Archivo de agosto de 2019

NUEVAS COSECHAS DE ANTIGUAS VERDADES – SEGUNDA PARTE

NUEVAS COSECHAS DE ANTIGUAS VERDADES

SEGUNDA PARTE

RICARDO HUSSEY

INTRODUCCIÓN

Después de visualizar las cumbres de revelación que nos prodiga Pablo en Efesios 1, mayormente derivadas de esa actividad divina en el pluscuamperfecto previo a Génesis 1: 1, pasamos ahora a una proyección o nivel distinto.

Creemos que no está fuera de lugar que lo hagamos, alternando lo nuevo del libro eterno de Dios con lo viejo del mismo,  aunque siempre teniendo bien presente la superioridad del nuevo, hacia lo cual lo viejo del mismo a menudo apunta con sombras y figuras, como así también a veces con predicciones vívidas y certeras.

  Esta obra, al igual que la anterior en su tiempo, quedará inconclusa, dado que el autor irá agregando capítulos paulatinamente. De manera que lo informamos al lector que pudiera estar interesado, para que periódicamente visite esta 2a. parte en que encontrará nuevos capítulos que se irán añadiendo.

Í N D I C E

Capítulo 1 – La profecía de Joel.

Capítulo 2 – El libro de Eclesiastés (a)

Capítulo 3 – El libro de Eclesiastés (b)

Capítulo 4 – El libro de Eclesiastés (c)

Capítulo 5 . El libro de Eclesiastés (d)

Capítulo 6 – El libro de Eclesiastés (e)

Capítulo 7 – El libro de Eclesiastés  ((f)

Capítulo 8 – El libro de Eclesiastés (g)

Capítulo 9 – La 2a. epístola de Pedro (a)

                              Capítulo 10 – La 2a. epístola de Pedro (b)

Capítulo 11 – La 1a. epístola de Pedro (a)

 

 

CAPÍTULO 1 – LA PROFECÍA DE JOEL

El nombre Joel significa Jehová es Dios, y el de su padre Petuel, ensanchamiento de Dios. No se agrega nada en el texto que nos oriente en cuanto al lugar de su residencia, ni se dice que haya profetizado en el reinado de ningún rey de Israel o de Judá.  Seguramente que un erudito en la historia del pueblo de Israel podrá ubicar el tiempo de su  profecía con precisión. Por nuestra parte nos ceñimos al versículo 6 del capítulo 3, en que se menciona a “los hijos de los griegos” lo cual colocaría al libro y su autor en una época posterior al cautiverio.

Como en todos los auténticos profetas, en Joel encontramos algo característico y que ya hemos señalado, y que los diferencia fundamentalmente de los falsos. Mientras estos vaticinan paz y seguridad en tiempos de rebeldía, infidelidad e idolatría, aquéllos acertadamente profetizan lo contrario, es decir juicios muy severos, para sólo pasar a promesas de restauración, paz y prosperidad una vez que los juicios hayan llevado a un arrepentimiento sincero y profundo.

Consecuentemente con este principio, Joel comienza por preanunciar una devastación desoladora en el camp,o que sería tan absoluta que sus efectos los sentirían todos sin excepción, tanto en el campo los labradores y las bestias del campo, como en la ciudad hombres y mujeres, jóvenes y niños, sacerdotes y ministros del altar.

Para colmo de males, la predicción se extiende a la venida de un fuerte ejército invasor del Norte, que sería irresistible y entraría en la ciudad, subiría por las casas, entrando por las ventanas a manera de ladrones, llenando a todos de pánico y pavor.

La descripción de todo este panorama tan sombrío y horroroso se extiende a lo largo del primer capítulo y hasta el versículo 11 del segundo. Pero a continuación nos encontramos con un fuerte llamado al arrepentimiento que viene de parte de Jehová por medio de Su siervo Joel. El mismo tenía que ser absolutamente genuino. Veamos los ingredientes que debía contener, y que de hecho son típicos de todo auténtico arrepentimiento.

“Convertíos a mí de todo vuestro corazón, con ayuno, y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón y no vuestro vestido, y convertíos a Jehová vuestro Dios.” (2:12-13a)

El hecho de que se diga primera convertíos a mí y luego se reitere diciendo “convertíos a Jehová vuestro Dios” nos señala un punto muy importante. Ese arrepentimiento debía ser para con el Señor por encima de todo lo demás.  Aun cuando pueda y deba abarcar mucho más, el arrepentimiento verdadero y real siempre está enfocado prioritariamente al Dios Santo, al cual se le debe todo, y al cual se ha ofendido reiteradamente y con contumacia.

Esta exhortación al arrepentimiento y de convertirse de forma real al Señor, se apoya en la gran misericordia del Señor: “…porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia y que se duele del castigo.” (2:13b) Como tantas veces se ha dicho, siempre emplea primero la exhortación y la advertencia, pero si no surten efecto, muy a su pesar, recurre al castigo. El fin del mismo no es solamente punitivo, sino también como el medio de llegar por la vía del dolor y el escarmiento, a una restauración real e integral.

En los versículos 15 al 17 del capítulo 2 continúa la exhortación a ese arrepentimiento tan necesario, expresada en términos muy tiernos y emotivos.

“Tocad trompeta en Sión, proclamad ayuno, convocad asamblea. Reunid al pueblo, santificad la reunión, juntad a los ancianos, congregad a los niños y a los que maman, salga de su cámara el novio, y de su tálamo la novia. Entre la entrada y el altar lloren los sacerdotes ministros de Jehová y digan: Perdona, oh Jehová a tu pueblo, y no entregues al oprobio tu heredad, para que las naciones se enseñoreen de ella. ¿Por qué han de decir entre los pueblos: Dónde está su Dios?

La respuesta del Dios tan misericordioso no se hace esperar: “Y Jehová, solícito por su tierra perdonará a su pueblo.”  Contiene en seguida la promesa de enviar pan, mosto y aceite a ese pueblo tan hambriento por la devastación previa, y hacerlo con tal abundancia que quedarían plenamente saciados.

De esa manera quitaría el oprobio que había representado, por ser el pueblo escogido del Señor, de haber pasado hambre y desolación tanto en el campo como en la ciudad. Además, estaba la gran promesa de alejar a ese ejército del norte tan formidable, y llevarlo a tierra seca y desértica y desintegrarlo hasta el grado de pudrición, y esto por haberse envanecido y haber querido desolar y destruir al pueblo de Dios.

Todavía encontramos más promesas. Debían alegrarse y gozarse porque el Señor Jehová iba a ser grandes cosas. Aun  a los animales del campo se les insta a que no teman porque los pastos del desierto iban a reverdecer y la higuera iba a dar su fruto, y como si no bastase, la  maravillosa promesa que desde los cielos Él haría descender sobre ellos la lluvia temprana y la tardía, como al principio.

Las eras además se iban a llenar de trigo, y los lagares rebosarían de vino y aceite, y luego sigue la preciosísima promesa del versículo 25: “Y os restituiré los años que comió la oruga, el saltón, el revoltón y la langosta, mi gran ejército que envié contra vosotros.”

¡Cuánta verdad hay en esto, aplicable en el reino espiritual a nosotros, que en esta dispensación somos el Israel de .Dios! (Ver Gálatas 5:15-16.)

La oruga, el saltón, el revoltón y la langosta no era ni más ni menos que un gran ejército que el Señor deliberadamente había enviado contra ellos. Todo intento de labrar la tierra provechosa y fructíferamente quedaba totalmente frustrado y desbaratado. Pero eso tenía un fin muy bendito y era el de llevarlos a ese arrepentimiento y a esa conversión al Señor tan necesaria y a la vez tan saludable. Una vez logrado eso, que era totalmente imprescindible, en Su gran misericordia el Señor se compromete  a restituirles todo eso que habían perdido, resarciéndolos total y cabalmente.

Quien esto escribe se identifica plenamente con el contenido de este versículo. Según lo consigna en su autobiografía, pasó una época muy oscura que duró en total nueve años. Antes había servido al Señor con esfuerzo y cariño, pero de la manera explicada en la autobiografía, pasó a atravesar esa etapa tan sombría. Al cabo de la misma todavía necesitó un largo período de terapia divina por el enorme daño que le había causado el enemigo durante esos largos nueve años. Pero a la postre comenzó a venir una cosecha en la cual no sólo le fue resarcido todo lo que había perdido, sino que pasó a recibir mucho, muchísimo más.

Por todo esto, bien se puede hacer eco de las palabras de Romanos 12: 33-36. “!Oh profundidad de las riquezas de las sabiduría y la ciencia de Dios!!Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.”

Pero no cabe duda alguna de que el punto álgido del libro de Joel es la predicción del derramamiento del Espíritu, contenida en el capítulo 2, versículos 28-32. El día de Pentecostés, Pedro inmediatamente reconoció que lo que estaba aconteciendo era el cumplimiento preciso de tan importante profecía y la citó en la primera parte de su discurso.

Los puntos principales fueron los siguientes: –

1)        En los postreros tiempos el Señor derramaría de su Espíritu. El hecho de que esto fuese seguido por las palabras “sobre toda carne” no debe tomarse al pie de la letra, como si sería sobre todo ser humano del planeta tierra. En cambio, ha de interpretarse que sería de toda clase de personas: hijos, hijas, jóvenes, ancianos, siervos y siervas, y habría profecías, sueños y visiones. Por el versículo 11 de Los Hechos 2 vemos que al hablar en lenguas proclamaban las maravillas de Dios de manera claramente comprensible para cada uno de los que les oían en sus diversas lenguas propias – partos, medos, elamitas, etc. Si bien en el relato no se consigna ningún sueño ni visión, eso no quiere decir que no hayan acontecido, y de hecho, vemos que en Los Hechos 9: 10 Ananías tuvo una visión muy concreta, al igual que Pablo más tarde, según se nos narra en Los Hechos 16: 9. También debemos visualizar que esa proclamación de las maravillas de Dios en tantas lenguas distintas, era como un anticipo de que eso iba a acontecer en todo el orbe con la proclamación de la más grande maravilla de Dios – el evangelio de la gracia suprema y sublime que hoy día se está cumpliendo y va de camino a un cumplimiento completo.

2)        Profetizarían hijos e hijas, denotando que sería para ambos sexos.

3)        La hermosa promesa de que todo el que invocare el nombre del Señor sería salvo, algo futuro en el libro de Joel, pero feliz y gloriosamente presente para los que estamos en la dispensación de Pentecostés. La misma nos brinda además un fuerte punto de apoyo para la palanca de nuestra fe, valga la expresión, al orar por familiares, amigos, vecinos o compañeros de trabajo que aún no se han convertido.

Pedro no citó la parte final de la predicción de Joel – “porque en el monte de Sión, y en Jerusalén habrá salvación como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado.”

Con todo, eso también estaba sucediendo y cumpliéndose cabalmente. De paso añadimos que las palabras “…entre el remanente al cual él habrá llamado” confirman lo dicho anteriormente de que las palabras “sobre toda carne” no significan al pie de la letra la totalidad de la población del mundo en que vivimos.

El libro de Joel termina en el capítulo 3 prediciendo el juicio a las naciones antagónicas u opuestas a Israel, acerca de lo cual nos abstenemos de comentar. En cambio, reiteramos que ese bendito principio en Jerusalén el día de Pentecostés apuntaba a algo que iba a crecer y propagarse por el mundo entero, alcanzando a multitudes de toda raza, lengua y nación, según Apocalipsis 7: 9-17, donde tenemos la gloriosa visión panorámica.

Por cierto que en esto tenemos una culminación imponente y maravillosa de la gran profecía del libro, la cual resalta como una gran perla de colores y matices multinacionales, brotada del Señor a través del que sólo sabemos que se llamaba Joel, hijo de Petuel

como una muestra deleitosa de humildad y pequeñez,

pero de grandeza a la vez.

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Capítulo 2.-  El libro de Eclesiastés (a)

 

El autor es el rey Salomón, y es un libro que a primera vista nos presenta, sobre todo para quienes disfrutamos de la dicha de ser hijos de Dios por renacimiento, lo que bien podemos calificar de una abierta contradicción.

 Las palabras vanidad de vanidades, todo es vanidad, o bien esto también es vanidad, que aparecen reiteradamente en el texto, por cierto que no concuerdan con nuestra experiencia como hijos de Dios.

Verdad que a veces se pasa por tiempos difíciles, de pruebas y dificultades, pero eso no es la norma, y la bendición de ser verdaderos hijos de Dios con todo el inmenso bien que ello conlleva, hace que no podamos asentir o corroborar ni mucho menos que todo es vanidad.

Muy por el contrario, la nueva vida en Cristo es una de ricas y profundas satisfacciones, siempre y cuando, desde luego, andemos en obediencia cumplida y en el marco de la voluntad divina cada día.

Pero hay una clave que nos ayudará a comprender este libro, que de otra forma nos quedaría como un gran enigma. La misma se encuentra en tres palabras que también aparecen reiteradamente en el texto, a saber debajo del sol.

Sabemos que no somos de este mundo, y que nuestra ciudadanía está en los cielos. (Filipenses 3: 20) Estamos de paso, como peregrinos y nuestra vida y comunión con el Señor y nuestros hermanos en la fe se desenvuelven en la esfera de lugares celestiales en Cristo Jesús, según se nos dice en Efesios 2: 6, y no debajo del sol, espiritualmente hablando.

Con todo, se nos dice en 2ª. Timoteo 3: 16 que “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia.”

Dios sabe por qué ha querido que se incluya este libro en la Biblia, y a pesar de la abierta contradicción de que hablamos, mirando atentamente podemos entresacar cosas provechosas y edificantes.

Pasamos, pues, a señalar y comentar algunas de ellas.

“Y he visto que la sabiduría sobrepasa a la necedad, como la luz a las tinieblas.” (2:13)

Sencillamente, podemos visualizar a dos individuos a manera de contraste. Uno es prudente en su conducta, cumplidor y respetuoso, y que sabe cuándo hablar y cuándo callar.  El otro, por su parte, habla más de lo necesario, a menudo diciendo cosas que mejor sería omitir, y entre otros desaciertos, malgasta el tiempo que muy bien podría invertir en cosas provechosas.

El primero transita por un camino de luz que le resulta muy favorable, mientras que el segundo, en realidad anda en una oscuridad que, a menos que se enmiende sustancialmente en su proceder, terminará en un muy mal fin.

“Al hombre que le agrada Dios le da sabiduría, ciencia y gozo; mas al pecador da el trabajo de recoger y amontonar para darlo al que agrada a Dios. (2: 26)

Narramos un caso que conceptuamos inaudito, pero que nos consta que fue absolutamente verídico. Un hermano que se encontraba en estrechez económica, repentinamente se sintió impulsado a ubicarse en un lugar determinado en la carretera –probablemente en las inmediaciones de un cruce.

Al poco pasó un vehículo a cierta velocidad, y, casi increíblemente, por una de las ventanillas salió, impulsado por el viento, un buen número de billetes que representaban una importante suma de dinero.

Curiosamente, el vehículo siguió su marcha y pronto desapareció, de manera que el hermano ubicado en las inmediaciones, lo recogió como algo “llovido del cielo” para él.

No sabemos si el conductor, o bien algún acompañante que pudiera haber tenido, era pecador o no, pero lo cierto es que, bien el uno o el otro, sirvió para suplir la necesidad del hermano en cuestión.       

Por lo cual, por cierto que en este caso no concordamos con las palabras “también esto es vanidad y aflicción de espíritu” con que finaliza el versículo citado. Lejos de ello, fue una provisión divina para un hombre necesitado, y que, evidentemente era del agrado de Dios.

En el capítulo 3 se nos puntualiza con mucho acierto que “todo tiene su tiempo, y que todo lo que se quiere debajo del sol tiene su hora.”

Sigue luego en el texto una serie de cosas, todas en pares de contraste, y de la cuales comentamos algunas. La primera “tiempo de nacer y tiempo de morir” (3:2) no necesita explicación ni comentario.

No obstante, aplicamos aquí el concepto espiritual de renacer, citando en relación al mismo Oseas 13: 13b:- “…es un hijo no sabio, porque ya hace tiempo que no debiera detenerse al punto mismo de nacer.”

¡Qué bien describen estas palabras a uno que ha oído el evangelio muchas veces y lo ha entendido, pero vacila una y otra vez antes de dar el paso decisivo de entregar su vida a Cristo!

Redargüido y convencido, antes de ir adelante y hacerlo, piensa en las implicaciones de ese paso –  la burla de algunos amigos, la oposición de alguien cercano,  la suegra por ejemplo,  o tener que asistir asiduamente a las reuniones en lugar de otras cosas que le resultan muy atractivas, y en fin, un sinnúmero de obstáculos, y en vez de ser sabio y valiente, a último momento se echa atrás.

Que no haya ningún lector que se encuentre en esa situación tan desacertada y peligrosa.

“Tiempo de llorar y tiempo de reír…” (3:4) Ése es el orden correcto, y quienes en su trayectoria lo hacen a la inversa, es decir, empiezan por reírse, y más de la cuenta, a menudo terminan tristes y amargados.

Tenemos presente el caso de un joven de unos veinte abriles, a quien conocimos cuando todavía residíamos en la Argentina.  Continuamente buscaba formas de bromear y hacer chistes, al punto que se le decía, con cierta ironía, Miguel – que así se llamaba –¿qué vas a hacer cuando seas grande?

Tristemente oímos que en su etapa final terminó muy amargado.

Nos parece oportuno recalcar aquí que hay tres formas de llorar y tres de reír. Tanto la una como la otra puede ser la de los demonios, que a veces hacen lo uno y a veces lo otro, con un llorar o reír falso y engañoso. También hay una segunda forma natural de llorar, como válvula de escape de una congoja interior, o de reír por algo realmente cómico. Finalmente, una tercera forma de llorar por estar quebrantado por el Espíritu, o bien reír de un gozo, también del Espíritu, brotados ambos de lo más profundo del ser.

Dos contrastes más que no hace falta explicar, pero que son muy aplicables cuando la ocasión sucede. “…tiempo de callar y tiempo de hablar…”  (3:7) otra vez en el orden correcto, “…y tiempo de guerra y tiempo de paz…” (3:8)  pensando en cuanto a esto último en el nivel o terreno espiritual.

“Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin.” (3: 11)

Un versículo riquísimo que seguramente en más de una ocasión se ha prestado para una predicación saturada de muchas importantes y preciosas verdades.

No nos dejamos tentar a extendernos, dándole el amplio comentario que se merece, sino que nos conformaremos con sintetizarlo en unos pocos párrafos.

Desde el encanto de la criaturita recién nacida, que a poco empieza a mirar alrededor, acostada en la cuna, viendo cosas que la rodean que nunca ha visto antes, en un mundo nuevo para él al cual acaba de llegar; siguiendo por la infancia, la niñez, la adolescencia, la juventud, el noviazgo con miras al matrimonio, la mediana edad y las canas honradas de una madurez y ancianidad en que se han aprendido tanto de los más variados matices – todo lo ha hecho hermoso nuestro maravilloso Dios

Pero debemos recalcar la importancia de que todo tiene su hermosura, pero en su tiempo. Si por ejemplo la alegría de oír a la criaturita balbucear un papá o mamá se posterga más de lo normal, o bien continúa un buen tiempo sin más progreso en el hablar, eso ya no es hermoso, sino una señal de dolor para los padres, que ven en ello un triste retraso.

Igualmente, si el noviazgo comienza demasiado pronto, muy bien puede acarrear consecuencias lamentables.

Por algo Dios en la creación ha dispuesto la maduración de las cosas. Nos explicamos: si vamos a un ciruelo y recogemos de su fruto antes de tiempo, habrá que tironear para desgajarlo, y al llevarlo a la boca nos encontraremos con un gusto muy agrio. Por el contrario, si esperamos que el sol, el viento y el tiempo hagan su parte, al recogerlo casi se nos caerá en la mano sin ninguna necesidad de tirar para arrancarlo, y disfrutaremos de un sabor dulce y jugoso.

Pero a todo esto hay que añadir las palabras claves del versículo –“…ha puesto eternidad en el corazón de ellos…” es decir, del ser humano. ¡Qué verdad que la mayoría de las personas, antes de que les amanezca esto que es tan importante, viven como si los años de vida aquí en la tierra fueran lo único, sin un más allá!

 E incluso no deja de ser cierto que aun creyentes convertidos a la fe del evangelio, no pocas veces viven para el presente terrenal, casi sin poner para nada la mira en el siglo venidero.

La parte final del versículo – “…sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin”– hace que nos tengamos que extender más de lo que esperábamos.

Sobre todo para los que tenemos la dicha de ser hijos de Dios por renacimiento, al crecer y desarrollarnos en la fe empezamos a entender que el Soberano Creador y Dios Supremo nos conocía muy bien, aun antes de ser un pequeño embrión en la matriz de nuestra madre – que tenía un planificación individual y personal para cada una de nuestras vidas, y algunas o muchas más cosas.

Con todo, nos damos cuenta, por la maduración y las verdades de las Sagradas Escrituras, de que ha habido un sin fin de actividad divina a nuestro favor, tan vasta que está fuera de nuestro alcance entenderla toda en su inmensa magnitud. Tenemos que concluir que eso sólo será posible en la vida venidera, cuando conoceremos como somos conocidos. (1ª. Corintios 13: 12)

Debo acotar que todo esto que vengo escribiendo, me ha motivado a volcarlo en la prédica oral, junto con muchas otras cosas que, por razones de espacio, no van consignadas aquí.

Como el capítulo se ha extendido más de lo esperado, suspendemos aquí para continuar en el siguiente.

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Capítulo 3 – El libro de Eclesiastés (b)

 

    Continuamos entonces citando 3: 14.- “He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo; sobre aquello  no se añadirá, ni de ello se disminuirá; y lo hace Dios para que delante de el teman los hombres.”

Si bien nos queda todavía mucho terreno por delante, creemos que éste es el versículo cumbre del libro, y que constituye una perla pura, brillante y preciosísima.

Las palabras “todo lo que Dios hace” denotan con toda claridad que no hay excepciones – cuanto hace – y por añadidura, cuanto dice – brota de Su personalidad total y absolutamente perfecta, de manera que no hay posibilidad alguna de error ni nada que se asemeje.

Esto, digámoslo de paso, hace que al inclinarnos en adoración y sumisión a Él estemos pisando terreno sólido y seguro, y haciendo lo que en verdad es propio y consecuente que hagamos.

Pero, como consecuencia de esa perfección tan absoluta, pretender ya sea agregar o bien quitar, siquiera en parte, a lo hecho o dicho por Él, es una temeridad y algo totalmente irreverente, brotado sin duda de un corazón entenebrecido y obstinado.

Tomamos dos temas muy importantes en que la aplicación de esta verdad se presenta en vivo relieve.

El primero está muy cerca del finad de Apocalipsis, en los versículos 18 y 19 del último capítulo. En los mismos se hace una solemne advertencia que parafraseamos así: “He escrito mi libro sagrado. Nadie se atreva a añadir al mismo, o quitar de él, so pena de que vengan sobre él las plagas del libro, o se quite su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad, respectivamente.

¡En qué situación horrorosa se ubican quienes cuestionan o  niegan la veracidad de la Biblia, ya sea parcial o totalmente!

Desde luego que hay cosas en ella que escapan de nuestra finita y parcial comprensión. Pero si comprendiésemos todo lo que dice y hace el Eterno Omnisciente, Omnipotente y Omnipresente, seríamos de la medida Suya, y en cambio ¡cuán diminuta e insignificantemente pequeños somos, ante el Gran Gigante de la Eternidad!

Y por supuesto la postura más prudente y sabia es dejar a un lado por ahora lo que no entendemos, seguros que en el más allá, cuando conoceremos como somos conocidos, lo habremos de comprender cabalmente.

Todo esto con la importante reflexión de que, loado sea Dios, lo que nos interesa en el terreno práctico de cómo hacer, hablar y conducirnos en general para agradarle a Él, el Juez Supremo, está clarísimo en el más amplio sentido de la palabra.

Pasamos ahora al segundo tema, relacionado con la obra y el sacrificio expiatorio hechos en el Calvario por nuestro amado Señor Jesús.

Las Escrituras nos dan amplio testimonio de que Sus palabras finales muy poco antes de expirar Consumado es,  definen cabalmente lo que fue una obra perfecta y totalmente eficaz y suficiente.

Damos algunas sin consignar el texto: Hebreos 9: 12b, 9:26b 10: 10 y 10: 14.

Hablando del pueblo de Israel, mayoritariamente ajeno a la fe del evangelio hoy día, Pablo escribe: “Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios.” (Romanos 10: 2-3)

En esta actitud hay algo terco y autosuficiente, que al mismo tiempo, de manera insultante, niega validez al glorioso sacrificio del Calvario.

Como Pablo bien lo puntualiza en Gálatas 2: 21:- “No desecho la gracia de Dios; si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.”

Para mayor abundamiento, consignamos algo importante relacionado con el famoso siervo de otrora Carlos Finney. Como es bien sabido, él había sido abogado, y por eso naturalmente comprendía abogacía y todo cuanto concierne a la ley y a los  requerimientos de la justicia, de la manera que nosotros, que somos profanos, careciendo de conocimientos y autoridad en la materia, no podemos alcanzar a comprender.

Creo recordar que en su autobiografía, o por lo menos en uno de sus escritos, él narró que a veces convocaba a colegas suyos y les explicaba el sacrificio expiatorio de Cristo, con la minuciosidad propia de su elevada comprensión del mismo.

Los que lo escuchaban quedaban rendidos ante la evidencia de algo perfecto, en que no quedaba sin cubrirse el más mínimo requerimiento de la ley y la justicia más estricta y severa. Así, se convertían al Señor totalmente convencidos, y termino agregando que para él ¡eran la clase de gente más fácil de llevar al Señor!

No sé cuántos abogados podrá el lector haber llevado a los pies de Cristo. En cuanto a quien esto escribe, ¡en su dilatada trayectoria aún no ha logrado hacerlo con ninguno!

Retomando el hilo, es evidente que la justicia por la ley resulta inalcanzable para todo ser humano librado a sus propios recursos, por ser Dios un Ser tan Santo, Sublime y majestuoso. De ninguna manera podría ninguno de nosotros cumplir ni siquiera remotamente los altísimos requerimientos de Su ley.

Esto lo subrayó muy clara y acertadamente Pedro en la gran polémica en que los judaizantes insistían en que los gentiles debían guardar la ley, tratada en Jerusalén según se la narra en Los Hechos 15.

Dijo en el versículo 10:- “Ahora pues, ¿Por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Y a esto agregó en el versículo siguiente:- “Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús, seremos salvos de igual modo que ellos.”

¡Cuánto más fácil y bendito recibir gustosamente la oferta gratuita de perdón y vida nueva en Cristo que con tanto amor y bondad se nos ofrece!

Como este capítulo se hace bastante extenso, pasamos al siguiente.

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Capítulo 4 – El libro de Eclesiastés (c)

 

Continuamos citando 10:11:- “Si muerde la serpiente antes de ser encantada, de nada sirve el encantador.”

La sencilla pero contundente verdad de este versículo, contiene algo plenamente aplicable a la situación en que vive y se desenvuelve hoy día nuestro mundo occidental.

Efectivamente, la forma en que se construyen polideportivos con piscinas, canchas de fútbol, tennis, fútbol sala, frontennis, etc., la seguridad social para el cuidado de la salud y la promoción de la longevidad, los salones de ocio y recreo para la edad media y avanzada – en fin, todo eso de que se disfruta para el bienestar y la felicidad, y sin embargo, ¡qué desconcertante y triste a la vez ver que  poco o nada de esos fines se logra!

Por el contrario, el crimen, la delincuencia, la drogadicción, matrimonios destrozados ya sea por incompatibilidad o infidelidad, la falta de respeto a los mayores, la insumisión o abierta rebeldía, la corrupción moral que lleva a tantos y tantas a conducirse de la forma más inescrupulosa con tal de hacerse de pingües sumas de dinero – y en fin, todo un mundo de maldad que aflora por doquier.

La razón está en que la maldita serpiente, en un principio dio una mordedura venenosa al hombre y a la mujer que le prestaron atención, dándole la espalda al Dios Creador que les había dado todo.

Como sabemos, el encantador, valiéndose de una musiquilla grata y placentera, logra apaciguar a la serpiente, aunque sólo transitoriamente.

Pero loado sea Dios, la solución divina ha venido por un medio totalmente distinto. El amado y eterno Hijo de Dios se encarnó y vino a este mundo, pero por cierto no para tratar de apaciguar a  la serpiente con melodía dulce y suave, sino para darle un golpe de gracia certero, final y terminante.

Ya a muy poco de acontecer la mordedura a nuestros primeros padres Adán y Eva, vino la promesa de que la simiente bendita – Cristo – si bien iba a ser herida en el calcañar, le habría de herir a ella – la serpiente – en la cabeza.(Génesis 3: 15b)

 Hacemos una importante reflexión sobre estas dos cosas. En la prédica oral, y también por escrito, hemos puntualizado que el dolor espiritual, emocional, anímico y físico que experimentó el bendito Crucificado a favor nuestro, en ese largo túnel del Getsemaní al punto final del Calvario, es algo que en su total magnitud sólo podremos comprender cabalmente en el más allá, cuando conozcamos en plenitud como somos conocidos. (1ª. Corintios 13: 12b)

Y sin embargo, a todo eso en esta predicción de Génesis 3: 15 que hemos citado,  se lo equipara – sorprendentemente – ¡a una mera herida en el talón, que duele de verdad, pero que a poco tiempo se sana, cicatriza y desaparece!

Por el contrario, la herida en la cabeza es un golpe final y definitivo, y eso es lo que le pasó a la serpiente en el Calvario – ha recibido un golpe de gracia que ha desmoronado su reino por completo y ha quitado el pecado de la tierra y del mundo. (Zacarías 3: 9b y Juan 1: 29)

¡Bendita solución divina! Y además, puesta al alcance de todo aquél que quiera humillarse, y arrepentido de sus muchas faltas y pecados, reciba en su corazón el perdón – total, gratuito y eterno – junto con una nueva vida, totalmente distinta, en Cristo Jesús.

 

“Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal.” (4: 11)

Que hoy día, en nuestra democracia del mundo occidental, en general la ley es demasiado blanda para con la delincuencia, es un hecho evidente y creemos que son muy pocos los que opinan lo contrario.

Algunas cárceles cuentan con calefacción y aire acondicionado, e incluso televisión para el uso y beneficio de los presos.

Nos viene a la mente un caso, muy risueño por cierto, de un hombre de negocios cuya empresa quebró, de manera que quedó en la más absoluta indigencia.

Para solucionar el problema básico de no tener ni para comer ni para pagar el alquiler, hizo algo inaudito.  Fingió cometer un atraco – de un banco, creo – logrando así el fin de que se lo pusiera preso, y de esa forma ¡contar con alojamiento y comida gratuitos!

Aunque cueste creerlo, fue un caso verídico, que aconteció en España hace más o menos un par de años, aun cuando no podemos precisar en qué lugar de la península.

Recordamos otro muy distinto, y que ilustra la contundente eficacia de un trato muy severo del criminal o delincuente. Nos lo narró hace unos buenos años una hermana en Cristo que conocimos en la localidad de Lérida y que con anterioridad había residido por un tiempo en Venezuela.

Sucedió que falleció un hijo del primer mandatario del país, y llegaron junto con las consabidas condolencias, muchas ofrendas florales, y además una de oro – seguramente de una persona muy pudiente.

Un pillo la robó, pero bien pronto lo descubrieron y apresaron. La medida adoptada fue cortarle una mano, y dejarlo encerrado en una isla rodeada de yacarés.

La hermana me aseguró que después de eso, uno se podía fiar que no le iban a robar la cartera o billetera, ni el automóvil, aunque se lo dejase sin echarle llave.

Si bien no opinamos como lo más indicado que se le haya cortado la mano, pensamos que por cierto es un caso que confirma la verdad y el acierto de lo que se afirma en el versículo que hemos citado – es decir, que cuando la ley y el trato de la delincuencia no son realmente estrictos y severos, la misma inevitablemente tiende a incrementarse.

“Anda, y come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón; porque tus obras ya son agradables a Dios.” (9: 7)

Interpretamos este versículo en el sentido de una maduración espiritual, que conlleva agradar al Señor como norma, dejando atrás los altibajos que se experimentaban anteriormente.

Jesús afirmó en Juan 8: 29: “Porque el que me envió conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.”

Subrayamos siempre porque hace resaltar la perfección del amado Señor Jesucristo – nunca ni siquiera el menor atisbo de obediencia parcial, antes bien total y absoluta, y sobre todo en la vía dolorosa que se extendió desde el Getsemaní hasta Su muerte en el Calvario.

La maduración es una meta muy deseable, a la cual debemos aspirar todos, tanto en el aspecto natural del desarrollo y  crecimiento, como en todas las demás facetas de la vida.  

Ya hemos puesto el ejemplo de la ciruela verde y la madura. Así como esta última es la vida que espiritualmente ha madurado. Lejos de traer lo desagradable que a menudo resulta de la inmadurez, da plena satisfacción al Señor, Quien así se complace en darle señales de Su presencia aprobatoria.

Más sobre la maduración en el capítulo siguiente.

Por último, una reflexión final sobre este punto. No creemos rebuscado asociar el comer el pan con gozo y beber el vino con alegre corazón del texto del versículo, con la comunión. No nos referimos solamente a la participación de la Santa Cena, como solemos llamarla, sino que la hacemos extensiva a una vida que disfruta de una rica comunión espiritual con el Señor, en un vivir delante de Él bajo un cielo despejado, límpido y radiante, con el Sol de Justicia Increado brillando en todo su esplendor.

El lector advertirá que estamos hablando de un nivel muy elevado, el cual quien esto escribe no pretende haber alcanzado de forma permanente. No obstante, las ocasiones en que lo logra, le sirven de estímulo para perseverar y progresar en una marcha ascendente.

Humilde y amorosamente animamos a cada uno a proponerse  escalar posiciones en este sentido en su andar cotidiano.

Interrumpimos en este punto para continuar en el capítulo siguiente.

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Capítulo 5 .- El libro de Eclesiastés (d)

“Goza de la vida con la mujer que amas todos los días de la vida…, que te son dados debajo del sol, todos los días… ;  porque ésta es tu parte en la vida y en tu trabajo con que te afanas debajo del sol.” (9:9)

Creo que esto sencillamente es lo que se nos dice en Efesios 5: 25-29, recalcando las palabras finales del versículo 28:- “…El que ama a su mujer a sí mismo se ama.”

 La conclusión lógica es que quien no lo hace, no se ama a sí mismo, y todo el daño que le pudiera hacer a su mujer con su falta de amor, aunque tal vez sin darse cuenta, se lo está haciendo a sí mismo. Inversa o recíprocamente, todo el daño que la mujer le pueda hacer a su marido por cualquier causa que fuere, en realidad se lo está haciendo a sí misma.

Añadimos la hermosa exhortación de Proverbios 5: 18-19:- “Sea bendito tu manantial y alégrate con la mujer de tu juventud, como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre.”

Que el Señor nos ayude a ser mejores maridos y esposas.

 

“En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza.” (9: 8)

Desde luego que esto no significa vestir un delantal blanco bien almidonado, sino abstenerse de todo lo que sea sucio, impuro, torcido o carnal.

La lista sería casi interminable, pero si a lo dicho añadimos el dejar de lado toda sonrisita falsa, guiñadita de ojos y la lengua suelta y descontrolada, el chiste verde o de mal gusto, o celebrarlos cuando otros los cuentan, tendremos una idea bien clara de qué se trata: – santidad, sin la cual nadie verá al Señor, como se puntualiza en Hebreos 12: 14b.  

Debemos agregar que no en vano el versículo citado comienza diciendo En todo tiempo. Es decir, no sólo el domingo cuando estamos con los hermanos, sino también durante la semana, a menudo rodeados de compañeros de trabajo incrédulos que no vacilan en soltar malas palabras y aun blasfemias, y muchísimas otras cosas de índole totalmente mundana.

Pasando ahora al ungüento, debemos señalar algo importantísimo: si bien a menudo se suele decir simplemente la uncíón, al describírsela en Éxodo 30: 22-33 se la llama unción santa.

Aquí es donde añadimos más sobre la madurez. Lo hacemos basándonos en Hebreos 5: 14 donde se describe a los que han alcanzado madurez, diciendo “para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.”

Aun cuando hay un margen de falibilidad en todo ser humano, debemos señalar que, en general, a la madurez no se le pasa gato por liebre.

No son pocas las veces que hemos oído o leído acerca de predicciones de gran bendición pronunciadas en diversas situaciones. Por ejemplo, ministerios del extranjero sobre personas que les han abierto la puerta invitándolos a España, y, tal vez como reconocimiento, les han vaticinado grandísimas cosas, que a veces no cabe otra forma de describirlas que llamarlas delirios de grandeza.

Un hermano y consiervo avezado, fundadamente escéptico en cuanto a una predicción de una hermana que, supuestamente, iba a tener una labor apostólica por todo el país, conociendo bien a la misma, me señaló significativamente que ¡conociendo a la vaca, uno sabe la leche que de ella se puede esperar!

La intención en dar esas predicciones puede ser buena, pero en realidad el efecto que producen a la larga resulta muy perjudicial. Se espera ese gran día en que esas maravillas van a empezar a suceder, y en tanto no llegan, siguen las lagunas y los altibajos y no se vive en la realidad del presente, sirviendo al Señor con humildad, amor y devoción, aun en lo que parece pequeño.

Como dijo Jesús en Lucas 16:10 “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel…”

Mejor es una onza de oro puro, que una tonelada de madera, heno y hojarasca.

En el terreno práctico de la vida en la iglesia primitiva, en el libro de Los Hechos sólo encontramos dos profecías predicativas, ambas dadas por un reconocido profeta de nombre Agabo. Tanto la una como la otra – ver Los Hechos11: 28-30 y 21:10-11 – predecían dificultades o peligros que sobrevendrían.

Para mayor abundamiento, citamos 1ª. Tesalonicenses 3: 4 donde encontramos lo siguiente, escrito por el apóstol Pablo:– “Porque también, estando con vosotros, os predecíamos que íbamos a pasar tribulaciones, como ha acontecido y sabéis.”

En ningún caso vemos que se hayan predicho grandes bendiciones, como el levantamiento de la iglesia gentil en Antioquía de Siria, ni el levantamiento de la iglesia de Éfeso más  tarde bajo el ministerio de Pablo.

 

Pasando ahora al  ungüento sobre tu cabeza – es decir la unción santa – notemos que en los versículos 23 y 24 del capítulo 30 de Éxodo en que se la describe, se especifican los ingredientes precisos que debía contener, y en el 25 se señala que de ellos se haría el superior ungüento “según el arte del perfumador.”

Interpretamos que esa precisión en cuanto a los ingredientes – no se dice aproximadamente, sino la cantidad exacta de cada uno – nos habla de la debida concordancia con la palabra de Dios, las Sagradas Escrituras.

Por otra parte, el arte del perfumador nos sugiere una originalidad y frescura totalmente ajenas al molde fijo, o la copia por el papel carbónico, por así decirlo.

No resulta fácil definirla exactamente y en términos prácticos. Tal vez podríamos decir que tiene un no sé qué indefinible, que la hace viva y fresca, pero que al mismo tiempo – con toda seguridad – resulta muy convincente para quien sabe oír y discernir.

 

Concluimos citando otra vez el mismo versículo, como una amable y cortés exhortación a cada lector,  la cual, por nuestra parte, también asumimos.

“En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza.”

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Capitulo 6 – El libro de Eclesiastés (e).  

 

“Tiempo de llorar y tiempo de reír.”  Entendemos que ése es el orden correcto, en consonancia con lo que dijo nuestro Señor Jesús en Mateo 5: 4 – “Bienaventurados los que lloran…” comprendiéndose que luego vendrá el reír de la consolación divina.

Tenemos presente el caso de un joven de unos veinte abriles, a quien conocimos cuando todavía residíamos en la Argentina.  Continuamente buscaba formas de bromear y hacer chistes, al punto que se le decía, con cierta ironía, Miguel – que así se llamaba –¿qué vas a hacer cuando seas grande?

Tristemente oímos que en su etapa final terminó muy amargado.

 

Nos parece oportuno recalcar aquí que hay tres formas de llorar y tres de reír. Tanto la una como la otra puede ser la de los demonios, que a veces hacen lo uno y a veces lo otro, con un llorar o reír falso y engañoso. También hay una segunda forma natural de llorar, como válvula de escape de una congoja interior, o de reír por algo realmente cómico. Finalmente, una tercera forma de llorar por estar quebrantado por el Espíritu, o bien reír de un gozo, también del Espíritu, brotados ambos de lo más profundo del ser.

 

“Todo lo hizo hermoso en su tiempo, y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que Dios ha hecho desde el principio hasta el fin.” (3:11)

Un versículo riquísimo, que seguramente en más de una ocasión se ha prestado para una predicación saturada de muchas importantes y preciosas verdades.

No nos dejamos tentar a extendernos, dándole el amplio comentario que se merece, sino que nos conformaremos con sintetizarlo en unos pocos párrafos.

Desde el encanto de la criaturita recién nacida, que a poco empieza a mirar alrededor, acostada en la cuna, viendo cosas que la rodean que nunca ha visto antes, en un mundo nuevo para él al cual acaba de llegar; siguiendo por la infancia, la niñez, la adolescencia, la juventud, el noviazgo con miras al matrimonio, la mediana edad y las canas honradas de una madurez y ancianidad en que se han aprendido tanto de los más variados matices – todo lo ha hecho hermoso nuestro maravilloso Dios.

Pero notemos la importancia de las palabras en su tiempo. Por ejemplo, si el balbucear de las palabras Papá o Mamá se demora demasiado, o bien no se progresa de ahí en adelante, eso ya resultaría en tristeza y congoja para los padres.

Igualmente, si el noviazgo comienza demasiado pronto, y sin prestarle anteriormente la debido consideración, muy bien puede acarrear consecuencias lamentables.

Por algo Dios en la creación ha dispuesto la maduración de las cosas. Nos explicamos: si vamos a un ciruelo y recogemos de su fruto antes de tiempo, habrá que tironear para desgajarlo, y al llevarlo a la boca nos encontraremos con un gusto muy agrio. Por el contrario, si esperamos que el sol, el viento y el tiempo hagan su parte, al recogerlo casi se nos caerá en la mano, sin ninguna necesidad de tirar para arrancarlo, y disfrutaremos de un sabor dulce y jugoso.

 Sigue el versículo diciendo que Dios ha puesto et eternidad en el corazón de ellos. No deja de ser cierto que, no sólo la mayoría de las personas, y aun creyentes convertidos a la fe del evangelio, a menudo viven para el presente terrenal, casi sin poner para nada la mira en el siglo venidero.

Sobre todo para los que tenemos la dicha de ser hijos de Dios por renacimiento, al crecer y desarrollarnos en la fe empezamos a entender que el Soberano Creador y Dios Supremo nos conocía muy bien, aun antes de ser un pequeño embrión en la matriz de nuestra madre – que tenía un planificación individual y personal para cada una de nuestras vidas, y algunas o muchas más cosas.

Con todo, nos damos cuenta, por la maduración y las verdades de las Sagradas Escrituras, de que ha habido un sin fin de actividad divina a nuestro favor, tan vasta que está fuera de nuestro alcance entenderla toda en su inmensa magnitud. Tenemos que concluir que eso sólo será posible en la vida venidera, cuando conoceremos como somos conocidos. (1ª. Corintios 13: 12)

Debo acotar que todo esto que vengo escribiendo, me ha motivado a volcarlo en la prédica oral, junto con muchas otras cosas que, por razones de espacio, no van consignadas aquí.

Como el capítulo se ha extendido más de lo esperado, suspendemos aquí para continuar en el siguiente.

 

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Capítulo 7 – El libro  de Eclesiastés (f) 

Si bien nos queda todavía mucho terreno por delante, creemos que éste es el versículo cumbre del libro, y que constituye una perla pura, brillante y preciosísima.

Esto, digámoslo de paso, hace que al inclinarnos en adoración y sumisión a Él estemos pisando terreno sólido y seguro, y haciendo lo que en verdad es propio y consecuente que hagamos.

Pero, como consecuencia de esa perfección tan absoluta, pretender ya sea agregar o bien quitar, siquiera en parte, a lo hecho o dicho por Él, es una temeridad y algo totalmente irreverente, brotado sin duda de un corazón entenebrecido y obstinado.

Tomamos dos temas muy importantes en que la aplicación de esta verdad se presenta en vivo relieve.

El primero está muy cerca del finad de Apocalipsis, en los versículos 18 y 19 del último capítulo. En los mismos se hace una solemne advertencia que parafraseamos así: “He escrito mi libro sagrado. Nadie se atreva a añadir al mismo, o quitar de él, so pena de que vengan sobre él las plagas del libro, o se quite su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad, respectivamente.

¡En qué situación horrorosa se ubican quienes cuestionan o  niegan la veracidad de la Biblia, ya sea parcial o totalmente!

Desde luego que hay cosas en ella que escapan de nuestra finita y parcial comprensión. Pero si comprendiésemos todo lo que dice y hace el Eterno Omnisciente, Omnipotente y Omnipresente, seríamos de la medida Suya, y en cambio ¡cuán diminuta e insignificantemente pequeños somos, ante el Gran Gigante de la Eternidad!

Y por supuesto la postura más prudente y sabia es dejar a un lado por ahora lo que no entendemos, seguros que en el más allá, cuando conoceremos como somos conocidos, lo habremos de comprender cabalmente.

Todo esto con la importante reflexión de que, loado sea Dios, lo que nos interesa en el terreno práctico de cómo hacer, hablar y conducirnos en general para agradarle a Él, el Juez Supremo, está clarísimo en el más amplio sentido de la palabra.

 

Pasamos ahora al segundo tema, relacionado con la obra y el sacrificio expiatorio hechos en el Calvario por nuestro amado Señor Jesús.

Damos algunas sin consignar el texto: Hebreos 9: 12b, 9:26b 10: 10 y 10: 14.

En esta actitud hay algo terco y autosuficiente, que al mismo tiempo, de manera insultante, niega validez al glorioso sacrificio del Calvario.

Para mayor abundamiento, consignamos algo importante relacionado con el famoso siervo de otrora Carlos Finney. Como es bien sabido, él había sido abogado, y por eso naturalmente comprendía abogacía y todo cuanto concierne a la ley y a los  requerimientos de la justicia, de la manera que nosotros, que somos profanos, careciendo de conocimientos y autoridad en la materia, no podemos alcanzar a comprender.

Creo recordar que en su autobiografía, o por lo menos en uno de sus escritos, él narró que a veces convocaba a colegas suyos y les explicaba el sacrificio expiatorio de Cristo, con la minuciosidad propia de su elevada comprensión del mismo.

Los que lo escuchaban quedaban rendidos ante la evidencia de algo perfecto, en que no quedaba sin cubrirse el más mínimo requerimiento de la ley y la justicia más estricta y severa. Así, se convertían al Señor totalmente convencidos, y termino agregando que para él ¡eran la clase de gente más fácil de llevar al Señor!

No sé cuántos abogados podrá el lector haber llevado a los pies de Cristo. En cuanto a quien esto escribe, ¡en su dilatada trayectoria aún no ha logrado hacerlo con ninguno!

 

Retomando el hilo, es evidente que la justicia por la ley resulta inalcanzable para todo ser humano librado a sus propios recursos, por ser Dios un Ser tan Santo, Sublime y majestuoso. De ninguna manera podría ninguno de nosotros cumplir ni siquiera remotamente los altísimos requerimientos de Su ley.

Esto lo subrayó muy clara y acertadamente Pedro en la gran polémica en que los judaizantes insistían en que los gentiles debían guardar la ley, tratada en Jerusalén según se la narra en Los Hechos 15.

¡Cuánto más fácil y bendito recibir gustosamente la oferta gratuita de perdón y vida nueva en Cristo que con tanto amor y bondad se nos ofrece!

Como este capítulo se hace bastante extenso, pasamos al siguiente.

La sencilla pero contundente verdad de este versículo, contiene algo plenamente aplicable a la situación en que vive y se desenvuelve hoy día nuestro mundo occidental.

Efectivamente, la forma en que se construyen polideportivos con piscinas, canchas de fútbol, tennis, fútbol sala, frontennis, etc., la seguridad social para el cuidado de la salud y la promoción de la longevidad, los salones de ocio y recreo para la edad media y avanzada – en fin, todo eso de que se disfruta para el bienestar y la felicidad, y sin embargo, ¡qué desconcertante y triste a la vez ver que  poco o nada de esos fines se logra!

Por el contrario, el crimen, la delincuencia, la drogadicción, matrimonios destrozados ya sea por incompatibilidad o infidelidad, la falta de respeto a los mayores, la insumisión o abierta rebeldía, la corrupción moral que lleva a tantos y tantas a conducirse de la forma más inescrupulosa con tal de hacerse de pingües sumas de dinero – y en fin, todo un mundo de maldad que aflora por doquier.

La razón está en que la maldita serpiente, en un principio dio una mordedura venenosa al hombre y a la mujer que le prestaron atención, dándole la espalda al Dios Creador que les había dado todo.

Como sabemos, el encantador, valiéndose de una musiquilla grata y placentera, logra apaciguar a la serpiente, aunque sólo transitoriamente.

Pero loado sea Dios, la solución divina ha venido por un medio totalmente distinto. El amado y eterno Hijo de Dios se encarnó y vino a este mundo, pero por cierto no para tratar de apaciguar a  la serpiente con melodía dulce y suave, sino para darle un golpe de gracia certero, final y terminante.

Ya a muy poco de acontecer la mordedura a nuestros primeros padres Adán y Eva, vino la promesa de que la simiente bendita – Cristo – si bien iba a ser herida en el calcañar, le habría de herir a ella – la serpiente – en la cabeza.(Génesis 3: 15b)

 Hacemos una importante reflexión sobre estas dos cosas. En la prédica oral, y también por escrito, hemos puntualizado que el dolor espiritual, emocional, anímico y físico que experimentó el bendito Crucificado a favor nuestro, en ese largo túnel del Getsemaní al punto final del Calvario, es algo que en su total magnitud sólo podremos comprender cabalmente en el más allá, cuando conozcamos en plenitud como somos conocidos. (1ª. Corintios 13: 12b)

Y sin embargo, a todo eso en esta predicción de Génesis 3: 15 que hemos citado,  se lo equipara – sorprendentemente – ¡a una mera herida en el talón, que duele de verdad, pero que a poco tiempo se sana, cicatriza y desaparece!

Por el contrario, la herida en la cabeza es un golpe final y definitivo, y eso es lo que le pasó a la serpiente en el Calvario – ha recibido un golpe de gracia que ha desmoronado su reino por completo y ha quitado el pecado de la tierra y del mundo. (Zacarías 3: 9b y Juan 1: 29)

Que hoy día, en nuestra democracia del mundo occidental, en general la ley es demasiado blanda para con la delincuencia, es un hecho evidente y creemos que son muy pocos los que opinan lo contrario.

Algunas cárceles cuentan con calefacción y aire acondicionado, e incluso televisión para el uso y beneficio de los presos.

Nos viene a la mente un caso, muy risueño por cierto, de un hombre de negocios cuya empresa quebró, de manera que quedó en la más absoluta indigencia.

Para solucionar el problema básico de no tener ni para comer ni para pagar el alquiler, hizo algo inaudito.  Fingió cometer un atraco – de un banco, creo – logrando así el fin de que se lo pusiera preso, y de esa forma ¡contar con alojamiento y comida gratuitos!

Aunque cueste creerlo, fue un caso verídico, que aconteció en España hace más o menos un par de años, aun cuando no podemos precisar en qué lugar de la península.

Recordamos otro muy distinto, y que ilustra la contundente eficacia de un trato muy severo del criminal o delincuente. Nos lo narró hace unos buenos años una hermana en Cristo que conocimos en la localidad de Lérida y que con anterioridad había residido por un tiempo en Venezuela.

Sucedió que falleció un hijo del primer mandatario del país, y llegaron, junto con las consabidas condolencias, muchas ofrendas florales, y además una de oro – seguramente de una persona muy pudiente.

Un pillo la robó, pero bien pronto lo descubrieron y apresaron. La medida adoptada fue cortarle una mano, y dejarlo encerrado en una isla rodeada de yacarés.

La hermana me aseguró que después de eso, uno se podía fiar que no le iban a robar la cartera o billetera, ni el automóvil, aunque se lo dejase sin echarle llave.

Si bien no opinamos como lo más indicado que se le haya cortado la mano, pensamos que por cierto es un caso que confirma la verdad y el acierto de lo que se afirma en el versículo que hemos citado – es decir, que cuando la ley y el trato de la delincuencia no son realmente estrictos y severos, la misma inevitablemente tiende a incrementarse.

 

Interpretamos este versículo en el sentido de una maduración espiritual, que conlleva agradar al Señor como norma, dejando atrás los altibajos que se experimentaban anteriormente.

La maduración es una meta muy deseable, a la cual debemos aspirar todos, tanto en el aspecto natural del desarrollo y  crecimiento, como en todas las demás facetas de la vida. 

Ya hemos puesto el ejemplo de la ciruela verde y la madura. Así como esta última es la vida que espiritualmente ha madurado. Lejos de traer lo desagradable que a menudo resulta de la inmadurez, da plena satisfacción al Señor, Quien así se complace en darle señales de Su presencia aprobatoria.

Más sobre la maduración en el capítulo siguiente.

El lector advertirá que estamos hablando de un nivel muy elevado, el cual quien esto escribe no pretende haber alcanzado de forma permanente. No obstante, las ocasiones en que lo logra, le sirven de estímulo para perseverar y progresar en una marcha ascendente.

Humilde y amorosamente animamos a cada uno a proponerse  escalar posiciones en este sentido en su andar cotidiano.

Interrumpimos en este punto para continuar en el capítulo siguiente.

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Capítulo 8.- El libro de Eclesiastés (g)

“Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días…que te son dados debajo del sol…”

Pablo escribe en Efesios 5: 28b:- “El que ama a su mujer, se ama a si mismo.”

Esto es algo que nos tememos que muchos no lo comprenden. La unión matrimonial hace que marido y esposa sean uno. Por lo tanto, todo el bien que el hombre le haga a su mujer, se lo hace a sí mismo, y recíprocamente, todo el bien que una mujer le haga a su marido, se lo hace a sí misma.

Por el contrario, todo el daño que se haga a la otra parte, ya sea por aspereza, falta de amor o lo que sea, redunda inevitablemente en hacérselo a uno mismo o a una misma.

Nuestro Dios es un Dios de amor, y entre otras virtudes, el amor tiene la de hacernos felices, pues quien ama de verdad es una persona feliz. Por el contrario, quien alberga en su corazón rencor, odio o amargura, necesariamente ha de ser una persona desdichada.

¿Qué hemos de decir en cuanto a todo esto?

¡Que la gracia del Señor nos haga cada día mejores maridos y mejores esposas!

 

“En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza.” (9: 8)

Éste es un versículo clave, cuya interpretación, aplicada a nuestro andar diario en la dispensación de la gracia en que nos encontramos, nos abre un amplio abanico de verdades, todas ellas de carácter absolutamente fundamental.

Por empezar, desde luego que no se trata de vestir un delantal blanco impecablemente almidonado, sino de nuestra conducta diaria en el camino de la santidad.

En términos prácticos, nada de mentiras ni trampas, ni de chistes verdes, ni de reírnos festejándolos cuando otros los cuentan; irreprochables en el manejo del dinero, cuidándonos de que nuestros ojos no miren donde no debe, y como no debe, un verdadero hijo de Dios, lo que incluye películas obscenas o de crimen y violencia, ya sea en videos o en la televisión.

El versículo en que estamos es muy breve, pero en el mismo se menciona una segunda cosa de vital importancia: el ungüento, lo que nos lleva a la hermosa verdad de la unción.

La inferencia es muy clara: si vivimos y andamos a diario de blanco ante Dios y los hombres, disfrutaremos de la preciosa unción; en caso contrario, descartémosla por completo.

Esto no es un mero detalle por cierto. Existe una unción que no es santa – una falsificación de la auténtica.

“…pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados del bien y del mal.” (Hebreos 5: 14)

Desde luego que nadie es infalible, pero a lo dicho anteriormente sobre las cualidades de la madurez, debemos agregar que a la misma no se le pasa gato por liebre.

Nos explicamos con ejemplos ilustrativos. Hace unos buenos años en una iglesia determinada – preferimos no especificar lugar ni nombres – un pastor se encontraba muy perplejo, dado que un joven predicador de la iglesia había estado trayendo mensajes que traían cosas de alto vuelo, por así decir, y que parecían deleitar a la congregación. A poco, lamentablemente, se descubrió que estaba en adulterio con una hermana menor de su mujer.

Tuvimos que explicarle que era una unción falsa, totalmente ajena a la verdadera, propia de quien vive limpiamente y cerca del Señor cada día.

Ya que estamos en este tema, tenemos que referirnos también a  predicciones proféticas de avivamiento o gran bendición que venimos oyendo desde hace muchos años.

En nuestra dilatada trayectoria sirviendo al Señor, mayormente en España, la primera predicción de avivamiento de que oímos era que vendría desde Menorca, de Este a Oeste; más tarde hubo una que decía que en el Levante se irían encendiendo pequeños fuegos de avivamiento, que gradualmente se extenderían por toda la Península Ibérica. Con posterioridad otra – ahora el avivamiento comenzaría en Andalucía, y todavía otra que comenzaría en Cataluña, con detalles como el renacimiento de las bellas artes en la región, y el envío de misioneros a muchas otras partes del mundo.

Hasta el día de hoy ninguna se ha cumplido.

Pero hay mucho más. Ahora pasamos a hablar de predicciones de grandísimas bendiciones para individuos, matrimonios o iglesias determinadas.

Hemos conocido casos de ministerios del exterior que al ser invitados a España, han querido corresponder, por así decirlo, prediciendo cosas de alta envergadura en el futuro de el o los que los invitaron, pero que en realidad no se cristalizan.

Añadimos que a veces pensamos que el maligno se divierte en todo esto, viendo la forma en que creyentes incautos que se creen las  pseudo-profecías, desperdician preciosos días de su vida en que podrían estar sirviendo al Señor útilmente, y en vez, están esperando el gran día que nunca llega.

Resumiendo sobre esto, vale más una onza de oro puro que una tonelada de madera, heno y hojarasca.

 

En el terreno práctico del libro de Los Hechos, no vemos que nadie predijese de antemano el fuerte mover del Espíritu Santo que  aconteció en Éfeso y la región de Asia, ni otros, como el surgir de la primera iglesia gentil en Antioquía de Siria, etc.

En cambio, las dos únicas profecías predictivas se relacionaban con pruebas y dificultades. La primera aparece en Los Hechos 11:27-30, en que el profeta Agabo predijo que habría una gran hambre en la tierra habitada, por lo cual los discípulos enviaron una ofrenda según lo que cada uno podía, llevada a los hermanos de Judea por intermedio de Bernabé y Saulo.

La segunda se consigna en Los Hechos 21: 10-11 y fue dada por el mismo Agabo, advirtiendo que Pablo sería apresado por los judíos en Jerusalén y entregado en manos de los gentiles.

Es decir que las predicciones eran de peligros y persecuciones, no de grandes bendiciones que iban acontecer.

 

Corresponde ahora que pasemos a hablar de la unción santa. Empezamos tomando Éxodo 30: 22-33 donde se la define dentro del marco del sacerdocio levítico. Lo hacemos recordando al lector el principio de que a menudo lo externo y visible del Antiguo Testamento, es figura o símbolo de lo interno, eterno e invisible del Nuevo.

Por una parte, tenemos la cantidad exacta de cada ingrediente, lo cual interpretamos como un ceñirnos debidamente a la verdad bíblica, sin desviarnos a diestra ni a siniestra.

Por otra parte, al hablar del arte del perfumador nos hace pensar en la originalidad, fragancia, frescura y demás virtudes de la verdadera unción santa.

También se advierte que sobre carne de hombre o sobre extraño no debía derramarse. (30: 32-33) Esto habla claramente de por sí.

Debe llevar, como ya se ha enfatizado anteriormente, el respaldo de una vida limpia y de quien vive cerca del Señor cada día.

También debemos puntualizar que muchas veces, quien es así usado por el Señor, no es consciente de la bendición que está impartiendo. Quien esto escribe en no pocos casos, recién después de varios o aun muchos años, ha llegado a enterarse de repercusiones benéficas de lo que ha ministrado.

Tal vez debemos acotar el contraste con informes que en algunas ocasiones se dan de campañas en países del África, por ejemplo, donde a veces, a poco de terminar una gira evangelística, se informa que en la misma se convirtieron decenas o centenas de miles.

No desestimamos el esfuerzo y sacrificio de muchos que con denuedo sirven al Señor responsable y noblemente en esas tierras.

Por otro lado, después de un período de un año, digamos, si se volviera al lugar de esas campañas, uno se pregunta cuántos, de los miles que hicieron profesión de fe, se encontraría que perseveran y dan muestras de ser verdaderos convertidos y renacidos.

Debemos saber distinguir entre lo real y auténtico y lo aparente.

 

Concluimos el capítulo y el estudio del libro citando el versículo 9: 8, como una exhortación a que aspiremos a que sus dos verdades claves se cristalicen plenamente en nuestras vidas.

“En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza.

 

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Capítulo 9 –La 2ª. Epístola de Pedro.(a)

 

Algunos se preguntarán por qué no tratamos la 1ª. Epístola de Pedro antes de la segunda. La verdad es que, aunque ambas tienen un riquísimo contenido, la inspiración por ahora se nos inclina por la  segunda.

Hace unos buenos años nos disgustó en extremo leer en una Biblia comentada, en la introducción a esta epístola, las palabras el autor de este epístola es incierto.

Decir que la autoría de la epístola es incierta, equivale a sugerir que probablemente fue escrita por un impostor, lo cual nos resulta totalmente inadmisible.

Somos de los antiguos, de los fieles que creen que la Biblia que Dios nos ha dado es Su verdadera palabra, y afortunadamente nos sabemos acompañados de los muchísimos verdaderos fieles que también lo creen de todo corazón.

También recordamos el sacrificio de nobles siervos del pasado que arriesgaron sus vidas, y algunos hasta sufrieron el martirio luchando para que pudiésemos tener la preciosa palabra divina en nuestra propia lengua. Sepamos valorarla y atesorarla debidamente.

 

Tras la salutación dirigida a los que habían alcanzado por la justicia divina una fe igualmente preciosa que la suya,  y desearles que la gracia y paz les fuesen multiplicadas en el conocimiento de Dios y del Señor Jesús, se despacha con los versículos 3 y 4, saturados de maravillosas verdades. Los citamos antes de pasar a comentarlos.

“Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia.”

Al hablar de la vida y la piedad, se está refiriendo a nuestro andar cotidiano dentro del marco del temor y amor del Señor, que nos impulsa a buscar el bien en todos los aspectos de la vida, a fin de agradarle en todo.

Para ese fin nos han sido dadas todas las cosas necesarias, para ponerlas no sólo a nuestro alcance, sino también a nuestra entera disposición – es decir que por Su divino poder recibimos una provisión completa y absoluta.

Y de esa provisión se disfruta mediante el conocimiento de Aquél que nos ha llamado por Su gloria y excelencia.

Estos dos atributos – la gloria y excelencia divina – van mucho más allá de lo que pudiera denotar una reflexión breve o superficial.

En la conclusión del Padre Nuestro Jesús dijo: “…porque tuyo es el reino, el poder y la gloria.”

Por su parte, Pablo en Efesios 1: 17 escribe: “el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de Gloria…Es decir, que lo describe como el progenitor de la gloria, en cuya persona enteramente gloriosa tiene su origen toda la gloria más excelsa.

Debemos acotar que, estrictamente hablando, hay glorias relativas. En 1ª. Corintios 15: 40-41 se nos dice que hay la gloria de los cuerpos celestiales, como así también la del sol, de la luna y de las estrellas, y que una estrella es diferente de otra en gloria.

Pero todas éstas, como decimos, son glorias relativas, recibidas del Supremo Creador, y brotadas de Su gloria majestuosa y sublime.

En cuanto a Su excelencia ¿qué más podemos agregar que no sea referirnos a Sus atributos de Omnisciencia, Omnipresencia y Omnipotencia?

Tal vez que Su grandeza es inescrutable, como se nos dice en el Salmo 145: 3, y también remitir al lector al pasaje de Isaías 40 que se extiende del versículo 12 al 18, donde de forma casi diríamos aplastante se describe al incomparable Dios y a Su Espíritu. Citamos parte del mismo: “He aquí que las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas; he aquí que hace desaparecer las islas como polvo”  rematando así: ¡“Como nada son todas las naciones delante de él, y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es.”!

 

En el versículo siguiente se nos habla de las preciosas y grandísimas promesas que nos dado, por medio de ésa, Su gloria y excelencia, con el fin de que podamos llegar a ser participantes de la naturaleza divina.

Esto nos lleva a algo maravilloso, que no es de mi propia cosecha, sino que ha sido dicho antes por más de un siervo del Señor, pero que me complazco en consignar:-

 

EN CRISTO HEMOS GANADO MÁS DE LO  QUE PERDIMOS EN ADÁN.

 

Efectivamente, por la redención en Cristo Jesús hemos recuperado la comunión con el Dios Vivo y Verdadero, el poder entrar libremente en el Lugar Santísimo por la preciosa sangre vertida en el Calvario, ser hechos justicia de Dios en Él, a cambio de la desnudez del pecado que nos legó Adán, y mucho más.

Pero también hemos ganado algo que Adán no tenía. Él fue creado como un ser limpio, dotado de sabiduría, buena salud y mucho más, pero no con la naturaleza divina.  

Esto es una gloria exclusiva del Nuevo Pacto: – la maravilla de que por un engendro del Espíritu Santo seamos depositarios de la naturaleza – la forma de ser – o bien, la disposición y el carácter de la mismísima Deidad.

Por cierto que es una verdad dichosa que nos debe llenar de regocijo. Al mismo tiempo, debemos tener muy presente que conlleva una gran responsabilidad: la de vivir y andar en el Espíritu, cuidando que esa bendita naturaleza sea lo que rige nuestra vida.

 

Todo este bien que antecede Pedro lo convierte en un trampolín para lanzar una rica y sabia exhortación. La citamos antes de pasar a comentarla.

“…vosotros también poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; al afecto fraternal, amor.”

“Porque si estas cosas están vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.” (1: 5-8)

 Llama la atención la forma en que la gracia del Señor pudo inculcar a este pescador, hombre del vulgo y sin letras, la gran sabiduría y madurez que denota esta exhortación, como así también todo el resto de la epístola – al igual que la primera – desde luego.

 

    También debemos tener en cuenta que a esta altura se acercaba al final de su carrera, y los años de servicio al Señor, con toda la rica gama de experiencias vividas, seguramente habían tenido un papel importante en esa asimilación tanto de sabiduría como de madurez.

En efecto, los años, siempre que estén bien aprovechados, enseñan a dejar atrás lo propio de un bisoño o inmaduro, el cual,  al exhortar, podría muy probablemente hacerlo en términos bastante distintos. Más bien se inclinaría por la superficialidad de cosas tales como el poder, resultados prácticos y numéricos, y otras de índole semejante.

Las cualidades de la exhortación de Pedro tienen que ver con el carácter de cada uno, y eso es lo que ha de perdurar – es decir, el ser por encima de hacer.

 Un creyente puede desarrollar muchas labores y hacer muchas obras buenas, pero si en su carácter adolece de la falta de cualidades virtuosas, seguramente que no recibirá la mirada aprobatoria del Señor.

 

Antes de pasar a lo que Pedro exhorta a que se añada a la fe – siete cosas en total – antepone las palabras poniendo toda diligencia por esto mismo.

En efecto, el ser depositarios de todo el bien del versículo 5, supone un privilegio tan grande, que nos coloca a todos en una obligatoriedad moral ineludible.

De ninguna forma debemos responder a tan grande bien con algo que sea menos que toda diligencia. Buscando otros vocablos más o menos sinónimos diríamos con esmero, a la par que con ahínco y devoción, agregando por supuesto que todo ello en consideración de Quién y para Quién lo hacemos.

Viéndolo desde el punto de vista del contraste, tanto la tibieza como la mediocridad se da por sentado que deben quedar totalmente descartadas.

 

Pasando ahora a considerar cada una de las cualidades que se nos exhorta a añadir a nuestra fe, encontramos que la primera es virtud. Debemos pensar primeramente en una inclinación o tendencia a hacer el bien, a veces, aun cuando vaya en contra de nuestro beneficio o comodidad.

Pero la palabra virtuoso, derivada de virtud, nos da otra acepción importante. Se dice que alguien es un virtuoso del violín, por ejemplo, para señalar que lo toca con excelencia.

 Así, cuánto hagamos – siempre recordando  para Quién lo hacemos – que sea con excelencia, con nuestro mejor esfuerzo. En ello tendremos la feliz conjunción del carácter con el obrar, o bien, el ser con el hacer.

 

La siguiente cualidad en la lista de siete es conocimiento. No debemos entenderlo, desde luego, como conocimiento adquirido por el estudio académico, ya sea en cultura general, o en una rama determinada, como podría ser medicina, filosofía, psicología, ciencias naturales, etc.

Por supuesto que no desechamos el valor del estudio en general, como parte indispensable en la preparación de cada uno con miras a seguir una carrera determinada, o sencillamente a ganarse la vida.

No obstante, el conocimiento a que Pedro se refiere, se relaciona con el andar delante de Dios y de nuestros semejantes de una manera sabia y prudente, y desde luego, que condiga con el buen ejemplo que siempre debe dar un hijo de Dios.

 

La siguiente cualidad es el dominio propio. Tiene aplicación con el comer y beber, pero también se hace extensiva a cualquier afición que se tenga, a un deporte determinado por ejemplo, y que en ningún caso debe ser obsesiva.

Sabemos que algunos personas, debido a su metabolismo padecen de obesidad, pero en líneas generales no cuadra que un creyente, y menos un siervo del Señor, sea un panzón ni dado a la bebida. Esto último, digámoslo de paso, lo descalificaría para ocupar un cargo en un presbiterio o diaconado, según lo señalado en las epístolas a Timoteo y Tito.

 

A continuación Pedro añade paciencia. En Lucas 21: 19 el Señor dijo muy significativamente “Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas.”

Recordamos un caso algo risueño que pensamos que se presta para ilustrar la importancia de esta cualidad, en la cual no es fácil alcanzar un alto grado de perfección.

Un hermano mío en la carne y en el Señor, hace unos años, cuando ya contaba con sesenta años de edad y cincuenta de creyente, padecía de un dolor molesto en una de sus rodillas.

 Un hermano más joven le preguntó por qué pensaba que el Señor permitía eso en su vida. Le respondió que tal vez sería para que aprendiese la paciencia.

A esto el joven le replicó: “Cincuenta años de creyente y ¿todavía no aprendió la paciencia?

La conclusión evidente es que aprender la paciencia ¡lleva mucha paciencia!

 

En cuanto a la piedad, que es la siguiente en el listado de Pedro, nuestro diccionario usual de la lengua española la define diciendo que es la virtud que por amor a Dios inclina a los actos de compasión y amor al prójimo.

Por su parte la versión inglesa del Rey Santiago consigna godliness, que más o menos podríamos decir que significa ser semejantes o parecidos a Dios.

Por último, en 1ª. Timoteo 3: 16 Pablo escribe:- “E Indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, Justificado en el Espíritu, Visto de los ángeles, Predicado a los gentiles, Creído en el mundo, Recibido arriba en gloria.”

Esto nos traza a grandes rasgos la trayectoria maravillosa e irreprochable de nuestro amado Señor Jesús, desde la encarnación hasta la ascensión.

Redondeamos diciendo que ahí tenemos la piedad claramente definida y ejemplificada.

 

La penúltima cualidad a añadirse es afecto fraternal, que en otras versiones se traduce bondad fraternal.

El concepto que surge con claridad es el de una disposición de bondad, servicio y ayuda mutua, que se destaca muy por encima de la amistad y camaradería o compañerismo que se encuentra en personas no  convertidas, por bondadosas o bien intencionadas que sean.

 

Y la última es lo que podríamos llamar con toda  propiedad la perla y la corona del amor. En 1ª. Corintios 13: 4-7 se consignan nada menos que quince facetas del verdadero amor.

A veces hemos señalado que a cada una de ellas se podría anteponer con toda razón el nombre de Jesucristo, diciendo así: Jesucristo es sufrido, Jesucristo es benigno y así sucesivamente abarcando no tiene envidia, no es jactancioso, no se envanece, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor, no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad, todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Se podría agregar que, como un ejercicio de auto examen, sería provechoso que cada uno antepusiese su nombre a cada una de estas quince cualidades, en una lista vertical. A la derecha, según el nivel alcanzado, se debería colocar una primera tilde que denote que es relativamente cierto, una segunda si se considera que es bastante cierto, y una tercera significando que es totalmente cierto.

Podríamos así determinar el verdadero grado de desarrollo de nuestro carácter, ¡confiando en que ninguno resultase reprobado!

 

Concluida su lista de siete, Pedro añade el altísimo beneficio que resulta cuando estas cualidades están y abundan en cada uno, a saber, el de no estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.

Nos llama la atención la forma en que hace resaltar como la meta más alta el conocimiento de nuestro amado Señor Jesús, algo que – adelantándonos bastante – corrobora fuertemente al final de la epístola, al cerrarla con las palabras “Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.” (3: 18)

 

A lo que antecede agrega una solemne advertencia a quienes pudieran hacer caso omiso de todo eso, diciendo:- “Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta, es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados.” (1: 9)

Se trata de una advertencia muy seria, la cual, en no pocas situaciones sería muy en sazón que se repitiese,  con oración y unción de lo alto, se sobrentiende.

 

El pasaje sigue con un versículo de exhortación, y otro que sirve de firme aliciente para quienes la asuman plenamente.

“Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección, porque haciendo estas cosas no  caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.” (1: 9-10)

 

Es verdad que tenemos la dicha de haber sido objeto de la bendita vocación y elección divina. No obstante, la misma se confirma, corrobora y afianza con una conducta consecuente, dándose cada uno de lleno a responder como corresponde a esa obligatoriedad moral a que ya nos hemos referido.

Dar por sentado que esa vocación y elección ya son suficientes, y no poner toda la diligencia debida, sería entrar en un terreno muy falso y peligroso.

El aliciente es doble y muy precioso y reconfortante.

Por un lado se nos da la seguridad de que poniendo nuestra parte como es debido, es decir ocupándonos del todo y con devoción y esmero, no caeremos jamás.

Por el otro, nos asegurará una amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Será la dicha inmensa de recibir una cálida bienvenida celestial cuando hayamos concluido nuestra peregrinación – oír las benditas palabras de Mateo 25: 21:- “Bien, buen siervo y fiel, sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.”    

Además, resulta de mucho aliento saber que la misma bienvenida se repite en el versículo 23 del mismo capítulo, y para uno más pequeño, por así decirlo.

Esto nos hace entender claramente que aunque no seamos de los grandes ni muchos menos, igualmente nos aguardará esa maravillosa bienvenida al finalizar nuestra carrera.  

 

Como a partir de este punto – el fin del versículo 10 – Pedro pasa a algo distinto, y como además el capítulo ya se ha hecho bastante extenso, interrumpimos para continuar en el siguiente.

 

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Capítulo 10 – La 2ª. Epístola de Pedro. (b)

 

“Por esto, yo no dejaré de recordaros siempre estas cosas, aunque las sepáis y estéis confirmados en la verdad presente.”

Pues tengo por justo, en tanto que estoy en este cuerpo, el despertaros con amonestación; sabiendo que en breve debo abandonar el cuerpo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado.”

“También yo procuraré con diligencia que después de mi partida vosotros podáis en todo momento tener memoria de estas cosas.”

 

A esta altura Pedro se encontraba cerca del fin de su trayectoria terrenal. En Lucas 22: 32b el Señor le dio el mandato de que una vez vuelto y recuperado de su triple negación “confirmase a sus hermanos.”

Como acotación muy importante debemos señalar que, aunque en términos distintos, el Señor le hizo el mismo mandato en una ocasión posterior, según se consigna en Juan 21:15b – “Apacienta a mis corderos;” 21:16b – “Pastorea mis ovejas” y 21:17b – “Apacienta mis ovejas.”

Seguramente que de esa insistencia del Señor en la misma consigna, él aprendió a ser también muy insistente.

 Aparte del pasaje en que estamos, tenemos fiel constancia de que Pedro asumió plenamente el mandato recibido del Señor en Los Hechos 9: 32 – “Aconteció que Pedro, visitando a todos…” En otra versión se traduce “visitando todos los lugares.”

En ambos casos la palabra todos habla de por sí – no quedaba nadie ni ningún lugar olvidado ni desatendido. Seguramente que sus visitas no serían breves y de mera cortesía, sino con el expreso fin de confirmarlos, dándoles consejos, exhortaciones, advertencias, palabras de ánimo y consuelo, pero también de reprensión cuando correspondía.

Ahora, unos buenos años más tarde, acercándose al fin de su peregrinación, como ya hemos dicho, lo vemos entregado con el mismo tesón y ahínco al mandato recibido del Señor.

“Por esto” – todo lo que hemos comentado en el capítulo anterior – “yo no dejaré de recordaros siempre estas cosas, aunque vosotros las sepáis y estéis confirmados en la verdad presente.”

Lo anterior – que les fuera otorgada “amplia y generosa entrada en el reino de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” – se convierte en el trampolín del cual se lanza para comenzar su solemne recordatorio. En el mismo resalta la palabra siempre, que agregada a todos ya señalizada antes, nos da una idea de lo exhaustiva de su labor confirmatoria.

Estaba dirigida a quienes ya lo sabían y estaban confirmados en la verdad presente. En otras palabras, no eran niños espirituales, sino personas adultas y maduras en la fe.

No obstante, eso no era óbice para que  insistiese con el afán y la preocupación de siempre, sabiendo sobre todo de Quién había recibido el solemne mandato, y que en el más allá debía comparecer ante el Tribunal de Cristo para rendir cuentas.

Por tanto, cuanto supusiese menos que una labor a fondo, con todo su esfuerzo y devoción y hasta el final de su carrera, quedaba rotunda y totalmente descartado.

De paso digamos que “confirmados en la verdad presente” debe interpretarse a la luz del hecho que escribía a la circuncisión – el pueblo de Israel – pues ésa era su parcela ministerial.

Debían seguir teniendo bien presente que toda la enseñanza mosaica y del Antiguo Testamento en general, había servido el fin de llevarlos a lo muy superior del Nuevo,  en total cumplimiento de aquello a lo cual apuntaba y preanunciaba el Antiguo.

Agrega a lo ya dicho que tenía “por justo, entretanto que estaba en el cuerpo el despertaros con amonestación.” Bien consciente que los creyentes muy bien podrían ser propensos a caer en un letargo espiritual – despertarlos y esto con amonestación.

Es decir, amonestarlos de tal manera que su palabra fuese un medio eficaz para mantenerlos bien despiertos. Y esto lo seguiría haciendo mientras estaba en el cuerpo – mientras conservaba el hálito de vida y su corazón seguía latiendo.

Todo eso lo estaba haciendo en consideración a que muy pronto debía marchar al más allá, tal cual su amado Señor se lo había declarado.

Nos agrada la forma en que describe su muerte. Desde luego que no hay el menor atisbo de temor – todo lo contrario:- “…en breve debo abandonar el cuerpo.”  Es como si dijese “esta vestimenta de carne, hueso y sangre que he llevado todo este tiempo la dejo atrás, para trasladarme  a la mansión eterna y ponerme la vestidura espiritual que me aguarda.”

Pero su comprensión del cumplimiento pleno del mandato que había recibido no termina en eso. Lejos de ello, iba a procurar con diligencia que después de su partida esos santos amados recordasen en todo momento esas cosas sagradas en que él había insistido vez tras vez.

Con ese fin, creemos que por una parte debemos considerar sus dos epístolas, que están saturadas de verdades prácticas y fundamentales, y al mismo tiempo, muy ricas y preciosas. Las mismas constituyen desde luego, un legado maravilloso para los santos de todos los tiempos.

Pero, seguramente que agregaba a ello sus fervorosas oraciones de que en todo momento tuviesen memoria de esas cosas tan gloriosas, y de importancia capital y cardinal.

Bien podemos imaginar después de su deceso, la forma en que los fieles se acordarían, diciéndose unos a otros – “así como nos decía nuestro amado apóstol” o bien “os acordáis que tantas veces nos advirtió de tal o cual peligro” o “nunca me olvidaré de esa ocasión en que nos habló largo y tendido, sin que se le quedase nada en el tintero” y otras expresiones recordatorias de esa índole.

Sin lugar a dudas, en esto Pedro nos ha dejado un ejemplo admirable de la forma en que debemos asumir todo mandato recibido del Maestro de los maestros.

A continuación, para acordar a todo lo anterior el máximo de solidez y fiabilidad, pasa a decir lo siguiente en los versículos 16 al 18:-

 “Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad.”

“Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi hijo amado, en el cual tengo  complacencia.”

“Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el santo monte.”

Sabedor de que en el mundo hay tanto engaño, y a veces se pretende hacer creer que han acontecido cosas que en verdad no han sucedido, empieza por  asegurarles que en anunciarles el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo no han hecho absolutamente nada de eso, que él resume llamándolo fábulas artificiosas, y que en el argot popular calificaríamos de “cuentos chinos”, con disculpas a los ciudadanos de esa nacionalidad.

Muy por el contrario, pasa a aseverar que era algo que habían visto con sus propios ojos, y además, al usar el plural lo hace porque no estaba solo, sino acompañado por otros dos discípulos: Juan y Jacobo, satisfaciendo así plenamente el requerimiento de las Sagradas Escrituras de que todo asunto ha de dirimirse por boca de dos o tres testigos.

Este requerimiento – digámoslo de paso – se consigna en el Pentateuco (ver Deuteronomio 17:6 y 19:15 entre otros) en el evangelio, por boca misma del Señor Jesús (Mateo 18:16)  y en las epístolas (2ª. Corintios 13: 1 y 1ª. Timoteo 5: 19)

Se estaba refiriendo, claro está, a la ocasión de la transfiguración, narrada en los tres evangelios sinópticos.

En la misma, como sabemos, junto al Señor Jesús  aparecieron rodeados de gloria, dos grandes varones del Antiguo Testamento – Moisés y Elías.

Mas apartándose ellos de Él, Pedro, tras manifestar lo bueno que era para ellos que estuviesen allí, propuso que hicieran tres enramadas, una para Él, una para Moisés y otra para Elías.

En cuanto a esta propuesta, Marcos 9: 6ª consigna: “Porque no sabía lo que hablaba” y Lucas, por su parte “no sabiendo lo que decía.”  (Lucas 9:33b)

Por cierto que se trataba de un gran desatino – el de poner al Eterno Hijo de Dios en un mismo nivel que los otros dos, varones dignísimos de verdad, pero humanos y falibles.

Con todo, la nube de luz, con la presencia del invisible Padre de gloria los cubrió, y una voz desde la misma puso las cosas en su debido lugar diciendo: “Éste es mi Hijo Amado, a él oíd” (Marcos 9:7b y Lucas 9: 35)

Hemos hecho este breve comentario sobre la transfiguración, con el fin de poner de relieve que Pedro, ahora mucho más maduro que en aquella ocasión, había comprendido muy bien las cosas y dejado atrás ese desatino.

La forma en que habla de haber visto con sus propios ojos Su majestad, de cómo recibió de Dios Padre honra y gloria, al serle enviada una voz de la magnífica gloria que decía “Éste es mi Hijo Amado en el cual tengo complacencia”  nos habla elocuentemente en tal sentido.  Pero además la falta de toda mención de Moisés y Elías, lo corrobora totalmente.

Termina ésta, su versión de la transfiguración – corregida y ampliada, agregaríamos – con las significativas palabras finales: “Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el santo monte.”  (2ª. Pedro 1: 18)

Así, ha fijado una base absolutamente sólida y fiable sobre la cual descansaba y se apoyaba toda la enseñanza – el darles a conocer – el poder y la venida del Señor Jesucristo. Era ciertísima, indubitable e incuestionable.

A renglón seguido, en los versículos 18 a 21 de este primer capitulo en que estamos, Pedro nos da una nueva muestra de la sabiduría que la gracia del Señor y los años le habían acordado.

Les manifiesta que, además de todo lo precedente, tenían también la palabra profética más segura.

 Nos anticipamos en algo, señalando que toda experiencia auténtica, siempre, no sólo se apoya en las Sagradas Escrituras, sino que pone a las mismas por encima de ella – la experiencia en sí – tal cual lo hace Pedro aquí.

Por el contrario, quienes experimentan las dudosas o espurias, tienden a prescindir de las Escrituras, o a veces a poner a sus experiencias por encima de ellas.

Continuando, Pedro les exhorta a estar atentos a esa palabra profética más segura “…como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro.” Debemos tener en cuenta que en ese entonces sólo tenían las Escrituras del Antiguo Testamento y unas pocas del Nuevo – por lo que sabemos, la 1ª. Epístola suya y algunas de Pablo.

Su afirmación de que ninguna profecía es de interpretación privada, ha de comprenderse en el sentido de que nadie puede ni debe hacerlo de forma antojadiza ni arbitraria. Entendemos que la interpretación que debe aceptarse es una que en primer lugar concuerda con el resto de las Escrituras, y que es la dada o expresada por siervos dignos y renombrados y por las corrientes sanas del cristianismo.

Decimos esto último, porque no cabe duda que hay algunas que no lo son, como las de la prosperidad, la súper fe, y el judaísmo del siglo veinte o veintiuno. Añadimos de paso que quienes sustentan cualquiera de las mismas, aunque quizá no a sabiendas, se colocan bajo la clara maldición de Gálatas 1: 9 – “Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido,  sea anatema.”

Termina Pedro en el último versículo afirmando que la profecía nunca fue traída por voluntad humana sino que los santos hombres de Dios (¡no impostores, por cierto!) hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo. Creemos que eso se explica de por sí y no hace falta comentarlo.

Pero no se nos debe quedar en el tintero un comentario sobre las palabras finales del versículo 19:- “…hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones.”

La interpretación de que esto se refiere a llegar a la conversión, o el nacer de nuevo, estimamos que no es correcta, dado que ya en el primer versículo del capítulo se dirige a los que habían “alcanzado una fe igualmente preciosa que la nuestra.”

Más bien uno se inclina a verlo relacionándolo con Lucas 11: 36 – “Así que, si tu cuerpo está lleno de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas, será todo luminoso.”

En la conversión sin duda dejamos atrás las tinieblas del mundo para entrar en el reino de Su luz admirable, según el mismo Pedro escribe en su 1ª. Epístola 2: 9b.

Hemos subrayado SU luz, porque la de él es absoluta y no hay en él ninguna tinieblas. (1ª. Juan 1: 5b)

La nuestra es relativa, y creemos que ninguno se atreverá a afirmar que, desde su conversión o renacimiento, no ha dicho o hecho nada que en modo alguno sea propio de las tinieblas. Eso sería llegar a una perfección final de no pecar nunca.

Con todo, a medida que uno se va desarrollando espiritualmente hay un avance paulatino hacia una mayor madurez, hasta llegar a un punto – no de perfección final y absoluta – pero sí un dejar atrás las tinieblas, e idealmente, alcanzar la meta de Lucas 10: 36, de estar lleno de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas.

Es posible que a algunos esta interpretación no les resulte del todo convincente. La presentamos con humildad, reconociendo que es un pasaje no fácil de ubicar en su debido significado con exactitud y certeza.

Así, hemos llegado al fin de este primer capitulo de 2ª.  Pedro.

¡Qué capítulo!

 

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          Capítulo 11 – La  2a. epístola de Pedro (b)

  A partir del capítulo 2 la tónica de esta 2a. epistola de Pedro cambia sustancialmente. Ahora pasa a comentar sobre falsos profetas y maestros del pasado, advirtiendo que inevitablemente los habría entre ellos, introduciéndose encubiertamente con heregías destructoras, y aun habrían de negar al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí destrucción repentina.

Acotamos aquí que tal vez los críticos de las Escrituras que afirman que el autor de esta epístola es incierto, usen como argumento entre otros, el hecho que hemos consignado del cambio sustancial en la tónica del libro.

De todos modos, no nos parece un argumento sólido ni valedero; en tantas otras partes de la Biblia hay cambios de tema de un pasaje a otro, y aun como predicadores y maestros de la palabra muchas veces pasamos a otra cosa distinta, cambiando no sólo el tema en sí, sino también el tono en que hablamos. 

Pedro toma ejemplos del Antiguo Testamento, pero el primero de ellos es anterior: el de los ángeles que pecaron a los cuales el Señor arrojó al infierno,entregándolos a prisiones de oscuridad, para ser reservados al juicio. Después pasa al diluvio, señalando que sólo Noé y otras siete personas fueron guardadas; a Sodoma y Gomorra, reducidas a cenizas y poniéndolas así como ejemplo a todos los que habían de vivir impíamente, y preservando a Lot, sus dos hijas y su mujer, aun cuando ésta, al mirar con expectatdiva hacia atrás quedó convertida en una estatua de sal, si bien esto último no lo consigna Pedro. Resume asegurando que el Señor sabe librar a los piadosos que le temen, a la par que reservar a los injustos para ser castigados,

Los versículos 10 y 11 merecen un comentario especial. «Y mayormente a aquellos que, siguiendo a la carne, andan en concupiscencia e inmundicia, y desprecian el señorío. Atrevidos y contumaces, no  temen decir mal de las potestades superiores, mientras que los ángeles,  que son mayores en fuerza y en potencia, no pronuncian juicio de maldición contra ellas delante del Señor.»

 Se nos habla de personas totalmente corrompidas que andan en concupiscencia e inmundicia y desprecian el señorío.  Esta última parte del versículo junto con el contraste en el siguiente de los ángeles en «mayores en fuerza y potencia no pronuncian juicio de maldición contra ellas delante del Señor.» 

Esta última parte del versículo, queda ampliamente corroborada por Judas 8b y 9«…blasfeman de las potestades superiores. Pero cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo disputando con él sobre el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir contra él juicio de maldición, sino que dijo: El Señor te reprenda.»

Entendemos por esto que el Señor no nos ha facultado para reprender arbitrariamente o a nuestro antojo a Satanás y demás potestades superiores, sino a resistirlos firmemente en el  Nombre Todopoderoso de Jesús cuando nos sentimos nosotros mismos, o  incluso algún ser querido, atacados por ellos. En este caso, y siempre que nuestra vida esté en plena obediencia, tenemos la fiel promesa de Santiago 4: 7 :- «…resistid al diablo y huirá de vosotros.»

Consignamos esto porque en alguna reunión de jóvenes inmaduros e incautos  decir «mos oído tales cosas como «Echamos al diablo de España» o bien algún siervo decir Óyeme bien Satanás» para luego «reprenderlo» o «atarlo.»

  Creemos que es por la misericordia del Señor  que  no sean avasallados y dañados  como lo fueron  los hijos de Esceva, según se nos narra en Los Hechos 19: 13-16, sobre todo por no tratarse de personas malvadas como aquéllas a las cuales se refieren 2a. Pedro 2: 10-11 y Juds 8b y 9.

  No obstante, creemos que harían bien en considerar  seriamente estos dos pasajes, y ceñirse debidamente a los parámetros bíblicos sobre este terreno escabroso  de actuar contras las fuerzas diabólicas.

En el capítulo 3 de esta epístola, nos encontramos con predicciones importantes en cuanto a los postreros tiempos y también advertencias y exhortaciones dignas de tenerse en cuenta. En los versículos 3 y 4 se nos advierte que habrá burladores andando en su concupiscencia y preguntando irónicamente dónde está la promesa del regreso del Señor, ya que todo sigue igual que hace siglos. Agrega en los versículos siguientes que quienes hagan esto lo harán en ignorancia de cómo el Señor trajo el diluvio como juicio sobre la maldad en tiempos de Noé. Después añade que los cielos y la tierra  están guardados para el fuego en el día del juicio y la perdición de los hombres impíos.

  A continuación, tras recordarnos que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día, puntualiza que no es que el Señor retarde Su promesa, sino que es paciente, no queriendo que ninguno perezca sino que todos procedan al arrepentimiento.

   Qué preciosa y maravillosa promesa! Nos debe llenar de esperanza en cuanto a familiares, vecinos, compañeros de trabajo o amigos que todavía no han abrazado la fe del evangelio.

  No es  que el Señor retarde la promesa de Su advenimiento, sino que en Su gran paciencia y misericordia, prolonga el tiempo para seguir dándoles oportunidad de que se arrepientan y vuelvan a Él. Y lo más hermoso es que esta breve palabra todos nos dice tanto:- esta paciencia y misericordia son para todos sin excepción. 

  Se podría pensar que esto es una contradicción de la doctrina de la predestinación, pero en realidad no lo es. El mismo Pedro en la introducción de su primera epístola (1:2) escribe «…elegidos según la presciencia de Dios Padre.» 

  Esa presciencia o conocimiento de Dios sabía muy bien quiénes iban a proceder al arrepentimiento y quiénes no lo iban a hacer aun cuando Su deseo era y es  que todos lo hagan. 

   Alguien lo ha ilustrado diciendo que es como si se tratase de una puerta con la inscripción en la parte exterior «Para que todo aquel que en él cree no se pierda mas tenga vida eterna..»  Cada vez que uno la abra abrazando la fe, al hacerlo, del lado interior de la misma encuentre la inscripción del sapientísimo Dios «escogidos desde antes de la fundación del mundo.»

 Aquí podemos citar Romanos 11: 32 para relacionarlo en cierta manera – aun cuando solamente parcial  – con lo que venimos diciendo. «Porque Dios sujetó a todos en desobediencia para tener misericordia de todos.»

  En los versículos 10 al 13, tras afirmar que el día del Señor vendrá como ladrón en noche, Pedro escribe que los cielos pasarán con grande estruendo y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Es decir que se trata  de una reiteración  de lo consignado y ya comentado de versículo 7 – todo quedará hecho cenizas. – los grandes edificios, catedrales, museos, mausoleos, etc. – una verdad muy solemne que nos debe llamar a vivir santa y piadosamente, tal cual se puntualiza en el versículo 11b.

  Gracias al Señor nuestra esperanza no está en este mundo y tenemos la promesa de cielos nuevos y tierra nueva, en lo cuales ha de morar la justicia.

  Esta verdad (v.13) también la encontramos en Isaías 65: 17 y 66: 22 y además en Apocalipsis 21: 1, y la misma lo motiva a Pedro a exhortarnos a que, estando en espera de cosas tan solemnes y grandiosas, procuremos con diligencia ser hallados por Él sin mancha e irreprensibles, en paz.

  Qué necesidad tenemos de tener muy en cuenta y con toda seriedad estas grandes verdades! Es tan fácil, con el quehacer cotidiano y los muchos afanes, vivir como si esta vida terrenal y transitoria fuese lo único, y perder la mira del más allá celestial que perdura por toda la eternidad.

  Después de recordarles en la primera parte del versículo 15 que la paciencia del Señor es para salvación de aquéllos que todavía no han abrazado la fe, pasa a una referencia al amado hermano Pablo, lo que nos da varias cosas que comentar.

  La primera es que al hacerlo de esa manera entrañable, a pesar de la reprensión pública que le había hecho en Antioquía (ver Gálatas 2: 11-15) no había en él ningún rencor,  – reconociendo seguramente que la misma había sido justificada. Agrega también un reconocimiento de la sabiduría que le había sido dada, escribiendo en casi todas sus epístolas sobre estas cosas – las verdades de la nueva vida y el nuevo régimen que nos ha sido legado por el Señor Jesús.

  Pero a continuación añade que algunas de ellas eran difíciles de entender.  Se ha comentado con cierto humor sano y respetuoso que él mismo – Pedro – también había escrito algunas cosas no fáciles de entender, como I Pedro 3: 18-20 en que afirma que Jesús fue en espíritu a predicar a los espíritus encarcelados que en el tiempo inmediatamente anterior al diluvio habían sido desobedientes. Asimismo I Pedro 4: 5-6 nos dice que el evangelio ha sido predicado a los muertos. Pablo también podría decir que algunas cosas escritas por Pedro son difíciles de entender!

  La parte final del versículo 16 de II Pedro 3 expresa algo muy importante y que no debemos dejar de lado. Después de decir que las cosas difíciles de entender de Pablo eran torcidas por los indoctos e ignorantes para su propia perdición, con las palabras » como también las otras Escrituras»  nos da a entender claramente que la autoría de Pablo entraba dentro de los cánones de  las  Escrituras, al igual que los escritos propios de él – Pedro.

  Después pasa a exhortarlos en términos amorosos a que, sabiendo estas cosas, se guardasen mucho de no ser arrastrados por el error de los impíos y cayesen de su firmeza. Por cierto que se trata de una exhortación muy en sazón para hoy día también, habiendo tanto engaño, corrupción y malicia.

  El fin de la epístola – versículo 18 – es un digno broche de oro. «Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro  Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.»

  Ya nos hemos referido anteriormente a ese crecer en la gracia y el conocimiento del Señor Jesús.  Su amor que sobrepasa todo entendimiento, Su gracia soberana, Sus virtudes como el Maestro de los maestros, Su vida impecable y maravillosa, y mucho, muchisimo más, nos dan un margen vastísimo y sin fin, para poder crecer, desarrollarnos, madurarnos y perfeccionarnos en el conocimiento de Él, el maravilloso Señor y  Salvador.

  Que nos sintamos todos fuertemente estimulados a hacerlo!

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ESTO ES PORQUE, SI BIEN EL HILO CONDUCTOR ES EL MISMO, EN EL NUEVO HAY IMPORTANTES PUNTOS ADICIONALES QUE CONCEPTUAMOS PUEDEN SER DE UTILIDAD Y EDFIFICACIÓN.