Peldaños del Discipulado Capítulo 26 El álbum de fotografías (Primera parte)
Peldaños del Discipulado
Capítulo 26
El álbum de fotografías (Primera parte) 21 de Febrero.)
Sin embargo, y a pesar de las últimas palabras del capítulo anterior, todavía no está hecho!
Falta el álbum de fotografías!
El nombre que se ha dado al quinto libro del Nuevo Testamento es muy significativo: el libro de Los Hechos.
El mayor o menor efecto de nuestras palabras, está dado por la realidad de lo que somos, y de lo que hacemos en nuestra vivencia cotidiana.
En la ministración de la palabra de Dios, este mayor o menor valor, estará indicado por la medida en que se traduce en hechos concretos en la vida de quienes nos escuchan, o se alimenten de nuestro ministerio de una forma u otra.
Así tenemos el sencillo pero fundamental principio de que lo que somos y vivimos, expresado a través de nuestras palabras, ya sean orales o escritas, pasan a reproducirse en aquéllos que, por así decirlo, beben de la fuente de nuestro ser, y nuestro hablar y actuar, y se nutren de nosotros. Lo que uno se vuelve en la causa – el otro lo hace en el efecto.
Quizá donde esto esté más fiel y exactamente reflejado, es entre la relación que encontramos ente el libro de Los Hechos, y los cuatro evangelios que lo preceden
En éstos tenemos presentado a través de cuatro biografías, lo que Jesucristo fue y ejemplificó a la perfección a través de toda Su vida, acompañado de todo el verbo, sencillo pero muy rico y abundante de Su hablar incomparable.
Y como resultado de esta causa, tan feliz como sólida y fundamental, tenemos el efecto de lo que encontramos en el libro de Los Hechos – una legión de discípulos de verdad.
Habiendo completado en el capítulo anterior nuestra escalera imaginaria de 25 capítulos, consideramos que no puede mejor forma de dar punto final a nuestra obra, que la de presentar lo que llamamos en el título, “el álbum de fotografías” de los primeros discípulos.
En efecto, en la rica y variada gama de sus múltiples virtudes, encontramos fielmente reflejada esa gloria pristina de la iglesia del primer siglo.
No se nos ocurre mejor manera, de inspirarnos e incentivarnos a perseguir con el mayor ahínco y devoción nuestra marcha ascendente, que examinar detenidamente, con oración y búsqueda de Dios, algunos de los ejemplos que nos han sido dados.
Porque para eso están: – para que los consideremos y estudiemos con la máxima atención, a fin de que lo mucho que nos muestran y enseñan se plasme en realidad y se encarne en nosotros.
Las fotografías, claro está, nada tienen que ver con los rasgos físicos, sino que, como ya se ha adelantado, nos presentan virtudes y cualidades morales y espirituales de esos primeros discípulos.
Empecemos pues por la primera foto.
Hermanos de verdad, y de vínculo inquebrantable.-
“Y queriendo él pasar a Acaya, los hermanos le animaron, y escribieron a los discípulos que le recibiesen, y llegado él allá fue de gran provecho a los que por la gracia habían creído.” (Los Hechos 18:27)
Mientras que en cualquier diccionario normal, se establece un clara diferencia entre hermano y discípulo, por la inspiración divina, Lucas, que como se sabe es el autor del libro de Los Hechos, utiliza los dos vocablos como si fuesen sinónimos.
De donde sacamos la sencilla pero preciosa conclusión y verdad – por supuesto avalada en muchas otras partes del Nuevo Testamento – que los verdaderos discípulos son también verdaderos hermanos, hermanados triplemente.
Esta triple hermandad proviene de tener el mismo Padre Celestial, el mismo Hermano Mayor como Maestro y Señor, y por tener la misma procedencia celestial, en razón de haber experimentado un genuino renacimiento por el Espíritu de Dios.
Todo esto da lugar a un vínculo real y profundo que los une entrañablemente, y que es, como ya hemos comentado detalladamente con anterioridad, más fuerte que el vínculo de carne y sangre del primer nacimiento.
Es por eso que podemos afirmar, y con toda propiedad, que los verdaderos discípulos son hermanos hermanísimos. De esto tenemos otras pruebas inequívocas en el mismo libro de Los Hechos. Tomemos una de ellas.
“En aquellos días unos profetas descendieron de Jerusalén a Antioquía. Y levantándose uno de ellos, llamado Agabo, daba a entender por el Espíritu que vendría una gran hambre en toda la tierra habitada, la cual sucedió en tiempo de Claudio.”
“Entonces los discípulos, cada uno conforme a lo que tenía, determinaron enviar socorro a los hermanos que habitaban en Judea.” (11:27-29)
Otra vez aquí vemos a las dos palabras utilizadas como sinónimos, y esta vez con una proyección de solidaridad muy práctica y real.
Se trataba de una situación de necesidad, la cual iba a afectar en una medida mayor y más particular a los discípulos de Judea, y los de Antioquía, aunque mayormente sirios de nacimiento, – ven en ellos a sus verdaderos hermanos.
Y como prueba fehaciente de ello, no vacilan en demostrarles su amor de la forma más elocuente de todas – metiendo la mano bien hondo en el bolsillo!
Aquí fraccionar para continuar con la segunda parte el Sábado siguiente, 28 de Febrero.
Otro sinónimo de discípulo.-
“Y como Lida estaba cerca de Jope, los discípulos, oyendo que Pedro estaba allí, le enviaron a rogarle: No tardes en venir a nosotros.”
“Pedro se puso de rodillas y oró, y volviéndose al cuerpo dijo: Tabita, levántate. Y ella abrió los ojos, y al ver a Pedro se incorporó, y él dándole la mano la levantó; entonces llamando a los santos y a las viudas, la presento viva.” (9: 38, 40 y 41)
Contándonos este relato tan precioso como conmovedor, ahora la pluma de Lucas se desliza de discípulos a otro sinónimo: santos!
Fueron los discípulos los que mandaron llamar a Pedro. Llegó él, y después de orar por Dorcas y verla resucitada, se dirige a esos mismos, pero lo hace llamándolos santos.
Resulta curioso que a esta palabra santos, se le suele tener una alergia muy pronunciada cuando se trata de referirse a los que están en la fe.
Se usan con fluidez términos tales como creyentes, hermanos, ovejas o discípulos, pero en cuanto a llamarlos santos, encontramos una marcada y sugestiva timidez.
El autor recuerda su primer viaje transatlántico de Buenos Aires a Inglaterra, inmediatamente después de sus bodas y luna de miel. En aquellos tiempos, todavía se viajaba en barco por vía marítima, y fue para él una experiencia nueva y muy interesante por muchas razones.
Pero a nuestros fines, el recuerdo que más le quedó, fue una pregunta de un siervo de la iglesia/comunidad de fe del Sudeste de Londres, donde él y su flamante esposa se hospedaron a su llegada.
Después de inquirir sobre el viaje en sí, les preguntó:
¿Había otros santos a bordo?
En un sentido, casi diríamos que la pregunta no tenía nada de particular. Y sin embargo, nunca había oído esa palabra santos de forma tan directa, y referida a personas concretas.
Sabía muy bien que las Escrituras nos dicen que somos llamados a ser santos, y que el Señor a los Suyos nos escogió antes de la fundación del mundo a ser santos y sin mancha delante de él en amor, etc.
Pero este uso puntual de la palabra, aludiendo específicamente a los que llamaríamos creyentes normales, le resultaba nuevo, y desde luego le llamó mucho la atención, si bien no hizo ningún comentario al respecto.
En el hablar corriente se dice: estuve con los hermanos, con la iglesia, o con los creyentes de tal parte, pero muy rara vez con los santos de tal o cual lugar.
¿Habrá alguna razón significativa detrás de esta alergia tan pronunciada?
¿Será que sí? Sabemos que son creyentes, discípulos, hermanos, pero santos, hasta por ahí nomás!
Pero, retomando el hilo, no debemos ser negativos en nuestro enfoque. A esos discípulos en Lida, Pedro los llamaba santos sin ninguna vacilación.¿Por qué hemos de ser menos los discípulos de la actualidad?
Tomemos bien en serio el cuarto peldaño, el de la santidad, tratado en el capítulo 5, y por la gracia de Dios nosotros también lo seremos.
La rueda de amor.-
“…y habiendo apedreado a Pablo, lo arrastraron fuera de la ciudad, pensando que estaba muerto.”
“Pero rodeándole los discípulos, se levanto y entró en la ciudad, y al día siguiente salió con Bernabé para Derbe.” (14:19-20)
Lucas nos cuenta este episodio en forma muy concisa, casi lacónica.
Sin embargo, cuánto y cuán conmovedor es el contenido que hay en el mismo! Las palabras del Señor Jesús a Ananías – “Yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre…” (9:16) aquí están alcanzando un cumplimiento cabal.
El bizarro abanderado de la cruz está pagando un precio muy alto, pero lo hace con valentía ejemplar, plenamente consciente de que, como resultado de ello, habrá glorias futuras sin par e imperecederas para él, y muchos más, bendecidos por su vida y ministerio.
En esta ocasión tan singular y emotiva, los discípulos no atinan a nada más sencillo y real, que rodearlo en una sentida y preciosa rueda de amor, estrechamente unidos a su alrededor.
No se nos dice que el más distinguido de ellos haya presentado una poderosa oración, reclamando su resurrección o recuperación. Se deja librada a nuestra imaginación lo que puede haber pasado por las mentes y corazones, o salido por las bocas de esos discípulos, tan solidarios que lo rodeaban con su amor, mientras yacía golpeado y herido, al punto que se le daba por muerto.
Lo cierto es que, de esa identificación con él tan particular, seguramente acompañada de ruegos profundos a su favor en cada corazón, algo subió a lo alto, y tocó el Trono de la Gracia, y el socorro oportuno y tan indispensable no se hizo esperar.
Y así fue que el que había sido dado por muerto, se levantó, al día siguiente, como si no hubiera pasado nada – casi diríamos fresco como una lechuga! – y partió con su consiervo y camarada Bernabé para Derbe, para continuar con espíritu indómito en la cruzada para la cual habían sido llamados por el Espíritu Santo.
Sin duda, se trata de un milagro sobresaliente, que la mano poderosa del Señor hizo para su siervo esforzado, aguerrido y valiente.
No obstante, no se nos debe pasar por alto el papel noble y humilde de esos discípulos, anónimos por el relato escueto de Lucas, pero bien conocidos en lo alto por su fe y amor al Señor.
Y esa fe, y ese amor, lo demostraron vívidamente al volcarlo en la persona de su amado siervo, en esa rueda de amor cuando yacía inerte, cruelmente golpeado y herido por las crueles pedradas de sus perseguidores.
Aquí volver a fraccionar, y lo que sigue para el Sábado siguiente día 7 de Marzo.
Llenos de gozo y del Espíritu Santo.-
“…y los discípulos estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo.” (13:52)
El contexto es el de una feroz persecución, en Antioquía de Pisidia, (no Antioquía de Siria, donde estaba la iglesia madre de la cual habían partido.) Los judíos que los resistían habían levantado una fuerte oposición contra Pablo y Bernabé, expulsándolos de la región.
Otra vez, en su estilo tan conciso, Lucas nos hace ver la forma en que esto afectó a los discípulos.
Lejos de atemorizarse o desanimarse, estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo!
Cuando el Señor permite tiempos de tribulación o de fuertes pruebas, siempre es fiel para comunicarnos una gracia especial, adecuada a los momentos o las horas difíciles por las cuales atravesamos.
Y esa gracia les permitía a esos preciosos y amados discípulos, no solamente enfrentar la prueba, sino también experimentar un desborde de gozo y del Espíritu Santo.
Así, esas pruebas y tribulaciones se convertían en un bendito trampolín, que les impulsaba a esas alturas de plenitud tan benditas.
Recordemos, para recoger los dos puntos principales de este pantallazo en que estamos:
“Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución.” (2a. Timoteo 3:12) y
“Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús.) (2a. Corintios 2:14)
Los verdaderos discípulos necesitan ser exhortados y confirmados.-
Ese primer viaje misionero de Pablo y Bernabé fue verdaderamente maravilloso en todo sentido. Pero no debemos dejarnos ser tentados a escribir sobre el mismo en detalle, pues sería desviarnos del tema en que estamos.
Baste decir que, en un todo de acuerdo con la gran comisión de Mateo 28:19-20, en Derbe “…hicieron muchos discípulos. “ (Los Hechos 14:21.)
A esa altura, y habiendo alcanzado el punto más distante, al comenzar el viaje de regreso, sintieron la inquietud de visitar a su paso las ciudades en que anteriormente habían levantado iglesias, a saber Listra, Iconio y Antioquía de Pisidia.
Y lo hicieron con el fin expreso y concreto de consolidar a esos nuevos discípulos, que en realidad estaban haciendo sus primeras armas en la lid a la cual habían sido llamados recientemente.
Lucas lo expresa otra vez con su consabida concisión, a la cual tiene, no obstante, el arte de impregnar con el más rico contenido.
“…confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciendo: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el Reino de Dios.” (14:22)
No resulta difícil imaginar a esos discípulos tan nuevos, atravesando por pruebas de las más diversas.
La incomprensión de su viejos amigos y de sus familiares, la burla y el menosprecio de sus compañeros de trabajo, o bien ser marginados y aun perseguidos, tanto por éstos como por aquéllos.
Además, las tensiones y presiones de toda otra índole, que a menudo nos toca enfrentar a nosotros mismos, y que también golpearían a las puertas de ellos.
Para algunos, esto y quizá mucho más, está a punto de hacerlos claudicar.
Mas, providencialmente, estos dos siervos de Dios heroicos se vuelven a presentar.
Con una palabra encendida y una fuerte unción de lo alto, les hablan largo y tendido, con una voz limpia, clara y potente, y como sólo saben hablar los que en sus pechos están ardiendo con la llama celestial.
Sus palabras, cargadas de la fe y la convicción más profundas, y aderezadas con la salsa de su ardiente amor para con ellos, penetran hasta lo más hondo del ser de cada uno, y los resultados se echan de ver de inmediato.
En efecto, rostros que antes reflejaban el desánimo y depresión, o bien una evidente frialdad, ahora resplandecen con el brillo del gozo, y la fe plenamente renovada.
Muchos se ponen de pie, y se pasa a entonar sus himnos favoritos con unción y fervor, denotando que otra vez se disponen a marchar hacia adelante, en la carera cristiana que han emprendido.
Pero la fiesta, lejos de terminar, sigue y por largo rato. No están condicionados por ningún horario, y como estos dos siervos bizarros pronto han de marchar, se olvidan del reloj, y con gran avidez, se disponen a escuchar y recibir más del torrente de su hablar, que fluye tan cargado de cosas buenas y sumamente sustanciosas.
Ahora, esto se torna en una exhortación extensa y vibrante. Con amor, pero con toda claridad y firmeza, se les señalan los múltiples peligros que presenta el mundo, con la gran variedad de tentaciones, y sus luces, tan atractivas como engañosas .
Seguidamente, se pasa a advertir de los ardides ponzoñosos del maligno y sus secuaces, que siempre están al acecho, en espera del momento de debilidad, descuido o depresión, para lanzar sus dardos de fuego.
Por último, en los términos más claros y expresivos, y con energía y unción auténtica, propias de dos varones llenos del Espíritu Santo, les lanzan el reto de aferrarse con voluntad tenaz a la fe bendita y gloriosa que han abrazado, y no flaquear ni apartarse de ella por nada del mundo.
A esta altura, el recinto en que están reunidos, se encuentra cargado y saturado de la presencia divina.
Nadie está distraído, ni ajeno en lo más mínimo a eso tan maravilloso que está ocurriendo, Y sin que Pablo ni Bernabé lo propongan, una tras otro se van poniendo de pie, hasta no quedar ninguno sentado, y de la forma más elocuente responden afirmativamente a ese reto, y de la forma mas categórica y terminante.
También se les ha advertido que no estarán exentos de pruebas y tribulaciones, y que por el contrario, ello será necesario para purificarlos, y para que se compruebe que son moneda auténtica y no falsa.
Pero esto, en vez de asustarlos o amilanarlos, los enciende de un redoblado ánimo de luchar y ser fieles hasta el final y vencer en la lid.
Y así, los discípulos quedan plenamente confirmados y fortalecidos, y los insignes misioneros, llenos de gozo y la más íntima satisfacción, pueden emprender el regreso a su lugar de origen.
Allí, tras compartir las proezas, bendiciones y milagros que habían ocurrido – producto no sólo de sus propios recursos, sino mucho más de la gracia y el poder de lo alto – se toman un bien merecido descanso.
Entretanto, en cada ciudad en que han estado, se han constituido asambleas de discípulos exhortados, renovados y confirmados, es decir de los genuinos de verdad.
Quizá a algunos, los párrafos precedentes les suenen como dramatización o exageración de las cosas
No obstante, otros que en su experiencia ministerial han vivido y paladeado ocasiones semejantes, no dejarán de comprender y concordar plenamente.
En medio del relato de la conversión de Saulo de Tarso, encontramos algo precioso en cuanto a Ananías, que hasta entonces había sido, por así decirlo, el discípulo anónimo, o uno más entre muchos otros.
Poco o nada se sabía de él, si bien el testimonio posterior de Pablo, muchos años después, al estar apresado en Jerusalén, fue de afirmar de él que era varón piadoso y de buen testimonio. (Los Hechos 22: 12)
Lo cierto es que evidentemente, el Señor vio en él algo tan digno y fiel, que lo escogió para un cometido muy maravilloso: imponer las manos al que iba a ser el gran apóstol Pablo, nada menos que para que recibiese la vista y fuese lleno del Espíritu Santo. (9:17)
Eso, de paso, echa por tierra la postura de algunos que, queriendo crear una jerarquía especial, sostienen que el Espíritu Santo sólo puede ser mediado por la imposición de manos de quien ostente el título de apóstol.
Bien es cierto que esto había sucedido anteriormente en Samaria, donde Felipe el evangelista había abierto brecha, predicando a Cristo con señales y milagros poderosos de sanidad y liberación.
Al ser enviados Pedro y Juan, y discernir que el Espíritu Santo no había descendido aun sobre los nuevos creyentes samaritanos, les impusieron las manos mediándolo.
Eso se nos narra en el capítulo 8, pero para que no se fije una norma permanente e invariable, el Espíritu Santo, inspirando a Lucas, nos presenta en el capítulo siguiente un caso totalmente inverso: el de un discípulo que podríamos calificar de un soldado raso, que no posee títulos ni galones, pero que es fiel y de buen testimonio, medie la plenitud del Espíritu acompañada del gran milagro de la recuperación de la vista, al que había de ser quizá el más eminente apóstol del primer siglo.
Como se ha dicho muchas veces, a Dios no lo podemos encasillar ni ceñir a moldes ni esquemas rígidos. Su genio creativo se desliza libremente, y muy por encima de todo eso.
Pero el caso de Ananías, sirve además de aliciente para todo discípulo fiel y consecuente que no ha alcanzado notoriedad.
En cualquier momento inesperado, Dios lo puede llamar a algo importante y hermoso, que por eso – ser tan inesperado –
resultará doblemente maravilloso.
Mi memoria se remonta bastante a más de medio siglo – algo así como unos 83 años atrás!
Llevaba solamente un año de convertido, y alguien me obsequió una biografía de Charles Spurgeon, uno de los más grandes y eminentes predicadores del siglo XIX.
De su lectura, lo único que recuerdo con claridad es el relato de su conversión.
Era bastante joven, y en su corazón albergaba un gran deseo de encontrar a Dios, ser salvo y poseer la vida eterna, de lo cual, seguramente se le habría hablado desde su tierna infancia, o su niñez y su adolescencia.
Ese deseo tan vivo lo llevó a visitar a varias iglesias en que predicaban buenos siervos de Dios, pero en ninguna de ellas pudo encontrar, y mucho menos recibir, lo que tanto anhelaba.
Por fin, en una ocasión posterior se encontró con un grupo sumamente reducido de personas, que en una pequeña rueda al aire libre estaban escuchando la proclamación del evangelio.
El predicador era tartamudo, pero a pesar de esa enorme desventaja, y con el riesgo de que lo despreciasen y que se burlasen de él, salía valientemente a la calle a llevar el mensaje de vida eterna.
Su texto en esa oportunidad particular era Isaías 45:22 “Mirad a mí y sed salvos…”
En medio de la predicación, fijó la mirada en el joven Spurgeon, y discerniendo por el Espíritu que estaba buscando con sinceridad a Dios, le dirigió la palabra directamente a él, diciéndole, según creemos recordar, algo así:
“Joven, tú estás buscando” agregando con voz balbuciente lo que en castellano sonaría como: “mi-mi -mira -mi mi mira.”
Y esa palabra mira, entrecortada en la voz del predicador tartamudo, fue el dardo certero que el Espíritu Santo hizo dar en lo más profundo de su ser, y así y allí se convirtió al Señor, encontrando la paz y seguridad que tanto había buscado.
Fue así como Dios se valió de ese discípulo y siervo Suyo, tartamudo, pero fiel a carta cabal, para llevar a la luz y el conocimiento de la verdad, al que más tarde iba a ser conocido como el príncipe de los predicadores.
Así que, ánimo querido discípulo. Aunque estés prácticamente en el anonimato como Ananías, vive muy cerca de Dios y sé fiel aun en lo más pequeño, con la más estricta honradez y limpieza.
No busques grandezas para ti, sino a agradar en todo a Aquél al que le debes todo, el buen y maravilloso Señor Jesús. A su tiempo Él sabrá premiarte.
“Cosa que ojo no vio, ni oído oyó,
Ni han subido en corazón de hombre,
Son las que Dios ha preparado para los que le aman.” (1a. Corintios 2: 9.)
Hay cabida para todos.-
“Había entonces una discípula llamada Tabita…“ (9:36)
“Después (Pablo) llegó a Derbe y a Listra, y he aquí había allí un cierto discípulo llamado Timoteo…” (16:1)
“Y vinieron también con nosotros algunos de los discípulos trayendo consigo a uno llamado Mnasón, de Chipre, discípulo antiguo con quien nos hospedamos, (21;16)
La primer cita se refiere a una discípula (mujer), la segunda a un discípulo joven (Timoteo) y la tercera a un anciano, llamado Mnasón, también discípulo.
Entre otros recuerdos del servicio militar – cumplido hace muchos años, como ya se ha dicho anteriormente, en la provincia de Entre Ríos, en la República Argentina – se encuentra el de los ejercicios finales, que tuvieron lugar en el mes de Agosto de 1948, en los rigores del invierno del hemisferio Sur.
Quien esto escribe era conductor de caballos de repuesto en una compañía de zapadores montados.
Entre todos los soldados había el deseo de que la conscripción o servicio militar se terminase pronto, para así volver a la libertad de la vida civil.
A menudo se quejaban de la vida militar y la disciplina del cuartel, pero sin embargo, en las jornadas se oía con frecuencia el cantar y el reír de esa juventud dorada de los 20 abriles
En un momento dado, un campesino de unos 50 años de edad, que se encontraba en una granja que lindaba con el camino por el que íbamos, se detuvo a contemplar nuestro paso.
Avanzando al trote de los corceles, la muchacha aparentaba estar muy feliz, se oían las canciones y las risas, y se captaba la alegría que denotaban sus rostros risueños.
Fue entonces que el autor recuerda oír a ese querido campesino exclamar con acentos de admiración, y de lamento a la vez, palabras como éstas:
“Quién pudiera tener 20 años para ir con un Remington (referido a la carabina máuser que llevábamos) gozándola a lo grande, como esa muchachada de dichosos que van cantando por el camino.”
Su lamento era que por su avanzada edad, estaba descalificado, y desde luego que no podía ingresar en las filas del ejército, para disfrutar como veía que lo estábamos haciendo nosotros.
Lo cual nos lleva a la reflexión de un contraste muy grande con el ejército de Cristo. En él siempre hay lugar para todos, sin distinción de sexo, edad, condición social o nacionalidad.
Con tal que tengan un corazón para el Maestro y General en Jefe, y una buena disposición de obediencia y lealtad, hombres y mujeres, jóvenes o de edad media, o bien ancianos, todos tienen la puerta abierta de par en par.
Aquí volver a fraccionar para continuar el Sábado siguiente, día 14 de Marzo.
Y mi recuerdo todavía va más atrás, a unos diez meses antes, al tiempo de nuestra incorporación. A la llegada, una de las primeras cosas a enfrentarse era la de someterse al peluquero, que con la máquina cero, a todos nos dejaba bien pelados!
Personalmente, para mí eso no supuso ningún problema, pero para algunos resultaba muy desagradable. Despojarse de su abundante cabellera, que a veces tenia una marcada ondulación en la parte delantera, comúnmente llamada “jopo” en el argot popular de esa tierras – y aparecer como un cordero trasquilado – eso era un suplicio para ellos.
Y qué pensaría la novia lejana si los viera en esas condiciones?!
Seguidamente, había que despojarse de la ropa con que cada uno había venido, muy diversa en color y estilo en unos y otros, para pasar a vestir todas las prendas del uniforme militar que nos iban dando.
No hace falta mucha imaginación para visualizar la comparación entre todo esto, y el ingresar en las filas de Cristo.
La máquina cero nos pone a todos en un denominador común – pecadores necesitados, reducidos a eso – a cero, en cuanto a nuestros méritos, capacidades y calificaciones.
Y el trueque de las vestimentas, nos habla a las claras de lo que es despojarnos de nuestra propia justicia, la cual, al final de cuentas, ante los ojos de un Dios tres veces santo, es como un trapo de inmundicia, según se nos dice en Isaías 64:6.
En vez de ello, pasamos a vestir todos en estricta unidad, por la gracia divina, las vestiduras de gala que se nos otorgan por la infinita gracia de Dios a través del sacrificio perfecto que consumó en el Calvario nuestro Redentor Jesucristo.
Hay quienes sostienen que el discipulado es, sino exclusiva, mayoritariamente para la gente joven, aduciendo que todavía tienen toda una vida por delante, y además, su carácter es más fácil de modelar que el de una persona anciana o de mediana edad.
Algo de razón hay entre estos dos puntos, pero nunca podemos poner límites a la gracia de Dios, y el espíritu del evangelio.
Las palabras de Jesús en Marcos 16:15: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura …” abren bien grande y de par en par, los brazos del amor de Dios.
Y éstos, todavía, hasta el día de hoy, se extienden bondadosamente para abrazar a cuantos de veras le quieren recibir, amarle y servirle, invirtiendo sus vidas, o lo que quede de ellas, sea mucho o poco – de la forma más noble y sublime, es decir, como una ofrenda encendida, del todo quemada, a Aquél que nos ama y nos amará eternamente.
Preguntas.-
1) ¿Con cuál de los cuadros de discípulos que hemos presentado se siente más identificado?
2) ¿Con cuál no se siente identificado ni le agrada? ¿Por qué?
3) ¿Siente Usted que hasta ahora ha aprovechado bien su vida para servir al Señor? ¿o siente que no, pero se propone de ahora en adelante darse de lleno a Él y Su servicio?
Y con esto llegamos al fin de nuestra obra, con el último capítulo fraccionado en 3 partes dada su gran extensión.
La concluimos con una sencilla oración, que pretende dar a cualquier lector que no ha comenzado a hacerlo, un amoroso empujoncito para que empiece a hacerlo con ánimo resuelto y voluntad firme, para ir escalando los peldaños que lo hagan ascender, poco a poco, al aposento alto, donde ya muchos moran, según lo expresamos en un principio.
Padre Celestial, perdóname por el tiempo y las oportunidades de servirte que he perdido en años pasados de mi vida. Me conmueve y me anima saber que Tus brazos de amor, todavía se extienden para recibirme y darme, aun ahora, la oportunidad de trabajar para la comida que permanece para vida eterna.
Profundamente arrepentido y humillado, vengo de verdad a Tus pies, para darte de lleno lo que aún resta de ésta, mi única vida.
Por favor, según Tu gran misericordia, por la gracia que has prometido, recíbeme y ayúdame a ir escalando con pie firme, sin prisa, pero también sin pausa, los 25 peldaños que habrán de asemejarme más a Tu Hijo Amado, y hacer de mi pequeña, vida algo que permanezca, y produzca valores eternos e imperecederos para Ti, mi Padre, mi Dios y mi todo. Amén.
F I N