Volviendo a las Fuentes Primitivas – CAPÍTULO 4 – La iglesia de Jerusalén nacida el día de Pentecostés.
CAPÍTULO 4 – La iglesia de Jerusalén nacida el día de Pentecostés.
La descripción de lo que sucedió a continuación en Jerusalén, que se encuentra en los capítulos siguientes del libro de Los Hechos en que estamos, está saturada de los más importantes principios y verdades claves, tanto de la vida cristiana y del ministerio en general, como de la vida eclesial en particular.
Debemos tener en cuenta que éste es un modelo que se nos presenta, de la forma más vívida y detallada, pero no para que tratemos de copiar o reproducirlo con minuciosidad en sus pormenores y formas externas.
En cambio, hemos de procurar comprender y absorber esos principios y verdades claves, que en realidad son fundamentales y rectores en el ámbito que ya hemos definido, para saber aplicarlos sabiamente en las condiciones, circunstancias y entornos en que nos podamos encontrar.
Pero aun esta aplicación no ha de ser mecánica, a raja tabla ni al pie de la letra, pues esto también resultaría estéril. En lugar de ello, lo que se ha de procurar con la búsqueda del Señor y Su gracia, será el emprender, o estar en algo vivo, en lo cual el obrar del Espíritu sea evidente.
Así, a medida que el mismo crezca y se desarrolle, y se presenten alternativas de multiplicación, conflictos diversos, etc. se habrá de proceder de la forma en que lo hicieron esos primeros discípulos – hombres incuestionablemente llenos del Espíritu Santo.
En todo caso, ha de ser un proceder sabio y flexible, apropiando el espíritu latente en cada uno de esos principios, y verdades claves – no – lo repetimos – de forma mecánica, literal y al pie de la letra. Esto último muy bien podría dar una similitud externa al patrón o modelo que se nos da, pero, al carecer de la fuerza interior viva que le dé impulso, muy pronto se evidenciará como algo más bien artificial y falto del sello distintivo del aliento creativo del Espíritu Santo.
Pasamos ahora a considerar los diversos aspectos de esa iglesia de Jerusalén, que se nos presentan como patrón o modelo.
Arrepentimiento y bautismo para perdón de los pecados y el don del Espíritu Santo.- (2:38)
Muy concisamente, el arrepentimiento, confirmado por el bautismo, denotaba un dejar atrás la vida pecaminosa anterior y morir a ella, para emprender un camino nuevo, limpio y distinto.
Por su parte, el don del Espíritu Santo constituía la provisión divina, que los habría de capacitar para desenvolverse de forma eficaz en este nuevo camino.
El aspecto de la fe en la muerte expiatoria de Cristo y Su resurrección no está expresado en el versículo bajo revista, pero de hecho estaba presente y latente. Ello se evidencia en la reacción favorable y positiva a la parte final del discurso de Pedro, en la que él lo presenta con toda claridad y con el mayor énfasis:
La reacción de la multitud presente fue:
“Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos ¿qué haremos? (2:37)
Aunque no entramos a considerar estos puntos en detalle, puntualizamos que los mismos, de una forma u otra, sin necesariamente seguir un orden rígido y estricto, deben conceptuarse como parte insustituible, y que debe estar presente en toda verdadera conversión.
Más tarde ampliaremos en uno o dos aspectos, pero por ahora nos limitamos a enumerarlos:
Arrepentimiento – fe en la obra redentora de Cristo (Su muerte, resurrección y ascensión) – bautismo como testimonio público de un morir al pasado pecaminoso y resucitar a una nueva vida en Cristo – el don del Espíritu Santo que capacita para vivir debidamente la nueva vida cristiana.
Al nacer de nuevo estas tres mil personas que se añadieron a los apóstoles y discípulos ese mismo día, en seguida cobró impulso la dinámica de la nueva iglesia que acababa de nacer.
Perseveraban.- es decir, que no se trataba de una decisión fugaz o de algo pasajero, sino de un rumbo nuevo en que se disponían a continuar y perseverar desde un principio.
Este rumbo nuevo abrazaba una actividad, también nueva, encaminada con firmeza hacia varios valores que, por su importancia, revisten el carácter de piedras fundamentales de la vida cristiana.
La doctrina de los apóstoles.-
Los doce primeros, con la sustitución de Judas Iscariote por Matías, eran depositarios de la doctrina que aquí se llama “de los apóstoles”, y que en 2ª. Juan 9 se llama “la doctrina de Cristo,” impartida por Él a los primeros apóstoles.
Ésta, no la debemos entender como un credo condensado en unos diez o doce puntos, sino algo mucho más amplio y vasto, que comprende todos los aspectos prácticos de la vida, tanto en la relación vertical con Dios, como en la horizontal con el prójimo.
En este sentido debemos tener muy presente las palabras de Jesús en la gran comisión de Mateo 28:18-20
“…enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado.”
Creemos no equivocarnos en decir que el cumplir cabalmente este mandato, supone una labor magna y gigantesca de años y años, y tal vez de toda una vida.
Hacia esto apunta el último versículo del capítulo 5, a una altura posterior, cuando ya había transcurrido un cierto período de tiempo, cuya duración no podemos determinar con precisión.
“Y todos los días, en el templo y en las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo.”
Barajando cifras numéricas, partimos de la base que se nos da de cinco mil hombres. (4:4) Aun sin contar mujeres y niños, y considerando que la asistencia total de las reuniones caseras cada día fuese de un cincuenta por ciento del total, es decir dos mil quinientos, y calculando también que en cada reunión casera se congregasen una cifra media de cincuenta, tenemos que llegar a dos conclusiones, sencillas pero muy significativas.
La primera es que se trataría de un total de cincuenta reuniones caseras, diseminadas por toda la ciudad, desbordando muy probablemente por los alrededores de Jerusalén también.
La segunda conclusión es que, para llevar o liderar esas cincuenta reuniones, más las del templo, que como ya hemos visto eran “todos los días”, haría falta un plantel bastante numeroso de discípulos idóneos para ello.
Los doce apóstoles no podrían de por sí cubrir todas esas reuniones, más las del templo, y seguramente que deben haber dado cabida a muchos más discípulos.
Entre éstos, bien podríamos considerar a los setenta que Jesús había designado y enviado con anterioridad a Su crucifixión, según consta en Lucas 10:1. También debemos tener en cuenta el número de unos ciento veinte que perseveraban unánimes en oración después de la ascensión y antes de Pentecostés. (Los Hechos 1:14-15)
Y desde luego, también contamos a Bernabé, Esteban, Silas y Judas Barsabás, quienes, sin ser de los primeros doce apóstoles, figuran en el relato como varones principales entre los hermanos.
Además de todos éstos, muy probablemente deben haber surgido muchos más, para poder atender a diario y adecuadamente toda esa actividad.
Esto echa de ver cómo en la hora de Dios, Él consigue movilizar a los Suyos para afrontar las grandes exigencias de la hora de la visitación divina.
Sobre esto, también hemos de ampliar más adelante, pues hay mucho más que agregar. Aquí sólo añadimos que otra diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento es que en este último Dios pasa al plural, dejando atrás el singular que a menudo se daba en la historia de Israel (un rey, un juez, muchas veces sólo un profeta, etc.)
En la comunión unos con otros.- (1:42)
Cuando hay bendición de lo alto y la vida nueva se manifiesta, vibrante y pujante como es, lo normal es que los creyentes se deleiten en estar juntos, compartiendo con gozo sus experiencias y su amor fraternal.
Sin temor a equivocarnos, podemos tomar esto como un índice cierto del estado espiritual de una iglesia o congregación. Cuando esto no sucede, y al terminar las reuniones hay prisa por marcharse, o bien la conversación se encauza por otros rumbos ajenos al Señor y las cosas eternas, es sin lugar a dudas una mala señal.
La comunión de los santos, rica y sabrosa, es uno de los ingredientes vitales de la vida eclesial. Se la puntualiza en el relato de Los Hechos como algo muy importante, y que debe ser potenciado y alentado por todo liderazgo con aspiraciones de enriquecer la grey.
En esa comunión unos con otros de la iglesia primitiva, había algo distintivo que es en muchos casos otro sello con que Dios rubrica lo que verdaderamente procede de Él:
“…comían juntos con alegría y sencillez de corazón.” (2:46b)
Este sello es la alegría, sana y espontánea, que se deriva de la bendición divina, y que va acompañada de la sencillez de corazón.
Debemos recordar lo que Jesús nos dijo en Mateo 18:3
“…y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.”
Acababan de entrar en el reino de los cielos en virtud de su conversión, y sin que lo intentasen deliberadamente, ni se lo propusiesen como una meta a alcanzar, su actitud y disposición de carácter sufrió un brusco pero muy hermoso cambio.
Dejaron de ser adultos, llenos de preocupaciones y complicaciones. La luz, el amor y la gracia que llenaron sus corazones, los transformaron en niños, con todo el candor de la inocencia.
Al igual que un niño normal, tenían ahora una bendita alegría, y sus preocupaciones y complicaciones habían sido totalmente disipadas, de manera que vivían en una dichosa sencillez de corazón. Es decir, con corazones en que no había lugar para la desconfianza, las complejidades de diferencias de criterios o incompatibilidades los unos con los otros, ni nada de esa índole.
El amor divino había invadido sus almas y eliminado todo eso, para transformarlos en unos benditos inocentes, exentos de las complicaciones que tantas veces abruman y aun atormentan al ser humano – y en esa preciosa sencillez rebosaban de alegría y satisfacción.
¡Qué contraste entre esto y lo que pasa cuando se pierde o desconoce el rumbo del Espíritu! Fuera de él, se cae casi siempre en un laberinto de preocupaciones, complicaciones e interrogantes, en los cuales la genuina alegría de la bendición divina no tiene cabida. En cambio, la ansiedad, la frustración y la desorientación, se anidan tristemente en el alma, y se desemboca en tinieblas, confusión y cosas peores.
Que sepamos siempre conservarnos en la dicha de esa sencillez, propia de niños que confían implícita e incondicionalmente en la bondad infinita del amantísimo Padre celestial.
Y al mismo tiempo, que seamos sabios y prudentes, para no dejarnos envolver en los vericuetos y las complicaciones de cosas novedosas y extra bíblicas, que buscan extraviarnos de la sincera y sencilla fidelidad a Cristo. (2ª. Corintios 11:3)
“…perseveraban… en el partimiento del pan y en las oraciones.” (2:42b)
En los evangelios y en 1ª. Corintios 11: 23-32, se nos da amplia constancia de que Jesús instituyó el partimiento del pan, comúnmente conocido por la Cena del Señor, instando a los discípulos a que participasen de él y lo hiciesen en memoria de Él, en particular de Su muerte expiatoria.
Al mismo tiempo, les explicó el significado del pan y de la copa, que representaban, y representan hasta el día de hoy, Su cuerpo ofrendado y Su sangre derramada, respectivamente.
La interpretación al pie de la letra de que el pan pasa a ser literalmente el cuerpo Suyo y la copa Su misma sangre – es decir la transustanciación – apenas si resulta necesario puntualizar que constituye un evidente error.
En primer lugar, esa tesis supone una repetición continua de un sacrificio sagrado, perfecto y todo suficiente, que las Escrituras afirman con todo énfasis que fue hecho una sola vez y para siempre. (Ver Hebreos 9:26 y 28)
En segundo lugar, debemos tener bien presente las palabras del mismo Jesús en Juan 6: 63:-
“El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.”
Si, por ejemplo, al participar del pan, aplicando la interpretación al pie de la letra, a uno le tocase un meñique o el pulgar derecho de Jesús – lo decimos con mucha reverencia y sumo respeto, pero en aras de la pura verdad – ¿ese meñique o ese pulgar derecho nos harían más santos, más humildes, o más semejantes a Jesús en Su carácter y naturaleza perfecta? Por supuesto que no.
Esa clase de razonamiento literal raya en cierta forma en la superstición, que podría compararse, por así decirlo, con haber encontrado una sandalia de San Pedro o del mismo Jesús, y atribuirle poder sobrenatural para impartirnos gracia y bendición.
La interpretación correcta a todas luces es que, al comer del pan y beber de la copa, debemos apropiar por fe y con nuestra clara comprensión, el espíritu y la vida latentes en el cuerpo y la sangre de Jesús.
Es decir, debemos comer y beber por fe y con la gracia del Espíritu Santo, para nutrirnos de Él mismo, que es nuestra vida, según se nos dice en Colosenses 3:4.
Los discípulos de la iglesia primitiva también perseveraban en esto, como en los demás puntos ya señalados. Y en los albores tan frescos y vivos de ese comienzo tan propicio, no nos cabe duda de que lo hacían con unción y virtud de lo alto. De esta forma, lejos de resultar un mero rito litúrgico, era un acto solemne y a la vez muy significativo, que les reportaba evidente beneficio espiritual.
Las oraciones también ocupaban un lugar preponderante. Había una hora fija y concreta en que lo hacían – la novena, la de la oración – es decir aproximadamente a las 6 de la tarde – y cada día.
No obstante, el hecho de que se las señale en el plural – las oraciones – denota que esa hora no era la única. Seguramente que a lo largo de cada día, en distintos lugares había focos de comunión en que la oración también fluía a raudales como un río caudaloso.
Esto, digámoslo de paso, suele acontecer en todo genuino y vivo mover de Dios.
Por otra parte, ya antes de Pentecostés perseveraban unánimes en oración, ruegos y súplicas. (1:14) Al presentarse ahora la nueva situación, con todas sus demandas y desafíos – con el agregado, poco después, de los ataques del enemigo desde afuera y por dentro – tenían plena conciencia de que la oración, fervorosa y continua, era el arma insustituible que el Señor les había dado. No podían ni debían de ninguna manera dejar de seguir orando como al principio, ni darle a la oración un lugar secundario.
Como bien se sabe, cuando se insinúa o produce una decadencia espiritual, lo primero que se resiente es la oración. Por el contrario, cuando la vida espiritual es sana y robusta, y la bendición del Señor está siendo derramada en un lugar determinado, sin desmedro – claro está – de las muchas otras facetas también importantes del ministerio, la oración siempre habrá de ocupar un lugar de primordial importancia.
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