CAPÍTULO 11 – Los viajes misioneros de Pablo (1)

Ahora pasamos a comentar los viajes misioneros de Pablo. Como el primero de ellos fue con Bernabé, algunas de las cosas que iremos diciendo en este capítulo, se entrelazan y superponen con lo ya dicho anteriormente, pero confiamos que al lector u oyente no le resultarán repetitivas. Antes bien, podrán tratarse de las mismas cosas, pero vistas desde una perspectiva distinta.

Lo primero que debemos señalar, es el hecho de que ese primer viaje misionero fue algo emanado de lo alto. No se trataba de un deseo particular de algunos, ni de una visión o programación del cuerpo de profetas y maestros que había en Antioquía, con la mira de propagar el evangelio.

Ese cuerpo ministerial se encontraba abocado a la tarea, sagrada, y muy dichosa por cierto, de ministrar al Señor.

Conceptuamos que esto significa que estaban alabando y expresando su gratitud al Señor, como así también adorándole, y al mismo tiempo inquiriendo de Él cuál sería Su voluntad. De ningún modo podemos concebir que le estuvieran presentando un plan de acción ya elaborado por ellos mismos.

Y toda esa actividad, que podríamos calificar de entrar en el sacerdocio en profundidad, la reforzaban con ayuno, para asegurarse de que sus facultades espirituales estuvieran totalmente despejadas, y al mismo tiempo agudizadas, para percibir el silbo apacible de la voz divina.

Un terreno ideal, como vemos, que se prestaba a las mil maravillas para que el Espíritu Santo pudiese tener plena libertad de acción.

Digamos también que esto guardaba una estrecha concordancia con los albores de la iglesia primitiva en Jerusalén, en la cual el señorío del Espíritu se había manifestado claramente desde un principio.

¡Qué marcado contraste con mucho de lo que se ve en el cristianismo de hoy en día!

En muchas partes, todo o casi todo está tan programado, esquematizado, reglamentado, estructurado y hasta mecanizado, que el Espíritu se debe sentir excluido, y casi ni siquiera necesitado, excepto para responder a la oración que toda esa actividad brotada de la mente humana, reciba el sello aprobatorio de Su bendición.

El despacho pastoral, con todos los archivos y ficheros minuciosamente ordenados; el organigrama, el plan de acción inmediato, a corto y a largo plazo; el ordenador cargado con una vasta programación de lo más avanzado en hermenéutica, exegética, homilética, exposición bíblica, psicología pastoral, psicoterapia, y un sin fin de cosas afines… en fin, todo eso y a veces mucho más.

No hemos de ser estrechos, y desechar el buen uso y provecho que se pueden derivar de un buen número de adelantos tecnológicos. Bien empleados, evidentemente pueden ser útiles y eficaces, pero nunca debieran convertirse en sustitutos de esas columnas inamovibles que Dios ha establecido tan claramente en Su palabra. Nos tememos que en no pocos casos es eso lo que sucede.

Aunque parezca innecesario para algunos, citamos tres de las principales columnas, a saber: la oración con búsqueda asidua y diligente de la voluntad de Dios, en vez de la elaboración de nuestros propios planes; el estudio personal con avidez y esmero de la maravillosa herramienta de trabajo que el Señor nos ha dado – las Sagradas Escrituras; y una dependencia sencilla, humilde y real del Espíritu de Dios para todo, con la convicción clarísima de que sólo lo que nace de Él y lleva el hálito de Su inspiración y Su unción santa, puede reportar resultados auténticos y duraderos.

La imposición de manos, tras el ayuno y la oración antes de despedirlos, (13:3) denota la total identificación de la iglesia, y el apoyo absoluto de la misma con que contaban.

Esto nos da un hermoso cuadro de una iglesia regida desde lo alto, que sabe percibir la voz de Dios y obedecerla de forma consecuente y sin vacilaciones ni retaceos.

Ellos, entonces, enviados por el Espíritu Santo…” (13:4)

La pluma inspirada de Lucas, nos hace ver con todo hincapié Quién disponía y ordenaba las cosas – el Espíritu Santo los había llamado a una obra concreta y precisa; Él mismo se lo hizo saber al cuerpo ministerial, y tras encomendarlos ellos (o la iglesia toda) a la gracia de Dios con oración, ayuno y la imposición de manos, el Espíritu Santo mismo los envió – es decir que salieron como genuinos enviados del Espíritu.

Aquí tenemos un precioso ejemplo del reino de los cielos operando limpia y libremente, en una iglesia que se sabía dejar regir de lo alto, y que funcionaba y fluía en esa tónica tan maravillosa.

Bien podemos orar: “Bendito Señor, danos en nuestra vida y en nuestras iglesias, la gracia y humildad necesarias para volver a esas fuentes prístinas tan puras y maravillosas.”

La primera etapa de este viaje se desarrolló en la isla de Chipre. Lo más destacado de ella que se nos narra, acaeció en Pafos, en el extremo occidental de la isla.

Al oponerse el mago y falso profeta Barjesús a que el procónsul Sergio Paulo pudiese escuchar y recibir la palabra de Dios, Pablo, lleno del Espíritu, tomó cartas en el asunto.

Esta coyuntura, en la que como un detalle incidental se nos dice que Saulo también era llamado Pablo, nos marca algo de mucha importancia. En efecto: aquí comienza a insinuarse el liderazgo suyo, mientras que anteriormente, como ya lo señalamos en el capítulo anterior, los indicios son de que la iniciativa estaba de parte de Bernabé.

La dirección de un siervo dentro de un colectivo ministerial de dos o más, no contradice en absoluto el señorío del Espíritu Santo, ni conspira contra el mismo, siempre y cuando, claro está, el siervo que lidera sea un hombre lleno del Espíritu.

En Jerusalén, en el principio Pedro era el líder, levantado evidentemente por el Señor, y secundado y apoyado totalmente por Juan y los demás apóstoles.

De aquí en adelante, el relato de Los Hechos señala a Pablo como el líder, entendiéndose que su ministerio estaba enfocado a los gentiles, mientras que el de Pedro estaba dirigido a los judíos.

La intervención de Pablo ante el Mago Barjesús (traducido Elimas) merece unos párrafos. Lleno del Espíritu, lo reprendió con toda severidad. y le hizo saber que por un tiempo quedaría ciego.

E inmediatamente cayeron sobre él oscuridad y tinieblas; y andando alrededor, buscaba quién le condujese de la mano.”

Entonces el procónsul, viendo lo que había sucedido, creyó, maravillado de la doctrina del Señor.” (13:11-12)

Los milagros no siempre conducen a las almas a la conversión, como se ha comprobado en muchísimas ocasiones. Sin embargo, éste que nos ocupa sí que valió para ese fin.

Pero lo que llama poderosamente la atención es que el procónsul, tras ver lo sucedido, creyó maravillado de la doctrina del Señor. Es decir que lo que más lo impactó fue la didaje (Griego), o sea la didáctica o enseñanza.

La misma puede haber discurrido en parte, a través de lo que en un principio le hablaron Pablo y Bernabé, mientras el mago y falso profeta les resistía. Sin embargo, lo más evidente es que los términos con que Pablo lo reprendió resultaron una enseñanza contundente, y además, maravillosa para él.

Debemos tener en cuenta que fueron palabras dichas por un varón lleno del Espíritu de Dios.

En primer lugar, en tono exclamativo lo denuncia como un personaje lleno de todo engaño y de toda maldad – un hijo del mismo diablo y enemigo de toda justicia.

Seguidamente, en tono interrogativo, inquiere si no ha de dejar intentar trastornar los caminos rectos del Señor.

Y en tercer lugar, pronuncia la solemne sentencia de que la mano de Dios estaba contra él y se quedaría ciego, cosa que quedó inmediatamente corroborada ante los ojos de todos los presentes.

¡Qué enseñanza y qué demostración palpable de la verdad, la luz y el bien, contrastados con el engaño, las tinieblas y el mal!

Ante ellas – la enseñanza y la demostración – Sergio Paulo quedó totalmente convencido y creyó, realmente maravillado.

Cuando Dios de veras enseña en un trato personal con una persona, el resultado siempre ha de ser transformador, y algo que deja huellas indelebles.

De Pafos navegaron a Perge de Panfilia, en la costa meridional de lo que hoy es Turquía, y donde se produjo la deserción de Juan Marcos, que ya comentamos.

De allí se internaron tierra adentro hacia el Norte, llegando a Antioquía en la provincia de Pisidia, que fue el escenario de un mover poderoso del Señor, y también de una fuerte persecución.

Al asistir a la sinagoga, y ser invitados a compartir cualquier exhortación que pudieran tener para el pueblo, fue Pablo quien tomó la palabra, pronunciando la sustanciosa predicación que tenemos del versículo 16 al 41 del capítulo 13.

Como vemos, el liderazgo de Pablo se acentúa de aquí en más. No obstante, hay un factor importante que debemos tener en cuenta. Lucas no los acompañaba en este viaje, y seguramente él debe haber recogido toda la información que se nos da del mismo, de boca de Pablo y a posteriori.

Cabe suponer con buen fundamento, y como una cosa natural, que Pablo recordase mejor sus propias intervenciones que las de Bernabé. Así, las de este último pueden y deben haber sido mayores que las que nos narra el relato, lo que nos ayuda a ver las cosas con quizá un mayor equilibrio en este aspecto particular de la iniciativa y el liderazgo.

El resultado de esa predicación de Pablo fue que muchos judíos y prosélitos se allegaron a los apóstoles, quienes les exhortaron a permanecer en la gracia del Señor.

Empero, más importante aun que esto, fue que, al salir de la sinagoga los gentiles les rogaron que el siguiente sábado les hablasen a ellos la palabra de Dios. Y en esa ocasión se juntó casi toda la ciudad para oír el mensaje que tenían y traían.

De veras que es maravilloso cuando el Señor despierta en los corazones un vivo deseo de escuchar Su palabra. La satisfacción y el gozo de Pablo y Bernabé deben haber sido muy grandes. Estaban constatando qué bien sabía el Espíritu Santo a lo que los había llamado, y qué gran cosecha les esperaba.

Los gentiles, oyendo esto, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna.”

Y la palabra del Señor se difundía por toda aquella provincia.” (13:48-49)

A esta altura se desató la primera fuerte persecución, y al ser expulsados, se marcharon al siguiente punto, la ciudad de Iconio, sacudiendo contra sus perseguidores el polvo de sus pies, según el Señor Jesús lo había dispuesto durante Su vida terrenal.

Se nos hace la hermosa salvedad de que los discípulos, lejos de encontrarse consternados o temerosos, estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo.

Ya hemos comentado en el capítulo anterior la forma en que hablaron en la sinagoga en Iconio, con esa fuerte infusión de fe, que tuvo como resultado que una gran multitud de judíos, y asimismo de griegos, creyó, muchos de los cuales, según dijimos, probablemente nunca habían oído antes el evangelio ni el nombre de Jesús.

Otra vez tuvieron que enfrentar una fuerte oposición, instigada nuevamente por judíos que no creían. Sin embargo, continuaron en ese lugar por mucho tiempo.

Por tanto, se detuvieron allí mucho tiempo, hablando con denuedo, confiados en el Señor, el cual daba testimonio a la palabra de su gracia, concediendo que se hiciesen por las manos de ellos señales y prodigios.” (14:3)

Como ya hemos señalado en alguna otra oportunidad, en muchas ocasiones en que la palabra de Dios es predicada en algún lugar por primera vez, Él la autentifica y confirma con milagros, mayormente sanidades. Vemos en esto su deseo, justo y bondadoso, de asegurar a quienes no la habían oído ni conocido antes, que en verdad se trata de la auténtica y verdadera palabra de Dios.

Al intensificarse más tarde la persecución, por parte ahora no sólo de judíos y gentiles, sino también de sus gobernantes, y lanzarse todos ellos a afrentarlos y apedrearlos, se vieron precisados a huir.

Los puntos siguientes a los cuales llegaron fueron Listra y Derbe, en la provincia de Licaonia, y también se extendieron a toda la región circunvecina – “…y allí predicaban el evangelio.” (14:7)

No podemos menos que admirar el temple y la valentía de estos dos bizarros misioneros. Lejos de amilanarse por tanto hostilidad y el evidente peligro que corrían sus vidas, continuaban con todo valor, proclamando el glorioso mensaje de salvación y vida eterna que se les había encomendado.

En Listra tuvo lugar el portentoso milagro de la sanidad del cojo de nacimiento, que nunca había andado.

La gente quedó tan impresionada, que los tomaron por dioses que habían descendido a ellos bajo la semejanza de hombres. El hecho de que a Pablo lo llamaran Mercurio, porque era el que llevaba la palabra, robustece lo que hemos venido diciendo, en el sentido de que su liderazgo se iba acentuando.

La muchedumbre hasta quiso ofrecerles sacrificios, liderada por el sacerdote de Júpiter, y con mucha dificultad lograron impedirlo, afirmando que eran hombres semejantes a ellos, y que les anunciaban que debían convertirse de sus vanidades al Dios vivo y Creador Supremo.

Otra vez se hizo sentir la feroz persecución de los judíos. Esta vez Pablo fue apedreado y arrastrado fuera de la ciudad, pensando que estaba muerto.

Felizmente, la gracia y el poder del Señor volvieron a ponerse de manifiesto, y rodeado por una rueda de amor de los discípulos, se levantó, entró en la ciudad, y al día siguiente partió con Bernabé hacia el punto siguiente, la ciudad de Derbe – casi agregaríamos “fresquito como una lechuga” – como si no hubiera pasado nada!

En Derbe la labor de ambos resultó muy fructífera, pues se nos dice que hicieron muchos discípulos.

Éste fue el punto más distante de este primer viaje. De allí emprendieron el regreso, volviendo en orden inverso a las tres ciudades anteriores, sin estar intimidados ni atemorizados, siendo las mismas como habían sido, escenarios de violentas persecuciones.

En el relato de este trayecto de retorno, se nos presentan dos puntos importantes, a saber, el de confirmar los ánimos de los discípulos, y el de constituir ancianos en cada iglesia que habían levantado.

Sobre el primero de ellos abundaremos más adelante, cuando, a la luz de acontecimientos posteriores, irán surgiendo consideraciones de sumo interés.

En cuanto al segundo, notemos que el número era en plural, nunca en singular, concordando con esto referencias posteriores como Los Hechos 20:17 y Tito 1:5.

Y constituyeron ancianos en cada iglesia, y habiendo orado con ayunos los encomendaron al Señor en quien habían creído.” (14:23)

Por constituir ancianos, entendemos que habrían identificado a aquéllos que eran idóneos y sobre los cuales se veía que estaba la mano de Dios. De esta manera, pasarían a reconocerlos ante la iglesia respectiva como llamados a desempeñar ese cargo.

Además de esto, evidentemente habrán pasado un buen tiempo con ellos, asesorando y fortaleciéndolos, incluso con oración y ayuno, y casi seguramente la imposición de manos, ya sea en el acto público ante la iglesia, o a solas con ellos con anterioridad, o en ambas ocasiones.

Una pregunta que bien nos podemos formular a esta altura es, si este reconocimiento y constitución de ancianos, a poco tiempo de convertidos (máximo, estimamos unos pocos meses) no está en contradicción con lo que Pablo mismo establece mucho más tarde en 1ª. Timoteo 3:6

…no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo.”

Para sopesar mejor las cosas, tenemos que postergar el comentario sobre esto para más adelante, invitando al lector a que, entre tanto, recapacite sobre el tema.

Completada la labor confirmatoria en los tres lugares, pasaron por la provincia de Pisidia, y marchando ahora de Norte a Sur llegaron a Panfilia, predicando la palabra en Perge, para descender de ahí a Atalia, de donde navegaron a Antioquía de Siria, el punto de origen.

Con mucha razón podrían sentir la íntima satisfacción de haber dejado atrás iglesias con discípulos confirmados en la fe. Asimismo, tendrían recuerdos inolvidables de muchos momentos muy difíciles, en los cuales empero el Señor los sacó airosos, corroborando también su proclamación del evangelio con muchos milagros y señales.

El reencuentro con los consiervos y hermanos de la iglesia de Antioquía de que habían salido, seguramente que habrá sido también memorable.

Por una parte, el gozo de reunir a la iglesia y poder contarles las grandes cosas que el Señor había hecho a través de ellos. Por la otra, la gran dosis de edificación, fortaleza y consuelo que de seguro ello habrá infundido a la iglesia toda.

A esto debemos agregar la confirmación definitiva e inequívoca de que Dios había abierto de par en par la puerta de la fe a los gentiles. En ese entonces, eso constituía algo de trascendental importancia, y que sin duda habrá llenado de gozo a la iglesia entera.

En suma, este viaje les resultó a Pablo y Bernabé una experiencia riquísima y gloriosa desde todo punto de vista.

Empero, todavía les aguardaban dificultades y problemas nuevos que no esperaban. Y como hemos de ver, en el terreno de fundamentar las iglesias sólidamente y confirmar a los discípulos, todavía había bastante que aprender.

Esto y mucho más lo iremos desgranando en los capítulos venideros.

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