CAPÍTULO 16

El apóstol Pablo (1) Su conversión

De aquí e adelante corresponde a su testimonio ante

el rey Agripa (Los Hechos 26: 13)

…yendo por el camino, vi una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol…”

Le encandiló de tal manera que lo dejó ciego – ya no podía ver nada de lo que antes veía continuamente, y con toda claridad. Y al recobrar la vista, todo lo habría de ver diferente, con una visión nueva y distinta que le haría ver todo color de Jesús, y de Su amor y de Su gracia.

Una hermosa analogía, como decimos, desplegada llamativa y poderosamente en la conversión de Saulo, pero que también se presenta cada vez que un ser humano de verdad nace de nuevo.

Lo terrenal y mundano, que antes se amaba y llenaba la visión, se nubla y pierde valor e importancia. En lugar de ello, la luz bendita y gloriosa de Cristo se convierte en el foco central y principal, que nos atrae y fascina, y toda nuestra vida comienza a girar en torno a ella.

Al llegar a Damasco, al parecer sin que el Señor le dijera más nada, él bien pronto supo lo que debía hacer.

…así que, llevándole de la mano, le metieron en Damasco, donde estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió.” (9:8b-9)

Podemos imaginar a la anfitriona – quienquiera que haya sido – a poco de recibirlo, ofrecerle algo de beber y preguntarle si la comida que tenía preparada era de su agrado.

Para su gran sorpresa, se encuentra con que Saulo no acepta el vaso de agua que le ofrece, y se disculpa diciéndole que tampoco desea nada de comer.

Una vez encerrado en su habitación, sin la menor pérdida de tiempo, comienza a hacer lo que bien sabe que debe hacer: orar. Y lo hace como no lo había hecho nunca antes en la vida, por el espacio de tres días, durmiendo unas horas cada noche para reponer energías, y poder continuar a la mañana siguiente en esa labor imperativa y de mayor importancia que ninguna otra, sobre todo en ese punto crucial en que se encontraba.

De ese volcarse tan de lleno a la oración, no se nos da ningún pormenor concreto, excepto la visión que tuvo al tercer día de que un varón llamado Ananías, venía para imponerle las manos a fin de que recobrase la vista.

Sin embargo, sin temor de equivocarnos, podemos emitir unas buenas consideraciones sobre lo que habrán sido esas horas y esos días de tan intensa oración.

Lo primero que se debe haber manifestado en ellos debe haber sido, sin lugar a dudas, el más profundo arrepentimiento, empezando por reconocer que toda su vida pasada había sido un gran error.

Aun cuando no lo podemos corroborar por un versículo que lo afirme puntualmente, creemos que el diablo, con su astucia y ojo de lince que le caracterizan, tal vez por su carácter, “todo o nada”, y su absoluta sinceridad e integridad en cuanto a lo que él entendía que agradaba a Dios, intuía que estaba destinado a ser un vaso elegido por el Señor para Su servicio y para algo muy especial.

Por lo tanto, se propuso incitarlo y enfervorizarlo contra el Señor y el verdadero camino, llenándolo de una saña y una furia realmente fuera de lo normal.

Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor…” (9:1)

Yo ciertamente había creído mi deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret; lo cual también hice en Jerusalén. Yo encerré en cárceles a muchos de los santos, habiendo recibido poderes de los principales sacerdotes, y cuando los mataron yo di mi voto. Y muchas veces, castigándolos en todas las sinagogas, los forcé a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguí hasta en las ciudades extranjeras.” (26:9-11)

Esa furia y esa crueldad de ver a gente inocente, totalmente exenta de crímenes y delincuencia, encarcelada, castigada y muerta por el solo hecho de no prestarse a negar su fe, y aprobarlo como si fuera un acto de bien, era algo que sólo podía provenir de ese ser tan malvado – el diablo – cuyo propósito es siempre hurtar, matar y destruir. (Ver Juan 10:10)

Al autor no le cabe duda de que, en el caso de Saulo – como así también en algún otro que ha conocido, y tal vez muchos otros que le son desconocidos – se ha tratado de una maniobra oscura y premeditada del mismo Satanás.

La misma consistía, y consiste, en querer adelantársele al Señor, intuyendo, como decimos, que Saulo iba a ser un instrumento especial para Él, buscando llenarlo y saturarlo de su odio, furia y muerte, para obstaculizar al máximo la obra de Dios en su vida.

Comprendemos que para algunos, esto puede resultar una conjetura algo rebuscada y no muy clara. La presentamos como una comprobación empírica, ya que, como queda dicho, no podemos aportar ninguna Escritura que lo confirme puntualmente.

Sin embargo, los dos factores latentes en todo esto – la sabiduría y astucia infernal del enemigo, y el odio igualmente infernal con que busca hacer guerra contra los santos de Dios, tienen pleno asidero bíblico, y eso nadie lo podrá cuestionar.

Siguiendo hacia adelante, cuando el odio y la furia hasta la muerte han invadido un alma en tamaña medida, un arrepentimiento a nivel mental, solamente acompañado de una determinación de no reincidir, por cierto que no resulta suficiente.

Toda esa maldad deja lo que llamamos, por falta de una definición más específica, células vivas en el organismo moral y psíquico de la persona, y se hace necesario expulsarlas, so pena de que, de no hacerse, a la larga y a su tiempo, podrán reactivarse e impulsar a quien las tenga a “volver a las de andar.”

Esta expulsión, que consideramos más que aconsejable, imprescindible, si es que se ha de llegar a un fin firme y sólido, no se logra por cierto con recursos de lógica, filosofía, psicología ni psiquiatría.

Siendo como son, un producto del mismo diablo, el único remedio eficaz lo constituye la fuerza contraria establecida por Dios en Su palabra, y que es el verdadero arrepentimiento, y en profundidad, por la gracia y el poder del Espíritu Santo.

El mismo se manifiesta con lo que solemos llamar el quebrantamiento, que produce la más profunda contrición y humillación delante de Dios. Bajo el control del Espíritu, a menudo se prorrumpe en lágrimas y llanto que brotan con toda sinceridad desde lo más hondo del ser, y con una intensidad que va mucho más allá de un llorar de quien siente autocompasión, o está triste o cabizbajo.

En ese proceso, lo que en realidad está sucediendo, es que ésas que llamamos células vivas de maldad y odio, con que el diablo o sus secuaces han llenado las vidas de sus víctimas, están siendo expulsadas del organismo, a la par que las lágrimas que suelen chorrear, nos hablan de los lavajes y enjuagues internos que el Espíritu está efectuando.

El resultado al cual se llega después de un quebrantamiento de esa índole, es el de un alivio y bienestar, al mismo tiempo que el de una liberación de un mal interno que ahora ha desaparecido, con el consiguiente efecto de una paz muy saludable, acompañada por una bendita calma interior.

Creemos que inicialmente, y por una buena parte de esos tres días en que estuvo orando, sin comer ni beber, ésa sería la tónica general de lo que Saulo estaba experimentando. Es decir, que por medio de ese quebrantamiento, el Espíritu estaba eliminando de todo su ser ese aluvión de odio, blasfemia y muerte con que el enemigo lo había inundado.

Seguramente que con la más tierna y temblorosa contrición, estaría presentando sus súplicas y ruegos por misericordia y perdón, por haber tratado de esa forma tan injuriosa y cruel a los amados santos del Señor.

Al mismo tiempo, cabe la reflexión de que, con todo su conocimiento de la ley mosaica y su celo por ella, ahora se daría cuenta de que había estado desobedeciendo y quebrantando de la forma más absoluta, el primer y más grande mandamiento de esa ley: amar al Señor Dios con todo el corazón y todas las fuerzas.

Totalmente enceguecido, no reconociendo en Jesús al Emanuel – Dios con nosotros – prometido en (Isaías 7:14), en vez de amarlo y honrarlo, lo había estado odiando con furia y a muerte.

¡A qué monstruosa contradicción había llegado, y en qué horrible pozo se encontraba encenagado!

Mas la misericordia divina lo rescató de todo eso, y lo transformó en un vaso muy particular y verdaderamente ejemplar. Además, en Su sabiduría y presciencia, el Señor sabía que todo ese proceso del más profundo arrepentimiento, lo iba a capacitar para poder ministrar en esa línea particular a tantos que más tarde habrían de ser salvados a través de su ministerio.

Sólo el que ha experimentado un profundo arrepentimiento puede comunicarlo a otros que lo necesitan. Notemos que en 2ª. Corintios 7:8-11 habla del arrepentimiento refiriéndose a él como “la tristeza que es según Dios”, en unos términos, y con una profundidad y conocimiento de causa, que sólo puede provenir de quien ha experimentado personalmente el más profundo arrepentimiento.

Dentro del mismo tema concerniente al arrepentimiento, pero viendo las cosas ahora desde una perspectiva distinta, pasamos a acotar que, en general, es muy poco lo que la mayoría comprende en lo que atañe a la solemne gravedad del pecado y sus derivaciones.

Tomemos el ejemplo sencillo y concreto de un muchacho, que con maldad arroja deliberadamente una piedra y rompe el cristal de la ventana de un vecino.

Un cristiano normal, con la escasa comprensión que generalmente se tiene, se limitará a ver solamente el pecado en sí de semejante acción.

Como muy bien lo afirma Pablo mismo más tarde en Gálatas 3:24 “…la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo…”

En medio de todo el complejo y minucioso ritual del sacerdocio levítico, encontramos varios de los sacrificios que se debían presentar por pecados cometidos, ya sea por un israelita individualmente, o por el pueblo en forma colectiva.

Veamos los principales:

  1. El sacrificio por el pecado en sí. (Levítico 4:3 y 6:17)

  2. El sacrifico por la culpa, entendiéndose que al cometer ese pecado, transgrediéndose la ley divina, se ha incurrido en la culpabilidad moral de ir expresamente contra el mandamiento de Dios. (Levítico 5:15 y 6:17)

  3. El sacrificio de paz. Esa culpabilidad a su vez ha llevado a un estado de enemistad contra Dios, y el presentar esa ofrenda era como deponer esa enemistad y recobrar la paz con Dios. (Levítico 3:1 y 6)

  4. El sacrificio de acción de gracias, (Levítico 7:12) como secuela lógica de gratitud por la absolución y reconciliación recibidas.

  5. La restitución por entero del daño causado al prójimo, con el añadido de la quinta parte. (Levítico 6:1-5) Esto para muchos es desconocido. El autor recuerda el caso de una persona, al parecer convertida, que le contó que en su pasado, antes de depositar su fe en Cristo, había robado millones de un banco.

Al preguntarle si los había devuelto, sorprendido contestó que no, ¡que el Señor no le había dicho nada sobre eso!

¡Como si hiciera falta que Él nos diga que hay que devolver lo robado!

  1. El holocausto o la ofrenda encendida, en la cual, a diferencia de los demás sacrificios, la totalidad del animal sacrificado debía hacerse arder sobre el altar. (Levítico 1:10-13) Esto denota la consagración total de la vida al Señor, que es la culminación correcta y racional a que debe llegarse en todo verdadero arrepentimiento. (Ver la conclusión del versículo 19 al final del Salmo 51, que es un pasaje clásico sobre el arrepentimiento: “Entonces te agradarán los sacrificios de justicia, el holocausto u ofrenda del todo quemada.”

No nos cabe duda de que, en su profundo arrepentimiento, de una forma u otra, Saulo recorrió todo esto, y tal vez mucho más, durante ese tiempo que estuvo orando con ayuno y sin beber.

Y por supuesto que llegó ¡y de qué forma! a la culminación de la consagración íntegra y total de su vida al Señor.

El Dios que conocemos es un Dios que se deleita en los contrastes, y nos enseña tanto a través de ellos en muchas partes de la Biblia.

Uno de esos contrastes es el de Saulo de Tarso, que odiaba y perseguía a muerte a Jesús y a cuantos eran del Camino. Transformado por la gracia maravillosa que operó en su vida, pasó a amar apasionadamente al Señor, al punto no sólo de servirle con lo mejor de su amor y sus fuerzas, sino también de sufrir por Su causa y estar dispuesto a morir por Él. Esto último sabemos que, de hecho, lo consumó sobre el altar del sacrificio de su vida en Roma, al final de su carrera.

Por otra parte, en la primera de esas dos fases de su vida, apresaba y encarcelaba a hombres y mujeres, e incluso los llevaba a la misma muerte.

La gracia del Señor invirtió maravillosamente los papeles, cambiándole “el oficio”, y así pasó a ministrar a otros la gloriosa libertad con que Cristo nos hace libres, y a comunicarles nueva vida en abundancia en Él.

Benditos contrastes de Dios, que truecan la oscuridad y tinieblas en luz admirable; el odio y la amargura en amor y en dulzura celestial ; la esclavitud del pecado y del mal, en la gloriosa libertad de los hijos de Dios; la horrenda perdición del alma, en salvación segura y eterna.

Pasados esos tres días, el relato de Lucas sigue dándonos cosas muy sustanciosas.

El mandato del Señor a Ananías incluía señas precisas. En efecto: Saulo, por quien debía orar para que recobrase la vista, se encontraba hospedado en la casa de un tal Judas, situada en la calle que se llamaba Derecha (¡no Izquierda!), coincidiendo con lo que Dios estaba haciendo ahora en su vida, i.e. haciéndolo comenzar a andar por veredas derechas, según la promesa de Proverbios 4:11.

Al poner sus manos sobre él, Ananías pronunció las palabras:

Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció por el camino donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo.” (Los Hechos 9:17)

El Señor le había hecho entender y saber con toda seguridad, que el que había sido perseguidor cruel e implacable, ahora había pasado a ser un hermano suyo de verdad.

La oración de Ananías, a quien en un libro anterior hemos calificado de “un soldado raso” muy fiel, a quien le cupo este altísimo honor, tuvo el efecto anticipado por el Señor, tanto a Ananías, como a Saulo en la visión que él había tenido. Fue el de recobrar la vista, pero para ver todo de ahí en más con ojos muy distintos.

Las últimas palabras de Ananías son de suma importancia: “…y seas lleno del Espíritu Santo.”

No faltan los casos en que, al producirse una conversión clara y notable, se procede en algunas partes a la imposición de manos con miras a que el nuevo convertido sea inmediatamente lleno del Espíritu.

No dudamos de que esto sea acertado y aconsejable en algunos casos, pero hay otros en los cuales resulta contraindicado. Nos referimos a aquéllos de personas que en su pasado han estado muy inmersos en el pecado, en el mundo, o bien en el ocultismo.

Al orar por ellos de esa forma, es muy posible que se les pueda comunicar alguna gracia o don, pero si las secuelas de ese pasado tan oscuro no han sido debidamente tratadas, es muy probable – por no decir, casi seguro – que eventualmente, después de yacer debajo de la superficie por algún tiempo, afloren y vuelvan a manifestarse, con consecuencias ruinosas.

En el caso particular de Saulo, vemos con toda claridad la sabiduría del Señor, reflejada en el proceso porque atravesó en ese breve espacio de tres días.

Nada de intentar llenarlo del Espíritu inmediatamente después de haber puesto su vida totalmente en las manos del Señor. En cambio, tres días de intensa oración y arrepentimiento, para vaciarlo de todo ese odio y furia de los cuales estaba tan repleto.

Logrado ese objetivo, ahora sí podía ser verdaderamente lleno del Espíritu Santo – pero no anteriormente.

Comprendemos bien que el trato de Dios difiere en un caso del otro, y que no se puede aplicar la misma regla para todos, ni seguir el mismo curso en cada oportunidad que se presente.

No obstante, afirmamos que hay ocasiones en que debe haber un vaciado profundo, antes de que se pueda ser realmente lleno del Espíritu. Y creemos que lo estamos afirmando con pleno conocimiento de causa: – no se puede estar lleno a la vez de dos cosas totalmente opuestas y contrarias.

Después de esa muy laboriosa tarea de orar con toda la fuerza de su ser por tres días, sin comer ni beber, físicamente quedó extenuado y sin fuerzas.

Sin embargo, antes de comer quiso ser bautizado de inmediato, como testimonio público de que su vida pasada – su viejo hombre – había sido sepultada, y que se levantaba como una nueva criatura en Cristo, para seguir en su vida un curso diametralmente opuesto.

De la seriedad con que él tomó el bautismo, nos habla con clara elocuencia lo que años más tarde escribió en Romanos 6:3-4:-

¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?”

Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.”

Por cierto que debemos tener esto muy presente, e inculcar a quienes desean bautizarse, que lo hagan con solemne seriedad, y tomen conciencia de que en verdad se trata de un testimonio de sepultura de todo lo viejo, y que se ha entrado en una vida nueva, en unión con Cristo y los Suyos.

Como vemos, la conversión de este gran apóstol y siervo de Dios, no sólo nos resulta ejemplar, sino que también se desprenden de ella numerosos puntos y verdades de gran importancia.

Al encargarse de que fuera tan completa – tan íntegra – el Señor estaba poniendo un fundamento muy firme, para poder edificar sólidamente sobre el mismo todo el rico y trascendente propósito que tenía para su futuro.

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