CAPÍTULO 3 – Pentecostés – los puntos más destacados.

Ya hemos visto que en el relato que nos hace Lucas, se echa de ver cómo la verdadera unidad de los hermanos fijó la base segura y sólida, sobre la cual el Señor pudo derramar toda la bendición que se nos narra a partir del capítulo 2.

Ahora pasamos a entresacar los puntos principales de la misma, añadiendo una serie de consideraciones que estimamos de importancia.

Lo primero que nos llama la atención son las palabras “y de repente” que se encuentran al principio del versículo 2. Eso nos da a entender que, si bien estaban aguardando la promesa del Espíritu Santo, la misma comenzó a manifestarse en un momento en que no contaban que sería precisamente ése, y además, de una forma totalmente imprevista.

Esa frase “de repente” – expresada a veces con vocablos distintos, pero con el mismo significado – la encontramos con cierta frecuencia en las Escrituras.

Veamos algunas ocasiones en que aparece

…y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros.” (Malaquías 3:1)

Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales que alababan a Dios.” (Lucas 2:13)

…aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo.” (Los Hechos 9:3)

Entonces sobrevino de repente un gran terremoto…” (Los Hechos 16:26)

Son esos “de repentes” de Dios, inesperados y que muchas veces toman por sorpresa a quienes los experimentan. El Señor mismo se reserva el derecho de provocarlos así – imprevistamente – cuando uno menos se lo espera, o a veces, cuando no contaba con ellos para nada.

En marcado contraste, hemos visto en tantas ocasiones que cosas que el hombre espera y predice que Dios va a hacer – en determinado tiempo y de tal o cual manera, y en tal lugar – sencillamente no suceden, y todo sigue igual, como siempre.

Concisamente, Dios se reserva el derecho de seguir siendo el Dios de lo imprevisto, y que hace todas las cosas según el designio de Su voluntad y beneplácito, dónde, cuándo y cómo lo ve oportuno y necesario. (Ver Efesios 1: 11.)

El hecho de que cuando sucedió ese “de repente” del día de Pentecostés, los discípulos estaban sentados, confirma lo que hemos estado señalando. No estaban de pie, ni de rodillas, esperándolo como algo inminente en ese mismo momento.

Tal vez estaban en una pausa – descansando después de haber orado con instancia – y con el ánimo de reanudar al poco su oración perseverante y unánime. Y en ese momento de descanso, cuando estaban sentados y tal vez postergando para más tarde o más adelante su expectativa del cumplimiento de la promesa, vino el “de repente” de Dios tan maravilloso.

Ese “de repente” fue “un estruendo como de un viento recio” venido del cielo. No era un viento recio en sí, sino algo como un viento recio – es decir, que se asemejaba al mismo, pero sin precisamente serlo.

Lo que era en realidad, era el Espíritu Santo mismo, en esa manifestación de viento, en concordancia con la acepción de la palabra espíritu, que, como debemos saber, también significa viento.

Ese viento del Espíritu llenó toda la casa en la que estaban sentados.

¡Qué cuadro hermoso y lleno de preciosa verdad e inspiración!

Al estar, no sólo el aposento alto, sino toda la casa en que estaban, llena de ese viento del Espíritu Santo, lo único que tenían que hacer para ser llenos de Él era respirar!

O dicho de otra forma: sólo había una manera en que podían evitar ser llenos del Espíritu: – ¡dejar de respirar, lo que equivaldría a asfixiarse!

Muchas veces es así, cuando la tierra está bien preparada y todo está bien dispuesto. No hace falta extenderse con grandes esfuerzos – Dios derrama la bendición, y no hay más que recibirla y empezar a disfrutar de ella.

El autor recuerda la ocasión, hace ya muchos años, cuando recibió un nuevo derramamiento del Espíritu en su vida. Había buscado al Señor con ahínco por un buen tiempo, y se había empapado de la palabra de Dios con avidez.

Es decir, que había efectuado conscientemente la labor preparatoria, y llegado el momento, la habitación en que se encontraba, acompañado por su esposa, se convirtió en un pequeño santuario, saturado de la presencia divina.

Fue entonces que, al abrir la boca en oración mientras se encontraba de rodillas, en seguida se encontró orando como nunca antes lo había hecho, y la bendición que tanto necesitaba y anhelaba comenzó a inundar su ser.

De ahí en más empezó a experimentar una profunda renovación en su vida, con ricas y hermosas derivaciones que continúan hasta el día de hoy.

Volviendo al día de Pentecostés, la manifestación “como de un viento recio que soplaba”, vino acompañada de la de lenguas como de fuego, repartidas, y que se asentaban sobre cada uno de ellos.

Estas dos – el viento y el fuego – aparecieron en la memorable ocasión en que Elías estuvo en el Monte Horeb, (1ª Reyes 19:11-12) acompañada de una tercera – el terremoto – que veremos aparecer más tarde en el relato de Los Hechos.

En el Antiguo Testamento, las ocasiones en que el fuego descendió sobre seres humanos, éstos quedaron consumidos por el mismo. Los dos casos que tenemos presentes son los de los dos hijos de Aarón – Nadab y Abiú – (Levítico 10:1-2) y los capitanes con sus cincuenta soldados enviados a apresar a Elías. (2ª Reyes 1:9-12)

En el día de Pentecostés, nos encontramos con la manifestación del fuego que desciende sobre seres humanos, pero no los consume ni incinera.

Por el contrario, los vivifica y los convierte en una fuerza incendiaria, destinada a inflamar los pechos y corazones de muchos otros, con esa misma llama que había empezado a arder en ellos. Desde luego, lo que se manifestó en Pentecostés fue algo como fuego, pero no literalmente el fuego natural, tal como lo conocemos.

Al mismo tiempo, ese fuego iba a convertirse en ellos mismos en un poder santificador, que iba a purificar sus vidas y corazones, y que, al mismo tiempo, iba a constituirse en una llama de amor, que iba a encenderlos de una noble pasión por el Señor y por sus hermanos en la fe. Esto lo veremos con más detalle más adelante.

Todos hablaban en otras lenguas.-

A continuación se nos dice que todos fueron llenos del Espíritu Santo y que “comenzaron a hablar en otras lenguas según el Espíritu les daba que hablasen.”

Esta fue evidentemente una manifestación singular y maravillosa – algo de lo cual no tenemos constancia que haya sucedido anteriormente en los anales de la historia.

Lo que pasó al pretender los hombres edificar la torre de Babel (Génesis 11:1-9) tiene cierta similitud externa, en que se encontraron hablando lenguas distintas.

No obstante, aquello fue para confundirlos y esparcirlos a fin de que no pudieran continuar con su designio de edificar la ciudad y la torre, lo cual iba en contra del mandato divino original de multiplicarse, llenar la tierra y sojuzgarla. (Génesis 1:28)

Lo del día de Pentecostés los encontraba a los discípulos en el lugar de la plena voluntad de Dios, y tenía las siguientes virtudes:

1) Las lenguas que hablaban proclamaban las maravillas de Dios. (Los Hechos 2:11)

2) Se constituyeron en el medio que atrajo a la multitud, al oír el estruendo de ciento veinte personas que hablaban simultáneamente en lenguas distintas. Esto fue con el fin, evidentemente buscado y logrado por el Señor, de que se les predicase la palabra de Dios.

3) Esa multitud de prosélitos “de todas las naciones bajo el cielo”, se vieron como testigos de algo absolutamente sobrenatural y milagroso: – hombres y mujeres galileos que hablaban con toda fluidez y corrección en una gran variedad de idiomas, proclamando, como ya hemos dicho, las maravillas de Dios.

Si bien algunos se burlaban, esto tan maravilloso que estaban presenciando, predispuso a la mayoría para escuchar con receptividad y suma atención la exposición del evangelio, que a renglón seguido comenzó a hacer Pedro.

4) No se nos debe pasar por alto lo que otros ya han dicho sobre esto. Se trataba de una señal profética de que ese comienzo, con el pequeño número de unos ciento veinte humildes discípulos, iba a crecer, desarrollarse y multiplicarse por el poder de Dios de tal manera, que, a la postre, habría de propagarse en todas las naciones, pueblos, razas y lenguas del mundo entero.

El discurso de Pedro.-

Solamente tomaremos algunos puntos importantes. Entre otros, resalta el ver a un Pedro tremendamente transformado, y revestido de una autoridad que no había tenido antes.

Aunque con algunos en las inmediaciones que se burlaban, lejos de negar a su Señor como lo había hecho anteriormente, ahora se pone de pie juntamente con los otros once apóstoles, y, dominando la situación, toma la palabra con toda autoridad.

En su exposición, demuestra un dominio de las Escrituras que va mucho más allá de lo que había evidenciado anteriormente.

De paso, debemos señalar que, a nuestro criterio, ésta es una de las marcas importantes de una verdadera experiencia de la plenitud o llenura del Espíritu Santo: – llevarnos a la palabra de Dios con mayor profundidad y entendimiento.

También se advierte una sencillez, exenta de toda retórica o elocuencia innecesaria, que en forma clara y coherente relaciona lo que estaba aconteciendo con promesas concretas del Antiguo Testamento.

Siguiendo un hilo fácil de seguir, traza las predicciones del sufrimiento, la muerte, la resurrección y la ascensión del Mesías, presentándolas como cumplidas incuestionablemente en la trayectoria de Jesucristo, de lo cual él y los demás apóstoles y discípulos eran testigos veraces.

La palabra ciertísimamente del versículo 36 evidencia la absoluta seguridad y convicción con que habla, algo que es propio de quien está verdaderamente lleno del Espíritu.

La experiencia demuestra que, por el contrario, quienes no lo están, aunque hagan gala de gran conocimiento, sabiduría o lenguaje florido, carecen de esa certeza y firme confianza en lo que están diciendo.

Después de darnos los que deben haber sido los puntos básicos del discurso, Lucas, autor del libro, agrega que “con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación.” (Versículo 40)

Quien está lleno del Espíritu, como Pedro en esa ocasión, rebosa de palabra viva e inspirada, que fluye copiosamente como un río que desborda. La misma redarguye, edifica, alimenta, alienta, consuela o desafía, según la ocasión y la naturaleza y condición del auditorio.

Otra vez debemos contrastar entre este hablar vivo, rico y eficaz de quien está hablando por el Espíritu, y la disertación o exposición de quien lo está haciendo solamente con sus propios recursos de intelectualidad, conocimientos bíblicos, etc. En esto último tal vez pueda haber lenguaje pulido, oratoria brillante y muchas cosas más, pero carecerá de ese ingrediente tan especial y particular – ese “no sé qué” indefinido, pero muy real por cierto – y que se suele llamar y reconocer como la unción del Espíritu Santo.

El impacto de esa primera predicación de Pedro el día de Pentecostés fue contundente. La promesa del Señor Jesús de que recibirían poder de lo alto para ser Sus testigos, alcanzó ya en esa primera ocasión y ese mismo día, un pleno cumplimiento. Nada menos que unas tres mil almas se convirtieron al Señor. Y por lo que sigue en el relato, todas ellas perseveraban.

Verdad es que en muchas reuniones multitudinarias de cruzadas o campañas evangelísticas de hoy día, se verifican profesiones de fe que a menudo alcanzan guarismos mucho mayores. No obstante, y sin querer desmerecer el esfuerzo y trabajo de buenos siervos del Señor, con frecuencia los hechos demuestran que son muy pocos los que en verdad perseveran, se integran en las iglesias y continúan firmes en la fe.

El hecho de que Pedro pronunció ese discurso puesto en pie con los once, también nos puntualiza la estrecha unidad que ahora había entre todos ellos, otra vez en contraste con las disputas y diferencias que se habían puesto de manifiesto con anterioridad.

Todos estos puntos positivos e importantes, y varios más que hemos de ver en los capítulos siguientes, nos señalan lo que se ha de esperar – ya sea a nivel individual o colectivo – toda vez que se experimente un genuino mover del Espíritu de Dios.

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