Volviendo a las Fuentes Primitivas – Volviendo a las Fuentes Primitivas, cap. 6
CAPÍTULO 6 – La iglesia de Jerusalén (3)
Como ya vimos al principio, en esos capítulos iniciales de Los Hechos resalta con mucha claridad el lugar céntrico y directivo que ocupaba el Espíritu Santo.
Su presencia, aunque invisible a los ojos naturales, era muy real y harto evidente. Hablaba, dirigía y actuaba, ejerciendo una incuestionable primacía en todo.
El caso de Ananías y Safira que se encuentra en la primera parte del capítulo quinto, lo ejemplifica a la perfección.
Al obrar engañosamente Ananías, fingiendo que de daba todo lo obtenido de la venta de una heredad, cuando en realidad sólo estaba dando una parte, esa presencia y primacía del Espíritu a que nos estamos refiriendo, se puso claramente en evidencia.
Pedro, lleno del Espíritu Santo – al que por algo Jesús lo llamó en varias oportunidades el Espíritu de verdad – no tuvo que interrogar a Ananías ni hacer deducciones para darse cuenta de que estaba mintiendo.
Ese Espíritu de verdad que lo impregnaba, en seguida detectó la mentira, y de sus labios bien pronto brotaron las palabras:
“Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad?” (5:3)
Esto denota a las claras que para Pedro el personaje principal que estaba en medio de todo era el Espíritu Santo, y a Él Ananías le había mentido al fraguar juntamente con su mujer ese engaño tan malvado.
Como se ve por el versículo siguiente, mientras retuviese la heredad, ella quedaba en su poder, y lo mismo sucedía con el dinero obtenido de la venta.
No tenía ninguna obligación de desprenderse de ella ni del dinero, pero lo que resultaba engañoso e inadmisible era el hecho de afirmar que la había vendido por una cierta cantidad, que entregaba a los apóstoles, cuando en realidad se estaba quedando escondidamente con una buena parte, y esto en complicidad secreta con su mujer. Era una soberana mentira, pero además, con la hipocresía de querer hacer creer que lo estaba dando todo, al igual que los demás.
Acostumbrado a mentir como estaría en su vida pasada, pensaba que su mentira pasaría desapercibida.
En una comparación no del todo exacta, pero que sí viene al caso, hemos contado cómo en por lo menos una ocasión, a poco de concluida una reunión, y mientras todavía nos encontrábamos dentro del recinto del culto, comenzamos a oler el humo del cigarrillo.
Extrañados, mirando en derredor, no pudimos ver a nadie que estuviera fumando. No obstante, al salir a la acera notamos un hermano que, saludando a los demás, estrechaba su mano derecha, mientras que, deliberadamente escondida detrás de su espalda, en la izquierda, tenía el cigarrillo encendido.
Seguramente pensaba que al no verse el cigarrillo, no se darían cuenta de que era él quien estaba fumando, cosa que sabía muy bien que como creyente e hijo de Dios él no debía hacer.
Sin embargo, quizá por el hecho de no haber fumado nunca, uno tiene una sensibilidad extrema en cuanto al humo del tabaco. Aunque no veía el cigarrillo por ningún lado, su olfato y su predilección por el aire puro y exento de contaminación, le hacían detectar de inmediato y sin lugar a dudas que alguien estaba fumando.
La comparación – que como dijimos no es del todo exacta – nos llevó a pensar en el ambiente de la iglesia de Jerusalén en ese entonces, saturado por la presencia del Espíritu de verdad.
Esa mentira de Ananías – procedente de Satanás, como con tanta precisión señaló Pedro, y a quien Jesús, con todo peso y propiedad llamó el padre de mentira (Juan 8:44) – no fue una mentira expresada en palabras, y se la quiso mantener en secreto. Pero la atmósfera estaba tan llena de la verdad y del Espíritu de verdad, que quedaba clarísimamente en evidencia – no se podía mantener oculta.
Por eso, Pedro, lleno del Espíritu de verdad como estaba, no sólo detectó de inmediato la mentira de Ananías. Inspirado por el Espíritu, en las palabras de reprensión expresó varias verdades de suma importancia, de las cuales extraemos la que más sobresale.
Veamos:
“… ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo y sustrajeses del precio de la heredad?” (5:3)
“… ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios.” (5:4)
Estas dos preguntas, a primera vista parecen contradecirse la una a la otra – y uno se podría preguntar:
¿Fue Satanás el que llenó su corazón, o fue él mismo que puso la mentira en su corazón?
La respuesta, clara y segura, es que sucedieron las dos cosas. Evidentemente, en su corazón, así como en el de Safira, había algo proclive a la mentira y al engaño, que les instigó a tomar lo que habían considerado como una medida preventiva, guardándose una parte, pero pensando ocultarlo de Pedro y los demás. Así, tanto él como ella, pusieron y albergaron eso en su corazón.
Pero, al mismo tiempo, al hacerlo se colocaron en el terreno de Satanás, a quien, como ya hemos visto, Jesús calificó con todo énfasis como el padre de mentira. Y entrando en ése, su terreno, el diablo, ni lerdo ni perezoso, de inmediato llenó su corazón con la misma mentira, agrandándola digamos, con su veneno infernal.
La verdad es la parcela de Dios y la mentira la de Satanás. Quien entra o se abre a esta última, lo hace con todas sus consecuencias, y lo que empieza siendo una mentira humana y carnal, pasa a ser también una mentira diabólica. Esto se debe a que el diablo se ha metido en ella, como ya hemos dicho, agrandándola y cargándola con su horrible ponzoña
No pocas veces, intentando ministrar a personas problemáticas, uno ha visto que se advierten dos factores que no pueden pasarse por alto.
Por una parte, en las tales personas uno nota actitudes, palabras o actuaciones, según el caso, que son claramente de índole carnal o egoísta – en otras palabras, su temperamento carnal y su ego, que se ponen en evidencia.
Por la otra, también aparecen manifestaciones que, a todas luces van más allá, y que uno sabe que son de malos espíritus que obran u operan en las tales personas.
Y el dilema, muchas veces, está en saber dónde termina lo primero y dónde empieza lo segundo.
Así como las águilas son atraídas por los cadáveres de animales muertos (ver Lucas 17:37), los malos espíritus lo son por las obras de la carne, pues ése es el mundo y el terreno que a ellos les pertenece.
Sin negar de ninguna manera que, en algunos casos, la primera medida bien podría ser reprender y expulsar el mal espíritu actuante, como norma general habrá que buscar llevar a personas que están en esas condiciones a un arrepentimiento real y sincero, y un abandono absoluto de esas actitudes y actuaciones carnales y mentirosas.
Si eso no se hace, a la larga el problema puede bien pronto volver a presentarse, aun después de la expulsión o reprensión, por no haberse eliminado lo que le da derecho y cabida al mal espíritu. (Ver 2ª. Timoteo 2:25-26).
No deseamos internarnos más en esto, para no desviarnos demasiado del tema central. No obstante, no lo hemos querido pasar por alto, pues como ya señalamos, es algo importante, y quien lo ignore o desconsidere en la práctica, se encontrará en evidente desventaja para enfrentar situaciones de esa naturaleza.
La muerte instantánea de Ananías y Safira fue una clara señal, y una pauta muy importante fijada por el Señor desde un principio.
Un razonamiento bondadoso y humanista, pero falto de la iluminación divina, muy bien llevaría a plantear las cosas de forma totalmente diferente..
Tratándose de un convertido reciente, que estaba dando sus primeros pasos en la vida cristiana, habría correspondido ser tolerante y magnánimo, tomándole aparte y haciéndole entender que en el nuevo camino que había emprendido no cabía la mentira. Así, se le daría una oportunidad de corregirse, ponerse a tono con los demás y no reincidir.
¡Cuán distintos fueron el juicio y la sentencia divina!
En medio de la grandiosa manifestación de la sagrada presencia y del poder de Dios que se estaba viviendo, de ninguna manera podía tolerarse esa mentira tan engañosa y perversa. Ananías no le estaba mintiendo a los hombres, sino al mismo Dios, como ya hemos recalcado, y según Pedro lo puntualizó categóricamente
De haberse tolerado eso, hubiera sentado un precedente totalmente negativo, que habría fijado un nivel moral muy bajo para el futuro.
Era además una infiltración diabólica, con la cual Satanás buscaba envenenar la nueva creación que había nacido con la iglesia primitiva.
Por lo tanto, el Señor sabía que correspondía una reacción muy drástica – la muerte de Ananías en el acto, y la de su mujer tres horas más tarde, cuando ella evidenció que estaba en total complicidad con su marido.
Este hecho tan radical tuvo un efecto muy saludable, según vemos en el versículo 11:
“Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas.”
El Señor estaba dando a todos una señal muy clara de que se habían metido en algo muy sagrado y solemne, en lo cual se debía andar con total verdad, limpieza y transparencia. Y desde luego, que quienes estamos en el mismo camino hoy día, debemos tomar cuidadosa y cumplida nota de ello.
Al mismo tiempo, no debemos dejar de señalar que esta primera intentona satánica de invadir y envenenar la iglesia, estaba encarrilada en la línea del dinero, el amor al cual es (una) raíz de todos los males, según Pablo nos puntualiza en 1ª. Timoteo 6:10.
Lamentablemente, no son pocas las veces en que han surgido problemas, y algunos de ellos gravísimos, en torno al tema del dinero, de tal suerte que, creyentes o iglesias enteras que han delinquido en ese terreno, han llegado a un fin triste y doloroso.
Que todo esto nos estimule y motive a todos a ser absolutamente irreprochables en el manejo de las finanzas – y desde luego, en todo lo demás tocante a nuestra vivencia práctica.
El señorío del Espíritu Santo y la rutina.-
Cuando el Espíritu Santo está de veras en control, debemos esperar que, a veces, deseche la rutina, cosa a la cual podemos ser tan proclives. En más de una ocasión muy bien podrá cambiar lo que nosotros hayamos programado, o bien la repetición de aquello que en el pasado Él había programado, y que ahora lo queremos repetir por haber sido de bendición anteriormente.
Ya hemos visto cómo, al subir Pedro y Juan juntos al templo a la hora de la oración, hubo un brusco cambio de frente.
A pesar de la importancia capital de la oración, esa tarde quedó desprogramada, y en vez, merced a la sanidad milagrosa del cojo de nacimiento, tuvo lugar una inesperada reunión de proclamación del evangelio, al concurrir buena parte del pueblo, atraído por el portentoso milagro.
La feroz persecución que se desencadenó tras el martirio de Esteban ocasionó un vuelco total de la situación imperante. Se nos dice que fueron esparcidos todos, salvo los apóstoles.
Como resultado, las reuniones diarias de enseñanza y predicación en las casas y en el templo, prácticamente dejaron de celebrarse. En cambio, como ya hemos visto anteriormente, los esparcidos, que en su gran mayoría serían “soldados rasos” que asistían a ellas en Jerusalén para alimentarse y aprender, ahora pasaron a ser evangelistas, yendo por todas partes anunciando el evangelio. De hecho también, muchos de ellos, por el feliz resultado de sus labores, pasaron a ser fundadores de iglesias, según Los Hechos 9:31, como ya vimos.
Sin lugar a dudas, esto fue echar por tierra toda la rutina y el esquema que habían llevado desde el principio – rutina y esquemas, digamos de paso – que eran sanos y que habían sido implantados por el mismo Espíritu Santo, pero por un tiempo solamente.
Se puede argumentar que la nueva situación se debió obligatoriamente a la fuerte persecución, pero no cabe duda que la misma muy bien pudo haberse producido anteriormente. Sin lugar a dudas, fue la soberanía de Dios lo que la postergó hasta ese punto de tiempo clave, en que los creyentes ya estaban preparados y equipados para ser lanzados a la cosecha.
También llama la atención el caso de Felipe en Samaria. Visto el éxito de su ministerio en esa ciudad, se podría pensar que, como el padre de la obra, habría correspondido que se estableciese allí para llevarla adelante.
Tal vez él mismo había pensado hacerlo, pero el Espíritu Santo le habló, diciéndole inesperadamente que marchase hacia el Sur, por el desértico camino que conducía de Jerusalén a Gaza.
Tras su encuentro con el eunuco, funcionario de la reina de Etiopía, al cual guió al Señor y bautizó, el mismo Espíritu lo arrebató y condujo hasta Azoto. De ahí, tomando conciencia ahora de que su verdadero llamamiento era el de evangelista, siguió proclamando el evangelio en todas las ciudades hasta llegar a Cesarea.
Esto nos lleva también a otra conclusión interesante e importante. En estas desprogramaciones o cambios de frente, el Espíritu Santo incluso puede muy bien cambiar y ampliar la vocación y la función de los hijos y siervos de Dios.
Siguiendo la trayectoria de Felipe, todo indica que se radicó allí, en Cesarea, y según vemos en Los Hechos 21:8-9, tras entrar en relación matrimonial, había pasado a ser padre de cuatro hijas que profetizaban. Aun después de los muchos años transcurridos, él seguía operando en la función de evangelista, del cual había tomado conciencia en la ocasión ya señalada, aunque, muy posiblemente, ahora era mucho menos móvil que en un principio.
En el resto del libro hay muchas más ocasiones en que se advierte con claridad que no había una planificación humana, sino que era el Espíritu Santo Quien planificaba y daba impulso a todo lo que se hacía.
Sobre esto hemos de ver más a medida que avancemos, sobre todo en el nacimiento y desarrollo de la otra iglesia modelo que hemos de considerar – la de Antioquía de Siria – y también en los viajes misioneros de San Pablo.
Por ahora, agregamos que no se nos pasa por alto que eran tiempos y ocasiones muy especiales, y que no se puede ni se debe esperar que continuamente se den estos cambios de frente, con bruscas alteraciones en el régimen de la obra y del ministerio.
No obstante, debemos guardarnos de caer en una rutina estrecha y fija, que prácticamente le cierra la puerta al Espíritu Santo.
Aun sin los vuelcos fundamentales o espectaculares que hemos señalado, hemos de estar abiertos y dispuestos a que el Espíritu nos corrija, reencauce o dirija por senderos nuevos o distintos.
Esto debe ser aplicable no sólo a la obra del ministerio en general, sino también a nuestra relación personal con el Señor, sobre todo en el terreno de la oración – cómo, por quién o quiénes, y cuándo y cuánto orar. Asimismo, en el de compartir la palabra de Dios, en vez de tener una programación previa, debidamente agendada y preparada, esperar en Dios para cada ocasión, a fin de recibir la palabra fresca y en sazón para cada ocasión y situación en que tengamos que actuar. Sólo así seremos auténticos voceros del Señor.
La alabanza en la iglesia primitiva.-
Al entrar en este tema, somos muy conscientes de que no pocos podrán estar en desacuerdo con lo que vamos a comentar, y a algunos incluso no les caerá nada bien.
Sin embargo, nos hacemos un deber expresar lo que entendemos que es la verdad bíblica incuestionable, aunque procuraremos presentarla con tacto y un espíritu humilde y exento de cualquier acritud o aspereza.
Por empezar, después de leer el libro de Los Hechos en particular, y en realidad todo el resto del Nuevo Testamento, creemos que nadie podrá negar que en la iglesia primitiva, la alabanza con canciones acompañadas por instrumentos musicales, por cierto que no ocupaba el lugar preponderante que se le ha venido dando en muchísimos lugares de un tiempo a esta parte.
Bien es verdad que la encontramos muy profusamente en tiempos de David, quien mandó que se designasen levitas cantores y músicos, con una variedad de instrumentos musicales:- salterios, arpas, címbalos y trompetas, para alabar al Señor.
También es verdad que los salmos – especialmente los de David – contienen una alta proporción de alabanza, y sobre todo en el último salmo se nos exhorta a alabar al Señor con instrumentos y danza, y termina diciendo:
“Todo lo que respira alabe a Jah.”
No obstante, examinando la gran profusión de enseñanza impartida por Jesús a los discípulos y a las multitudes, nos encontramos con muy poco – o casi nada – en ese sentido.
En Mateo 26:30, después de la institución de la cena del Señor, se nos dice muy escuetamente:
“Y cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos.”
En el resto de los evangelios, no encontramos nada que se pueda tomar como base firme y seria para justificar el uso de tantos instrumentos musicales, y la dedicación a la canción y la alabanza musical de un gran porcentaje del tiempo que duran las reuniones, de la forma que está sucediendo en muchísimas iglesias hoy en día.
No deseamos ser tan estrechos como algunos, que llegan a descartar por completo el uso de cualquier instrumento musical. Pero por otra parte, no podemos soslayar el claro testimonio que nos dan las Escrituras en este aspecto: en la iglesia primitiva, la oración y la palabra del Señor, junto con la proclamación ungida del evangelio en el nombre del Señor Jesús, eran las armas principales que ocupaban un lugar preponderante.
En contraste, no se encuentran evidencias de la alabanza con canciones e instrumentos musicales por ratos prolongados. Y no podemos aceptar de ninguna forma la tesis que algunos podrían presentar, de que en estos tiempos, el Espíritu Santo está impartiendo una visión más avanzada y mejor que la que tenían Jesús y los primeros apóstoles.
En aras de procurar encontrar una verdad limpia y equilibrada sobre el tema, enumeramos a continuación los pros y los contras de este fuerte hincapié en la canción y la alabanza musical.
Pros.-
-
Nos exhorta y nos impulsa a alabar al Señor con fervor, lo cual no puede ser sino algo positivo.
-
Si lo hacemos correctamente, nos ayudará a salir del círculo vicioso de nuestro pequeño mundo, problemas y necesidades, y a situarnos en vez en la esfera del amor y la grandeza de Dios.
-
Cuando todo esto se hace con la unción del Espíritu, muy bien pueden derivarse bendiciones de sanidad y liberación, y quitarse cargas de desánimo, tristeza y dolor.
-
Es una forma de incentivar a los jóvenes. A menos que estén bien afirmados en el Señor, las reuniones de iglesia con poca o ninguna canción, les pueden resultar aburridas y totalmente faltas de interés. Al dárseles una participación en la alabanza, se les puede animar, y tal vez, en algunos casos, evitar que dejen de asistir y se marchen al mundo.
No obstante, este último aspecto – el de darles una parte activa en la alabanza – puede ser un arma de doble filo, sobre lo cual comentaremos en la parte siguiente – la de los contras.
-
En ocasiones en que la alabanza fluye con unción, evidentemente tiene la virtud de “despejar la atmósfera”, por así decirlo, estableciendo claramente el señorío de Cristo en la reunión, y a continuación la palabra de Dios también suele fluir con más riqueza y poder.
Contras.-
-
A menudo el alto volumen de la música, sobre todo del tambor, el bombo y los platillos, casi impide que se distinga bien la letra de lo que se está cantando, que queda prácticamente ahogada.
-
Como la alabanza prolongada está tan en boga, se ha convertido en una costumbre y una rutina destinarle una hora de la reunión, y a veces más también. En no pocas oportunidades hemos visto a mucha gente aburrida, y hasta bostezando, mientras el equipo de alabanza insistía en repetir una y otra vez la misma canción, y esto sin ninguna unción del Espíritu.
En tales situaciones, nos ha sorprendido que quien o quienes estaban presidiendo la reunión, no hayan sido capaces de interrumpir para encauzar las cosas correctamente, en busca de la verdadera dirección y unción del Espíritu.
-
Las reuniones se pueden volver demasiado largas, la gente estar cansada al tiempo de darse la palabra, y muchas mujeres con maridos inconversos pueden tener que marcharse sin poder escuchar la palabra.
-
Al darse participación activa a los jóvenes es imprescindible que sus vidas estén acorde con la responsabilidad y el privilegio que ello supone. Ha habido muchos casos en que esto no ha sido así. Como resultado: mal o pésimo testimonio – engreimiento pensando que son muy importantes (caso típico: el del joven que le da con toda su fuerza a los platillos o al tambor, ¡para que se sepa que él es el principal!)
Aparte de esto, el autor tiene presente lo que le manifestó un pastor hace 4 ó 5 años: la puja por dirigir la alabanza, o bien estar al frente participando en ella de forma activa, a menudo ha acarreado celos, envidias y contiendas, al punto que sostenía que este tema – el de la alabanza y quién la lleva, y quién participa y quién no participa – es el que más problemas le ha creado.
Debemos tener muy en cuenta que antes de poner a un siervo ante el púlpito para dar la palabra de Dios, debido a la gran responsabilidad que ello representa, el Señor a Sus voceros auténticos los hace pasar previamente por un trato especial y a menudo muy severo, a fin de que se mantengan humildes y vivan siempre muy cerca de Él.
Considerando esto, hay quienes consideran que es más sabio y acertado que los músicos y cantores no estén sobre la plataforma como en un espectáculo, a la vista de todos los demás. En lugar de ello, disponen que canten y toquen desde sus lugares, de frente a la plataforma y el púlpito, preferentemente en las primeras filas para una mejor sincronización, mientras que un siervo maduro y probado – anciano, pastor o lo que fuere – preside desde la plataforma.
En ocasiones, hemos visto con claridad que la alabanza se ha vuelto en un fin en sí, como un festival para deleitar a los asistentes con buena música y canciones. También debemos señalar que muchas veces se emplean instrumentos musicales de mucho precio, y uno se pregunta si la fuerte inversión hecha para adquirirlos, no se podría haber destinado a necesidades más importantes y urgentes, como ser para financiar a evangelistas o esfuerzos evangelísticos en la esfera local, o apoyar a siervos necesitados que se encuentran en el campo misionero.
Recordamos el caso de un festival de música cristiana en una importante ciudad, con participación de jóvenes de varias iglesias de la zona. Aprovechando que un siervo del Señor bien conocido y valorado se encontraba de visita, uno de los pastores sugirió que se podría hacer una pausa a una altura determinada, para que ese siervo presentase de forma breve un mensaje evangelístico, teniendo en cuenta que se esperaba una buena asistencia de personas inconversas.
Aunque cueste creerlo, los jóvenes que dirigían el evento se negaron a ello, y su decisión pudo más que el pedido del pastor.
La única conclusión que cabe, es que querían deleitar a los concurrentes con su brillante música y sus canciones, y que pensaban que una predicación del evangelio desluciría la fiesta, y no caería bien con los asistentes.
Se podrá argumentar que ya estaban proclamando el evangelio con sus canciones. Reconocemos que Dios también puede usar la canción para llevar almas a Cristo, pero que no nos quepa ninguna duda de que Él ha establecido la proclamación de Su palabra como pieza clave. Cuando se la desecha o relega a un plano secundario, sólo podrá redundar en evidente pérdida y perjuicio, en términos de genuina espiritualidad y resultados sólidos y duraderos.
Por otra parte, recordamos un caso muy positivo de la forma en que el Señor utilizó la alabanza – muy sabiamente encaminada – hace unos buenos años en la localidad de General Alvear, en la provincia de Mendoza, República Argentina.
Hermanos y hermanas de procedencia ucraniana, radicados en ese lugar, cantaban a varias voces, armonizando melodiosamente y con poco o ningún acompañamiento musical. No obstante, se nos dijo que era todo un deleite escuchar sus canciones, y el Señor las usaba como medio maravilloso para atraer a la gente, después de lo cual, al oír la proclamación del evangelio, un buen número se convertía al Señor.
Otro caso interesante fue el de una visita de unos veinte hermanos de una iglesia de Andalucía, a la congregación a la cual pertenece el autor, con asiento en la ciudad de Reading, Inglaterra
Fue una ocasión de mucha cordialidad y muy buena comunión, en que los visitantes entonaron varias canciones muy hermosas – algunas de ellas en estilo flamenco – las cuales fueron de mucho agrado y edificación.
Al mismo tiempo, les llamó la atención a ellos la forma en que se desenvolvía la alabanza en nuestras reuniones. Notaron que no había un grupo de alabanza en sí, y que cualquier miembro podía intervenir, ya sea pidiendo o comenzando una canción, o un himno determinado, con alguien al piano inmediatamente confirmando o corrigiendo la nota, y acompañando la letra melodiosamente. También vieron que algunas veces, un miembro cualquiera, después de que se hubiera cantado una canción dos o tres veces, por considerar que la misma estaba fluyendo en el Espíritu, la reiniciaba para que se cantase una vez más.
Le agradó al Señor en esa oportunidad dar una unción especial a la canción – a veces a dos voces – y el líder del grupo visitante nos manifestó después que, tanto él como los diecinueve restantes, en esos momentos se habían sentido movidos a una adoración muy sublime, al encontrarse envueltos en una atmósfera de alabanza en la que advertían que había una deleitosa nota celestial.
Después de consignar estos pros y contras, pasamos a puntualizar algunas pautas que creemos que son importantes y que habrán de contribuir a que se logre una alabanza correcta y edificante.
-
Evitar caer en la rutina de que debe ser por un período determinado de tiempo (como ser, una hora o más). Sobre todo, cuando se ve que no fluye ni hay unción, animar a que se la interrumpa con oraciones, acciones de gracias, testimonios y otras participaciones, dentro de la modalidad de la congregación.
El Espíritu muy bien puede alterar las cosas, para que se presente una necesidad de oración urgente, por ejemplo; y después de habérsela presentado al Señor, se compartan testimonios, o bien que se pase directamente al ministerio de la palabra. Tal vez, al finalizar, los cantores y músicos se podrían encontrar con la agradable sorpresa de que en ese punto sí fluye la alabanza, con rica unción. Esto incluso puede ser no en torno a las canciones que se habían previsto de antemano, sino sobre otras, alusivas o bien a los testimonios compartidos, o al tema de la palabra.
b) Motivar lo más posible a que canten todos los asistentes, y no solamente el equipo de alabanza, mientras los demás quedan como meros espectadores, como no pocas veces sucede. Para esto es muy importante que la letra, o sea bien conocida, o de lo contrario esté bien al alcance de cualquiera que no la conozca, ya sea en himnarios, o la pantalla. En el caso del primero, anunciar en voz alta y con toda claridad el número de la canción que se va a entonar.
Actualmente en Reading, al cantarse un himno o coro, se dispone que esté claramente presentado en letras muy grandes y en una gran pantalla, de modo que todos sin excepción puedan verla y cantar al unísono, y a veces resulta sumamente ungida y de suma bendición.
-
Cuidar que el volumen de la música no sea excesivo – especialmente donde se emplean tambor, bombo y platillos – para no ahogar la letra. El propósito de la música debe ser acompañar melodiosamente la letra, permitiendo que esta última sea oída y bien entendida, aun por quienes la desconocen y la oyen por primera vez.
-
Después de una canción que se ha entonado bien y con fervor, se acostumbra a decir: “Fuerte ese aplauso, que es para el Señor”, o cosas parecidas. Exhortar a todos – y particularmente a los músicos – que así sea de verdad. Sin pecar de mal pensados, creemos que muchas veces el sutil sentir de algunos corazones, muy bien puede estar deleitándose en lo bien que se ha tocado y cantado, y no verdaderamente en el Señor y en Su grandeza y amor.
-
Tener mucho cuidado de no dar protagonismo ni cabida en el grupo de alabanza a quienes no ostenten un testimonio limpio y satisfactorio. Asimismo, velar porque no haya celos, envidias ni contiendas, sino que impere en todos un espíritu noble, manso y humilde.
-
Evitar la infiltración de música de rock o mundana en sus diversas formas. En cambio, cuidar de que haya una buena variedad de buena música, para canciones vibrantes cuando corresponda, pausada para los momentos de adoración, y melodiosas y bien acompasadas para acompañar debidamente la letra que proclama y ensalza la gloria de Dios y las virtudes de Su palabra, Sus juicios y Sus caminos.
-
Velar porque la letra de las canciones que se entonen sea de un contenido bíblico y edificante, evitando aquéllas más bien insípidas e innecesariamente repetitivas, y faltas de profundidad y riqueza, de las cuales, lamentablemente, en los últimos tiempos ha aflorado un buen número.
-
Finalmente, cuidar celosamente de que la alabanza nunca desplace a la oración y al ministerio de la palabra, relegándolas a un lugar de menor importancia. El libro de Los Hechos en particular, pero todo el resto del Nuevo Testamento en general, le dan a estas dos últimas un papel claramente prioritario. Quien desatienda esta verdad incuestionable, a la larga, y tal vez después de un tiempo de aparente éxito, habrá de cosechar los tristes resultados de su mala siembra.
En otro orden de cosas, cabe señalar que, a pesar de la magnitud del poder de Dios desplegado, y la pureza de la iglesia primitiva de Jerusalén, ciertas costumbres y tradiciones que no condicen ni concuerdan con la pura verdad del cristianismo, seguían en pie.
Entre ellas citamos la de hacer gran llanto sobre Esteban, al enterrarlo, en consonancia con la costumbre imperante desde tiempos antiguos. Como ejemplo sobresaliente del Antiguo Testamento, tenemos el entierro de Jacob, que fue precedido por siete días de duelo y endecha con gran llanto. (Génesis 50:9-11)
La verdad que encontramos en el Nuevo Testamento es que, sin dejar de sentir dolor por el fallecimiento de un ser querido que ha vivido en la fe, no debemos entristecernos como los otros que no tienen esperanza.
Para los que somos Suyos, la muerte se ha transformado en un dormir, cuando el alma abandona el cuerpo mortal y es recogida por el Señor para entrar en un dulce reposo. (Ver 1ª. Tesalonicenses 4:13)
La tradición más fuerte que se conservaba en muchos de los creyentes de la iglesia primitiva de Jerusalén, por ser mayormente judíos, era la de no comer y convivir con gentiles, junto con la de la circuncisión y guardar la ley de Moisés.
Debemos tener presente que esa iglesia primitiva de Jerusalén, como acabamos de señalar, estaba integrada casi totalmente por judíos o prosélitos, y estas tres cosas estaban profundamente arraigadas en ellos.
No pudieron desprenderse de ellas de inmediato ni mucho menos, y muchos las continuaron observando por un buen tiempo.
En el concilio de Jerusalén (Los Hechos 15:1-29) se decidió no imponer el guardar la ley mosaica ni la circuncisión a los gentiles. Además, se dejó claramente establecido que ni lo uno ni lo otro era necesario para ser salvo, bastando la fe en la obra redentora de Cristo a favor nuestro.
Que estas tradiciones y costumbres se siguieran observando por un tiempo por parte de los judíos, y también de los prosélitos, resulta muy comprensible, por estar arraigadas profundamente en ellos por siglos, como ya hemos dicho.
Posteriormente, merced de manera especial a la pluma de Pablo, particularmente en sus epístolas a los Gálatas y Romanos, y también por la enseñanza del libro de Hebreos, estas costumbres y tradiciones quedaron definitivamente eliminadas, para ceder paso a la verdad sencilla, amplia y gloriosa del evangelio y el régimen de la gracia en que nos encontramos.
No hemos agotado el tema. por supuesto, pero el contenido de estos capítulos abarca los puntos principales que hemos querido presentar.
Resumiendo: como la primer iglesia modelo que el Señor nos ha querido presentar, vemos a la misma, por así decirlo, como la madre de todo.
Dentro y desde ella se levanta el evangelismo para la propagación del mensaje de salvación; en ella, se discipula, forma, adiestra y equipa a los que han de levantarse como apóstoles, profetas, maestros y pastores; también dentro de ella brota la financiación, y el sustento de la ayuda material a los necesitados de entre sus filas (pero no necesariamente a los de afuera).
De ella salen los ministerios reconocidos, para la labor de expansión y consolidación, y en su seno se dirimen y resuelven temas polémicos de doctrina o de procedimiento.
También es la esfera en la que se manifiesta el poder de Dios para sanar enfermos, y liberar los cautivos; el lugar en el cual el Espíritu Santo, en el rol de Ejecutivo de la Deidad, gobierna, planifica e impulsa toda la actividad en los diferentes niveles.
Como el personaje máximo, está al frente de todo, infundiéndole vida, sentido y propósito.
También es depositaria de la doctrina de los apóstoles, recibida por los doce directamente del Señor Jesús, y que el apóstol Juan, en su segunda, epístola llama con más exactitud la doctrina de Cristo, pues Él es Quien la trajo.
Aunque por el contexto resulta obvio que Pablo se está refiriendo a la iglesia universal y de todos los tiempos, bien podemos citar acá lo que nos dice en Efesios 1:22-23:
“…la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquél que todo lo llena en todo.”
En efecto: la visión que el Nuevo Testamento nos brinda, es la de una iglesia destinada a manifestar en este mundo toda la infinita y maravillosa plenitud de Cristo. Que el Señor nos ayude a ampliar y ensanchar nuestros horizontes, y que por Su gracia podamos ver una manifestación cada más creciente de esa gloriosa grandeza y plenitud.
– – – – – – ( ) – – – – – –