Capítulo. 8

La iglesia en Antioquía de Pisidia (2)

Este capítulo comienza dándonos un pantallazo de suma importancia en cuanto a los ministerios y el gobierno de la iglesia de Antioquía.

Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros: Bernabé, Simón el que se llamaba Niger, Lucio de Cirene, Manaén el que se había criado junto con Herodes el tetrarca, y Saulo.”

Evidentemente, éstos eran los varones principales que estaban al frente.

Tenemos aquí el principio de la pluralidad, que también funcionaba en Jerusalén. Esa pluralidad no descarta el hecho de que un siervo determinado dentro de un liderazgo colectivo, tome la iniciativa y sea, por así decirlo, el líder.

No obstante, se encuentra apoyado y respaldado por los demás, que a su lado pueden servir también para equilibrarlo, complementarlo y aun frenar o corregirlo cuando fuere necesario. Nunca debemos perder de vista la contundente sabiduría expresada en Proverbios 11:14 “…en la multitud de consejeros hay seguridad.”

En Jerusalén, en los comienzos, el liderazgo de Pedro aparece con mucha claridad, aunque acompañado y secundado por Juan y los otros diez apóstoles.

En Antioquía, a esta altura, creemos que Bernabé era el más destacado, aunque su posición como líder no aparezca con tanta nitidez como la de Pedro en Jerusalén.

Sin embargo, debemos notar que a él se lo menciona en primer lugar en la lista que aparece más arriba, y que también se lo nombra primero en 11:30; 12:25 y 13:2.

Más adelante, al estar él y Saulo en Pafos durante el primer viaje misionero, tras consignarse el detalle de que este último también es llamado Pablo, se nos hace ver que ahora es él quien toma la iniciativa. Asimismo, después del regreso de ambos a Antioquía tras haber completado el primer viaje, a Pablo se lo menciona primero dos veces en el versículo segundo del capítulo 15.

No obstante, lo concreto e indiscutible es que en ambas iglesias modelo había un liderazgo en el plural, integrado por los siervos más destacados de cada una.

El liderazgo, tanto de Pedro en Jerusalén como el de Bernabé en Antioquía, no fue vitalicio. Más tarde, en Los Hechos 21, vemos que Jacobo estaba al frente, mientras que Pedro, según los indicios con que contamos, ya no se encontraba en Jerusalén. En cuanto a Bernabé, su liderazgo en Antioquía cesó de hecho al salir con Pablo en el primer viaje misionero.

Esto es importante, porque nos muestra que, si bien los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables (Romanos 11:29), el hecho de que el Señor tenga a un siervo en un determinado cargo en un cierto lugar, no quiere decir que eso ha de continuar por todo el resto de la vida.

Con el mismo llamamiento, el Señor muy bien puede trasladar a ese siervo a otro lugar, e incluso ampliar la proyección de su ministerio y llamamiento.

Un caso puntual es el de Felipe, que encontramos en el mismo libro de Los Hechos. Reconocido como diácono en el capítulo 6, a raíz de la dispersión abandona su cargo en Jerusalén, y, honrado por el Señor, pasa de ahí en más a desempeñarse como un evangelista sobresaliente. (Ver Los Hechos 6: 5-6; 8: 5-40 y 21: 8.)

Esto nos permite ver que el llamamiento no es algo estático e inamovible, sino que en él siempre hay posibilidades de crecimiento, cambio de lugar, ampliación y “ascenso.”

La pluralidad de ministerios en Antioquía evidentemente traía aparejada una sana diversidad, lo cual es tan importante para el logro de una ministerio rico y equilibrado.

Cuando una iglesia se alimenta exclusivamente de la dieta de un solo siervo, por más eminente que sea, inevitablemente, a la postre se llega a un punto de saturación, aburrimiento o falta de absorción, etc.

Dios nos ha hecho a todos, tanto en lo natural como en lo espiritual, personas necesitadas de la variedad en la comida, aunque se sobreentiende que dentro de esa variedad, lo que comamos debe ser sano y saludable, con el agregado de ser también mutuamente compatible.

Algunos han pensado que su posición o cargo en la iglesia es inamovible y para el resto de la vida. El ministerio que el Señor da a Sus siervos no es algo estático, sino vivo, progresivo y que va evolucionando.

Ya hemos citado el caso de Felipe. También hemos visto y conocido casos de siervos que en un cierto tiempo han realizado una labor apostólica o profética en uno o varios lugares determinados. Posteriormente, el Señor los ha trasladado a otras esferas o círculos para continuar su ministerio, mientras que el hueco que han dejado ha sido bien cubierto por otros.

Es importante comprender bien esto, para no caer en el error de algunos que, al asumir, por ejemplo, el pastorado, han creído y deseado que el mismo continúe todo el resto de la vida.

En algunos casos esto puede ser así, pero en otros el Señor muy bien puede destinarlos después de un tiempo a otro lugar, habiendo dado y agotado todo su caudal en la iglesia en que han estado sirviendo.

Al entrar entonces en una nueva situación, podrán encontrarse con personas que no los han conocido ni oído antes, ávidas de escucharlos y recibir de ellos, con el consiguiente beneficio y aliciente para ambas partes.

Al mismo tiempo, aquéllos que han quedado atrás en la iglesia anterior, podrán beneficiarse con oír una o más voces nuevas y frescas, que, traídas en sazón por el Señor, pueden tener una aportación muy oportuna y efectiva.

De la lista de los cinco profetas y maestros que había en Antioquía, y que se mencionan en Los Hechos 13:1, sólo tenemos más información y detalles de Bernabé y de Saulo. A los otros tres – Simón el que se llamaba Niger, Lucio de Cirene y Manaén, que se había criado junto con Herodes el tetrarca – no se los vuelve a mencionar.

Con toda seguridad, ellos también eran varones de gran calibre, y en ese quinteto que formaban con Bernabé y Saulo, también con toda seguridad había una rica gama y una hermosa variedad.

Aunque en esto nos estamos adelantando un poco, acotamos que más tarde tuvieron la distinguida y eficaz aportación de Judas Barsabás y Silas, varones principales entre los hermanos de la iglesia madre de Jerusalén. (15:22 y 32)

Y como si esto fuera poco, en el versículo 35 del mismo capítulo se nos dice:

Y Pablo y Bernabé continuaron en Antioquía, enseñando la palabra del Señor y anunciando el evangelio con otros muchos.”

Entre estos “otros muchos” debe incluirse al apóstol Pedro, que también visitó a la iglesia en Antioquía, según sabemos por Gálatas 2:11-14, si bien no podemos aseverar con precisión si fue en ese entonces, es decir, en la oportunidad en que Pedro fe censurado por Pablo, o en una oportunidad anterior o posterior.

Lo que sí es evidente, es que esa iglesia de Antioquía recibió un riquísimo y sumamente variado ministerio de la palabra de Dios, a través de muchos siervos de primera línea, lo que hizo de ella una iglesia altamente privilegiada.

Vemos en esto algo importante que ya hemos esbozado en una obra anterior, pero que viene al caso reiterar aquí: el plan o diseño de Dios que vemos en Los Hechos, tiene como parte importante levantar iglesias modelo, grandes y fuertes, y consolidarlas con un ministerio rico, abundante y sólido, para luego usarlas como centros, de los cuales han de salir siervos y siervas idóneos, bien formados y equipados para realizar una labor de propagación efectiva y fructífera.

Como reflexión final sobre esto, señalamos que muchas veces ha habido una prisa por pasar a la etapa de propagación, la cual ha emanado así de iglesias todavía en formación, y a veces, tristemente, débiles o enfermizas. Huelga decir que en tales casos, los resultados en términos de fruto sano y duradero, casi siempre han sido muy magros.

El señorío del Espíritu.-

Al igual que la iglesia de Jerusalén en sus principios, la de Antioquía daba muestras evidentes de estar regida en forma muy real por el Espíritu Santo.

Los Hechos 13:1-4 lo pone claramente de manifiesto. Citamos el pasaje completo, para luego pasar a desgranarlo desde la perspectiva en que estamos, según el subtítulo.

Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros: Bernabé, Simón el que se llamaba Niger, Lucio de Cirene, Manaén el que se había criado junto con Herodes el tetrarca, y Saulo.”

Ministrando éstos al Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado.”

Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron.”

Ellos, entonces, enviados por el Espíritu Santo, descendieron a Seleucia, y de allí navegaron a Chipre.”

Tenemos aquí el precioso cuadro de cinco varones de muchos quilates, apartados para la hermosa y prioritaria tarea de ministrar al Señor ayunando.

Por ministrar al Señor entendemos estar en Su presencia, con gratitud y alabanza, como así también en adoración, para luego pasar a la oración en el Espíritu.

El hecho de que lo hacían con ayuno, nos da a entender el propósito firme y resuelto con que lo hacían, dejando de lado el alimento diario para centrarse en ello en óptimas condiciones.

Digamos, de paso, que el ayuno constituye una faceta importante que aparece tanto en la iglesia de Antioquía, como posteriormente en los viajes misioneros, y asimismo en la vida toda de Pablo desde su conversión. (Ver Los Hechos 14:23 y 9:9; 2ª. Corintios 6:5 y 11:27)

Como contraste, no tenemos ninguna constancia del ayuno en Jerusalén, aun cuando puede igualmente darse por sentado que allí también se lo practicaba.

Este ministrar al Señor de esos cinco varones, sin duda los movía a buscar con mucho anhelo la voluntad del Señor y el rumbo que Él quería dar a la iglesia, y a ellos, Sus siervos.

En otras palabras, no tenían su propia agenda o programa con planificación a corto y a largo plazo, estrategia a emplearse, y metas a alcanzarse para una fecha determinada.

Todo esto, y mucho más, están muy en boga hoy día en muchos círculos. Sin embargo, estos varones nada sabían de todo eso, ni querían tener nada que ver con lo que no fuese buscar con sencillez el programa divino.

Esto de saber cuál era la voluntad expresa de Dios, claro está que se encuentra en marcado contraste con el crear el programa propio, y pedirle a Dios que lo bendiga, lo cual, en algunas partes, es lo más corriente en estos tiempos.

En esas condiciones, en Antioquía el Espíritu Santo tenía vía libre y total libertad de acción para revelar el plan divino a Sus siervos, e invitarlos a brindarse al mismo.

Lo que Él estaba diciendo, representaba para la iglesia desprenderse de dos de sus hombres claves. Un razonamiento humano podría entrar en cálculos y barajar posibilidades, en cuanto al efecto que eso pudiera tener sobre la congregación, reduciendo el potencial de la iglesia, el hecho de que muchos miembros echarían muy de menos a Bernabé y a Saulo, etc. etc.

Sin embargo, nada de esto parecía preocuparles – estaban bien dispuestos a dejar que marchasen esos dos puntales, seguros de que se trataba de un verdadero llamamiento de lo alto, y creemos que con la fe de que en lugar de ellos, el Señor ya tenía preparados a otros, y los levantaría para llenar el gran hueco que dejaban.

Bien podemos preguntarnos de qué manera les habló el Espíritu Santo para comunicarles ese llamamiento, y el mandato de apartar a esos dos varones para el mismo.

¿A través de una profecía pronunciada por uno de los tres restantes del quinteto? Muy bien puede haber sido de esa forma.

¿Por una visión dada a uno o varios de ellos? También es posible que así haya sido.

Y aunque algunos lo rechacen con cierto escepticismo, no nos atrevemos a descartar como una posibilidad, que en un momento muy sagrado y profundo de Su ministrar al Señor, el mismo Espíritu Santo se los haya dicho con una voz audible, e inconfundible para ellos, pero pronunciada en sus espíritus – no en sus oídos – porque así es la forma en que Él nos habla a los siervo Suyos de verdad.

Lo cierto es que el Espíritu Santo se los dijo con toda claridad, y ellos lo reconocieron sin ningún inconveniente ni duda.

En Los Hechos 8:29 se nos hace ver que Felipe ya había tenido anteriormente una experiencia similar, en la cual el Espíritu le habló con toda claridad, instándole a acercarse al carro en el cual viajaba el eunuco, funcionario de la reina de los etíopes.

Lo normal en la vida de un verdadero hijo de Dios es que el Espíritu Santo le hable y le guíe.

En la epístola a los Hebreos leemos:

Por lo cual, como dice el Espíritu Santo…” (3:7)

dando el Espíritu Santo a entender…” (9:8)

Y nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo…” (10:15)

Las tres citas relacionan el hablar del Espíritu Santo con las Escrituras, y nadie podrá discutir con fundamento serio, que en la actualidad ésta es una de las formas más habituales, aunque por cierto, no la única.

Otra muy corriente es por el testimonio que el mismo Espíritu nos da en la conciencia, espíritu, fuero interno, el hombre interior, o lo que fuere, sobre lo que debemos o no debemos hacer. (Ver Romanos 9:1)

Lo cierto es que el hablar del Espíritu Santo – de una forma u otra – resulta imprescindible para que la vida que llevamos, y el ministerio que cumplimos, tengan solidez y verdadero sentido.

Y a través de ese hablar, Él guía, dirige, redarguye, alerta contra peligros, etc., estableciendo Su señorío.

En Antioquía, como ya hemos señalado, ese señorío era muy claro y evidente.

Todo siervo consciente y deseoso de trabajar con miras a resultados fructíferos y duraderos, debe tener esto muy en cuenta. Y por supuesto que ni el uso de los adelantos de la tecnología, ni los mejores recursos humanos, pero exentos de Su señorío, pueden resultar un sustituto satisfactorio.

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