Volviendo a las Fuentes Primitivas. CAPITULO 17– El apóstol Pablo (2) Depositario de gracia superlativa.
CAPÍTULO 17 – El apóstol Pablo (2) Depositario de gracia superlativa.-
“…habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad. Pero la gracia de nuestro Señor fue mas abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús.” (1ª. Timoteo 1:13-14)
Quizá una de las cosas que más resalta entre la gran gama de virtudes, dones y bendiciones con que Pablo fue investido por el Señor, lo constituya el haber sido hecho depositario de gracia superlativa, tal cual reza nuestro subtítulo.
Antes de avanzar, digamos que en el Nuevo Testamento la palabra gracia se emplea mayormente con dos acepciones principales.
La primera denota un favor gratuito e inmerecido, tal como aparece en Efesios 2:8-9:-
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.”
La segunda se relaciona con la capacitación divina para afrontar o llevar adelante airosamente cosas que, librados a nuestras propias fuerzas y recursos, nunca podríamos sobrellevar ni acometer.
“…Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.” (2ª. Corintios 12:9)
En este segundo sentido la encontramos mucho más a menudo que en el primero. Como dato de interés, acotamos que en el Nuevo Testamento, según la Concordancia Exhaustiva de Strong, la palabra gracia aparece 131 veces en total.
De éstas, 91 corresponden a las epístolas paulinas, a las que hay que agregar 2 que brotan de sus labios y que se encuentran en Los Hechos (20:24 y 32) dando un total de 93. Ahora bien, si aceptamos que Pablo escribió Hebreos, habría que agregar otras 8, con un total de 101, mientras que de la pluma de todos los demás que han escrito en el Nuevo Testamento, nos queda un total ya sea de 38 ó de 30, respectivamente.
De manera que, tanto en un caso como en el otro, Pablo ha empleado esta palabra particular muchas más veces que la suma de todos los demás escritores del Nuevo Testamento, es decir Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Pedro, Santiago y Judas!
Esto no es para desmerecer de ninguna forma a los demás, que se destacan por otras características y virtudes, cada cual en la medida y en la proyección que le fueron dadas por el Señor. En cambio, es para subrayar que en este aspecto particular de la gracia, Pablo sobresale clarísimamente por encima de los demás.
Sus epístolas nos presentan el régimen de la gracia, y lo abren como un gran abanico multicolor, de una forma mucho más rica y abundante que la que se nos da en los demás escritos.
Cierto es, no obstante, que estos últimos, siendo inspirados por el Espíritu Santo a través del conducto de siervos fieles – y dos de ellos, muy eminentes por cierto, como Pedro y Juan – no pueden ni deben de ninguna forma conceptuarse como de una categoría inferior. Se trata sencillamente de que en este aspecto específico de la gracia no alcanzan la misma profundidad y riqueza.
Otro dato de interés es que en cada una de sus epístolas, tanto en la salutación inicial como en el cierre de la misma, aparece la misma palabra gracia. Por ejemplo, en 1ª. Tesalonicenses 1:2, tenemos:
“…Gracia y paz sean a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.” Y, al finalizar:
“La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros. Amén.” (5:28)
Como un ejercicio saludable y provechoso, si lo desea, el lector podrá cotejar y comprobar que efectivamente, esto es así a muy poco de empezar cada epístola, y cerca del final de la misma.
La única excepción que encontrará es al principio de Hebreos, que, como es de dominio general, no se sabe a ciencia cierta si la escribió él o algún otro.
No obstante, por mi parte – un breve paréntesis para señalar que creo que él – Pablo – escribió Hebreos, y que estoy acompañado en esto por un buen número de consiervos fieles y doctos en la palabra.
También hallamos que en varias de sus epístolas emplea la misma palabra gracia un buen número de veces: en Romanos 24, en 1ª. Corintios 8, y en 2ª. Corintios 13. Es decir, que no sólo la pone al principio y al final, sino también en el resto de la epístola, entrelazada con la enseñanza, amonestación, exhortación o revelación que va desarrollando.
Esto equivale a decirnos que todo nace o comienza en la gracia; que también se desarrolla, crece y madura a través de ella, y asimismo concluye en la culminación y realización plena, por esa misma gracia que le dio su origen y le fijó su bendito destino final.
Para concluir esta sección del capítulo, agregamos una consideración que conceptuamos muy importante.
A los fines de equipar a un siervo de Dios y capacitarlo para un determinado tema o labor, el criterio natural y humano que muchas veces prevalece, es el de adoctrinarlo y adiestrarlo con los estudios, consejos e instrucciones más adecuados en la esfera particular a que se va a abocar.
A menudo esto se hace enviándolo a un seminario o instituto bíblico, del cual puede egresar casi como un erudito en las materias que ha estudiado y aprobado.
Nada de esto ha de despreciarse, si bien es verdad que los resultados no siempre son plenamente satisfactorios.
Pero, en contraste, señalamos cuál es el procedimiento que Dios emplea cuando quiere levantar a un siervo – como a Pablo, en quien estamos – como un abanderado de una faceta particular de todo su vasto consejo – en este caso puntual, Su gracia soberana y suprema.
No utiliza la vía mental y racional, y en cambio, lo levanta del nadir del horrible abismo en que se encuentra antes de conocer de veras al Altísimo, y deposita y derrama sobre él raudales y torrentes de gracia que lo elevan al cenit de las glorias más sublimes.
De esta manera, el agraciado siervo de Dios no tiene más que echar mano del riquísimo caudal con que ha sido saturado, para comunicarlo rica y eficazmente a sus semejantes por la virtud del Espíritu Santo.
Esa comunicación podrá ser por su palabra oral o escrita, o bien por sus oraciones, a veces por su sola presencia y sin palabras, y hasta en alguna oportunidad, por una caricia, gesto o ademán, que quizá inadvertidamente para él, se convierte en un conductor de esa gracia.
Con esto no queremos despreciar ni desmerecer el valor del estudio mental y racional, ni el de echar mano de tantas facilidades con que contamos actualmente, a fin de pulirnos y ampliar nuestros conocimientos.
Empero, a la hora de la verdad – de recibir e impartir la verdadera gracia de Dios – que lo tengamos bien claro que la misma sólo se encuentra en Él – la fuente eterna e inagotable – y de la cual “tomamos todos, gracia sobre gracia.” (Juan 1:16)
O, mirándolo desde otro punto de vista:
“No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo.” (Juan 3:27)
No vayamos nunca, pues, a otras fuentes, a buscar lo que sólo Dios nos puede dar.
La oración en su vida.-
Otro aspecto sobresaliente en la vida de este gran siervo fue, sin lugar a dudas, la oración.
Tras su conversión en el camino a Damasco, lo primero que hizo el Señor con él fue, lo que nos atrevemos a llamar “bautizarlo en la oración.”
Privado temporalmente de la vista, sin comer ni beber, aparte del descanso y el sueño para reponer energías, no hubo otra cosa para él durante esos tres días que orar, orar y orar.
Como ya hemos señalado en el capítulo anterior, esa oración, por lo menos en los comienzos, fue del más tierno y tembloroso arrepentimiento. En ese aspecto particular, Pablo fue un verdadero arrepentido, y como tal, más tarde fue muy usado por el Espíritu de Dios para llevar a muchas almas al arrepentimiento para vida.
Pero además de eso, en 2ª. Corintios 7, en el breve espacio que va del versículo 9 al 11, como ya señalamos anteriormente, nos ha volcado muchísima verdad, sabiduría y profundidad en cuanto al arrepentimiento, escribiendo cosas que sólo pueden brotar de un verdadero y profundo arrepentido.
Nos hace pensar en David y el Salmo 51 – un verdadero clásico sobre el arrepentimiento – con los cuales guarda estrecha reminiscencia, por haber sido David también un verdadero y profundo arrepentido.
El pasaje de 2ª. Corintios 7 a que nos hemos referido, merece unos buenos párrafos, pero los encontrará el lector como un apéndice al final del capítulo, para no interrumpir el hilo que llevamos.
La narración que nos da Lucas, no nos da detalles concretos de cómo, por qué y para qué oraba Pablo. Lo que hemos consignado y comentado en cuanto al fuerte ingrediente del arrepentimiento, creemos que es algo innegable, y que nadie que tenga buen criterio podrá ni querrá cuestionar.
Con todo, durante ese espacio de tres días, indudablemente Pablo también debe haber consagrado su vida al Señor en forma total e incondicional.
También es muy probable que, hacia el final de ese tiempo, aparte de darle la visión de Ananías, que venía a imponerle las manos para que recobrase la vista, el Señor le haya dado instrucciones y revelación en cuanto a Sus planes y propósitos para su futuro ministerio.
En resumidas cuentas, en esos tres días hizo sus primeras armas en esa esfera de la oración, que iba a resultar de capital importancia en todo el recorrido que tenía por delante.
Casi diríamos que nos asombra comprobar la forma constante, a veces ininterrumpida, en que se prodigaba en la oración.
A los romanos les escribe:
“Porque testigo me es Dios, a quien sirvo en mi espíritu en el evangelio de su Hijo, de que sin cesar hago mención de vosotros siempre en mis oraciones.” (Romanos 1:9)
Igualmente a los efesios:
“Por esta causa…no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones.” (Efesios 1:15-16)
Por otra parte, a los filipenses les dice:
“Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros, siempre en todas mis oraciones rogando con gozo por todos vosotros.” (Filipenses 1:3-4)
A los colosenses:
“Siempre orando por vosotros, damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo…” (Colosenses 1:3)
A los tesalonicenses:
“Damos siempre gracias a Dios por todos vosotros, haciendo memoria de vosotros en nuestras oraciones, acordándonos sin cesar delante del Dios y Padre nuestro…” (1ª. Tesalonicenses 1:2-3)
A Timoteo:
“Doy gracias a Dios, al cual sirvo desde mis mayores con limpia conciencia, de que sin cesar me acuerdo de ti en mis oraciones noche y día…” (2ª. Timoteo 1:3)
A Filemón:
“Doy gracias a mi Dios, haciendo siempre memoria de ti en mis oraciones.” (Filemón 4)
No podemos pensar que términos tales como siempre, sin cesar, noche y día y no ceso, los haya usado figurativa o simbólicamente.
Por ende, nos preguntamos ¿de dónde sacaba tanta energía – tamaña vitalidad – semejante fortaleza – no sólo espiritual, sino también física y mental, para poder brindarse a la oración de esa manera tan formidable?
Sin duda, la respuesta es que provenía de la virtud y la gracia inagotable del Espíritu Santo, que llenaba su corazón, mente y ser entero, para que pudiera ser una ofrenda continua de oración a su Dios y a su Cristo.
Visto desde otra perspectiva, nos maravilla que el Espíritu de Dios haya podido comprimir tanta capacidad para orar – y tanta gracia y gloria en muchas otras facetas – dentro de un vaso tan pequeño y tan frágil como lo era este varón llamado Pablo, que, como sabemos, significa pequeño.
Vistas las citas anteriores, nos damos cuenta del tremendo peso que llevaba su exhortación a los tesalonicenses, y por extensión a todos nosotros:
“Orad sin cesar.” (1ª. Tesalonicenses 5:17)
En esa prodigiosa vida de oración, llegó a escalar cimas verdaderamente gloriosas. Dos de ellas se encuentran en su epístola a los efesios, en el primer y tercer capítulo. De ambas nos habremos de ocupar con bastante extensión en los dos capítulos finales de esta obra.
Una tercera, anterior a las otras dos cronológicamente, la encontramos en Romanos 9:1-3:
“Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón.”
“Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne.”
Semejante nobleza y sacrificio en la oración e intercesión, los encontramos tal vez igualados solamente una vez en los anales de las Escrituras, y superado también tan sólo una vez.
Tal vez igualados en la ocasión en que Moisés intercedió por Israel en Éxodo 32-32
“…pero yo subiré ahora a Jehová; quizá le aplacaré acerca de vuestro pecado.”
“Entonces volvió Moisés a Jehová, y dijo: Te ruego, pues este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro, que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito.”
Evidentemente, la nobleza y sacrificio de Pablo ya habían sido superados, pero sola y únicamente por el sacrificio supremo de Cristo por nosotros. Él fue más allá de desear sinceramente ser anatema, a ser hecho maldición por todos nosotros, en carne viva y de forma consumada y total.
Toda esta grandeza – la de Moisés y la de Pablo – y la superlativa de nuestro Señor Jesucristo – no pueden sino tener el efecto muy saludable de hacer que nos sintamos y sepamos muy pequeños. Al mismo tiempo, nos debe motivar a superarnos, dejando atrás toda mediocridad o tibieza, y toda mezquindad y egoísmo.
– – – – – – ( ) – – – – – –