Volviendo a las Fuentes Primitivas.

CAPÍTULO 1. La unidad – una piedra fundamental insustituible
Nos gusta el nombre: el libro de Los Hechos – no el de las palabras.
Aunque el nombre completo es “Los Hechos de los Apóstoles”, algunos han sugerido, no sin buena razón, que también podría llamarse “Los Hechos del Espíritu Santo.”
Efectivamente, desde un principio se lo ve como el personaje principal, actuando, por así decirlo, como el Director Ejecutivo del Trino Dios, honrando el nombre de Jesucristo y la persona de Dios el Padre con maravillosas manifestaciones de poder y gloria, a la vez que llevando las cosas con Su sabia y acertadísima dirección, en todo lo que va aconteciendo.
No cabe duda de que, a través de la pluma inspirada de Lucas, el Señor nos ha querido dar en este libro, lo que es un precioso y riquísimo acopio de enseñanzas de principios básicos e inamovibles, para todo lo que la obra del ministerio supone y conlleva.
En la lectura de Los Hechos, una de las primeras cosas que nos impresiona desde un principio, es la forma en que se presenta y recalca la gran importancia de la unidad.
Después de que se nos narra la ascensión del Señor Jesús, se pasa a consignar que, sin ninguna pérdida de tiempo, los discípulos comenzaron a congregarse en el aposento alto, y en el versículo 14 del primer capítulo leemos:
“Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos.”
Anteriormente, como sabemos, en más de una ocasión los discípulos habían estado enfrentados en cuanto a quién sería el mayor entre ellos. Asimismo, al pedir Juan y Santiago que pudiesen sentarse a la derecha y a la izquierda del Señor en Su reino, los otros diez se enojaron con ellos sobre manera.
Ahora no se advierte nada de eso. Están unidos perseverando con toda instancia en oración y ruego, despojados de todo sentimiento egoísta o carnal, buscando el rostro del Señor, y a la espera del cumplimiento de Su promesa de mandar el Espíritu Santo, para capacitarlos para la magna obra que tenían por delante.
¿Cómo sobrevino este cambio tan radical en ellos? O ¿a qué se debió?
Creemos que la respuesta se encuentra en Juan 20:22
“Y habiendo dicho esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.”
Esta comunicación del Espíritu Santo a los discípulos, evidentemente no debe considerarse como el bautismo que les impartiría el poder para propagar el evangelio en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra, y que Él les había prometido con tanta claridad antes de ascender. (Ver Los Hechos 1:5 y 8)
Se trataba en cambio de un anticipo importantísimo, para capacitarlos para alcanzar ese lugar de estrecha unidad, que los convertiría en la tierra fértil y bien preparada para la venida del Espíritu en plenitud el día de Pentecostés.
Cualquiera que cuente con un poco de experiencia y madurez espiritual, sabe muy bien que cuando hombres y mujeres han estado enfrentados, y con celos, rencillas, y demás, llevarlos a un lugar de estrecha unidad, despojados de todas esas cosas tan desagradables, no es por cierto soplar y hacer botellas.
Sólo el obrar de la gracia del bendito Espíritu de Dios puede realizar semejante milagro.
Ese milagro era totalmente imprescindible, y de no haberse operado, el derramamiento del Espíritu Santo ese día de Pentecostés no habría sido posible.
Gracias a Dios por todas las veces en que Él – queriendo derramar raudales de bendición y gracia – ha realizado con tanta bondad, sabiduría y pericia esa labor preparatoria de quitar los escollos de en medio, y crear las condiciones ideales, e imprescindibles a la vez, que le permitan hacerlo en forma adecuada y satisfactoria.
Muchos no comprenden la necesidad absoluta de la unidad, para que el Señor pueda derramar Su bendición sin retaceos y en forma continuada.
El conocidísimo Salmo 133 nos dice:
“Mirad cuán bueno y cuán deleitoso es habitar los hermanos juntos en armonía.”
“…Porque allí envía Jehová bendición y vida eterna.” (Versículos 1 y 3b)
Cuando el Señor ve a Sus hijos y siervos unidos en tierno amor que no sabe de egoísmos, envidias ni protagonismos, Él se deleita sobre manera, y se complace en enviar bendición y vida eterna.
Pero lo que muchas veces no se comprende es que cando no se da esa ese allí tan bendito de una unidad limpia y sincera, Él se ve virtualmente imposibilitado de derramar Su bendición.
¿Por qué razón?
Esas cosas que conspiran contra la unidad y separan a hermanos y siervos – envidias, malestar, críticas, quejas, chismes, etc. etc. – son sin lugar a dudas lo que debemos poner bajo el común denominador de obras de la carne. Y éstas, al final de cuentas, tienen su procedencia en la serpiente satánica y sus espíritus malvados.
Pensar o pretender que el Señor “haga la vista gorda”, e igualmente derrame Su bendición sin retaceos en una congregación o iglesia que se encuentre en esas condiciones, sería dar muestras de una crasa falta de criterio.
Eso equivaldría a aprobar y convalidar las obras del diablo, bendiciéndolas con lo que podría interpretarse como el beneplácito divino.
Si Dios hiciese semejante cosa, dejaría de ser el Dios lleno de dignidad, honor y justicia que ha sido, es y será por siempre jamás.
Desde luego que esto no supone que en una situación como la que hemos señalado, el Señor haya de desamparar a los Suyos y retirar Sus mercedes por completo. Siendo los miembros de una tal congregación Sus hijos redimidos – y muchas veces por amor de algunos que le son especialmente fieles – incluso Él los podrá consolar y hasta alentar con alguna bendición o algún fruto aquí y allá.
Pero, no es eso de lo que estamos hablando, sino de una bendición continua y progresiva, de tal forma que resulta a todas luces evidente que Él está plenamente complacido.
No debemos perder de vista el hecho de que en la gran oración de Jesús en Juan 17, en medio de tantas cosas de gran alcance e importancia, sobresale sin lugar a dudas Su expreso y reiterado ruego que los Suyos seamos uno.
De cómo ese ruego Suyo fue plenamente satisfecho en los albores de la iglesia primitiva, tenemos amplio testimonio en el libro de Los Hechos.

“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos.” (2:1)

“Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas.” (2:44)

“Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón.” (2:46)

“Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma…” (4:32a)
Al mismo tiempo, vemos como el maligno, desde un principio buscó debilitar y aun romper esa bendita unidad, con ataques desde afuera y por dentro.
Por una parte, los gobernantes, sacerdotes, ancianos y escribas, estaban resentidos de que anunciasen la resurrección de Jesús de entre los muertos, y se llenaron de celos, al ver la forma maravillosa y milagrosa con que prosperaba el ministerio de los apóstoles y se multiplicaba el número de los creyentes.
Para tratar de evitarlo o contrarrestarlo, levantaron una fuerte persecución, apresando a algunos de ellos, amenazándolos y mandándoles que no predicasen más en el nombre de Jesús.
Por la otra, se suscitaron los casos de Ananías y Safira en el capítulo 5, y el de la murmuración de los griegos contra los hebreos de que sus viudas eran desatendidas en la distribución diaria, lo cual se nos consigna en el capítulo siguiente.
Todo esto era parte de una malvada estrategia del enemigo, que tenía como principal objetivo frustrar el progreso del evangelio, introduciendo brechas en la unidad de los hermanos.
Como hemos visto por las citas anteriores, estos intentos no prosperaron en esos principios dorados, y la iglesia pudo superarlos, merced a la manifiesta presencia del Espíritu Santo, y al hecho de que el peso de la oración de Jesús en Juan 17 a que ya hemos aludido, evidentemente se hizo sentir en forma contundente.
No obstante, unos buenos años más tarde, en la ocasión de la llegada de Pablo a Jerusalén al final de su tercer viaje misionero, y que se nos relata en el capítulo 21, nos encontramos con un panorama muy distinto.
El crecimiento numérico de judíos que habían creído era considerable, pero ya no había el amor ni el poder experimentados en los comienzos.

En cambio, había una fuerte dosis de legalismo que se aferraba a la ley de Moisés.
Esto indudablemente conspiraba contra la unidad, pues ésta sólo se puede preservar y guardar viva y fresca, perseverando en la gracia del Espíritu y en el amor, de los cuales el legalismo es un enemigo declarado.
Cuando nos salimos del bendito terreno de la gracia y el amor, por más loable y plausible que parezca lo que los sustituye, inevitablemente se resiente la unidad, y a la larga se quiebra totalmente.
Por considerar este tema como algo de fundamental importancia, pasamos a dedicarle otro capítulo entero, antes de continuar con otros aspectos de la vida y el crecimiento de la iglesia primitiva.
Lo hacemos convencidos de que la falta de unidad en muchas de las iglesias es, si no la única, por cierto que una de las principales causas de su estancamiento, y la falta de la bendición y el fruto que son de desear.