Volviendo a las Fuentes Primitivas – CAPÍTULO 12 – Entre el primer y segundo viaje misionero.
CAPÍTULO 12 – Entre el primer y segundo viaje misionero.
Entre el primer y segundo viaje ocurrieron cosas de suma trascendencia, que no sólo afectaron el segundo viaje, sino que dejaron huellas y secuelas, junto con un caudal de enseñanza y advertencia para la iglesia de todos los tiempos.
Notemos que, después de compartir con la iglesia todo lo que Dios había hecho en ese primer viaje, “se quedaron allí mucho tiempo con los discípulos.” (14:28)
Una de las muchas cosas que la experiencia nos ha enseñado, es que, en su gran malicia, el enemigo siempre busca llevar su veneno cuanto antes a las vidas y los lugares en los cuales el Señor ha estado obrando y bendiciendo.
El maléfico fin que persigue en esto es el de frustrar el desarrollo y crecimiento, e introducir a una etapa muy temprana, cuñas diabólicas que, de ser posible desde el mismo principio, han de debilitar esa obra e impedir que logre pleno fruto y maduración.
En ese “mucho tiempo” en que Pablo y Bernabé se detuvieron allí con los discípulos, todos los indicios apuntan a que el maligno estaba muy activo, tramando y haciendo de las suyas. (No por eso queremos dar a entender que hicieron mal en detenerse todo ese tiempo, lo cual sin duda les sería necesario, entre otras cosas, para reponerse de semejante viaje y recuperar energías.)
Aprovechando el atrincheramiento de muchos judíos, particularmente los de la secta de los fariseos, en la circuncisión y el guardar la ley de Moisés, instigó a algunos de ellos a realizar una falsa labor misionera.
La misma consistía en inculcar la necesidad de agregar esos dos ingredientes – la circuncisión y el guardar la ley de Moisés – pues, según ellos, de no hacerlo no se podía ser salvo.
Esto era un horrible veneno y engaño, que negaba la absoluta suficiencia del sacrificio redentor de Jesucristo, y socavaba y negaba la misma esencia del evangelio de salvación por pura gracia, según ya hemos señalado anteriormente.
Si bien el versículo al cual hemos hecho referencia, sólo nos habla de este proceder de los judaizantes en Antioquía de Siria, no se puede descartar que algunos de ellos ya se estaban internando en la región de Galacia, en las provincias de Pisidia y Licaonia, donde se habían levantado las iglesias de Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra y Derbe en el primer viaje misionero.
Muchos sostienen – y creemos que, con buen fundamento – que la epístola a los gálatas fue escrita por Pablo antes del concilio de Jerusalén, del cual se nos da cuenta en Los Hechos 15.
De ser así, tendríamos una clara confirmación de que así había sido, lo que no nos ha de extrañar, pues sabemos bien que el malvado enemigo de Cristo y de Su iglesia no se duerme, ni pierde el tiempo ni se toma vacaciones.
Pablo y Bernabé enfrentaron a los judaizantes, estando en total desacuerdo con lo que enseñaban, y se nos dice que tuvieron una discusión y contienda no pequeña con ellos.
Se dispuso entonces que subiesen a Jerusalén ellos dos, y algunos otros con ellos, con el fin de tratar esa delicada cuestión con los apóstoles y ancianos.
En el viaje, pasando por Fenicia, el Sur de Siria y por Samaria, Pablo y Bernabé contaron la conversión de los gentiles, lo que trajo gran gozo a todos los hermanos. (15:3)
Esto último, debemos notar que estaba en abierto contraste con el efecto que surtían los judaizantes, que era el de inquietar con palabras, perturbando las almas de los discípulos (15:24). En el caso de las iglesias de Galacia, por la epístola que les escribió Pablo, sabemos que el perjuicio fue mucho mayor, quitándoles el gozo y la libertad del amor y la gracia, reduciéndolos a la esclavitud de un legalismo totalmente estéril, y en algunos casos, hasta llevándolos a morder y comerse unos a otros. (Gálatas 5:15)
El Señor nos dijo con todo énfasis que “por sus frutos los conoceréis.” Pocas veces han estado más en sazón estas palabras, las cuales debemos adoptar como normativas para sopesar el valor y la legitimidad de cada ministerio.
El concilio de Jerusalén en el que se dirimió el asunto, merece unos buenos párrafos.
Tras afirmar algunos de la secta de los fariseos que habían creído, que era necesario circuncidar a los gentiles y mandarles que guardasen la ley de Moisés, se produjo un intenso debate.
Después del mismo, las figuras principales – Pedro, Pablo, Bernabé y Jacobo – hicieron uso de la palabra en ese orden. Aunque expresándose en términos distintos, los cuatro concordaron totalmente en que de ninguna manera había que imponer a los gentiles ese yugo tan pesado.
Como sabemos, finalmente la propuesta de Jacobo de que solamente se debían apartar de fornicación, de las contaminaciones de los ídolos, de ahogado y de sangre, tuvo plena aprobación.
La carta en que se comunicó esto resulta sumamente suculenta y aleccionadora. Lo que más resalta es la afirmación:
“Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias.” (15:28)
Vemos con sumo agrado la forma en que todavía estaba presente y latente en medio de ellos la persona y el señorío del Espíritu Santo.
Digamos que muchas veces – aunque no siempre – cuando hay situaciones con criterios opuestos, lo mejor es – previa oración y búsqueda del Señor – hablar las cosas cara a cara, a la luz de la presencia divina y en amor.
Habiendo sinceridad de las dos partes en discrepancia, muy bien puede alcanzarse un consenso que lleve a un acuerdo para continuar en unidad. En el mismo, en realidad es el Espíritu Santo Quién está estableciendo Su señorío y la voluntad de Dios.
Dos párrafos más arriba hemos puesto “aunque no siempre”, porque desde luego que hay situaciones en que el acuerdo no se logra, como lamentablemente sucedió más tarde con Pablo y Bernabé en cuanto a Juan Marcos.
También debemos tener presente el hecho muy importante de que, para robustecer el mensaje de la carta y evitar toda duda o suspicacia, se dispuso que dos varones principales de la iglesia de Jerusalén – Judas Barsabás y Silas – acompañasen a Pablo y Bernabé en su regreso a Antioquía.
Por razones obvias, mucho menos sabio habría sido enviar la carta solamente por intermedio de Pablo y Bernabé.
Ya hemos visto en un capítulo anterior el regocijo y la consolación que trajo la carta al ser leída en Antioquía.
Al mismo tiempo, aprovechando la presencia de Judas Barsabás y Silas, se les dio la oportunidad de ministrar la palabra. Siendo ambos profetas, y de muchos quilates, tuvieron una aportación muy valiosa y provechosa, que, como ya hemos visto con anterioridad, sirvió no sólo para consolar, sino también para confirmar a los hermanos. (15:32)
¡Cuanto nos habla el comprobar que de esa iglesia madre de Jerusalén, amén de los doce apóstoles, y hombres como Esteban y Bernabé, podían salir también otros del calibre de Silas y Judas Barsabás, varones principales entre los hermanos, con un caudal tan rico, abundante y variado que aportar!
Como nos señala el relato de Lucas, después de un tiempo ambos fueron despedidos en paz por los hermanos, para que pudieran retornar a Jerusalén. Sin embargo, a Silas le pareció bien permanecer en Antioquía, y en esto había una razón que evidentemente la providencia de Dios ya preveía.
Pero no nos adelantemos. A renglón seguido se nos dice que “Pablo y Bernabé continuaron en Antioquía, enseñando la palabra del Señor y anunciando el evangelio con otros muchos.” (15:35)
Aquí resaltan tres cosas, que si bien ya las hemos tocado, conviene que las reiteremos: la doble proclamación de la palabra
1) para enseñar, fortalecer y confirmar al pueblo de Dios y
2) para anunciar el evangelio de salvación para alcanzar nuevas almas.
Y ambas cosas, con el tercer ingrediente tan precioso de una rica y variada gama de siervos idóneos – “con muchos otros” y “de mucha palabra.”
¿Estaba Pedro entre esos muchos otros? ¿Fue en ese tiempo que sucedió lo que Pablo narra en Gálatas 2: 11-15?
No lo podemos aseverar con total certeza, pero es posible, y tal vez probable, que así haya sido.
La separación de Pablo y Bernabé.-
Nos gustaría poder usar algún término más suave, y decir, por ejemplo, que a esta altura se bifurcó el camino de estos dos siervos.
No obstante, el original griego es todavía más fuerte que la traducción “hubo tal desacuerdo entre ellos” de nuestra versión 1960. La palabra que se emplea es “afilada”, lo que indica que era una diferencia de sentir muy aguda y profunda.
Fue la primera ruptura importante de la iglesia de Cristo de la cual tenemos constancia.
Mucho se ha dicho y escrito sobre el tema, y en una obra anterior, y también en el capítulo 10 de este libro, nosotros mismos ya hemos dicho bastante.
De todas maneras, resulta triste que dos hombres unidos para la obra por el llamamiento divino, y de los cuales se nos dice expresamente que habían sido llenos del Espíritu, no pudieron seguir juntos y optaron por separarse.
¿Fue el desacuerdo en cuanto a Juan Marcos la única razón? ¿O fue más bien el detonante, que hizo explotar las cosas en una situación de cierto malestar anterior, que yacía debajo de la superficie, tal vez por algún tiempo – como podría ser, el creciente aumento del liderazgo de Pablo?
No podemos saber a ciencia cierta y será más sabio y prudente no agregar más sobre esto, por lo menos, por ahora, si bien hacia el final del capítulo catorce tocaremos algo que inevitablemente se vincula con ello.
Lo cierto es que, de ahí en más, el total señorío del Espíritu, tan maravilloso, y tan claramente expresado por Lucas en el relato de todo lo anterior, comienza a resentirse.
En el comienzo del segundo viaje ya no se nos dice que fue el Espíritu Santo que escogió a través de un colectivo ministerial, sino escuetamente, que Pablo escogió a Silas para que lo acompañase. (15:40)
Bien es cierto que salieron los dos encomendados por los hermanos a la gracia del Señor, de la misma forma que en el viaje anterior. Sin embargo, la dolorosa separación de Pablo y Bernabé, indudablemente nubla en algo el panorama, que hasta entonces había sido tan límpido y brillante.
La gracia y la bondad divina se siguen manifestando, y a pesar de todo, el amor de Dios continúa fluyendo a través del ministerio de Pablo, y seguramente que también a través del de Bernabé. Pero, ese ideal en el que habían discurrido las cosas hasta entonces, ya no lo volvemos a encontrar.
Y esto es algo que a través de la historia – pasada y contemporánea – lamentablemente ha sucedido una y otra vez. En efecto: algo que de un principio nace puro y hermoso, pero de una forma u otra, la mano torpe de nosotros, los seres humanos, tarde o temprano comienza a organizar, erosionar y echar a perder esa gloria prístina tan preciosa.
Con todo, uno de los consuelos que podemos extraer, es el caudal de enseñanza y advertencia que nos deja todo esto. Seamos sabios, y aprendamos no sólo de los errores propios, sino también de los ajenos.
Lo que más nos maravilla es la perseverancia infinita del Señor, que, habiendo sido contristado por el hombre en tantas y tantas ocasiones, igualmente vuelve a irrumpir en otros lugares, con Su amor y Su gracia, con brotes nuevos y frescos de bendición y vida, sabiendo, seguramente, que en los mismos, a la larga volverá a ocurrir lo mismo.
¡Maravillosa gracia del insondable e incansable amor divino!
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