NUEVAS COSECHAS DE ANTIGUAS VERDADES – SEGUNDA PARTE

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NUEVAS COSECHAS DE ANTIGUAS VERDADES

SEGUNDA PARTE

RICARDO HUSSEY

INTRODUCCIÓN

Después de visualizar las cumbres de revelación que nos prodiga Pablo en Efesios 1, mayormente derivadas de esa actividad divina en el pluscuamperfecto previo a Génesis 1: 1, pasamos ahora a una proyección o nivel distinto.

Creemos que no está fuera de lugar que lo hagamos, alternando lo nuevo del libro eterno de Dios con lo viejo del mismo,  aunque siempre teniendo bien presente la superioridad del nuevo, hacia lo cual lo viejo del mismo a menudo apunta con sombras y figuras, como así también a veces con predicciones vívidas y certeras.

  Esta obra, al igual que la anterior en su tiempo, irá quedando inconclusa por un tiempo, dado que el autor irá agregando capítulos paulatinamente. De manera que lo informamos al lector que pudiera estar interesado, para que periódicamente visite esta 2a. parte en que encontrará nuevos capítulos que se irán añadiendo.

Í N D I C E

Capítulo 1 – La profecía de Joel.

Capítulo 2 – El.El libro de Eclesiastés (a)

Capítulo 3 – El libro de Eclesiastés (b)

Capítulo 4 – El libro de Eclesiastés (c)

Capítulo 5 . El libro de Eclesiastés (d)

Capítulo 6 – El libro de Eclesiastés (e)

Capítulo 7 – La 2a. epístola de Pedro (a ) 

Capítulo 8 – La 2a. epístola de Pedro (b)

Capítulo 9 – La 2a. epístola de Pedro (c)

Capítulo 10 – La 1a. epístola de Pedro (a)

Capítulo 11 – La 1a. epístola de Pedro (b)

Capítulo 12 – La 1a.epístola de Pedro (c) 

Capítulo 13 – La 1a. epístola de Pedro (d)

Capítulo 14 – La 1a. epístola de Pedro (e)

Capítulo 15 – 1a. epístola de Pedro (f)

 

 

 

CAPÍTULO 1 – LA PROFECÍA DE JOEL

El nombre Joel significa Jehová es Dios, y el de su padre Petuel, ensanchamiento de Dios. No se agrega nada en el texto que nos oriente en cuanto al lugar de su residencia, ni se dice que haya profetizado en el reinado de ningún rey de Israel o de Judá.  Seguramente que un erudito en la historia del pueblo de Israel podrá ubicar el tiempo de su  profecía con precisión. Por nuestra parte nos ceñimos al versículo 6 del capítulo 3, en que se menciona a “los hijos de los griegos” lo cual colocaría al libro y su autor en una época posterior al cautiverio.

Como en todos los auténticos profetas, en Joel encontramos algo característico y que ya hemos señalado, y que los diferencia fundamentalmente de los falsos. Mientras estos vaticinan paz y seguridad en tiempos de rebeldía, infidelidad e idolatría, aquéllos acertadamente profetizan lo contrario, es decir juicios muy severos, para sólo pasar a promesas de restauración, paz y prosperidad una vez que los juicios hayan llevado a un arrepentimiento sincero y profundo.

Consecuentemente con este principio, Joel comienza por preanunciar una devastación desoladora en el campo, que sería tan absoluta que sus efectos los sentirían todos sin excepción, tanto en el campo los labradores y las bestias del campo, como en la ciudad hombres y mujeres, jóvenes y niños, sacerdotes y ministros del altar.

Para colmo de males, la predicción se extiende a la venida de un fuerte ejército invasor del Norte, que sería irresistible y entraría en la ciudad, subiría por las casas, entrando por las ventanas a manera de ladrones, llenando a todos de pánico y pavor.

La descripción de todo este panorama tan sombrío y horroroso se extiende a lo largo del primer capítulo y hasta el versículo 11 del segundo. Pero a continuación nos encontramos con un fuerte llamado al arrepentimiento que viene de parte de Jehová por medio de Su siervo Joel. El mismo tenía que ser absolutamente genuino. Veamos los ingredientes que debía contener, y que de hecho son típicos de todo auténtico arrepentimiento.

“Convertíos a mí de todo vuestro corazón, con ayuno, y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón y no vuestro vestido, y convertíos a Jehová vuestro Dios.” (2:12-13a)

El hecho de que se diga primera convertíos a mí y luego se reitere diciendo “convertíos a Jehová vuestro Dios” nos señala un punto muy importante. Ese arrepentimiento debía ser para con el Señor por encima de todo lo demás.  Aun cuando pueda y deba abarcar mucho más, el arrepentimiento verdadero y real siempre está enfocado prioritariamente al Dios Santo, al cual se le debe todo, y al cual se ha ofendido reiteradamente y con contumacia.

Esta exhortación al arrepentimiento y de convertirse de forma real al Señor, se apoya en la gran misericordia del Señor: “…porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia y que se duele del castigo.” (2:13b) Como tantas veces se ha dicho, siempre emplea primero la exhortación y la advertencia, pero si no surten efecto, muy a su pesar, recurre al castigo. El fin del mismo no es solamente punitivo, sino también como el medio de llegar por la vía del dolor y el escarmiento, a una restauración real e integral.

En los versículos 15 al 17 del capítulo 2 continúa la exhortación a ese arrepentimiento tan necesario, expresada en términos muy tiernos y emotivos.

“Tocad trompeta en Sión, proclamad ayuno, convocad asamblea. Reunid al pueblo, santificad la reunión, juntad a los ancianos, congregad a los niños y a los que maman, salga de su cámara el novio, y de su tálamo la novia. Entre la entrada y el altar lloren los sacerdotes ministros de Jehová y digan: Perdona, oh Jehová a tu pueblo, y no entregues al oprobio tu heredad, para que las naciones se enseñoreen de ella. ¿Por qué han de decir entre los pueblos: Dónde está su Dios?

La respuesta del Dios tan misericordioso no se hace esperar: “Y Jehová, solícito por su tierra perdonará a su pueblo.”  Contiene en seguida la promesa de enviar pan, mosto y aceite a ese pueblo tan hambriento por la devastación previa, y hacerlo con tal abundancia que quedarían plenamente saciados.

De esa manera quitaría el oprobio que había representado, por ser el pueblo escogido del Señor, de haber pasado hambre y desolación tanto en el campo como en la ciudad. Además, estaba la gran promesa de alejar a ese ejército del norte tan formidable, y llevarlo a tierra seca y desértica y desintegrarlo hasta el grado de pudrición, y esto por haberse envanecido y haber querido desolar y destruir al pueblo de Dios.

Todavía encontramos más promesas. Debían alegrarse y gozarse porque el Señor Jehová iba a ser grandes cosas. Aun  a los animales del campo se les insta a que no teman porque los pastos del desierto iban a reverdecer y la higuera iba a dar su fruto, y como si no bastase, la  maravillosa promesa que desde los cielos Él haría descender sobre ellos la lluvia temprana y la tardía, como al principio.

Las eras además se iban a llenar de trigo, y los lagares rebosarían de vino y aceite, y luego sigue la preciosísima promesa del versículo 25: “Y os restituiré los años que comió la oruga, el saltón, el revoltón y la langosta, mi gran ejército que envié contra vosotros.”

¡Cuánta verdad hay en esto, aplicable en el reino espiritual a nosotros, que en esta dispensación somos el Israel de .Dios! (Ver Gálatas 5:15-16.)

La oruga, el saltón, el revoltón y la langosta no era ni más ni menos que un gran ejército que el Señor deliberadamente había enviado contra ellos. Todo intento de labrar la tierra provechosa y fructíferamente quedaba totalmente frustrado y desbaratado. Pero eso tenía un fin muy bendito y era el de llevarlos a ese arrepentimiento y a esa conversión al Señor tan necesaria y a la vez tan saludable. Una vez logrado eso, que era totalmente imprescindible, en Su gran misericordia el Señor se compromete  a restituirles todo eso que habían perdido, resarciéndolos total y cabalmente.

Quien esto escribe se identifica plenamente con el contenido de este versículo. Según lo consigna en su autobiografía, pasó una época muy oscura que duró en total nueve años. Antes había servido al Señor con esfuerzo y cariño, pero de la manera explicada en la autobiografía, pasó a atravesar esa etapa tan sombría. Al cabo de la misma todavía necesitó un largo período de terapia divina por el enorme daño que le había causado el enemigo durante esos largos nueve años. Pero a la postre comenzó a venir una cosecha en la cual no sólo le fue resarcido todo lo que había perdido, sino que pasó a recibir mucho, muchísimo más.

Por todo esto, bien se puede hacer eco de las palabras de Romanos 12: 33-36. “!Oh profundidad de las riquezas de las sabiduría y la ciencia de Dios! !Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.”

  Pero no cabe duda alguna de que el punto álgido del libro de Joel es la predicción del derramamiento del Espíritu, contenida en el capítulo 2, versículos 28-32. El día de Pentecostés, Pedro inmediatamente reconoció que lo que estaba aconteciendo era el cumplimiento preciso de tan importante profecía y la citó en la primera parte de su discurso.

Los puntos principales fueron los siguientes: –

1)        En los postreros tiempos el Señor derramaría de su Espíritu. El hecho de que esto fuese seguido por las palabras “sobre toda carne” no debe tomarse al pie de la letra, como si sería sobre todo ser humano del planeta tierra. En cambio, ha de interpretarse que sería de toda clase de personas: hijos, hijas, jóvenes, ancianos, siervos y siervas, y habría profecías, sueños y visiones. Por el versículo 11 de Los Hechos 2 vemos que al hablar en lenguas proclamaban las maravillas de Dios de manera claramente comprensible para cada uno de los que les oían en sus diversas lenguas propias – partos, medos, elamitas, etc. Si bien en el relato no se consigna ningún sueño ni visión, eso no quiere decir que no hayan acontecido, y de hecho, vemos que en Los Hechos 9: 10 Ananías tuvo una visión muy concreta, al igual que Pablo más tarde, según se nos narra en Los Hechos 16: 9. También debemos visualizar que esa proclamación de las maravillas de Dios en tantas lenguas distintas, era como un anticipo de que eso iba a acontecer en todo el orbe con la proclamación de la más grande maravilla de Dios – el evangelio de la gracia suprema y sublime que hoy día se está cumpliendo y va de camino a un cumplimiento completo.

2)        Profetizarían hijos e hijas, denotando que sería para ambos sexos.

3)        La hermosa promesa de que todo el que invocare el nombre del Señor sería salvo, algo futuro en el libro de Joel, pero feliz y gloriosamente presente para los que estamos en la dispensación de Pentecostés. La misma nos brinda además un fuerte punto de apoyo para la palanca de nuestra fe, valga la expresión, al orar por familiares, amigos, vecinos o compañeros de trabajo que aún no se han convertido.

Pedro no citó la parte final de la predicción de Joel – “porque en el monte de Sión, y en Jerusalén habrá salvación como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado.”

Con todo, eso también estaba sucediendo y cumplié»ndose cabalmente. De paso añadimos que las palabras “…entre el remanente al cual él habrá llamado” confirman lo dicho anteriormente de que las palabras “sobre toda carne” no significan al pie de la letra la totalidad de la población del mundo en que vivimos.

El libro de Joel termina en el capítulo 3 prediciendo el juicio a las naciones antagónicas u opuestas a Israel, acerca de lo cual nos abstenemos de comentar. En cambio, reiteramos que ese bendito principio en Jerusalén el día de Pentecostés apuntaba a algo que iba a crecer y propagarse por el mundo entero, alcanzando a multitudes de toda raza, lengua y nación, según Apocalipsis 7: 9-17, donde tenemos la gloriosa visión panorámica.

Por cierto que en esto tenemos una culminación imponente y maravillosa de la gran profecía del libro, la cual resalta como una gran perla de colores y matices multinacionales, brotada del Señor a través del que sólo sabemos que se llamaba Joel, hijo de Petuel

como una muestra deleitosa de humildad y pequeñez,

y de grandeza a la vez.

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Capítulo 2.-  El libro de Eclesiastés (a)

El autor es el rey Salomón, y es un libro que a primera vista nos presenta, sobre todo para quienes disfrutamos de la dicha de ser hijos de Dios por renacimiento, lo que bien podemos calificar de una abierta contradicción.

 Las palabras vanidad de vanidades, todo es vanidad, o bien esto también es vanidad, que aparecen reiteradamente en el texto, por cierto que no concuerdan con nuestra experiencia como hijos de Dios.

Verdad que a veces se pasa por tiempos difíciles, de pruebas y dificultades, pero eso no es la norma, y la bendición de ser verdaderos hijos de Dios con todo el inmenso bien que conlleva, hace que no podamos asentir o corroborar ni mucho menos que todo es vanidad.

Muy por el contrario, la nueva vida en Cristo es una de ricas y profundas satisfacciones, siempre y cuando, desde luego, andemos en obediencia cumplida y en el marco de la voluntad divina cada día.

Pero hay una clave que nos ayudará a comprender este libro, que de otra forma nos quedaría como un gran enigma. La misma se encuentra en tres palabras que también aparecen reiteradamente en el texto, a saber debajo del sol.

Sabemos que no somos de este mundo, y que nuestra ciudadanía está en los cielos. (Filipenses 3: 20) Estamos de paso, como peregrinos y nuestra vida y comunión con el Señor y nuestros hermanos en la fe se desenvuelven en la esfera de lugares celestiales en Cristo Jesús, según se nos dice en Efesios 2: 6, y no debajo del sol, espiritualmente hablando.

Con todo, se nos dice en 2ª. Timoteo 3: 16 que “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia.”

Dios sabe por qué ha querido que se incluya este libro en la Biblia, y a pesar de la abierta contradicción de que hablamos, mirando atentamente podemos entresacar cosas provechosas y edificantes.

Pasamos, pues, a señalar y comentar algunas de ellas.

“Y he visto que la sabiduría sobrepasa a la necedad, como la luz a las tinieblas.” (2:13)

Sencillamente, podemos visualizar a dos individuos a manera de contraste. Uno es prudente en su conducta, cumplidor y respetuoso, y que sabe cuándo hablar y cuándo callar.  El otro, por su parte, habla más de lo necesario, a menudo diciendo cosas que mejor sería omitir, y entre otros desaciertos, malgasta el tiempo que muy bien podría invertir en cosas provechosas.

El primero transita por un camino de luz que le resulta muy favorable, mientras que el segundo, en realidad anda en una oscuridad que, a menos que  enmiende sustancialmente su proceder, terminará en un muy mal fin.

“Al hombre que le agrada Dios le da sabiduría, ciencia y gozo; mas al pecador da el trabajo de recoger y amontonar para darlo al que agrada a Dios. (2: 26)

Narramos un caso que conceptuamos inaudito, pero que nos consta que fue absolutamente verídico. Un hermano que se encontraba en estrechez económica, repentinamente se sintió impulsado a ubicarse en un lugar determinado en la carretera – probablemente en las inmediaciones de un cruce.

Al poco pasó un vehículo a cierta velocidad, y, casi increíblemente, por una de las ventanillas salió, impulsado por el viento, un buen número de billetes que representaban una importante suma de dinero.

Curiosamente, el vehículo siguió su marcha y pronto desapareció, de manera que el hermano ubicado en las inmediaciones, lo recogió como algo “llovido del cielo” para él.

No sabemos si el conductor, o bien algún acompañante que pudiera haber tenido, era pecador o no, pero lo cierto es que, bien el uno o el otro, sirvió para suplir la necesidad del hermano en cuestión.       

Por lo cual, por cierto que en este caso no concordamos con las palabras “también esto es vanidad y aflicción de espíritu” con que finaliza el versículo citado. Lejos de ello, fue una provisión divina para un hombre necesitado, y que, evidentemente era del agrado de Dios.

En el capítulo 3 se nos puntualiza con mucho acierto que “todo tiene su tiempo, y que todo lo que se quiere debajo del sol tiene su hora.”

Sigue luego en el texto una serie de cosas, todas en pares de contraste, y de la cuales comentamos algunas. La primera “tiempo de nacer y tiempo de morir” (3:2) no necesita explicación ni comentario.

No obstante, aplicamos aquí el concepto espiritual de renacer, citando en relación al mismo Oseas 13: 13b:- “…es un hijo no sabio, porque ya hace tiempo que no debiera detenerse al punto mismo de nacer.”

¡Qué bien describen estas palabras a uno que ha oído el evangelio muchas veces y lo ha entendido, pero vacila una y otra vez antes de dar el paso decisivo de entregar su vida a Cristo!

Redargüido y convencido, antes de ir adelante y hacerlo, piensa en las implicaciones de ese paso –  la burla de algunos amigos, la oposición de alguien cercano,  la suegra por ejemplo,  o tener que asistir asiduamente a las reuniones en lugar de otras cosas que le resultan muy atractivas, y en fin, un sinnúmero de obstáculos, y en vez de ser sabio y valiente, a último momento se echa atrás.

Que no haya ningún lector que se encuentre en esa situación tan desacertada y peligrosa.

“Tiempo de llorar y tiempo de reír…” (3:4) Ése es el orden correcto, y quienes en su trayectoria lo hacen a la inversa, es decir, empiezan por reírse, y más de la cuenta, a menudo terminan tristes y amargados.

Tenemos presente el caso de un joven de unos veinte abriles, a quien conocimos cuando todavía residíamos en la Argentina.  Continuamente buscaba formas de bromear y hacer chistes, al punto que se le decía, con cierta ironía, «Miguel «– que así se llamaba –»¿qué vas a hacer cuando seas grande?»

Tristemente oímos que en su etapa final terminó muy amargado.

Nos parece oportuno recalcar aquí que hay tres formas de llorar y tres de reír. Tanto la una como la otra puede ser la de los demonios, que a veces hacen lo uno y a veces lo otro, con un llorar o reír falso y engañoso. También hay una segunda forma natural de llorar, como válvula de escape de una congoja interior, o de reír por algo realmente cómico. Finalmente, una tercera forma de llorar por estar quebrantado por el Espíritu, o bien reír de un gozo, también del Espíritu, brotados ambos de lo más profundo del ser.

Dos contrastes más que no hace falta explicar, pero que son muy aplicables cuando la ocasión sucede. “…tiempo de callar y tiempo de hablar…”  (3:7) otra vez en el orden correcto, “…y tiempo de guerra y tiempo de paz…” (3:8)  pensando en cuanto a esto último en el nivel o terreno espiritual.

“Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin.” (3: 11)

Un versículo riquísimo que seguramente en más de una ocasión se ha prestado para una predicación saturada de muchas importantes y preciosas verdades.

No nos dejamos tentar a extendernos, dándole el amplio comentario que se merece, sino que nos conformaremos con sintetizarlo en unos pocos párrafos.

Desde el encanto de la criaturita recién nacida, que a poco empieza a mirar alrededor, acostada en la cuna, viendo cosas que la rodean que nunca ha visto antes, en un mundo nuevo para él al cual acaba de llegar; siguiendo por la infancia, la niñez, la adolescencia, la juventud, el noviazgo con miras al matrimonio, la mediana edad y las canas honradas de una madurez y ancianidad en que se ha aprendido tanto de los más variados matices – todo lo ha hecho hermoso nuestro maravilloso Dios

   Pero debemos recalcar la importancia de que todo tiene  su tiempo. Si por ejemplo la alegría de oír a la criaturita balbucear un papá o mamá se posterga más de lo normal, o bien continúa un buen tiempo sin más progreso en el hablar, eso ya no es hermoso, sino una señal de dolor para los padres, que ven en ello un triste retraso.

Igualmente, si el noviazgo comienza demasiado pronto, muy bien puede acarrear consecuencias lamentables.

Por algo Dios en la creación ha dispuesto la maduración de las cosas. Nos explicamos: si vamos a un ciruelo y recogemos de su fruto antes de tiempo, habrá que tironear para desgajarlo, y al llevarlo a la boca nos encontraremos con un gusto muy agrio. Por el contrario, si esperamos que el sol, el viento y el tiempo hagan su parte, al recogerlo casi se nos caerá en la mano sin ninguna necesidad de tirar para arrancarlo, y disfrutaremos de un sabor dulce y jugoso.

Pero a todo esto hay que añadir las palabras claves del versículo –“…ha puesto eternidad en el corazón de ellos…” es decir, del ser humano.

¡Qué verdad que la mayoría de las personas, antes de que les amanezca la luz de la verdad divina, que es tan importante, viven como si los años de vida aquí en la tierra fueran lo único, sin un más allá!

 E incluso no deja de ser cierto que aun creyentes convertidos a la fe del evangelio, no pocas veces viven para el presente terrenal, casi sin poner para nada la mira en el siglo venidero.

La parte final del versículo – “…sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin”– hace que nos tengamos que extender más de lo que esperábamos.

Sobre todo para los que tenemos la dicha de ser hijos de Dios por renacimiento, al crecer y desarrollarnos en la fe empezamos a entender que el Soberano Creador y Dios Supremo nos conocía muy bien, aun antes de ser un pequeño embrión en la matriz de nuestra madre – que tenía un planificación individual y personal para cada una de nuestras vidas, y algunas o muchas más cosas.

Con todo, nos damos cuenta, por la maduración y las verdades de las Sagradas Escrituras, de que ha habido un sin fin de actividad divina a nuestro favor, tan vasta que está fuera de nuestro alcance entenderla toda en su inmensa magnitud. Tenemos que concluir que eso sólo será posible en la vida venidera, cuando conoceremos como somos conocidos, según 1ª. Corintios 13: 12.

Debo acotar que todo esto que vengo escribiendo, me ha motivado a volcarlo en la prédica oral, junto con muchas otras cosas que, por razones de espacio, no van consignadas aquí.

Como el capítulo se ha extendido más de lo esperado, suspendemos aquí para continuar en el siguiente.

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Capítulo 3 – El libro de Eclesiastés (b)

     Continuamos entonces citando 3: 14.- “He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo; sobre aquello  no se añadirá, ni de ello se disminuirá; y lo hace Dios para que delante de él teman los hombres.”

Si bien nos queda todavía mucho terreno por delante, creemos que éste es el versículo cumbre del libro, y que constituye una perla pura, brillante y preciosísima.

Las palabras “todo lo que Dios hace” denotan con toda claridad que no hay excepciones – cuanto hace – y por añadidura, cuanto dice – brota de Su personalidad total y absolutamente perfecta, de manera que no hay posibilidad alguna de error ni nada que se asemeje.

Esto, digámoslo de paso, hace que al inclinarnos en adoración y sumisión a Él estemos pisando terreno sólido y seguro, y haciendo lo que en verdad es propio y consecuente que hagamos.

Pero, como consecuencia de esa perfección tan absoluta, pretender ya sea agregar o bien quitar, siquiera en parte, a lo hecho o dicho por Él, es una temeridad y algo totalmente irreverente, brotado sin duda de un corazón entenebrecido y obstinado.

Tomamos dos temas muy importantes en que la aplicación de esta verdad se presenta en vivo relieve.

El primero está muy cerca del final de Apocalipsis, en los versículos 18 y 19 del último capítulo. En los mismos se hace una solemne advertencia que parafraseamos así: “He escrito mi libro sagrado. Nadie se atreva a añadir al mismo, o quitar de él, so pena de que vengan sobre él las plagas del libro, o se quite su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad, respectivamente.

¡En qué situación horrorosa se ubican quienes cuestionan o  niegan la veracidad de la Biblia, ya sea parcial o totalmente!

Desde luego que hay cosas en ella que escapan de nuestra finita y parcial comprensión. Pero si comprendiésemos todo lo que dice y hace el Dios Eterno Omnisciente, Omnipotente y Omnipresente, seríamos de la medida Suya, y en cambio ¡cuán diminuta e insignificantemente pequeños somos, ante el Gran Gigante de la Eternidad!

Y por supuesto la postura más prudente y sabia es dejar a un lado por ahora lo que no entendemos, seguros que en el más allá, cuando conoceremos como somos conocidos, lo habremos de comprender cabalmente.

Todo esto con la importante reflexión de que, loado sea Dios, lo que nos interesa en el terreno práctico de cómo proceder, hablar y conducirnos en general para agradarle a Él, el Juez Supremo, está clarísimo en el más amplio sentido de la palabra.

Pasamos ahora al segundo tema, relacionado con la obra y el sacrificio expiatorio hechos en el Calvario por nuestro amado Señor Jesús.

Las Escrituras nos dan amplio testimonio de que Sus palabras finales muy poco antes de expirar – Consumado es –  definen cabalmente lo que fue una obra perfecta y totalmente eficaz y suficiente.

Damos algunas citas al respecto sin consignar el texto: Hebreos 9: 12b, 9:26b 10: 10 y 10: 14.

Hablando del pueblo de Israel, mayoritariamente ajeno a la fe del evangelio hoy día, Pablo escribe: “Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios.” (Romanos 10: 2-3)

En esta actitud hay algo terco y autosuficiente, que al mismo tiempo, de manera insultante, niega validez al glorioso sacrificio del Calvario.

Como Pablo bien lo puntualiza en Gálatas 2: 21:- “No desecho la gracia de Dios; si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.”

Para mayor abundamiento, consignamos algo importante relacionado con el famoso siervo de otrora Carlos Finney. Como es bien sabido, él había sido abogado, y por eso naturalmente comprendía abogacía y todo cuanto concierne a la ley y a los  requerimientos de la justicia, de la manera que nosotros, que somos profanos, careciendo de conocimientos y autoridad en la materia, no podemos alcanzar a comprender.

Creo recordar que en su autobiografía, o por lo menos en uno de sus escritos, él narró que a veces convocaba a colegas suyos y les explicaba el sacrificio expiatorio de Cristo, con la minuciosidad propia de su elevada comprensión del mismo.

Los que lo escuchaban quedaban rendidos ante la evidencia de algo perfecto, en que no quedaba sin cubrirse el más mínimo requerimiento de la ley y la justicia más estricta y severa. Así, se convertían al Señor totalmente convencidos, y termino agregando que para él ¡eran la clase de gente más fácil de llevar al Señor!

No sé cuántos abogados podrá el lector haber llevado a los pies de Cristo. En cuanto a quien esto escribe, que sepa ¡en su dilatada trayectoria aún no ha logrado hacerlo con ninguno!

Retomando el hilo, es evidente que la justicia por la ley resulta inalcanzable para todo ser humano librado a sus propios recursos, por ser Dios un Ser tan Santo, Sublime y Majestuoso. De ninguna manera podría ninguno de nosotros cumplir ni siquiera remotamente los altísimos requerimientos de la misma..

Esto lo subrayó muy clara y acertadamente Pedro en la gran polémica en que los judaizantes insistían en que los gentiles debían guardar la ley, tratada en Jerusalén según se la narra en Los Hechos 15.

Dijo en el versículo 10:- “Ahora pues, ¿Por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Y a esto agregó en el versículo siguiente:- “Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús, seremos salvos de igual modo que ellos.”

¡Cuánto más fácil y bendito recibir gustosamente la oferta gratuita de perdón y vida nueva en Cristo, que con tanto amor y bondad se nos ofrece!

Como este capítulo se hace bastante extenso, pasamos al siguiente.

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Capítulo 4 – El libro de Eclesiastés (c)

 

Continuamos citando 10:11:- “Si muerde la serpiente antes de ser encantada, de nada sirve el encantador.”

La sencilla pero contundente verdad de este versículo, contiene algo plenamente aplicable a la situación en que vive y se desenvuelve hoy día nuestro mundo occidental.

Efectivamente, la forma en que se construyen polideportivos con piscinas, canchas de fútbol, tennis, fútbol sala, frontennis, etc., la seguridad social para el cuidado de la salud y la promoción de la longevidad, los salones de ocio y recreo para la edad media y avanzada – en fin, todo eso de que se disfruta para el bienestar y la felicidad, y sin embargo, ¡qué desconcertante y triste a la vez ver que  poco o nada de esos fines se logra!

Por el contrario, el crimen, la delincuencia, la drogadicción, matrimonios destrozados ya sea por incompatibilidad o infidelidad, la falta de respeto a los mayores, la insumisión o abierta rebeldía, la corrupción moral que lleva a tantos y tantas a conducirse de la forma más inescrupulosa con tal de hacerse de pingües sumas de dinero – y en fin, todo un mundo de maldad que aflora por doquier.

La razón está en que la maldita serpiente, en un principio dio una mordedura venenosa al hombre y a la mujer que le prestaron atención, dándole la espalda al Dios Creador que les había dado todo.

Como sabemos, el encantador, valiéndose de una musiquilla grata y placentera, logra apaciguar a la serpiente, aunque sólo transitoriamente.

Pero loado sea Dios, la solución divina ha venido por un medio totalmente distinto. El amado y eterno Hijo de Dios se encarnó y vino a este mundo, pero por cierto no para tratar de apaciguar a la serpiente con melodía dulce y suave, sino para darle un golpe de gracia certero, final y terminante.

Ya a muy poco de acontecer la mordedura a nuestros primeros padres Adán y Eva, vino la promesa de que la simiente bendita – Cristo – si bien iba a ser herida en el calcañar, le habría de herir a ella – la serpiente – en la cabeza.(Génesis 3: 15b)

 Hacemos una importante reflexión sobre estas dos cosas. En la prédica oral, y también por escrito, hemos puntualizado que el dolor espiritual, emocional, anímico y físico que experimentó el bendito Crucificado a favor nuestro, en ese largo túnel del Getsemaní al punto final del Calvario, es algo que en su total magnitud sólo podremos comprender cabalmente en el más allá, cuando conozcamos en plenitud como somos conocidos. (1ª. Corintios 13: 12b)

Y sin embargo, a todo eso en esta predicción de Génesis 3: 15 que hemos citado,  se lo compara – sorprendentemente – ¡a una mera herida en el talón, que duele de verdad, pero que a poco tiempo se sana, cicatriza y desaparece!

Por el contrario, la herida en la cabeza es un golpe final y definitivo, y eso es lo que le pasó a la serpiente en el Calvario – ha recibido un golpe de gracia que ha desmoronado su reino por completo y ha quitado el pecado de la tierra y del mundo. (Zacarías 3: 9b y Juan 1: 29)

¡Bendita solución divina! Y además, puesta al alcance de todo aquél que,  humillado, y arrepentido de sus muchas faltas y pecados, reciba en su corazón el perdón – total, gratuito y eterno – junto con una nueva vida, totalmente distinta, en Cristo Jesús.

 Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal.” (4: 11)

Que hoy día, en nuestra democracia del mundo occidental, en general la ley es demasiado blanda para con la delincuencia, es un hecho evidente y creemos que deben ser muy pocos los que opinan lo contrario.

Algunas cárceles cuentan con calefacción y aire acondicionado, e incluso televisión para el uso y beneficio de los presos, amén de otras facilidades, según el caso. 

Nos viene a la mente un caso, muy risueño por cierto, de un hombre de negocios cuya empresa quebró, de manera que quedó en la más absoluta indigencia.

Para solucionar el problema básico de no tener ni para comer ni para pagar el alquiler, hizo algo inaudito.  Fingió cometer un atraco – de un banco, creo – logrando así el fin de que se lo pusiera preso, y de esa forma ¡contar con alojamiento y comida gratuitos!

Aunque cueste creerlo, fue un caso verídico, que aconteció en España hace más o menos un par de años, aun cuando no podemos precisar en qué lugar de la península.

Recordamos otro muy distinto, y que ilustra la contundente eficacia de un trato muy severo del criminal o delincuente. Nos lo narró hace unos buenos años una hermana en Cristo que conocimos en la localidad de Lérida y que con anterioridad había residido por un tiempo en Venezuela.

Sucedió que falleció un hijo del primer mandatario del país, y llegaron junto con las consabidas condolencias, muchas ofrendas florales, y además una de oro – seguramente de una persona muy pudiente.

Un pillo la robó, pero bien pronto lo descubrieron y apresaron. La medida adoptada fue cortarle una mano, y dejarlo encerrado en una isla rodeada de yacarés.

La hermana me aseguró que después de eso, uno se podía fiar que no le iban a robar la cartera o billetera, ni el automóvil, aunque se lo dejase sin echarle llave.

Si bien no opinamos como lo más indicado que se le haya cortado la mano, pensamos que por cierto es un caso que puntualiza la eficacia de una mayor severidad con la delincuencia. Por el contrario, cuando la ley y el trato de la misma no son realmente estrictos y severos, inevitablemente tiende a incrementarse.

“Anda, y come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón; porque tus obras ya son agradables a Dios.” (9: 7)

Interpretamos este versículo en el sentido de una maduración espiritual, que conlleva agradar al Señor como norma, dejando atrás los altibajos que se experimentaban anteriormente.

Jesús afirmó en Juan 8: 29: “Porque el que me envió conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.”

Subrayamos siempre porque hace resaltar la perfección del amado Señor Jesucristo – nunca ni siquiera el menor atisbo de obediencia parcial, antes bien total y absoluta, y sobre todo en la vía dolorosa que se extendió desde el Getsemaní hasta Su muerte en el Calvario.

La maduración es una meta muy deseable, a la cual debemos aspirar todos, tanto en el aspecto natural del desarrollo y  crecimiento, como en todas las demás facetas de la vida.  

Ya hemos puesto el ejemplo de la ciruela verde y la madura. Así como esta última es la vida que espiritualmente ha madurado. Lejos de traer lo desagradable que a menudo resulta de la inmadurez, da plena satisfacción al Señor, Quien así se complace en darle señales de Su presencia aprobatoria.

Más sobre la maduración en el capítulo siguiente.

Por último, una reflexión final sobre este punto. No creemos rebuscado asociar el comer el pan con gozo y beber el vino con alegre corazón del texto del versículo, con la comunión. No nos referimos solamente a la participación de la Santa Cena, como solemos llamarla, sino que la hacemos extensiva a una vida que disfruta de una rica comunión espiritual con el Señor, en un vivir delante de Él bajo un cielo despejado, límpido y radiante, con el Sol de Justicia Increado brillando en todo su esplendor.

El lector advertirá que se trata de un nivel muy elevado, el cual quien esto escribe no pretende haber alcanzado de forma permanente. No obstante, las ocasiones en que lo logra, le sirven de estímulo para perseverar y progresar en una marcha ascendente.

Humilde y amorosamente animamos a cada uno a proponerse  escalar posiciones en este sentido en su andar cotidiano.

Interrumpimos en este punto para continuar en el capítulo siguiente.

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Capítulo 5 .- El libro de Eclesiastés (d)

“Goza de la vida con la mujer que amas todos los días de la vida…, que te son dados debajo del sol, todos los días… ;  porque ésta es tu parte en la vida y en tu trabajo con que te afanas debajo del sol.” (9:9)

Creo que esto sencillamente es lo que se nos dice en Efesios 5: 25-29, recalcando las palabras finales del versículo 28:- “…El que ama a su mujer a sí mismo se ama.”

 La conclusión lógica es que quien no lo hace, no se ama a sí mismo, y todo el daño que le pudiera hacer a su mujer con su falta de amor, aunque tal vez sin darse cuenta, se lo está haciendo a sí mismo.

Inversa o recíprocamente, todo el daño que la mujer le pueda hacer a su marido por cualquier causa que fuere, en realidad se lo está haciendo a sí misma.

Añadimos la hermosa exhortación de Proverbios 5: 18-19:- “Sea bendito tu manantial y alégrate con la mujer de tu juventud, como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre.”

Que el Señor nos ayude a ser mejores maridos y esposas.

«En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza.” (9: 8)

Desde luego que esto no significa vestir un delantal blanco bien almidonado, sino abstenerse de todo lo que sea sucio, impuro, torcido o carnal.

La lista sería casi interminable, pero si a lo dicho añadimos el dejar de lado toda sonrisita falsa, guiñadita de ojos y la lengua suelta y descontrolada, el chiste verde o de mal gusto, o celebrarlos cuando otros lo cuentan, tendremos una idea bien clara de qué se trata: – santidad, sin la cual nadie verá al Señor, como se puntualiza en Hebreos 12: 14b.  

Debemos agregar que no en vano el versículo citado comienza diciendo En todo tiempo. Es decir, no sólo el domingo cuando estamos con los hermanos, sino también durante la semana, a menudo rodeados de compañeros de trabajo incrédulos que no vacilan en soltar malas palabras y aun blasfemias, y muchísimas otras cosas de índole totalmente mundana.

Pasando ahora al ungüento, debemos señalar algo importantísimo:- si bien a menudo se suele decir simplemente la uncíón, al describírsela en Éxodo 30: 22-33 se la llama unción santa.

Aquí es donde añadimos más sobre la madurez. Lo hacemos basándonos en Hebreos 5: 14 donde se describe a los que han alcanzado madurez, diciendo “para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.”

Aun cuando hay un margen de falibilidad en todo ser humano, debemos señalar que, en general, a la madurez no se le pasa gato por liebre.

No son pocas las veces que hemos oído o leído acerca de predicciones de gran bendición pronunciadas en diversas situaciones. Por ejemplo, ministerios del extranjero sobre personas que les han abierto la puerta invitándolos a España, y, tal vez como reconocimiento, les han vaticinado grandísimas cosas, que a veces no cabe otra forma de describirlas que llamarlas delirios de grandeza.

Un hermano y consiervo avezado, fundadamente escéptico en cuanto a una predicción de una hermana que, supuestamente, iba a tener una labor apostólica por todo el país, conociendo bien a la misma, me señaló significativamente que ¡conociendo a la vaca, uno sabe la leche que de ella se puede esperar!

La intención en dar esas predicciones puede ser buena, pero en realidad el efecto que producen a la larga resulta muy perjudicial. Se espera ese gran día en que esas maravillas van a empezar a suceder, y en tanto no llegan, siguen las lagunas y los altibajos y no se vive en la realidad del presente, sirviendo al Señor con humildad, amor y devoción, aun en lo que parece pequeño.

Como dijo Jesús en Lucas 16:10 “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel…”

Mejor es una onza de oro puro, que una tonelada de madera, heno y hojarasca.

En el terreno práctico de la vida en la iglesia primitiva, en el libro de Los Hechos sólo encontramos dos profecías predictivas, ambas dadas por un reconocido profeta de nombre Agabo. Tanto la una como la otra – ver Los Hechos 11: 28-30 y 21:10-11 – predecían dificultades o peligros que sobrevendrían.

Para mayor abundamiento, citamos 1ª. Tesalonicenses 3: 4 donde encontramos lo siguiente, escrito por el apóstol Pablo:– “Porque también, estando con vosotros, os predecíamos que íbamos a pasar tribulaciones, como ha acontecido y sabéis.”

En ningún caso vemos que se hayan predicho grandes bendiciones, como el levantamiento de la iglesia gentil en Antioquía de Siria, ni el levantamiento de la iglesia de Éfeso más  tarde bajo el ministerio de Pablo.

   Pasando ahora al  ungüento sobre tu cabeza – es decir la unción santa – notemos que en los versículos 23 y 24 del capítulo 30 de Éxodo en que se la describe, se especifican los ingredientes precisos que debía contener, y en el 25 se señala que de ellos se haría el superior ungüento “según el arte del perfumador.”

Interpretamos que esa precisión en cuanto a los ingredientes – no se dice aproximadamente, sino la cantidad exacta de cada uno – nos habla de la debida y cumplida concordancia con la palabra de Dios, las Sagradas Escrituras.

Por otra parte, el arte del perfumador nos sugiere una originalidad y frescura totalmente ajenas al molde fijo, o la copia por el papel carbónico, por así decirlo.

No resulta fácil definirla exactamente y en términos prácticos. Tal vez podríamos decir que tiene un no sé qué indefinible, que la hace viva y fresca, con originalidad y gracia, y que al mismo tiempo – con toda seguridad – resulta muy convincente para quien sabe oír y discernir.

 Concluimos citando otra vez el mismo versículo, como una amable y cortés exhortación a cada lector,  la cual, por nuestra parte, también asumimos.

“En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza.”

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 pítulo 6.- El libro de Eclesiastés (e)

“Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días…que te son dados debajo del sol…”

Pablo escribe en Efesios 5: 28b:- “El que ama a su mujer, se ama a si mismo.”

Esto es algo que nos tememos que muchos no lo comprenden. La unión matrimonial hace que marido y esposa sean uno. Por lo tanto, todo el bien que el hombre le haga a su mujer, se lo hace a sí mismo, y recíprocamente, todo el bien que una mujer le haga a su marido, se lo hace a sí misma.

Por el contrario, todo el daño que se haga a la otra parte, ya sea por aspereza, falta de amor o lo que sea, redunda inevitablemente en hacérselo a uno mismo o a una misma.

Nuestro Dios es un Dios de amor, y entre otras virtudes, el amor tiene la de hacernos felices, pues quien ama de verdad es una persona feliz. Por el contrario, quien alberga en su corazón rencor, odio o amargura, necesariamente ha de ser una persona desdichada.

¿Qué hemos de decir en cuanto a todo esto?

¡Que la gracia del Señor nos haga cada día mejores maridos y mejores esposas!

 “En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza.” (9: 8)

Volvemos sobre este versículo dado que como dijimos, es  clave, y cuya interpretación, aplicada a nuestro andar diario en la dispensación de la gracia en que nos encontramos, nos abre un amplio abanico de verdades, todas ellas de carácter absolutamente fundamental. Agregaremos dos o tres cosas nuevas, reiterando alguna de importancia sobresaliente.

En términos prácticos, nada de mentiras ni trampas, ni de chistes verdes, ni de reírnos festejándolos cuando otros los cuentan; irreprochables en el manejo del dinero, cuidándonos de que nuestros ojos no miren dónde no debe, y cómo no debe un verdadero hijo de Dios, lo que incluye películas obscenas o de crimen y violencia, ya sea en videos o en la televisión. Aunque esto sea una repetición, nunca se puede insistir demasiado – tantos prestan un asentimiento mental toda vez que se lo menciona, pero nos tememos que en la práctica no lo toman con la debida seriedad.

El versículo en que estamos es muy breve, pero en el mismo se menciona una segunda cosa de vital importancia: el ungüento, lo que nos lleva a la hermosa verdad de la unción.

La inferencia es muy clara: si vivimos y andamos a diario de blanco ante Dios y los hombres, disfrutaremos de la preciosa unción; en caso contrario, descartémosla por completo.

Esto no es un mero detalle por cierto. Existe una unción que no es santa – una falsificación de la auténtica.

Dijimos que agregaríamos sobre la madurez.

«…pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados del bien y del mal.” (Hebreos 5: 14)

Desde luego que nadie es infalible, pero como regla general podemos decir  que a la madurez no se le pasa gato por liebre.

Nos explicamos con ejemplos ilustrativos. Hace unos buenos años en una iglesia determinada – preferimos no especificar lugar ni nombres – un pastor se encontraba muy perplejo, dado que un joven predicador de la iglesia había estado trayendo mensajes que traían cosas de alto vuelo, por así decir, y que parecían deleitar a la congregación. A poco, lamentablemente, se descubrió que estaba en adulterio con una hermana menor de su mujer.

Tuvimos que explicarle que era una unción falsa, totalmente ajena a la verdadera, propia de quien vive limpiamente y cerca del Señor cada día.La verdadera unción proviene de la gracia de la tercera persona de la Trinidad, que por algo se llama el Espíritu Santo.

Ya que estamos en este tema, tenemos que referirnos también a  predicciones proféticas de avivamiento o gran bendición que venimos oyendo desde hace muchos años.

En nuestra dilatada trayectoria sirviendo al Señor, mayormente en España, la primera predicción de avivamiento de que oímos era que vendría desde Menorca, de Este a Oeste; más tarde hubo una que decía que en el Levante se irían encendiendo pequeños fuegos de avivamiento, que gradualmente se extenderían por toda la Península Ibérica.

Con posterioridad otra – ahora el avivamiento comenzaría en Andalucía, y todavía otra que comenzaría en Cataluña, con detalles como el renacimiento de las bellas artes en la región, y el envío de misioneros a muchas otras partes del mundo.

Hasta el día de hoy, que sepamos, ninguna se ha cumplido.

Añadimos que a veces pensamos que el maligno se divierte en todo esto, viendo la forma en que creyentes incautos que se creen las  pseudo-profecías, desperdician preciosos días de su vida en que podrían estar sirviendo al Señor útilmente, y en vez, están esperando el gran día que nunca llega.

  Debemos aprender a distinguir entre lo aparente y lo real y genuino.

Corresponde ahora que pasemos a hablar algo más sobre la unción santa.

En Éxodo 30: 32 se nos dice que «sobre carne de hombre o sobre extraño no debía derramarse….»  Esto habla claramente de por sí.

Debe llevar, como algo que nunca se puede enfatizar demasiado, el respaldo de una vida limpia y de quien vive cerca del Señor cada día.

También debemos puntualizar que muchas veces, quien es así usado por el Señor, no es consciente de la bendición que está impartiendo. Quien esto escribe en no pocos casos, recién después de varios o aun muchos años, ha llegado a enterarse de repercusiones benéficas de lo que ha ministrado.

Tal vez debemos acotar el contraste con informes que en algunas ocasiones se dan de campañas en países del África, por ejemplo, donde a veces, a poco de terminar una gira evangelística, se informa que en la misma se convirtieron decenas o centenas de miles.

No desestimamos el esfuerzo y sacrificio de muchos que con denuedo sirven al Señor responsable y noblemente en esas tierras.

Por otro lado, después de un período de un año, digamos, si se volviera al lugar de esas campañas, uno se pregunta cuántos, de los miles que hicieron profesión de fe, se encontraría que perseveran y dan muestras de ser verdaderos convertidos 

Concluimos el capítulo y el estudio del libro citando otra vez el versículo 9: 8, como una reiteración a que aspiremos a que sus dos verdades claves se cristalicen plenamente en nuestras vidas.

“En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza.

 

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Capítulo 7 –

La 2ª. Epístola de Pedro.(a)

 

Algunos se preguntarán por qué no tratamos la 1ª. Epístola de Pedro antes de la segunda. La verdad es que, aunque ambas tienen un riquísimo contenido, la inspiración por ahora se nos inclina por la  segunda.

Hace unos buenos años nos disgustó en extremo leer en una Biblia comentada, en la introducción a esta epístola, las palabras el autor de esta epístola es incierto.

Decir que la autoría de la epístola es incierta, equivale a sugerir que probablemente fue escrita por un impostor, lo cual nos resulta totalmente inadmisible.

Somos de los antiguos, de los fieles que creen que la Biblia que Dios nos ha dado es Su verdadera palabra, y afortunadamente nos sabemos acompañados de los muchísimos verdaderos fieles que también lo creen de todo corazón.

También recordamos el sacrificio de nobles siervos del pasado que arriesgaron sus vidas, y algunos hasta sufrieron el martirio luchando para que pudiésemos tener la preciosa palabra divina en nuestra propia lengua. Sepamos valorarla y atesorarla debidamente.

 Tras la salutación dirigida a los que habían alcanzado por la justicia divina una fe igualmente preciosa que la suya,  y desearles que la gracia y paz les fuesen multiplicadas en el conocimiento de Dios y del Señor Jesús, se despacha con los versículos 3 y 4, saturados de maravillosas verdades. Los citamos antes de pasar a comentarlos.

“Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia.”

Al hablar de la vida y la piedad, se está refiriendo a nuestro andar cotidiano dentro del marco del temor y amor del Señor, que nos impulsa a buscar el bien en todos los aspectos de la vida, a fin de agradarle en todo.

Para ese fin nos han sido dadas todas las cosas necesarias, para ponerlas no sólo a nuestro alcance, sino también a nuestra entera disposición – es decir que por Su divino poder recibimos una provisión completa y absoluta.

Y de esa provisión se disfruta mediante el conocimiento de Aquél que nos ha llamado por Su gloria y excelencia.

Estos dos atributos – la gloria y excelencia divina – van mucho más allá de lo que pudiera denotar una reflexión breve o superficial.

En la conclusión del Padre Nuestro Jesús dijo: “…porque tuyo es el reino, el poder y la gloria.”

Por su parte, Pablo en Efesios 1: 17 escribe: “el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de Gloria…Es decir, que lo describe como el progenitor de la gloria, en cuya persona enteramente gloriosa tiene su origen toda la gloria más excelsa.

Debemos acotar que, estrictamente hablando, hay glorias relativas. En 1ª. Corintios 15: 40-41 se nos dice que hay la gloria de los cuerpos celestiales, como así también la del sol, de la luna y de las estrellas, y que una estrella es diferente de otra en gloria.

Pero todas éstas, como decimos, son glorias relativas, recibidas del Supremo Creador, y brotadas de Su gloria majestuosa y sublime.

En cuanto a Su excelencia ¿qué más podemos agregar que no sea referirnos a Sus atributos de Omnisciencia, Omnipresencia y Omnipotencia?

Tal vez que Su grandeza es inescrutable, como se nos dice en el Salmo 145: 3, y también remitir al lector al pasaje de Isaías 40 que se extiende del versículo 12 al 18, donde de forma casi diríamos aplastante se describe al incomparable Dios y a Su Espíritu. Citamos parte del mismo: “He aquí que las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas; he aquí que hace desaparecer las islas como polvo”  rematando así: ¡“Como nada son todas las naciones delante de él, y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es.”!

 En el versículo siguiente se nos habla de las preciosas y grandísimas promesas que nos dado, por medio de ésa, Su gloria y excelencia, con el fin de que podamos llegar a ser participantes de la naturaleza divina.

Esto nos lleva a algo maravilloso, que no es de mi propia cosecha, sino que ha sido dicho antes por más de un siervo del Señor, pero que me complazco en consignar:-

 EN CRISTO HEMOS GANADO MÁS DE LO  QUE PERDIMOS EN ADÁN.

 Efectivamente, por la redención en Cristo Jesús hemos recuperado la comunión con el Dios Vivo y Verdadero, el poder entrar libremente en el Lugar Santísimo por la preciosa sangre vertida en el Calvario, ser hechos justicia de Dios en Él, a cambio de la desnudez del pecado que nos legó Adán, y mucho más.

Pero también hemos ganado algo que Adán no tenía. Él fue creado como un ser limpio, dotado de sabiduría, buena salud y mucho más, pero no con la naturaleza divina.  

Esto es una gloria exclusiva del Nuevo Pacto: – la maravilla de que por un engendro del Espíritu Santo seamos depositarios de la naturaleza – la forma de ser – o bien, la disposición y el carácter de la mismísima Deidad.

Por cierto que es una verdad dichosa que nos debe llenar de regocijo. Al mismo tiempo, debemos tener muy presente que conlleva una gran responsabilidad: la de vivir y andar en el Espíritu, cuidando que esa bendita naturaleza sea lo que rige nuestra vida.

 Todo este bien que antecede Pedro lo convierte en un trampolín para lanzar una rica y sabia exhortación. La citamos antes de pasar a comentarla.

“…vosotros también poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; al afecto fraternal, amor.”

“Porque si estas cosas están vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.” (1: 5-8)

 Llama la atención la forma en que la gracia del Señor pudo inculcar a este pescador, hombre del vulgo y sin letras, la gran sabiduría y madurez que denota esta exhortación, como así también todo el resto de la epístola – al igual que la primera – desde luego.

     También debemos tener en cuenta que a esta altura se acercaba al final de su carrera, y los años de servicio al Señor, con toda la rica gama de experiencias vividas, seguramente habían tenido un papel importante en esa asimilación tanto de sabiduría como de madurez.

En efecto, los años, siempre que estén bien aprovechados, enseñan a dejar atrás lo propio de un bisoño o inmaduro, el cual,  al exhortar, podría muy probablemente hacerlo en términos bastante distintos. Más bien se inclinaría por la superficialidad de cosas tales como el poder, resultados prácticos y numéricos, y otras de índole semejante.

Las cualidades de la exhortación de Pedro tienen que ver con el carácter de cada uno, y eso es lo que ha de perdurar – es decir, el ser por encima de hacer.

 Un creyente puede desarrollar muchas labores y hacer muchas obras buenas, pero si en su carácter adolece de la falta de cualidades virtuosas, seguramente que no recibirá la mirada aprobatoria del Señor.

Antes de pasar a lo que Pedro exhorta a que se añada a la fe – siete cosas en total – antepone las palabras poniendo toda diligencia por esto mismo.

En efecto, el ser depositarios de todo el bien del versículo 5, supone un privilegio tan grande, que nos coloca a todos en una obligatoriedad moral ineludible.

De ninguna forma debemos responder a tan grande bien con algo que sea menos que toda diligencia. Buscando otros vocablos más o menos sinónimos diríamos con esmero, a la par que con ahínco y devoción, agregando por supuesto que todo ello en consideración de Quién y para Quién lo hacemos.

Viéndolo desde el punto de vista del contraste, tanto la tibieza como la mediocridad se da por sentado que deben quedar totalmente descartadas.

 Pasando ahora a considerar cada una de las cualidades que se nos exhorta a añadir a nuestra fe, encontramos que la primera es virtud. Debemos pensar primeramente en una inclinación o tendencia a hacer el bien, a veces, aun cuando vaya en contra de nuestro beneficio o comodidad.

Pero la palabra virtuoso, derivada de virtud, nos da otra acepción importante. Se dice que alguien es un virtuoso del violín, por ejemplo, para señalar que lo toca con excelencia.

 Así, cuánto hagamos – siempre recordando  para Quién lo hacemos – que sea con excelencia, con nuestro mejor esfuerzo. En ello tendremos la feliz conjunción del carácter con el obrar, o bien, el ser con el hacer.

La siguiente cualidad en la lista de siete es conocimiento. No debemos entenderlo, desde luego, como conocimiento adquirido por el estudio académico, ya sea en cultura general, o en una rama determinada, como podría ser medicina, filosofía, psicología, ciencias naturales, etc.

Por supuesto que no desechamos el valor del estudio en general, como parte indispensable en la preparación de cada uno con miras a seguir una carrera determinada, o sencillamente a ganarse la vida.

No obstante, el conocimiento a que Pedro se refiere, se relaciona con el andar delante de Dios y de nuestros semejantes de una manera sabia y prudente, y desde luego, que condiga con el buen ejemplo que siempre debe dar un hijo de Dios.

La siguiente cualidad es el dominio propio. Tiene aplicación con el comer y beber, pero también se hace extensiva a cualquier afición que se tenga, a un deporte determinado por ejemplo, y que en ningún caso debe ser obsesiva.

Sabemos que algunos personas, debido a su metabolismo padecen de obesidad, pero en líneas generales no cuadra que un creyente, y menos un siervo del Señor, sea un panzón ni dado a la bebida. Esto último, digámoslo de paso, lo descalificaría para ocupar un cargo en un presbiterio o diaconado, según lo señalado en las epístolas a Timoteo y Tito.

A continuación Pedro añade paciencia. En Lucas 21: 19 el Señor dijo muy significativamente “Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas.”

Recordamos un caso algo risueño que pensamos que se presta para ilustrar la importancia de esta cualidad, en la cual no es fácil alcanzar un alto grado de perfección.

Un hermano mío en la carne y en el Señor, hace unos años, cuando ya contaba con sesenta años de edad y cincuenta de creyente, padecía de un dolor molesto en una de sus rodillas.

 Un hermano más joven le preguntó por qué pensaba que el Señor permitía eso en su vida. Le respondió que tal vez sería para que aprendiese la paciencia.

A esto el joven le replicó: “Cincuenta años de creyente y ¿todavía no aprendió la paciencia?

La conclusión evidente es que aprender la paciencia ¡lleva mucha paciencia!

En cuanto a la piedad, que es la siguiente en el listado de Pedro, nuestro diccionario usual de la lengua española la define diciendo que es la virtud que por amor a Dios inclina a los actos de compasión y amor al prójimo.

Por su parte la versión inglesa del Rey Santiago consigna godliness, que más o menos podríamos decir que significa ser semejantes o parecidos a Dios.

Por último, en 1ª. Timoteo 3: 16 Pablo escribe:- “E Indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, Justificado en el Espíritu, Visto de los ángeles, Predicado a los gentiles, Creído en el mundo, Recibido arriba en gloria.”

Esto nos traza a grandes rasgos la trayectoria maravillosa e irreprochable de nuestro amado Señor Jesús, desde la encarnación hasta la ascensión.

Redondeamos diciendo que ahí tenemos la piedad claramente definida, personificada y ejemplificada.

La penúltima cualidad a añadirse es afecto fraternal, que en otras versiones se traduce bondad fraternal.

El concepto que surge con claridad es el de una disposición de bondad, servicio y ayuda mutua, que se destaca muy por encima de la amistad y camaradería o compañerismo que se encuentra en personas no  convertidas, por bondadosas o bien intencionadas que sean.

Y la última es lo que podríamos llamar con toda  propiedad la perla y la corona del amor. En 1ª. Corintios 13: 4-7 se consignan nada menos que quince facetas del verdadero amor.

A veces hemos señalado que a cada una de ellas se podría anteponer con toda razón el nombre de Jesucristo, diciendo así: Jesucristo es sufrido, Jesucristo es benigno y así sucesivamente abarcando no tiene envidia, no es jactancioso, no se envanece, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor, no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad, todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Se podría agregar que, como un ejercicio de auto examen, sería provechoso que cada uno antepusiese su nombre a cada una de estas quince cualidades, en una lista vertical. A la derecha, según el nivel alcanzado, se debería colocar una primera tilde que denote que es relativamente cierto, una segunda si se considera que es bastante cierto, y una tercera significando que es totalmente cierto.

Podríamos así determinar el verdadero grado de desarrollo de nuestro carácter, ¡confiando en que ninguno resultase reprobado!

 Concluida su lista de siete, Pedro añade el altísimo beneficio que resulta cuando estas cualidades están y abundan en cada uno, a saber, el de no estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.

Nos llama la atención la forma en que hace resaltar como la meta más alta el conocimiento de nuestro amado Señor Jesús, algo que – adelantándonos bastante – corrobora fuertemente al final de la epístola, al cerrarla con las palabras “Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.” (3: 18)

A lo que antecede agrega una solemne advertencia a quienes pudieran hacer caso omiso de todo eso, diciendo:- “Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta, es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados.” (1: 9)

Se trata de una advertencia muy seria, la cual, en no pocas situaciones sería muy en sazón que se repitiese,  con oración y unción de lo alto, se sobreentiende.

El pasaje sigue con un versículo de exhortación, y otro que sirve de firme aliciente para quienes la asuman plenamente.

“Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección, porque haciendo estas cosas no  caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.” (1: 9-10)

 Es verdad que tenemos la dicha de haber sido objeto de la bendita vocación y elección divina. No obstante, la misma se confirma, corrobora y afianza con una conducta consecuente, dándose cada uno de lleno a responder como corresponde a esa obligatoriedad moral a que ya nos hemos referido.

Dar por sentado que esa vocación y elección ya son suficientes, y no poner toda la diligencia debida, sería entrar en un terreno muy falso y peligroso.

El aliciente es doble y muy precioso y reconfortante.

Por un lado se nos da la seguridad de que poniendo nuestra parte como es debido, es decir ocupándonos del todo y con devoción y esmero, no caeremos jamás.

Por el otro, nos asegurará una amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Será la dicha inmensa de recibir una cálida bienvenida celestial cuando hayamos concluido nuestra peregrinación – oír las benditas palabras de Mateo 25: 21:- “Bien, buen siervo y fiel, sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.”    

Además, resulta de mucho aliento saber que la misma bienvenida se repite en el versículo 23 del mismo capítulo, y para uno más pequeño, por así decirlo.

Esto nos hace entender claramente que aunque no seamos de los grandes ni muchos menos, igualmente nos aguardará esa maravillosa bienvenida al finalizar nuestra carrera.  

Como a partir de este punto – el fin del versículo 10 – Pedro pasa a algo distinto, y como además el capítulo ya se ha hecho bastante extenso, interrumpimos para continuar en el siguiente.

 

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Capítulo 8 –

La 2ª. Epístola de Pedro. (b)

 

“Por esto, yo no dejaré de recordaros siempre estas cosas, aunque las sepáis y estéis confirmados en la verdad presente.”

Pues tengo por justo, en tanto que estoy en este cuerpo, el despertaros con amonestación; sabiendo que en breve debo abandonar el cuerpo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado.”

“También yo procuraré con diligencia que después de mi partida vosotros podáis en todo momento tener memoria de estas cosas.”

 A esta altura Pedro se encontraba cerca del fin de su trayectoria terrenal. En Lucas 22: 32b el Señor le dio el mandato de que una vez vuelto y recuperado de su triple negación “confirmase a sus hermanos.”

Como acotación muy importante debemos señalar que, aunque en términos distintos, el Señor le hizo el mismo mandato en una ocasión posterior, según se consigna en Juan 21:15b – “Apacienta a mis corderos;” 21:16b – “Pastorea mis ovejas” y 21:17b – “Apacienta mis ovejas.”

Seguramente que de esa insistencia del Señor en la misma consigna, él aprendió a ser también muy insistente.

 Aparte del pasaje en que estamos, tenemos fiel constancia de que Pedro asumió plenamente el mandato recibido del Señor en Los Hechos 9: 32 – “Aconteció que Pedro, visitando a todos…” En otra versión se traduce “visitando todos los lugares.”

En ambos casos la palabra todos habla de por sí – no quedaba nadie ni ningún lugar olvidado ni desatendido. Seguramente que sus visitas no serían breves y de mera cortesía, sino con el expreso fin de confirmarlos, dándoles consejos, exhortaciones, advertencias, palabras de ánimo y consuelo, pero también de reprensión cuando correspondía.

Ahora, unos buenos años más tarde, acercándose al fin de su peregrinación, como ya hemos dicho, lo vemos entregado con el mismo tesón y ahínco al mandato recibido del Señor.

“Por esto” – todo lo que hemos comentado en el capítulo anterior – “yo no dejaré de recordaros siempre estas cosas, aunque vosotros las sepáis y estéis confirmados en la verdad presente.”

Lo anterior – que les fuera otorgada “amplia y generosa entrada en el reino de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” – se convierte en el trampolín del cual se lanza para comenzar su solemne recordatorio. En el mismo resalta la palabra siempre, que agregada a todos ya señalizada antes, nos da una idea de lo exhaustiva de su labor confirmatoria.

Estaba dirigida a quienes ya lo sabían y estaban confirmados en la verdad presente. En otras palabras, no eran niños espirituales, sino personas adultas y maduras en la fe.

No obstante, eso no era óbice para que  insistiese con el afán y la preocupación de siempre, sabiendo sobre todo de Quién había recibido el solemne mandato, y que en el más allá debía comparecer ante el Tribunal de Cristo para rendir cuentas.

Por tanto, cuanto supusiese menos que una labor a fondo, con todo su esfuerzo y devoción y hasta el final de su carrera, quedaba rotunda y totalmente descartado.

De paso digamos que “confirmados en la verdad presente” debe interpretarse a la luz del hecho que escribía a la circuncisión – el pueblo de Israel – pues ésa era su parcela ministerial.

Debían seguir teniendo bien presente que toda la enseñanza mosaica y del Antiguo Testamento en general, había servido el fin de llevarlos a lo muy superior del Nuevo,  en total cumplimiento de aquello a lo cual apuntaba y preanunciaba el Antiguo.

Agrega a lo ya dicho que tenía “por justo, entretanto que estaba en el cuerpo el despertaros con amonestación.” Bien consciente que los creyentes muy bien podrían ser propensos a caer en un letargo espiritual – despertarlos y esto con amonestación.

Es decir, amonestarlos de tal manera que su palabra fuese un medio eficaz para mantenerlos bien despiertos. Y esto lo seguiría haciendo mientras estaba en el cuerpo – mientras conservaba el hálito de vida y su corazón seguía latiendo.

Todo eso lo estaba haciendo en consideración a que muy pronto debía marchar al más allá, tal cual su amado Señor se lo había declarado.

Nos agrada la forma en que describe su muerte. Desde luego que no hay el menor atisbo de temor – todo lo contrario:- “…en breve debo abandonar el cuerpo.”  Es como si dijese “esta vestimenta de carne, hueso y sangre que he llevado todo este tiempo la dejo atrás, para trasladarme  a la mansión eterna y ponerme la vestidura espiritual que me aguarda.”

Pero su comprensión del cumplimiento pleno del mandato que había recibido no termina en eso. Lejos de ello, iba a procurar con diligencia que después de su partida esos santos amados recordasen en todo momento esas cosas sagradas en que él había insistido vez tras vez.

Con ese fin, creemos que por una parte debemos considerar sus dos epístolas, que están saturadas de verdades prácticas y fundamentales, y al mismo tiempo, muy ricas y preciosas. Las mismas constituyen desde luego, un legado maravilloso para los santos de todos los tiempos.

Pero, seguramente que agregaba a ello sus fervorosas oraciones de que en todo momento tuviesen memoria de esas cosas tan gloriosas, y de importancia capital y cardinal.

Bien podemos imaginar después de su deceso, la forma en que los fieles se acordarían, diciéndose unos a otros – “así como nos decía nuestro amado apóstol” o bien “os acordáis que tantas veces nos advirtió de tal o cual peligro” o “nunca me olvidaré de esa ocasión en que nos habló largo y tendido, sin que se le quedase nada en el tintero” y otras expresiones recordatorias de esa índole.

Sin lugar a dudas, en esto Pedro nos ha dejado un ejemplo admirable de la forma en que debemos asumir todo mandato recibido del Maestro de los maestros.

A continuación, para acordar a todo lo anterior el máximo de solidez y fiabilidad, pasa a decir lo siguiente en los versículos 16 al 18:-

 “Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad.”

“Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi hijo amado, en el cual tengo  complacencia.”

“Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el santo monte.”

Sabedor de que en el mundo hay tanto engaño, y a veces se pretende hacer creer que han acontecido cosas que en verdad no han sucedido, empieza por  asegurarles que en anunciarles el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo no han hecho absolutamente nada de eso, que él resume llamándolo fábulas artificiosas, y que en el argot popular calificaríamos de “cuentos chinos”, con disculpas a los ciudadanos de esa nacionalidad.

Muy por el contrario, pasa a aseverar que era algo que habían visto con sus propios ojos, y además, al usar el plural lo hace porque no estaba solo, sino acompañado por otros dos discípulos: Juan y Jacobo, satisfaciendo así plenamente el requerimiento de las Sagradas Escrituras de que todo asunto ha de dirimirse por boca de dos o tres testigos.

Este requerimiento – digámoslo de paso – se consigna en el Pentateuco (ver Deuteronomio 17:6 y 19:15 entre otros) en el evangelio, por boca misma del Señor Jesús (Mateo 18:16)  y en las epístolas (2ª. Corintios 13: 1 y 1ª. Timoteo 5: 19)

Se estaba refiriendo, claro está, a la ocasión de la transfiguración, narrada en los tres evangelios sinópticos.

En la misma, como sabemos, junto al Señor Jesús  aparecieron rodeados de gloria, dos grandes varones del Antiguo Testamento – Moisés y Elías.

Mas apartándose ellos de Él, Pedro, tras manifestar lo bueno que era para ellos que estuviesen allí, propuso que hicieran tres enramadas, una para Él, una para Moisés y otra para Elías.

En cuanto a esta propuesta, Marcos 9: 6ª consigna: “Porque no sabía lo que hablaba” y Lucas, por su parte “no sabiendo lo que decía.”  (Lucas 9:33b)

Por cierto que se trataba de un gran desatino – el de poner al Eterno Hijo de Dios en un mismo nivel que los otros dos, varones dignísimos de verdad, pero humanos y falibles.

Con todo, la nube de luz, con la presencia del invisible Padre de gloria los cubrió, y una voz desde la misma puso las cosas en su debido lugar diciendo: “Éste es mi Hijo Amado, a él oíd” (Marcos 9:7b y Lucas 9: 35)

Hemos hecho este breve comentario sobre la transfiguración, con el fin de poner de relieve que Pedro, ahora mucho más maduro que en aquella ocasión, había comprendido muy bien las cosas y dejado atrás ese desatino.

La forma en que habla de haber visto con sus propios ojos Su majestad, de cómo recibió de Dios Padre honra y gloria, al serle enviada una voz de la magnífica gloria que decía “Éste es mi Hijo Amado en el cual tengo complacencia”  nos habla elocuentemente en tal sentido.  Pero además la falta de toda mención de Moisés y Elías, lo corrobora totalmente.

Termina ésta, su versión de la transfiguración – corregida y ampliada, agregaríamos – con las significativas palabras finales: “Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el santo monte.”  (2ª. Pedro 1: 18)

Así, ha fijado una base absolutamente sólida y fiable sobre la cual descansaba y se apoyaba toda la enseñanza – el darles a conocer – el poder y la venida del Señor Jesucristo. Era ciertísima, indubitable e incuestionable.

A renglón seguido, en los versículos 18 a 21 de este primer capítulo en que estamos, Pedro nos da una nueva muestra de la sabiduría que la gracia del Señor y los años le habían acordado.

Les manifiesta que, además de todo lo precedente, tenían también la palabra profética más segura.

 Nos anticipamos en algo, señalando que toda experiencia auténtica, siempre, no sólo se apoya en las Sagradas Escrituras, sino que pone a las mismas por encima de ella – la experiencia en sí – tal cual lo hace Pedro aquí.

Por el contrario, quienes experimentan las dudosas o espurias, tienden a prescindir de las Escrituras, o a veces a poner a sus experiencias por encima de ellas.

Continuando, Pedro les exhorta a estar atentos a esa palabra profética más segura “…como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro.” Debemos tener en cuenta que en ese entonces sólo tenían las Escrituras del Antiguo Testamento y unas pocas del Nuevo – por lo que sabemos, la 1ª. Epístola suya y algunas de Pablo.

Su afirmación de que ninguna profecía es de interpretación privada, ha de comprenderse en el sentido de que nadie puede ni debe hacerlo de forma antojadiza ni arbitraria. Entendemos que la interpretación que debe aceptarse es una que en primer lugar concuerda con el resto de las Escrituras, y que es la dada o expresada por siervos dignos y renombrados y por las corrientes sanas del cristianismo.

Decimos esto último, porque no cabe duda que hay algunas que no lo son, como las de la prosperidad, la súper fe, y el judaísmo del siglo veinte o veintiuno. Añadimos de paso que quienes sustentan cualquiera de las mismas, aunque quizá no a sabiendas, se colocan bajo la clara maldición de Gálatas 1: 9 – “Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido,  sea anatema.”

Termina Pedro en el último versículo afirmando que la profecía nunca fue traída por voluntad humana sino que los santos hombres de Dios (¡no impostores, por cierto!) hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo. Creemos que eso se explica de por sí y no hace falta comentarlo.

Pero no se nos debe quedar en el tintero un comentario sobre las palabras finales del versículo 19:- “…hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones.”

La interpretación de que esto se refiere a llegar a la conversión, o el nacer de nuevo, estimamos que no es correcta, dado que ya en el primer versículo del capítulo se dirige a los que habían “alcanzado una fe igualmente preciosa que la nuestra.”

Más bien uno se inclina a verlo relacionándolo con Lucas 11: 36 – “Así que, si tu cuerpo está lleno de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas, será todo luminoso.”

En la conversión sin duda dejamos atrás las tinieblas del mundo para entrar en el reino de Su luz admirable, según el mismo Pedro escribe en su 1ª. Epístola 2: 9b.

Hemos subrayado SU luz, porque la de él es absoluta y no hay en él ninguna tinieblas. (1ª. Juan 1: 5b)

La nuestra es relativa, y creemos que ninguno se atreverá a afirmar que, desde su conversión o renacimiento, no ha dicho o hecho nada que en modo alguno sea propio de las tinieblas. Eso sería llegar a una perfección final de no pecar nunca.

Con todo, a medida que uno se va desarrollando espiritualmente hay un avance paulatino hacia una mayor madurez, hasta llegar a un punto – no de perfección final y absoluta – pero sí un dejar atrás las tinieblas, e idealmente, alcanzar la meta de Lucas 10: 36, de estar lleno de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas.

Es posible que a algunos esta interpretación no les resulte del todo convincente. La presentamos con humildad, reconociendo que es un pasaje no fácil de ubicar en su debido significado con exactitud y certeza.

Así, hemos llegado al fin de este primer capítulo de 2ª.  Pedro.

¡Qué capítulo!

 

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          Capítulo 9 – La  2a. epístola de Pedro (c)

  A partir del capítulo 2 la tónica de esta 2a. epistola de Pedro cambia sustancialmente. Ahora pasa a comentar sobre falsos profetas y maestros del pasado, advirtiendo que inevitablemente los habría entre ellos, introduciéndose encubiertamente con herejías destructoras, y aun habrían de negar al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí destrucción repentina.

Acotamos aquí que tal vez los críticos de las Escrituras que afirman que el autor de esta epístola es incierto, usen como argumento entre otros, el hecho que hemos consignado del cambio sustancial en la tónica del libro.

De todos modos, no nos parece un argumento sólido ni valedero. En tantas otras partes de la Biblia hay cambios de tema de un pasaje a otro, y aun como predicadores y maestros de la palabra muchas veces pasamos a otra cosa distinta, cambiando no sólo el tema en sí, sino también el tono en que hablamos. 

Pedro toma ejemplos del Antiguo Testamento, pero el primero de ellos es anterior: el de los ángeles que pecaron, a los cuales el Señor arrojó al infierno, entregándolos a prisiones de oscuridad, para ser reservados al juicio.

Después pasa al diluvio, señalando que sólo Noé y otras siete personas fueron guardadas; a Sodoma y Gomorra, reducidas a cenizas y poniéndolas así como ejemplo a todos los que habían de vivir impíamente, y preservando a Lot, sus dos hijas y su mujer, aun cuando ésta, al mirar con expectativa hacia atrás quedó convertida en una estatua de sal.(Si bien esto último no lo consigna Pedro.) Resume asegurando que el Señor sabe librar a los piadosos que le temen, a la par que reservar a los injustos para ser castigados,

Los versículos 10 y 11 merecen un comentario especial. «Y mayormente a aquellos que, siguiendo a la carne, andan en concupiscencia e inmundicia, y desprecian el señorío. Atrevidos y contumaces, no  temen decir mal de las potestades superiores, mientras que los ángeles,  que son mayores en fuerza y en potencia, no pronuncian juicio de maldición contra ellas delante del Señor.»

 Se nos habla de personas totalmente corrompidas que andan en concupiscencia e inmundicia y desprecian el señorío. 

Esta última parte del versículo, junto con el contraste en el siguiente acerca de los ángeles – «mayores en fuerza y potencia no pronuncian juicio de maldición contra ellas delante del Señor» –  queda ampliamente corroborada por Judas 8b y 9«…blasfeman de las potestades superiores. Pero cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo disputando con él sobre el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir contra él juicio de maldición, sino que dijo: El Señor te reprenda.»

Entendemos por esto que el Señor no nos ha facultado para reprender arbitrariamente o a nuestro antojo a Satanás y demás potestades superiores, sino a resistirlos firmemente en el  Nombre Todopoderoso de Jesús cuando nos sentimos nosotros mismos, o  incluso algún ser querido, atacados por ellos. En este caso, y siempre que nuestra vida esté en plena obediencia, tenemos la fiel promesa de Santiago 4: 7 :- «…resistid al diablo y huirá de vosotros.»

Consignamos esto porque en alguna reunión de jóvenes inmaduros e incautos  hemos oído tales cosas como «Echamos al diablo de España» o bien algún siervo decir «Óyeme bien Satanás» para luego «reprenderlo» o «atarlo.»

  Creemos que es por la misericordia del Señor  que  no sean avasallados y dañados  como lo fueron  los hijos de Esceva, según se nos narra en Los Hechos 19: 13-16, sobre todo por no tratarse de personas malvadas como aquéllas a las cuales se refieren 2a. Pedro 2: 10-11 y Judas 8b y 9.

  No obstante, creemos que harían bien en considerar  seriamente estos dos pasajes, y ceñirse debidamente a los parámetros bíblicos sobre este terreno escabroso  de actuar contras las fuerzas diabólicas.

En el capítulo 3 de esta epístola, nos encontramos con predicciones importantes en cuanto a los postreros tiempos y también advertencias y exhortaciones dignas de tenerse en cuenta. En los versículos 3 y 4 se nos advierte que habrá burladores andando en su concupiscencia y preguntando irónicamente dónde está la promesa del regreso del Señor, ya que todo sigue igual que hace siglos.

Agrega en los versículos siguientes que quienes hagan esto lo harán en ignorancia de cómo el Señor trajo el diluvio como juicio sobre la maldad en tiempos de Noé. Después añade que los cielos y la tierra  están guardados para el fuego en el día del juicio y la perdición de los hombres impíos.

  A continuación, tras recordarnos que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día, puntualiza que no es que el Señor retarde Su promesa, sino que es paciente, no queriendo que ninguno perezca sino que todos procedan al arrepentimiento.

   Qué preciosa y maravillosa promesa! Nos debe llenar de esperanza en cuanto a familiares, vecinos, compañeros de trabajo o amigos que todavía no han abrazado la fe del evangelio.

  No es  que el Señor retarde la promesa de Su advenimiento, sino que en Su gran paciencia y misericordia, prolonga el tiempo para seguir dándoles oportunidad de que se arrepientan y vuelvan a Él. Y lo más hermoso es que esta breve palabra todos nos dice tanto:- esta paciencia y esta misericordia son para todos sin excepción. 

  Se podría pensar que esto es una contradicción de la doctrina de la predestinación, pero en realidad no lo es. El mismo Pedro en la introducción de su primera epístola (1:2) escribe «…elegidos según la presciencia de Dios Padre.» 

  Esa presciencia o conocimiento de Dios sabía muy bien quiénes iban a proceder al arrepentimiento, y quiénes no lo iban a hacer, aun cuando Su deseo era y es  que todos lo hagan. 

   Alguien lo ha ilustrado diciendo que es como si se tratase de una puerta con la inscripción en la parte exterior «Para que todo aquel que en él cree no se pierda mas tenga vida eterna..»  Cada vez que uno la abra abrazando la fe, al hacerlo, del lado interior de la misma encuentre la inscripción del sapientísimo Dios «escogidos desde antes de la fundación del mundo.»

   En los versículos 10 al 13, tras afirmar que el día del Señor vendrá como ladrón en noche, Pedro escribe que los cielos pasarán con grande estruendo y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Es decir que se trata  de una reiteración  de lo consignado y ya comentado de versículo 7 – todo quedará hecho cenizas. – los grandes edificios, catedrales, museos, mausoleos, etc. – una verdad muy solemne que nos debe llamar a vivir santa y piadosamente, tal cual se puntualiza en el versículo 11b.

  Gracias al Señor nuestra esperanza no está en este mundo y tenemos la promesa de cielos nuevos y tierra nueva, en lo cuales ha de morar la justicia.

  Esta verdad (v.13) también la encontramos en Isaías 65: 17 y 66: 22 y además en Apocalipsis 21: 1, y la misma lo motiva a Pedro a exhortarnos a que, estando en espera de cosas tan solemnes y grandiosas, procuremos con diligencia ser hallados por Él sin mancha e irreprensibles, en paz.

  Qué necesidad tenemos de tener muy en cuenta y con toda seriedad estas grandes verdades! Es tan fácil, con el quehacer cotidiano y los muchos afanes, vivir como si esta vida terrenal y transitoria fuese lo único, y perder la mira del más allá celestial que perdura por toda la eternidad.

  Después de recordarles en la primera parte del versículo 15 que la paciencia del Señor es para salvación de aquéllos que todavía no han abrazado la fe, pasa a una referencia al amado hermano Pablo, lo que nos da varias cosas que comentar.

  La primera es que al hacerlo de esa manera entrañable, a pesar de la reprensión pública que le había hecho en Antioquía (ver Gálatas 2: 11-15) no había en él ningún rencor,  – reconociendo seguramente que la misma había sido justificada. Agrega también un reconocimiento de la sabiduría que le había sido dada, escribiendo en casi todas sus epístolas sobre estas cosas – las verdades de la nueva vida y el nuevo régimen que nos ha sido legado por el Señor Jesús.

  Pero a continuación añade que algunas de ellas eran difíciles de entender.  Se ha comentado con cierto humor sano y respetuoso que él mismo – Pedro – también había escrito algunas cosas no fáciles de entender, como I Pedro 3: 18-20 en que afirma que Jesús fue en espíritu a predicar a los espíritus encarcelados que en el tiempo inmediatamente anterior al diluvio habían sido desobedientes. Asimismo I Pedro 4: 5-6 nos dice que el evangelio ha sido predicado a los muertos.

Pablo también podría decir que algunas cosas escritas por Pedro son difíciles de entender!

  La parte final del versículo 16 de II Pedro 3 expresa algo muy importante y que no debemos dejar de lado. Después de decir que las cosas difíciles de entender de Pablo eran torcidas por los indoctos e ignorantes para su propia perdición, con las palabras » como también las otras Escrituras»  nos da a entender claramente que la autoría de Pablo entraba dentro de los cánones de  las  Escrituras, al igual que los escritos propios de él – Pedro.

  Después pasa a exhortarlos en términos amorosos a que, sabiendo estas cosas, se guardasen mucho de no ser arrastrados por el error de los impíos y cayesen de su firmeza. Por cierto que se trata de una exhortación muy en sazón para hoy día también, habiendo tanto engaño, corrupción y malicia.

  El fin de la epístola – versículo 18 – es un digno broche de oro. «Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro  Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.»

  Ya nos hemos referido anteriormente a ese crecer en la gracia y el conocimiento del Señor Jesús.  Su amor que sobrepasa todo entendimiento, Su gracia soberana, Sus virtudes como el Maestro de los maestros, Su vida impecable y maravillosa, y mucho, muchisimo más, nos dan un margen vastísimo y sin fin, para poder crecer, desarrollarnos, madurarnos y perfeccionarnos en el conocimiento de Él, el maravilloso Señor y  Salvador.

  Que nos sintamos todos fuertemente estimulados a hacerlo!

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Capítulo 10 –

La 1a. epístola de Pedro (a)

    Fue escrita a los expatriados de la dispersión, mayormente en las regiones de lo que hoy día es Turquía.

  Llama la atención el hecho de que el ministerio de Pedro haya sido a la circuncisión – el pueblo de Israel – mientras que el de Pablo era a los gentiles. Uno podría pensar que debería ser al revés: el de Pablo a Israel, por ser tan instruido y capacitado, al punto que aventajaba a muchos de sus contemporáneos, siendo además mucho más celoso de las tradiciones de sus padres, y habiendo sido educado en gran parte a los pies de un muy respetado y venerable anciano de nombre Gamaliel.

  Así son a menudo los caminos de Dios – contra toda lógica o razonamiento humano. En vez de Pablo, Pedro, un humilde pescador y del vulgo y sin letras. Esto último, no obstante, con la salvedad de que el Señor derramó tanta  gracia y sabiduría en su persona, como ya hemos visto al comentar su 2a. epistola.

  Creemos fundado afirmar que la carta fue llevada por Silas – equivalente a Silvano (5:12)  – en un viaje suyo a esas regiones, atendiendo a que ya había visitado y sido conocido en algunas de ellas – Galacia, Asia y  Bitinia – al acompañar a Pablo en su segundo viaje misionero.

  En la introducción se presenta como lo que en realidad era – apóstol de Jesucristo – y eso, con todas las de la ley.

  A esos expatriados los califica de tres cosas importantísimas, a saber, 1) elegidos según la presciencia de Dios Padre, 2) en santificación del Espíritu y 3) para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo.

  Vemos en esto, en primer lugar, la parte y actividad de cada una de las tres personas de la Santísima Trinidad.

  Ya nos hemos referido a la presciencia o conocimiento anticipado de Dios, en relación con  la verdad de que Dios no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. (II Pedro 3: 9)

  El segundo punto enfatiza que no hemos sido redimidos para ser meros creyentes, sino santas personas. Esto está desde luego en total consonancia  con lo que pidió el Señor Jesús en Juan 17: 17 –«…santifícalos en tu verdad» y lo que Pablo escribe en II Tesalonicenses 2: 13 – «…Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad.» 

Creemos que esta verdad capital debería proclamarse con mayor énfasis y asiduidad de lo que es corriente en mucha iglesias.

  En cuanto al tercer punto, nos da mucho que decir. Al hablarnos en Su palabra, el Señor a menudo lo hace valiéndose de contrastes.

  Aquí tenemos uno muy importante: al hablar del derramamiento del Espíritu en nuestras vidas leemos: «…de su interior  correrán ríos de agua viva.»  (Juan 7: 38)

  Al hablar de la sangre, por el contrario la califica de rociada, es decir  pequeñas gotas. Casi ni hace falta decir que esto señala el valor infinito de esa sangre preciosa del Cordero de Dios, derramada en el Calvario, y por virtud de la cual Él entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. (Hebreos 9: 12)

  Pero hay mucho màs dentro de ese punto. En Hebreos 12: 24 dice «…a Jesús, el mediador del Nuevo Pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel.»

  Aunque esto no es una nueva cosecha – ya lo hemos señalado en nuestra prédica oral, como así también por escrito – el tema quedaría muy incompleto si no lo volviésemos a poner aquí.

  Los libros de hematología nos hacen saber muchas de las maravillas contenidas en nuestro flujo sanguíneo. Tomando unos pocos cl. en examen de laboratorio, se puede saber el estado anímico de una persona, la cantidad de glóbulos rojos y blancos, el tamaño de la próstata, y mucho más. 

  Esto se debe a que la palabra de Dios dice claramente: que la vida está en la sangre (Levítico 17: 11-14) , o bien que la sangre es la vida. (Deuteronomio 12: 23)

   Con todo, que sepamos, ninguno de ellos dice algo que la Biblia dice de la sangre:  que clama y que  habla. Lo primero lo encontramos en Génesis 4: 10 – dirigiéndose a Caín, el Señor le dice «...la voz  de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.»  Era el clamor de la sangre de un varón cruelmente asesinado cuando estaba en la plenitud de su vigor, y reclamaba venganza y que esa cuenta horrible quedara saldada.

  Por su parte, la sangre del bendito Crucificado hablaba mejor que la de Abel, según reza en Hebreos 12: 24. En efecto, esto queda demostrado por las palabras del Señor Jesús cuando se lo clavaba en la cruz:- «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»  (Lucas 23: 34)  Era y es un bendito hablar de perdón y misericordia.

  Pero hay más en esto: la palabra habla  debe aquí comprenderse  de una manera más amplia – constituye podríamos decir – lo que nos ayuda a  visualizarla como una semilla de la vida a la cual pertenece, rociada y sembrada en lo más profundo de nuestras entrañas por el Espíritu Santo, con el fin de que germine, se desarrolle y reproduzca en nosotros la preciosa vida del amado Hijo de Dios.

  Sometiendo unas gotas de esa sangre rociada a un examen de laboratorio, y valiéndonos para ello del microscopio de las Sagradas Escrituras, inquirimos si en las mismas hay algún vestigio de enfermedad, o bien de temor, pero la respuesta es una total ausencia tanto de esto como de aquello.

  Hacemos lo propio en cuanto a un temperamento depresivo, o un carácter inconstante o iracundo, con el mismo resultado. Pasamos a indagar con respecto a algún atisbo de pecaminosidad en cualquiera de sus múltiples manifestaciones y, sorprendentemente, aquí también nos encontramos con una ausencia absoluta, a diferencia del resultado en todo otro examen sobre este particular realizado en cualquier otro individuo.

  Por otra parte el microscopio nos presenta abundantes muestras de cualidades tales como profunda paz, amor, sabiduría, nobleza y dominio propio, lo cual completa el cuadro de un varón absolutamente perfecto, e intachable e irreprochable en el más amplio sentido que se pueda concebir. 

   En Juan 6: 55b Jesucristo dijo «…mi sangre es verdadera bebida.» El comer la sangre ya sea de otra persona o de un animal estaba sabiamente prohibido por la ley mosaica (Levítico 3: 17) y desde luego que uno siente un normal y natural rechazo,, pues es algo además que sabe a canibalismo.

  Jesús habló claramente en Juan 6: 53, 54 y 56 de beber Su sangre y de los beneficios de vida eterna y permanecer en Él derivados de hacerlo. Naturalmente que no significaba al pie de la letra el beber físicamente de Su sangre en sí. En Juan 6: 63 afirmó una verdad clave sobre esto: «El espíritu es el que da vida;  la carne para nada aprovecha;  las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.»

  Si literalmente nos comiésemos, por así decirlo – y lo decimos con toda reverencia – un meñique o un pulgar de Jesús, ¿ nos haría mas espirituales o más santos? Por supuesto que no – eso entraría dentro de lo que Él dijo en el versículo ya citado – «la carne para nada aprovecha.» 

  En suma y redondeando, que con plena comprensión de todo esto, uno beba con fe el espíritu y la vida de Jesús, y esto no sólo cada vez que participe de la copa al tomar la santa cena; –  entendemos que igualmente lo podemos y debemos hacer en nuestra comunión personal con Él.

  Finalmente, algo profético y muy precioso que se encuentra en Génesis 4: 11. No es de mi propia cosecha, pero igualmente lo   consigno con sumo beneplácito.

   «Ahora, pues, maldito seas tú de la tierra que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano.»

  Simbólicamente, vemos aquí un gran contraste – un nadir y un cenit. Por un lado esa escena horrorosa del primer asesinato cometido en nuestro mundo, con la tierra abriendo su boca para recibir la sangre del hermano menor.

  Por el otro, en la era de la gracia, nosotros los redimidos, pero formados como Adán del polvo de la tierra, abriendo nuestra boca para beber la bendita sangre de nuestro amado hermano mayor, y así vivir eternamente y permanecer en Él por siempre jamás.

  Sepamos valorar debidamente estas ricas verdades.

  Quien esto escribe recuerda con gratitud y regocijo la oportunidad, hace varias décadas ya, en que vio claramente una gota de la bendita sangre caer por el Espíritu en lo profundo de sus entrañas, con los beneficios preciosos que de ello se derivaron y aún derivan.  

  Continuando ahora, en el versículo 5 Pedro nos habla de ser guardados por «el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero.» 

  El poder divino es lo que nos guarda, no nuestra fe, pero la misma debe operar de parte nuestra, confiando en ese poder a favor nuestro a través de las múltiples vicisitudes de nuestra peregrinación.

  En todo esto nos regocijamos, si bien a través de nuestra marcha tenemos que ser afligidos. Pedro aclara en el versículo 6 que esto es «por un poco de tiempo», lo cual concuerda con 2a. Corintios 4: 17 donde Pablo nos dice que «esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria.»

  El Señor sabe que la prueba no debe ser una constante ininterrumpida, pues de ser así desmayaríamos. Él dosifica la misma en la medida indicada para cada uno de nosotros, y la intercala con Sus consuelos celestiales, y también con ocasiones de auténtico refrigerio y beneplácito. Su intención es que al ser probados también salgamos aprobados, para así pasar a un plano o nivel más elevado, tanto en nuestro andar cotidiano, como en nuestro servicio para Él.

  Nuestra fe es mucho más preciosa que el oro, el cual, aunque perecedero, necesita ser probado con fuego con el fin de eliminar cualquier vestigio de escoria. El símil se aplica a nuestra fe, que probada y aprobada, como ya dijimos, ha de ser «hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo.»

De ahí Pedro  pasa a referirse a la persona de Jesucristo. Él tuvo el indecible privilegio de verlo y estar muy cerca de Él por unos tres años, pero valora que ellos – los fieles a quienes va dirigida esta epístola :- «… a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo,  aunque ahora no  lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso.

   Cabe consignar aquí las palabras de Jesús en Juan 20: 29b dirigidas a Tomás –«bienaventurados los que no vieron y creyeron.» 

  Si bien el privilegio de Pedro de ver personalmente al Señor Jesús fue muy especial, para nosotros los que no le hemos visto pero igualmente creemos firmemente en Él, hay un bendita bienaventuranza.

  Las palabras del fin del versículo 9:- «…obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestra almas» por cierto que llaman la atención.

  A prima facie uno diría que la salvación de nuestras almas ya la tenemos desde el renacimiento sobre el cual ha escrito en un principio en el versículo 3.

  ¿O se está refiriendo a la salvación en plenitud , al ser hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección en el siglo venidero? (Ver Lucas 20: 34-36)

  ¿O es un versículo arminiano poniendo la salvación como algo condicionado a que uno persevere hasta el fin y no se aparte del Camino en la hora de la prueba y la tribulación?  

  Sobre esto ya hemos comentado que la elección de Dios ha sido según Su presciencia o conocimiento previo. Con todo, debemos reconocer que en las Escrituras hay pasajes netamente calvinistas por un lado, pero también, por el otro, muchos de índole evidentemente arminiana.

  Aquí nos vamos a atrever a poner por escrito una postura muy personal, que en alguna que otra ocasión hemos expresado oralmente al ser consultados sobre el particular.

  El punto de vista mío – muy personal, lo reitero – es que el Señor conoce a la perfección el corazón de cada uno, y en medio de las vicisitudes y el fin desfavorable que algunos pudieran tener, sabe por encima de todo cuándo ser arminiano y cuándo ser calvinista.

  Lo consigno, confiando en que esto no llegue a considerarse ni censurarse como una herejía mía.

  Después de este versículo 9 Pedro cambia el tema, pasando en los versículos 10 a 12 a referirse a los profetas de antaño que predecían de la gracia venidera.

  Vemos primeramente algo que no todos comprender, y es lo siguiente: al profetizar, en muchos casos uno no sabe el verdadero alcance de lo que profetiza. Como vemos por el texto,  esos profetas de otrora, tras de profetizar, indagaban acerca de lo que pronunciaban, para saber con precisión qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, anunciando por anticipado los sufrimientos de Cristo y las glorias que sobrevendrían posteriormente.

  Es decir que no sabían si se refería a la época en que ellos vivían o a una posterior, y se les reveló que no era para aquello sino para esto último.

  Hay quienes al profetizar piensan saber exactamente para quién o quiénes, y el cuándo del cumplimiento de lo que han estado diciendo. La verdad es que, por lo menos muchas veces no es así –  uno habla por el Espíritu Santo y puede pensar que es para una persona determinada o para un futuro inmediato, cuando en realidad la profecía resulta ser para otra, y un futuro no lejano pero tampoco inmediato.

  Los verdaderos profetas de antaño, sobre los cuales nos habla Pedro, no sabían ni lo uno ni lo otro, y, sobre todo por la gran importancia de lo que se trataba, inquirieron para saberlo a ciencia cierta.

  Aun cuando a primera vista parezca lo contrario, cuando esto sucede es una prueba de que verdaderamente el Espíritu habla a través de uno, y uno comprende a su debido tiempo el alcance y cumplimiento de lo que ha predicho.

  La experiencia personal de uno en el ministerio oral de la palabra, en no pocas ocasiones ha discurrido en esta tónica. Es decir, que uno ha dicho o pronunciado cosas sin saber para quiénes el Espíritu las dirigía, ni el tiempo del cumplimiento  de las mismas.

  Un caso concreto, como ejemplo ilustrativo, es el de un joven de 13 años que en un retiro espiritual tenía el desea de conocer al Señor, y alabarlo y amarlo como oía y veía que personas adultas  que le rodeaban lo hacían.

  Cada noche del retiro se le presentaban una o más preguntas, y a la mañana siguiente, durante la exposición de la palabra a cargo de uno, recibía la respuesta precisa.

  Para mayor abundamiento, quien esto escribe recién se enteró nada menos que veintitrés años más tarde, cuando el jovencito, ya convertido, y que esa altura contaba 36 años de edad, lideraba una iglesia mayormente de jóvenes. Se lo hizo saber en un encuentro casual en el que coincidieron en el mismo lugar. 

   Todavía otro caso más, distinto, y con la característica de no saber para quién era. En una reunión abierta en que operaban los dones del Espíritu, sentí dar una profecía, que de forma resumida daba a entender que a un hermano el Señor lo animaba a que fuera adelante con el paso que había estado considerando últimamente – el de casarse – en la seguridad de que el Maestro asistiría a las bodas y derramaría para él su mejor vino (tal como lo hizo en las bodas de Caná de Galilea) La verdad es que yo pensaba que esto era para un cierto hermano bien conocido, pero el mismo no se dio por aludido en lo más mínimo.

  No obstante, al terminar la reunión se me acercó un hermano más joven, para decirme que para él era una clara confirmación, porque precisamente con su prometida estaban preguntándose si no era hora ya de que fijasen una fecha para las bodas.

   Retomando el hilo, Pedro termina diciendo cosas muy sustanciosas en la parte final del versículo 12. La respuesta recibida por los profetas de antaño fue que no era para ellos, sino para nosotros, en esta era de la gracia que estaban administrando las cosas «…que ahora os son anunciada por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo.»   

En un rasgo de singular modestia generaliza, y no dice que él mismo lo había estado haciendo de esa manera tan poderosa y a la vez gloriosa, tanto en el día de Pentecostés como en la ocasión de su visita a la casa de Cornelio.

  En esta última ocasión el Espíritu Santo ni le permitió  terminar, y cayó sobre todos, de tal manera que los judíos que lo acompañaban quedaron atónitos. (Ver Los Hechos 10: 44-45)     Termina el capítulo diciéndonos algo muy significativo – «…cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles.»

  Esta gracia, santa, sagrada, sublime y superlativa, que sustituye las altísimas exigencias de la ley mosaica, llena a los ángeles de tal admiración, que desean profundamente poder contemplarlas en su eterna y gloriosa proyección.

  El capítulo sigue en una tónica que da para explayarnos largo y tendido. No obstante, como este capítulo 11 en que estamos ya se ha hecho muy extenso, suspendemos aquí para continuar en el siguiente.

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Capítulo 11 – 1a. epístola de Pedro (b)

    Pedro comienza la parte siguiente – a partir del versículo 13 – con las palabras «Por tanto.» Es decir que todo lo anterior lo convierte en un trampolín para desplazarse ahora a una fuerte y saludable exhortación.

a) Ceñir los lomos de vuestro entendimiento:– afinar y ser entendidos de lo que realmente es sólido y valedero, y de lo que no le es.

b) Sed sobrios:- aun admitiendo una pequeña y aceptable dosis de humor limpio y sano, pero por encima de ello sobriedad, seriedad, pues lo que antecede abarca cosas sagradas y eternas.

c) «…esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado.» No perder de vista en ningún momento nuestro llamamiento celestial enfocándonos excesiva e indebidamente en lo terrenal. 

d) «…como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos  que antes teníais en vuestra ignorancia.» La desobediencia e insumisión, tan típica del pasado en que se vivía, ahora se debe transformar en una saludable obediencia al Padre Celestial, dejando asimismo los deseos carnales y mundanos que antes tenían en ignorancia de la luz que ahora les ha amanecido.

e) «sino como aquél que os llamó es santo, sed vosotros también santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.» 

  Si bien la exhortación no termina aquí, debemos visualizar este apartado e)  de la misma como una cumbre importantísima.

  Se destaca el fuerte hincapié de las palabras «en toda vuestra manera de vivir.» Está hablando de una santidad a fondo, digámoslo así, y que abarca el mirar de los ojos, el tocar de las manos, el hablar de la boca, los pensamientos de la mente, el sentir del corazón, la mayordomía y administración del dinero – honradez intachable – el aprovechamiento del tiempo y las oportunidades que el diario vivir nos presenta, evitando todo lo nocivo, superfluo y no edificante, y en fin, cuanto más se pueda decir de una vida limpia y  útil para agradar al Señor, y abstenerse también de todo lo que pudiera ser de Su desagrado. 

   f)«…si invocais por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en  temor en todo el tiempo de vuestra peregrinación.» 

  Nuestro Padre Celestial nos ama de verdad a cada uno de manera personal e íntima. Pero eso no significa que nos ha de consentir cosas raras o dudosas, libertades indebidas como «pequeños pecadillos» como a veces se suele decir, o demás cosas de esa índole. Él sabe que son perjudiciales y nos ubican en la parcela del enemigo declarado de nuestras almas, y de ninguna manera las podrá pasar por alto. De hacerlo, el amor Suyo no sería lo que verdaderamente es:- puro, sabio y perfecto.

  Todo esto Pedro lo remata con las palabras «…conducíos con temor todo el tiempo de vuestra peregrinación.»   

  Un sano y saludable temor, conscientes de que somos peregrinos – ; estamos de paso hacia el siglo venidero, dado que nuestra ciudadanía está en los cielos, y si bien nos espera un más allá de dicha sin par, también lo es que «todos tendremos que comparecer ante el Tribunal de Cristo, pàra que cada uno reciba según lo que haya hecho estando en el cuerpo, sea bueno o sea malo.» Si bien esto es de Pablo (2a. Corintios 5: 10) Pedro seguramente estaba bien al tanto y lo tendría muy presente, aunque no lo haya expresado textualmente.

  Resumiendo, una exhortación mayúscula con el distintivo  septenario de siete partes, que tan a menudo aparece en las Sagradas Escrituras. (ver Hebreos 1: 2-3, y 2a. Timoteo 3: 16-17 entre muchos otros pasajes)

  El capítulo continúa del versículo 18 al 25  con cosas muy sustanciosas, popias de este humilde pescador, hombre del vulgo y sin letras, pero enseñado e inspirado por el Espçiritu Santo de Dios.

  Comienza con el contraste entre las cosas corruptibles, como el oro y la plata, y «la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.

  Lo primero de nada vale para el rescate de nuestra vana manera de vivir, recibida de nuestros padres carnales; lo segundo es lo único y maravilloso que lo ha posibilitado plenamente.

  Este bendito Cordero y  Su obra expiatoria estaba «…destinado antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros.«

  No puede menos que conmovernos profundamente saber que desde antes de Génesis 1: 1 – en el pretérito pluscuamperfecto de Dios, del cual ya hemos hablado – el Altísimo ya tenía claramente planificado aquello que nos iba a rescatar, redimir y transformar gloriosamente en agraciados hijos de Dios y depositarios de una herencia maravillosa, que abarca el resto de nuestra peregrinación terrenal y el siempre jamás de la eternidad futura.

  Continúa con el versículo 21 afirmando que mediante Él – la imagen vívida y precisa del Dios invisible, a Quien nadie ha visto jamás – creemos en Él, recordándonos que ese mismo Dios fue el que lo resucitó de los muertos y le ha dado gloria, y todo con el fin de que nuestra fe y esperanza estén depositadas en Dios, como fundamento sólido, firme e inconmovible.

  Los versículos 22 y 23 son una combinación de ricas verdades fundamentales y nuevas exhortaciones.  «Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu…» Al obedecer la verdad, el Espíritu de verdad efectúa en uno una obra de purificación progresiva, y parte integral de la misma es motivarnos a la segunda parte del versículo – «para el amor fraternal no fingido» – con la hermosa exhortación:- «…amaos unos a otros entrañablemente de corazón puro.» 

    «Dios es amor, y el que permanece en amor  permanece en Dios y Dios en él.» se nos dice en Ia. Juan 4: 16b.

  El amor es el reino en que Dios vive y se manifiesta, y ese amor nos emancipa del odio, la amargura y el malestar del alma, y no sólo nos hace libres de todo ello, sino también  dichosos y felices.   

  Los versículos 23 al 25  que ponen punto final al capítulo,  nos enfatizan dos cosas también de índole fundamental, a saber: el renacimiento y la palabra de Dios.

  Jesús afirmó la necesidad de nacer de nuevo, sin lo cual es imposible ver el reino de Dios y entrar en él. Debemos entender que esto se alcanza por el arrepentimiento y la fe, y presupone que se comienza una nueva vida, brotada de lo alto. Uno pasa a ser una nueva criatura engendrada y sustentada también de lo alto.

  Esto es mucho más que una transformación en la actitud y el carácter, si bien estas dos cosas resultan algo como así productos derivados de una regeneración interna.

  La misma se efectúa por la virtud del Espíritu Santo, Quien se vale para ello de la palabra de Dios, calificada con toda propiedad como una simiente incorruptible – y que vive y permanece para siempre.

  Del poder, la pureza, la verdad y las muchas otras virtudes de la palabra de Dios, se nos habla abundantemente  en la Biblia, tanto  en el Antiguo Testamento como en el Nuevo.

 Remitimos al lector al  Salmo 119:140, como así también al Salmo 12: 6 entre muchos otros pasajes. Pedro escoge otra cita que apunta en la misma dirección – la de Isaías 40: 6b-8 – «…toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo.  …Sécase la hierba, marchítase la flor , mas la palabra del Señor permanece para siempre.» 

  Esta es la bendita simiente que se deposita en nuestras entrañas, para germinar, y dar un nuevo nacimiento, a través del cual,  hemos de crecer y madurar, y una vez que el Espíritu Santo ponga punto final a Su obra en nosotros, llegaremos a ser a la misma imagen y semejanza de nuestro Señor Jesús, según el propósito creativo original de Génesis 1: 26.  Entonces Él, de Hijo Unigénito pasará a ser el primogénito entre muchos hermanos, según Romanos 8: 29.

  Las palabras finales con que Pedro concluye el capítulo merecen una buena reflexión. «Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada.»

  Si bien la palabra de Dios contenida en las Sagradas Escrituras abarca un vastísimo espectro, relacionado con todo lo que necesitamos saber para esta vida y con miras al siglo venidero, el evangelio de la gracia redentora a través de la obra consumada en el Calvario por nuestro amado Señor y Salvador Jesucristo es, por así decirlo, el corazón y la esencia fundamental de la palabra divina.

  Un claro indicativo de esto se nos da en Apocalipsis 19: 10b – «…el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía.» 

  Esa culminación de Su vida en el escenario del Gólgota, nos habla con claridad y elocuencia mayor que ninguna otra parte de la Biblia, de la gran pecaminosidad del género humano, de la justicia absoluta del Ser Creador Supremo, pero también, y por sobre todo, de Su infinita gracia y misericordia.

  Concluimos con una ofrenda de la más profunda y temblorosa gratitud, por haber amanecido en nuestra vida la luz magnífica  de la grata nueva del evangelio de la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que es por cierto la cima más excelsa y elevada de la revelación divina.

  Otra pausa, para hacer coincidir el comienzo del capítulo 12  que sigue, con la consideración y comentario del capítulo 2 de 1a. Pedro.

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Capítulo 12 – 1a. epístola de Pedro (c)

  En vez de «por tanto» Pedro usa la palabra «pues» para tomar de todo lo maravilloso que antecede como la base y fuerza propulsora de la siguiente exhortación:-

  «Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias y todas las detracciones…»  Toda la bondad y gracia recibida nos colocan en una obligatoriedad moral de corresponder de forma consecuente.

  De no desechar todas esas cosas de la vida carnal y mundana, uno se colocaría en un lugar muy escabroso. «…si vivís conforme a la carne moriréis…» según Romanos 8: 13a, es decir que esas obras acabarían por estrangular y dar muerte a la vida espiritual de uno.

  Dando por sentado el corresponder debidamente, y, efectivamente, desechar todas esas cosas nocivas enumeradas, tan propias de la vida anterior, el paso siguiente es desear «…como niños recién nacidos la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación.» 

 El niño recién nacido o de unos pocos meses, se nutre y desarrolla con la leche de la madre que lo dio a luz. Los destinatarios de esta epístola eran bebés espirituales, pero por ser personas adultas debían ejercitar su voluntad  para alimentarse de la leche espiritual, y no de cosas perjudiciales y no edificantes. Eso les permitiría crecer para salvación plena.     

 Las Escrituras nos dicen bastante de ese estado incipiente de vida espiritual. El día que Isaac, el hijo amado, fue destetado, su padre Abraham hizo un gran banquete. (Génesis 21: 8) Para él era un evento muy importante, digno de celebrarse: su hijito iba a comenzar a alimentarse con la comida sólida que le permitiría crecer y desarrollarse debidamente.

  Por otra parte. el pasaje de Isaías 28: 9-13 que ya hemos comentado detalladamente en una obra anterior, nos habla del peligro de no crecer, desarrollarse y madurar, con las consecuencias gravísimas de seguir como niños mimados y malcriados, a saber:-  «…hasta que caigan de espaldas, y sean quebrantados, enlazados y presos.»

   Por su parte, en 1a. Corintios 3: 1- 3 Pablo les reprocha a los corintios su falta de desarrollo. Afirma que se había visto obligado a darles a beber leche y no vianda, y eso, anteriormente, en un principio, pero también más tarde, al escribirles.

  Define bien ese estado de subdesarrollo, diciendo:- «…porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones ¿no sois carnales y andáis como hombres? 

  Por si cupiera alguna duda, recalcamos que se puede ser adulto de edad – tanto natural como espiritual, es decir con unos buenos años en la fe – pero espiritualmente, un niño subdesarrollado y malcriado. Y las marcas o señales son ser celoso, contencioso, estar en disensiones o ser jactancioso.

  A veces pensamos que como a un padre le duele profundamente que un hijo suyo sea retardado – apenas balbuceando, por ejemplo, cuando ya debiera estar hablando con claridad y fluidez –  así también al bendito Padre Celestial seguramente le deberá traer desagrado y dolor que hijos Suyos estén en una condición tan triste.

  Que ninguno de nosotros le esté ocasionando semejante desagrado y tristeza!

  En Efesios 4: 14 Pablo escribe sobre la necesidad de no ser «niños fluctuantes llevados por doquiera de todo viento de doctrina…»

 Quizá lo que resulte oportuno señalar en este aspecto es el peligro de navegar en demasía con el ordenador. Algunos se dejan llevar por esa tendencia.

  Si bien en internet sin duda se encuentran cosas sanas, útiles y provechosas, también es verdad que mucho que ahí aparece no es trigo limpio y puede resultar sumamente perjudicial.

  Un querido pastor, muy consciente de todo esto, me manifestó hace unos tres o cuatro años que se preguntaba cómo habría enfrentado una situación semejante la iglesia primitiva del primer siglo, de haber existido ya el internet.

  Por supuesto que no se puede prohibir, pero sí aconsejar y advertir del peligro de enredarse con cosas extrañas, ajenas a la sana doctrina y la verdad bíblica.

  Sin pretender ser exhaustivos, nos extendemos un poco más sobre el tema, ocupándonos brevemente de Hebreos 5: 11-14.

  »  Acerca de esto tenemos mucho que decir, y difícil de explicar, por cuanto os habéis hecho tardos para oír.»   «Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios, y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche y no de alimento sólido.»   «Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos  ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.»

  Un pasaje lleno de verdades latentes que por cierto tienen mucho de aplicación práctica en el presente. En el mismo, el autor de la epístola les reprocha a los fieles hebreos lo siguiente:

a) el haberse hechos tardos para oír. Notemos la fina diferencia entre el ser y el hacerse tardos para oír. Lo segundo da a entender que, seguramente por intereses ajenos a lo celestial, su acústica espiritual se había debilitado sensiblemente; en otras palabras, el haberse ensordecido ellos mismos por no atender con más diligencia a las cosas que habían oído. y tácitamente cultivar en cambio cosas terrenales y ajenas a lo celestial.

  b) Llevaban un buen tiempo en el camino de la fe y ya debían ser maestros, y en cambio necesitaban  que se les volviera a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios.

  c) Esa decadencia espiritual hizo que llegasen a ser tales que necesitaban leche y no el alimento sólido.

  d) Como consecuencia de necesitar leche habían llegado a ser  inexpertos en la palabra de justicia – niños retardados en cuanto a lo espiritual, celestial e imperecedero, aun cuando, irónica y tristemente,  bien versados y situados (!) en cuanto a lo material, terrenal y perecedero. Por cierto que se encontraban en una lamentable y peligrosa condición de subdesarrollados.

  e) El contraste con lo que se señala en el versículo 14 es muy notorio. Los que pueden recibir y absorber debidamente el alimento sólido son los que han alcanzado madurez.

  Aprovechando bien el tiempo y las oportunidades, llegan a tener los sentidos bien ejercitados en el discernimiento del bien y del mal. Es decir, que no se tragan cualquier cosa – con disculpas por la expresión algo ruda – ni se les pasa gato por liebre.

  Nos hemos extendido bastante sobre el particular, pero creemos que las muchas advertencias y amonestaciones que nos da la palabra del Señor, resultan muy en sazón. Sobre todo en estos días en que el móvil con sus muchas aplicaciones, el internet y la informática en general, y tanto más de la tecnología avanzada, junto con las muchas otras exigencias materiales de la vida cotidiana, conspiran fuertemente contra el sano crecimiento de la vida espiritual.

  Tanto mejor que todo eso resultaría que al igual que los apóstoles en la ocasión narrada en Los Hechos 6: 1-4,  tomáramos la firme postura, sencilla y sabia, de persistir en la oración y el ministerio de la palabra. 

Bien, después de este largo paréntesis, retomando el hilo, Pedro, tras de expresar su anhelo de que los fieles a quienes se dirigía crecieran espiritualmente, agrega las palabras «…si es que habéis gustado la benignidad del Señor..»

Nc creemos que lo cuestionaba, sino que lo recordaba, citando el Salmo 34:8 como un estímulo para poner su parte como correspondía, a fin de crecer debidamente.

A partir de ahí pasa  a escribir de la maravillosa piedra viva. En Isaías 26: 4 donde dice «Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos,»  en el original hebreo la palabra que se emplea es la Roca de los siglos. Roca Eterna, totalmente inexpugnable.

Resulta reconfortante y de mucho estímulo lo que Jesús nos dijo en Mateo 7: 24-25. Cualquiera que oye Sus palabras y las pone por obra es semejante a una persona prudente que edifica su casa sobre la roca. Podrán descender lluvias, desbordar ríos y soplar fuertes vientos sobre su casa, pero no ha de caer sino quedar firme e incólume por estar fundada sobre la roca.

Esa bendita Roca, desechada por los hombres de aquel entonces, y por muchos hoy día también, para Dios por el contrario es escogida y preciosa – dos adjetivos que hablan de por sí.

A esto sigue en el versículo 5 una exhortación a que seamos edificados como piedras vivas. es decir, con material igual al Suyo, nutriéndonos de Él y Su palabra y valiéndonos de Su gracia que se nos extiende abundantemente al permanecer en Él y Su palabra.

Esta edificación tiene un doble sentido – como casa espiritual, y como sacerdocio santo. En primer lugar, no es una vivienda de ladrillos y hormigón armado, sino una casa espiritual, compuesta de los verdaderos redimidos, en los cuales mora el Espíritu de Dios.

Aquí es donde tantos se equivocan, llamando «la iglesia» al local en que se celebran las reuniones. El gran siervo de otrora George Fox, con mucho acierto, cada vez que se refería a lo que los demás llamaban la iglesia, él decía «la casa con campanario.» !

El siguiente aspecto de la edificación resulta muy grato y enriquecedor – sacerdocio santo. Contamos con el altísimo privilegio de poder entrar en el Lugar Santísimo, la misma presencia del Ser Supremo, para ofrecer sacrificios espirituales – y esto, por medio de Jesucristo.

Ya no se trata más de ofrecer corderos, carneros y demás sacrificios del ritual levítico; ahora son ofrendas de gratitud, de alabanza, de amor y adoración convalidadas por Jesucristo, con Su ofrenda inmaculada y todo suficiente, como el autor de Hebreos lo señala en 9:14; 9:26b y 10: 10.

A continuación Pedro, ostentando el gran conocimiento y limpio trazado de la palabra de verdad con que el Espíritu Santo lo había dotado, pasa a citar Isaías 28: 16 en que el Señor adelantaba que iba a poner en Sión la piedra principal, y angular, otra vez con los dos mismos adjetivos.- escogida y preciosa. Esto iba acompañado de la promesa que quien creyere en ella no quedaría avergonzado, defraudado ni nada de esa índole.

Por lo tanto, esa Piedra nos es preciosa a los que creemos de verdad – la Piedra desechada  por los falsos edificadores que le crucificaron, pero que sin embargo ha venido a ser la cabeza del ángulo, como la pieza clave sobre la cual descansa toda la edificación.

Por el contrario,  a los que rehúsan creer y desobedecen, les resulta una piedra de tropiezo y roca que hace caer, y ya estaban destinados a ello por la presciencia o conocimiento divino previo, que bien sabía que iban a desobedecer y  no creer – esto con el gravísimo pecado de hacer a Dios mentiroso, negando la veracidad de lo que Él afirma, según se nos puntualiza solemnemente en 1a. Juan 5: 10b.

Los versículos 9 y 1 nos señalan el contraste entre lo que eran en otro tiempo y lo que ahora eran, por haber conocido y abrazado plenamente la fe del evangelio, contraste éste que se hace extensivo a nosotros, los renacidos y redimidos de hoy en día.

Antes no eran pueblo de Dios, ni habían alcanzado misericordia, pero ahora sí lo eran y sí la habían alcanzado.

El versículo 9 define maravillosamente la dicha inefable que la gracia y misericordia divinas les habían acordado. En primer lugar, ser un linaje escogido. Aun cuando Pedro aquí no lo afirma expresamente, entramos en la línea abrahámica a través de Jesucristo, la simiente por excelencia. (Ver Gálatas 3: 16 y 3: 7 y 9)

Este linaje escogido es seguido en segundo término por ser un real sacerdocio – realeza y dignidad sacerdotal – en consonancia con Apocalipsis 1: 6.- «…y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su  Padre, a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén» 

En tercer lugar nación santa y por último pueblo adquirido por Dios, y a qué precio!·

Todo lo anterior con un fin glorioso y que supone, desde luego, un privilegio maravilloso – el de «…anunciar las virtudes de aquél que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable.» 

Cuán grande es la dicha de quienes se sepan y sientan encuadrados de verdad dentro de este marco de excelencia suprema! Nada mejor puede haber para los verdaderamente Suyos, y todo esto como un anticipo de lo que nos aguarda en el más allá. 

Comprendamos bien y atesoremos estas maravillosas facetas de la herencia sin par que nos ha tocado, por la gracia del amado Señor y Salvador Jesucristo. 

Naturalmente que todo este cúmulo de bendiciones conlleva una gran responsabilidad – la de vivir acorde con las mismas. Así, Pedro pasa a exhortar a una conducta correcta y consecuente en el orden práctico de la vida cotidiana.

Antes de pasar a considerarla, notemos que antepone la palabra amados, denotando su ternura al dirigirse a niños recién nacidos. Citamos cada una con un breve comentario aquí y allá.  

1) Siendo ahora extranjeros y peregrinos – no ya del mundo aun cuando vivían en el mismo -,que se abstuviesen de los deseos carnales que batallan contra el alma.

2) Que mantuvieran una buena manera de vivir entre los gentiles que los rodeaban, que aunque murmurasen de ellos como si fueran malhechores, vendría un tiempo –  el de la visitación divina – en que glorificarían a Dios al ver sus buenas obras.

3) Como buenos cristianos, debían someterse en la vida ciudadana a las autoridades e instituciones humanas – a saber, al rey y a los gobernadores como nombrados por Dios y comisionados para castigo de lo malhechores y reconocimiento de los que hacen el bien. Esto lo destaca Pedro como la voluntad de Dios destinada a hacer callar la ignorancia de los insensatos.

4) Debían saberse libres, pero esta libertad no debía de ninguna manera usarse como razón o pretexto para hacer lo malo, sino por el contrario, como siervos de Dios, con toda la dignidad que supone.

5) Honrar a todos, amar a los hermanos, temer a Dios y honrar al rey.

6) Los criados, estar sujetos a sus amos con todo respeto, y esto no sólo a los buenos y afables, sino también a los difíciles de soportar. Sobre esto último establece la diferencia entre ser abofeteados por sus propias faltas y fallos, y  el soportar aun cuando estuviese haciendo el bien. Lo primero no tiene mérito, pero lo segundo sí, y cuenta con la aprobación divina como justa compensación.

Como vemos, un nivel de conducta muy elevado y que abarca casi todos los aspectos de la vida diaria. Sería bueno que cada uno de nosotros se pregunte seriamente si su vida responde a estas exigencias, sobre todo a la de ser sumisos cuando se nos desprecia o maltrata sin que hayamos dado ningún motivo para ello.

En los versículos 21 al 25, después de señalar que para  todo ese altísimo nivel de testimonio hemos sido llamados, es decir, se ejemplares a carta cabal, Pedro ahora a recordarles a ellos – y por extensión a nosotros  también – que Cristo padeció por nosotros, dándonos ejemplo para que sigamos en Sus pisadas.

Cuando le maldecían, por cierto que no respondía de igual manera, ni amenazaba en absoluto, y en el madero del Calvario llevó Él mismo nuestros pecados en Su cuerpo, y esto con el fin de que ahora, muertos en cuanto al pecado, vivamos a la justicia.

Como vemos, nos está diciendo exactamente lo mismo que Pablo en Romanos 6: 11-13, por ejemplo, aun cuando lo exprese en términos distintos.

Las últimas palabras del versículo 24 – «…por cuya herida fuisteis sanados » – nos conmueven profundamente. Pensar en el cuerpo de nuestro amado Señor Jesús con heridas y llagas por los azotes y demás castigos y afrentas, y que eso y mucho más lo merecíamos nosotros, y en cambio lo sufrió Él en nuestro lugar. Nunca podremos  dejar de agradecerle por amor tan, tan grande. Espero que tu corazón también se conmueva querido lector.

 Las palabras finales del capítulo – «Porque vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas,» – se relacionan en algo con Isaías 53: 6 «todos nosotros nos descarriamos como ovejas…»i

Al arrepentirnos y abrazar la fe del evangelio, nos volvemos a Él,, y además de Señor y Salvador, lo encontramos tanto en el rol de Pastor como en el de Obispo. El primero con todo el beneficio de disfrutar del tierno y esmerado cuidado del Buen Pastor. El segundo con la dicha de que Él sea el que prevé las necesidades y peligros tanto en el presente, como en el futuro a breve plazo y hasta el final de nuestra peregrinación.

Dejamos aquí para hacer coincidir el comienzo de nuestro próximo capítulo con el del capítulo 3 de esta epístola.

Capítulo 13 – 1a. Pedro capítulo 3 (d)

 Este capítulo comienza sentando las bases y principios correctos para el matrimonio. Por una parte, la mujer debe estar sujeta a su marido, lo cual afirma Pedro será un medio eficaz para que el marido inconverso sea ganado sin palabras por la conducta de su mujer. Es decir, no estarles predicando verbalmente, sino con su comportamiento casto y respetuoso.

Además. no llevar vestidos lujosos ni peinados ostentosos, lo que significaría vivir para las apariencias externas, sino por el contrario la verdad interna del corazón – un espíritu amable y apacible, viviendo en quietud y calma, lo cual el Señor valora grandemente.

Toma el ejemplo de  Sara que era obediente a su marido Abraham, llamándole señor, para instar a las mujeres a ser verdaderas hijas de ella, con un comportamiento similar.

Pero no solamente a la mujer se le fijan requisitos, y dan consejos y exhortaciones. El marido por su parte también debe ser sabio, dando honor a la mujer como el vaso frágil.  Debemos recordar, entre otras cosas que a ella le toca la parte más difícil del embarazo y el parto para dar a luz los hijos, lo que la hace merecedora de un trato amable y comprensivo. 

Además de esto, por la unión matrimonial ella pasa a ser coheredera de la gracia de la vida. Y por último, tenemos el principio muy importante de que cuando estas exhortaciones se ponen por obra, resulta un medio eficaz para que las oraciones de ambos sean contestadas,  mientras que si se desatienden  y no se ponen en práctica, sucede tristemente que sean estorbadas.-

.Debemos tener bien presente que si bien nuestros ruegos  y  oraciones se contestan por los méritos de Jesucristo, también es necesario que vayan acompañadas de una conducta acorde y consecuente. Cuando esto no se da, antes de poder pedir eficazmente, es menester que medie un arrepentimiento sincero para un ponerse bien a cuentas con el Señor.           

  A partir  dell versículo 8 la epístola pasa a aconsejar y exhortar a todos en general.    «Sed todos de un mismo sentir» al igual que  lo que exhorta Pablo en Efesios 4: 3 – «…solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.»     Compasivos  recibiendo del Señor Jesús ese espíritu de compasión que Él sentía por las  multitudes que estaban  descarriadas, como ovejas sin pastor, y por los necesitados en general.

«Amándoos fraternalmente»   tal cual el mismo Señor mandó a Sus discípulos – «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.» (Juan 15: 35)

Misericordiosos. como consecuencia de ser ellos, al igual que nosotros los Suyos de verdad, depositarios de tant a misericordia divina.  

«Amigables» es  decir personas amables y pacíficas, como resultado de ser Sus amigos al hacer lo que Él nos manda (Juan 15: 14) y entrar así en la genética de nuestro padre Abraham, el ilustre amigo de Dios. Todo lo que precede está contenido en el versículo 8 , muy denso por cierto.

En cuanto al siguiente, nos exhorta a no devolver mal por mal, ni maldición por maldición, sino todo lo contrario, bendiciendo a otros, dado que hemos sido llamados para heredar bendición.

Esto es lo que hace el verdadero discípulo del Señor, como persona espiritual que sabe bien que así es como debe ser. Lo opuesto, que tristemente se da a veces, es el de un creyente que no anda en el Espíritu, y si le hacen daño o maldicen, responde de igual forma.

Como podrá advertir el lector, se nos llama a vivir en un nivel muy elevado, como dignos seguidores y siervos del Maestro.

Como firme apoyo a las exhortaciones que hemos visto, Pedro cita – otra vez denotando su conocimiento y buen trazado de las Escrituras – el pasaje del Salmo 34: 12-16 -Lo consignamos completo y sin comentario, dado que habla de por sí con toda claridad. ; «El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal y sus labios no hablen engaño; aártese ;del mal y haga el bien; busque  la paz y sígala. Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones; pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal.»

La verdad de. que los ojos del Señor están sobre los justos y ´sus oídos atentos a sus oraciones, Pedro la toma a renglón seguido como buen punto de apoyo para la siguiente pregunta: «¿Y quién es aquel que os podrá hacer daño si vosotros seguís el bien?

Como veremos más adelante, al tomar el capítulo 9, el diablo, como león rugiente, anda buscando a quién pueda devorar o dañar, pero loado sea el Señor, al  guardarnos celosamente en la parcela divina de la humildad y obediencia plena, somos intocables para él.

Juan lo atestigua claramente al escribir  .«»Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios no practica el pecado, pues  Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca.» 1a. Juan 5: 18.

Gloriosa verdad que nos coloca en un plano diametralmente opuesto al de la «corriente  de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia.» (Efesios 2: 2

Entre paréntesis, volvemos a notar la gran coincidencia entre los tres más grandes apóstoles del Nuevo Testamento – Pedro, Juan y Pablo. Aunque en términos diferentes, nos presentan con claridad meridiana las mismas verdades cardinales.

En el pasaje que se extiende del 14 al 17 del capítulo 3 en que estamos, se expresa la bienaventuranza que nos toca si en algo padecemos por causa de la justicia. siguiendo con el consejo de no intimidarnos ni perturbarnos, sino de santificar al Señor Dios  en nuestros corazones.

¿Que significa esto último? Darle el primer lugar a Él, el Dios tres veces santo y tenerlo en el corazón por encima de todo.

Seguidamente otro consejo importante: el de estar siempre bien dispuestos para explicar mansa y reverentemente a cualquiera que pida razón de la esperanza que se tiene por la fe en el evangelio.

Esto debe ir acompañado de una buena conciencia, sabiendo que se está viviendo para el bien y no para el mal, lo cual habrá de rebatir y avergonzar a los que murmuran  de nosotros como malhechores y calumnian nuestra buena conducta en Cristo.

Termina el pasaje en el versículo 17 diciendo que es mucho mejor padecer por hacer el bien, si así lo permite el Señor en Su voluntad, que haciendo el mal. Lógicamente,,si hacemos el mal hemos de sufrir de alguna forma u otra – eso es inevitable.

La parte final del capítulo, del 18 al 22, nos da bastante que decir, y también bastante en qué pensar. El 18 es clarísimo: nuestro amado Señor Jesús padeció por los pecados nuestros – una sola vez, el Justo por los injustos, para restaurarnos ante Dios, habiendo muerto en la carne, pero sido vivificado en el espíritu.

Los versículos 19 y 20 son dos de los cuales dijimos anteriormente que Pablo también podía  decir de él – Pedro – que había escrito algunas cosas difíciles de entender. (Ver en comparación 2a. Pedro 3: 16)

Lo que dice lo consignamos textualmente: «…en espíritu, en el cual fue y predicó a los espíritus encarcelados cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca….» Esto da a entender que la gente malvada de ese entonces. quedó encarcelada y el Señor  fue y les predicó.   No sabemos ni se nos dice si como resultado se arrepintieron y fueron absueltos o no.  Consideramos que no procede ni corresponde especular ni tratar de ahondar, sino dejar así las cosas, sin quitar ni añadir nada

. El versículo 21 nos presenta el diluvio en tiempo de Noé como símbolo del bautismo que ahora nos salva – seguramente al hacerse de la forma debida que conlleva el deseo sincero de una buena conciencia hacia Dios, por el simbolismo de morir al pecado y resucitar a una nueva vida. en  Jesucristo resucitado.

Esto es lo que se nos dice en Romanos 6:3-5, si bien el versículo 18 de 1a. Pedro no lo plantea con la misma claridad.

El versículo 18 con que termina el capítulo es clarísimo. Nuestro amado Señor Jesús ha  ascendido al cielo, está a la diestra de Dios y tanto ángeles, como autoridades y potestades están sujetos a Él. No tenemos ninguna necesidad de tratar de atar a alguna potestad maligna – todas ellas están sujetas a Su persona exaltada y glorificada. 

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Capítulo 14 – 1a. Pedro (e)

Capítulo 4 

El capítulo comienza recordándonos que Cristo ha padecido por nosotros en la carne. A raíz de ello se nos exhorta a que nos hagamos a la misma idea, con el agregado muy importante de saber que «…quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado.» 

En la práctica sabemos que quien sufre un dolor de muelas, por ejemplo, o un fuerte dolor de cabeza no sentiría por cierto ningún deseo de pecar.

Podemos imaginar, por otra parte, al profeta Jeremías, quien además de ser un santo varón, sufrió mucho en todo sentido. Si se lo sentara, imaginariamente, ante un televisor con una película obscena ¿Se detendría impávido a mirarla?

Por cierto que no   – seguro que mandaría que se apagase ell televisor de inmediato y se marcharía del lugar enfadado.  el resto del tiempo que nos queda en las concupiscencias de los hombres, sino por el contrario en la voluntad de Dios. 

Baste ya haberlo hecho en el pasado, al igual que los gentiles inconversos, andando en lascivias, concupiscencias, orgías, embriagueces, disipación , y abominables idolatrías. (Hemos consignado la lista deliberadamente,tal cual aparece en el texto,)

Al vivir de una manera diametralmente  opuesta, no corriendo para nada con el desenfreno de muchos otros inconversos y mundanos, lógicamente a ellos les parecerá extraño y tal vez nos despreciarán y se burlarán, y hasta podrán llegar a ultrajarnos.

Con todo, a menos que procedan a un arrepentimiento sincero, tendrán  que rendir cuentas ante aquél que está preparado para juzgar a los vivos y a los muertos.

A continuación, en el versículo 6 tenemos algo más que, hablando con humor sano y respetuoso, ya dijimos de Pablo, en relación a lo que Pedro escribió de él en 2a. Pedro 3: 16 – «difíciles de entender.»

Citamos el versículo textualmente: «Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en carne según  los hombres, pero vivan en espíritu según Dios.» 

¿Quién o quiénes les predicaron? No se nos dice. ¿Ese ser juzgados en carne se refiere al trato recibido estando en vida – «…con vara de hombres y con azotes de hijos de hombres, pero mi misericordia no se apartará de él» – es decir, podría relacionarse con ese versículo de  2a. Samuel 7: 14-15 ?

¿Este versículo da esperanza de una segunda  oportunidad de alcanzar la salvación después de la muerte, y en contraposición a Hebreos 9: 27 – «Y de la manera que está establecido a los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio? 

Creemos sabio no especular o  formular conjeturas, sino remitirnos a Deuteronomio 29: 29 – «Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley.»

Gracias al Señor, podemos dejar para el más allá los interrogantes que plantean estas cosas «difíciles de entender» y centrarnos en las elementales y fundamentales para que nos vaya bien, tanto en la vida presente como en el siglo venidero.

Desde el versículo 7 en adelante, tras afirmar que el fin de todas las cosas se acerca, Pedro pasa a hacer una serie de exhortaciones, consejos y advertencias.

1)  Ser sobrios y velar en oración. Nada de bajar la guardia, ni dejar la disciplina del Espíritu, descuidando la búsqueda del Señor en oración.

2) Por encima de todo, tener ferviente amor «porque el amor cubrirá multitud de pecados.»

 Esta sentencia también la encontramos en Santiago 5: 20, y con una ligera variante,  en Proverbios 10: 12. 

Es importante diferenciar entre esto – el amor que no reprocha ni echa en cara, sino que se sobrepone y cubre las faltas y pecados de  otros – y la preciosa sangre de Cristo y  Su sacrificio a favor nuestro.

Lo primero cubre los pecados y las faltas de otros, mientras que lo segundo nos limpia de todos nuestros pecados (1a. Juan 1: 7) y quita el pecado de en medio. (Hebreos 9: 26)

3) Hospedar los unos a los otros cuando sea necesario, sin quejas ni murmuraciones. (versículo 9)

4) » Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.»» Esto significa hacerlo en sazón, a su debido tiempo y con mansedumbre, teniendo como móvil la gloria de Dios y la edificación de los demás – nunca para vanagloriarse o buscar ser admirado o ser alabado o ensalzado. Dentro de esos dones, quien habla que lo haga conforme a la palabra de Dios, es decir trazando bien la palabra de verdad, sin introducir cosas rebuscadas ni ajenas a la verdad bíblica. Quien ministra – en cualquiera de las m´ltiples facetas del ministerio, que lo haga con el poder que Dios da, es decir, prescindiendo de fuerza anímica propia, elocuencia o sabiduría humana. Estas pueden llamar la atención, tal vez dar lugar al elogio de algunos oyentes, pero nunca producir resultados espirituales valederos ni duraderos. Sólo la gracia divina, operando a través de vasos limpios y humildes puede producirlos.

Aquí nos permitimos insertar algo de importancia, que a veces uno advierte que hay  quienes no lo comprenden. Dentro de esa múltiple variedad que se ha citado más arriba, hay lo que podríamos llamar las diferentes ondas o bien frecuencias en que se desenvuelven. Hay quienes, al no recibir provecho de alguien que está ministrando en una determinada, pueden pensar que lo que están oyendo o bien no es inspirado, o sencillamente que no vale o es  fruto de la mente del que está hablando.

La verdad es que muchas veces no es así, sino que está ministrando en una onda o frecuencia distinta, que está resultando de provecho y edificación para otros. Esto lo hemos podido experimentar en no pocas ocasiones, y es algo digno de tenerse en cuenta y que con la madurez se sabe discernir.

Termina esta sección del capítulo con una hermosa  y bien encajada culminación: «»…para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.

A partir del versículo 12 la tónica cambia totalmente, convirtiéndose en una amonestación y advertencia,

  – si bien amorosamente precedida por la palabra Amados. La misma nos habla del fuego de prueba que les ha sobrevenido, como si fuera algo extraño y hasta fuera de lugar tal vez, o por lo menos algo que no se tenía programado!

Por el contrario, debían gozarse, porque significaba que eran participantes de los sufrimientos de Cristo, para que  también en la revelación de Su gloria se pudieran gozar con gran regocijo.

En el versículo siguiente – el 14 – Pedro lleva este   punto todavía más alto, diciéndoles que si eran vituperados por el nombre de Cristo eran dichosos y bienaventurados, y la razón que añade es que el glorioso  Espíritu de Dios reposaba sobre ellos.

Notemos como algo importante que éste es un nuevo nombre dado al Espíritu Santo, y es la primera y única vez que aparece en toda la Biblia.

Por cierto, se trata de una gran bienaventuranza que esa persona de la Santísima Trinidad repose sobre nuestras vidas.

Los que se oponen fuertemente, a menudo tristemente blasfeman, para su propia ruina, pero por ellos, los fieles – extensivo a los fieles de hoy día y de todos los tiempos – es glorificado ese Nombre y esa persona a Quien le debemos tanto – el bendito Cristo crucificado, pero también resucitado y ascendido. 

Como consecuencia de ello viene una exhortación muy elemental, pero que siempre resulta oportuna: que ninguno padezca como homicida, ladrón, malhechor, o por entremeterse en lo ajeno (versículo 15)

Por otra parte, si uno padece como cristiano, que no se avergüense sino que glorifique a Dios por ello.:sto nos hace  recordar el ejemplo de los primeros apóstoles que, tras de haber sido azotados, salieron «…gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre.» (Los Hechos 5: 40-41)  Esta última reflexión no la consigna Pedro, a pesar de haberla vivido juntamente con los otros once apóstoles.

Notemos también que ésta es una de las pocas veces que a los fieles se les llama cristianos, siendo la primera la que figura en Los Hechos 11: 26, acontecida en Antioquía de Siria.

En el versículo 17 se nos presenta la solemne verdad de que «…es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios y si primero comienza por nosotros ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios?»     

El agregado  » Si el justo con dificultad se salva…» (v.18a) añade aun mayor solemnidad ,  y  nos debe mover a cuidarnos celosamente de andar en cumplida obediencia, y en mansedumbre ante el Señor, no dando el menor lugar al enemigo declarado de nuestras almas.

Y la parte final del versículo –«¿…en dónde aparecerá el impío y el pecador?» – es casi escalofriante – el horrendo fin que les espera a los que rehúsan acogerse a la verdad del amor divino – tan maravillosa, y tan sagrada a la vez.

Este denso capítulo concluye en el versículo 19 exhortándonos a que cuando padezcamos según la voluntad de Dios, encomendemos nuestras almas al fiel Creador y hagamos el bien.

Como reflexión final , vemos que Pedro no se queda corto en presentarnos las altas exigencias de una vida de verdaderos y fieles cristianos – hemos de andar con toda sobriedad, cuidándonos minuciosamente de complacer a nuestro amado Dios y Su Hijo Jesucristo. y no hacer ni decir nada que sea de Su desagrado.

No podemos menos que asentir cabalmente – así debe ser.

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Capítulo 15 – 1a. epístola de Pedro (f)

Capítulo 5

En los versículos 1 al  4 el capítulo comienza con  una significativa exhortación a los ancianos.. Antes de considerarla, debemos señalar que, en general, se piensa que el grado más alto en la iglesia es el de obispo (desconsiderando, claro está, el de arzobispo y cardenal, que no aparecen en absoluto en las Sagradas Escrituras)  y que le sigue el de pastor y debajo de ellos el de anciano.

La verdad bíblica es que anciano , pastor y obispo son tres funciones distintas de un mismo cargo, según de desprende claramente de Los Hechos 20: 17-18, Tito 1: 5-7 y este pasaje de 1a. Pedro 1-4 en que estamos. Además, siem pre el cargo se ocupaba en el plural, no en el singular.

Sobre esto hemos matizado más en detalle en escritos anteriores Agregamos que dentro de esa pluralidad muy bien puede haber uno que sobresalga, ya sea por su mayor madurez o antigüedad, pero sin por eso excluir ni prescindir de quienes le acompañan en la pluralidad.