Nacimiento de Isaac # Capítulo 22
Capítulo 22 – Nacimiento de Isaac
No hay mal que dure cien años, nos dice un adagio. Efectivamente, este mal de no tener un hijo propio por su mujer Sara, a Abraham no le duró cien años, pues si bien cumplió esa edad al nacer Isaac, su espera comenzó cuando ya contaba con unos buenos años.
Los dos se habían reído al recibir la promesa de que en su vejez les habría de nacer un hijo, y el nombre que el Señor le dio a ese hijo, en concordancia con ello, fue Isaac, que como sabemos, significa risa.
Sara misma, que por lo que podemos colegir del relato, no había sido muy alegre, exclamó a esa altura:
“Dios me ha hecho reír, y cualquiera que lo oyere se reirá conmigo.” 21:6.
Podemos ver en todo esto un feliz corolario, el cual marcaba el fin de una prolongada, y en cierta forma penosa, noche de espera.
“Por la noche vendrá el lloro y a la mañana la alegría.” Salmo 30.5.
“Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán,” Salmo 126:5.
El nacimiento del niño fue exactamente en el tiempo que Dios le había dicho a Abraham, y él se cuidó muy bien de circuncidarlo al octavo día, según el Señor se lo había mandado.
El niño destetado.-
“Y creció el niño, y fue destetado; e hizo Abraham gran banquete el día que fue destetado Isaac.” (21:8)
Este es el siguiente episodio de este relato tan apasionante, y es además, uno que reviste singular interés e importancia.
Fue una ocasión de mucha alegría, y Abraham decidió celebrarla con un gran banquete. Su hijo amado, arrancado de los pechos maternales de Sara, iba a comenzar a ingerir comida sólida, no sólo apetitosa sino también altamente nutritiva y alimenticia, que habría de convertirlo muy pronto en un niño bien desarrollado, sano y robusto.
Cuánto nos tienen que decir las Escrituras, sobre todo en el Nuevo Testamento, del infortunio de hijos de Dios subdesarrollados!
Tomemos tres citas:
“De manera que yo hermanos no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche y no vianda, porque aun no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aun sois carnales, pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones ¿no sois carnales y andáis como hombres? 1a Corintios 3:1-3.
“…para que ya no seamos como niños fluctuantes, llevados por doquier de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error.”
Efesios 4:14.
“Porque debiendo ya ser maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuales son los primeros rudimentos de las palabras de Dios, y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche y no de alimento sólido.”
“Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” Hebreos 5: 12-14-
Dado que estos versículos hablan de por sí y con toda claridad, nos limitamos a hacer una comparación, la cual seguramente incentivará a cada lector u oyente, a procurar con empeño dejar atrás la infancia e inmadurez espiritual.
En efecto, si un padre y una madre se encuentran con que un hijo suyo, de cuatro o cinco años de edad, todavía balbucea, su desarrollo está bastante retardado y sigue haciendo cosas de una criatura de dos o tres años, evidentemente eso les dará a ellos motivo de mucha tristeza y dolor.
De la misma forma, nuestro Padre Celestial se entristece y sufre mucho cuando hijos Suyos que ya debieran haber crecido en la fe, en responsabilidad y en una conducta consecuente, dejan mucho que desear, y espiritualmente son niños malcriados y llenos de problemas.
¿Amas de verdad a tu Padre Celestial?
Entonces, desde todo punto de vista y como prueba de que tu amor hacia Él es sincero y genuino, debes esmerarte y poner el máximo empeño en madurar, y no traerle más quebrantos ni tristeza por actitudes carnales, o una conducta impropia de un buen hijo.
La genética de nuestro Padre Abraham nos augura felices realizaciones en nuestra peregrinación terrenal, después de haber sembrado con fidelidad y obediencia, e incluso haber esperado con paciencia, a veces largamente.
Asimismo, nos predispone a madurar, dejando atrás la infancia y niñez espiritual en nuestra propia vida, y celebrando que otros más jóvenes también hagan lo propio.
F I N