La Gran Cumbre del Monte Moriah (1) # Capítulo 27 Segunda parte
Capítulo 27
La Gran Cumbre del Monte Moriah (1)
Segunda parte
Continuamos donde dejamos, al hablar de la preciosa relación de identificación e íntima compenetración entre el Señor y Su siervo Abraham.
En otras palabras, que Abraham pudiese comprender muy bien, por algo vivo, experimentado y padecido en carne propia, el dolor y la angustia indecible del Padre al dar a Su Hijo amado.
De esta forma podría llegar a una comunión con Él, la cual posiblemente ningún otro ser humano y mortal haya podido alcanzar, por lo menos en este aspecto tan tierno y entrañable que estamos comentando.
Esto pues nos lleva al comienzo, cuando Dios le dice:
“Toma pues tu hijo, tu único Isaac a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré.” Génesis 22:2.
Como nos indica el versículo anterior – 22:1 – Dios lo estaba probando a Abraham. No obstante, por Su presciencia Él sabía que respondería favorablemente, y más allá de probarlo, estaba el propósito de llevarlo a eso tan elevado del cual ya hablamos.
Era como si el Señor se dijese:
“Anhelo que mi siervo – mi gran amigo Abraham – comprenda tiernamente, y se identifique conmigo, en el sacrificio de mi Hijo Amado.
Al atravesar por esta prueba podrá hacerlo, comprendiendo y compartiendo conmigo – hasta donde pueda un ser humano – esa ocasióntan elevada y sublime – en que he de dar a mi Hijo Unigénito – tan amado – en sacrificio y ofrenda tan dolorosa, para redimir al género humano, perdido y hundido en el fango del pecado.
Al recibir este mandato del Señor, se nos dice lacónicamente que Abraham se levantó muy de mañana, enalbardó su asno, tomó consigo a dos de sus siervos, y a Isaac su hijo, y tomando lo necesario para el fin que perseguía, se puso en marcha.
¿Le habrá dicho a Sara su mujer, antes de partir, lo que iba hacer?
No se nos dice tal cosa, y creemos muy probable que no lo haya hecho, aun cuando no lo podemos asegurar.
Posiblemente esa noche durmió muy poco, pensando con profunda tristeza en lo que iba a suceder.
A lo largo de sus tres días de marcha bien podemos imaginar su corazón, casi diríamos desgarrado y sangrando de dolor y angustia, al pensar que ese hijo tan querido, a quien había esperado por tanto tiempo, con el cual seguramente había compartido muchas horas preciosas y felices, dentro de muy poco ya no estaría más a su lado – tenía que sacrificarlo y después enterrar sus cenizas, y ya no le vería más – se le había ido para siempre.
Humanamente hablando, en un caso semejante, la reacción natural y normal de cualquier buen padre, sería negarse categóricamente a hacer semejante cosa.
Sin embargo, nuestro padre Abraham, tenía algo en su fuero interno que no le dejaba negarse, cuando esa voz de su Dios le decía o pedía algo.
La voz, la palabra y el mandato del Eterno YO SOY que le había escogido y llamado, estaba por encima de todo lo demás en su vida y corazón.
Algo digno de tenerse en cuenta, como una acotación al margen del hilo central, pero que reviste cierta importancia, es que este mandato de sacrificar a su hijo, le fue dado varios siglos antes de promulgarse el decálogo de la ley mosaica, cuyo sexto mandamiento, como bien se sabe es “no matarás.”
Retomando el hilo, quizá la parte más tierna y tocante de todas es aquella en que Isaac le pregunta:
“Padre mío, He aquí el fuego y la leña, mas ¿dónde está el cordero para el holocausto? Génesis 22:7.
Con qué tiernas palabras le respondió Abraham!
“Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío” 22.8.
A no dudar, Abraham se habrá preguntado cómo podía encajar este sacrificio, con la promesa claramente recibida con anterioridad, que con él Dios iba confirmar Su pacto como pacto perpetuo para sus descendientes después de él. Génesis 17.19.
Hebreos 11:17-18 nos brinda una importante aportación sobre este punto, que es bastante importante.
“Por la fe Abraham, cuando fue probado ofreció a Isaac, y el que había recibido las promesas ofrecía su primogénito, pensando que Dios es poderoso para levantar, aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir.”
Esto añade al aspecto del dolor y la angustia – los cuales sin duda habrá tenido Abraham – el de una fe indómita en medio de semejante situación.
El mandato de ofrecer a Isaac era algo que él tenía que obedecer, pero no pensaba que por morir Isaac la promesa anterior iba a quedar anulada y sin cumplirse.
Sabía que el gran YO SOY era totalmente incapaz de faltar a Su palabra, o de dejarla sin cumplirse, y por lo tanto, consideraba que Dios era poderoso para resucitarlo y cumplir igualmente todo lo prometido.
A no dudar, ese fue un despliegue de la fe en grado superlativo, el cual nos debiera llenar a todos de asombro.
Una cosa es meditar y hacer reflexiones sobre todo esto, de forma objetiva y sin tener ninguna participación directa,
Otra muy distinta es encontrarse uno, como se encontró él, en medio de tan tremenda prueba y del terrible drama que suponía – y aun con la indecible congoja que albergaba en su corazón – y sin embargo, mantener una convicción inquebrantable que ese imposible que enfrentaba, no iba a ser la última palabra.
Por lo contrario, Dios, como el Dios que es, para el cual no hay imposibles, iba a dar una salida que hiciese posible que Su promesa quedase firme y cabalmente cumplida.
Todavía queda el agregado de que en sentido figurado, Abraham recibió a Isaac resucitado, lo que nos hace pensar en una sombra o figura de la muerte y resurrección de Jesucristo
En el Salmo 23: 4 David dice: “Aunque ande en valle de sombra de muerte…”
No es la muerte en sí a lo que se refiere David, sino a la sombra de muerte cuando se está muy cerca de ella, pero no llega a alcanzarnos.
Con Abraham e Isaac fue solamente eso, la sombra de la muerte y una figura o símbolo de resurrección, pues como sabemos, a último momento Dios le absolvió de ofrecer a Isaac, dándole el sustituto de un carnero trabado en los cuernos de un zarzal.
En cambio, ni para Dios el Padre, ni para Su Hijo Amado, hubo sustituto alguno. Él padeció la muerte, y muerte de cruz, por todos nosotros, sin que mediara ecapatoria alguna.
Pero, loado sea Dios, también resucitó, y además, Su resurrección no fue en sentido figurado, sino real, auténtica y gloriosa!
Como simiente de Abraham, en distintas etapas y a diferentes niveles, hemos de ser probados por Dios, Quien siempre ha de buscar a través de ello, forjarnos para sí mismo, madurarnos y llevarnos a mayores dimensiones de gracia y semejanza a Su Hijo Jesucristo.
Por el mismo principio genético, también hemos de reconocer bien dentro de nuestro fuero interno, un algo que no le puede ni le quiere negar al Señor nada que Él nos pida, por precioso o entrañable que nos sea.
F I N