CAPÍTULO 14 – Segundo viaje misionero de Pablo (2)

Filipos.-

La estrategia del Espíritu Santo para este viaje puede resumirse así:

a) Consolidar y confirmar las iglesias ya levantadas anteriormente, o en ocasión del primer viaje.

b) Avanzar más allá.-

Este avanzar más allá, suponía hacer pie con el evangelio en el continente europeo, que iba a ser con el correr de los siglos, el escenario de tantas manifestaciones maravillosas del poder de Dios, con repercusiones misioneras que habrían de alcanzar a muchas de las zonas más recónditas del mundo.

Quizá fue por esa razón que para poder establecer la primera iglesia cristiana en Europa – concretamente en Filipos – Pablo y Silas tuvieron que pagar un precio tan alto. Les tocó ser “azotados mucho”, encarcelados en el calabozo más oscuro, y ser asegurados sus pies en el cepo, todo lo cual les dejó muchas heridas en sus cuerpos – lo que Pablo llama “las marcas del Señor Jesús “ en Gálatas 6:17.

Después de la clara visión de un varón macedonio que rogaba que pasasen a Macedonia a ayudarlos, uno pensaría que el éxito les aguardaría desde el mismo día de su llegada.

Sin embargo, no fue así. Transcurrieron varios días en que intentaron encontrar la forma de poder llegar a la gente. Todo indica que en Filipos no había una sinagoga de los judíos, pero un sábado, enterados de que fuera de la puerta de la ciudad, junto al río, se solían reunir unas mujeres para la oración, se sentaron junto a las mujeres y les hablaron.

Fue en ese lugar y en esa ocasión que se produjo la primera conversión en Europa – una mujer llamada Lidia, procedente de Tiatira, pero que residía en Filipos.

Es interesante notar la manera en que Lucas lo consigna:

…una mujer llamada Lidia…que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía.”

Y cuando fue bautizada, y su familia, nos rogó…” etc. (Los Hechos 16:14-15)

Habiendo reseñado anteriormente en el libro los puntos principales, tales como el arrepentimiento, el haber depositado la fe en el Señor Jesucristo, el recibir el don del Espíritu Santo, etc., naturalmente no vuelve a repetirlos todos en cada caso nuevo que se presenta

Podemos estar seguros, no obstante, que la conversión de Lidia y su familia fue plena, a pesar de la forma escueta en que se la consigna.

También tenemos que notar que en este caso, y en la mayoría o casi totalidad de los demás que tenemos en Los Hechos, el bautismo tuvo lugar prácticamente de inmediato.

No creemos que esto deba impulsarnos a hacer lo propio, bautizando en seguida al primero que haga profesión de fe. Algunos lo han intentado, con el sano fin de ajustarse a las Escrituras, pero, por lo que sabemos, en general los resultados no han sido satisfactorios, alentadores ni mucho menos.

Pensamos que hay dos factores que debemos tener en cuenta para sopesar este tema. Uno de ellos es que, en general, aquéllos eran tiempos de persecución, en los cuales el que manifestaba públicamente su adhesión al evangelio, se exponía al peligro, en mayor o menor grado, y por lo tanto, al no vacilar en hacerlo estaba dando un claro indicio de absoluta sinceridad.

El otro factor es que evidentemente en esa época temprana el poder del Señor estaba operando poderosa y palpablemente, y las conversiones eran, en su mayoría, claras y definidas.

Aunque el poder del Señor sigue siendo el mismo, tenemos que reconocer que actualmente son muy contadas las ocasiones en que se manifiesta de esa misma manera, tan poderosa y contundente.

Por lo tanto, en general se hace aconsejable un período de espera, hasta tanto se compruebe que la conversión ha sido verídica y real, y no algo basado en un impulso o estado de ánimo momentáneo o temporal.

Por otra parte, para ser justos, debemos reconocer que, aun en la iglesia primitiva hubo algunos bautizados, que luego quedó demostrado que no eran verdaderos convertidos.

Tales los casos de Ananías y Safira, y el de Simón el Mago, este último consignado en Los Hechos 8:9-24.

Y algo más en cuanto a este pasaje bajo revista: lo que se nos puntualiza acerca de Lidia – “que adoraba a Dios” – apunta a una cosa importante que no debemos pasar por alto.

En esta dispensación de la gracia, la misericordia de Dios se manifiesta de muchas maneras distintas, alcanzando a menudo a los que uno menos esperaba o se imaginaba.

No obstante, los corazones de hombres como Cornelio, o de mujeres como Lidia, temerosos de Dios y que, aun con su luz y entendimiento limitados, sinceramente le buscan y adoran, son casi siempre tierra muy fértil para la semilla de la palabra de Dios.

Finalmente en cuanto a Lidia, nos complace saber que en tantos lugares en distintos países, se han levantado grupos de oración e intercesión que llevan su nombre, como tributo muy merecido a la primera convertida en Europa, y que abrió su hogar con tanta generosidad para hospedar a los cuatro siervos del Señor – Pablo, Silas, Timoteo y Lucas.

Se ve que, como resultado de lo anterior, un buen número de hombres y mujeres se añadieron a la fe, y, por los indicios que tenemos, comenzaron a reunirse para la oración con mayor frecuencia.

Muy pronto se nos narra el caso de la muchacha que tenía un espíritu de adivinación. Algunos podrán preguntarse por qué le desagradó a Pablo que diera voces anunciando que él y sus compañeros eran siervos del Dios Altísimo, quienes anunciaban el camino de la salvación, toda vez que eso era absoluta verdad.

Una razón era que, al estar ella involucrada directamente en el negocio turbio de adivinar la suerte, su testimonio tendería a hacerlos aparecer a ellos como vinculados de alguna manera con el mismo. Por supuesto que el deseo de Pablo y sus acompañantes, sería que no se pensase ni por un momento que ellos tenían vinculación alguna con ella ni con sus amos.

Además, el hecho de que la muchacha iba tras ellos anunciándolo a voces, no podía causar buena impresión a nadie que la oyera.

Pero otra razón, tal vez de mayor peso aun, era, y sigue siendo, que al Señor no le place de ninguna manera que demonios o malos espíritus den testimonio de Él. Por extensión, lo mismo debemos decir acerca de hombres y mujeres con vidas manchadas, no arrepentidos y que persisten en el camino del pecado.

En cuanto a los primeros – los malos espíritus – tengamos bien en cuenta que, en más de una oportunidad, el Señor Jesús los mandó callar, o los reprendió fuertemente, impidiendo que, dando voces, testimoniasen quién era Él. (Ver Marcos 1:23-25 y 3:11-12)

Con respecto a los segundos, baste recordar las palabras de Pablo en 2ª. Timoteo 2:19:

“…Apártese de iniquidad todo aquél que invoca el nombre de Cristo.”

Esto habla de por sí, sin ninguna necesidad de comentarlo.

Como resultado de la expulsión del espíritu de adivinación, sobrevino el encarcelamiento de Pablo y Silas, después de haber sido azotados mucho, públicamente y sin sentencia judicial.

El emocionante y conmovedor relato del terremoto que se desencadenó, y que a la postre trajo la conversión del carcelero y toda su casa, y la liberación de Pablo y Silas al día siguiente, ha sido objeto de muchísimas predicaciones, lo cual nos exime de comentarlo.

Con todo, recomendamos al lector estudioso que lo lea y reflexione sobre el mismo detenidamente, pues con toda seguridad podrá extraer del mismo muchas ricas verdades.

Entonces, saliendo de la cárcel, entraron en casa de Lidia, y habiendo visto a los hermanos, los consolaron y se fueron.” (16:40)

Uno pensaría que habiendo sufrido tanto, eran ellos – Pablo y Silas – los que debían ser consolados. Sin embargo, era tal la entereza de estos dos estoicos varones, que fueron ellos los que consolaron a los demás, seguramente animándolos a que no se dejasen intimidar por las pruebas y persecuciones, porque la gracia del Señor siempre les habría de acompañar.

Así surgió esta hermosa iglesia, nacida en medio de feroz persecución, y de cuya entereza y quilates tenemos sobrada evidencia en la sabrosa epístola que Pablo les escribió años más tarde, estando encarcelado otra vez, en esta ocasión en Roma.

Tesalónica.-

El punto siguiente en que se detuvieron fue Tesalónica, donde había una sinagoga de los judíos.

A pesar de saber que él había sido enviado por el Señor como apóstol a los gentiles, Pablo entendía que donde había judíos, primeramente tenía que darle una oportunidad a ellos. Y esto lo hacía, aun consciente de que en la mayoría de los casos se iba a encontrar con muy poca respuesta favorable, y más todavía, a menudo con abierto rechazo y persecución.

En la sinagoga de Tesalónica, expuso por tres sábados consecutivos por medio de las Escrituras, la necesidad de que el Cristo padeciese y resucitase, anunciando a Jesús como el Mesías prometido.

Su palabra tuvo un eco propicio en algunos judíos, y en muchos griegos piadosos, como así también en un buen número de mujeres nobles, todos los cuales se adhirieron a Pablo y Silas, lo que de hecho dio origen a la iglesia de los tesalonicenses.

Resulta oportuno citar aquí lo que más tarde escribió a los romanos, a su regreso del tercer viaje misionero:

Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquél que cree, al judío primeramente, y también al griego.” (Romanos 1:16)

A pesar de que, como ya dijimos, en su mayoría rechazaban el mensaje, por ser el pueblo escogido de Dios se les debía dar la primera oportunidad.

En Tesalónica, los judíos que no recibieron la palabra, llenos de celos al ver la respuesta tan favorable que había tenido la predicación de Pablo, incitaron a hombres malos y algunos ociosos para alborotar la ciudad y perseguir a Pablo y Silas.

La acusación que hicieron ante las autoridades fue un testimonio elocuente del fuerte impacto que el evangelio estaba haciendo en cuanta ciudad o población se lo proclamaba.

Éstos que trastornan el mundo entero también han venido acá.” (Los Hechos 17:6b)

¡Pluguiera a Dios que hoy día se dijese lo mismo de nosotros, y de la iglesia y de los siervos de Dios en el mundo occidental!

Afortunadamente, la turba que los perseguía no pudo hallar a Pablo y Silas, y con muy buen tino, los hermanos los enviaron de noche a Berea, el siguiente punto geográfico, situado más bien tierra adentro, al Oeste, y ligeramente hacia el Sur de Tesalónica.

Aunque su estancia había sido breve, dejaron una iglesia numerosa y ferviente, sólidamente fundada por la palabra de Dios, la cual obraba eficazmente por el poder del Espíritu Santo.

Debemos comprender que, si bien el ministerio en la sinagoga tuvo lugar solamente los días sábado, durante el resto de la semana seguramente invirtieron a diario muchas horas para instruirlos, alimentarlos y fortalecerlos.

Las dos epístolas que Pablo les envió se consideran como las primeras que escribió, muy probablemente desde Corinto, cuando todavía se encontraba en el segundo viaje misionero.

Las mismas dan fe de cuán real y radical había sido la conversión de los tesalonicenses, y del amor entrañable con que Pablo, como padre espiritual de ellos, los amaba.

Berea.-

En Berea, también en la sinagoga de los judíos, se encontraron con un panorama muy distinto, y mucho más favorable.

Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.” (17:11)

Es muy agradable encontrarse con tierra fértil como la de éstos en Berea, y habrá resultado de gran satisfacción para Pablo y Silas ver cómo, en vez de rechazar la palabra, escudriñaban las Escrituras para cotejar debidamente el mensaje que estaban escuchando.

Hemos visto en alguna oportunidad cómo jóvenes, a los cuales se les advertía claramente por las Escrituras el error de ciertas enseñanzas que habían absorbido, argumentaban que el que las impartía era un siervo famoso y de renombre.

Parecía que para ellos eso bastaba, y no tenían la capacidad ni la disposición de inquirir por su cuenta en la palabra, y verificar así si lo que se les estaba enseñando tenía o no una clara base bíblica.

Mi difunta esposa y yo hemos agradecido siempre al Señor por los excelentes profesores que tuvimos en el centro de enseñanza bíblica en que fuimos tutelados hace ya más de medio siglo. Nos inculcaron la necesidad de sopesar siempre a la luz de las Escrituras toda doctrina o procedimiento que se nos presentase – aun lo que ellos mismos nos enseñaban.

Desde luego que nadie es infalible, y siempre hay un cierto margen de inexactitud en la postura o creencia de cada uno, por lo menos en los temas secundarios o accesorios. No obstante, hemos comprobado que esta norma, recibida de ellos, ha resultado un medio muy seguro y eficaz para evitarnos el caer en errores y desviaciones del verdadero camino.

En la tierra fértil de Berea, la semilla de la palabra de Dios fructificó abundantemente, y para el beneplácito de los apóstoles Pablo y Silas, y de Timoteo y Lucas también, muchos judíos se convirtieron, como así también mujeres griegas de distinción y un buen número de hombres.

Sin embargo, otra vez se desató una persecución de los judíos, quienes, procedentes de Tesalónica, fueron a Berea y alborotaron a las multitudes.

Pablo era evidentemente el blanco que perseguían, y sabedores de ello, los hermanos lo enviaron hacia la costa marítima, y por esa vía fue conducido a Atenas, mientras que Silas y Timoteo se quedaron en Berea, seguramente alimentando y fortaleciendo a los fieles, probablemente en las casas y de forma más bien privada.

Así nació la iglesia de Berea, sana y robusta, por lo que sabemos. No hay ninguna epístola dirigida a ellos que forme parte del Nuevo Testamento, y la única mención posterior relacionada con ella es la de Sópater, uno de los acompañantes de Pablo en parte de su tercer viaje misionero, y que era de Berea. (Los Hechos 20:4)

Atenas.-

Al despedir a los que lo habían conducido a Atenas, Pablo envió un recado para Silas y Timoteo, que Lucas nos expresa así:

…y habiendo recibido orden para Silas y Timoteo, de que viniesen a él lo más pronto que pudieran, salieron.” (Los Hechos 17:15)

Éste es otro indicio de la forma en que el liderazgo de Pablo, que desde luego ya estaba en evidencia al comenzar el segundo viaje, se había ido acentuando.

Lo hemos estado señalando cada vez que aparece otra muestra o señal, con miras a tocar más adelante un tema vinculado con ello, algo delicado, pero importante. Esto en efecto lo haremos al final de nuestro comentario sobre la fundación de la iglesia en Corinto.

Entre tanto, y en cuanto a Atenas, resulta algo extraño que en una ciudad tan grande y de tanta importancia, haya habido una respuesta tan escasa a la predicación del evangelio.

Algunos sostienen que, sobre todo en su discurso en el Areópago, Pablo trató de hacer uso de la elocuencia para llegar a los atenienses, dado que eran proverbialmente adeptos a la sabiduría.

Aducen que, visto el poco resultado obtenido por esa vía, al llegar a Corinto, el punto siguiente, cambió su forma de predicar, desechando todo lo que proviniese de sabiduría humana o excelencia de palabras, citando 1ª. Corintios 2:1-5 para fundamentarlo.

Francamente, no creemos que esto se ajuste a la realidad. La necesidad fundamental de predicar por el poder del Espíritu y esgrimiendo el arma sencilla pero irresistible de la palabra de Dios, es y era, algo que Pablo a todas luces lo tenía bien asimilado desde mucho antes de su visita a Atenas y Corinto. Más aun, algo que él había experimentado y probado en numerosas ocasiones anteriores.

Por otra parte, no vemos que en su discurso en el Areópago haya hecho gala de gran excelencia de retórica. Lo que hizo fue anunciar en un nivel adecuado a los atenienses, y partiendo del punto de su altar AL DIOS NO CONOCIDO, la existencia del verdadero Dios invisible, y su llamado al arrepentimiento a todo hombre y en todo lugar. (17:30)

Que la respuesta o el fruto haya sido tan exiguo, creemos que se debe claramente al hecho de que la mayoría de los que le escuchaban, tan adeptos como eran a la sabiduría y la filosofía humana, no tenían corazones dispuestos para recibir con humildad el sencillo, pero a la vez glorioso y maravilloso mensaje del evangelio.

Adelantándonos un poco, pero en un orden parecido, Pablo se detuvo un buen tiempo en Corinto – unos dos años al parecer – mientras que en Filipos y Tesalónica, por citar solamente dos puntos anteriores, se detuvo mucho menos.

Sin embargo, los corintios dieron muchas muestras de inmadurez y poco desarrollo espiritual, mientras que, tanto los filipenses como los tesalonicenses, alcanzaron un nivel evidentemente más satisfactorio.

Esto nos subraya la verdad innegable de que hay corazones que, no importa el esmero y lo bien que se les predique el evangelio, sencillamente lo reciben a medias, por así decirlo, mientras que otros lo reciben y absorben con toda avidez y sinceridad.

Por otra parte, hay creyentes que, a pesar de recibir buen ejemplo y enseñanza de quienes los tutelan en el Señor, sólo alcanzan un grado muy elemental de desarrollo. Al mismo tiempo, otros que no cuentan sino con las mismas oportunidades y ventajas, crecen de forma sana y robusta, y se encaminan hacia la mayoría de edad espiritual con bastante prontitud.

En otras palabras, mucho depende de que la tierra de los corazones sea fértil y propicia, tanto para responder en un principio al mensaje de salvación, como para crecer y desarrollarse espiritualmente a posteriori.

A pesar de lo antedicho, la predicación de Pablo en Atenas no fue totalmente infructuosa. Aparte de Dionisio el Areopagita, y una mujer llamada Dámaris, algunos más creyeron y se unieron a Pablo, y probablemente ellos formaron el núcleo inicial de una iglesia en Atenas, pequeña en número, por lo que sabemos.

Desde este punto en adelante, en el Nuevo Testamento no tenemos ninguna otra información ni referencia sobre ella.

Corinto.-

A pesar de la urgencia con que Pablo mandó que viniesen a él, Silas y Timoteo no se reunieron con él en Atenas, sino en Corinto, y cierto tiempo después de su llegada.

Esto se puede haber debido a que la estancia de Pablo en Atenas fue muy breve, y también, en parte, a que Silas y Timoteo hayan encontrado razones que obligatoriamente les hicieran demorar su partida de Berea, adonde se habían quedado.

Lo primero que se nos dice de Pablo en Corinto es su feliz encuentro con Aquila y Priscila. De ahí en más iba a tener un buen vínculo con este admirable matrimonio, en cuyo hogar funcionaba una iglesia en Roma (16:3-5ª), posteriormente también en Éfeso (1ª. Corintios 16:19) y probablemente en Corinto también.

Fue esta pareja matrimonial, tan dada al ministerio, que un tiempo más tarde ayudó a Apolos – que hasta entonces sólo tenía conocimiento de las cosas hasta el bautismo de Juan – llevándolo al evangelio pleno predicado por Pablo y sus compañeros.

Como una información incidental, se consigna que el oficio de ellos era el mismo que el de Pablo, es decir, hacer tiendas. Como debemos saber, lo normal en el pueblo judío era que cada uno, aparte de sus estudios y carrera, tuviese un oficio manual o práctico con el que también, en caso necesario, se pudiese ganar la vida.

En relación con esto, un índice elocuente de la absoluta integridad y nobleza de Pablo, la da esta cita de Los Hechos 20:34

Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido.”

Ver también 1ª. Tesalonicenses 2:9 y 2ª. Tesalonicenses 3:8.

Cuando Silas y Timoteo llegaron, lo encontraron a Pablo dado de lleno a la predicación de la palabra.

En un principio, como en tantos otros casos, los judíos se opusieron, y en Corinto, aun llegaron a blasfemar aquello tan sagrado que estaban escuchando.

Por lo tanto, se apartó de ellos, dirigiéndose a los gentiles. Se ubicó en casa de un tal Justo, hombre temeroso de Dios, la cual estaba junto a la sinagoga, y tras la conversión de Crispo, el principal de la sinagoga, con toda su casa, el evangelio se abrió paso y muchos de los corintios creyeron y fueron bautizados.

Entonces el Señor le dijo a Pablo en visión de noche:

No temas, sino habla y no calles; porque yo estoy contigo, y ninguno pondrá sobre ti la mano para hacerte mal, porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad.” (18: 9-10)

Esto le animó a permanecer en Corinto un año y seis meses (18:11) enseñándoles a los corintios la palabra de Dios, a lo que hay que agregar los muchos días más que se detuvo aún, según el versículo 18 del mismo capítulo.

A esta altura resulta oportuno intercalar 2ª. Corintios 1:19:

Porque el Hijo de Dios, Jesucristo, que entre vosotros ha sido predicado por nosotros, por mí, Silvano y Timoteo…”

Esto nos da un panorama más amplio. A pesar de la primacía de Pablo, sus dos compañeros tuvieron también una importante aportación.

Nos agrada tratar de vislumbrar el efecto que surtirían sin duda el espíritu lleno de fuego y sabiduría con que seguramente hablaría Pablo, complementado por el rico caudal de Silas (o Silvano) como varón de muchos quilates. Y a esto, agregar el atractivo especial que significaría, para los jóvenes sobre todo, el ver y oír a Timoteo, como un muy digno aprendiz que acompañaba a los dos apóstoles.

Un hermoso cuadro de pluralidad y diversidad, tema al cual hemos dedicado unos buenos párrafos en un capítulo anterior. Lástima que los corintios no supieron aprovechar debidamente ese privilegio que se les otorgaba, y, en su mayoría, no pasaron de un desarrollo muy incipiente, quedando así en una infancia espiritual muy poco saludable.

Las dos epístolas escritas a los corintios, junto con la carta a los romanos, son las más extensas del Nuevo Testamento. Las dos primeras, nos permiten saber más de esa iglesia, que de todas las demás del primer siglo.

Entre muchas cosas más, nos dan pormenores de sus diversos problemas, los cuales nos brindan lineamientos precisos y una clara guía de cómo debemos actuar al enfrentar problemas semejantes.

Concluida su estancia en Corinto, Pablo se despidió de los hermanos, y vía Cencrea, y acompañado por Aquila y Priscila, llegó a Éfeso. Allí habló a los judíos en la sinagoga por breve tiempo, pues sentía la urgencia de llegar a Jerusalén para guardar la fiesta, presumiblemente la de la Pascua.

De ahí en más sólo se nos dice que tras arribar a Cesarea, subió a Jerusalén para saludar a la iglesia, y desde allí bajó a Antioquía, llegando así al fin de su segundo viaje misionero.

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Un tema delicado, pero a la vez importante.-

No podemos dejar de comentar este segundo viaje sin abordar el punto, delicado por cierto, pero muy importante, que adelantamos que trataríamos a esta altura.

A algunos les sorprenderá lo que vamos a decir, pero todos los indicios que nos da el relato de Lucas, apuntan a que Silas no completó este segundo viaje misionero.

En efecto: si leemos con atención, notaremos que la última mención de él está en Los Hechos 18:5, en que se consigna su llegada a Corinto desde Macedonia junto con Timoteo. Evidentemente permaneció allí y participó en el ministerio, por lo menos por algún tiempo, según ya hemos visto a través de 2ª. Corintios 1:19.

No obstante, de ahí en adelante ya no se le nombra para nada, y sólo se habla de Pablo, ya sea en el singular, o bien acompañado por Aquila y Priscila.

Tampoco se menciona a Timoteo, ni aparece Lucas, que muy bien pueden haber permanecido en Corinto, o tomado otro rumbo, ya sea solos, o acompañando a Silas – no lo sabemos.

Tanto Lucas como Timoteo estuvieron con Pablo en ocasiones posteriores, pero no hay ninguna constancia de que Silas haya vuelto a estar con él. Y como ya hemos visto, Pablo terminó su segundo viaje solo, saludando a la iglesia en Jerusalén y bajando de allí a Antioquía, su punto de origen, pero sin tener a Silas a su lado.

Además, inició su tercer viaje solo, si bien más tarde se le añadieron otros hermanos, como Timoteo y Erasto (Los Hechos 19:22) Gayo y Aristarco (19:29) y Alejandro. (19:33)

El tema, como hemos dicho, es algo delicado, y por lo tanto, queremos tratarlo con mucha cautela y prudencia.

No cabe duda de que, por el fuego que ardía en su pecho, y el enorme caudal de luz y revelación que había recibido, como así también la autoridad y poderosa unción que el Señor le había conferido, Pablo ocupaba el rol principal, y siempre, o casi siempre, era el que tomaba la iniciativa en todo.

Valores jóvenes o de madurez relativa, como Timoteo, Tito, Gayo, Aristarco y otros, podrían acompañarlo, sintiéndose privilegiados de poder hacerlo, digamos en calidad de aprendices, para absorber y crecer bajo la sombra de semejante gigante.

No obstante, para hombres avezados y de alto calibre espiritual, como lo eran sin duda Bernabé y Silas, no sería nada fácil quedar continuamente relegados a segundo plano, viendo y oyendo como Pablo prácticamente lo hacía todo.

Si bien hemos señalado en base a 2ª. Corintios 2:19 que en Corinto Silas y Timoteo también tuvieron una aportación importante, toda la tónica de la narración de Lucas nos presenta un papel muy predominante de Pablo, tanto para tomar decisiones, como para hablar la palabra de Dios.

Que lo primero lo hacía guiado por el Espíritu, no nos cabe duda. Y en cuanto a lo segundo, tenemos bien presente lo que el Señor le dijo en Corinto: “No temas, sino habla, y no calles.” (Los Hechos 18:9)

Por lo tanto, con tremendo y profundo respeto hacia él, y casi agregaríamos con un sano temor y temblor, señalamos el hecho de que, trabajar por un tiempo codo a codo junto a un gigante como él, para hombres maduros en el ministerio y de muchos quilates, tenía que ser necesariamente difícil e incluso frustrante.

La razón primordial – descartando cualquier factor de incompatibilidad de carácter o deseo de protagonismo – consiste en que tales siervos maduros, indudablemente tienen también ellos un vasto y rico caudal, y al no poder darle curso, eclipsados por uno mayor que ellos, necesariamente tienen que sentirse frustrados, y buscar otros horizontes donde puedan realizarse libre y plenamente.

Por lo tanto, nadie les puede reprochar que hayan hecho esto último, que, a la postre, debía resultar en un mejor aprovechamiento de los dones y la gracia que el Señor les había acordado.

Naturalmente que hay el caso – distinto totalmente – de quien piensa estar por encima de los demás, cuando en realidad no lo está, y no da cabida a otros, acaparando la iniciativa y la predicación y la enseñanza. Sobre esto nos abstenemos de comentar.

Pero, en cuanto al caso de quien realmente ha recibido una gracia y un don ministerial sobresaliente, y dado clara evidencia de ello, aportamos alguna breve reflexión y un par de consejos.

Desde luego que por siervos tan sobresalientes, uno tiene que estarle muy agradecido al Señor, y por supuesto, no tener celos ni estorbar su ministerio en absoluto.

No obstante, a ellos mismos no les vendría mal, por lo menos de tanto en tanto, escuchar a otros siervos dotados, maduros y de buen caudal espiritual. Si se negaran a hacerlo y no se “rebajasen” a escuchar a otros, estarían dando muestras de un fallo en su carácter, que rayaría en el envanecimiento y la soberbia.

El otro aspecto es el de la relación de siervos maduros y de buen calibre, con aquél que sobresale por encima de todos ellos.

La experiencia enseña que lo más sabio y acertado es beneficiarse de su rico ministerio por un tiempo prudencial, idealmente no muy prolongado, y tal vez de ahí en más, solamente cada tanto, dejando pasar un buen tiempo antes de volver a escucharlo.

De otra manera, el estar bajo su sombra por un período prolongado, o bien escucharlo con demasiada frecuencia, podría ocasionar dos efectos contraproducentes. Respectivamente, uno de ellos sería el de la atrofia por no cultivar el propio don, y el otro sería que, de tanto escucharlo, ya no se pudiese absorber como en un principio, por haberse llegado a un punto de saturación.

En lugar de ello, resulta mucho más aconsejable recibir dosis limitadas – no demasiado grandes – y más bien espaciadas en función de tiempo. Al igual que nuestro organismo físico, el espiritual generalmente absorbe mejor de esta forma.

Por último, alguien se podría preguntar, si esta separación de Pablo y Silas efectivamente tuvo lugar, ¿por qué Lucas no la consignó, como lo hizo con la de Pablo y Bernabé?

Creemos que, muy posiblemente, se encontraría inhibido en su ánimo de narrar otro desacuerdo doloroso entre dos grandes siervos de Dios, especialmente por ser uno de ellos Pablo, con quien mantuvo hasta el final un vínculo muy cercano y entrañable.

Y más aun, nos parece que ese sentir suyo sería el del Espíritu Santo, que lo estaba guiando a Lucas en el relato, dejando los indicios claros para que el lector maduro y estudioso pueda alcanzar conclusiones bien fundadas, pero sin hacer figurar detalles desagradables de una separación más de Pablo, en este caso, otra vez de un siervo preciosos como Silas.

Sin duda, habrá quienes estén en desacuerdo, parcial o totalmente, con todo esto. No obstante, lo presentamos con un espíritu humilde, conscientes de que, como seres humanos somos falibles y podríamos estar equivocados.

Sin embargo, nuestra consideración imparcial de las Escrituras, y los años de experiencia que hemos vivido, nos han llevado a esta interpretación de los hechos, que conceptuamos que no es arbitraria, sino mesurada y equilibrada.

Nos anima, además, el deseo de que los consejos dados en consecuencia, puedan resultar útiles y de provecho, y evitar así, por lo menos para algunos, males mayores en situaciones de esta índole.

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