Volviendo a las Fuentes Primitivas – CAPÍTULO 4 – CAPÍTULO 5 – La iglesia de Jerusalén (2)
CAPÍTULO 5 – La iglesia de Jerusalén (2)
“Y sobrevino temor a toda persona, y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles.” (2:43)
Cuando la presencia y el poder del Señor se manifiestan de verdad, es algo tan sagrado y asombroso que infunde un saludable temor de Dios a todos los presentes.
En algunas ocasiones, personas endurecidas en su corazón han intentado burlarse o actuar deliberadamente en forma despreciativa, y les ha costado muy caro – a veces incluso les ha acarreado la misma muerte.
Alguien ha puntualizado algo que consideramos muy acertado y pertinente, en cuanto a tantas reuniones en que se crea artificialmente una atmósfera de aparente avivamiento y gran presencia de Dios.
A veces, en las mismas se producen actuaciones, intervenciones o interrupciones de asistentes, que son claramente carnales e inclusive ofensivas y fuera de lugar.
Sin embargo, las cosas siguen su curso como si no hubiera pasado nada, y eso no puede ser sino un claro indicio de que lo que se está experimentando no es la genuina presencia de Dios.
Cuando la sagrada y divina manifestación está presente, por cierto que es muy peligroso y arriesgado burlarse u oponerse deliberadamente, o bien actuar carnalmente. Desde todo punto de vista, corresponde en cambio que haya un comportamiento sobrio y del mayor respeto y reverencia.
Las muchas y grandes maravillas y señales, constituían sin duda un sello que autentificaba el mensaje del evangelio, el cual tenía como elemento vital la crucifixión, la muerte, resurrección y ascensión del Señor Jesús.
Rechazado Él por los sacerdotes, ancianos y escribas, y por la multitud que pidió que se soltase a Barrabás y se lo crucificase a Él, Dios desde lo alto daba ahora una rúbrica contundente e incontrovertible de Su absoluta autenticidad como el Mesías prometido – el Hijo de Dios enviado a salvar al género humano.
Sin descartar, ni mucho menos, la manifestación del poder milagroso de Dios en la vida normal de la iglesia, hemos de decir que también muchas veces es en lugares nuevos – tierra virgen donde no se ha predicado el evangelio antes – que el Señor lo avala con sanidades y milagros que lo acreditan y autentifican ante quienes no lo han oído antes.
“Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno.” (2:44-45)
Esta vida comunitaria de la más estrecha solidaridad y apoyo mutuo, era otra faceta destacada de la iglesia primitiva. Brotaba del amor que había nacido en sus corazones al entrar en una nueva vida en Cristo Jesús, lo cual es muy distinto de algo impuesto por disposiciones, mandamientos o reglamentos en tal sentido.
Vemos en esto a la iglesia en su proyección social, pero – justo es consignarlo – la misma iba dirigida a sus propios miembros, no al mundo exterior.
Esto último habría representado un medio para ganar el favor y el apoyo de los de afuera, haciendo aparecer a la iglesia más bien como una sociedad o entidad de beneficencia, en detrimento de su fin y propósito primordial de presentar el mensaje más urgente e importante para el ser humano – el de la salvación y la vida eterna en Cristo Jesús.
La situación imperante en Jerusalén hacía viable, y aun muy aconsejable, esta hermosa expresión de vida comunitaria. Más adelante, en el capítulo 4 versículo 32, se nos dice que “…ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común.”
Esto demuestra que era un principio firmemente establecido en esa iglesia de Jerusalén, pero, como hemos dicho, brotado del amor puro y desinteresado que reinaba en los corazones de cada uno.
El hecho de que no era nada impuesto ni obligatorio se desprende claramente de las dos preguntas que Pedro le hizo más tarde en el relato a Ananías (5:4):
“Reteniéndola ¿no se te quedaba a ti? Y vendida ¿no estaba en tu poder?
Se ha visto a través de la historia, que ha habido quienes han querido o buscado implantar esto como un sistema, con resultados bastante negativos. La razón – claro está – es que la fuerza propulsora no ha sido el verdadero amor, noble y abnegado. A la larga, el egoísmo, la ambición personal y muchas cosas más, se han encargado de echarlo todo por tierra y llevarlo al fracaso total.
Otro punto importante, y que no se nos debe quedar en el tintero, es que esta expresión de vida comunitaria de la iglesia de Jerusalén, no parece que funcionaba en la de Antioquía de Siria, ni en ninguna otra de las iglesias del Nuevo Testamento. O por lo menos, si funcionaba, en las Escrituras no se consigna ningún indicio al respecto.
Esto confirma el hecho de que, en Su sabiduría, el Señor ha dado y sigue dando a las distintas iglesias que Él ha levantado y levanta, una gran variedad de matices, propósitos y metas – todo esto, desde luego, sobre la misma base de esos lineamientos generales de doctrina y principios de la iglesia toda, que son insustituibles e inamovibles.
No han faltado quienes, al embarcarse con éxito en un plan de vida comunitaria y disfrutar de la bendición de Dios sobre el mismo, han creído y hasta propuesto o proclamado que las demás iglesias hiciesen lo propio.
Es por ello que nos hacemos un deber puntualizar que, lo que es aconsejable e indicado en algunos casos, en otros sencillamente no lo es, y puede resultar muy contraproducente, y aun, hasta catastrófico.
Tomemos por ejemplo una comunidad de rehabilitación de marginados, drogadictos o alcohólicos. Por muchas razones que resulta innecesario enumerar, lo más indicado y efectivo es que se desenvuelvan de esa forma, para convivir en una atmósfera que los aparta de su viejo mundo y les permite afirmarse en la fe. Al mismo tiempo, ellos estarían bien dispuestos para ese tipo de vida, en la cual se sentirían arropados y protegidos, y bien tutelados por los siervos idóneos al frente de la comunidad, y adicionalmente, les sería más fácil darse a ella, por no tener nada que perder, dada la situación caótica a que los había llevado su vida anterior.
No obstante, el mismo criterio nunca podrá aplicarse satisfactoriamente con otro tipo de personas, de condición y trasfondo distintos.
Pensemos en matrimonios bien formados, con hijos en edad escolar, y el marido con un buen puesto de trabajo en su especialidad particular – digamos, por ejemplo, química industrial, farmacia o veterinaria.
Por supuesto que sería a todas luces desacertado desarraigar familias que se encuentran en esa situación, para sumergirlas en una vida comunitaria. La identidad de matrimonio, de relación entre padres e hijos, etc. etc., se vería seriamente resentida, con consecuencias muy desagradables y peligrosas.
Algunos que lo han intentado, han tenido luego que volver a su nivel y estilo de vida anterior, a menudo escarmentados e incluso con muchas heridas.
En esta línea de diferencias de matices, notemos también que de la iglesia de Jerusalén no se nos dice nada respecto a la práctica del ayuno, mientras que en la de Antioquía de Siria era algo que evidentemente se practicaba. No descartamos que en Jerusalén también se haya ayunado, pero como decimos, no se lo consigna en la narración bíblica.
Esto, dicho solamente a los efectos de reafirmar esa variedad que el Señor ha querido imprimir a Sus diferentes iglesias locales – tema sobre el cual volveremos con mayor amplitud más adelante.
“En el templo y en las casas.”
“Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo.” (5:42)
Aquéllos que conocen bien al autor, saben que a menudo visita iglesias gitanas del movimiento Filadelfia en España. Como entre las iglesias no gitanas son muy pocas las que celebran reuniones generales a mitad de semana – aunque muchas tienen reuniones caseras o celulares – le resulta una forma propicia de llenar los huecos entre los fines de semana, ya que los queridos gitanos se reúnen todos o casi todos los días.
Como vemos por el versículo que encabeza esta sección, la iglesia primitiva de Jerusalén hacía lo propio. También leemos en Los Hechos 19:9 que, estando en Éfeso, Pablo predicaba la palabra cada día.
Por lo cual, sin pecar de irreverentes, y con un sentido del humor quizá un poco osado o inusual, hemos señalado en más de una oportunidad al predicar en las reuniones de esos hermanos, que, visto el hecho de que tanto Pablo como los creyentes primitivos de Jerusalén se reunían o predicaban cada día, sólo cabía una conclusión: ¡ellos también eran gitanos! Payos desde luego que no podían ser, pues los payos, salvo algunas pocas excepciones, no funcionan en ese régimen de cada día.
Pero, entrando ahora decididamente en materia, señalamos que en esta actividad diaria en la iglesia y en las casas, tenemos otro aspecto muy importante de la iglesia primitiva: la de ser el lugar de formación de siervos y siervas del Señor, es decir, lo que hoy se conoce corrientemente como la escuela o el instituto bíblico.
Toda esa actividad casera y en el templo, evidentemente tenía como meta primaria, por medio de la enseñanza, consolidar a los ya convertidos, y llevar a nuevas almas a los pies del Señor a través de la predicación.
No obstante, mirando y sopesando las cosas detenidamente, vemos que el Espíritu Santo tenía en esto una estrategia de largo alcance que iba mucho más allá, y que, a la postre, iba a rendir resultados muy efectivos y maravillosos.
Hace muchos años, cuando el autor apenas contaba con uno o dos años de convertido, un siervo del Señor bastante anciano, le expresó su punto de vista de que, en vez de permanecer tanto tiempo en Jerusalén, los primeros apóstoles debían haber marchado a predicar el evangelio en otros lugares, y que debido a que no lo hicieron, el Señor permitió que se desatase la feroz persecución que se nos consigna en Los Hechos 8:1, la que los obligó a salir de Jerusalén, y así obedecer al Señor, llevando el evangelio a otras ciudades y poblaciones.
Por su falta de conocimiento en ese entonces, y al mismo tiempo, por respeto al anciano y fiel siervo del Señor, el autor se limitó a escuchar esa afirmación sin hacer ningún comentario.
Sin embargo, con el correr del tiempo, reflexionando sobre el tema, llegó a una conclusión bastante distinta.
Notó, en primer lugar, que según el mismo versículo – 8:1 – fueron todos esparcidos salvo los apóstoles.
En segundo lugar, en el estudio de Los Hechos le llamó la atención el versículo 31 del noveno capítulo.
“Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria, y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo.”
La pregunta a la cual este versículo da lugar es la siguiente:
¿De dónde y cómo surgieron estas iglesias, diseminadas por toda Judea, Galilea y Samaria? – puesto que no encontramos ninguna referencia directa anterior a ellas.
Creemos que, sin lugar a dudas, la respuesta está en Los Hechos 8:4:
“Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio.”
Y así comprendemos mejor y con toda claridad la sabia y muy eficaz estrategia del Espíritu Santo.
Durante el tiempo que medió entre Pentecostés y la persecución que se desató a partir de la muerte de Esteban – un período que estimamos a grosso modo de 3 a 4 años – el Señor estaba levantando una legión de siervos y siervas idóneos para propagar el evangelio y levantar nuevas iglesias.
Para ello, se valía de la enseñanza y predicación de los apóstoles, y de los varones más destacados de entre las filas de la iglesia – entre otros Bernabé, Judas Barsabás y Silas (ver Los Hechos 15:22) – que desempeñaban esta importante labor a diario, en el templo y en las casas.
Al mismo tiempo, surgían las dificultades y problemas propios de esa situación y de la persecución de los ancianos, sacerdotes y saduceos. En medio de todo ello, podían ver y aprender cómo hombres llenos del Espíritu, enfrentaban esas situaciones, zanjaban las dificultades y superaban las pruebas que se iban presentando.
De esta manera, sin una organización deliberada, y quizá en forma inconsciente, pero evidentemente bajo la guía del Espíritu Santo, estaban levantando, adiestrando y equipando a muchos creyentes para la obra de propagación del evangelio y de levantar iglesias por doquier.
Consideramos que, en la economía divina, transcurrido ese período de tiempo – que, como hemos dicho, lo estimamos de tres a cuatro años – el Señor consideraba que todos esos “soldados rasos” ya podían salir como obreros aprobados y cosechar una mies rica y abundante.
En efecto: iban por todas partes anunciando el evangelio, y en el versículo ya citado se nos da la gratísima y alentadora noticia del fruto de sus labores.
Como resultado de ellas había muchas iglesias en toda Judea, Galilea y Samaria. Cuántas no podemos afirmar a ciencia cierta, pero deben haber sido muy numerosas, ya que se nos dice que se encontraban en toda esa gran región de Judea, Galilea y Samaria. (Para mayor abundamiento, ver el mapa)
Desde luego que, normalmente, habría sido imposible que los doce apóstoles levantasen todas esas iglesias, y el Señor, en Sus sabios designios, formó y lanzó ese ejército de hombres y mujeres, logrando con ellos lo que de otra forma habría sido imposible de lograr, o bien hubiera llevado muchísimo más tiempo.
Así vemos cómo esta iglesia madre de Jerusalén constituía, además de todo lo que hemos visto, una escuela de formación ministerial, con enseñanza diaria de la doctrina y las verdades de la vida cristiana, junto con la práctica de cómo enfrentar las dificultades y problemas que se iban presentando.
Creemos firmemente que éste es un modelo que el Señor nos ha dado, y que en Su plan para Su iglesia, debe haber aquéllas que, por su buen desarrollo, amplitud y riqueza, levantan, adiestran y equipan siervos y siervas, sin necesidad de mandarlos para ello a otras instituciones u organizaciones para que ellas lo hagan.
Que esto no se interprete como una desaprobación de los institutos, seminarios o colegios bíblicos. El autor y su esposa, cuando aún eran solteros, cursaron estudios bíblicos en un buen centro destinado para ese fin en el Sur del Gran Buenos Aires, y desde luego que le están muy agradecidos al Señor por el ejemplo y la buena enseñanza del excelente elenco de profesores con que contaba.
No obstante, estimamos que el ideal del Nuevo Testamento es que esa labor se haga dentro del ámbito de la misma iglesia. De hecho, eso es lo que sucedía en ese colegio bíblico particular al que asistieron, pero esto no es la norma, sino más bien la excepción.
En efecto: la mayoría de los seminarios o institutos bíblicos funcionan en lugares aparte de la iglesia, y el alumnado se aísla dentro de ellos para estudiar todas las asignaturas que se dictan.
Para ser justos, quizá corresponda decir que los seminarios e institutos bíblicos han surgido para solventar la necesidad creada por la falta de visión y de correcto desarrollo de las iglesias. Si entre ellas hubiese una buena proporción que estuvieran funcionando en el ideal bíblico que hemos señalado, no habría necesidad de que se fundasen seminarios o institutos, para cumplir ese importantísimo cometido de levantar y formar hombres y mujeres para el ministerio.
Que sepamos reconocer esta faceta tan importante como una meta que se ha de procurar alcanzar:- una iglesia que también sea un centro de formación ministerial. Así se podrán evitar inconvenientes que, a veces, surgen del envío a seminarios de jóvenes con aspiraciones de servir al Señor.
Uno de ellos – quizá el que sucede con más frecuencia – es que, al venir de regreso por vacaciones o la finalización del curso, el alumno tenga nociones y una visión muy distintas de las que se tienen en su iglesia de origen, y tal vez superiores a ellas.
Como se comprenderá, esto puede acarrear problemas tales como la posibilidad de que busque otros horizontes, porque su iglesia de procedencia “le queda chica”, o le parece que la visión que se tiene en ella es muy estrecha y rudimentaria.
De esta manera, el pastor o liderazgo que lo envió con el deseo de que fuese pulido y equipado mejor para su labor dentro de la iglesia, se encuentra con el desagradable y triste resultado de que se marcha, y así se pierde la aportación de un joven que con tanto trabajo y cariño se había ganado para el Señor, y en cuya vida se habían invertido largas horas de labor para levantarlo y afirmarlo.
Esto no deja de ser un tema delicado, y lo que hemos consignado expresa la frustración y tristeza de no pocos pastores que se han sentido defraudados.
Sin embargo, la culpa no puede achacarse al seminario por inculcar enseñanza y visión más avanzadas. En aras de estricta justicia, también hemos de decir que en muchos casos este problema no se ha presentado, y los resultados han sido muy satisfactorios y felices.
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