Capítulo 7

La iglesia en Antioquía de Pisidia

Al comenzar este tema lo hacemos con una cándida reflexión: ¡cuán poco amigo de la rutina y de la repetición es nuestro Dios!

En cambio, Él ama la variedad, casi diríamos, apasionadamente.

Aun al crear el género humano, ha dispuesto que la procreación de los millones y billones de hombres y mujeres, se desarrolle de tal manera que en todo el globo terráqueo y en toda la historia, no haya habido dos absolutamente idénticos.

La iglesia de Antioquía de Siria nació unos pocos años después que la de Jerusalén. Las dos se nos presentan como iglesias modelo, y en cuanto a los principios y valores fundamentales, ambas fueron hermanas gemelas, basadas en la misma doctrina de Cristo y levantadas, sustentadas y equipadas por el mismo Espíritu.

La de Jerusalén, como hemos visto, estaba integrada, por lo que sabemos, casi totalmente por judíos o israelitas, aunque algunos, como Bernabé, por ejemplo, no habían nacido en el territorio de Israel.

La de Antioquía de Siria estaba compuesta mayoritariamente por griegos, según Los Hechos 11:20, aunque no ha de entenderse por ello que serían nacidos dentro del territorio de lo que hoy día es Grecia, sino en lugares donde imperaba la hegemonía griega.

No fue, estrictamente hablando, la primer iglesia gentil, pues la que se fundó en Cesarea en la casa de Cornelio con motivo de la visita de Pedro, le precedió por algún espacio de tiempo. No obstante, de esta última no se nos consigna información posterior alguna, mientras que de la de Antioquía tenemos un buen caudal de constancias de aspectos de sumo interés, que nos permiten presentar un cuadro bastante completo y muy instructivo.

A diferencia de la de Jerusalén, que fue fundada por el apóstol Pedro y los otros once a su lado, la de Antioquía fue levantada por unos varones de Chipre y de Cirene. Inicialmente, no se los identifica individualmente y no habían tenido un reconocimiento previo como apóstoles – más bien, se los contaría como “soldados rasos”, si cabe, de entre las filas de los esparcidos con motivo de la fuerte persecución que hubo tras el martirio de Esteban.

Al levantar la iglesia en Antioquía, de hecho realizaron una fecunda labor apostólica, aunque no hay ningún indicio de que buscasen o anhelasen que se les otorgara el título de apóstoles.

Resulta interesante seguir la trayectoria de esos varones hasta donde se puede, desde su huida de Jerusalén. Ya vimos que en los sabios designios de Dios, esta legión de esparcidos estaba previamente siendo preparada, adiestrada y equipada dentro de la escuela teórica-práctica de formación ministerial, que surgió dentro de la iglesia madre de Jerusalén.

También vimos que al ser esparcidos, iban por todas partes anunciando el evangelio, y que, como resultado de ello, se levantaron numerosas iglesias, diseminadas por toda Judea, Galilea y Samaria.

Por un tiempo, parece que permanecieron dentro de esos territorios, consolidando y extendiendo la obra. Al mismo tiempo, debemos señalar que esa labor de consolidación y extensión también pasó pronto a ser efectuada por Pedro, Juan, y casi seguramente los otros apóstoles, según se desprende de Los Hechos 8:14-25, 9:32-43, etc.

Pero ahora, los esparcidos, evidentemente movidos por el Espíritu Santo, continúan hacia el Norte (Fenicia, con Tiro y Sidón como ciudades principales), Chipre, hacia el Noroeste, en el Mediterráneo, y Antioquía, en Siria.

No teniendo conciencia plena todavía de que Dios está por abrir de par en par los brazos de Su amor, para acoger también a los gentiles, se limitan en un principio a proclamar el evangelio solamente a los judíos.

No obstante, había entre ellos unos varones que se nos identifican como oriundos de Chipre y de Cirene, pero de sangre judía.

Quizá sintiéndose frustrados por la escasa respuesta de parte de los judíos, deciden romper con el estrecho esquema de que la salvación es solamente para los judíos, y con ánimo pronto y muy bien dispuesto, pasan a intentar abrir surcos nuevos, testificando a los griegos – es decir, a los no judíos.

Para su gratísima sorpresa, y tal vez su asombro también, se encuentran con una maravillosa respuesta. Lucas nos dice escuetamente:

Y la mano del Señor estaba con ellos y gran número creyó y se convirtió al Señor.” (Los Hechos 11:21)

En vez de la total apatía y aun el abierto rechazo de los judíos, se encuentran con que los griegos reciben con avidez y corazón sincero la grata nueva de salvación. De esta forma, de la noche a la mañana se levanta una iglesia numerosa, sobre la cual la gracia del Señor se derrama a raudales desde un principio.

Esto, al parecer no entraba dentro de los cálculos de los apóstoles que se encontraban en Jerusalén. El Señor les había anticipado que le serían testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta lo último de la tierra (Los Hechos 1:8)

Visto que tanto en Jerusalén, como en Judea y Samaria, el evangelio de Cristo ya se había difundido y arraigado firmemente, lo lógico habría sido esperar que algo de esa naturaleza acaeciese más o menos pronto.

Quizá les haya tomado por sorpresa que fuera precisamente en Antioquía, situada en Siria, que a través de la historia había sido – y sigue siendo – enemiga acérrima de Israel.

Pero, con buen tino, decidieron enviar a Bernabé, comisionado evidentemente para investigar y cerciorarse de que se trataba de algo auténtico.

Él era, sin duda, el más indicado para esa misión, siendo un hombre de absoluta confianza, y sobre todo porque era oriundo de Chipre, de donde procedían algunos de los varones que estaban al frente de la situación.

Éste, cuando llegó y vio la gracia de Dios, se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor.”

Porque era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe. Y una gran multitud fue añadida al Señor.” (11:23-24)

No nos cabe duda de que la manera de funcionar de esta iglesia tan nueva, sería, por lo menos en los detalles de forma, muy distinta de la de Jerusalén. Las canciones que entonaban, el estilo, el idioma en que hablaban y cantaban, etc., para Bernabé resultaría muy diferente de lo que él había conocido y experimentado en Jerusalén.

No obstante, lo que él vio con toda claridad fue la gracia de Dios, que fluía abundantemente. Y evidenciando madurez y percepción espiritual, eso él lo valoró muy por encima de esas diferencias de forma y estilo, que a otros de menos discernimiento y madurez les habrían extrañado y aun chocante.

¡Qué importante es que sepamos distinguir y atesorar esa gracia de Dios en acción, y no dejarnos cegar u ofuscar por matices secundarios, no de fondo, sino de forma!

Un par de reflexiones de importancia se deriva del resultado de la aportación de Bernabé en esa ocasión, que produjo un incremento considerable de almas añadidas al Señor.

Por lo que nos dice el versículo anterior, entendemos que su palabra estaba dirigida, por lo menos principalmente, a los creyentes, exhortándoles a que permaneciesen firmes en su lealtad al Señor. Y sin embargo, el resultado fue que muchas más almas entraron en el reino de Dios.

La experiencia nos ha permitido comprobar que, cuando se está en la época de crecimiento de una iglesia, por así decirlo, está fluyendo en ella el Espíritu de salvación. Así, aun cuando no se prediquen mensajes expresos de evangelizacíon, con miras a los inconversos, sino palabras de ánimo, exhortación y edificación, igualmente se suelen convertir nuevas almas.

En Antioquía esto se dio con toda claridad y fuerza, y debe haber sido un gran estímulo tanto para Bernabé como para todos los demás.

Lo mismo también sucede cuando en una iglesia, el pastor o el liderazgo, y los miembros, se preocupan de verdad por las almas inconversas, y se potencia debidamente el evangelismo.

Recordamos la ocasión – hace ya más de dos décadas – en que el autor y su esposa, fueron hospedados en el hogar de un matrimonio que se congregaba en una iglesia de una ciudad de bastante importancia en el Norte de España. La comunión con ellos fue sumamente grata, y al preguntarles cuándo se habían convertido al Señor, contestaron que había sido en la ocasión de nuestra visita anterior a la misma iglesia, unos seis meses antes.

En esa oportunidad, el autor recordaba haber compartido verdades sobre la vida cristiana, enfocadas a la santidad y la entrega total de la vida al Señor, y sin presentar lo que se suele denominar un mensaje de evangelización.

Con todo, siendo el pastor de esa iglesia un hombre de loable espíritu evangelístico, y gran celo por las almas perdidas, el Espíritu Santo operaba igualmente para salvación de nuevas personas, aun cuando el ministerio de la palabra iba dirigido a los ya convertidos.

Digamos también, de paso, que el agregado de nuevas almas es algo con lo cual el Señor a menudo rubrica las labores de Sus siervos translocales, como señal de que en realidad son Sus voceros y han sido enviados por Él.

También resulta de interés y valor notar y comparar Los Hechos 2:47 – “Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” con Los Hechos 11: 24 “Y una gran multitud fue agregada al Señor.”

Al convertirse de verdad, uno queda añadido a la iglesia universal y única del Señor, no a una denominación, o meramente a una iglesia local determinada.

Debemos recordar en ese sentido lo que se nos puntualiza con tanto énfasis en 1ª. Corintios 12:13

Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres…»

Por otra parte, el nuevo nacimiento o la conversión, nos une de forma directa, entrañable y eterna, al Señor mismo – una verdad que nunca debemos perder de vista.

El que se une al Señor, un espíritu es con Él” (1ª. Corintios 6:17)

Si tenemos las dos cosas claras, como así también una comprensión sana y correcta del ámbito local en que el Espíritu nos ha colocado (ver 1ª. Corintios 12:18), ello nos permitirá pisar tierra firme, y nos evitará caer en sectarismos, denominacionalismos y otros “ismos” afines, que en muchos casos han resultado tan perjudiciales y divisivos.

Pero ahora continuamos considerando algunos de los aspectos más destacados que encontramos en esta etapa temprana de esta iglesia modelo.

Después fue Bernabé a Tarso para buscar a Saulo, y hallándole, le trajo a Antioquía.” (11:25)

Tenemos aquí un rasgo de nobleza por parte de Bernabé, sobre el cual habremos de tratar en un capítulo posterior, en el que habremos de comentar sobre su personalidad y carácter.

Guiado por el Señor, emprendió el no corto camino hasta Tarso, comprendiendo que Saulo, como entonces todavía se llamaba Pablo, iba a ser una pieza clave en esa hermosa nueva situación que había surgido en Antioquía.

Esto nos señala un principio importante: cuando el Señor levanta una obra nueva de cierta envergadura, en Su sabia economía prepara con anticipación siervos idóneos de Su elección, para que sean puntales en la misma.

Pablo iba a ser el gran apóstol a los gentiles, y nada más acertado y consecuente que injertarlo – como lo hizo el Señor por mediación de Bernabé – en la iglesia gentil modelo establecida en Antioquía.

Cabe también citar aquí algo digno de destacarse, que oímos puntualizar no hace mucho a un hermano y consiervo, en cuanto a los caminos a veces extraños del Señor, que se salen de la lógica humana, pero que, a la postre, por ser de Dios, resultan más sabios y eficaces para los fines que Él persigue.

Siendo Pablo hebreo de hebreos, y tan docto en la doctrina de la ley mosaica, enseñado como había sido a los pies del venerable maestro Gamaliel, nuestro razonamiento normal y lógico habría sido el de encargarle a él el ministerio a la circuncisión, es decir, al pueblo de Israel.

Sin embargo, el Señor razona de forma totalmente distinta, y en vez, elige especialmente para ello a Simón Pedro, y también a Juan y a los otros diez, mayormente humildes pescadores de Galilea, sin letras y del vulgo. (Los Hechos 4:13)

Llegados a Antioquía, Bernabé y Saulo se congregan con la iglesia por un año entero y enseñan a mucha gente. (11:26)

Esto nos subraya la importancia de que toda obra nueva sea debidamente consolidada, antes de que se pueda pasar debidamente a la etapa de propagación y reproducción.

Algunos, no entendiendo bien esto, han querido adelantarse con prisa, con resultados muy magros y desfavorables.

Otro punto importante que se nos presenta en los versículos siguientes, es el de la generosidad puesta de manifiesto en Antioquía.

Después de pronunciar Agabo, uno de los profetas que habían descendido de Jerusalén, la profecía de que habría de venir una gran hambre, la reacción de los creyentes y discípulos de Antioquía fue muy encomiástica.

Debemos tener en cuenta que eran mayoritariamente nativos de Siria, que como ya dijimos anteriormente, era – y sigue siendo – enemiga declarada de Israel.

No obstante, la nueva vida en Cristo pone fin a todo eso, uniéndolos en un vínculo de amor con los que ahora son sus hermanos en Cristo – los creyentes judíos que habitaban en Judea.

De esta manera, aportan cada uno según sus medios y posibilidades, y deciden enviarlo como ofrenda de amor por mediación de Bernabé y Saulo.

El amor y la gracia les han enseñado a esta altura temprana, que más bienaventurado es dar que recibir. (Ver Los Hechos 20:35)

Se trataba de una generosidad que trascendía los confines propios, alcanzando a los necesitados en otras tierras, a diferencia de la estrechez que a menudo se manifiesta en algunas partes, y que sólo abarca el ámbito propio de las necesidades de la iglesia local.

No hace mucho tiempo, oímos que un siervo del Señor comentó en una situación en que las ofrendas no eran lo suficientemente abundantes – a pesar del hincapié que se había estado haciendo en las predicaciones – que “los bolsillos de los hermanos todavía no estaban convertidos”!

Consciente de que del corazón mana la vida, como se nos señala en Proverbios 4:23, el autor se permitió comentarle al que le había comunicado eso, que en realidad el problema no estaba en el bolsillo, sino en el corazón. Sin llegar al extremismo de decir que sus corazones no estaban convertidos aún, evidentemente lo que se evidenciaba era que hacía falta una obra de gracia más profunda en ellos – en sus corazones – de modo que la mezquindad y el egoísmo, se transformasen en una generosidad desprendida y abundante, síntoma inequívoco de que se está viviendo en el verdadero amor.

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