Cruzando el Jordán – Capítulo 3 – La fuerza vital del amor
Cruzando el Jordán
Capítulo 3
La fuerza vital del amor
“…para que te vaya bien en la tierra que fluye leche y miel…”
“Y amarás a Jehová ti Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma,y con todas tus fuerzas.” Deuteronomio 6: 3 y 5.
No podemos demorar más en señalar esto como algo absolutamente fundamental, y pasar a tratarlo de forma bastante extensa.
Por supuesto, el tema del amor es muy conocido, y se ha hablado y escrito tanto sobre el mismo, que para algunos habrá la tentación de saltar ya al capítulo siguiente, pensando que aquí no encontrará nada nuevo, pues esto lo sabe muy bien, y tal vez desde hace mucho tiempo.
Señalamos entonces, y en primer lugar, que no se trata de saber sobre el amor, sino vivirlo y experimentarlo, y no sólo eso, sino renovarse continuamente en él.
El Señor Jesús puso de relieve la importancia primordial del amor, diciendo que de ese mandamiento de amar al Señor Dios con todas nuestras fuerzas y al prójimo como a uno mismo, depende toda la ley y los profetas. Mateo 22:35-40.
Asimismo, en mucha de Su enseñanza a Sus discípulos, hizo un fuerte hincapié en el mandamiento de amarse los unos a los otros, así como Él los había amado a ellos.
Además, en el bien conocido capítulo clásico del amor – 1a. Corintios 13 – Pablo nos dice con tanto peso, que “…si no tengo amor nada soy” y que cuanto haga sin la fuerza propulsora del amor “de nada me sirve.” (Versículos 2 y 3)
La vida del buen lado del Jordán, tiene indudablemente como primera característica el verdadero amor, noble y desinteresado, que en ese capítulo se nos describe en algo de su gama multifacética.
“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor, no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.”
“Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser.” Versículos 4 a 8.
Esta descripción no deja el menor lugar para el egoísmo, el protagonismo que busca ensalzar la propia imagen, la auto- alabanza, la segunda intención, ni la ventaja personal que se puede lograr al servir a otros.
Es por eso que cuando se busca lo llamativo y la vía fácil, se le tiene un gran alergia a este pasaje, en el cual se hace resaltar claramente, entre otras cosas, el negarse a uno mismo, buscar el bien de los demás y no el propio, y no querer figurar en primer plano.
Como tantas veces se ha puntualizado, en el ritmo acelerado y casi vertiginoso que prevalece en estos tiempos, es tan fácil sumergirse en un activismo febril, aun en las cosas atinentes a la iglesia, el pastorado, y el ministerio en cualquiera de sus diversas ramas. Y de esa forma, se es muy propenso a caer en algo mecánico y profesional, carente de la inspiración y de la motivación del verdadero amor.
Por sus fuertes demandas sobre nuestro tiempo y nuestras fuerzas, pugna por impedir, o bien obstaculizar, que nos pongamos sosegadamente ante el Trono de la Gracia, que es la única y real fuente que nos puede mantener en el precioso amor de Dios.
Las virtudes de este amor por cierto que embellecen y realzan la vida de un hijo de Dios, y muestran que de veras está viviendo en la vida en abundancia que Jesucristo vino a darnos.
Damos a continuación algunos ejemplos de distintas expresiones del verdadero amor
Un siervo de Dios, cuyo ministerio estaba siendo muy bendecido por el Señor en sus predicaciones, en la exposición temática de la palabra, de un de un tiempo a esta parte, a menudo usa ilustraciones, anécdotas y experiencias vividas para aclarar o ampliar lo que está enseñando.
Lo que se advierte, es que cuando es algo que él ha vivido y experimentado, son cosas en que él se ha equivocado o fallado, y ha sido corregido por el Señor de una forma u otra.
En cambio, cuando los protagonistas o participantes de lo que está narrando son otros siervos o siervas, casi siempre son casos muy hermosos en que Dios ha dado Su bendición sobre ello y sus labores.
En esto vemos una agradable combinación de humildad, junto con la virtud de reconocer gustosamente la gracia del Señor en otros.
Agregamos, de paso, que el mismo siervo muy bien podría contar muchas preciosas experiencias en que él mismo ha sido usado por el Señor, pero por buen gusto, y seguramente muy consciente de la exhortación de Proverbios 27; 2a “Alábete el extraño y no tu propia boca,” casi siempre se abstiene de hacerlo.
Otro siervo del Señor, antes de ser llamado al ministerio a tiempo pleno, tenía un buen cargo en un trabajo seglar.
A su tiempo lo dejó para pasar al ministerio a tiempo completo.
Unos buenos años más tarde, unos hermanos en Cristo adquirieron un pasaje transatlántico en avión para que él y su esposa, a fin de que pudieran realizar una gira ministerial en su país.
Se dio la casualidad de que el empleado que efectuó el cobro de los pasajes, había conocido de cerca a ese siervo de Dios, pues habían trabajado juntos en la misma empresa.
Al dársele el nombre a cuyo favor se debían emitir los pasajes, en seguida lo reconoció como un compañero de trabajo de varios años en el pasado. No era creyente, pero habiendo advertido rasgos de bondad, rectitud y suma corrección en ese siervo, dijo algo así:
“Si hay un Dios, y hay alguien que en la otra vida merece sentarse a Su lado, será sin duda ésa persona,” (dando el nombre del siervo en cuestión.
Lo bueno es que es siervo sólo se enteró a posteriori, y jamás se habría imaginado que alguien pudiera tenerlo en tal alta estima y concepto, y de ninguna manera consideraba merecerlo.
Un tercer caso es el de un pastor, relativamente joven, que reside en una importante ciudad de España.
Hace ya unos años que, al enterarse que una mujer, madre de varios hijos, estaba gravemente enferma de cáncer, se presentó en su hogar, para ofrecer sus servicios en cuanto pudiera ser de utilidad.
Fue muy bien recibido por la familia, y muchas veces, con un noble espíritu de sacrificio permaneció hasta bien pasada la medianoche, alentando y aconsejándole, a la par que orando por ella.
La mujer no se sanó, pero antes de fallecer entró en una profunda paz al acogerse al Señor Jesús, merced al testimonio de este joven pastor.
Uno de sus hijos, movido por el grave estado de su madre, esperando un milagro de sanidad para ella, comenzó a asistir a las reuniones de la iglesia que pastoreaba este siervo.
Posteriormente, al no suceder el milagro que él esperaba, perdió todo interés y dejó de asistir.
No obstante, el amor y la bondad de ese siervo, dejaron una semilla en su corazón y mantuvo una cierta amistad con él, aunque sólo se veían fugazmente, de tanto en tanto.
Por fin, más tarde, pasados unos diez años de la muerte de la madre, se volvieron a encontrar, pero esta vez todo fue muy distinto. Comenzó de nuevo a asistir a las reuniones, y a poco se operó una auténtica y hermosa conversión, no sólo de él sino también de su esposa, y los dos estaban disfrutando del gozo del Señor.
Como vemos, un ejemplo muy hermoso del amor sincero – manifestado de una forma práctica y muy real – la de negarse a uno mismo con esas repetidas trasnochadas, para llevar consuelo y la palabra de Dios a esa familia atribulada.
Y vemos cómo recibió la bendita recompensa de llevar esas dos almas al Señor de forma tan inequívoca.
En nuestra obra anterior, “Hora de Volver a Dios”, en la segunda parte, hemos comentado la importancia fundamental de poner el amor al Señor, como motivación principal de nuestra vida y servicio cristiano.
Tantas veces se han visto casos de personas que han abrazado el ministerio, y tristemente en años posteriores lo han abandonado o han quedado y terminado muy mal parados.
Aunque no es pposible generalizar en cuanto a las causas, pues seguramente habrá una gran variedad de las mismas, casi siemore habrá una razón de fondo que será primordial.
Ella no podrá ser otra que el hecho que los impulsó como móvil para abrazar el ministerio, no fue el verdadero amor, noble, puro y desinteresado para con el Señor de la gloria, Quien hizo por todos lo que ningún otro pudo ni podrá hacer; dar Su vida en el Calvario para rescatarnos de la perdición eterna.
Es posible empezar a seguirle y servirle por una gran cantidad y variedad de motivos. Entre ellos, podemos citar el de querer ser útiles en la vida, el de hacer bien a los demás, o bien el de sentirse realizado, al hacer algo bueno y altruista en la vida.
Aparte de estos que muy bien podemos calificar de buenos, seguramente habrá otros menos sanos y elogiables, pero que pueden yacer debajo de la superficie, a veces inadvertidos o sutilmente enmascarados o disfrazados.
Algunos de ellos podrán ser el deseo del éxito, el de tener una buena imagen ante los demás, o bien desempeñarse en la flexibilidad y libertad que se piensa tener sirviendo al Señor, en vez de tener que cumplir estrictamente con un horario de trabajar desempeñando una labor seglar.
La verdad es que ni los tres primeros de la lista, con ser buenos y loables, ni los demás que hemos citado, sirven para dar la base sólida y correcta que se necesita.
Cualquiera de esas cosas que hemos citado, aun las buenas, y desde luego las malas, en cualquier coyuntura nos pueden dejar totalmente insatisfechos, y hasta profundamente defraudados.
Así bien puede suceder que lo que se edificó con mucho esfuerzo sobre ellos, se desmorone por completo. Y al final, el saldo sea de una triste frustración y un gran desengaño.
Se dice de Napoleón Bonaparte, que al estar exiliado en la Isla de Santa Helena hacia el final de su vida, seguramente por el testimonio de hermanos fieles, que de alguna manera habrán tratado de hablarle de las cosas eternas, llegó a comprender algo o bastante del camino de la vida cristiana.
También se dice que a esas alturas, llego a afirmar declaraciones que iban más o menos en la siguiente línea:
“Yo, al igual que muchos otros,he tratado de establecer un imperio y un reino duradero. Y al igual que muchos otros, me he encontrado conque ni mi imperio ni reino ha permanecido. La razón ha sido que al igual que los demás, lo he tratado de levantar sobre la base de la fuerza y el poder.”
“Pero hace muchos siglos, hubo uno que fundo un reino, y ese reino sigue en pie hasta el día de hoy. Ése fue Jesucristo, y la razón es que, a diferencia de todos los demás, Él lo fundó sobre la base del amor..
Palabras sencillas, pero de un peso contundente, brotadas de quien aprendió, por el desencanto de su fracaso, y también por el testimonio de hermanos fieles que le hablaron, que sólo es el verdadero amor lo que le da auténtica sustancia, durabilidad y razón de ser a toda empresa que uno acometa en la vida.
El autor da gracias a Dos que muchos años atrás, cuando estudiante en un colegio bíblico, anhelaba profundamente cruzar el Jordán y entrar en el Canaán de la tierra prometida.
Fue entonces que el Espíritu Santo le guió expresamente a poner el amor al Señor por encima de toda otra consideración, como el móvil principal para seguirle y servirle.
En efecto, después de buscar a Dios por un buen tiempo, y con mucha sinceridad, con el deseo de tener poder por el Espíritu Santo para ganar almas para Cristo, se encontró conque no lo había logrado.
Al expresarle su desencanto al Señor y preguntarle ¿Por qué su búsqueda había resultado infructuosa? recibió una pronta respuesta.
La misma le hizo comprender que esa búsqueda y anhelo suyos, estaban encaminados hacia el tener poder, pero que había algo más importante que debía tener como su motivación o móvil principal – algo que estaba muy por encima de tener poder para ganar almas – el amor personal e íntimo hacia Él, su Salvador, y el Señor de su vida.
Esto le hizo comprender que si bien lo había amado hasta entonces, era algo así como la devoción de un siervo empeñado en seguirle y servirle.
En cambio, Él buscaba más que eso: un amor, como se ha dicho, personal e íntimo, que lo llevase a una relación más estrecha, y lo pusiese a Él mismo como la razón y el móvil primordial que lo impulsase a cuanto hiciese en Su Servicio.
De ahí en más se puso a buscar ese amor, y bien pronto descubrió que no podía
Así, por la experiencia de varios meses, cayó en la cuenta de que la única fuente del verdadero amor es Dios mismo, viendo que sus mejores esfuerzos, sus oraciones y esperanzas resultaban inútiles – no podía lograrlo.
Por fin, casi al concluir los ochos meses de su segundo año lectivo en el centro de enseñanza bíblica que cursaba, una noche, al inclinarse y postrarse de rodillas junto a su cama en su habitación, con la Biblia abierta delante, le brotaron desde el fondo del ser, con el acento más entrañable, estas tres sencillas palabras:
“Te amo Señor.”
Nunca antes las había podido pronunciar de esa forma tan límpida y clara, y de la profundidad de su espíritu.
De ahí en más entró en un período de verdadero enamoramiento de Él y mientras otros se ocupaban en conversaciones triviales en cuanto a sus quehaceres domésticos, etc., aprovechaba cualquier oportunidad propicia para estar a solas con Su Señor.
Ahí buscaba derramar su amor ante Él, abrazarlo y decirle que ahora lo amaba tiernamente, y más que nunca antes, y que quería hacer de ese amor hacia Él la fuerza que lo impulsase en cuanta ocasión – pequeña o grande – secreta o pública – pudiera emprender en su servicio para con Él.
Aquí es donde debemos comprender la importancia de las palabras que Jesús le pronunció a Pedro en Juan 13:7:
“Lo que yo hago tú no lo comprendes ahora, mas lo comprenderás después.”
Como sucede tantas veces, por ese entonces, su comprensión del verdadero alcance de lo que el Señor estaba haciendo era muy parcial y estrecha.
Años más tarde, quien esto escribe llegó a entenderlo y valorarlo debidamente: El Señor estaba poniendo para su futuro, el fundamento sólido e imprescindible del verdadero amor hacia Él.
Hoy día da mucha gracias a Dios por ese fundamento, el cual le ha valido tanto a través de los años, para ayudarle a capear muchos temporales y situaciones difíciles, para seguir en la brecha por la gracia divina.
Es el mismo fundamento que Jesús puso en la vida de Simón Pedro, al preguntarle tres veces si le amaba, en el muy conocido pasaje de Juan 21: 15-19.
Amado lector u oyente que deseas servir al Señor, o ya lo estás sirviendo:
Asegúrate bien que el móvil que te impulsa a hacerlo, es el amor hacia Su persona, puro y desinteresado y no ningún otro, por bueno y sano que sea o parezca.
Así tendrás una base sólida y muy firme, sobre la cual podrás edificar con seguridad y confianza, y habrás escogido, como María, la mejor parte, la cual nunca te será quitada.
F I N