Peldaños del Discipulado – Capítulo # 21 El taller de las cruces
Peldaños del Discipulado – Capítulo 21
El taller de las cruces
Un relato imaginario, nos cuenta que cierto día estaba el
Maestro en el taller en que confecciona con mucha sabiduría y
destreza, las distintas cruces que han de llevar, de una forma u
otra, Sus verdaderos discípulos.
Al promediar la tarde, uno de ellos se acercó al taller,
diciendo que la que le había tocado a él era demasiado pesada
y molesta. Pedía. por lo tanto, que se le permitiese cambiarla
por otra que fuese más ligera y fácil de llevar.
El Maestro accedió, y después de recorrer buena parte del
taller, el discípulo escogió una que tenía toda la apariencia de
ser más fácil y llevadera, y se marchó con ella.
No obstante, a los pocos días volvió al taller diciendo que
tampoco le iba bien. Así volvió a pedir permiso para escoger
otra que le fuese más favorable, a lo cual el Maestro otra vez
accedió.
Sin embargo, después de no mucho, regresó con el mismo
problema. Ésta tampoco le iba bien – al contrario – le
resultaba todavía peor, y volvía a pedir permiso para escoger
otra.
Con una sonrisa amorosa el Maestro otra vez accedió.
Esto se repitió dos o tres veces más, hasta que por último,
después del cuarto o quinto cambio, el discípulo retornó, pero
esta vez con alegría en su rostro.
Por fin había encontrado una menos pesada y más fácil de
llevar, y por lo tanto le manifestó al Maestro, que con Su
permiso, se quedaría con ella.
Fue entonces que el Maestro, con una mirada sonriente y
cariñosa, le expresó Su agrado, agregando:
“…y seguramente que no te has dado cuenta, mi querido
discípulo y amigo, que ésa que ahora tienes es la misma que
llevabas al principio y dejaste en el taller.”
Ignoramos quién es el autor , pero reconocemos que el relato
encierra dos o tres verdades de índole muy práctica.
En efecto, no cabe duda alguna de que a los que
verdaderamente amamos y servimos al Señor, nos toca sufrir y
llevar la cruz, por lo menos en alguna medida, y de alguna
forma u otra, a través de pruebas, presiones, dificultades y
problemas, grandes o pequeños, en una gran variedad de
matices.
En no pocas ocasiones, sucede que aquello por lo cual
estamos atravesando parece que es demasiado pesado y hasta
doloroso.
Notamos que otros hermanos que nos rodean, en esa área
particular en que estamos padeciendo nosotros, parece que les
va maravillosamente bien, y no tienen el menor problema.
Cómo quisiéramos estar como ellos, completamente libres y
dichosos en cuanto a eso que a nosotros nos causa tanta
irritación y malestar!
Sin embargo parece que no hay escapatoria, y si uno se
descuida, hasta puede llegar a la autocompasión, es decir, a
tener lástima de sí mismo.
Y es en esas circunstancias, que el Señor nos hace pensar que
hay otros que padecen pruebas y males mucho más fuertes y
dolorosos, y tal vez que los que no tienen ninguna dificultad en
el terreno de lo nuestro, en cambio en otros aspectos
atraviesan por cosas mayores y más duras que las nuestras.
Y así, reflexionando serenamente, caemos en la cuenta de que
Él nos ha permitido, y sigue permitiendo a cada uno, aquello
que es lo más adecuado para moldearnos y purificarnos, para
el propósito que nos tiene asignado.
Y si bien a veces la presión, el agobio o lo que fuere, parecen
muy fuertes y demasiado difíciles de sobrellevar, se descubre
que en Él hay una gracia que nos capacita para ello – y que si
llevásemos en vez la cruz del otro – que siempre parece más
fácil y llevadera – encontraríamos que es todo lo contrario, y
además no serviría a los fines de forjarnos para el propósito
que Él tiene para nuestras vidas.
Está claro que hay los que sostienen a rajatablas, que para el
cristiano no debe haber enfermedad, dolor y ni siquiera
tensión de ninguna naturaleza. Sin querer extenderrnos ni
entrar en el campo de la polémica, citamos las palabras del
Señor a Ananías en cuanto al que iba a ser el gran apóstol
Pablo.
“Yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi
nombre.” Los Hechos 9:16.
Agregamos tres Escrituras más, de entre muchas otras, que
afirman rotundamente lo contrario de esa postura equivocada.
Los Hechos 14:22, 2a. Timoteo 3:12 y 4:20b.
Por supuesto que muchas veces hay creyentes que sufren
depresiones, enfermedades, pesadillas, etc. que no son
expresiones de la cruz en sus vidas, sino huellas del pecado, ya
sea del presente o del pasado, y que no han sido bien tratadas,
sanadas ni superadas.
Esto a menudo deja secuelas que incluso el enemigo puede
aprovechar para ocasionarles esa clase de problemas.
En nuestra obra anterior “Las Sendas Antiguas y el Nuevo
Pacto,” hemos abarcado con cierto detalle este aspecto, en los
capítulos 12 y 13, titulados “Cortando y eliminando las
secuelas del ocultismo.” y “El Camino de la cruz”
respectivamente.
Animamos al lector interesado a leerlos cuidadosamente.
Aquello que en verdad es una genuina expresión de la cuz en
nuestras vidas, siempre traerá como corolario o consecuencia
directa, un fluir de vida, consuelo, bendición o gracia para
nosotros mismos, y en alguna medida – mayor o menor según
nuestro grado de desarrollo – para otros también.
En muchos casos se exceptúa la enfermedad, a la cual,
mientras estemos en nuestro cuerpo actual de carne, sangre y
huesos, todos estamos propensos en una mayor o menor
dimensión.
Por lo contrario, aquello que deprime, atormenta o agobia,
sin que se vea ninguna señal de vida o bendición, como se ha
dicho, se debe a fallos o ligaduras, presentes o del pasado, que
no han recibido el tratamiento para remediarlos, y así dan
cabida a esas cosas tan negativas y estériles,
El buen discípulo debe ser instruido sobre estas cosas, por
una parte para no sorprenderse cuando le toque pasar por la
prueba o la tribulación, sino enfrentarla con entereza y
resignación; por la otra, para no caer atrapado y estar
sufriendo innecesariamente en situaciones que en vedad no
corresponden al principio de la cruz de Cristo en su vida.
Si bien a nadie le resulta fácil ni agradable pasar por la
prueba o la tribulación, cuando le toque, le puede ser de
aliento pensar en los beneficios que le puede reportar a la
larga, y de los cuales citamos algunos a continuación:
1) Una identificación mayor y más personal con el
Crucificado.
2) La capacitación de la gracia del Señor, que le permite
sobrellevarlo airosamente.
3) Saber que será para una mejor formación y
enriquecimiento de su vida espiritual, la cual le permitirá
progresivamente ir madurando, incluso para así poder ayudar,
fortalecer o consolar a otros cuando estén siendo probados.
4) Entender que normalmente ése es el orden divino:
primero lo duro, doloroso o difícil, (claro está que no falten en
medio de los mismos, los consuelos y estímulos de Dios;)
después la cosecha de las cosas dulces y de valor eterno que Él
les tiene reservadas.
5) Entender también que sin ser probados de esa forma,
difícilmente alcanzará uno profundidad y solidez. Por lo
contrario, al final resultará un mediocre que muy poco de
valor podrá comunicar a otros.
Entendiendo todo eso, y mucho más, el apóstol Pablo podía
escribir:
“Y aunque sea derramado en libación sobre el sacrifico y
servicio de vuestra fe, me gozo y regocijo con todos vosotros.
(Filipenses 2:17)
“Ahora me gozo en lo que padezco par vosotros.” (Colosenses
1: 24)
A enanos pequeñísimos como nosotros – en comparación
con semejante coloso espiritual – sin duda que no nos resulta
fácil ni mucho menos, gozarnos cuando el dolor o el quebranto
golpean a nuestra puerta y se agudizan.
Sin embargo, podemos por la gracia del Señor sacar fuerzas
de flaquezas, y capear el temporal con entereza, sabedores
que después vendrá lo bueno y apetecible.
Sepamos asimismo que, según Su promesa, Él nunca
permitirá que seamos probados o tentados más allá de
nuestras fuerzas, y con la prueba o la tentación siempre nos
dará la salida.
Además, en Su bondad y sabiduría, siempre nos habrá de dar
tiempos de bonanza, refrigerio y verdadera satisfacción en Su
servicio.
Por otra parte, tengamos en cuenta que si resistimos o
protestamos cuando nos llegan las pruebas, éstas se harán más
difíciles de sobrellevar.
En cambio, cuando las enfrentamos con resignación y
confianza en el Señor, se hacen más fáciles y ligeras.
Así comprobaremos la gran verdad de las palabras de Jesús
en Mateo 11:29-30:-
“Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy
manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras
almas porque mi yugo es fácil y ligera mi carga,”
De manera que, a no dejar que el saber que en alguna forma,
aunque en medida pequeña, nos toque sufrir, nuble nuestra
visión, ni nos quite la paz, alegría y bienestar espiritual.
Al final de cuentas, esto debe ser la regla, y lo otro, la
excepción.
Preguntas.-
1) ¿Ha tenido Usted experiencias que conceptúa que han sido
la operación de la cruz en su vida?
2) En caso afirmativo, ¿qué beneficios o bendiciones
posteriores le reportaron?
3) ¿Considera Usted que ha pasado por aflicciones y
padecimientos que no corresponden a ese principio?
4) De ser así, explique a qué piensa que se hayan debido,¿ y
qué diferencias o contrastes tuvieron con aquéllos en que
opera la cruz?
Oración.-
Querido Señor, ayúdame a no murmurar, quejarme o
cuestionar Tu fidelidad, cuando permites que experimente
pruebas y situaciones difíciles.
Ahonda en mí la convicción de que, con tal que me mantenga
en el terreno de Tu voluntad, todo cuanto acontezca será
permitido y estará controlado por Ti, y será para mi bien
espiritual, no desde luego para mi comodidad o bienestar
personal.
Será en cambio con el propósito de que mi disposición y
carácter se asemejen, aunque en pequeña medida, a Tu Hijo
amado, el varón perfecto,.
También necesito que aumentes y agudices mi percepción de
estas cosas, a fin de poder pisar en ellas con pie firme y no
confundirme.
Confío en que lo harás, y te lo agradezco desde ya. Amén.
F I N