Volviendo a las Fuentes Primitivas. CAPITULO 10– Bernabé, el varón bueno y lleno del Espíritu Santo
CAPÍTULO 10 – Bernabé, el varón bueno y lleno del Espíritu Santo
En nuestro estudio y análisis de las fuentes prístinas que se nos presentan en las Escrituras, debemos también dar lugar a la consideración de las virtudes y el calibre espiritual de los siervos de Dios de aquella época.
No cabe duda de que las bases y principios establecidos por Dios en el patrón bíblico que nos ha dado, para que puedan funcionar satisfactoriamente, necesitan el complemento de siervos dignos, realmente levantados y equipados por el Espíritu Santo.
Esto bien puede tener la apariencia de una perogrullada, pues con razón alguien podría preguntar:
¿Pero es que acaso, esas bases y principios del Espíritu Santo, podrán ser implementados y administrados por hombres y mujeres cuyo talante, y cuyas virtudes, no guarden una buena relación con ellos?
La respuesta es – por supuesto que no.
Sin embargo, tenemos presente algún caso en que los principios bíblicos han sido presentados y examinados de forma bastante correcta y acertada. No obstante, se lo hizo en el contexto de hombres y mujeres que, con ser muy sinceros y de testimonio limpio y ejemplar, no tenían, no obstante, ese soplo y esa gracia indefinibles del Espíritu Santo, para poder traducir a la experiencia práctica todo ese caudal de buena enseñanza.
A la postre, el resultado fue tener una teoría muy sana y correcta, pero que, lamentablemente, no se cristalizó en el terreno de la experiencia vivida.
La figura de Bernabé, se presta muy adecuadamente para delinearnos el carácter y el calibre que ha de esperarse de siervos a quienes Dios habrá de levantar, para una obra encarrilada de verdad en la línea del Espíritu y de las Escrituras.
La primera mención que tenemos de él nos da un buen punto de apoyo para empezar.
“Entonces José, a quien los apóstoles pusieron por sobrenombre Bernabé (que traducido es, Hijo de consolación), levita, natural de Chipre, como tenía una heredad, la vendió y trajo el precio y lo puso a los pies de los apóstoles.” (Los Hechos 4: 36-37)
Significativamente, esto se consigna inmediatamente antes de la narración de lo sucedido con Ananías y Safira.
En muchísimas ocasiones, para enseñarnos y alertarnos, en la Biblia, Dios se vale del contraste. El mismo se presta idealmente para esos fines.
Aquí tenemos un ejemplo de noble desprendimiento y transparencia, en abierta contraposición con el engaño y la hipocresía que aparecen en la continuación del texto bíblico.
Siendo el amor al dinero una raíz de todos los males, según 1ª. Timoteo 6:10, tenemos aquí a un varón que, enseñado por el Espíritu unos buenos años antes que Pablo le escribiese esas palabras a Timoteo, se encamina en sentido diametralmente opuesto.
En efecto: en vez de codiciarlo y guardarlo para sí mismo, generosamente se desprende de él, y lo pone a los pies de los apóstoles. Proviniendo el dinero de una heredad que él poseía, podemos decir que, al hacer lo que hizo, Bernabé voluntariamente se desheredó a sí mismo.
No en vano se nos consigna que era levita. Como bien sabemos, o tal vez mejor, como debiéramos saber, los levitas no tenían parte ni heredad en Israel – el Señor era su heredad. (Ver Deuteronomio 18:1-2, etc.)
Con esta acción y con este paso que dio, se constituyó en un levita, no meramente de sangre, sino en uno que de verdad, renunció deliberadamente a lo terrenal, para poder abrazar de lleno las cosas sagradas y eternas de Dios como su dichosa heredad.
De paso, agradecemos mucho al Señor que, unos buenos años ha, nos haya puesto el mismo ánimo de tener en poco una carrera, los bienes y posesiones materiales y la prosperidad con que contábamos, para dárselo todo a Él y a Su obra. Así, tuvimos desde entonces la enorme dicha de ser levitas espirituales, con el alto honor y privilegio de poder brindarnos de lleno a los valores imperecederos y eternos del Señor.
Algo así como unos treinta o cuarenta atrás, alguien nos preguntó si no nos lamentábamos de habernos despedido de esa forma de todo lo material que teníamos.
Nuestra respuesta fue un no rotundo. Además de encargarse de que nunca nos falte cosa alguna, el Señor a lo largo de los varios decenios transcurridos, con Su fidelidad y grande amor, ha sido de verdad la dichosa porción de nuestra vida.
A menudo las palabras de David en el Salmo 16: 5-6 han tenido un eco profundo en nuestro fuero interno.
“El Señor es la porción de mi herencia y mi copa;
Tú sustentas mi suerte.
Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos,
Y es hermosa la heredad que me ha tocado.”
Es posible que Bernabé, y seguramente muchos otros de la misma estirpe, también se hayan hecho eco de estas hermosas palabras de David, con la más íntima satisfacción.
En las Escrituras, el cambio de nombre es casi siempre algo que encierra puntos de importancia y cosas muy suculentas.
Este caso de José, cambiado por Bernabé por los apóstoles, nos ayuda a identificar una faceta muy preciosa de su carácter, a la par que nos señala proféticamente algo que iba a estar muy latente en su trayectoria, a saber, el ministerio de la consolación.
El significado del nombre que nos da Lucas – Hijo de consolación – nos habla de un varón nacido espiritualmente de los consuelos divinos, con toda la ternura, gracia y bondad que los caracterizan.
Esto iba a ser sin duda algo que lo iba a distinguir en toda su trayectoria, y sobre lo cual habremos de extendernos más dentro de poco.
La siguiente oportunidad en que se lo menciona está en Los Hechos 9.27
“Entonces Bernabé, tomándole, lo trajo a los apóstoles, y les contó cómo Saulo había visto en el camino al Señor, el cual le había hablado, y cómo en Damasco había hablado valerosamente en el nombre de Jesús.”
Aquí nos encontramos con que, otra vez, el Señor había hecho algo que por cierto no entraba en los cálculos de los apóstoles.
Saulo de Tarso había perseguido con tanta saña y crueldad a los creyentes, que, al tratar después de su conversión de juntarse con ellos, le tenían miedo. Seguramente pensaban que era un ardid para apresarlos y tratar de hacerlos renegar de su fe, como había hecho reiteradamente en el pasado.
Sin embargo, Bernabé estaba bien enterado de lo que en realidad le había pasado – ese encuentro tan maravilloso con el Señor que había tenido en el camino a Damasco, y la transformación radical que se había operado en su vida.
No sabemos cómo Bernabé sabía tan bien esto, mientras que todo indica que los demás lo ignoraban.
Lo cierto es que, haciendo gala de un precioso espíritu de amor y unidad, hizo de puente para unirlo con los que ahora de hecho eran sus hermanos, disipando con su testimonio fiable y veraz todo el temor y recelo que albergaban en sus corazones.
¡Cuánta falta hacen en el cuerpo de Cristo varones de ese espíritu! – los que, sin ninguna segunda intención, de puro amor y sin buscar nada para sí, sirven de puente de unión entre preciosos siervos, distanciados entre sí por malentendidos, desencuentros y tantas otras cosas que el enemigo usa para enfrentar, enemistar y separarlos.
Ahora pasamos otra vez a la coyuntura en que Bernabé fue enviado a Antioquía por la iglesia de Jerusalén, seguramente, como dijimos antes, para cerciorarse bien de lo que estaba aconteciendo.
Después de contarnos cómo él se había regocijado, y animado a todos a que con propósito de corazón perseverasen en ser fieles al Señor, Lucas nos da en el versículo siguiente tres hermosas pinceladas de su persona y de su carácter.
“Porque era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe…” (11:24)
Nos encantan estas palabras. En primer lugar nos hacen pensar en un hombre entrañable y bondadoso – un osito Panda, por así decirlo – lleno de cariño y nobleza, totalmente incapaz de jugarle una mala pasada a nadie, y que a poco de estar a su lado, nos haría sentir el calor de su cariño y amor fraternal.
Jesús dijo en una oportunidad:
“Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios.” (Marcos 10:18)
En otra ocasión dijo:
“El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno…” (Lucas 6:45)
Hilando las dos sentencias del Maestro, interpretamos que la verdadera bondad sólo se encuentra en Dios. No obstante, el varón – o la mujer – que vive cerca de Él, en comunión asidua y anhelante, absorbe casi insensiblemente, gota a gota, día a día, diríamos, esa bondad divina, y bien pronto comenzará a ser bueno o buena, así como Dios lo es.
Tal el caso del amado Bernabé, y de muchos y muchas de su misma estirpe, transformados por la gracia exquisita del Espíritu del Dios viviente.
Entre los que hemos podido conocer, nos viene al recuerdo un querido anciano de una iglesia madrileña, que falleció hace unos diez años. Antes de convertirse era de una fuerte tendencia política, y solía llevar encima una pistola, por si tuviera algún altercado con alguien.
Los que lo tratamos de cerca, si no se nos hubiera dicho nada en cuanto a su pasado, jamás lo habríamos imaginado. Su tierna bondad, su humildad y su carácter afable y apacible, eran tales, que hacían que fuese impensable que en una etapa anterior haya sido tan distinto – casi un hombre peligroso. Sólo el milagro de ser una nueva criatura en Cristo Jesús, puede operar tan tamaña y preciosa transformación.
Seguidamente a Bernabé se lo describe como un varón “lleno del Espíritu Santo”. Más de una vez nos hemos preguntado cuándo por primera vez había recibido la plenitud del Espíritu.
No es posible precisarlo con exactitud, pero a grosso modo, estimamos que debe haber sido entre tres y cinco años antes – tal vez más.
Usando la imaginación, como lo solemos hacer, pensamos en algún hermano entrañable en la fe que lo conoció desde un principio en Jerusalén, pero que más tarde perdió el contacto con él con motivo de la persecución. Por fin, después de varios años se encuentra con otro hermano que regresa de Antioquía, y que trae noticias de lo que ha estado ocurriendo allá.
Al oír que lo ha visto a Bernabé, pregunta con inquietud y preocupación sobre él, tal vez temiendo que el fuego y empuje inicial que tenía en un principio hayan menguado, como lamentablemente sucede con algunos tan a menudo.
Mas la respuesta es clara y rotunda:
“Nada de eso, querido hermano. Está más lleno de Dios que nunca, y es una gloria oírlo hablar con un fuego, un amor y una gracia todavía mayores que cuando le viste hace unos años.”
Con esto, queremos subrayar que la plenitud del Espíritu es una experiencia, por una parte repetible, pero por la otra, también se puede y se debe retener, y más aun, incrementar Y esto es de suma importancia, pues, como ya inferimos, algunos después de haberla conocido han caído más tarde en un decaimiento espiritual, quedando tristemente como tan solo un pálido reflejo de lo que fueron antes.
Que no seas tú uno de ellos, caro lector. Con todo, si, desafortunadamente, esto te ha acontecido, busca al Señor con toda solicitud y diligencia para que te restaure esa gracia que has perdido.
Recuerda lo que un famoso general dijo a sus tropas al pasarles revista:
“Serás lo que debes ser, o si no, no serás nada.”
Cobra ánimo de la promesa de Isaías 42:3
“No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare…”
Temblorosamente arrepentido por aquello en que le puedes haber desobedecido y fallado, preséntale tu pábilo humeante con humildad y fe, y también con perseverante persistencia.
Verás que con amor te enviará, en respuesta a tu súplica diligente, el suave soplo de Su Espíritu, que habrá de comenzar a reavivar en tu corazón la llama del amor y la fe, hasta que vuelvas a arder con el fuego divino como antes, y seguramente más aun.
En tercer y último lugar, aunque no en importancia, se nos dice que era un varón “lleno de fe.” Es decir que para él no cabían ni la duda ni la incredulidad. Su hablar no sólo destilaba amor y bondad entrañable, sino también convicción y plena confianza, y quienes le escuchaban, seguramente que recibirían a través del Espíritu Santo del cual estaba impregnado, una fuerte comunicación de esas tres gracias.
Aunque adelantándonos un poco, consignamos algo que viene muy al caso, y que se nos consigna en el relato de su primer viaje misionero con Pablo.
“Aconteció en Iconio que entraron juntos en la sinagoga de los judíos, y hablaron de tal manera que creyó una gran multitud de judíos, y asimismo de griegos.” (Los Hechos 14:1)
Muchos de sus oyentes posiblemente nunca habían oído el nombre de Jesús, ni nada acerca de Él. Otros tal vez habían oído malos informes, así como los romanos que fueron a escuchar a Pablo muchos años más tarde. (Ver Los Hechos 28:22) y tantos otros en tantas partes, por esa malicia del enemigo que tergiversa las cosas y hace que se calumnie a los santos.
Sin embargo, el tono de voz, el fuego que había en los corazones de Bernabé y Pablo, y la convicción y seguridad absoluta que irradiaban, surtieron tal efecto, que una gran multitud, tanto de judíos como de griegos, creyó y se convirtió al Señor.
¡Bendita gracia de lo alto! El Señor nos la conceda a nosotros también, para que en estos tiempos de tanta incredulidad y escepticismo, podamos tener un hablar de las sagradas cosas de Dios que infunda una fe viva y real.
Como contraste, recordamos que hace unos buenos años, en una campaña evangelística que tuvo lugar en el Levante de España, usándose para ello una carpa gigante, fueron invitados a predicar varios oradores de distintos lugares de la península ibérica.
Uno de ellos recibió la invitación en base a que era un expositor muy docto de las Escrituras. Sin embargo, su disertación, aunque de sana y bien ordenada ortodoxia, no convenció para nada a una persona inconversa que había asistido.
Al final de la reunión, dirigiéndose al hermano que lo había invitado y llevado, preguntó:
“Pero ese hombre ¿de verdad cree lo que está diciendo?”
Dios nos libre de una teología bíblica correcta, pero desprovista de ese ingrediente fundamental de la fe, sin la cual es imposible agradar a Dios. (Hebreos 11:6)
No descartamos, sino que valoramos plenamente lo primero, pero – eso sí – debidamente acompañado por lo segundo.
En busca de Pablo.-
“Después fue Bernabé a Tarso para buscar a Saulo; y hallándole, le trajo a Antioquía.” (11:25)
Este versículo tan escueto encierra todo un cúmulo de hermosos indicios de la persona y el carácter de Bernabé.
Alguien ha dicho que:
“La ausencia hace al amor, lo que el viento al fuego;
Apaga el pequeño y enciende y aviva el grande.”
Bernabé y Saulo, como todavía se lo llamaba, estaban indudablemente hermanados por un profundo amor fraternal desde que se conocieron en Jerusalén, tras la conversión del segundo.
La forma en que Bernabé se relacionó con él y le trajo a los demás, que dudaban de su sinceridad y le temían, tiene que haber servido para cimentar ese entrañable amor fraternal.
No obstante, la relación se interrumpió cuando los griegos que oían a Pablo predicar a Cristo con tanto denuedo, intentaban matarlo, y los discípulos tomaron la decisión de llevarlo a Cesarea y enviarlo de allí a Tarso.
Sin duda que ese tiempo en que estuvieron separados, hizo que Bernabé lo echase de menos. Encontrándose ahora en esta nueva y hermosa situación en Antioquía, sintió que debía ir a Tarso a buscarlo y traerlo.
Tengamos en cuenta que, muy probablemente, Pablo había compartido con Bernabé en Jerusalén la palabra que él había recibido del Señor de que Él lo enviaría a los gentiles. (Los Hechos 22:21)
Así, al saber de ese llamamiento, y al encontrarse en medio de la flamante iglesia gentil en Antioquía, supo a ciencia cierta que Pablo era una pieza clave que el Señor quería colocar en la misma.
También tenemos que considerar la afortunada y bendita situación en que Bernabé se encontraba. Dentro de esa nueva iglesia, su figura seguramente sobresalía por encima de los demás directivos, por sus quilates, experiencia y procedencia de la iglesia madre en Jerusalén.
Muy bien se podría haber establecido como el protagonista principal. Otro en lugar suyo, podría ver en Pablo un rival en potencia, que tal vez con el tiempo pudiera igualarlo, y aun desplazarlo de ese lugar de primacía. Por lo tanto, la idea de ir a buscarlo no entraría ni remotamente en sus deseos y planes.
Pero Bernabé no sabía nada de esos razonamientos, y con gran nobleza emprendió el largo viaje de Antioquía a Tarso, donde sabía que estaba Pablo.
Estimamos que la distancia sería de unos 300 kilómetros aproximadamente, recorridos no en avión o automóvil, sino en parte a pie, y en parte tal vez en camello o borrico. Tarso era una ciudad grande, pero buscándole, le halló.
Bien podemos suponer el entusiasmo con que Bernabé le habrá contado la maravilla que estaba aconteciendo en Antioquía, instándole a que fuera con él, que allí tendría un papel muy importante que desempeñar.
Pablo no se hizo rogar, y así partieron de Tarso a Antioquía – un viaje de unos 300 kilómetros como ya dijimos – pero para Bernabé había que sumar los 300 de la ida – es decir 600 en total.
Fue un sacrifico noble de un varón que entendía los tiempos y los designios de Dios, y que amaba desinteresadamente a Pablo, de quien iba a ser compañero y camarada entrañable en su épico primer viaje misionero.
“Y se congregaron allí todo un año con la iglesia, y enseñaron a mucha gente.” (11:25)
Logrado un crecimiento numérico considerable, ahora era el tiempo de consolidar a los discípulos, arraigándolos sólidamente en las verdades del evangelio y la vida cristiana. Para esa tarea tan importante, seguramente que Bernabé encontró en Pablo en ese período de tiempo el complemento ideal.
Anteriormente había discernido por el Espíritu que faltaba una pieza clave, y había que buscarla y traerla a toda costa. Ahora veía y comprobaba que su percepción había sido muy acertada, y Pablo encajaba perfectamente en Antioquía.
El próximo episodio que se nos relata es el viaje de ambos – Bernabé y Pablo – para llevar la ofrenda a los hermanos necesitados en Judea, con motivo de la profecía de Agabo que predecía que iba a haber una gran hambre. (11:27-30) Cumplido este servicio, regresaron de Jerusalén a Antioquía después de no mucho tiempo, acompañados por Juan, que tenía por sobrenombre Marcos.
Reincorporados a la iglesia, se unen sin demora a los otros varones principales de la misma, para darse de lleno a la labor de ministrar al Señor con ayuno.
Es entonces que el Espíritu Santo sella esa estrecha relación entre ambos, significando a ese colectivo de ministerios que ellos dos debían ser apartados para la obra a la cual Él los llamaba.
Sobre este punto particular nos ocuparemos en detalle al tratar específicamente los viajes misioneros de él y de Pablo primero, y de Pablo solamente con posterioridad.
Mas continuando con el perfil de Bernabé, debemos aquí señalar dos aspectos más sobre su personalidad.
El primero es el que lo muestra a esta altura como el que toma la iniciativa, optando – posiblemente dirigido por el Espíritu – por empezar la labor misionera en la isla de Chipre, su tierra natal.
El segundo tiene que ver con Juan Marcos. Al final del versículo 5 se nos dice:
“Tenían también a Juan de ayudante.” (13:5)
Al anunciar el llamamiento, el Espíritu nombró a Bernabé y Saulo, pero no a Juan Marcos. No es muy aventurado ni rebuscado colegir que esto haya sido también por iniciativa de Bernabé, visto su vínculo de sangre con él, (ver Colosenses 4:10) y seguramente el deseo de que pudiera serles útil como ayudante, y al mismo tiempo, que se pudiese foguear en el ministerio. Tal vez estemos hilando bastante fino en esto, pero creemos que fue su carácter entrañable y afectivo lo que lo movió a tomar estas dos decisiones.
A la primera – empezar por Chipre, de donde él era oriundo – tal vez no se la pueda objetar con mayor fundamento, si bien, por lo que sabemos, los resultados en la isla no fueron de la misma envergadura que en el resto del viaje. En cuanto a la segunda, nuestra opinión es que fue dictada por una razón afectiva, y desprovista del grano puro de lo que de veras viene de lo alto.
Los hechos posteriores confirman esta conjetura, pues se vio a las claras que Juan Marcos no estaba lo suficientemente maduro ni capacitado. En Panfilia abandonó a Bernabé y Pablo, y regresó, pero no a Antioquía de donde habían partido, sino a Jerusalén.
Esta primera expedición misionera emprendida por Bernabé y Pablo fue realmente épica, y siempre nos ha resultado de mucha inspiración el leerla, cosa que hemos hechos repetidas veces con el correr de los años.
Entre otras cosas, quizá sobresalga la referencia a ambos que se hace en la carta apostólica emanada del concilio de Jerusalén, que se nos narra en Los Hechos 15.
“…nuestros amados Bernabé y Pablo, hombres que han expuesto su vida por el nombre de nuestro Señor Jesucristo.” (15:25-26) Éste fue otro rasgo singular y que habla con peso contundente del valor y la entereza de Bernabé, y desde luego, de Pablo también.
Sobre el viaje en sí y sus muchos incidentes y pormenores, con la enseñanza e inspiración que contienen, hemos de explayarnos más adelante, al tratarlo específicamente, junto con el segundo y tercero de Pablo.
Pero ahora pasamos a un punto posterior. Terminado el primer viaje, y después del concilio de Jerusalén y el regreso de Pablo y Bernabé a Antioquía, pasado un tiempo Pablo le expresó a Bernabé su deseo de visitar a los hermanos en las ciudades en que habían anunciado el evangelio, para ver cómo estaban.
Al proponer Bernabé que los acompañase otra vez Juan Marcos, como bien sabemos, Pablo no lo veía bien y se suscitó un desacuerdo tan fuerte que se separaron el uno del otro. Esta fue la primera ruptura de la cual tenemos registro en los anales del cristianismo, y por cierto que comentarla siempre nos trae bastante tristeza.
Eran dos varones llenos del Espíritu (ver Los Hechos 11:24, 9:17 y 13:9) que se habían amado de verdad, y habían sido unidos por el Espíritu Santo para una obra particular, en la que habían compartido jornadas inolvidables.
Sin embargo, en esa coyuntura crucial ninguno de los dos quiso ceder, y lamentablemente se separaron, quizá para no volver a verse más. Con todo, debemos conceptuarlos no como enemistados, sino distanciados, con motivo de sus criterios opuestos sobre un punto que para ambos era de suma importancia.
En nuestro libro “Hora de Volver a Dios”, en el capítulo III de la segunda parte, titulado “Juan Marcos y Demas – un contraste a tenerse muy en cuenta”, hemos expuesto en detalle nuestro punto de vista de que en ese desacuerdo, Pablo era el que tenía razón, si bien la forma en que ambos actuaron en la disyuntiva, pudo y debió ser más espiritual y prudente.
Con esto queremos decir que, al advertir el fuerte desacuerdo en que estaban, debieron hacer un alto en el camino, y buscar saber en oración, incluso con ayuno, cuál era la voluntad del Señor en el tema.
Y aquí, siguiendo con el hilo del perfil de Bernabé, señalamos un punto delicado que merece nuestra atención.
Creemos que el vínculo de sangre con Juan Marcos y su disposición de hombre entrañable y lleno de bondad, fueron el motivo que lo indujo a querer llevar a Juan Marcos, y no entristecerlo o herirlo dejándolo atrás.
Tengamos en cuenta que, de haber continuado con Pablo y Bernabé en el primer viaje, las feroces persecuciones que enfrentaron en Antioquía de Pisidia, Iconio y Listra, habrían sido demasiado fuertes para Juan Marcos, y no creemos que las hubiera podido sobrellevar. Sentimos lo mismo en cuanto a las tal vez más violentas del segundo viaje misionero, que tuvieron lugar en Filipos, Tesalónica y Berea.
Redondeamos diciendo que la bondad y el amor entrañable deben ir de la mano de la verdad, la justicia y lo que es la genuina voluntad de Dios.
Cuando por el factor afectivo de no querer ofender o entristecer a alguien, se consiente algo que no es lo verdaderamente correcto, se pasa, tal vez inconscientemente, a un amor falso, que a la larga traerá perjuicios y no beneficios, tanto al que otorga como al que recibe el consentimiento. Debemos buscar, pues, que el Señor nos ayude siempre a equilibrar lo uno con lo otro, y cuando de veras hay que decir que no, no dejar de hacerlo por no ofender o entristecer a alguien.
Después de la separación poco sabemos de Bernabé, si bien podemos hacer algunas conjeturas razonablemente bien fundadas.
Lo primero que hizo fue tomar a Marcos y navegar otra vez a Chipre.
Las únicas referencias posteriores están en 1ª. Corintios 9:6 y Colosenses 4:10.
Nos parece muy razonable afirmar que, además de continuar su labor misionera de anunciar el evangelio y enseñar la palabra de Dios a los creyentes, se encontró con la necesidad de restaurar a Juan Marcos, que seguramente se encontraría traumatizado, y tal vez hasta maltrecho, al ser rechazado por un hombre del peso y la talla del apóstol Pablo.
Sobre esto hemos comentado con bastante extensión en el capítulo ya citado de “Hora de Volver a Dios.”
Por Colosenses 4:10 y también 2ª. Timoteo 4:11, sabemos a ciencia cierta que Juan Marcos alcanzó un grado de madurez y responsabilidad, que motivaron que Pablo lo considerase útil para él en el ministerio.
Sin duda, esto se debe haber debido, por lo menos en gran parte, a la labor sabia y perseverante de Bernabé para ayudarlo a ser estable y responsable, de manera que se pudiese confiar en él como un siervo digno, que no volvería a defraudar a sus consiervos abandonándolos.
Si nos ceñimos a las Escrituras, no podemos avanzar más en la trayectoria de Bernabé.
Como señalamos antes, lo último que se nos dice de él es que navegó con Marcos por su cuenta, por así decirlo, sin ser encomendado por la iglesia, como lo hizo Pablo al partir con Silas. A partir de ahí el relato de Lucas lo deja de lado por completo.
Esto nos da una nota algo opaca, pero justo es mencionar que no hay en ella nada que manche o enturbie el testimonio en sí de Bernabé, ni de su limpia persona. Más bien se trata de una bifurcación en el camino de él y Pablo, por la diferencia de criterios ya comentada.
Por todo lo demás, y la excelencia de las virtudes desplegadas en su hermosa y brillante trayectoria anterior, la figura de Bernabé queda firmemente en pie como la de un siervo insigne y ejemplar, digno de ser emulado.
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