
Y el corolario, o consecuencia natural, será que habrá un enriquecimiento de nuestras vidas, no sólo en términos de santidad, sino también en cuanto a la cantidad y calidad del fruto que llevemos.
El apóstol Pablo – Velad debidamente.-
“Velad debidamente y no pequéis, porque algunos de vosotros no conocen a Dios; para vergüenza vuestra lo digo. (1a. Corintios 15: 34.)
En esta nueva aparición de nuestras dos palabritas – NO PEQUÉIS – encontramos otra faceta – la de velar debidamente.
Por supuesto que no significa una vigilia permanente, pues ningún ser humano lo podría soportar,. En cambio, quiere decir que además de cualquier ayuno y vigilia que hagamos, debemos estar en una actitud de alerta y vigilancia continua, contra todo lo que pueda suponer el salir de la comunión con el Señor, o contristar al Espíritu Santo en cualquier manera.
El exceso de confianza, que a veces puede conducir fácilmente a tomar libertades indebidas, o abandonar la disciplina del Espíritu, ha sido un enemigo formidable de muchos siervos de Dios. El dejarse seducir por el mismo les ha costado muy caro.
Como siempre, nuestro amado Señor Jesús es nuestro modelo perfecto en este aspecto.
Al ser llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo – Mateo 4:1 – podríamos suponer, razonando carnalmente, que Él podría estar totalmente despreocupado y que no necesitaba tomar ninguna precaución especial, tratándose de ser el Eterno Hijo de Dios, inmensamente superior a Satanás en poder y en todo otro sentido.
Sin embargo, estaba plenamente consciente de que no podía correr el menor riesgo de caer tentado por el maligno, pues esto habría tenido las más desastrosas consecuencias que nos podamos imaginar.
Por lo tanto, vemos que ayunó durante 40 días, y además, seguramente estuvo en la más estrecha e íntima comunión con el Padre, a fin de afrontar la contienda en las condiciones más ideales que fuese posible, y no dejarle al enemigo el menor resquicio alguno por el cual pudiese filtrarse.
Esto no hace sino reforzar con mucho hincapié, el consejo de Pablo en el sentido de velar debidamente.
El mismo no representa perder nuestro reposo en Dios, ni entrar en un estado indebido de ansiedad o temor. Pero, en cambio, sí significa que hemos de vivir y actuar con mucha cautela y prudencia, cuidándonos muy bien de todo lo que sea contaminante, turbio o aun dudoso, para así conservarnos puros e íntegros a carta cabal.
La segunda parte del versículo es por demás significativa, y merece que le demos un comentario aparte.
“…porque algunos no conocen a Dios; para vergüenza vuestra lo digo.”
No debemos olvidar que esto va escrito a la iglesia en Corinto, que Pablo mismo había fundado.
Dios le había dicho que tenía mucho pueblo en esa ciudad, y perseverando en la proclamación del evangelio, pudo ver que muchos creían y eran bautizados. (Los Hechos 18: 8-10)
En total, debe haber estado en esa ciudad por unos dos años, enseñándoles la palabra de Dios. (1a. Corintios 18:11 y 18)
En 1a. Corintios 1: 5 y 7 vemos que habían sido enriquecidos en Cristo en toda palabra y ciencia, y no les faltaba nada en ningún don.
Sin embargo, lo citado más arriba nos hace ver la cruda y triste realidad de que “…algunos de ellos no conocían a Dios.” – cosa que Pablo afirmaba, para vergüenza de ellos como iglesia.
Efectivamente, había habido entre ellos un caso de gruesa inmoralidad, que en vez de haber sido juzgado y lamentado profundamente, los había motivado a envanecerse, tal vez pensando que se trataba de un buen ejemplo de libertad cristiana.
Además, había pleitos entre hermanos que no se resolvían fraternal y mansamente en el seno de la iglesia, sino que eran llevados a tribunales de este mundo, dando una pésima imagen ante los de afuera.
Y como si esto fuera poco, había celos, contiendas, disensiones, abusos en el empleo de los dones espirituales, desórdenes en las reuniones de comidas fraternales, algunos comiendo abundantemente y otros pasando hambre, y algún otro embriagándose. (1a. Corintios 11: 21-22)
Ante un panorama tan deplorable, Pablo no podía menos que afirmar que algunos – a pesar de haber sido bautizados y también adoctrinados en muy buena medida – en realidad “no conocían a Dios.”
Prueba clara y elocuente de ello, lo daba esa conducta de ellos, realmente vergonzosa en tantos casos.
Quien de veras conoce a Dios, impactado por Su majestad y santidad temible y terrible, no puede sino actuar y disponer su vida en un plano acorde con todo ello. Lo cual, por supuesto, ha de moverlo a tomar muy en serio cada día de su vida la exhortación de estas dos palabritas – NO PEQUÉIS – cuya ilación bíblica seguimos trazando.
f) De la boca del Señor Jesús proceden no las palabritas
NO PEQUÉIS, sino otras parecidas, que en realidad tienen una proyección mucho mayor, más amplia y elevada. Sobre esto último matizaremos más adelante.
Literalmente, Sus palabritas fueron “No peques más.” y las dijo en dos oportunidades, ambas consignadas en el evangelio de Juan.
La primera está en Juan 5:14: “No peques más para que no te venga alguna cosa peor.”
Esto nos señala el aspecto muy importante y solemne, de la responsabilidad que recae sobre nuestra vida toda vez que recibamos una manifestación de la misericordia o favor especial del Señor.
Aunque no tenemos ninguna constancia expresa en tal sentido, conceptuamos que una posibilidad razonable sea que el pecado particular de este hombre haya sido el de blasfemar.
El ver a tantos y tantas pasar a su lado caminando normalmente, mientras que él por larguísimo tiempo se encontraba totalmente impotente e incapaz de hacerlo, puede muy bien haber llenado su corazón de amargura y resentimiento contra Dios.
Y un corazón en ese estado, siempre es muy propenso a responder a un susurro diabólico que lo incite a blasfemar.
Estando ahora totalmente sanado, seguramente que esa blasfemia – o cualquier otro pecado que pueda haber sido – había quedado atrás y completamente superado. Pero siempre había la posibilidad – ante cualquier prueba, adversidad o problema gordo que le golpease, y la vieja y mala costumbre – de blasfemar o lo que fuere – volviese a presentarse como una tentación muy concreta.
Pero ahora, como depositario de esa gracia tan especial de haber sido sanado de forma total y tan milagrosa, no debía de ninguna forma ceder ante la misma.
El hacerlo habría significado el volver a edificar lo que con tanta razón había derribado (Gálatas 2:18)
Y aun más grave que eso, el volverse contra la luz que lo había sacado de las espesas tinieblas anteriores, y contra la mano bondadosa y llena de poder, que había hecho para él lo que ningún otro jamás podría hacer.
Y desde luego, eso sí le podría acarrear las consecuencias más nefastas y horrorosas.
La otra ocasión en que Jesús pronunció estas dos palabras, se encuentran en Juan 8:11.
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“…Ni yo te condeno, vete y no peques más.”
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El relato del contexto es uno de los más conocidos que nos brindan los evangelios.
Mientras Jesús enseñaba en el templo, fue bruscamente interrumpido por un grupo de fariseos y escribas, los cuales traían una mujer sorprendida en el acto mismo del adulterio.
Dirigiéndose al Maestro, le recordaron que Moisés había mandado que la mujer que hiciese tal cosa debía morir apedreada, y le preguntaron qué decía Él al respecto.
Antes de continuar, debemos aclarar que lo que ellos afirmaban era solamente una media verdad, pues como vemos en Deuteronomio 22: 22, en casos como esos, ambos – el hombre y la mujer – debían ser muertos.
Pero quizá el hombre había sido muy listo, y se logro escapar, o bien tenia un par de puños muy bien dispuestos, y no se habían atrevido a enfrentarlo!
Lo cierto es que tomaron a la mujer, débil desde luego, para usarla como instrumento para sus malas intenciones.
Así, buscaban desconcertar y confundir a Jesús de manera que titubease, o aun tartamudease, sin atinar a una respuesta clara y certera.
Así pensaban que echarían por tierra su fama y la admiración conque el pueblo humilde lo veía y apreciaba, y también que a ellos los llenaba de ira, celos y envidia.
La verdad es que no sabían con quién se estaban
enfrentando!
Sin inmutarse en lo más mínimo, con la más serena calma, Jesús se inclinó y se puso a escribir con los dedos en el polvo de la tierra, sin pronunciar una sola palabra.
Tras unos momentos de silencio, uno de ellos le requirió que les respondiese a la pregunta que le habían hecho.
Incorporándose, Jesús les contestó:
“El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella,” tras lo cual volvió a inclinarse y seguir escribiendo en la tierra.
Esas palabras del Maestro fueron tan contundentes que quedaron totalmente desarmados.
De haberlas dicho cualquier otro mortal, poco o ningún efecto habrían tenido,
Pero resulta que procedían nada menos que del único personaje de toda la historia del mundo que jamás había cometido el menor pecado, antes bien, se mantuvo siempre en la más absoluta e inmaculada pureza.
De esta manera, Su rostro y Su Persona se convirtieron en un espejo límpido y radiante, en el cual todos ellos se vieron reflejados como lo que en verdad eran – seres llenos de pecado, maldad, hipocresía, y mucho más.
Y así, acusados por sus conciencias, no pudieron menos que proceder a retirarse uno tras otro, desde el mayor hasta el menor, no quedando en el lugar ni uno solo de ellos.
Como nos sigue contando el relato, al levantar la vista y ver que todos se habían marchado, le preguntó a la mujer dónde estaban los que la acusaban, y si ninguno de ellos la había condenado.
Su breve respuesta – “…Ninguno Señor”- dio lugar a las maravillosas palabras del versículo 11: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más.”
En esto hay una sustancia tal, que se hace necesario desmenuzarlo, extendiéndonos un poco.
Primeramente, pensemos qué habría sucedido si el Señor se hubiese limitado a decirle: “Ni yo te condeno” omitiendo la segunda parte.
Seguramente que se habría ido sintiendo una sensación de alivio, y aun tal vez de bienestar, al ser absuelta por ese personaje tan especial, al cual había sido llevada por sus acusadores.
Pero inevitablemente, después de no mucho tiempo, habría vuelto a su manera acostumbrada de vivir, sumergiéndose otra vez tristemente en el fango del adulterio.
Y así un sentir de culpabilidad y vergüenza la volvería a embargar, de tal manera que ese encuentro con Jesucristo quedaría como un mero recuerdo muy hermoso, pero muy fugaz, y empañado por la pesadilla y la desgracia de seguir siendo la misma de antes.
Evidentemente, ella necesitaba mucho más que ser perdonada y absuelta, y a eso pasamos a continuación.
Nos llama la atención lo que el Señor hizo al ser increpado por los ancianos y fariseos – se inclinó y se puso a escribir en tierra con los dedos.
Cabe suponer que en vez de eso pudo hacer muchas otras cosas, tales como decirles que no procedía que lo interrumpieran de esa forma; mandarlos que se fuesen a buscar al hombre implicado, a fin de poder juzgar a ambos según la ley de Moisés; reprenderlos por las malas intenciones que traían; leerles las palabras de Deuteronomio 22: 22, haciéndoles ver que había que tratar las cosas con más justicia, etc. etc.
Sin embargo nada de eso – se inclinó y se puso a escribir sobre la tierra con los dedos.
Aquí es necesario señalar que ésta es la única ocasión que se consigna en los evangelios en que el Señor haya escrito – no que no lo haya hecho otras veces, que seguramente lo hizo – pero ésta es la única de la cual tenemos constancia.
Además, notemos que no escribía con pluma o lápiz, ni sobre un trozo de papel, ni sobre una pared, o un pupitre, sino sobre la tierra.
Dando rienda suelta a nuestra imaginación, nos preguntamos en qué estaría pensando en esos momentos. No tenemos ningún asidero firme en el relato que Juan nos da; pero nos gusta suponer que estaba en comunión con el Padre, y estaría reflexionando sobre la triste situación en que se encontraba esa mujer, que había sido creada, al igual que todo ser humano, para ser a imagen y semejanza de Dios. (Génesis 1:26) y sin embargo estaba enredada y empantanada en el adulterio.
En esa línea de pensamiento y comunicación con el Padre, mientras escribía en la tierra, Sus palabras muy bien pueden haber sido algo como esto: “Padre, he venido para traer a los eres humanos el Nuevo Pacto, con la ley escrita en sus corazones. Y sobre esta pobre pero preciosa mujer, la cual Tú has puesto delante de mi, y que tristemente ha llevado el adulterio en su corazón por mucho tiempo, ahora, en su vida nacida del polvo de la tierra, comprendo que Tú deseas que escriba en s corazón esa ley Tuya – el séptimo mandamiento – “No cometerás adulterio.”
Y así pasó del dicho al hecho.
¿Cómo?
Con Sus palabras “Vete y no peques más.”
Él mismo – Jesús – nos dijo en Juan 6: 63. “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y verdad.”
Si bien el Espíritu Santo no había sido derramado en plenitud aún, no cabe duda de que quien recibiese Su palabra, absorbiese algo de Su espíritu.
Y junto con ello también iba algo intrínseco de Su propia vida – la del varón perfecto que nunca miró indebidamente a una mujer, sino que en todo y por todo, vivió en la mayor blancura y pureza que podamos imaginar.
Esas palabras Suyas, dichas por cualquier otro mortal, no habrían tenido el mismo valor.
Por ejemplo, en boca de los ancianos, fariseos y escribas que le acusaban, habrían cobrado un tono de desprecio y condenación, que las harían totalmente ineficaces y al mismo tiempo contraproducentes.
En cambio, brotando de los labios del Señor Jesús, iban cargadas de la gracia y virtud del verdadero amor, y no nos cabe la menor duda de que habrán sido realmente transformadoras.
El relato no nos cuenta más, pero con el mayor fundamento podemos pensar que de ahí en más, esa mujer pasó a ser totalmente distinta.
No en el sentido exagerado y extremista que uno ha oído en alguna ocasión, como que las palabras “No peques más” tomadas al pie de la letra, denotaban no volver a pecar de ninguna forma, ni una sola vez.
Si eso significa ni un momento de impaciencia, ni una sola palabra fuera de lugar, etc., en fin, eso sería un ser que ya ha alcanzado la perfección final y absoluta – nuestra reacción rotunda y categórica es: NO.
Semejante postura, lamentablemente existe en algunos lugares, afortunadamente muy pocos.
El insistir en ella y sin aclarar bien la cosas, sólo puede traer condenación y suplicio a las almas tiernas y sensibles que la reciban y acepten como se la da – de manera tajante y absoluta.
Por eso, aclaramos la forma en que sin duda deben interpretarse esas palabras del Señor. Esa mujer no pasó desde entonces a ser un dechado de perfección e infalibilidad, Aquí y allá, en medio de tensiones y dificultades, alguna palabra o algún gesto o sentimiento no acorde con la más cumplida gracia y humildad, muy bien pueden haberse advertido en ella.
Pero eso sí, que no nos quepa la menor duda, esa plaga del adulterio que la había denigrado y rebajado en su triste pasado, quedó desterrada para siempre de su vida, y en ese aspecto, con toda seguridad que no pecó más.
Dijimos más arriba que las palabras de Jesús “no peques más” tiene una proyección mayor y más elevada que “No pequéis” y pasamos ahora a matizarlo.
En primer lugar, van en el singular, lo que les acuerda un carácter más directo y expreso: se dirige a uno de forma personal.
Eso es de la mayor importancia, y aplicadas por el Espíritu Santo, su eficacia resulta indudable y contundente.
Pero además, tenemos el agregado de la palabra más, que les confiere mayor valor aún, ya sea por el temor por la vía de temblar ante la Majestad indescriptible del gran Dios nuestro, o las razones por las que ya hemos reflexionado anteriormente.
Por todo esto, se puede lograr indudablemente un dejar el pecado, al sentirse alguien impactado por alguna de esas vías diferentes. Pero bien puede resultar que después de algún tiempo, pasado el efecto de ese impacto, se vuelva a lo de antes, reincidiendo en el pecado.
En cambio, esa palabrita más, nos habla de un efecto duradero, de algo sólido cuyos beneficios han de perdurar todo el resto de la vida. No que quien lo reciba podrá despreocuparse, dejar de orar y velar, etc.
Pero lo que surge y queda de todo esto, es que en un plano normal, y dando por sentada una conducta sensata y vigilante, se ha de esperar que el remedio no sea transitorio, sino duradero para todo el resto de la vida.
La narración de San Juan no nos dice nada más sobre la mujer protagonista de este episodio.
Pero extendiéndonos un poco más en nuestra imaginación, podemos visualizar con buena base, como queda dicho más arriba, que de ahí en más fuese una mujer totalmente distinta.
Seguramente las vecinas lo advertirían en su semblante, su vestir y su conducta. Ya no era la de antes, ni nada por el estilo, sino de veras una persona muy diferente.
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Y nuestra imaginación nos lleva aun más allá, a pensar que ese cambio tan notorio, vendría a ser el tema de la conversación de las vecinas, como algo de inquietante curiosidad – en fin, el tema de palpitante actualidad, sobre el cual se centrarían los chismes y comentarios de último momento!
Inevitablemente, una de ellas, no pudiendo resistir más, se dirigió a ella saludándole:
“Muy buenos días, mi querida vecina.”
Y a la devolución del saludo, continuó con algo como esto.
“Me ha de disculpar, pero es que la veo tan contenta y transformada, ¿me podría decir a qué se debe?
Y entonces vendría el relato de la forma en que había vivido y visto las cosas antes. Tal vez lo expresaria de esta forma:
“Pero en realidad todo cambió en mi vida desde ese día en que por primera vez me encontré con ese personaje tan singular, como en realidad nunca he visto alguien ni siquiera parecido – el que lo llaman Jesús de Nazaret.”
“Usted bien sabe como yo era y cómo vivía – no hace falta que se lo diga.”
“Y sucedió que los ancianos, fariseos y escribas, al descubrirme en lo de siempre, me tomaron y llevaron a la rastra ante Él. Le dijeron que según dijo Moisés, había que apedrearme, pero ¿Que pensaba Él que había que hacer?
Por unos momentos no les contestó nada, pero al preguntárselo por segunda vez, mirándolos fijo y con mucha calma, les dijo que el de ellos estuviese sin pecado, arrojase la primera piedra.”
“No sé lo qué les pasó a ellos, pero lo cierto es que al decirles esto, uno por uno se macharon, y al final no quedó ni uno solo de ellos.”
“ Y entonces ¿qué pasó?” le interrumpe la vecina curiosa.
Pues entonces Él me preguntó dónde estaban los que me acusaban y si ninguno me había condenado.
Yo le dije que ninguno, y Él entonces me dijo unas palabras tan maravillosas, que nunca las podré olvidar.
“Ni yo te condeno. Vete y no peques más.”
“En realidad no lo sé comprender ni explicar, pero al oírle decir eso, algo pasó dentro de mí que me ha cambiado por completo y me siento otra mujer. Aquello que antes hacía no sólo no lo gago más, sino que lo aborrezco de verdad, y ahora en mi vida lo que más anhelo y busco es ser limpia y pura como ese hombre maravilloso que se llama Jesús.”
Hace ya muchos años, al contar y comentar este suceso de la mujer sorprendida en adulterio en una de las muchas queridas iglesias Filadelfia de los hermanos gitanos situada en Madrid, entonaron una canción titulada “La Sunamita,” en base al libro del Cantar de los Cantares.”
Como en su narración en el evangelio, Juan no nos da el nombre de esta mujer, los predicadores siempre la han identificado como la mujer adúltera o sorprendida en el adulterio.
Qué feo y qué hiriente sería, si al referirnos a un hombre que era muy dado a la bebida alcohólica antes de ser convertido y liberado, lo llamáramos “Federico el borracho.”
O bien, a uno que en su pasado, antes de nacer de lo alto y ser una nueva criatura en Cristo Jesús, era mentiroso y ladrón, hablar de él como “Serafín, el que era mentiroso y ladrón.”
Pues con esa querida mujer, eso es lo que han estado haciendo. y ha estado pasando en el púlpito por muchos años.
Y al oír esa canción de los amados hermanos gitanos, como un broche de oro agregado al relato, pudimos pensar y entender que en el más allá, en el cielo y la presencia del Señor, por cierto que no se la llama de esa forma tan insultante y dolorosa.
En cambio, por la transformación operada en su vida por la gracia sin igual del Señor, ahora se la conoce como:
La Paloma Mía, La Perfecta Mía, La Sin Mancha.
Porque ésa es la meta más alta de la santidad y de la gracia, no sólo para ella, sino también para todos los redimidos.
Nuestro pasado, por más vil vergonzoso que haya sido, queda anulado y sepultado en el olvido más absoluto.
Y en su lugar, una vida nueva, hermoseada y dignificada, y esto, de tal modo que es como si no tuviésemos historia pasada, y que en cambio se nos vea y reconozca como seres tan limpios y puros como el mismo Cordero inmaculado que nos redimió.
Ésta es la cumbre gloriosa a la que nos conduce la verdadera santidad. Ánimo entonces, amado lector u oyente; sigue avanzando con fe y perseverancia, que por la gracia de Dios, y la obra del Espíritu Santo, tú también llegarás a alcanzarla. Amén.
F I N