Volviendo a las Fuentes Primitivas – CAPÍTULO 9 – La iglesia en Antioquía de Siria. (3)
CAPÍTULO 9 – La iglesia en Antioquía de Siria. (3)
La propagación.-
En lo natural, desde un comienzo Dios ha establecido para el reino vegetal y animal, y el género humano, el principio de la reproducción.
Ese mismo principio está latente en el reino espiritual, y todo cristiano verdadero, y toda iglesia normal y sana, debe ser consciente de ello y potenciarlo debidamente.
Resulta de sumo interés ver que tanto la iglesia madre de Jerusalén, como la de Antioquía que estamos considerando, a su debido tiempo pasaron a la etapa de propagación y reproducción, pero de formas diferentes.
Como ya vimos, la de Jerusalén fue, por lo menos inicialmente, en base al desplazamiento, con motivo de la persecución, de los creyentes – soldados rasos como ya los hemos llamado – aunque bien preparados y equipados.
En cambio, en Antioquía la propagación se hizo “desde arriba”, por así decirlo, con el llamamiento a la obra misionera de dos puntales y directivos: Bernabé y Saulo.
En la experiencia práctica, estas dos formas también han seguido operando a través de la historia.
Un caso bien conocido es el de la “manada pequeña” en tiempos de Watchman Nee, en la China. Después de un tiempo de consolidación y mucha bendición, tomaron conciencia de la necesidad de ir a otras regiones de su vasto país a propagar el evangelio.
Como consecuencia de ello, un buen número de creyentes se desplazó a otras ciudades y poblaciones, llevando el mensaje de salvación y ganando almas para Cristo.
Con posterioridad, los ministerios principales de la iglesia madre comenzaron a visitar esos puntos, para consolidar la obra que se había empezado a levantar en todos ellos.
Esto guarda un paralelo bastante aproximado con lo que sucedió en Jerusalén, y la propagación que ya hemos visto en Judea, Galilea y Samaria.
En cuanto a la otra forma – la que denominamos “desde arriba” – el autor pudo verla desenvolverse hace varias décadas, en la ciudad de Liverpool, en la iglesia en la cual él era un miembro activo del presbiterio.
Hacia el otoño del año 1970, él sintió el llamamiento al campo misionero, y simultáneamente otro anciano, que era a la vez el líder de la congregación, sintió un llamado similar, aunque a una parcela distinta.
Otro siervo que anteriormente había tenido una aportación muy valiosa en el levantamiento de esa iglesia, le preguntó a quien esto escribe qué sería de la iglesia al marchar él y el otro anciano, ya que eran quizá los dos que sobresalían dentro del presbiterio de cuatro en total.
La respuesta dada fue muy sencilla – casi ingenua:
“El Señor sabe y Él se hará cargo.”
Efectivamente, al marchar ambos, dos nuevos ancianos fueron reconocidos, y bien pronto dieron evidencia de contar con quilates muy apreciables.
Todavía más tarde, estos dos nuevos ancianos fueron llamados a la obra misionera, uno a Zimbabwe, en el África, y el otro a la zona occidental del Canadá. Y en su lugar, fueron reconocidos otros dos, que igualmente demostraron tener muy buen talante.
El principio importante que hay que tener presente en esto, es que si siervos de madurez y experiencia permanecen indefinidamente en una iglesia, muy bien pueden estorbar o impedir que se levanten y desarrollen otros siervos.
En el caso particular que hemos narrado, al estar presentes en la iglesia el otro anciano – líder y quien esto escribe, por un sano respeto hacia ellos, otros valores más jóvenes tendían a abstenerse en el ministerio.
Al marcharnos el otro anciano y un servidor, muy pronto los dos que nos sucedieron ocuparon el lugar que había quedado vacante, y pudieron con libertad dar del rico caudal que ya poseían. El mismo ciclo reproductivo también continuó posteriormente para gran satisfacción de todos.
Sin embargo, para ser francos y sinceros, la marcha de el o los ministerios más destacados de una iglesia, no siempre produce resultados tan felices. Tristemente, en muchos casos aquéllos a los cuales se les da, o les toca, el relevo, no dan la talla, ni muestran poseer el mismo peso y autoridad que sus antecesores.
En esa misma iglesia en Liverpool, unos pocos años más tarde, también se experimentó una enjambrazón masiva de algo así como la cuarta parte de la congregación.
Residían todos en una zona algo apartada, en otra parte de la ciudad, y la distancia fue el factor práctico que la provocó. La separación – que de ninguna manera se podía conceptuar como una división – se hizo de común acuerdo y de buen grado por todas las partes, y uno o dos hermanos idóneos fueron designados para pastorear la nueva iglesia, que así quedó formada en otra zona de la ciudad.
Los vínculos de amor y comunión quedaron intactos, y hasta el día de hoy las dos iglesias – la madre y la hija, en otra zona de la ciudad – mantienen una relación sana y correcta, con mutua colaboración y a veces intercambio de ministerios también.
Es muy importante que se comprenda bien la diferencia abismal que existe, por una parte entre una salida para propagación efectuada con un espíritu correcto, y aquélla que en realidad está motivada, y a veces también precipitada, por desacuerdo y contenciones.
El principio que tenemos en Génesis 1:11 de que cada planta reproduce según su género, tiene asimismo aplicación en todo esto.
Toda propagación que se origine en desavenencias y enfrentamientos, tristemente, a la larga, habrá de reproducir situaciones de la misma índole, con el desafortunado saldo de iglesias divisivas y conflictivas.
Por otra parte, de propagaciones sanas y correctas, como las que hemos comentado anteriormente, felizmente han de surgir nuevas iglesias, sólidas y bien fundadas.
Las abejas tienen mucho que enseñarnos en este terreno. Hay colmenas cuyas abejas tienden a enjambrar prematuramente, dejando atrás una colonia débil y sin el debido almacenamiento de polen, néctar y miel, aun cuando nunca sin celdas reales, para que las que queden puedan levantar una nueva reina.
Como resultado, además de quedar muy debilitada y disminuida la colmena de la cual salieron, en la nueva que pasan a formar bien pronto se repite una enjambrazón prematura, quedando así, con el tiempo, una pequeña cadena de colmenas raquíticas y de muy poca producción.
Por el contrario, cuando se produce una enjambrazón correcta, la colmena dejada atrás queda abundantemente surtida, para que pueda seguir desenvolviéndose satisfactoriamente.
Como detalle adicional y de mucho interés, el autor recuerda haber recogido muchos años atrás, para colocar en una nueva colmena vacía, una enjambrazón que tenía la forma de un gran ovillo, con miles y miles de abejas.
No tuvo ningún inconveniente en recogerlas. Estaban muy tranquilas y satisfechas, en un todo de acuerdo con lo que el bien conocido escritor Maeterlink afirma en su clásico “La Vida de las Abejas” – es decir, que el día de la enjambrazón están muy ilusionadas y felices, por la gran perspectiva de la nueva aventura a la cual se lanzan.
Y desde luego, en su abandono de lo que ha sido su propio hogar, no se advierte ninguna muestra de enfado o contienda con las que quedan atrás.
Esta es otra muestra de la gran sabiduría del Creador y Ser Supremo, al establecer tan preciosa armonía entre lo natural y lo espiritual.
Con razón que Jesús, en tantas de Sus parábolas, se valía de lo natural y temporal, para ayudarnos a comprender mejor lo espiritual y eterno.
Lástima grande que Maeterlink, cegado por la incredulidad y el escepticismo, al descubrir tantas asombrosas maravillas en la vida de las abejas, se las atribuyó como una conjetura suya a lo que él llamó “el espíritu de la colmena”, en vez de reconocer lo que es palpablemente evidente – la creación y obra maravillosa del único y sapientísimo Dios.
La iglesia probada y confirmada.-
Creemos que toda iglesia verdaderamente levantada por el Señor, debe, casi necesariamente, pasar por la prueba.
La misma, que en realidad el Señor muchas veces permite deliberadamente, tiene la virtud de purificarla, para luego consolidarla y llevarla a una mayor madurez y productividad.
La de Jerusalén fue fuertemente probada por ataques del enemigo, tanto desde afuera, como del interior de sus filas, como ya hemos visto.
La de Antioquía tuvo que afrontar una crisis muy seria, que se presentó con matices muy diferentes. No se trataba de amenazas de las autoridades religiosas, ni de mentiras y engaño, como en el caso de Ananías y Safira, sino de la infiltración insidiosa y sumamente maléfica de los judaizantes.
“Entonces algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos: Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos.” (Los Hechos 15:1)
“Es necesario circuncidarles, y mandarles que guarden la ley de Moisés.” (15:5)
A primera vista, podría parecer algo mucho menos malo y peligroso que los ataques por fuera experimentados en Jerusalén, o lo de Ananías y Safira.
Sin embargo, se trataba de algo muy sutil, proveniente, más allá del legalismo de los judaizantes, de la misma serpiente diabólica.
El añadir la circuncisión y el guardar la ley como requisito para ser salvo, equivalía a minar y socavar la base y la misma esencia del evangelio de gracia.
Por una parte, el sacrificio expiatorio de Cristo ya no era suficiente, y como Pablo bien dice en Gálatas 2:21
“…si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.”
Por la otra, el gozo y la paz de saberse totalmente perdonados de pura gracia por un Dios de amor e infinita misericordia, se diluían y disolvían. Ahora había que empezar a cumplir los requisitos legales de la ley mosaica y acumular méritos, y se quedaban con la incertidumbre de no saber si sus esfuerzos en tal sentido bastaban o no.
Como sabemos, Pablo y Bernabé tuvieron una contienda no pequeña con ellos, y fueron a Jerusalén, acompañados por otros, para esclarecer las cosas debidamente, en consulta con Pedro y los demás primitivos apóstoles.
El concilio de Jerusalén, del cual se nos da cuenta en Los Hechos 15, felizmente dirimió la polémica, dictaminando que no se debía inquietar a los creyentes gentiles, poniendo sobre ellos un yugo tan pesado. Solamente se les exhortaba a abstenerse de fornicación y de comer lo sacrificado a ídolos, ahogado y sangre. Esto definió la cuestión con toda claridad y de una vez para siempre.
No obstante, la enseñanza de los judaizantes ya había causado muchísimo daño. En Antioquía, y sobre todo en las iglesias de Galacia, el amor y el gozo de la salvación se habían disipado, cundiendo el desánimo y la desorientación. Después de un comienzo dichoso y bendito en el evangelio, se encontraban ahora con la muy mala noticia de que la salvación no era algo que ya les había sido otorgado de pura gracia, sino que debían emprender el sendero incierto y difícil de tratar de cumplir con toda la ley de Moisés.
Bien podemos imaginar la desorientación y tristeza que esto les debe haber traído.
Afortunadamente, al volver Pablo y Bernabé a Antioquía junto con Silas y Judas Barsabás, y leerse la carta apostólica con el dictamen alcanzado en Jerusalén, los hermanos se regocijaron grandemente. Esa levadura judaizante que tanto les había inquietado, quedaba totalmente desautorizada y podían desentenderse de ella por completo.
“Y Judas y Silas, como ellos también eran profetas, consolaron y confirmaron a los hermanos con abundancia de palabras.” (15:32)
En situaciones semejantes a la que nos ocupa, se debe comprender que no basta aclarar las cosas a nivel mental para que queden bien entendidas y afirmadas.
El daño causado había llegado a los espíritus y la conciencia. Había que sanearlos con una fuerte infusión de la verdad gloriosa y riquísima, de la redención plena en Cristo Jesús, y esto con la unción y la gracia del Espíritu Santo.
Cualquier novato, inmaduro o carnal, fácilmente puede causar perjuicios incalculables, sembrando dudas, polémicas, legalismo u otras cosas perniciosas.
En cambio, traer a los necesitados los benditos consuelos de Dios, es algo que sólo pueden hacer quienes viven cerca de Dios y son realmente enviados por Él, como vasos maduros y aprobados.
Judas y Silas respondían a esta categoría, siendo, como se nos dice en Los Hechos 15:22 “varones principales entre los hermanos.”
Con su ministerio sano y muy rico, supieron traer esa bendita consolación de lo alto que restaura la confianza y disipa las dudas y temores.
Pero además de eso – consolarlos – leemos que también confirmaron a los hermanos, de manera que quedaron sólidamente arraigados y afirmados.
Para ello no se valieron de medios tales como la psicoterapia, la psicología pastoral, u otros, tan en boga en algunos círculos hoy día.
En cambio, esgrimieron el arma que Jesús mismo había empleado y que había prometido dar a los Suyos.
“porque yo os daré palabra y sabiduría, la cual no podrán resistir ni contradecir todos los que se opongan.” (Lucas 21:15)
En el original griego, en Los Hechos 15:32 citado más arriba, en vez de “con abundancia de palabras” como pone la revisión de 1960 de la traducción de Casiodoro de Reina, lo que dice literalmente es “con mucha palabra.”
¡Cuán acertada la lógica – sencilla y clara – de usar el singular y no el plural!
Hay tantas palabras hoy día: la del político, el intelectual, el periodista, el psicólogo, el psiquiatra, el filósofo, el sabio de este mundo, etc.
Sin desmerecer el valor relativo que cada una de ellas puede tener, aplicada a su esfera particular, a los fines nuestros – los valores espirituales y eternos de Dios – sólo hay una palabra: la que viene auténticamente de lo alto, traída por varones llenos del Espíritu.
Y en ese singular de esa única palabra, siempre cabe una rica abundancia, pero no la propia de quien sea locuaz, docto o elocuente, sino de quien tiene el corazón lleno de Dios, y de Sus verdades contundentes y maravillosas.
Silas y Judas Barsabás eran, sin duda, de esa clase de siervos, y, como ya hemos visto, su ministerio fue sumamente beneficioso, sirviendo para sanear la situación y restaurar la confianza y el buen ánimo de los hermanos.
En esto también advertimos el buen efecto que surte oír voces nuevas, siempre y cuando, claro está, hablen en consonancia con las anteriores que se hayan oído, corroborando y reforzándolo.
Los fieles de Antioquía habían recibido anteriormente un abundante ministerio de Pablo y Bernabé. En esta coyuntura, las voces nuevas de Judas Barsabás y Silas se prestaron admirablemente, llegando con mucho peso, autoridad, y también, seguramente, con mucha frescura.
A menudo las mismas verdades, pero traídas por otros con estilos y expresiones y lenguaje distintos, resultan muy refrescantes y, al mismo tiempo, muy efectivas.
Antioquía se caracterizó desde un principio, por ser una iglesia que se abría con amplitud y generosidad a otros ministerios. En la hora de dar, supo desprenderse, también con generosidad, y por mandato del Espíritu Santo, de dos de sus mejores valores – Pablo y Bernabé.
Este dar y recibir – como hemos dicho, con amplitud y generosidad – es propio de toda iglesia sana y bien fundada, sin que haya para nada por parte de su liderazgo lo que tristemente se suele presentar en algunos lugares:- un aferrarse a la situación, no dando paso ni cabida a otros ministerios, que muy bien podrían ser de buena edificación y enriquecer la grey.
Unos versículos más abajo leemos:
“Y Pablo y Bernabé continuaron en Antioquía, enseñando la palabra del Señor y anunciando el evangelio con otros muchos.” (15:35)
Un nuevo hincapié, con los dos aspectos fundamentales de enseñar la palabra, para arraigar y madurar a los ya convertidos, y anunciar el evangelio, siempre con la expectativa de que se conviertan nuevas almas.
Esta doble función – la desempeñaron no sólo Pablo y Bernabé, sino también muchos otros, lo cual refuerza todavía más lo que venimos diciendo.
En suma, que esta iglesia en Antioquía de Siria, estaba ricamente dotada y muy favorecida, por todo el abundante caudal que el Señor derramó sobre ella a través de tantos grandes siervos.
Era también la puerta de salida de cada viaje misionero que emprendía Pablo, y la de entrada a su regreso. Él siempre salió encomendado por ella a la gracia del Señor, y al retornar daba cuenta de cómo le había ido, y de los muchos milagros y bendiciones con que Dios había honrado sus labores.
Todo esto nos presenta los lineamientos limpios y claros que deben caracterizar la vida eclesial, ministerial y la labor misionera.
Sobre esto último habremos de extendernos en capítulos posteriores, al estudiar los viajes misioneros de Pablo.
Aun cuando indudablemente se podría agregar bastante más, nos damos por satisfechos con esto, resumiendo que por todo lo que hemos visto, Antioquía constituye un modelo precioso que el Señor nos ha legado como ejemplo, para nuestra guía, instrucción y edificación.
– – – – – – ( ) – – – – – –