Volviendo a las Fuentes Primitivas – CAPÍTULO 2 – La unidad en la iglesia local
CAPÍTULO 2 – La unidad en la iglesia local –
Un requisito indispensable para un sano desarrollo y crecimiento.
Contra lo que pudiera parecer a primera vista, no nos estamos desviando de nuestro hilo central. Lo que estamos haciendo, es pasar a darle una aplicación práctica para el día de hoy, a esa verdad de la importancia capital de la unidad, que se nos hace resaltar con tanto hincapié, no sólo en el libro de Los Hechos, sino también en el resto de las Escrituras.
En las varias décadas que llevamos ministrando la palabra de Dios, en una gran variedad de iglesias en diversos países, hemos advertido cómo, en muchísimos casos, después de un período más o menos prolongado de fulgor, amor fraternal, gozo y abundante bendición, ha sobrevenido gradualmente una declinación espiritual.
Con el correr del tiempo, hemos visto que la misma se ha ido acentuando, para desembocar a menudo en un estancamiento que, a la postre, ha alcanzado derivaciones muy desagradables.
Al igual que muchos otros, nos hemos planteado numerosas preguntas sobre el particular, las cuales pueden sintetizarse con estas tres que siguen:
¿Tiene necesariamente que ser así, o puede evitarse?
¿Cuáles con las causas o los factores que producen esa decadencia?
¿En qué forma se puede lograr un retorno a ese principio fresco y vivo, en el cual había bendición y buen fruto?
La respuesta a la primera pregunta, por lo menos en teoría, seguramente debe ser que no tiene necesariamente que ser así. No obstante, y seguramente debido a la gran falibilidad de nosotros, los seres humanos, nos encontramos en la inmensa mayoría de los casos, con la cruda y desagradable verdad de que la decadencia espiritual, tarde o temprano, se va insinuando, a veces poco a poco, para ir en aumento, hasta llegarse a un estado de franca sequía y falta de bendición.
En cuanto a la segunda pregunta, entre las causas que la provocan, podemos enumerar las dos más evidentes:
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La tendencia humana a querer organizar, estructurar, controlar y reglamentar. Los móviles que se persiguen con esto pueden ser muy loables y también razonables, tales como preservar la sana doctrina, mantener un saludable equilibrio, o salvaguardar el buen orden, etc.
Sin embargo, en la gran mayoría de los casos, el resultado ha sido interrumpir, estorbar y aun impedir la primacía y la clara dirección del Espíritu Santo. Insensiblemente, la mano del hombre va tomando las riendas, y así, ese hálito celestial y esa presencia divina tan preciosa y maravillosa a la vez, se van disipando y perdiendo, con todas sus tristes consecuencias.
En el Nuevo Testamento vemos que en la iglesia del primer siglo había un orden y ciertas ordenanzas dadas por los apóstoles (ver por ejemplo Los Hechos 6:1-4; 1ª Corintios 11:2 y 34b: 16:1-2, etc.)
No obstante, esas ordenanzas y ese orden eran muy sencillos – casi mínimos a la vez – en comparación con lo que vemos en muchas partes hoy en día – y no iban de ninguna manera en detrimento del control y la dirección del Espíritu Santo.
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La infiltración del pecado, a veces en forma abierta y grosera, y, tal vez con más frecuencia, de una manera sutil, con cosas no tan gruesas, pero que igualmente resultan muy perjudiciales.
Entre estas últimas podemos enumerar las más corrientes:
Celos o envidias; chismes y críticas, sobre todo a espaldas de los interesados; peleas o discordias entre los niños o adolescentes, cada uno contándole a sus padres su propia versión, a menudo derivándose en enfrentamientos o distanciamientos entre estos últimos; disputas o diferencias en cuanto a doctrina, o a cómo se ha de encauzar el ministerio, etc.; rivalidades en cuanto a la conducción de la iglesia, o sobre quién ha de dirigir la alabanza; choques de caracteres y personalidades dispares, y un largo etcétera.
Todo esto equivale a una penetración del enemigo en el terreno de la iglesia, lo cual conspira contra su buen estado de salud espiritual, y la vez introduce perniciosas cuñas divisorias que debilitan y socavan la unidad.
Como ya hemos señalado, iglesias en las cuales se presentan esos síntomas tan negativos, quedan de hecho descalificadas para recibir de lo alto una bendición genuina y duradera.
Como ya puntualizamos, no quedarán desamparadas del favor divino por completo, e incluso podrán recibir alguna bendición o aliciente aquí y allá, pero, como también ya se ha dicho – evidentemente lo que se ha de desear y buscar es mucho más que eso.
Pasamos ahora a responder a la tercera pregunta, que sin duda es la más importante.
Por supuesto que no pretendemos tener la receta o fórmula segura, que garantice en todos los casos un retorno al feliz estado inicial.
Desde luego que en esto hará falta una buena dosis de sabiduría, y sobre todo1 de humildad y una buena disposición para el bien de todos
Con todo, podemos aportar consideraciones y consejos que, correctamente aplicados, no dudamos que serán de provecho y beneficio.
Lo primero que corresponde en situaciones semejantes, es concienciar a la congregación o asamblea sobre la imperiosa necesidad de buscar al Señor, para lograr sanear las cosas y alcanzar una sincera y real unidad, exenta de todos esos factores adversos que hemos enumerado.
Esto no es nada fácil ni sencillo, y requerirá de parte de cada miembro un examen de conciencia franco y sincero, al igual que minucioso. En el mismo no se deberá pasar por alto ningún rencor, malestar, celo o envidia que se pudiera estar albergando contra cualquier otro hermano de la congregación, o de alguna otra iglesia.
A menudo se puede ser superficial y hasta insensible en este sentido, pensando que no hay ningún problema en ese aspecto, cuando en realidad sí que lo hay, y a veces, hasta muy serio.
La meta que debe perseguir cada uno, será saber que puede mirar a los ojos y con toda sinceridad y confianza, a todos y cada uno de sus hermanos o hermanas, en la seguridad de que no hay nada que empañe u opaque una comunión diáfana, y un limpio y sincero amor hacia ellos.
Quienes sepan que hay nubes, recelos u otras cosas de esa índole, deberán enfrentar el problema con oración, y, además, con sabiduría y humildad.
En algunas ocasiones uno ha oído manifestaciones como ésta:
“Yo lo siento, pero por mi carácter fuerte tengo que decir las cosas tal como las veo. Cuando hay algo que no me gusta, no puedo callármelo, y lo tengo que decir sin pelos en la lengua.”
Esto podrá valer para el comité político, o para la vida en el mundo y fuera de Cristo. En la iglesia, la casa de Dios, semejante disposición o carácter resulta inadmisible, y debe deponerse totalmente, para dar paso a la humildad y mansedumbre del Cordero de Dios.
Nunca debemos olvidar ni dejar de lado, el llamado que nos hace Jesús en Mateo 11:29, a aprender de Él y ser mansos y humildes de corazón.
Lo mismo se nos ratifica en la exhortación apostólica de Efesios 4:2-3
“…con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.”
Como el tema lo justifica por su tremenda importancia, pasamos a ser más específicos en cuanto a cómo se debe proceder, con el fin de sanear situaciones de enfrentamientos o distanciamientos entre hermanos y siervos.
Quien sepa que su relación con otro hermano no es lo que debiera ser, deberá como primera medida, presentar las cosas con toda sinceridad al Señor.
Tal vez se encuentre que alberga en su corazón un malestar o resentimiento por algo que ese hermano le ha hecho a él, o dicho de él a otros.
Una respuesta que podría recibir del Señor sería que, habiendo sido perdonado él mismo por tantas faltas y cosas incorrectas cometidas en el pasado, debería tener la bondad y altura suficiente como para pasarlo por alto, perdonarlo y olvidarlo.
De ser así, encontraría que junto con esa respuesta del Señor, le vendría una gracia para poder hacerlo, y así quedar en su corazón completamente despejado en cuanto a ese hermano.
Por el contrario, de subsistir el malestar y a pesar de su intento de eliminarlo no lo consiga, deberá considerar la necesidad de hablar a solas con el hermano en cuestión.
Desde luego que en esto hará falta una buena dosis de sabiduría, y sobre todo de gracia y humildad, pues de lo contrario podría muy bien resultar contraproducente.
Imaginemos el caso de dos hermanos que, a raíz de una diferencia de opinión, sostienen una discusión muy acalorada y terminan seriamente enfadados.
Pasadas unas dos o tres semanas, uno de ellos, tras leer un artículo o escuchar una predicación sobre la necesidad de perdonar y no albergar rencor contra nadie, decide escribirle al otro, y lo hace en los siguientes términos:
“Querido hermano:- acabo de leer un artículo (o escuchar una predicación) sobre la necesidad de saber perdonar y no estar enemistado con nadie. El mismo me ha impactado, y te hago llegar estas líneas para hacerte saber, que de mi parte estás perdonado y puedes quedarte tranquilo, que ya no abrigo ningún malestar ni encono contra ti.”
A primera vista esto parece muy loable y correcto. Sin embargo, al no hacer ninguna mención de su propia culpabilidad en el altercado, tácitamente se está proclamando como la víctima inocente, que con un espíritu amplio perdona al otro que lo ha ofendido, siendo este último por ende el único culpable de lo sucedido.
La forma correcta de dirigirse al hermano debería ser algo así:
“Mi querido hermano:- te aseguro que me he sentido muy mal desde el día en que tuvimos ese altercado tan desafortunado. Reconozco que hice muy mal en levantarte la voz y hablarte con la dureza con que lo hice.”
“Por eso, te pido humildemente que me perdones. Deseo de todo corazón que el lamentable episodio quede borrado y olvidado, y que podamos muy pronto darnos un sincero abrazo y poder seguir unidos en el amor de Cristo.”
Esta actitud que reconoce la culpa propia, y no hace mención de la de la otra parte, y además se humilla y pide perdón, es sin lugar a dudas la correcta, y la única que habrá de llevar a una genuina reconciliación.
Siempre que el otro hermano no sea muy duro y se atrinchere en su propia justicia y razón, la misma habrá de provocar una respuesta de más o menos este tenor:
“Mi querido hermano:- ¡Cuánto te agradezco tu amable carta, que por cierto me ha hecho mucho bien! “
“Yo también reconozco que procedí muy mal al hablarte tan fuerte, y decirte cosas que nunca debí decir. Te aseguro que estoy muy arrepentido y desde luego humildemente te pido que me sepas perdonar, y desde luego, cuenta con que acepto plenamente tu pedido de perdón.”
“Al igual que tú, deseo que la próxima vez que nos veamos podamos darnos un sincero y fuerte abrazo, y que de aquí en adelante andemos juntos en tierno amor y humildad.”
La clave en esto es que uno se ocupe de la falta propia y no de la de la otra parte. Quien no sepa o quiera hacerlo y procede de forma contraria, nunca logrará una solución satisfactoria, y estará dando claras muestras de un espíritu opuesto al de la exhortación del Maestro de aprender a ser manso y humilde de corazón, así como es Él.
En una ocasión determinada, un siervo de Dios se encontró con que otro hermano y consiervo, directa o indirectamente, parecía contradecirle respecto a cosas que había afirmado en sus predicaciones.
En un principio, y por un buen tiempo, optó por desechar el asunto y no darle importancia. No obstante, a raíz de algo dicho por ese hermano y consiervo en una reunión de un domingo por la tarde, a la mañana siguiente, mientras oraba, sintió un malestar para con él.
Como el mismo persistía, lo planteó delante del Señor, diciéndole que, a menos que le quitase ese malestar, se vería obligado a ir a hablar con él para aclarar las cosas.
Como el “bichito” del malestar le seguía inquietando, esa misma tarde concertó una entrevista, y se vio con él por un buen rato. Antes de hacerlo, desde luego que oró, encomendando las cosas al Señor.
Por ambas partes hubo sabiduría y gracia. No fue a él enfadado, expresándole su malestar, sino más bien como quien tenía un problema y venía en busca de ayuda para solucionarlo.
Después de explicarle que en varias oportunidades se había sentido corregido o contradicho por él, el hermano y consiervo le aseguró que no había tenido la menor intención de hacerlo.
Contra lo que su mente le indicaba, optó por creer y aceptar lo que el consiervo le decía. De este modo, pudieron orar juntos y darse un abrazo sincero, y así el malestar quedó disipado, y la relación fraternal entre ambos quedó salvaguardada.
Lo más importante de todo esto es la necesidad de que se sea sensible al Espíritu en situaciones como ésa, para actuar con oración, gracia, humildad y sabiduría para superarlas.
Lamentablemente, en muchos casos semejantes o parecidos, quienes sienten malestar, o distanciamiento de otros hermanos por una causa u otra, no tienen la suficiente sensibilidad espiritual como para advertir el grave daño que supone y acarrea, y arrastran el problema sin enfrentarlo debidamente. Así, continúan viviendo en esa situación, albergando rencor y malestar contra otros, sin caer en la cuenta del perjuicio que inevitablemente resulta en todo sentido.
No deseamos abundar más en ejemplos prácticos, para no extendernos en demasía.
Concluimos señalando que, para guardar la unidad del Espíritu, como se nos exhorta en Efesios 4:2, a veces hace falta soportar con paciencia y amor los fallos de otros, teniendo bien presente las muchas faltas que tenemos o hemos tenido nosotros mismos, y la forma en que el Señor nos ha soportado y perdonado con tanta bondad.
En otras situaciones, hasta puede ser necesario que uno esté dispuesto a perder, y que la otra parte gane o se salga con la suya. Podemos afirmar sin ninguna vacilación que, en las cosas de Dios, para obtener ganancia genuina y duradera, con frecuencia es necesario perder primero.
Esto lo tenemos ejemplificado en muchos casos de siervos insignes, como José con sus hermanos que lo vendieron como esclavo; como Job, el apóstol Pablo, que todo lo que era ganancia lo pasó a tener por pérdida y basura, y muchos más.
Por sobre todos ellos, nuestro Señor Jesús fue el ejemplo supremo. Él lo sufrió y lo perdió todo, excepto Su amor infinito hacia nosotros. Pero a cambio de todo ello, ahora ha sido ensalzado con los más altos honores, y ha ganado el trofeo maravilloso de millones y millones de almas redimidas y trasladadas a la gloria eterna.
Como bien se sabe, en Su gran oración de Juan 17 Jesús oró muy puntual y concretamente que los Suyos seamos uno.
Esta oración, como ya vimos, alcanzó pleno cumplimiento en los albores de la iglesia primitiva, que vivía y funcionaba en una estrecha y entrañable unidad – “eran de un corazón y un alma”, como se nos dice en Los Hechos 4:32.
Esto nos enfrenta con una reflexión y un desafío que no podemos soslayar:- ¿en cuanto a mi vida, esta oración del Señor Jesús está recibiendo una respuesta afirmativa?
Desde lo más hondo del ser nos debe brotar el deseo de que así sea, y que el Señor Jesús no se vea ni se sienta defraudado por ninguno de nosotros.
Que así sea – en tu vida, y en la de todos nosotros – querido hermano y hermana.
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