Capítulo 20
Sobre la autoridad espiritual
Es de suma importancia que el
discípulo tenga criterios sanos y
correctos en cuanto a lo que es la
verdadera autoridad espiritual.
Lamentablemente, en las últimas
décadas han proliferado muchas
enseñanzas que, en realidad, están
reñidas con la verdad bíblica sobre
el tema.
No nos detendremos a
examinarlas, sino a señalar el
dechado que se nos da en las
Sagradas Escrituras, no sólo en el
Nuevo Testamento, sino también
en el Antiguo.
Por empezar, digamos que la
única autoridad espiritual que se
podrá poseer, estará dada por lo
que es nuestra vida en el Señor, y
la forma y medida en que Él ha
rubricado nuestras labores con Su
sello aprobatorio.
Quien tenga ese sello, no tendrá
ninguna necesidad de proclamarlo,
y ni siquiera de referirse a ella – el
caudal divino en su vida hablará a
los demás de por sí y con clara
elocuencia,
Tampoco tendrá necesidad de
requerir de los demás a su
alrededor que le acaten y
obedezcan. Siempre que éstos sean
mediana o razonablemente
espirituales, lo normal será que lo
hagan espontáneamente y aun de
muy buen grado.
El rey Roboam y los dos
consejos que recibió.
En 1a. Reyes 12:7 vemos el sabio
consejo que los ancianos de ese
entonces, le dieron al rey Roboam
en cuanto a la petición que toda la
congregación de Israel le había
hecho, en e sentido de que aliviase
el yugo que el rey Salomón les
había impuesto.
“Y ellos le hablaron diciendo: Si tú
fueres siervo de ese pueblo y lo
sirvieres, respondiéndoles buenas
palabras les hablares, ellos te
servirán para siempre.”
Detrás de estas palabras tan
acertadas, está el principio de que
cada cosa engendra y reproduce
según su especie y género.
“Si los sirvieres, ellos te servirán
para siempre.”
Como tantas veces hemos dcho,
Jesús es nuestro modelo en todo.
En este aspecto Él vino, no para
ser servido, sino para servir y dar
Su vida en rescate por todos. Y
esa actitud d servicio, impulsada
por Su inmenso amor hacia
nosotros, es lo que ha ganado
nuestra sumisión, gustosa y por
demás agradecida.
Desafortunadamente para el rey
Roboam, él desatendió el consejo
acertado de los ancianos, y optó
por e d ellos jóvenes que se habían
criado con él, y que consistía en
responder duramente al pueblo,
diciendo que aun aumentaría el
yugo que le había impuesto su
padre.
Esto le costó perder diez de la
doce tribus de Israel, y que su
reino así quedase dividido y
sumamente debilitado.
Si bien eso era algo que había
predicho el profeta Abías silonita
por la apostasía de su padre
Salomón, la verdad y el contraste
entre los dos consejos quedan
firmemente en pie.
En definitiva, para que otros no
amen y obedezcan el consejo es ue
nosotros lo amemos y les sirvamos
a ellos.
Pablo y Apolos.
En 1a. Corintios 16:12 tenemos
unas palabras de Pablo que son
toda una enseñanza, y muy
elocuente por cierto, en este
terreno que estamos tratando.
“En cuanto al hermano Apolos,
mucho le rogué que fuese a
vosotros con los hermanos, pero
de ninguna manera tuvo voluntad
de ir por ahora, pero irá cuando
tenga oportunidad.”
Notemos que Pablo no le ordenó, sino
que le rogó que fuese a Corinto. De
paso notemos que así les demostraba los
corintios, algunos de los cuales decían
que eran de Pablo, y otros que eran de
Apolos, que en cuanto a él no había
ninguna objeción a que Apolos los
volviese a visitar.
Pero sobretodo que al expresar Apolos
que no se sentía dispuesto de manera
alguna a ir, Pablo lo respetó
plenamente, dejando a su criterio que lo
hiciese cuando lo sintiese oportuno.
En esto tenemos claramente
demostrado cómo se desenvolvía Pablo.
No había ninguna imposición ni
obligatoriedad, en lo que le estaba
animando a hacer a Apolos. Asimismo,
había un reconocimiento tácito que
debía hacer lo que le dictaba su propia
conciencia
Esto último es algo de suma
importancia.
Ni el Señor mismo nos trata de una
forma que viole este principio, que,
claro está, se encuentra estrechamente
relacionado con el libre albedrío.
Tristemente, en ciertos círculos, en los
últimos decenios sobre todo, se ha
difundido un autoritarismo que insiste
en que lo que manda, ya sea el pastor,
el apóstol (supuesto), o bien la
cobertura o “referencia” como se los
suele llamar, debe obedecerse siempre y
sin cuestionamiento alguno.
A menudo también se añade que, si
quien da la orden está equivocado, la
responsabilidad recaerá sobre él,
quedando así el discípulo o creyente que
obedece totalmente exento de
responsabilidad, aun cuando al hacerlo
sentía o sabía en su fuero interno que no
era acertado ni correcto.
Si bien en algún caso especial, como el
de la mujer obedeciendo a su marido en
la esfera del matrimonio, esto puede ser
correcto hasta cierto punto, el aplicarlo
de forma general e
indiscriminadamente, en algunos casos
puede constituir un verdadero atropello.
El daño causado por semejante manera
de proceder, ha sido muchas veces
considerable en más de un sentido.
El privilegio de ser guiado
personalmente por el Señor.-
En uno de esos sentidos incorrectos
que henos venido señalando, se le priva
al individuo el privilegio de averiguar
de por sí la voluntad de Dios para su
ida, lo cual impedirá o retardará su
desarrollo y crecimiento,
No olvidemos que en el Nuevo Pacto
tenemos la promesa de ser todos
enseñados por el Señor, y también de
conocerle a Él, desde el menor hasta el
mayor. (Hebreos 8:11)
El autor recuerda el caso de un joven
de la congregación que pastoreaba hace
unos buenos años, el cual le preguntó si
debía o no aceptar un puesto de trabajo
que se le ofrecía.
En lugar de darle la respuesta, le
aconsejó a que el mismo inquiriese ante
el Señor si debía o no hacerlo, con la
salvedad de que después de oír la
conclusión a que había llegado, él como
pastor se lo confirmaría como correcta
o no.
Y su propósito en esto era potenciar su
desarrollo espiritual, a la vez que no
privarle del privilegio de ser guiado él
mismo por el Señor.
La responsabilidad de cada uno
ante el Tribunal de Cristo.
En otro sentido debemos recordar que
“todos compareceremos ante el Tribunal
de Cristo” y “que cada uno de nosotros
dará a Dios cuenta de sí.” (Romanos
14:10b y 12)
Ante ese tribunal, cuando
tengamos que rendir cuentas de
decisiones desacertadas o pasos en
falso que hayamos dado, de
ninguna forma podremos
justificarnos diciéndole al Señor
que lo hicimos porque nuestro
apóstol, cobertura o referencia,
pastor o lo que fuere, nos mandó
hacerlo.
Por algo tenemos una conciencia
que se nos ha dado para
dictaminar si algo está bien o mal.
Pretender que hagamos algo que
la misma nos dice que está mal, es
entrar en el terreno muy peligroso
de una dictadura moral y
espiritual.
Excepciones.-
Ahora bien, no cabe duda de que
siempre habrá casos aquí y allá de
quienes tiendan a desobedecer
siempre, ya sea por una disposición
rebelde, o bien porque en razón de
su trasfondo sus conciencias no
funcionan correctamente.
En tales casos – como los ex
drogadictos por ejemplo – lo que
corresponde no es forzarlos a
acatar lo que se les dice, sino a
corregir esas deficiencias o malas
propensiones.
Específicamente, lo primero será
señalarles con amor, sabiduría y
claridad, esa raíz de rebeldía, y
buscar su colaboración para
tratarla y eliminarla.
En segundo plano, educarlos por
la palabra y la enseñanza
adecuada, a diferenciar claramente
entre lo justo e injusto, lo bueno y
lo malo, lo recto y lo torcido, lo
carnal y lo espiritual, hasta llegar
al punto d contar con una
conciencia que funciona de forma
satisfactoria.
Pérdida de confianza,
confusión o desconcierto en el
discípulo o creyente.-
Otro perjuicio que acarrea el
abuso de autoridad, es decir la
impuesta contra los dictados de la
conciencia, consistirá en que habrá
de minar la confianza en el propio
juicio y decisiones del discípulo,
trayéndole confusión y
desconcierto.
¿Cómo funciona la verdadera
autoridad espiritual?
Debemos entonces preguntarnos
cómo puede y debe funcionar la
verdadera autoridad espiritual.
Como la base misma de ella,
deberá estar el hecho de que quien
la posee, será porque en el orden y
la voluntad de Dios, fue el medio
por el cual los discípulos fueron
engendrados en el evangelio, o bien
en una etapa posterior, recibieron
enseñanza y bendición para
confirmarlos en la fe o bien a
llevarlos a un nivel más alto.
Naturalmente que esto no dará de
por sí un derecho a reclamar un
sometimiento, como
lamentablemente piensan y hacen
algunos.
En cambio, lo que hará será que
los creyentes o discípulos así
beneficiados, sentirán de por sí – es
decir de una forma espontánea y
de ninguna manera impuesta – una
inclinación natural a dejarse
aconsejar y obedecer las
indicaciones, exhortaciones,
sugerencias o correcciones de
quienes, por así decirlo, ha venido
a ser sus padres o tutores
espirituales.
Lo normal es que no tengan
ningún inconveniente en
aceptarlas, debido a la afinidad
espiritual que tendrán con los que
en esta forma los crían o tutelan.
Pablo y Tito.
Un caso que ilustra claramente
todo esto lo tenemos en 2a.
Corintios 8:16-17.
“Pero gracias a Dios que puso en
el corazón de Tito, la misma
solicitud por vosotros. Pues a la
verdad recibió la exhortación, pero
estando también muy solícito, partió
por su propia voluntad para ir a
vosotros.”
Tito era un hijo espiritual de
Pablo según vemos en Tito 1:4. Al
exhortarle Pablo a que fuese a
Corinto, no sólo lo recibió de buen
grado, sino que también en su
interior ya le brotaba el deseo de
hacer precisamente eso mismo, y
así partió por su propia voluntad
para hacerlo.
Esto nos ejemplifica
hermosamente la forma ideal en
que funciona la autoridad
espiritual.
Pablo, como padre espiritual de
Tito en el evangelio, sentía que éste
debía ir Corinto. Por su parte,
Tito, sin ninguna presión ni
manipuleo, sentía en su interior
precisamente lo mismo, lo cual se
debía sin lugar a dudas a su
afinidad espiritual con Pablo, del
cual había recibido tanta
enseñanza, ejemplo y bendición.
Por lo tanto, partió para Corinto,
ejerciendo con agrado su propia
voluntad, y sin sentirse obligado o
subyugado por Pablo en lo más
mínimo.
Así vemos que la conciencia
individual – de Tito en este caso –
quedó totalmente respetada sin
esta sujeta a ninguna imposición.
Ésta es la manera limpia y
respetuosa en que discurre la
autoridad espiritual. El amor y la
unidad del Espíritu hacen que las
cosas corran sobre rieles, sin
ninguna fricción u obligatoriedad
forzada o impuesta.
Aclaración importante.-
No obstante lo expuesto
anteriormente hemos de reconocer
que en la práctica del discipulado o
en la vida congregacional por
cierto que no siempre suceden las
cosas de esa forma ideal. Y cabe
entonces generalizar con na
aclaración que no podemos omitir:
si un discípulo ponerse él mismo, o
bien es puesto por el liderazgo de
la iglesia bajo la tutela de un
discipulador, nada más coherente y
normal que someterse a los
consejos y correcciones que reciba
del mismo. Desacatarlos o no
prestarles la debida atención, salvo
en casos extremos, siempre
resultará un abierto contrasentido.
Lo mismo debe aplicarse a quien
está integrado en una iglesia
determinada. Si ése es el lugar
donde Dios lo ha ubicado, el orden
divino exige que se obedezca y
honren a el o los siervos que están
al frente de la congregación.
Como este capítulo
también es muy extenso,
volvemos a fraccionarlo.
Así que a la primera parte
que aquí concluye, se la
deberá contar para el
29/11/25 y en
consecuencia, la segunda,
que a partir de ahora
comienza, para el Sábado
siguiente, día 6 de
Diciembre.
Iniciamos ahora la segunda parte
Falta de autoridad y sus posibles
causas.
Está casi demás decir que, para
contar con el sometimiento
de otros, alguien tiene que estar
recordándoles que se le deben
sujetar, lo mismo es una muestra
muy clara de falta de autoridad.
(espiritual se sobreentiende)
Ésta puede tener su origen en una
gran variedad de factores. Uno de
ellos puede ser la falta de un vivir
cerca de Dios, y en una relación
correcta con Él, lo cual derivará de
hecho en una falta de sustancia y
peso en cuanto se diga y haga.
Quien esté en esas condiciones
generalmente tendrá una
tendencia buscar mandar y
ordenar, a diferencia del verdadero
siervo de Dios, que más bien se
inclinará por exhortar o pedir con
muy buenos modales, o incluso
rogar, como vemos que a menudo
lo hace Pablo en sus epístolas. (Ver
2a. Corintios 5:20, Romanos
12:1, etc.)
Otro factor que puede incidir en
falta de autoridad , o en dificultad
en cuanto a ella, a menudo
proviene de no estar ubicado
alguien en una situación que sea la
voluntad de Dios.
Padres o hijos adoptivos.-
Un caso típico es el de asumir el
pastorado en una iglesia, y sin que
sea expresamente la voluntad
divina, sino un medio de buscar
una solución para llenar el hueco
que ha quedado.
Quien se coloca en esa situación,
de hecho pasa a adoptar una
congregación o asamblea de hijos
ajenos, de los cuales se convertirá
en el padre adoptivo. Tal vez
inicialmente las cosas vaya bien,
pero en muchas situaciones
semejantes, después de no mucho
surgen desavenencias por puntos
de vista dispares u opuestos, o
sencillamente, por no adaptarse el
pastor a la iglesia o vice-versa.
En tales casos se advertirá la falta
de autoridad del pastor, y quizá la
mejor manera de comprender su
causa, es apreciar que en realidad
no es el verdadero padre de los
creyentes de esa iglesia.
Esto lo debemos comparar y
contrastar con el caso de Pablo y
Tito que comentamos con
anterioridad. A diferencia del
mismo, aquí no ha habido ese fluir
de vida que crea, casi
naturalmente diríamos, una
relación de sometimiento sana,
espontánea. y correcta.
En cambio, de forma artificial y
por necesidad o conveniencia, se ha
colocado a alguien delante de
personas que, como se ha dicho,
virtualmente son hijos ajenos, y
con los cuales en muchas ocasiones
no se logra la verdadera
compenetración que corresponde.
Debemos hacer la salvedad de
que no siempre sucede así.
Conocemos algunos casos – no
muchos – de iglesias en las cuales
el Señor ha ubicado un siervo
idóneo, y en Su buena voluntad,
con buen resultado.
En esos casos, diríamos que ha
habido un aspecto satisfactorio – el
de la voluntad divina – a
diferencia de una solución
artificial, siguiendo los dictados de
razonamientos humanos, y en los
cuales no se ha acertado con la
voluntad del Señor.
Engendrar, ser engendrado o
injertado.
Generalmente, podemos afirmar que
para que las cosa prosperen en el Reino
de Dios, y se dé una correcta relación de
autoridad espiritual, debe haber un
engendro y un haber sido engendrado,
el cual da lugar a una paternidad
espiritual.
Entre muchos otros casos, podemos
citar el de la iglesia de Corinto, y de la
cual leemos lo siguiente:-
“No escribo esto para avergonzaros,
sino para amonestaros como a hijos
amados, porque aunque tengáis diez mil
ayos en Cristo, no tendréis muchos
padres, pues en Cristo Jesús yo os
engendré por medio del evangelio. (1a.
Corintios 4:14-15)
No obstante, además de esto, en
muchas ocasiones sucede que en una
etapa posterior, un siervo es claramente
ubicado por el Señor en una iglesia local
que él no engendró. La prueba de ello es
que las cosas prosperan
satisfactoriamente, y no surge ningún
problema importante de autoridad o de
falta de compenetración.
Personalmente, esto lo solemos llamar
un injerto espiritual, para diferenciar
de lo cual podríamos denominar una
prótesis espiritual.
Como ejemplo perfecto tenemos el de
Saulo de Tarso, como entonces se
llamaba, al ser llevado por Bernabé a
Antioquía de Siria, para desempeñarse
en una función ministerial directiva,
junto a otros varones principales.
Él no había engendrado esa iglesia, ni
había sido engendrado por la misma,
pero sin embargo hubo una adaptación
muy satisfactoria y correcta, merced a
que era en la plena voluntad de Dios.
Como tal, esa adaptación la podemos
calificar de un injerto espiritual, que
resultó muy favorable y de mucho
provecho en todo sentido. Además,
desde ese entonces, esa iglesia pasó a ser
su hogar espiritual y base de
operaciones, de la cual partía con la
bendición de los hermanos cada vez que
emprendía un viaje misionero.
La receta divina para el
matrimonio.-
Aunque se refieren específicamente al
matrimonio, tenemos en Efesios 5:22 y
25, exhortaciones que aportan luz
complementaria sobre la autoridad y el
sometimiento.
“Las casadas estén sujetas a sus propios
maridos como al Señor.”
“Maridos, amad a vuestra mujeres, así
como Cristo amó a la iglesia y se entregó
a sí mismo por ella.”
Por una parte, vemos que a la mujer se
le exhorta a que esté sujeta a su marido.
Pero, por la otra, se debe notar que al
marido no se le dice que debe exigirle,
ni siquiera recordarle, que lo debe
hacer.
En cambio, se le manda que debe
amarla así como Cristo amó a la iglesia,
y se entregó a sí mismo por ella.
¿Por qué?
Porque exigírselo o recordárselo sería
contraproducente, y tendería a
producir el efecto contrario. Y la sabia
receta que el Señor da a los maridos es
la de amar a sus mujeres.
Como el Psicólogo Celestial
sapientísimo que es, Él sabe que eso es
lo que a la mujer le hará sentirse
valorada y amada, lo cual – salvo el caso
de una mujer problemática – le
motivará a someterse gustosa los deseos
de su marido que así la trata.
El otro extremo, el de un machismo de
“sargento” que busca imponer ese
sometimiento, es algo totalmente
ineficaz y contraproducente, y nada
tiene que ver con los principios que
rigen el Reino de Dios, y en este caso
particular, la esfera de un matrimonio
estable y feliz.
Quien busca aplicar este último
criterio de sometimiento, impuesto a
raja tabla en la esfera ministerial de la
iglesia, seguramente que no ha
comprendido estas verdades básicas, y a
la larga, le esperan muchas dificultades
y fracasos.
Medidas y áreas geográficas de
ministerio y autoridad.
En oto orden de cosas, el hecho de
que uno haya tenido un ministerio
fructífero en un lugar, región o país
determinado, y que le haya acordado
paternidad y autoridad espiritual, no
significa que podrá ir a otras partes
donde no haya realizado la misma labor,
y pretender tener en ellas la misma
paternidad y autoridad espiritual.
En otras palabras, que uno sólo puede
ser padre espiritual, fundador de iglesia,
apóstol, maestro o lo que fuere , en el
lugar y en la medida que Dios le ha
concedido.
Aquí es donde hemos visto a no pocos
equivocarse en ese sentido. Pensando
que Dios los ha usado y bendecido en su
propia parcela, vienen a otra tierra, país
o región, ostentando, por así decirlo, el
título de sus logro anteriores, para
reclamar para sí el reconocimiento y
aun el sometimiento de la gente de ese
lugar.
Resulta a todas luces evidente que,
antes que eso pueda ser, deberán
revalidar esos hechos y frutos concretos
en el nuevo lugar en que están, con la
buena labor desarrollada en su punto de
origen
Y a veces esto no sucede, sencillamente
porque el Señor, en Su distribución de
parcelas o lugares de actuación, les ha
concedido la primera, pero no la
segunda.
Un caso típico, entre muchos otros, fue
el de un matrimonio de misioneros, que
unos buenos años antes habían
realizado una labor muy provechosa y
que dejó buen fruto, en una ciudad de
España.
Aunque no tenían ningún espíritu
autoritario, ni estaban en plan de
reclamar el reconocimiento de nadie,
fueron sucesivamente a otras dos
ciudades españolas, empleando los
mismos métodos que habían usado en la
primera, esperando tener los mismos
buenos resultados.
Sin embargo, en ninguna de esas dos
ciudades prosperaron sus labores, a
pesar del esfuerzo y empeño que
desplegaron.
Lo cual nos demuestra que tanto en el
éxito ministerial, como el grado de
autoridad que el mismo nos acuerde,
hay, como decimos, una distribución de
ministerios, y aun de lugares
geográficos que el Señor acuerda a cada
uno.
Y como conclusión final, no
necesariamente porque Él lo haya hecho
profeta a uno en cierto lugar, podrá ir a
otro lugar o esfera ministerial y allí ser
igualmente profeta.
Preguntas.-
1) ¿Siente que la autoridad sobre la cual se
encuentra dentro de su iglesia es espiritual
y correcta, o impuesta?
2) ¿Considera que Usted vive lo
suficientemente cera de Dios y en el debido
sometimiento a los pastores y/o
discipuladores, como para tener la debida
autoridad espiritual para tutelar a otros?
3) ¿Ha tenido la experiencia de estar bajo
una autoridad impuesta?
4¿Ha estado Usted bajo una verdadera
autoridad espiritual?
5) ¿Cuál de las dos prefiere, y por qué?
Oración.-
Señor Jesús, gracias que en esto Tú
también eres el modelo precioso y perfecto.
Asó como te sometiste siempre a la
voluntad del Padre, aun en lo más duro y
difícil, también quiero yo someterme a Tu
voluntad. Y no sólo andar en correcta
relación contigo y el Padre, sino también
con los hermanos y consiervos con los
cuales me has ubicado, sometiéndome con
la mansedumbre Tuya, siempre que
corresponde que lo haga.
Gracias por el privilegio de vivir y andar
con ellos, en la preciosa armonía del amor,
la gracia y la humildad. Amén.
F I N