CRUZANDO EL JORDÁN

Capítulo 1

El paralelo alegórico del buen y mal lado del Jordán

Para comenzar, lo más lógico es definir en qué consiste esa vida en abundancia que Jesús vino a dar a Sus discípulos, y a todos los genuinamente Suyos.

Si se me hubiese hecho esta pregunta al año de haberme convertido, probablemente habría contestado que sería ganar muchas almas para Cristo.

Para muchos, podrá parecer el éxito en el servicio del Señor, como por ejemplo, estar al frente de una congregación numerosa, ser muy usado en milagros y sanidades, o bien tener un ministerio reconocido nacional e internacionalmente.

Desde luego que sería impropio descartar todo eso por completo, pues una vida abundante en Cristo, no puede de ninguna forma ser estéril y falta de resultados prácticos, y mucho menos, por supuesto, terminar en un fracaso.

No obstante, hemos de comprender que estas cosas que hemos señalado, y otras tal vez menos notorias y llamativas, pero igualmente de utilidad y provecho, no constituyen en sí la vida abundante prometida por el Señor Jesús.

En cambio, hemos de verlas generalmente como productos derivados, si cabe la expresión para este caso en que estamos, de una vida interior verdaderamente sana y bien arraigada en el Señor Jesucristo.

Y hemos puesto generalmente, porque como bien sabemos, se han dado y se siguen dando casos de muchos resultados en términos de conversiones, o sanidades, o bien de éxito en algún sentido u otro, que más tarde, lamentablemente, han desembocado en caídas estrepitosas y profundos desengaños.

En la parábola de los talentos, que se nos consigna en Mateo 24: 14-30 vemos que tanto el que ganó cinco para añadir a los cinco que había recibido del Señor, como al que habiendo recibido dos, ganó solamente otros dos, el Señor los premió con las mismas palabras de aprobación: “…bien buen siervo y fiel. Sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré. Entra en el gozo de tu Señor,” Versículos 21 y 23.

,Esto nos lleva a la sencilla pero clarísima conclusión de que en la estimación del Señor, el siervo bueno y fiel es lo que Él verdaderamente valora, y esto por encima de los resultados numéricos.

Y así, podemos afirmar que es la calidad de vida lo que cuenta con Dios, cosa que por otra parte está confirmada en muchas otras partes de las Escrituras.

Resumiendo pues, digamos que una vida en la abundancia prometida por el Maestro, es rica en Dios y posee todos los tesoros y virtudes que ello supone. Estos últimos han de formar parte de lo que Jesús condensó con estos dos términos: siervo: bueno y fiel,

El criterio que priva en todo esto es, como ya se ha dicho, el de la calidad de vida, aunque sin duda la misma tendrá resultados fructíferos y duraderos. Estos podrán ser sin notoriedad pública, pues como se sabe, Dios muchas veces elige hacer cosas hermosas y de valor eterno, de tal forma que pasen desapercibidas por la mayoría.

Ahora bien, la definición que hemos dado, generaliza diciendo que es el nivel de vida en sí, y no particulariza, dándonos solamente la base de las dos palabras usadas por el Señor en la parábola a la cual nos hemos referido: bueno y fiel.

Y es sobre eso, particularizar sobre las bases y tesoros, necesariamente escondidos en la vida en abundancia, que ahora pasamos a considerar.

Mas estas coas sucedieron como ejemplo para nosotros, y están escritas para amonestarnos a nosotros.” I Corintios 10: 6 y 11.

A lo largo del historial el Antiguo Testamento, además de la enseñanza literal y directa que contiene,tenemos todo un rico contenido alegórico, que ilustra admirablemente las grandes verdades de la vida cristiana. Como a menudo hemos señalado en nuestra prédica oral, el Antiguo Testamento nos habla en muchas ocasiones a través de lo externo, de lo interno y eterno del Nuevo.

Mucho de ese simbolismo apunta a la persona misma de Cristo.

En Hebreos 7: 1-4 tenemos un precioso trazado de la eternidad de Cristo, y Su sacerdocio y reinado de justicia y de paz. El autor, el apóstol Pablo en mi opinión, deriva esto del pasaje de Génesis 14:18-20, en el cual se nos relata el encuentro de Melquisedec con Abram, como todavía se llamaba, cuando volvía de derrotar a varios reyes en una importante batalla.

Con visión certera, del hecho de que nada se dice de antepasados y descendientes de Melquisedec, el sacerdote del Dios Altísimo, se afirma que “…no tiene principio de días ni fin de vida”sino que es semejante al Hijo de Dios y permanece como sacerdote para siempre.

De este modo, se nos presenta un paralelo impecable de la eternidad de Cristo, y otras facetas de Su persona, sacerdocio y reinado.

Pero notemos bien que todas ellas están expresa y ampliamente confirmadas en otras Escrituras – ninguna de ellas se encuentra solamente en este trazado simbólico.

Esto es muy importante, y lo hemos consignado para reforzar lo antedicho anteriormente, que todo simbolismo del Antiguo Testamento debe estar convalidado por otras Escrituras que presentan en forma clara y directa, la misma verdad que se está puntualizando por la vía simbólica,.

Siempre que sigamos esta regla, estaremos pisando tierra firme. Además lo estaremos corroborando por el hecho de que dentro del mismo marco del Nuevo Testamento, inspirados por el Espíritu Santo, el Señor Jesús, Pablo, Pedro y otros, hicieron buen uso de este recurso alegórico, y por cierto que para mucho provecho y enriquecimiento general.

Gran parte del simbolismo derivado del Antiguo Testamento, ilustra también otras verdades de la vida espiritual de la dispensación de la gracia en que nos encontramos.

Un caso típico es el de la esclava Agar con su hijo Ismael, como un contraste con Sara e Isaac según se lo presenta en Gálatas 4:21-31.

No entramos más en detalles sobre este particular. Solamente lo mencionamos a los fines de sentar una base bíblica, clara y firme a la vez, para fundamentar toda la representación de verdades y principios que habremos de realizar, valiéndonos de la vía alegórica señalada.

No obstante, no todo será por esta vía, sino, como se verá, buena parte también se derivará de lo que las Escrituras nos dan de forma clara, expresa y directa.

LA SALIDA DE EGIPTO, LA PEREGRINACIÓN POR EL DESIERTO, Y LA ENTRADA A CANAÁN.

Mucho de lo que todo esto representa figurativamente es bien conocido. Así por ejemplo, la esclavitud en Egipto por la tiranía de Faraón, señala nuestra esclavitud bajo el pecado, cuando estábamos sin Cristo, perdidos en el mundo, y bajo y bajo el dominio de Satanás, representado en este caso por Faraón.

Después del cruce del Mar Rojo y de la muerte de los egipcios ahogados en las aguas, Israel lo celebró con mucho regocijo. Tras el cántico de Moisés en Éxodo 15, se nos cuenta como su hermana María tomó un pandero en sus mano, y todas las mujeres salieron en pos de ella, con paneros y danzas.

Fue una celebración muy jubilosa, pero muy pronto comenzaron a surgir contrariedades y pruebas, tales como la falta de agua, el cansancio por la larga marcha por el desierto y demás.

Todo eso sirvió para demostrar palpablemente la verdadera condición interior del pueblo de Israel, la cual se manifestó con quejas, murmuraciones, rebeldías y complot contra Moisés y Aarón, y finalmente desembocó en la horrible decisión:

…designemos un capitán y volvámonos a Egipto.” Números 14:4.

En esa coyuntura, el Señor se encontró con un problema que parecía insoluble. Por una parte, estaba Su palabra que había pronunciado, prometiendo introducirlos en la tierra de Canaán.

Siendo el Dios que es, absolutamente fiel a Su palabra empeñada, de ninguna forma podía volverse atrás y no cumplirla.

Pero por la otra parte, ahora se encontraba con este pueblo obstinado y rebelde, que de forma categórica había afirmado que no quería entrar en la tierra prometida, sino volver a Egipto.

En esto había un escollo insalvable, pues uno de sus principios inamovibles es que nunca viola la voluntad del ser humano, forzándole a hacer lo que no quiere.

Fue entonces que el genio divino dio con la respuesta ideal y exacta, a lo que se presentaba como un dilema sin solución.

Y no sólo eso, sino que en esa respuesta nos ha brindado, para nuestro deleite y enriquecimiento, un paralelismo precioso, y que además constituye la base y la clave de toda la rica enseñanza que se deriva de esta parte de la historia de Israel.

La decisión que el Señor tomó fue que, con la única excepción de Josué y Caleb, todos los demás que habían salido de Egipto morirían en el desierto, y ninguno de ellos entraría en la buena tierra.

En cambio, sí lo harían sus hijos, es decir la segunda generación, compuesta de los que o bien habían salido de Egipto como niños, o habían nacido en el desierto.

De esta manera, la palabra empeñada no quedaba sin cumplirse, y al mismo tiempo no se violaba la voluntad de los adultos, que como hemos visto, no querían de ninguna forma ir a la tierra prometida, a luchar contra los antiguos habitantes de la tierra, sino volver a Egipto.

El simbolismo de esto es muy claro, y por su gran importancia, nos abre vastos horizontes para una mejor comprensión de muchas cosas fundamentales.

Esa primera generación, rebelde y contumaz a ultranza, nos habla de nuestra primera generación, recibida de nuestros padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, y en última instancia de Adán, nuestro primer padre.

Se trata de la naturaleza carnal, que todos tenemos por nuestro primer nacimiento, también llamada adánica.

Aunque en muchos casos puede presentarse como humilde, recta, altruista y bondadosa, a la hora de la verdad y sobre todo en situaciones determinadas, bajo presiones o contrariedades, muestra lo que verdaderamente es – carne, cuyos designios no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco puede. Ver Romanos 8:7.

No obstante, al nacer de nuevo del Espíritu Santo, recibimos una segunda generación, que en el Nuevo Testamento se llama el nuevo hombre o nueva criatura. A diferencia de la primera y debido a su procedencia celestial, ésta sí que comprende y valora el camino del Espíritu y la voluntad de Dios en todo lo que encierran.

Y así vemos que hubo una larga etapa de unos 38 años, a partir de esa coyuntura a la cual nos hemos referido, en que se estaba desarrollando un proceso doble: en efecto, esa primera generación, ya sea por muerte natural como por plagas y otros severos juicios del Señor iba extinguiéndose

hasta no quedar de todos ellos lo dos únicos, Josué y Caleb.

Por la otra parte, la segunda generación, compuesta de hombres y mujeres más jóvenes, se iba desarrollando, para, llegada la hora oportuna, entrar en la plena herencia prometida.

La comparación no puede ser más clara y significativa.

La carne y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios” se nos dice en 1a, Corintios 15:50.

Aunque el contexto de estas palabras se refiere a la resurrección y la vida futura en el más allá, resulta innegable que también se aplican a nuestra vivencia cristiana presente.

Quien ande según los deseos de la carne, regido en su vida y conducta por la naturaleza adánica, recibida en su primer nacimiento, nunca podrá disfrutar de la vida en abundancia prometida por el Señor Jesús.

Por el contrario, sólo podrá hacerlo cuando renuncie a esa forma de vivir, aceptando la sentencia de muerte dictada por Dios sobre ella en el Calvario.

Y para esto, se habrá de valer del crecimiento y desarrollo hacia madurez de esta segunda generación, recibida en su renacimiento al entrar en vida nueva en Cristo Jesús.

Por supuesto que el tiempo que se tarda en lograr esta meta, no ha de poder fijarse de forma expresa, desde luego, ni en los 38 años que le llevó a Israel, ni en ningún otro

período concreto de tiempo, ya sea de años, meses o días.

Por cierto, hay creyentes que en toda una vida de muchas décadas, lamentablemente nunca llegan a alcanzarla.

Oros, en cambio, bien dispuestos y decididos desde un principio, podrán lograrla en un plazo más breve. En suma, no hay una regla fija.

DEL MAL LADO Y DEL BUEN LADO DEL JORDÁN

Aquí tenemos un punto muy importante: el de la clara divisoria del Río Jordán. El lado derecho, situado al Este, nos señala la vida de peregrinación por el desierto, fuera del Canaán prometido. El izquierdo – mirando el mapa en su posición normal, se entiende – situada al Oeste, nos indica el buen lado, es decir dentro la herencia que estaba en el propósito de Dios para que Israel la disfrutase, y que representa la vida en abundancia que el Señor Jesús vino para darnos.

Esta divisoria la hemos de ver reflejada en más de una ocasión en los capítulos siguientes, y conviene que por anticipado la tengamos claramente visualizada.

La descripción de la buena tierra que Moisés hace, sobre todo en el libro de Deuteronomio, se presta maravillosamente para representar las virtudes y valores de la verdadera vida en abundancia.

Desde luego, no presentamos esto como uno que piensa que ha descubierto la pólvora. Sabemos que muchos, ya han expuesto de una forma u otra sobre el tema general de la vida en abundancia, tanto de forma escrita como en enseñanza oral.

Sin embargo, creemos que el lector u oyente lo encontrará enfocada desde una perspectiva particular, la cual podemos calificar como algo de nuestra propia cosecha, aunque es muy posible que algunos detalles o matices ya han sido vistos y señalados por otros anteriormente, y de forma llamativa y correcta, sin que tengamos conocimiento de ello.

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